Por Angela Bianchini
Quisiera empezar este breve intervención -muy densa de datos y escasa de reflexiones-pidiendo disculpas por su título no tanto impreciso como ambiguo. Y para justificarme, citaré una anécdota que solía contar Pedro Salinas. Salinas preguntaba: «¿Cuál es el animal que está en los árboles, tiene la piel cubierta de manchas y canta?» Después esperaba seráficamente la respuesta que, naturalmente, nunca llegaba porque nadie conseguía descifrar de qué animal se trataba. Entonces era el propio Salinas el que ofrecía la solución: «Pero si es facilísimo, el animal que canta y está en los árboles es un pájaro». Y cuando se le hacía notar que había dicho que tenía la piel llena de manchas, Salinas ingenuamente respondía: «Eso era para despistar».
Podría decir que también el título de mi conferencia era «para despistar». Porque de hecho no hablaré en ningún momento de Claros del bosque, aunque considero absolutamente fundamental en la obra de Zambrano la imagen del bosque y del claro -o lo que es lo mismo la llanura-. Me limitaré a apuntar algunos datos que he conocido muy de cerca sobre la atmósfera intelectual en la época en la que se desarrolló la actividad de María Zambrano en Italia. Describiré más o menos cómo era la Italia intelectual de entonces y sobre todo qué características tenía el país para acoger a los numerosos escritores y estudiosos españoles que llegaron hasta nosotros.
El primero en llegar a Roma, dos años antes de morir fue el ya citado Pedro Salinas. Vivía en una pensión en Porta Pinciana que entonces era preciosa. Se llamaba Bellavista Milton y daba a los jardines de Villa Medici, y de la Academia de Francia. A Salinas le encantaba todo de Roma, como se deduce de una carta escrita a Jorge Guillén desde Baltimore el 4 de octubre. Yo personalmente recuerdo su admiración por la expresión «tan decente»**, decía, de las mujeres italianas.
Escribí sobre la visita de Salinas en el Mondo de Pannunzio en 1954. Yo había regresado a Italia definitivamente de los Estados Unidos y con aquel artículo, Le finestre di Pedro Salinas basado en un inédito suyo, llamado Las ventanas, inicié mi colaboración con el que sería un excepcional instrumento de cultura abierto a las influencias que llegaban en aquel momento de otras partes del mundo a aquella Italia aislada durante tanto tiempo.
Pero es un año después cuando dio comienzo mi colaboración con la RAI sobre el tema de la cultura española. Estos datos que, naturalmente no tienen importancia alguna en mi biografía personal, sirve, sin embargo, para reconstruir en parte al menos, el clima cultural de entonces: muy cerrado desde el punto de vista político, porque estábamos en pleno período democristiano, además empeorado por la desaparición de Alcide De Gasperi y sin embargo, esta etapa se caracteriza a la vez por una profunda curiosidad intelectual. Y precisamente es por la curiosidad por la cultura española y por el hecho de que durante mi larga estancia en los Estados Unidos había tenido la suerte de entrar en contacto con algunos de los grandes personajes de la España peregrina, a lo que debo mis inicios en la RAI; por lo demás, también éstos estuvieron llenos de contradicciones.
Cuando hablamos de la RAI, me estoy refiriendo obviamente a la radio, porque en aquellos años la llegada de la televisión era aún muy reciente. En la radio, eran muy numerosos los programas culturales que se les confiaba a intelectuales, escritores, ensayistas y profesores universitarios de diferentes opiniones y filiaciones políticas. Se trataba de una radio didáctica (baste pensar que las clases de lenguas extranjeras empezaban a las seis de la mañana y durante todo el día había una programación sobre cuestiones de índole académica; una radio dedicada a informar y cultivar al público.
Para mi primer día de emisión me pidieron que aconsejara un texto sobre literatura española destinado al Terzo Programma que era entonces el programa cultural por excelencia, comparable, en algunos aspectos a Radio Tre en la actualidad. Sugerí llevar a cabo una charla sobre Los intereses creados de Jacinto Benavente. La idea fue aceptada, con una única condición —planteada con toda la amabilidad— la de omitir la alusión al divorcio, porque no se veía con buenos ojos. Este era el ambiente de aquel tiempo; de hecho el divorcio, como se recordará, no llegó hasta dieciséis años después.
Sin embargo, -y este dato servirá para destacar las contradicciones del clima político y cultural— un programa dedicado a la cultura española que había empezado en aquellos años, fue bruscamente interrumpido cuando la Embajada de España protestó porque se había reseñado el libro de Aldo Garosci, Los intelectuales y la Guerra Civil de España1, publicado por Einaudi en 1959.
A la cabeza del magnífico Terzo Programma permaneció muchos años Cesare Lupo, un hombre cultísimo, gracias al cual no solamente vieron la luz revistas como la también llamada Terzo programma que recogía lo mejor de la producción cultural, sino también una revista musical y algunas otras iniciativas como las dedicadas al teatro. Gracias a él, en Vent'anni di Teatro al Terzo Programa, encontramos publicado el texto de Il sosia de Pedro Salinas (en español El parecido), realizado el 20 de abril de 1964, con Ricardo Cucciolla en el papel principal; en 1966 se retransmitió otro texto de Salinas. Entre finales de los años cincuenta y 1965 se transmitieron también obras Unamuno, Alberti, García Lorca y otros escritores, gracias siempre a las traducciones de los mejores hispanistas de la época, como Vittorio Bodini, Dario Puccini, hasta que en 1965 llegó a llevarse a cabo un ciclo sobre Teatro contemporaneo in Spagna en el que yo también colaboré y que llegó a incluir en la programación la obra Aggressione nella notte (Asalto nocturno) de Alfonso Sastre. Sastre llegó a ser conocidísimo para el público italiano a través de numerosas traducciones, y en 1977 después de ser encarcelado varias veces junto a su mujer Eva Forrest, expulsado de Francia, vino a Italia en donde permaneció durante un largo periodo. Vivió en casa de sus queridísimos y leales amigos Sandro d'Amico y Maria Luisa Aguirre, nieta de Pirandello. En aquel tiempo, Sastre estaba haciendo una adaptación de La Celestina.
También a principios de los años sesenta por influencia de Elena Croce, se reanudó Rassegna di Cultura spagnola, yo estuve un año al frente y después me sustituyó la propia Elena Croce. Estaba basada, lógicamente, en las pocas revistas que llegaban entonces de la España franquista.
Mientras tanto, las editoriales se movían, cada una según sus tendencias: la editorial Scheiwiller de Milán hizo de Jorge Guillén, que también había venido a vivir a Italia, uno de sus principales autores y publicó diez valiosos libritos, desde Luzbel desconcertado, de 1956 -por el cual Guillén había obtenido el Premio Internacional Etna-Taormina en 1958— hasta una elaborada traducción de Aire nuestro realizada por otros poetas, entre ellos Mario Luzi.
Pero el verdadero acontecimiento en la escena de la hispanística contemporánea italiana fue la irrupción de los jóvenes narradores españoles como Jesús Fernández Santos, Juan Goytisolo, Juan García Hortelano, traducidos en diferentes editoriales: Lerici, Rizzoli, Feltrinelli, prácticamente, desde 1962 en adelante. Bompiani publicó una antología de estos narradores titulada Nueva ola, obra de Arrigo Repetto y con prólogo de José María Castellet. Es conocido el hecho de que la toma de posición de Castellet sobre poesía española que Italia conoció a través de Spagna poesia oggi: la poesia spagnola dopo la guerra civile2, traducido por Dario Puccini, para la Feltrinelli, provocó una larga polémica internacional que en Italia se recogió en la revista Europa Letteraria. La misma que después introducirá, casi en el mismo periodo, a los escritores soviéticos disidentes.
Este es el clima en el que Elena Croce y María Zambrano crearon en 1960 la colección de color verde verde que después publicaría Vallecchi, Quaderni di Pensiero e Poesia, donde junto a Elena Croce, encontramos a Giancarlo Merli, Tomaso Carini y Tullio De Mauro. Es claramente un camino más de entre los muchos caminos por los que se dirige el interés por la España aún franquista.
Y de este ambiente he encontrado la confirmación después de la clausura del congreso sobre María Zambrano en un artículo de Juan Goytisolo (Babelia, 19 de febrero de 2005) sobre su primer viaje a Italia en enero de 1957. Describe el encuentro con Elio Vittorini y con otros escritores italianos y reconoce «la inmensa deuda» que él mismo y otros escritores como Antonio Ferres, López Salinas o Juan Eduardo Zúñiga contrajeron entonces con la narrativa y el cine italiano. Fueron Vittorini, Carlo Levi, Rocco Scotellaro y directores como Visconti y Rosselli, escribe Goytisolo «los que hicieron más soportable la vida intelectual y social española de aquellos años».
Angela Bianchini
Vorrei cominciare questo breve intervento, oltre tutto estremamente denso di fatti, e privo di riflessioni, scusandomi proprio per il suo titolo non tanto impreciso quanto fuorviante.
E, per giustificarmi, citerò una barzelletta che soleva raccontare Pedro Salinas. Ebbene, Salinas chiedeva: « Qual è quell'animale che sta sugli alberi, ha la pelle coperta di macchie e canta? » Attendeva poi, serafico, la risposta che, naturalmente, non veniva perché nessuno riusciva a capire di che animale. si trattasse. A quel punto, era Salinas stesso a offrire la soluzione: « Ma è facilissimo, l'animale che sta sugli alberi e canta è un uccello ». Equando si osservava che l'animale in questione aveva la pelle maculata, Salinas serafico rispondeva. « Eso, era para despistar ».
Potrei dire che anche il titolo della mia chiacchierata era « para depistar: infatti non parlerò affatto dei Chiari del bosco, come annunciato dal programma, anche se considero l'immagine del bosco e del chiaro, vale a dire della radura, assolutamente fondamentale nell'opera della Zambrano. Mi limiterò a accennare a qualcosa che ho conosciuto abbastanza da vicino, vale a dire il clima intellettuale italiano all'epoca in cui si svolse il soggiorno e l'attività di María Zambrano. Più o meno, che cosa fosse l'Italia intellettuale di allora, e soprattutto quali strumenti possedesse per accogliere gli scrittori e studiosi spagnoli che vennero qui da noi in gran numero.
Il primo a arrivare qui a Roma, due anni prima di morire, fu proprio Pedro Salinas. Abitava in una pensione che allora era bellissima, a Porta Pinciana. Si chiamava Bellavista Milton e guardava i giardini di Villa Medici, cioè dell'Accademia di Francia. E di Roma Salinas amava tutto, come risulta dalla lettera scritta a Jorge Guillén da Baltimora, il 4 ottobre. Personalmente, io ricordo la sua ammirazione per l'espressione « tan decente », come disse, delle donne italiane.
Scrissi della visita di Salinas sul Mondo di Pannunzio nel 1954. Ero ormai tornata definitivamente in Italia dagli Stati Uniti e con quel pezzetto, Le finestre di Pedro Salinas basato su un suo inedito, intitolato Las ventanas, iniziai la mia collaborazione con quello che rimane nella storia intellettuale del dopoguerra come uno strumento eccezionale di cultura, aperto, appunto, a tutte le suggestioni che venivano in quel momento, all'Italia, a lungo isolata, dalle altre parti del mondo.
E', invece, di un anno dopo, l'inizio della mia collaborazione con la RAI, e proprio su un argomento di cultura spagnola. Sono informazioni, queste, che non hanno naturalmente alcuna importanza per la mia storia o biografia, ma servono a ricostruire, almeno in parte, il clima culturale di allora: molto chiuso dal punto di vista politico, perché, si trattava di piena fase democristiana, peggiorata dalla scomparsa di Alcide De Gasperi e tuttavia caratterizzato da una altrettanto profonda curiosità intellettuale. E proprio alla curiosità sulla cultura spagnola, al fatto che, durante la mia lunga permanenza negli Stati Uniti, avevo avuto la fortuna di entrare in contatto con alcuni grandi personaggi della España peregrina, devo appunto i miei inizi in RAI: anche questi, del resto, pieni di contraddizioni.
Alla RAI, e ovviamente parliamo di radio, perché in quegli anni la televisione era appena agli inizi, gli interventi e programmi culturali, affidati a intellettuali, scrittori, saggisti, professori universitari, anche di diverse opinionie lealtà politiche, erano moltissimi. Si trattava di una radio didattica finché si vuole (basti pensare che le lezioni di lingue straniere iniziavano la mattina alle sei, e si continuava tutto il giorno con veri e propri programmi scolastici), ma certamente dedicata a informare e coltivare il pubblico.
Per il mio esordio, mi fu chiesto di suggerire un testo sulla letteratura spagnola destinato al Terzo Programma che era allora il programma culturale, paragonabile, per certi versi, a Radio Tre di oggi. Suggerii una chiacchierata su Los intereses creados di Jacinto Benavente. L'idea fu accettata, con l'unica riserva, formulata per altro molto cortesemente, di omettere l'allusione al divorzio, perché non gradita. Questo era il clima di allora, e infatti il divorzio in Italia, si ricorderà, arrivò soltanto sedici anni dopo.
Tuttavia, e anche questo serve a sottolineare le contraddizioni del clima politico e culturale, una sorta di Rassegna di cultura spagnola che aveva avuto inizio in quegli anni, fu bruscamente interrotta quando l'Ambasciata spagnola protestò perché in quella sede era stato recensito il libro di Aldo Garosci, Gli intellettuali e la guerra di Spagna, pubblicato da Einaudi nel 1959.
A capo dell'ottimo Terzo Programma rimase per molti anni Cesare Lupo, uomo coltissimo, grazie al quale non soltanto ebbero vita riviste come quella intitolata Terzo Programma che raccoglieva il meglio della produzione culturale, ma anche una rivista musicale, e varie altre iniziative fra cui quelle teatrale. Sempre grazie a lui, in Vent'anni di Teatro al Terzo Programma, troviamo pubblicato il testo del Sosia di Pedro Salinas (in spagnolo El parecido) realizzato il 20 aprile 1964, con Riccardo Cucciolla nella parte principale e seguì poi un altro testo di Salinas nel 1966. Ma trasmessi in quegli anni, tra la fine degli anni Cinquanta e il 1965, furono anche opere di Unamuno, Alberti, García Lorca e vari altri scrittori, sempre grazie alle traduzioni dei migliori ispanisti dell'epoca, Vittorio Bodini, Dario Puccini, fino a arrivare nel 1965, a un ciclo sul Teatro contemporaneo in Spagna cui collaborai anch'io: includeva anche Aggressione nella notte di Alfonso Sastre. Sastre divenne notissimo al pubblico italiano attraverso molte traduzioni e, nel 1977, dopo essere stato incarcerato varie volte insieme a sua moglie Eva Forrest, ed espulso dalla Francia, venne in Italia e vi rimase abbastanza a lungo, ospite di carissimi e fedeli amici, Sandro d'Amico e Maria Luisa Aguirre, nipote di Pirandello: in quella occasione, mise mano a una riduzione della Celestina.
Sempre all'inizio degli anni Sessanta, per influenza di Elena Croce, riprese la Rassegna di Cultura spagnola: la tenni anch'io un anno e poi tornò a Elena Croce stessa. Era basata, è ovvio, sulle poche riviste che arrivavano allora dalla Spagna franchista.
Nel frattempo si muovevano anche le case editrici, ognuna secondo le sue tendenze e Scheiwiller di Milano fece di Jorge Guillén, che nel frattempo era arrivato anche lui in Italia, uno dei suoi autori principali, pubblicando all'incirca dieci preziosi libretti, da Luzbel desconcertado, del 1956, per il quale Guillén aveva ottenuto nel 1958 il Premio Internazionale Etna-Taormina del 1958, fino a una progettata traduzione di Aire nuestro, sempre in compagnia o addirittura tradotto da altri poeti quali, ad esempio Mario Luzi.
Ma il vero evento sulla scena dell'ispanistica contemporanea italiana, fu, si capisce, l'irruzione dei giovani narratori spagnoli, Jesús Fernández Santos, Juan Goytisolo, Juan García Hortelano, tradotti presso case editrici diverse, Lerici, Rizzoli, Feltrinelli, praticamente dal 1962 in poi. Quando presso Bompiani era uscita, per opera di Arrigo Repetto, un'Antologia di questi narratori intitolata la Nueva Ola, preceduta da una prefazione di José María Castellet. E' noto come la presa di posizione di Castellet sulla poesia spagnola che l'Italia conobbe attraverso Spagna poesia oggi, tradotto da Dario Puccini, per Feltrinelli, abbia dato luogo a una lunga polemica internazionale che in Italia viene ripresa dalla rivista Europa letteraria. La stessa, poi, che introdurrà, quasi nello stesso periodo, gli scrittori sovietici dissidenti.
Questo il clima in cui Elena Croce e María Zambrano diedero vita, nel 1960, alla collana verde che diventerà poi, pubblicata da Vallecchi, Quaderni di pensiero e di poesia, dove, accanto a Elena Croce, ci sono Giancarlo Merli, Tomaso Carini e Tullio De Mauro. E', chiaramente, un'altra strada, nelle molte strade, però, sui cui si avvia, in quegli anni, l'interesse per la Spagna ancora franchista.
E di questo clima ho trovato la conferma, dopo la chiusura del Convegno su María Zambrano, (Babelia, 19 febbraio 2005) del suo primo viaggio in Italia nel gennaio 1957: parlando dell'incontro con Elio Vittorini e successivamente con altri scrittori italiani, egli riconosce il « debito immenso » che lui stesso nonché scrittori come Antonio Ferres, López Salinas oppure Juan Eduardo Zúñiga contrassero allora verso la narrativa e il cinema italiano. Furono Vittorini, Carlo Levi, Rocco Scotellaro e registi come Visconti e Rossellini, scrive Goytisolo, « a rendere più sopportabile la vita intellettuale e sociale spagnola di quegli anni ».