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Zambrano: los años de Roma > Presentación
Zambrano en Roma

Roma, matria nutricia de María Zambrano

Por Rogelio Blanco Martínez

Durante el 2004 se celebró la efeméride de una filósofa nacida en 1904 en Vélez-Málaga. Una filósofa, María Zambrano, que vio y sufrió los aconteceres más violentos del siglo xx (guerras mundiales y Guerra Civil española); y a tanta desventura sumó un largo exilio de cuarenta años. Parte de este exilio lo sobrellevó en Roma desde el año 1949, año en el que realiza su primera estancia, hasta su salida definitiva en el año 1969 hacía el Jura francés; mas esta estancia tiene intervalos de salidas y de expulsiones. Posiblemente fue en esta ciudad, entre todas las que diseminó su modus vivendi de exilio (París, La Habana, Ginebra, etc.), en la que mejor pudo arrastrar tal cadena; pues, si bien Zambrano en México, La Habana u otros lugares dispuso de la compañía de amigos, aquí disfrutó de la de su hermana Araceli y de numerosos amigos artistas, poetas e intelectuales, tanto españoles como italianos. Es decir, Zambrano se insertó en la vida de la ciudad y este hecho bien se percibe si se repasa someramente la abundante producción de la pensadora surgida y editada en o desde esta ciudad, amén de los numerosos cuadernos de notas y esquemas u otros opúsculos que servirían de germen para futuras monografías.

Este elan italiano que insufló a la filósofa hoy sigue habitando, pues bien se pudiese decir que la cuantía de obra zambraniana, traducida y editada en Italia, es superior a la editada en España. Así pues, bien se puede afirmar que existe cierta complicidad de Italia y de María Zambrano.

Llegar a esta efeméride centenaria y celebrarla, también en Roma, es reconocer a Zambrano como un pensamiento vivaz y cargado de contenidos necesarios para afrontar el nuevo siglo xxi. En mi opinión estamos ya ante un clásico, y si a tal reconocemos por su capacidad presenciarse en los efectos de lastre o pasado, de presente y de futuro. Respecto al efecto-lastre, Zambrano ha sido capaz de recibir la tradición del vetusto pensamiento occidental, no solo el primigenio hebreo-greco-latino, sino también de recuperar y recibir el hispano. El más genuino, por ejemplo, la mística, el Siglo de Oro, Cervantes, Galdós, etcétera, y a la vez reconocer y vindicar ciertos géneros, casi olvidados como la confesión, los diálogos, los soliloquios y sobre todo los guía; a propósito de la guía conviene recordar que 2004 también es centenario, el octavo, de Maimónides.

Sean estos ejemplos una indicación de cómo Zambrano se enraíza en la tradición, pero, y a la vez, vive el período que le tocó en suerte metiendo las manos en el barro cotidiano y sin dar la espalda al compromiso diario, tanto intelectual, convirtiéndose en un miembro activo y señero de su generación, como político. Zambrano se comprometió juvenilmente contra la Primera Guerra Mundial escribiendo y publicando su primer escrito a favor de la paz ante la conflagración bélica que advenía. Del mismo tema fue su última publicación en vida, «Los peligros de la paz» y a propósito de la Guerra del Golfo. Por el camino queda su lucha contra la dictadura de Primo de Rivera, su compromiso con la República, su largo exilio y sus numerosos escritos atentos a la realidad circundante.

Finalmente su clasicismo se aventura largo, pues estamos ante un pensamiento que se adentra en lo profundo de la realidad y en las entrañas del ser humano; de ahí que sea fácil deducir que aceptando tanta radicalidad (de raíz), es fácil atisbar el largo recorrido de este pensamiento metafísico, psicológico y, sobre todo, antropológico.

Estamos pues ante un pensamiento de trayectoria y profundo, toda vez que recupera no sólo modelos perdidos sino que aviva lo perenne en el hombre desde el momento que retoma la filosofía como ámbito de la pregunta, y sin violentar la respuesta que debe venir o a la que debemos llegar de modo dialógico y, sobre todo, caminando al interior de la realidad, a su metafísica. De ahí que en este deambular retome de Séneca la concepción ecuménica del hombre. Es decir, no sólo soy yo y mis circunstancias, sino también la historia, las cosas, el otro y él yo. Y ante tanta aparente dispersión nos debemos enfrentar sin violencia, sin forzar, en sencillo roce, «sin pesar ni pisar sobre nada ni nadie» ni sobre uno mismo, sin enmarañarse con la realidad, sin enredarnos con las cosas ni sembrando sombras. Desde esta perspectiva la filosofía para Zambrano es remedio y consuelo.

Este es el modo de quién se comprometió con una realidad trágica, a la que intentó convertir en ética y «porque no me quiero salvar sola», sino con los demás y con créditos esperanzadores de que «allí donde habite el peligro crece lo que salva» (Hölderlin). Desde esta perspectiva se encauza hacia el futuro la reflexión zambraniana. Dicho de otro modo es una reflexión de esperanza, retórica, ya que pretende hacer real un ideal, que la historia ética desplace a la sacrificial y a sabiendas de que esta tarea es de los hombres; de ahí que en ella empeñara su esfuerzo y compromiso hasta las últimas consecuencias. Hasta la fecha la historia humana es de la desesperación humana, «no existe momento de la cultura que no sea a la vez documento de barbarie» (W. Benjamin).

Así pues, la historia es un vivir resistiendo. Vivir para Zambrano es nacer siempre de nuevo de la herida que los eventos producen, como la aurora, la herida matinal del cielo, ruptura de la noche, incisión heridaria del día. Además, vivir es preguntar. Y la respuesta que exige la vida no es la pura abstracción, el silogismo varado o la interpretación hueca de la hermenéutica. A veces es suficiente el silencio y sus ecos narrados o sencillamente recoger los latidos polifónicos, fragmentados o dispersos, del corazón. Si vivir es existir. Existir es resistir.

Zambrano que quería ser caja de música, caballero templario, centinela y, finalmente, ya que no puede ser ninguna de estas tres opciones, eligió la mendiga, desde esta opción y, a veces, utilizando el heterónimo de Ana Caravantes, realiza una justa crítica a la cultura occidental al quedarse varada y sujeta entre los tentáculos de una razón ensoberbecida y absoluta que cargada de pureza se trastocó en delirios perversos. Consciente de este abismarse peligroso reiteradamente cuestiona y critica y, a la vez se sume más en su exilio al que nomina como su patria definitiva, materia de destino.

Desde Roma, el 16 de octubre de 1963 le escribe a su amiga Reyna Rivas: «Hoy las personas están presas en no se sabe qué lianas en un mundo que cede y redunda poblado de sombras y de fantasmas (...). Tengo verdadera ansia de que mi nombre no aparezca en ninguna parte; de escribir, eso sí y existir sólo para mis amigos y para quien con el corazón abierto se presente. Y estoy segura y segura, Reyna amiga de que lo único verdaderamente fecundo (...) quisiera estar callando y haciendo mi pan».

Según la correspondencia, recién publicada, con Reyna Rivas, María vive en Roma claroscuros, luz y claridad ocultas, los que se ocultan y los que se permiten sean ocultadas. Aún más, esta relación epistolar se ofrece como un recuento, por parte de Zambrano, de necesidades. Así, en otra carta de 14 de febrero de 1964, cuenta el llanto de su primo Rafael mientras decía «ni quiero acabar de dar cuenta del esplendor y absoluta originalidad de tu pensamiento, pues me parece un crimen cómo el destino te trata» (...) y continúa el relato: «se fue a un rincón con los ojos en lágrimas y él me ofrece todo lo que tiene».

La estancia de María en Roma es la propia de otros exiliados, cargada de necesidades; pero en esta ciudad se complica por la denuncia de un vecino fascista que amparado en leyes musolinianas no derogadas consigue, a pesar de la intervención de un amigo, que fuera expulsada. No obstante Roma es un loci standi creativo para la filósofa andaluza. Fuera por necesidad material, afirma que es su casa de «mucho escribir y poco comer», sea por su inevitable aspiración: «solo quiero escribir», bien podemos evaluar el período romano de María como muy fértil. Obras clave como Persona y democracia, El hombre y lo divino, La España de Galdós, la abundante correspondencia con sus amigos españoles, europeos y americanos, sobre todo los cubanos del grupo Orígenes, son una manifestación de la intensa producción de la filósofa. Pero, aún más, aquí en Roma se pergeñaron los desarrollos o esquemas matriciales de otras obras que publicaría posteriormente, por ejemplo España, sueño y verdad, El sueño creador, La tumba de Antígona, Claros del bosque, y tras su regreso a España: Notas de un método, Los bienaventurados, De la aurora, Los sueños y el tiempo, Algunos lugares de la pintura, etcétera.

Además de la compañía de Araceli recibe visitas de amigos, por ejemplo, la de Alfredo Castellón, Enrique Rivas, Agustín Andréu, Thimoty Osborne, Jorge Guillén, Alfonso Roig, Juan Soriano, Ángel Alonso y Gil de Biedma. «Cuando iba Jaime Gil de Biedma a Roma solíamos pasear por la Via Apia, donde todavía tengo un amante que me espera (...) Mi enamorado (...) sigue allí, es una estatua». Y este amante aún la está esperando no ya al atardecer sino al albor, el momento de la espera definitiva. Participa de las tertulias de los cafés Rossati, Canova y, sobre todo del Greco. Elsa Morante, Elemire Zola, Victorio, Guerrini, Elena Croce, entre otros, serán sus amigos.

Reitero, porque así lo consideró Zambrano, que el exilio fue su patria y que su condición fue la de exiliada: «De destierro en destierro, en cada uno de ellos el exiliado va muriendo, desposeyéndose, desenraizándose. Y así se encamina, se reitera su salida del lugar inicial, de su patria y de cada posible patria, dejándose a veces la capa al huir de la seducción de una patria que se le ofrece, corriendo delante de su sombra tentadora; entonces inevitablemente es acusado de eso, de irse, de irse sin tener ni tan siquiera adónde. Pues que de lo que huye el prometido al exilio, marcado ya por él desde antes, es de un dónde, de un lugar que sea el suyo. Y puede quedarse tan sólo allí donde pueda agonizar libremente, ir meciéndose al mar que se revive, estar despierto sólo cuando el amor que le llena se lo permite, en soledad y libertad».1

Pero dentro de este lugar patrio, el exilio, Roma supuso el loci standi más fructífero, de ahí que si Roma no logró ser patria, si fue al menos matria; matria nutricia y sustancial que alimentaría su alma y, por consiguiente, se concitaría en la rica obra filosófica otorgada.

Dentro de este alimento nutricional del pensamiento y ahondando en los obscuros, en Roma recibe la noticia del fallecimiento de su maestro Ortega (1955), su «don José»; un «don» tardíamente concedido al filósofo, lo contrario que a Unamuno o Machado, a quienes pronto reconoció su «don»; «don Miguel» y «don Antonio»; y una muestra de reconocimiento de discipulazgo debido por parte de María. También aquí en Roma, recibe la noticia de la muerte de «su amigo del alma», José Lozano Lima «un hombre verdadero» y sufre la iniciación de la dolorosa enfermedad de su hermana Araceli.

Ya que nos encontramos en Italia sería injusto no citar a otro gran amigo de María, Gustavo Pittaluga y Fattorini, florentino nacido en 1876 que muere en La Habana en 1956. Italiano de origen y español por deseo, médico afamado y, estimo, que junto a Miguel Pizarro, fue quien más espacios ocupó en el corazón enamorado de María. Pittaluga ejerció en España de catedrático, fue diputado, eminente investigador, etcétera. Con María, durante su estancia en Italia mantiene una intensa relación epistolar, intelectual y amorosa; éste, a la vez que difunde la obra de María en revistas americanas le consigue ayudas económicas. Baste a modo de ejemplo recoger uno de los textos de su correspondencia, aún inédita, con María:

Creo que he llevado a cabo una obra buena, de trascendencia para España. Creo que he cumplido honestamente con el drama libre de todo lo que atañe a mi persona. Creo que he conducido la labor colectiva con serenidad y firmeza y que he logrado encauzarla hacia soluciones de concordia. Creo que mis compañeros saldrán de aquí con el espíritu reconfortado, con una nueva visión de sus deberes y de sus posibilidades futuras. Me siento satisfecho de ello, dentro de una gran fatiga que nadie puede medir —de la cual nadie quizás haya podido apreciar el reflejo externo— y que procede también de otras causas que nadie ha de conocer. En este mismo momento de mi vida, he logrado también ver publicado mi libro sobre La Patología de la sangre, en el que están recogidas mis experiencias de treinta años y los trabajos de mis discípulos y colaboradores de Madrid. Y al propio tiempo, he tenido el supremo consuelo de encontrar uno de los más nobles espíritus femeninos que puedan existir, la forma de un ensueño ideal, que con toda la riqueza de su gracia y de su bondad me ha asistido y me asiste en mi angustia, en el ansia inagotable que compartimos ante la dolorosa realidad de la vida. Pero esta mujer no me pertenece. No es asequible para mis anhelos, sino a través de horribles transacciones de la aspiración a la belleza, incompatibles con la pureza que en su condición esencial.

Basta pues de vivir. Creo que el destino se ha cumplido y que hay que entrar en la negra noche eterna del olvido.

El texto epistolar es largo, pero aquí necesario. En otros textos el doctor le comunica a María: «Mi familia en Roma está alborozada por haber dado al municipio de Roma el nombre de mi padre a una calle de la ciudad. Me complace mucho. Era justo».

ambrano, a su vez parece que más que corresponder al amor de Gustavo le solicita ayuda, y este le recrimina: «... hablas de dinero y de piedras, pero no del corazón del hombre que te quiere». Estos reproches de amor no suficientemente correspondidos son frecuentes en las cartas de Pittalaga. No obstante, este italiano, también dejó su impronta en Cuba, de ahí que el escritor Jorge Mañach escribiera a propósito de su muerte: «... tan italiano en sus adentros, tan español en su voluntad, tan europeo en fin, tan universal (...). Mozo todavía se alejó de su Italia natal aunque la llevaría siempre dentro. Se fue a España y se adueñó la que fue, desde luego, un dejarse (...) sus esfuerzos fueron a la cultura (...) a nadie le cuadró nunca aquel concepto ilustre de su cuna florentina: intelletto d'amore ¡Tierra cubana! ¡Bien puedes mimar sus restos!».2

No quisiera terminar mis palabras sin hacer referencia a un filósofo de origen español, norteamericano de adopción y, que en este caso eligió Italia para morir: Jorge Santayana. Este avileño de origen, elige Roma para morir «en su retiro conventual». Zambrano lo define, y bien, negativamente: «no es un hacedor de sistemas filosóficos». Esto solo sucede cuando una mente condensa toda la tradición del pensamiento en trance de dar a luz, de manifestar una idea durante siglos incubada.

Para Zambrano, ciertamente, el español no ha sido dado a sistematizar. Santayana tampoco; además, se trataba de un espíritu libre que finalmente «fue a parar a un convento, a la falda del Aventino, frente a la ruina del Palatino».3

Gustavo, Jorge y María son pues, acumuladores de patrias y no hacedores de sistemas. Pensadores cargados de generosidad en cuyas frases reflexivas introducían el complemento directo, el transitivo o el reflejo responsable de la acción ejecutada y nunca finalmente dicha; es decir, ajenos a los absolutos. Quizá conocían y defendían el principio de su amigo italiano Cammarano: «Solo los necios y los violentos tienen la última palabra».

De ahí que Zambrano declara: «Mi vocación ha sido la de ser, no la de ser algo sino la de pensar, la de ser, la de mirar». Y esta mirada la dirigió, también desde Roma cargada de esperanza hacia la tierra: «Es en la tierra y para ello, dentro de ella y bajo su horizonte donde tenemos que crear la vida futura. El "hombre interior" del cristianismo no tiene que guardarse sus anhelos de perfección absoluta para el más allá, sino aquí mismo en la tierra...».

Esta tensión de purificación y perfeccionamiento de Zambrano y otros la intentarán llevar a cabo en el más-acá, pero los fascismos modelos «sin forma y sin causa (...) fuerza ciega en el vacío» y nacidos para destruir, lo evitaron. La «Generación del toro», a la que perteneció Zambrano, trató de evitarlo y también luchó. Es aquí la razón armada la que debió oponerse, y, cómo no, también diferenciarse; pues mientras unos, los poseedores de la razón absoluta, iban a matar por España, decía Zambrano, los otros, ellos, iban a morir por España. Y sin mayores explicaciones, no es lo mismo matar que morir.

Ganaron lo que mataron por España. Tras la guerra «la fingida paz, la tortura declarada y establecida de formas innumerables, el horror metódicamente cultivado» y el grito de la victoria de los rebeldes anunciaba la España del fracaso; «la más noble tal vez, la más íntegra. La que forzosamente tuvo que fracasar, porque había ido más allá de su época, más allá de los tiempos».

A partir de este intento a «los muertos los dejaron sin tiempo, a nosotros, los vivientes, nos dejaron sin lugar», o el exilio, la sin-patria como hogar.

Y una parte de la suma de patrias que fue el exilio, se concretó en Roma. Ciudad, se insiste, que para Zambrano fue matria nutricia en cuanto que durante el periodo romano asumió la herencia recibida. Sintió el privilegio de la descendencia. Ambas, herencia y descendencia supo sostenerlas apartando el corpus de obra más revelante de la pensadora y ofreciéndolo para afrontar el presente siglo bajo la aspiración de que Europa sea matria cívica; para ello será necesario que también sea poética, estética y utópica. Si es poética también será deseable; si estética, amable; y si utópica, sociable. Quizás sean los calificativos necesarios para que «existir deje de ser resistir».

  • (1) María Zambrano, Los bienaventurados, Siruela, Madrid, 1990. pp. 37-38. volver
  • (2) Jorge Mañach, «Gustavo Pittaluga», Diario de la Marina (La Habana), 29-4-1956. volver
  • (3) María Zambrano, «El español Jorge Santayana», República de las Letras, n.º 84-85, p. 206. volver
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