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Zambrano: los años de Roma > Presentación
Zambrano en Roma

Amanecer en Roma con María Zambrano

Por Carmen Calvo, Ministra de Cultura

Se refleja en el camino humano y creador de María Zambrano el de toda aquella generación llamada de la República o, también, del exilio, «La generación del Toro», sí, la del toro que va al sacrificio. Una generación de intelectuales que vivió una experiencia histórica y vital que les aunó en ese comparecer de su creación y de su vida en la experiencia trágica que supuso la Guerra Civil española. Experiencia, creación y vida se manifestaron conjuntamente con la de un pueblo que se reconoció en la cultura, y la cultura se reconoció en él.

Y ese afán de comunión en la cultura tuvo ya su manifestación en aquellas Misiones Pedagógicas en las que María, en unión de otros poetas y pensadores, peregrinaba por los pueblos de la geografía española, mostrando el mundo de las imágenes que supuso el cine, el hondo sentido universal de la poesía o el teatro clásico. Un pueblo absorto ante las imágenes de Charlot —ese nuevo Quijote del siglo xx— o la sonoridad del verso de nuestros clásicos. El entusiasmo suplía los escasos medios con los que contaban. Pero había sed de cultura y afán de llevarla y exponerla. Se trataba de «llevar a Husserl y a Descartes al humus de la tierra».

Y con ese mismo pueblo, que parecía despertar de ese sueño en el que estaba sumido, caminaban hacia una historia que semejaba verdadera. Historia y vida brotaban en armonía. Una armonía que parecía borrar una historia apócrifa... si ello se hubiese afirmado decisivamente (...) «Una vida nueva —en palabras de la pensadora— que habría al fin atravesado el dintel que le opone la historia habida hasta ahora: la historia sacrificial, la que exige el sacrificio total que no es el de ir a morir sino el tener que matar... ¡Despertarse para eso...!» exclama la filósofa andaluza en Los intelectuales en el drama de España.

Frente a la guerra, frente al obstáculo, ese pueblo y cultura, no sólo españoles, sino que tuvo manifestantes de otros horizontes, se integraron en el sacrificio que supuso la contienda civil española, con la idea, la «revolucionaria» idea de que la historia no fuese ya más sacrificio, sino que se transformase, tal como hacían ellos, en ofrenda... «Esta guerra así vivida merecía haber sido ganada plenamente y con ella el final de todas las guerras de los que a la guerra fueron a morir para salvar al mundo del fascismo». Escribe en la citada obra, Los intelectuales en el drama de España.

Mas la compacta historia apócrifa venció o pareció vencer, quedando España como un recinto amurallado, irrespirable y ausente de luz.

Y de este modo, aquella experiencia de vida tuvo que recorrer otra vertiente; parecía oscurecida, pero en realidad había mostrado una verdadera faz de la historia; la había desprovisto de su máscara, para otorgarle ese rostro de verdad: de vida y libertad. Y esa faz oculta o aparentemente oscurecida en el recinto de la llamada victoria, tenía que manifestarse de otro modo, en otros ámbitos. Aquella vivencia, revelada y aparentemente silenciosa, fue llevada, sostenida, manifestada en el exilio. Un exilio portador del rostro verdadero de esa experiencia. Aquella que se manifestó en tantos españoles, como pueblo o como intelectual que daba la palabra tan entrañada en aquella etapa histórica...

«Y así el llamado intelectual. No viene a ser otra cosa que aquel que da su palabra, el que dice y da nombre o figura a lo visto y sentido, a lo padecido o callado, el que rompe la mudez del mundo compareciendo por el sólo hecho de haber nombrado las cosas por su nombre, con el riesgo tan cruel de no acertar con la palabra justa y el tono exacto en el momento exigido por la historia. Y el estigma de no haber comparecido o de haberse fatigado antes de tiempo, de andar distraído y aún absorto en el mejor de los casos; de haberse confiado también, o el de haberse envuelto en la desconfianza, de haber dicho demasiado o muy poco, antes o después, mas no entonces, en el instante decisivo, que no vuelve si se le ha dejado perder […]», reitera en Los intelectuales en el drama de España.

Quizás la cita resultara demasiado extensa, mas en ella Zambrano refleja al creador que compareció en aquel momento o instante decisivo y que refleja esa historia verdadera que prosigue bajo la apócrifa, y en ella el hombre muestra su rostro verdadero, de historia y vida, lo que equivale en la visión de Zambrano al de su persona. «Y ello no puede lograrlo por la sola acción, ni siquiera la sangre sola podría. La revelación entre todas se da en la palabra y por ella», escribe en Los intelectuales en el drama de España.

Y esa palabra no podía encarnarse, no hallaba recinto o espacio en aquella España apócrifa. Es palabra revelada en esa experiencia no sólo personal sino universal. La palabra se hace entonces profecía que espera darse, encarnarse, caminar antes de retornar a aquel ámbito que la albergue o reconozca.

Se camina con ella y por ella. La palabra se exilia, y con ella su portador. Fluye, otra vez, la España del exilio y con ella el exiliado.

«[...] esos seres que se distinguen, pues ya no eran iguales a los demás, ya no eran ciudadanos de ningún país, eran exiliados, desterrados, refugiados... algo diferente que suscitaría aquello que pasaba en la Edad Media en algunos seres —sagrados—: respeto, simpatía, piedad, honor, repulsión, atracción, en fin... algo diferente; vencidos que no han muerto, que no han tenido la discreción de morirse, supervivientes [...]», escribe en la sin par obra de Los bienaventurados.

Y hacia el exterior buscan ese espacio que les ayude a depositar e ir desentrañando su palabra. «Me llevo la palabra», nos expresa León Felipe en uno de sus versos.

Se pregunta María Zambrano por la nueva tierra en la que pudiese acogerse y recordando el historiarse de España se pregunta (en La Cuba secreta): «¿No es América, acaso, hija del sueño de Europa?...! La América maternal!... ¡Tan ancha!».

Se halla, en su viaje, en esa incertidumbre que otorga el exilio, sin esa seguridad, con esa duda en su orientación; ella como nos dice en ese inicio de su viaje (Los bienaventurados):

[…] no se sentía de ninguna parte, en parte alguna del planeta, como sucede en el centro del océano cuando el alma no siente ninguna señal de la presencia de la tierra, de esa presencia que se acusa antes de hacerse visible, antes de que el vuelo de ningún pájaro la anuncie, por una especie de presentimiento de ser terrestre que somos, por un sentir originario de las raíces del ser [...]

México y la ciudad de Morelia. México que acoge a través del inolvidable gesto de un presidente, Lázaro Cárdenas, y más tarde Puerto Rico y, sobre todo, Cuba. Halla este país como si fuese sustancia de una aventura tan cercana al paganismo como al cristianismo y siente a esta tierra como una prolongación de España, casi como la suya propia. Y ya en La Habana esa figura que deviene entrañable y familiar: Lezama Lima y otras como Cintio Vitier junto con su esposa Fina García Marruz u otros.

Siente en Cuba ese apego a la physis, esa integración entre vida, materia y sensualidad que quizás no haya sentido con tal fuerza en todo su laberinto español.

El exilio de María Zambrano está integrado en una serie de pausas que pueden considerarse como momentos. Nunca se separó de España, a la que intuye como destino final, y a su vez se intercalan pausas profundas en la espera del regreso: «nunca me fui de España», exclamó como primera palabras de su retorno.

Pero el exiliado a fuerza de pasmos y desvalimientos, de estar a punto de desfallecer al borde del camino por el que todos pasan, vislumbrando la ciudad que busca y le mantiene fuera, fuera de la suya, la ciudad no habitada, la historia que desde el principio quedó borrada [...] (Los bienaventurados).

En ciertos momentos de su exilio, la patria o mejor dicho la ciudad, la recibe y la integra; a través de ella esa patria «se le aparece», «como río que recoge muchedumbres», quizás rodeada de otras formas y con otras circunstancias, pero halla en ella como una prolongación de su propia historia. Es lo que sucede a María Zambrano con Italia y más concretamente con Roma.

Roma ha sido esa ciudad de encuentro para tantos exilios españoles. Recordemos a Rafael Alberti, que la considera como propia, que integra tanto en su vertiente propiamente dicha como para los exiliados interiores, tales como Gil de Biedma o Terenci Moix, Diego Mesa, Enrique Rivas o Ramón Gaya, etcétera.

Hallan en ella ese aire de libertad imposible en aquella España cerrada. En la más reciente novela de Jorge Semprún, titulada Veinte años y un día, aparece como un centro hospitalario dentro de la trama trágica; por el contrario el hogar de María se ofrece como centro acogedor de pensamientos heterodoxos; lugar de sosiego que trasciende; con sus leves apariciones, un latir de esperanza.

Italia será una de las culturas que hondamente se reflejan en su universo creador... Una Italia que trasciende a través de las gentes de sus ciudades, sus cortejos, sus fiestas, sus monumentos que poseen ese hálito vital que irá recorriendo y al mismo tiempo que, ella misma, irá siendo recorrida, un reconocer que es conocer, un conocer amoroso de quien quede fascinada por ese país que descubre y en el se adentra: «puedes ir a ese país y no conocerlo. Un pasar estéril. Él no se muestra sino a sus elegidos.» (Texto recogido en Palabras al atardecer de Joaquín Verdú).

Italia se irá descubriendo a través de la belleza y el matiz de sus colores: la mirada y la palabra, lo sagrado en sus ceremonias y el hondo sentido del ritual pagano, lo órfico y lo dionisíaco, su intensa admiración hacia su cine. Italia le otorga ese matiz de luz que creía perdida. Esa misma luz que otorgó al universo de Cervantes o a la pintura de Velázquez...

Luz y alegría... «Y es que, se halla, que en la Piazza del Popolo, el pueblo no surgía como masa, cada cual conservaba su identidad, esa belleza que emergía de un gesto, un estar, una mirada. Era como si el tiempo fuera uno y múltiple, podía detenerse en la contemplación y, a su vez, pasar, transcurrir. Y nada obstruía para quien quisiera escucharla, la sonoridad en las fontanas [...]» (Palabras al atardecer).

Aquí, en Roma, reside María y poco a poco irá integrando en breves apuntes esos momentos de cultura. Y de la amistad con Elene Croce se unirá a la admiración por el universo creador de Benedetto Croce, tan profundo conocedor de la cultura española, o los encuentros con Elsa Morante; o con la grandeza trágica de Luigi Pirandello, el creador de unos personajes en busca del autor, y que tanto se ha comparado con la angustia del creador que aparece en Unamuno; y la angustia de estos personajes que persiguen a Pirandello. El problema de la existencia y sus actitudes ante ella.

Pero quizás su gran admiración se detiene en Dante Alighieri, uno de esos autores que definen toda una época y un universo con quien establece un paralelismo con Cervantes y su Don Quijote. Entre el Quijote y la Divina Comedia, en ese ser humano que busca, que transforma su ser en función de esa búsqueda, ese rey viajero a través de los espacios, ya sea en su verticalidad: Infierno, Purgatorio y Paraíso o en su horizontalidad, cual esa tierra sin límites o con el límite del horizonte humano, como sucede al Caballero. La genial obra de Dante cierra un ciclo: el medieval, y abre otro: el Renacimiento. Cervantes universaliza todo en un universo anterior y en una genial síntesis de todas las creaciones, recrea un nuevo género literario: la novela moderna. Y en su centro: el hombre moderno.

Y no puede olvidarse la profunda admiración de la pensadora hacía ese género artístico tan peculiar del siglo xx: el cine. Y ese cine logra una especial dimensión en esa época italiana en la que María convivió con este pueblo tan hondamente reflejado en el neorrealismo. Y concretamente en su actriz paradigmática: Anna Magnani, la mamma de todas. Su propia generación también se denominó «generación del cine»... ese cine reflejo de la vida:

[…] sus sueños son reales, parten de la realidad sensible. Paisajes, rincones inéditos, rostros, sucesos registrados para siempre... en fin la casa del planeta, el rostro de la vida... que levanta el acta de las historias en su fase definitiva... Y donde se nos aparece más fiel la esencia de este arte es en el cine italiano de la posguerra [...] (Palabras del regreso).

La posguerra, sí, de la que la contienda civil española fue el trágico anuncio de la europea. Europa como madre despedazadora... «Medea matando a sus hijos, a sus hermanos, a sí misma... ¿Es la historia de la madre que enloquece a sus hijos?, ¿es el crimen del hijo que enloquece a la madre?»... (La agonía de Europa).

María Zambrano halla una Europa agónica. Mas es la palabra vida de la que es portadora lo que transforma el sentido de agonía. No es agonía mortal:

[…] agonizar es no poder vivir a causa de la esperanza... la esperanza que brota desesperadamente ante cada sufrimiento insoportable... Europa y de descubrir la vida como esperanza, vivió la historia como tragedia condenada a agonizar, a no poder morir, renacer de sus sucesivas muertes... ¡otra vez a esperar! [...] (La agonía de Europa).

Ese parece ser uno de las verdades que fluyen en su exilio, mas esa esperanza tiene sus raíces en esos espacios o en esas etapas en las que se siente trasmigrar de un «lugar a un punto nuevo. Es la etapa de quietud; el centro no esté inmóvil sino quieto. Y lo que le rodea comienza a entrar en quietud. Se ha cumplido una transformación decisiva. Se inicia una “vita nova” [...]» (Claros del bosque).

Quizás fuera ese el más hondo sentido de la etapa italiana en María Zambrano... que en palabras de Quevedo «mucho al amor y poco al espacio» debe, poco debería al espacio sin amor, pero Italia se refleja en su creación como un espacio enamorado». Un espacio de esperanza... Y el que espera no desespera, aunque «solo a través de las necesidades encuentra el hombre su libertad»; y aunque «el peligro para la vida es asfixiante bajo el peso de la existencia», en Roma María logró experiencia y palabra, pues aquí fraguó una parte muy importante de su obra. Encontró ciudad y palabra, ambas inseparables para todo exiliado y máxime si es creador. Zambrano encontró esperanza y en Italia percibió otros claros en el bosque...

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