Por Carlo Ferrucci
Dividiré esta conferencia en dos partes. En la primera hablaré de los diversos momentos en los que se articula en el tiempo la presencia de María Zambrano en Roma, en el periodo central de la vida de esta relevante figura del pensamiento y de la literatura europea del siglo xx. También me referiré a las obras publicadas o concebidas en sus años romanos. En la segunda parte, expondré la que me parece que ha sido —a la luz de sus escritos— la naturaleza esencial y profunda de la relación entre María Zambrano y nuestra ciudad. Y me gustaría adelantar que fue sin duda alguna una relación de amor en el sentido más amplio de la palabra: no sólo intelectual y culta, sino también intensa, sensual, incluso «entrañable», visceral, para decirlo con un adjetivo que a Zambrano le encantaba y que en español tiene un matiz más que en italiano en el sentido de totalidad, del ser vivido en cuerpo y alma; una relación en la que la casi definitiva ruptura —la brusca marcha de Roma de la escritora en 1964, por razones que hieren profundamente su sensibilidad; la sensibilidad de quien se ha convertido con el tiempo en una romana, muy romana, una gattara, **— parece la huida de una amante traicionada que cuando vuelva, nueve años después, será por poco tiempo y casi a escondidas. Una relación iniciada tal vez, como algunos grandes amores, muy tempranamente, entre 1909 y 1921, cuando la escritora de niña y más tarde de adolescente vive con su familia en Segovia, ciudad dominada, como sabemos, por restos imponentes de un acueducto romano, a propósito del cual, don Blas, su padre, dijo en un momento de desazón al poeta y pensador Antonio Machado —colega en la enseñanza escolar y compañero de difíciles batallas políticas: «Mira, amigo Machado, nos conviene amar las cosas grandes y hermosas, porque este acueducto es el único amigo que nos queda en todo Segovia».1
La primera vez que María llega a Roma fue en el verano de 1949, junto a su querida hermana Araceli, después de haber visitado Florencia y Venecia y proveniente de Cuba, donde transcurrió buena parte del primer decenio de su exilio. Y permaneció en Roma hasta junio de 1950. En un artículo escrito muy probablemente en aquellos meses, o como muy tarde inmediatamente después, define Roma como «mi patria», expresión esta que dice mucho de la inmediatez y la fuerza de su apego a la ciudad; pero sobre esto volveré en la última parte de mi conferencia. Sabemos también que le habría gustado permanecer más tiempo, ya sea, porque como explica en una carta, Roma le parece el mejor lugar para escribir la obra en la que está trabajando en ese momento, Filosofía y cristianismo —el núcleo de uno de sus textos histórico filosóficos más ambiciosos y significativos, publicado en 1955 con el título El hombre y lo divino— o bien, apunta en otra carta, (y esto para las dos exiliadas que viven en condiciones económicas precarias se trata de un «detalle importante») «en Italia la vida es menos cara que en Francia, sin contar con que Araceli en ningún lugar del mundo se ha encontrado tan bien como en Roma. Pero nuestro Ministerio no da fácilmente los permisos de residencia, y los documentos que la acreditan como estudiosa de la Universidad de La Habana que necesita trabajar en Roma» y que María solicita con insistencia a sus amigos cubanos, pero o no llegan o resultan insuficientes para conseguir que las dos hermanas puedan prolongar su estancia.2
Una estancia durante la cual María se encuentra en un momento determinado, entre enero y abril de 1950, escribiendo dos poesías en el Hotel d’Inghilterra en la calle Bocca di Leone: «Delirio del incrédulo», que tiene un enfoque un tanto lorquiano. María había conocido a Federico García Lorca y había escrito sobre él; y más tarde, junto con Araceli, reunirá una selección de sus prosas y poesías para un libro cuya edición cuidará Elena Croce. «Bajo la flor el ramo / sobre la flor, la estrella / bajo la estrella el viento». Sobre estos poemas desarrollará después un profundísimo pensamiento poético sobre la nada. Y también escribirá un texto titulado Para Edison Simons (un poeta panameño amigo suyo); éste tiene un tono machadiano y contiene algunos profundos interrogantes sobre la formas de la naturaleza y la mirada humana.3
La segunda estancia romana de María y Araceli es mucho más importante que la anterior y se inicia exactamente tres años después, en junio de 1953, y esta vez durará once años: hasta septiembre de 1964 —excepto breves periodos transcurridos en Francia, Suiza, y Florencia—. Después María volverá de nuevo a Roma en 1973, esta vez sola, pues Araceli murió el año anterior. Sólo se queda algunos meses, para afrontar ese momento «tan dramático» que significó para ella la muerte de su hermana, como escribirá en 1987 en «Quasi un’autobiografia».4 Empieza a escribir Notas de un método, una de sus obras decisivas, publicada en 1989. La ciudad, además de ser quizá la más «musical», de entre todas en las que vivió, era también el lugar en el que más tiempo habían vivido las hermanas su exilio. Y de nuevo regresará a Roma en 1976, tal vez por última vez (a este respecto he encontrado un único dato en una carta a un amigo).5
De los diferentes apartamentos que María y Araceli habitaron en Roma, entre 1953 y 1964 —en Piazza del Popolo, en el Lungotevere Flaminiom en el Piazzale Flaminio, en la calle de la Mercede, en la calle Montoro— el más presente en los recuerdos y testimonios tanto de María como de sus amigos es el de Piazza del Popolo, número 3, justamente encima del café Rosati, desde cuyos «ventanales redondos» —como ha escrito recientemente un amigo español, que la había conocido en esos días, a otro amigo suyo, Enrique de Rivas me ha confirmado que «se veían, como en un cuadro del Renacimiento, las columnas y los capiteles de las dos iglesias gemelas de Santa Maria di Montesanto y Santa Maria dei Miracoli».6 Y en Santa Maria di Montesanto, como nos recuerda Jesús Moreno Sanz, María y Araceli acuden a la misa de los artistas y a los conciertos de los viernes, precedidos por lecturas de Rilke, Kierkegaard o los Padres de la Iglesia.7
Los otros lugares romanos con los que María establece un vínculo especial son el Pincio, el Palatino, el Campidoglio, Piazza di Spagna y sus alrededores, Santa Maria della Vittoria con el Éxtasis de Santa Teresa de Bernini, Campo dei Fiori, Piazza Navona, Piazza Vittorio —que tenía en medio un «mercado tumultuoso», escribirá en una carta, con su Porta Magica de la que ella recuerda el lema «Haz de la tierra el cielo y del cielo tierra apreciada».8 Y además hay cuatro puntos de la ciudad que para ella se convierten en sus puntos cardinales, a los cuales dedicará sus páginas de recuerdos y sobre los cuales volveré más adelante: el Criptoportico de Porta Maggiore, San Giovanni Decollado con su Arciconfraternita della Misericordia y el espíritu de Giordano Bruno, las Catacumbas, Via Appia… «Nos movíamos muy bien por la ciudad», contará en un artículo el pintor Ramón Gaya, al que María conoció en 1958 en Florencia y que después se convirtió en el compañero de sus paseos romanos: «el Café Greco, Piazza di Spagna, Via el Babuino, la Frutería, la Trattoria… El lugar en el que he visto a María no más feliz, ni más triste, sino… más satisfecha, más completa fue en la Via Appia… A María le gustaba sobre todo llegar hasta un bajorrelieve muy deteriorado, muy dañado de una tumba romana…».9
Una riqueza de horizontes, una fiesta para la mirada, un extraordinario concentrado de sugerencias cotidianas y de arte e historia con mayúsculas, pero sobre todo, diría, una convergencia muy romana de religiosidad de la belleza y belleza de la religiosidad, de lo sacro, que María, como veremos, vive como un desafío del pensamiento. Sin embargo, antes de desarrollar esta cuestión, querría destacar algunos otros aspectos, la mayoría bastante conocidos, de la vida romana de María: sus condiciones de existencia, sus reuniones, sus amistades, su presencia en la vida cultural de la ciudad, los textos que escribe o prepara en aquellos años. Unos años caracterizados, desde el punto de vista práctico, por una situación de grave precariedad económica, que María sólo puede afrontar con lo que gana con sus escritos, la ayuda de algunos amigos y más tarde con una beca de la Fundación Fina Gómez. A las dificultades económicas se añadirá después la enfermedad, una tromboflebitis que sufre Araceli desde 1957 y que será la causa de su muerte quince años más tarde. Mientras, llegarán más complicaciones, como nos recuerda otro amigo suyo de aquello años, Agustín Andreu, desde la «rudeza de una Embajada Española nerviosa», que sigue viéndola como una «roja peligrosa».10 A María y Araceli se les llamaba —y es la propia María quien lo cuenta en una carta de 1974— quelle [esas] o algo peor, del Lungotevere, zona de militares y sus esposas». Mientras que en Piazza del Popolo, donde evidentemente se respiraba un aire muy diferente, las dos extranjeras eran conocidas como le Signore Spagnuole, a María también la llamaban la Contessa o «de algunos que sabían por los periódicos que éramos exiliadas, Principesse».11
Y naturalmente, estaban los amigos. Las figuras del panorama intelectual y literario romano con los que María se lleva mejor son Elena Croce y su compañero Tom Carini, Silvia Croce y su marido Leonardo Cammarano, Elemire Zolla y su compañera Cristina Campo. En aquella época, Elena Croce preside un comité de ayuda a los exiliados políticos; seguramente por esto, además de sus relaciones de amistad con importantes hombres políticos y de parentesco —es consuegra de Antonio Giolitti—, Elena Croce consigue impedir en 1963 que María sea expulsada de Italia a causa de una denuncia anónima presentada contra de ella y sus gatos —quizá tenía demasiados: veinticinco— «perturbadores» de la decencia y el orden públicos. Al año siguiente ocurre un episodio parecido, después de que las dos hermanas se trasladan, con sus gatos en olor de indecencia, desde el Lungotevere Flaminio a la calle de la Mercede y será ese episodio el que determina su marcha de Roma.
No creo que se pueda hablar, como he leído y oído alguna vez, en este sentido de una auténtica expulsión, es decir de una medida policial. La informaciones, con muchas lagunas, que he intentado reunir sobre lo que sucedió, además de una conversación con Enrique de Rivas, —al cual quiero expresarle desde aquí mi gratitud por todo lo que me ha contado— me llevan a pensar que el hecho de dejar Roma, con Araceli y trece gatos, haya sido un acto voluntario de María: una elección tomada en parte bajo el efecto de la amenaza de un alejamiento forzoso, por la que seguían sintiéndose presionadas ella y Araceli, pero también porque dos primos suyos, Mariano y Rafael Tomero Alarcón, éste funcionario de la ONU en Ginebra, les habían ofrecido a las dos hermanas unas mejores condiciones de vida en Suiza. Y además, al menos esto es lo que creo porque lo que sé de María, por las palabras que le dijo el jefe de policía en 1964, con ocasión de su segundo y decisivo enfrentamiento con nuestros guardianes del orden: «El mundo, señora, se divide en dos: los que aman a los animales y los que no los aman». Estas palabras debieron de convencerla de que si en Roma, la ciudad de los gatos, no quería a los gatos como ella y Araceli los querían, entonces, esta Roma, o mejor, estos romanos que no tenían el suficiente amor, no merecían ya su amor.
Es en este sentido, decía al principio, que su marcha de Roma me hace pensar en la fuga de una amante despechada o traicionada. Pero sigamos adelante.
Entre los numerosos intelectuales y artistas españoles o de lengua española a los que María conoce o reencuentra en aquellos años romanos, recuerdo los nombres de Diego de Mesa, Jorge Guillén, los pintores Ramón Gaya y Juan Soriano —que en 1954 pintará en México el Retrato de una filósofa— José Bergamín, Alfredo Castellón, Jaime Gil de Biedma —que de alguna manera escribe con ella, a cuatro manos, con la base de su «relato del éxodo», la poesía «Piazza del Popolo»— y además también están Carlos Barral, Juan Bosch, futuro y desafortunado presidente democrático de la República Dominicana, la poetisa venezolana Reyna Rivas, el escritor y poeta Enrique de Rivas.
Los encuentros, las conversaciones, el intercambio de noticias, de libros, de descubrimientos, que María tiene con sus amigos italianos, españoles y latinoamericanos, se entremezclan de varias formas con su trabajo de escritora. Los amigos italianos en particular le abren la puerta a diversas colaboraciones en las revistas L’approdo letterario, Paragone, Nuova Antologia y sobre todo Botteghe oscure, de la que María dirige la sección española junto a Diego de Mesa, y donde en 1955 publicará un artículo de sabor muy ‘romano’, «La multiplicidad de los tiempos»; de Botteghe oscure ella misma relata que se llamaba así por el nombre de la calle en que vivía su directora Margherita Caetano, y que muchos tenían la idea de que era una revista comunista.12 Otro momento destacable de la aventura editorial italiana de María antes de marcharse de Roma, será la publicación, en 1960, en el número 1 de la revista Quaderni de Pensieri e di Poesia, dirigida por ella y Elena Croce —que traduce el texto— I sogni e il tempo, parte de lo que algunos años después se convertirá en El sueño creador. Mientras que en Florencia, Vallecchi publica en 1964 traducido por Francesco Tentori, Spagna, poesia e una città, parte del volumen España, sueño y verdad.
No puedo plantear más que por encima, pues se trata de un tema amplio y complejo que requeriría un espacio mucho más extenso, del trabajo que María desarrolló en Roma, la relativa a los escritos en español publicados, redactados o preparados en aquellos años. Sus páginas de mayor densidad filosófica de aquel periodo están, como es bien sabido, aún en gran parte inéditos: se trata de los estudios sobre el sueño y el tiempo —«seiscientos folios de los cuales sólo cincuenta se han publicado, escribe María en 1975.13 Comenzó a escribirlos en 1949 pero los llevó a cabo entre 1955 —«un año decisivo para mí», nos dice María en la misma carta— y 1959 y componen un «vasto archipiélago submarino» como los ha calificado Jesús Moreno Sanz. De estos escritos surgieron los cinco capítulos de El sueño y el tiempo. Pero de la relación entre el sueño y el tiempo, además de otros temas también importantes en la visión filosófica de María como el amor, la figura de Antígona, el nexo vida-muerte, hemos descubierto recientemente otros escritos fundamentales del periodo romano que tratan estas cuestiones; esos densísimos Cuadernos del Café Greco, punto de irradiación de las más importantes obras sucesivas, que el Instituto Cervantes ha publicado con ocasión de este congreso y que esperamos leer pronto en su totalidad.
De la etapa romana es también el artículo «Pirandello desde Roma», de 1954, punto de partida de sucesivas reflexiones sobre el dramaturgo de Agrigento; Y de la etapa romana son también las páginas de Diótima de Mantinea y Persona y democracia, de 1956; del mismo periodo, aunque publicada en Francia, es la importante «Carta sobre el exilio» (1961), y también algunos de los más significativos artículos y ensayos sobre pintura, reunidos después en Algunos lugares de la pintura; además pertenecen a estos años, como nos ha contado Rosa Mascarell, los Fragmentos de ética, que aunque empezó a escribirlos a mediados de los años cincuenta quedaron inéditos como tal y se fueron incorporando al proyecto más amplio sobre el sueño y el tiempo; son, en suma, los esbozos de Claros del bosque, De la aurora y Notas de un método.
Pero ha llegado el momento de mostrar cómo esta figura con un «perfil inimitable de filósofo-poeta» —así la llamó su amiga Cristina Campo14 en 1964 durante una reseña radiofónica de Spagna, pensiero, poesia e una città— había vivido una auténtica relación de amor con Roma, que yo considero que forma un todo con la importancia y la belleza de su escritura.
«Una característica de Roma», recordaba María algunos años antes de morir, es la de aparecer completamente abierta, completamente visible y presente, y también la de ser una «ciudad laberíntica». Su aire, a cuyo abrazo sensual es muy difícil sustraerse, se diría —continuaba ella— que es un aire «comestible», como si estuviera «en el interior de un fruto», exactamente de un melocotón, por su «color dorado», que en otras ciudades en las que también puede percibirse, como Salamanca o la mexicana Morelia, no es tan apetitoso y tentador, no «se dirige al paladar». Roma es también «hija de una Venus nutricia» por lo que una vez que llegamos allí, no sólo se tiene la obligación de dar de comer, es lo primero que hay hacer antes de cualquier otra cosa, como nos recuerda al ejército de gatos hambrientos que vaga en sus plazas y calles, también es necesario «ofrecerse como comida» hay dejarse engullir, fagocitar, por esta ciudad tan sanguínea y carnal, tan visceral —aunque esta palabra no figura entre estas páginas es la primera que nos viene a la cabeza a los que sabemos lo importante que eran las vísceras, las «entrañas»*** en la visión de María Zambrano— porque lo que Roma hace, explicaba ella, es «parir sin descanso, parirse a sí misma, parir su color, parir su fruta, florecer…» (la imagen del parto, que además es recurrente, traza un puente entre su primera y su tercera patria —considerando que la segunda es su patria «prenatal», Cuba—; en un texto de 1960, España y su pintura, dice del paisaje español que le parece que está siempre pariendo nuevas luces y nuevas formas). Roma, en suma, se traza en su recuerdo como un lugar que exhibe muy de cerca, yo diría literalmente uno dentro de otro, el máximo de la vida y el máximo de la muerte: una ciudad, escribe ella, «eminentemente vital», «terriblemente viva» porque es «devoradora» además de «nutricia», le concede un amplio espacio a la muerte, conserva bien a la vista su «Circo» sus lugares de martirio, y sobre todo sus catacumbas, que se presentan «a la vez como la raíz de un campo de grano y como la raíz de una muerte inmortal».15
Estas son algunas de las sugerentes, acertadas y penetrantes palabras —como romano yo las vivo como un gesto, una especie de caricia que ilumina la quintaesencia de mi ciudad— que María escribe en la primera parte del artículo «Roma, ciudad abierta y secreta» publicado en el periódico madrileño Diario 16, en junio de 1985, es decir más de veinte años después de la dolorosa marcha de Roma de la escritora y su hermana. En la segunda parte del mismo artículo, ella introduce en el lenguaje figurado y vitalista, en el denso simbolismo corporal, adoptado en las páginas iniciales —aire «comestible», tener hambre y dar de comer, la relación carnal, simbiótica, como un parto, entre la ciudad y las formas que de ella emanan, las catacumbas como «raíz» —la descripción de una visita a la iglesia de San Giovanni Decollado, sede de aquella Confraternita della Misericordia a la que le tocó transcribir y conservar, en el 1600, las últimas declaraciones de Giordano Bruno. La evocación de este episodio le permite alinear observaciones de ambiente y de costumbres que requieren pinceladas ligeras, como de boceto, casi como los apuntes de viaje de Goethe o Stendhal —las «trattorias» como lugar de reunión de vecindarios completos ; la supervivencia en Roma de «auténticos principios», el recorrido «largo, espeso y denso», del crepúsculo romano— además de otras consideraciones más profundas, y típicamente suyas, sobre el «eterno» mezclarse de vida y muerte como sobre la naturaleza sacrificial de la historia— «¿Nunca se siente suficientemente esta llama?» ; y sobre el nexo entre pensamiento y amor: «El pensamiento de Giordano Bruno nació del amor… El amor es la tierra fecunda del pensamiento». Y las palabras finales, pronunciadas por su amigo Elemire Zolla y asumidas por María, sobre la que habría podido ser otra historia, una historia menos inhumana por no estar fundada en la brutalidad del poder, en la violencia, en el sacrificio «Si la ortodoxia católica hubiese aceptado a un hombre de paz como Giordano Bruno, nunca habría existido después un Robespierre».16
De este modo vemos que, a pesar de su aparente carácter episódico, este artículo de 1985 contiene en síntesis el valor real de lo que Roma significó para la escritora: una realidad múltiple, estratificada, en la que el presente cohabita fecundamente con el pasado y en la que tanto la diferencia entre superficie y profundidad, como entre lo físico y el pensamiento tienden a atenuarse hasta desaparecer en la medida en que el detalle visible, material, se dilata sin solución de continuidad en motivo de reflexión; y la reflexión —punzante, distante, alternativa— viene a su vez vivida y comunicada, sin perder por ello espesor, en términos de evidencia sensible. En la estela del pensamiento de Giordano Bruno, la mirada a la vez amorosa, aguda y penetrante, que desde Madrid María Zambrano vuelve a posar sobre nuestra ciudad, después de tantos años, es como si tuviera aún el poder de animar la materia y de dar cuerpo y plasticidad al pensamiento. Esto significa que esta mirada suya, estos recuerdos amorosamente pensados, hacen poesía críticamente, es decir, son portadores también ellos de esa «razón poética» de la que ella había afirmado en el lejano 1937, en un artículo sobre su gran coetáneo Antonio Machado, que tiene una «profunda raíz de amor»; y aún en 1987, después de haber teorizado sobre ella y haberla practicado durante más de medio siglo, escribirá que esa razón es un modo de medirse con la realidad de la vida no sólo con el pensamiento sino también «con el cuerpo», e incluso «con la respiración».17 Con esa cercanía, con esa coparticipación y consonancia, de correlación vivificante de personas, acontecimientos y cosas, lo que mejor puede hacer es destacar los significados en toda su riqueza y con toda la fuerza de sus razones ocultas.
En este contexto es necesario resaltar el hecho de que precisamente al final de sus años romanos, escribe un artículo «Los símbolos», en el que María afirma que entiende por símbolo una palabra, un objeto o una obra de arte que exprese una gama de significados «más amplia y sobre todo cargada de sentimiento» en el sentido de que transmite algo magnético, una «vibración especial», y custodia en sí misma una llamada sin final, un «secreto interminable».18 En otras palabras, me gusta creer que nuestra pensadora haya iluminado en estos términos y en aquel momento un aspecto absolutamente decisivo de su visión como es el persistente recurso del lenguaje simbólico —basta pensar en textos como Claros del bosque, De la aurora o Los bienaventurados, publicados entre finales de lo setenta y 1990, pero concebidos e iniciados en los decenios precedentes—; también gracias a ese precedente, ese intenso compenetrarse del «aliento» romano tan cargado de símbolos, de los que hemos visto testimonio en el artículo de 1985. En el mismo contexto, los modos en los que el encuentro con Roma, e indisolublemente relacionado, los encuentros de Roma contribuyen a la maduración de la razón poético-simbólica de Zambrano. Hay que recordar también que entre tantos actos especialmente significativos realizados por ella en los años romanos, se encuentra la traducción al español para la revista argentina Sur del ensayo Attenzione e poesia de su amiga Cristina Campo, en el que se lee que «Poesía es también atención, es decir lectura de múltiples planos de la realidad que nos rodea: verdad convertida en figuras».19
Que Roma haya alimentado en ella esta clase de análisis, esta mirada poético-pensante que infunde ese algo más de vida y sentido a la realidad multiplicándola en figuras portadoras de nuevas verdades, esto está documentado también por los artículos de recuerdos romanos que la escritora publica con ochenta años, en el último periodo de su vida, como siempre en el periódico madrileño Diario 16. La mayor parte de las experiencias y de los descubrimientos evocados en estos recuerdos son también el fruto de las inmersiones histórico-arqueológicas que Zambrano ha llevado a cabo bajo la piel de la ciudad y de la cual ella revive, parecido al marinero al que Proust compara, en El tiempo recobrado, con el escritor que no se sustrae a la obligación de explorar las zonas sumergidas del yo, con la perla de un fragmento de pasado iluminado y embellecido por el resplandor de un pensamiento. Este es el caso de la «insólita verdad» que se le reveló en la Basílica Neopitagorica de Porta Maggiore, en la que se representaba en el ábside el suicidio de Safo como un no suicidio, es decir como una consagración de la poetisa al dios Apolo que la llama desde el otro lado del abismo —«Un monumento sin igual» (1985)—; y también es el caso de una estela antigua en la se representaba a un bello adolescente que descubrió en su amada Via Appia, en el espesor de un bosque de cipreses, y que insiste con testarudez para hacer valer las razones de lo sacro, de su inquietante fascinación más que humana, en contra de lo humano demasiado humano, desacralizante asedio llevado a aquel lugar por toda clase de basura: testarudamente y pero también victoriosamente, visto que un día recuerda Zambrano «en la estatua del muchacho, prendida de su cuello encontramos una guirnalda de flores. Y el suelo estaba limpio»— . «El desnudo iniciático» (1988).20 Un encuentro con su «enamorado de la Via Appia» recordado al final del último de sus artículos sobre Roma, «Jaime en Roma» (1990), en las que enuncia en una feliz síntesis y llevando significativamente a un primer plano junto al tema del amor el del tiempo, la razón de fondo del apego de la escritora a nuestra ciudad: «Es una maravilla, era una época dentro de otra. Una vez que estabas en Roma no querías irte, no podías irte».21
No sólo el artículo sobre el bello adolescente de la Via Appia, también el del salto al mar de Safo representado en el ábside de la basílica subterránea de Porta Maggiore, tiene un apéndice que merece ser recordado. Lo encontramos en la carta que María escribe el 15 de noviembre de 1975 a su amigo Agustín Andreu. Después de haberle preguntado a éste si había visitado alguna vez la basílica y haberle descrito la escena de la poetisa griega, María prosigue así: «He conocido en Roma, y conservo las cartas que ella ha dejado, a una muchacha, también filósofa, que tenía los cabellos como Simone [Weil, de quien dirá después en esta misma carta que la conoció muchos antes en Madrid] y Safo —pequeña, morena— que realizó un trágico salto, por no haber oído nunca una palabra de amor, y como se creía fea, pensaba que no la oiría nunca. Y en realidad no lo era: y cómo habría embellecido si hubiera conocido a un hombre que la hubiese encontrado hermosa. Pero no fue así… Y después creyó que su hermano no la quería, un hermano que estaba a punto de casarse. Y para que este hermano no hiciera lo mismo, lo tuvimos en casa dos meses, en el Lungotevere, después se casó y tuvo dos hijas a las que puso de segundo nombre María y Araceli, porque dicen que nacieron gracias a nosotras porque salvamos a su padre. Se llamaba Camilla de Jogu, era inteligentísima y sensibilísima, con unos ojos espléndidos. Y había quien la quería mucho: un joven fraile, un chico estupendo, que murió un año después que ella y un amigo de su hermano, un extraño personaje de Piazza del Popolo. Pero nunca he querido hablar con nadie de ese mundo: era demasiado».22
Este panorama, unas veces seductor y otras dramático que se crea gracias a la subsistencia en el cuerpo de Roma de una «época dentro de otra», de una verdad a la vez histórica y sorprendente, «insólita», representa un punto de contacto realmente revelador entre el último y afectuoso saludo que Zambrano le dirige en los términos que ya hemos visto a la ciudad lejana —«Una vez que estabas en Roma no querías irte, no podías irte»— y el estado de ánimo caracterizado por la potente liberación de su atención poético-pensante, que ella nos cuenta que sintió la primera vez que llegó a la ciudad eterna; ahora, para terminar, quisiera destacar un aspecto de esto, de este modo tendremos la confirmación de que la relación de María con Roma fue la misma de principio a fin: un amor total, una seducción de la mirada y una invitación de la mente que desde un momento determinado se convierte en algo indisoluble de su vida y del sentido profundo de su vida.
Como ya he recordado, María llega a Roma por primera vez con Araceli en 1949 y permanecerá hasta junio de 1950. Han pasado ya diez años desde que la victoria de Franco —María participó activamente con la República, que fracasó por la guerra civil— la obligó a abandonar España; diez años que María transcurrió entre París, México, Puerto Rico y, sobre todo, Cuba, escribiendo, publicando e impartiendo cursos y conferencias en diferentes universidades e instituciones culturales. Y es para una revista cubana, Lyceum, que María escribe durante o inmediatamente después de aquella estancia romana, el largo artículo, publicado en 1951: —«Una metáfora de la esperanza: las ruinas»— en el que llama a Roma «mi patria». ¿Qué quería decir exactamente, nuestra escritora con estas palabras ya de por sí elocuentes? ¿Qué le había hecho sentirse en tan plena —«filial», diría yo— sintonía con nuestra ciudad?
Para responder, debemos remontarnos a 1945, año en el que María había publicado, en Cuba también, con el título La agonía de Europa, una recopilación de ensayos escritos en los años de la guerra, para analizar, tanto las razones de la enfermedad mortal que en aquel momento vivía nuestro continente, como las señales de un futuro menos trágico. En uno de esos ensayos «La esperanza europea», ella expresaba la convicción de que lo que más caracteriza a los hombres del viejo continente es la fuerza de sus utopías y de sus sueños, y que desde las cruzadas hasta la revolución rusa se han manifestado siempre tan ambiciosos que necesariamente acababan en un «fracaso». Sin embargo, lo que más cuenta, insistía ella, no es tanto el hecho de que los resultados de esas pésimas iniciativas sean fallidos, sino la demostración de que precisamente esos fracasos proporcionan un valor añadido, un impulso a los ideales, un utópico descontento, un apego a «grandes imposibles», producido por gran parte de historia europea, respecto a las resistencia opuestas de la realidad.23
El artículo de 1949 en el que María Zambrano dice que Roma es su patria, propone de nuevo la misma visión desde una óptica muy romana y que nos remonta a la imagen del acueducto de la Segovia de su infancia: es decir la óptica de las ruinas de una gran pasado y del pathos que lo envuelve. Un pathos que como ha demostrado recientemente Salvatore Settis en su bellísimo libro Futuro del classico, se presenta con los trazos paradójicos de una herida incurable y provisional, de una fractura irreparable que es necesario curar».24
En las páginas de «Una metáfora de la esperanza: las ruinas», María nos cuenta que cuando vio por primera vez a las ruinas del Foro Romano, sintió surgir del fondo de su memoria la voz de su tata Alhama, analfabeta, que le decía, siempre que la veía triste, enfadada o desconcertada: «Mira, nena…» y la animaba simplemente a concentrarse en un detalle de su entorno —las formas de las nubes, el vuelo de un insecto— y que iba transformando a sus ojos en una revelación y en un instrumento de comprensión, es decir en el correlato visible y clarificador, en la liberadora «metáfora natural» de lo que sucedía dentro de ella. Y allí, en el Foro Romano, oía de nuevo la exhortación de su «vieja, sabia, legendaria niñera», ella ha observado, se ha concentrado y —con la mirada fascinada de una niña junto con la atención amorosa y razonadora de la filósofa-poeta capaz de infundir sentido y vida incluso en las cosas más muertas—; al mirar de este modo ella ha visto «las ruinas de mi patria: Roma». Y después de haberlas visto y percibido así, ella se ha preguntado, siempre con el recuerdo de cuanto sucedía hacía años entre ella y su tata Alhama, si esta vista de las ruinas del Foro Romano era una «metáfora» de la misma naturaleza que las formas de las nubes o el vuelo de un insecto en su infancia y primera juventud: una imagen, en otras palabras, capaz de que algo doloroso y opresivo se transforme en su contrario, se convierta en figuras de comprensión y alivio.25
María no nos dice expresamente cuál era en aquel momento el estado de ánimo que la oprimía, pero después de leer el artículo, comprendemos que ese ánimo era parte del abatimiento que provocaba en ella —casi por contagio físico— el espectáculo de las ruinas antes de que las palabras de Alhama infundieran una nueva luz en su mirada, en ella, como en tantos otros —repito, casi por contagio físico, por instinto—; y en cualquier caso en su maestro Ortega, que sólo tres años antes, en una conferencia sobre el teatro, había evocado la «melancolía» y la «voluntad de llanto» suscitados por la contemplación de las ruinas en tantos artista y pensadores europeos de los últimos tres siglos y había citado este fragmento de las Lecciones sobre filosofía de la historia universal de Hegel: «¿Qué viajero no ha sentido melancolía? ¿Quién delante de las ruinas de Cartago, Palmira, Persépolis, Roma no ha meditado sobre la caducidad de los imperios y de los hombres, ¿quién no ha sufrido reflexionando sobre el destino de la que en su día fue una vida plena e intensa?».26
Vividos en primera persona, como simple visitante, o como intermediaria, que es lo que considero lo más probable considerando la riqueza del bagaje cultural de María, de su consolidada tradición del pensamiento, me parece fuera de toda duda que sean precisamente la «melancolía» y el «dolor» de los que hablan Hegel y Ortega, los estados de ánimo que María experimentó ante las ruinas del Foro. Y que a lo mejor no constituían que el punto de llegada, la última manifestación en orden de tiempo, del estado de crisis, de interrupción momentánea de su escritura y de dolorosa maduración interior que parece ser la característica de su periodo romano.
En medio de todo esto, irrumpen las palabras salvadoras de Alhama: «Mira, nena…» que dan lugar a la transformación del símbolo de la muerte en símbolo de vida y las ruinas de Roma más antiguas, que están fuera del tiempo, María empieza a percibirlas y mediante su pluma nos las hará llegar hasta nosotros. Porque en su deterioro —argumenta ella— en su fragmentada desnudez, estos restos dejan traspasar mejor que un edificio intacto —precisamente como ocurre según ella con los fracasos de la historia con respecto a sus acontecimientos— lo que subyace a la acción de edificar, de construir: el sueño, la esperanza de realizar algo soberbio, perfecto, definitivo que encarne lo mejor posible nuestras necesidades y aspiraciones. Una esperanza que cuanto más intensa, elevada y exigente es, tanto más está destinada a quedar frustrada; así como el más soberbio de los edificios está destinado, antes o después, a sufrir los golpes del tiempo; pero también es una esperanza que precisamente por su encuentro con el «límite fatal… de las circunstancias», no puede dejar de renacer continuamente desde sus inagotables raíces, desde su «fondo indestructible».
En este continuo resurgir suyo, concluye María plenamente reanimada a la vista de una Roma como ésta, admirada e interpretada así, su tercera «patria», la esperanza manifiesta, la mutación, el «triunfal revés» de sus fracasos, como un triunfante revés de las ruinas aparece la yedra que verdea dentro, la «yedra», leemos, «metáfora de la vida que nace de la muerte, del trascender que sigue a todo final; el final de las cosas que las alas de la esperanza habían hecho llegar lejos. Y la frase de Calderón “pues no se pierde obrar bien, aun entre sueños”, habría que entenderla pensando que, de cualquier realidad, la única cosa que permanece será su sueño. Que soñar bien ni siquiera muriendo se pierde».27
Son palabras como estas las que me hacen pensar que nuestra Europa, la cultura viva de Europa, debe ser creada cada vez más por figuras y por obras poético-pensantes y por tanto, «enamorantes», para decirlo una vez más con su lenguaje, como la figura y la obra de la española, europea y romana María Zambrano.
Carlo Ferrucci
Dividerò questa mia conferenza in due parti. Nella prima, dirò dei vari momenti in cui si è articolata nel tempo la presenza di María Zambrano a Roma, nel periodo centrale della vita di questa figura di spicco del pensiero e della letteratura europea del Novecento; e accennerò alle opere da lei pubblicate o concepite nei suoi anni romani. Nella seconda parte, parlerò invece di quella che mi sembra essere stata, alla luce evidentemente dei suoi scritti, la natura essenziale, profonda, del rapporto tra María Zambrano e la nostra città. Un rapporto d’amore, senza alcun dubbio, voglio anticipare subito, e nel senso più pieno della parola: non solo intellettuale, colto, cioè, ma anche intenso, sensuale, anzi « entrañable », viscerale, per dirla con un aggettivo alla Zambrano molto caro e che in spagnolo ha qualcosa in più dell’italiano nel senso dell’interezza, dell’essere vissuto anima e corpo; un rapporto la cui stessa, quasi definitiva rottura — la brusca partenza della scrittrice da Roma, nel 1964, per ragioni che feriscono profondamente la sua sensibilità, la sensibilità di chi nel frattempo è diventata una romana, romanissima « gattara » — fa pensare alla fuga di un’amante tradita che quando tornerà, nove anni dopo, sarà per poco tempo e quasi di nascosto. Un rapporto forse iniziato, infine, proprio come alcuni grandi amori, molto presto, addirittura tra il 1909 e il 1921, quando la scrittrice bambina e poi adolescente vive con la famiglia a Segovia, città dominata com’è noto dai resti imponenti di un acquedotto romano a proposito del quale risulta che don Blas, suo padre, abbia detto in un momento di sconforto al poeta-pensatore Antonio Machado, suo collega di insegnamento e compagno di difficili battaglie politiche: « Vede, amico Machado, come ci conviene amare le cose grandi e belle, perché quest’acquedotto è l’unico amico che oggi ci resta in tutta Segovia ».1
María arriva una prima volta a Roma, insieme all’amata sorella Araceli, nell’estate del 1949, dopo aver visitato Firenze e Venezia e proveniente da Cuba, dove ha trascorso buona parte del primo decennio del suo esilio; e vi rimane fino al giugno del 1950. In un articolo scritto molto probabilmente proprio in quei mesi, o al più tardi subito dopo, ella definisce Roma « mia patria », espressione questa che la dice già lunga sull’immediatezza e la forza del suo attaccamento alla città; ma su questo tornerò nella parte finale della mia conferenza. Sappiamo poi anche che vorrebbe rimanervi più a lungo, sia perché, come spiega in una lettera, Roma le appare il luogo migliore per scrivere l’opera alla quale sta lavorando in questo momento, Filosofia e cristianesimo — il nucleo di uno dei suoi testi storico-filosofici più ambiziosi e significativi, pubblicato nel 1955 col titolo di L’uomo e il divino —, sia perché, aggiunge in un’altra lettera, e per le due fuoriuscite che vivono in condizioni economiche precarie si tratta di un « dettaglio importante », in Italia la vita è meno cara che in Francia, senza contare che Araceli in nessun posto si è trovata così bene come a Roma. Ma la nostra Questura è avara di permessi di soggiorno, e i documenti comprovanti la sua qualifica di studiosa dell’Università dell’Avana necessitata di lavorare a Roma che María chiede con insistenza ai suoi amici cubani, o non arrivano proprio, o risultano comunque insufficienti a far sì che le due sorelle possano prolungare la loro permanenza.2
Una permanenza nel corso della quale María si trova a un certo punto, tra il gennaio e l’aprile del 1950, a scrivere anche due poesie, tutte e due nell’Hotel d’Inghilterra, a Via Bocca di Leone: Delirio dell’incredulo, che ha un avvio un po’ lorquiano — María aveva incontrato Federico García Lorca, e scritto su di lui, e più tardi compilerà con Araceli una scelta di sue poesie e prose per un libro curato da Elena Croce —, « Sotto il fiore, il ramo / sopra il fiore, la stella / sotto la stella il vento », per poi svolgervi un densissimo pensiero poetante sulla « nada », il nulla; e un testo intitolato successivamente Per Edison Simons (un poeta panamense suo amico), che a un avvio machadiano fa seguire alcuni pregnanti interrogativi sulle forme della natura e lo sguardo umano.3
Il secondo, e di gran lunga più importante, soggiorno romano di María e Araceli inizia esattamente tre anni dopo, nel giugno del 1953, per durare questa volta — tranne brevi periodi trascorsi in Francia, in Svizzera e a Firenze — ben undici anni, fino al settembre del 1964. Poi María tornerà ancora a Roma nel 1973, sola (Araceli è morta l’anno prima) e trattenendosi solo qualche mese, per reagire al momento « molto drammatico », come scriverà nel 1987 in Quasi un’autobiografia,4 rappresentato appunto per lei dalla morte di sua sorella, cominciando a scrivere Notas de un método — una delle sue opere conclusive, pubblicata nel 1989 — nella città che oltre a essere probabilmente la più « musicale » tra tutte quelle da lei abitate era anche il luogo che più a lungo di ogni altro le aveva viste condividere il loro esilio; e ripasserà per Roma un’ultima volta, forse (al riguardo ho trovato un unico accenno nella lettera a un amico), nel 1976.5
Roma 1953-1964, dunque. Dei diversi appartamenti in cui María e Araceli hanno abitato in quegli anni — a Piazza del Popolo, a Lungotevere Flaminio, a Piazzale Flaminio, a via della Mercede, a via Montoro — il più presente nei ricordi e nelle testimonianze sia di María che dei suoi amici, è di gran lunga quello di Piazza del Popolo 3, proprio sopra il Caffè Rosati, dai cui « finestroni rotondi », come ha scritto di recente un amico spagnolo che l’aveva conosciuta in quei giorni e un altro suo amico, Enrique de Rivas, mi ha di recente confermato, « si vedevano, come in un quadro rinascimentale, le colonne e i capitelli delle due chiese gemelle di S. Maria di Montesanto e S. Maria dei Miracoli ».6 E a S. Maria di Montesanto, come ci ricorda Jesús Moreno Sanz, María e Araceli seguono la messa degli artisti e i concerti del venerdì, preceduti da letture di Rilke, Kierkegaard o i Padri della Chiesa.7
Gli altri luoghi romani con cui María stabilisce un rapporto speciale sono il Pincio, il Palatino, il Campidoglio, Piazza di Spagna e i suoi dintorni, S. Maria della Vittoria con l’Estasi di S. Teresa del Bernini, Campo de’ Fiori, Piazza Navona, Piazza Vittorio — con, in mezzo a un « mercato tumultuoso », scriverà in una lettera, la sua Porta Magica di cui ella ricorda la scritta « Fa’ della terra cielo, e del cielo terra preziosa » —8; e poi ancora i quattro punti della città, che per lei diventano un po’ i suoi punti cardinali, ai quali dedicherà le sue pagine di ricordi e sui quali tornerò più avanti: il Criptoportico di Porta Maggiore, San Giovanni Decollato con la sua Arciconfraternita della Misericordia e l’ombra di Giordano Bruno, le Catacombe, la via Appia… « Ci muovevamo molto bene », racconterà in un articolo il pittore Ramón Gaya, conosciuto da María nel 1958 a Firenze e poi compagno delle sue passeggiate romane: « il caffè Greco, Piazza di Spagna, Via del Babbuino, la Frutteria, la Trattoria…dove però ho visto María non più felice, né più triste, ma… più piena, più completa, è stato sulla Via Appia… A María piaceva soprattutto arrivare fino a un bassorilievo molto trascurato, molto sciupato, di una tomba romana… ».9
Una ricchezza di orizzonti, dunque, una festa dello sguardo, uno straordinario concentrato di suggestioni quotidiane e di arte e storia con la maiuscola, ma soprattutto, direi, un convergere tutto romano di religiosità della bellezza e bellezza della religiosità, del sacro, che María come vedremo non può non vivere anche come una sfida di pensiero. Prima di sviluppare questo tema, però, vorrei accennare agli altri aspetti, per la maggior parte già abbastanza noti, della vita romana di María: le sue condizioni di esistenza, i suoi incontri, le sue amicizie, la sua presenza nella cultura della città, i testi che scrive o mette in cantiere in quegli anni. Anni contraddistinti, dal punto di vista pratico, da una situazione di grave precarietà economica, alla quale María può far fronte solo coi proventi dei suoi scritti, l’aiuto di alcuni amici e, più tardi, una borsa di studio della Fondazione Fina Gomez. Alle difficoltà economiche si aggiungerà poi la malattia, una tromboflebite, di cui Araceli soffre a partire dal 1957 e di cui morirà quindici anni più tardi; mentre ulteriori complicazioni arriveranno, come ci ricorda un altro suo amico di quegli anni, Agustín Andreu, dalla « rudezza di un’Ambasciata Spagnola nervosa », che continua a vederla come una « rossa pericolosa ».10 Ma María e Araceli venivano chiamate – e questo è la stessa María a raccontarlo, in una lettera del 1974 — anche « “ quelle ” o peggio [in italiano nel testo] sul Lungotevere, città [=zona] di marescialli [in italiano nel testo] e delle loro mogli »; mentre a Piazza del Popolo, dove evidentemente si respirava un’aria molto diversa, le due straniere erano conosciute come « “ le Signore Spagnuole ” [in italiano nel testo] » — María anche come « “ la Contessa ” [in italiano nel testo] — o, « da alcuni che avevano appreso dai giornali che eravamo esuli, Principesse [in italiano nel testo] ».11
E poi c’erano, naturalmente, anche le amicizie. Le figure del panorama intellettuale e letterario romano con cui María entra in maggiore sintonia, sono Elena Croce e il suo compagno Tom Carini, Silvia Croce e suo marito Leonardo Cammarano, Elemire Zolla e la sua compagna Cristina Campo. In quell’epoca, Elena Croce presiede un comitato per l’assistenza agli esuli politici, ed è sicuramente anche in questa veste, oltre che per i suoi rapporti di amicizia e di parentela — è consuocera di Antonio Giolitti — con importanti uomini politici, che ella riesce a impedire, nel 1963, che María sia espulsa dall’Italia a causa di una denuncia anonima presentata contro di lei e i suoi gatti — molti, forse troppi: venticinque — « perturbatori » della pubblica quiete e decenza. Finché non sarà un analogo episodio, l’anno seguente, dopo che le due sorelle si saranno trasferite, sempre coi loro gatti in odore di indecenza, da Lungotevere Flaminio a Via della Mercede, a determinare comunque la loro partenza da Roma.
Non credo che a questo riguardo si possa parlare, come mi è capitato di sentire e di leggere, di una vera e propria espulsione, di una misura di polizia. Le informazioni, peraltro molto lacunose, che ho cercato di raccogliere sull’accaduto, e più ancora una conversazione con Enrique de Rivas, al quale esprimo qui la mia gratitudine per quanto mi ha raccontato, mi inducono a pensare che l’atto di lasciare Roma — con Araceli e tredici gatti — sia avvenuto piuttosto per libera scelta di María: scelta in parte compiuta, certo, sotto l’effetto della minaccia di allontanamento forzoso che continuava a sentire incombere su di sé e su Araceli, ma anche perché due loro cugini, Mariano e Rafael Tomero Alarcón, quest’ultimo funzionario nella sede ONU di Ginevra, avevano offerto intanto alle due esuli una migliore sistemazione in Svizzera; e poi, soprattutto, o almeno è questo che mi sento di credere per quel che so di María, perché le parole rivoltele dal Questore nel ’64, in occasione del suo secondo e decisivo confronto con i nostri tutori dell’ordine — « Il mondo, signora, si divide in due: ci sono quelli che amano gli animali, e quelli che non li amano » — , devono averla convinta che se Roma, la città dei gatti, non amava i gatti come lei e Araceli li amavano, allora questa Roma, o meglio, questi romani senza abbastanza amore, ebbene allora questi romani senza abbastanza amore non meritavano più il suo.
È in questo senso che dicevo, all’inizio, che la partenza di María da Roma mi fa pensare alla fuga di un’amante delusa o tradita. Ma andiamo avanti.
Tra i numerosi intellettuali e artisti spagnoli o di lingua spagnola che María incontra o reincontra in quegli anni a Roma, ricordo i nomi di Diego de Mesa, Jorge Guillén, Rafael Alberti, dei pittori Ramón Gaya e Juan Soriano — che nel 1954 dipingerà in Messico il « Ritratto di una filosofa » — , di José Bergamín, di Alfredo Castellón, di Jaime Gil de Biedma — che scrive in qualche modo con lei, a quattro mani, sulla base del suo « resoconto dell’esodo », la poesia Piazza del Popolo — e poi di Carlos Barral, di Juan Bosch, futuro — e sfortunato — presidente democratico della Repubblica Dominicana, della poetessa venzuelana Reyna Rivas, dello scrittore e poeta Enrique de Rivas.
Gli incontri, le conversazioni, gli scambi di notizie, di libri, di scoperte, che María ha con i suoi amici italiani, spagnoli e latino-americani, si intrecciano naturalmente in più modi col suo lavoro di scrittrice. Le amicizie italiane, in particolare, le aprono la strada a diverse collaborazioni con le riviste L’approdo letterario, Paragone, Nuova Antologia e soprattutto Botteghe oscure, di cui María dirige insieme a Diego de Mesa la sezione spagnola, dove nel 1955 pubblicherà un articolo dal sapore molto « romano », « La multiplicidad de los tiempos », e della quale ella stessa racconta che, chiamata in quel modo dal nome della strada in cui era situato il palazzo della sua direttrice, Margherita Caetani, faceva nascere in molti l’idea che si trattasse di una rivista comunista.12 Un altro momento saliente della vicenda editoriale italiana di María prima della sua partenza da Roma, sarà poi la pubblicazione, nel 1960, nel n.° 1 della rivista « Quaderni di pensiero e di poesia » diretta da lei e da Elena Croce — che traduce il testo — de I sogni e il tempo, parte di quello che qualche anno dopo diventerà Il sogno creatore; mentre a Firenze Vallecchi farà uscire, nel 1964, per la traduzione di Francesco Tentori, Spagna, pensiero, poesia e una città, parte del volume Spagna, sogno e verità.
Non posso accennare qui se non davvero di sfuggita, trattandosi di un tema talmente ampio e complesso da richiedere ben più di un’intera relazione, alla parte più importante del lavoro svolto da María a Roma, quella relativa agli scritti in spagnolo da lei pubblicati, redatti o messi in cantiere in quegli anni. Le sue pagine di maggior spessore speculativo di quel periodo sono, com’è noto, ancora in gran parte inedite: si tratta delle ricerche sul sogno e il tempo — « 600 fogli, dei quali solo 50 pubblicati », scriverà María nel 1975 —13, iniziate nel 1949 ma portate avanti soprattutto tra il ’55 — « anno per me molto decisivo », ci dice María nella stessa lettera — e il ’59, e che compongono un « vasto arcipelago sottomarino », come lo ha chiamato Jesús Moreno Sanz, dal quale sono emersi nel 1992 i cinque capitoli de I sogni e il tempo, appunto. Ma del rapporto tra i sogni e il tempo, oltre che di temi non meno centrali nella visione di María come l’amore, la figura di Antigone, il nesso morte-vita, abbiamo scoperto da poco che parlano anche altri scritti fondamentali del periodo romano, quei densissimi Quaderni del Caffè Greco, punto di irradiazione delle più importanti opere dei decenni successivi, che l’Istituto Cervantes ha in parte pubblicato in occasione di questo Convegno e che ci auguriamo di poter presto leggere nella loro interezza.
« Romano » è poi anche l’articolo « Pirandello desde Roma », del 1954, punto di partenza di successive riflessioni sul drammaturgo agrigentino; « romane » sono le pagine di Diotima di Mantinea e Persona e democrazia, del 1956; « romana », anche se pubblicata in Francia, è l’importante « Lettera sull’esilio » (1961); « romani » sono alcuni tra i più significativi degli articoli e saggi sulla pittura raccolti successivamente in Di alcuni luoghi della pittura; « romani » sono, come ci ha raccontato di recente Rosa Mascarell, quei Frammenti di etica che, risalenti anch’essi soprattutto alla metà degli anni cinquanta e inediti come tali, sono andati in gran parte incorporandosi al più ampio progetto sui sogni e il tempo; « romani », infine, sono gli avvii di Chiari del bosco, Dell’aurora e Note di un metodo.
Ma è venuto il momento di mostrare come questa figura dal « profilo inimitabile di filosofo-poeta » — così, in una recensione radiofonica a Spagna, pensiero, poesia e una città, definiva a colpo sicuro María nel 1964 la sua amica Cristina Campo — 14 abbia vissuto la vera e propria relazione d’amore da lei intrattenuta con Roma, e che io ritengo faccia una cosa sola con l’importanza e la bellezza della sua scrittura.
« Caratteristica di Roma », ricordava María qualche anno prima di morire, è di « apparire completamente aperta, completamente visibile e presente », ma anche di essere « una città labirintica ». La sua aria, al cui abbraccio sensuale è molto difficile sottrarsi, la si direbbe, ella continuava, un’aria « commestibile », come se ci si trovasse « all’interno di un frutto » , esattamente di una pesca, per quel suo « colore dorato » che nelle altre città in cui pure può percepirsi, come Salamanca o la messicana Morelia, non è altrettanto appetitoso e tentatore, non « si rivolge al palato ». Roma, però, è poi anche « figlia di una Venere nutrice », per cui una volta arrivati non solo si ha l’obbligo di dar da mangiare, anzi è la cosa che si deve fare prima di ogni altra, come ci ricorda l’esercito di gatti affamati che vaga nelle sue piazze e nelle sue strade, ma bisogna a propria volta « darsi in pasto », bisogna lasciarsi inghiottire, fagocitare, da questa città evidentemente così sanguigna e carnale, così viscerale — anche se in queste pagine non la leggiamo, è infatti proprio questa la parola che continua a venirci in mente, a noi che sappiamo quanto le viscere, las « entrañas », contino nella visione di María Zambrano — perché quello che Roma fa, a ben guardare, ella spiegava, è di « partorire senza sosta, partorire se stessa, partorire il suo colore, partorire la sua frutta, fiorire… » (un’immagine, questa del parto, che ritroviamo tra l’altro, a tracciare un ponte tra la sua prima e la sua terza patria — considerando come seconda la sua patria « prenatale », Cuba — in uno scritto del 1960, La Spagna e la sua pittura, in cui ella dice del paesaggio spagnolo che le sembra essere sempre in stato di parto di una nuova luce e di nuove forme). E Roma, infine, si staglia nel suo ricordo come un luogo che esibisce fianco a fianco, anzi direi letteralmente uno dentro l’altro, un massimo di vita e un massimo di morte: città, ella scrive, « eminentemente vitale », anzi « terribilmente viva » perché « divoratrice », come abbiamo visto, oltre che « nutrice », essa concede infatti ampio spazio anche alla morte, conserva bene in vista il suo « Circo » e i suoi « luoghi di martirio » e soprattutto le sue catacombe, che si presentano « nello stesso tempo come la radice di un campo di grano e come la radice di una morte immortale ».15
Queste alcune delle suggestive ma anche indovinate, anche penentranti parole — io, romano, le vivo come un gesto, una specie di carezza, che porta alla luce la quintessenza della mia città — che María Zambrano pubblica su Roma nella prima parte dell’articolo « Roma, città aperta e segreta » uscito sul giornale madrileno Diario 16 nel giugno del 1985, ossia più di vent’anni dopo la sofferta partenza da Roma della scrittrice e di Araceli. Nella seconda parte dello stesso articolo, ella innesta sul linguaggio figurato e vitalistico, sul pregnante simbolismo corporeo, adottato nelle pagine iniziali — l’aria « commestibile », l’aver fame e lo sfamare, il rapporto carnale, simbiotico, da « parto », tra la città e le forme che da essa si sprigionano, le catacombe come « radice » — la descrizione di una sua visita alla Chiesa di San Giovanni Decollato, sede di quella Confraternita della Misericordia alla quale toccò trascrivere e conservare, l’anno 1600, le ultime dichiarazioni di Giordano Bruno. La rievocazione di quest’episodio le consente di affiancare ad osservazioni di ambiente e di costume richieste dal timbro a suo modo leggero, bozzettistico, quasi da goethiani o stendhaliani appunti di viaggio, dell’articolo — la funzione di luogo di riunione di un intero vicinato svolta dalle « trattorie », la sopravvivenza a Roma di « principi veri », l’andamento « lungo, spesso e denso » del crepuscolo romano — altre considerazioni di maggior peso nonché tipicamente sue sull’« eterno » mescolarsi, di nuovo, di vita e morte come sulla natura sacrificale della storia — « Non se ne ha ancora abbastanza di questa fiamma? » — e sul nesso tra pensiero e amore: « Il pensiero di Giordano Bruno nacque dall’amore… L’amore è la terra feconda del pensiero ». Fino alle parole conclusive, pronunciate al termine della visita dall’amico Elemire Zolla ma da María fatte subito e non meno tipicamente sue, su quella che avrebbe potuto essere un’altra storia, una storia meno disumana in quanto non più fondata sulla brutalità del potere, sulla violenza, sul sacrificio: « Se l’ortodossia cattolica avesse accettato un uomo di pace come Giordano Bruno, non sarebbe mai esistito, dopo, un Robespierre ».16
Vediamo così che, a dispetto della sua apparente occasionalità, quest’articolo del 1985 contiene in realtà nel suo piccolo la cifra di quello che Roma ha rappresentato per la scrittrice: una realtà esemplarmente multipla, stratificata, in cui il presente coabita fecondamente col passato e in cui tanto la distinzione tra superficie e profondità quanto quella tra fisicità e pensiero tendono ad attenuarsi fino a sparire nella misura in cui il dettaglio visibile, materiale, si dilata senza soluzione di continuità in motivo di riflessione, e la riflessione — una riflessione pungente, straniante, alternativa — viene a sua volta vissuta e comunicata, senza perdere per questo di spessore, in termini di evidenza sensibile. Quasi che, sulla scia di quello del suo Giordano Bruno, lo sguardo a un tempo amoroso e acuto, penetrante, che María Zambrano torna a posare dopo tanti anni, da Madrid, sulla nostra città, avesse ancora il potere di animare la materia e di dar corpo, plasticità, al pensiero. Che poi altro non significa se non che anche questo suo sguardo, questi suoi ricordi amorosamente pensanti, fanno criticamente poesia, sono cioè portatori anch’essi di quella « ragione poetica » di cui ella aveva affermato nel lontano 1937, in un articolo sul suo grande conterraneo Antonio Machado, che ha una « profonda radice d’amore », e di cui scriverà ancora nel 1987, dopo averla teorizzata e praticata per più di mezzo secolo, che essa è un modo di misurarsi con la realtà della vita non col solo pensiero ma, appunto, anche « col corpo », anzi addirittura « con la respirazione ».17 Con quel di più di vicinanza, di com-partecipazione, cioè, e quindi anche di con-sonanza, di rispondenza vivificante a persone, eventi e cose, che meglio può farli risaltare in tutta la ricchezza dei loro significati e con tutta la forza delle loro altrimenti nascoste ragioni.
Sotto quest’ultimo profilo, è degno di nota il fatto che risalga proprio allo scorcio finale degli anni romani un articolo, « Los símbolos », in cui María afferma di intendere per simbolo una parola, un oggetto o un’opera d’arte che esprime una gamma di significati « più ampia e maggiormente carica di sentimento » in quanto trasmette qualcosa di magnetico, una « speciale vibrazione », e custodisce in sé un appello senza fine, un « segreto interminabile ».18 Mi piace credere, in altre parole, che la nostra pensatrice abbia messo a fuoco in questi termini e in quel momento un aspetto assolutamente decisivo della sua visione qual è l’insistito ricorso al linguaggio simbolico — basti pensare a testi come Chiari del bosco, Dell’aurora o I beati, pubblicati tra la fine degli anni settanta e il 1990 ma concepiti e iniziati nei decenni precedenti — anche grazie a quel suo precedente, intenso compenetrarsi del « respiro » così carico di simboli di Roma di cui abbiamo visto essere testimonianza l’articolo dell’85. Nello stesso contesto, dei modi in cui l’incontro con Roma e, indissolubilmente da esso, gli incontri di Roma, contribuiscono alla maturazione della ragione poetico-simbolica zambraniana, è poi il caso di ricordare anche che fra i tanti atti particolarmente significativi da lei compiuti negli anni romani, vi è stata la traduzione in spagnolo per la rivista argentina Sur del saggio Attenzione e poesia della sua amica Cristina Campo, in cui si legge tra l’altro che « Poesia è anch’essa attenzione, cioè lettura su molteplici piani della realtà intorno a noi, che è verità in figure ».19
Che Roma abbia alimentato in lei questo genere di attenzione, questo sguardo poetico-pensante che infonde un di più di vita e di senso nella realtà su cui si posa moltiplicandola in figure portatrici di nuove verità, è testimoniato anche dagli altri articoli di ricordi romani che l’ormai ottantenne scrittrice pubblica, sempre sul giornale madrileno Diario 16, nell’ultimo periodo della sua vita. La maggior parte delle esperienze e delle scoperte rievocate in questi ricordi, infatti, sono anch’esse il frutto delle immersioni storico-archeologiche che la Zambrano ha compiuto sotto la pelle della città e dalle quali ella riaffiora, al pari del palombaro al quale Proust paragona nel Tempo ritrovato lo scrittore che non si sottrae all’obbligo di scandagliare le zone sommerse del suo io, con la perla di un frammento di passato illuminato e impreziosito dal bagliore di un pensiero. È il caso dell’« insolita verità » rivelatale dalla sua discesa nella Basilica Neopitagorica di Porta Maggiore, essere cioè in realtà il suicidio di Saffo apparentemente rappresentato nell’abside un non suicidio, leggibile piuttosto come un consacrarsi della poetessa al dio Apollo che la chiama dall’altra sponda dell’abisso — « Un monumento senza eguali » (1985) — ; così com’ è il caso della stele antica raffigurante un bell’adolescente da lei scoperta sull’amata Via Appia, nel fitto di un boschetto di cipressi, e che insiste testardamente a far valere le ragioni del sacro, del suo inquietante fascino più che umano, contro l’umano troppo umano dissacrante assedio portato a quel luogo da ogni genere di immondizia: testardamente e anche vittoriosamente, però, visto che un giorno, ricorda la Zambrano, « sulla statua del ragazzo, appesa al suo collo di cigno, trovammo una ghirlanda di fiori. E il suolo era pulito » — « La nudità iniziatica » (1988).20 Un incontro, questo col suo « innamorato della via Appia », ricordato anche alla fine dell’ultimo dei suoi articoli su Roma, « Jaime a Roma » (1990), che nelle stesse righe enuncia con felice sintesi, e riportando significativamente in primo piano insieme al tema dell’amore anche quello del tempo, la ragione di fondo dell’attaccamento della scrittrice alla nostra città: « È una meraviglia, era un’epoca dentro l’altra. Una volta a Roma non volevi andartene, non potevi andartene ».21
Non solo l’articolo sul bell’adolescente della Via Appia, del resto, ma anche quello sul salto in mare di Saffo raffigurato nell’abside della Basilica sotterranea di Porta Maggiore, ha un’appendice che merita di essere ricordata. La troviamo nella lettera che María scrive il 15 novembre 1974 all’amico Agustín Andreu. Dopo aver domandato a quest’ultimo se ha mai visitato la Basilica e avergli descritto la scena in cui è raffigurata la poetessa greca, María così prosegue: « Ho conosciuto a Roma, e conservo le carte che ha lasciato, una ragazza, anche lei filosofa, che aveva i capelli come Simone [Weil, che subito prima in questa stessalettera María ha detto di avere incontrato molti anni prima a Madrid] e Saffo — piccola, mora — che ha fatto il salto in un modo terribile, per non aver mai udito una parola d’amore, e perché credeva, sentendosi brutta, che non l’avrebbe udita mai. E veramente, non lo era; e come si sarebbe abbellita, se a trovarla bella fosse stato un uomo. Invece no… E poi si credette disamata da suo fratello, un fratello che stava per sposarsi. E perché questo fratello non facesse lo stesso, lo tenemmo due mesi in casa — sul Lungotevere — , dopo di ché lui si sposò ed ebbe due bambine alle quali misero come secondo nome María e Araceli, perché dicono di doverlo a noi se sono nate, avendo noi salvato il loro padre. Camilla de Jogu, si chiamava, era intelligentissima e sensibilissima, occhi splendidi. E ce l’aveva, chi le voleva bene, un giovane frate molto in gamba che morì un anno dopo di lei, e un amico di suo fratello, uno strano personaggio di Piazza del Popolo. Ma non ho mai voluto parlare con nessuno di quel mondo: era troppo ».22
Questo ora seducente ora drammatico venire alla luce, grazie al sussistere nel corpo di Roma di un’« epoca dentro l’altra », di una verità insieme intima, storica e sorprendente, « insolita », rappresenta un punto di contatto davvero rivelatore tra l’ultimo, affettuoso saluto che la Zambrano rivolge nei termini che abbiamo appena visto alla città lontana — « Una volta a Roma, non volevi andartene, non potevi andartene » — e lo stato d’animo, contraddistinto da subito dal prepotente sprigionarsi della sua attenzione poetico-pensante, che ella ci racconta di aver provato in occasione del suo primo arrivo nella città eterna e un cui aspetto, per concludere, vorrei ora rapidamente sottolineare. Avremo così conferma del fatto che il rapporto di María con Roma è stato lo stesso dall’inizio alla fine: un amore totale, una seduzione dello sguardo e una sollecitazione della mente che da un certo punto in poi diventano indissolubili dalla sua vita come dal senso profondo della sua opera.
Come ho già ricordato, María arriva una prima volta a Roma con Araceli nell’estate del 1949, per rimanervi fino al giugno del 1950. Sono ormai dieci anni che la vittoria di Franco — María ha parteggiato attivamente per la Repubblica uscita sconfitta dalla guerra civile – le ha costrette ad abbandonare la Spagna per l’esilio; dieci anni che María ha trascorso tra Parigi, il Messico, Portorico e soprattutto Cuba, scrivendo, pubblicando e tenendo corsi e conferenze in diverse università e istituzioni culturali. Ed è proprio per una rivista cubana, Lyceum, che lo pubblicherà nel 1951, che María scrive, durante o subito dopo quel suo primo soggiorno romano, il lungo articolo — « Una metafora della speranza: le rovine » — in cui chiama Roma « mia patria ». Che cosa intendeva dire, esattamente, la nostra scrittrice con queste parole, già di per sé così eloquenti? Che cos’è che l’aveva fatta sentire in così piena — « filiale », direi — sintonia con la nostra città?
Per rispondere, bisogna fare un passo indietro, al 1945, anno in cui María aveva pubblicato, sempre a Cuba, col titolo di La agonia d’Europa, una raccolta di saggi scritti negli anni della guerra per individuare sia le ragioni della malattia mortale vissuta in quel momento dal nostro continente, sia i segnali di un futuro meno tragico. In uno di quei saggi, La speranza europea, ella esprimeva la convinzione che ciò che più caratterizza gli uomini del vecchio continente è la forza delle loro utopie, dei loro sogni, che dalle crociate alla rivoluzione russa si sono sempre rivelati talmente ambiziosi da risolversi necessariamente in un fallimento, un « fracaso ». Dove ciò che più conta, però, ella insisteva, non è tanto il dato di fatto di questi esiti più o meno fallimentari, di questi inevitabili insuccessi, quanto appunto la dimostrazione che proprio essi forniscono del plusvalore, diciamo, di slancio ideale, di utopica incontentabilità, di attaccamento a « grandes imposibles », prodotto da tanta parte della storia europea rispetto alle resistenze opposte dalla realtà.23
L’articolo del ’49 in cui María Zambrano dice di Roma che è la sua patria, ripropone la stessa visione in un’ottica sicuramente tra le più romane e che ci riporta fra l’altro all’immagine dell’acquedotto della Segovia della sua adolescenza: l’ottica, cioè,delle rovine di un grande passato e del pathos che se ne sprigiona. Un pathos che, come ci ha mostrato di recente Salvatore Settis nel suo bellissimo libro Futuro del classico, si presenta con i tratti paradossali di una ferita insieme immedicabile e provvisoria, di una « frattura irreparabile che è necessario sanare ».24
Nelle pagine di « Una metafora della speranza: le rovine », María ci racconta dunque che, quando si è avvicinata per la prima volta alle rovine del Foro Romano, ha sentito affiorare dal fondo della sua memoria la voce della sua tata analfabeta Alhama che le diceva, come aveva l’abitudine di fare ogni volta che la vedeva triste, o arrabbiata, o smarrita: « Guarda, bambina… », con ciò esortandola semplicemente a concentrarsi su un particolare della vita che le si svolgeva intorno — un gioco di nuvole, il volo di un insetto — e che veniva così trasformandosi ai suoi occhi in una figura di rivelazione e in uno strumento di comprensione, ossia nel corrispettivo visibile, chiarificatore, nella liberatrice « metafora naturale », di quello che stava accadendo dentro di lei. E anche lì, allora, anche davanti al Foro Romano, riudendo dentro di sé l’esortazione della sua « vecchia, saggia… leggendaria bambinaia », lei ha guardato, si è concentrata, e guardando — con lo sguardo rapito di una bambina congiunto con l’attenzione insieme amorosa e ragionante della filosofa-poeta capace di infondere senso e vita anche nelle cose più morte — guardando in questo modo ella ha visto, ecco, « le rovine della mia patria: Roma ». E immediatamente dopo averle viste e sentite così, come una realtà che faceva tutt’uno col senso di una nuova origine anzi lo produceva, direi, produceva essa stessa questo senso di rinascita, di nuova « patria », identificata con Roma, immediatamente dopo ella non ha potuto non domandarsi, sempre sull’onda del ricordo di quanto succedeva un tempo tra lei e la sua tata Alhama, se anche questa vista delle rovine del Foro romano non rappresentasse allora una « metafora » della stessa natura del gioco di nuvole o del volo di un insetto della sua infanzia e prima giovinezza: un’immagine, in altre parole, capace di far sì che qualcosa di doloroso e di opprimente si trasformi nel suo contrario, si rovesci in figure di comprensione e di sollievo.25
María non ci dice espressamente quale fosse in quel momento lo stato d’animo che la opprimeva, ma dal seguito dell’articolo comprendiamo che esso doveva fare tutt’uno col senso di abbattimento prodotto implicitamente anche in lei — quasi per contagio fisico, direi — dallo spettacolo delle rovine prima che le parole di Alhama infondessero nuova luce al suo sguardo; anche in lei come in tanti altri, forse in tutti — d’istinto, quasi per contagio fisico, ripeto — e in ogni caso sicuramente nel suo maestro Ortega, che solo tre anni prima, in una conferenza sul teatro, aveva evocato la « malinconia » e la « voluttà del pianto » suscitate dalla vista delle rovine in tanti artisti e pensatori europei degli ultimi tre secoli, e aveva riportato tra l’altro questo passo delle Lezioni sulla Filosofia della Storia di Hegel: « Quale viaggiatore non ha provato questa malinconia? Chi, davanti alle rovine di Cartagine, di Palmira, di Persepoli, di Roma, non ha meditato sulla caducità degli imperi e degli uomini, chi non si è addolorato considerando il destino di quella che un giorno fu vita piena e intensa? ».26
Vissuti solo in prima persona, da semplice visitatrice, oppure anche mediati, come ritengo più probabile considerando la ricchezza del retroterra culturale di María, da questa autorevole tradizione di pensiero, mi pare comunque fuori di dubbio che siano proprio la « malinconia » e il « dolore » di cui ci parlano Hegel e Ortega, gli stati d’animo che María aveva provato inizialmente davanti alle rovine del Foro. E che magari non costituivano che l’estremo approdo, l’ultima manifestazione in ordine di tempo, del più generale stato di crisi, di relativa stasi della sua scrittura e di sofferta maturazione interiore, che sembra abbia caratterizzato quel suo primo soggiorno romano.
Su tutto questo, irrompe salvifico il « Guarda, bambina… » di Alhama, il suo dar luogo alla trasformazione da simbolo di morte in simbolo di vita che le rovine più fuori del tempo che antiche, a questo punto, di Roma, cominciano subito a subire agli occhi di María, e che la sua penna fa arrivare fino a noi. Perché nel loro disfacimento, ella argomenta, nella loro frantumata e consunta nudità, quei resti lasciano trasparire meglio di un edificio intatto — proprio come succede a suo giudizio, lo abbiamo visto, coi fallimenti della storia rispetto ai suoi successi — ciò che sottostà all’azione dell’edificare, del costruire, in quanto tale: il sogno, la speranza, di realizzare qualcosa di superbo, di perfetto, di definitivo, che incarni al meglio le nostre necessità e le nostre aspirazioni. Una speranza che quanto più è intensa, elevata, esigente, tanto più è destinata a rimanere frustrata, così come persino il più superbo degli edifici è destinato prima o poi a subire i colpi del tempo; ma una speranza, anche, che proprio per questo suo scontrarsi col «limite fatale… delle circostanze», non può non rinascere continuamente dalle sue inesauribili radici, dal suo « fondo indistruttibile ».
In questo suo ininterrotto risorgere, conclude María ormai pienamente rianimatasi alla vista di una Roma divenuta così, facendosi guardare e interpretare così, la sua terza « patria », la speranza manifesta il ribaltamento, il «trionfante rovescio», dei suoi fallimenti, come trionfante rovescio delle rovine ci appare l’edera che vi verdeggia dentro, l’« edera », leggiamo, « metafora della vita che nasce dalla morte, del trascendersi che segue ogni concludersi; ogni concludersi di qualcosa che le ali della speranza avevano fatto arrivare lontano. E la frase di Calderón “ operare bene che neanche nei sogni si perde ”, bisognerebbe intenderla pensando che, di qualsiasi realtà, l’unica cosa che resta sarà il suo sogno. Che il sognare bene nemmeno morendo si perde ».27
Sono parole come queste che mi fanno pensare che la nostra Europa, la cultura viva della nostra Europa, non potrà non essere fatta sempre più di figure e di opere altrettanto poetico-pensanti e quindi altrettanto « innamoranti », per dirla ancora col suo linguaggio, quanto la figura e l’opera della spagnola, europea e romana María Zambrano.