Centro Virtual Cervantes
Literatura

El «Quijote» en América > Perú > A. Tamayo
El «Quijote» en América

Cervantes, síntesis de la cultura española

Por Augusto Tamayo Vargas*

Síntesis: Cervantes

La Edad de Oro es la cristalización del ciclo cultural español que se detiene después en lento compás de irresolución. La fuente ancha y verde donde llegan brillando los ríos y las cascadas. La Edad de Oro en que la trilogía Lope, Tirso, Calderón, realiza el prodigio del retablo teatral español. Retablo popular, en que se ha señalado la falta de perspectiva; defecto que venciera en España, y ya anteriormente, el hebreo Fernando de Rojas, adelantándose a Shakespeare. La Edad de Oro es la superación de todo el proceso, pero no la síntesis. La síntesis está individualizada en Cervantes. El teatro mostró todos los aspectos del alma española: lo pintoresco en Lope, los personajes en Tirso, las concepciones en Calderón. Pero fue por eso presentación y detalle. En cambio en Cervantes se produjo la suma, la integridad, independiente de cada uno de los sumandos.

Todo español es al mismo tiempo don Quijote y Sancho Panza. Realismo extremo e irrealismo extremo, con los dos polos en que se está moviendo siempre su vida y su sentimiento. Todo sueño cuaja en seguida en realidad de carne, y a su vez toda realidad reencarna en espíritu supraterrenal. (Keyserling).

Cervantes nos ha recitado el canto todo de España y nos hemos quedado como espectándolo. El canto de la raza y la cultura, hecho color de niño y admiración de adulto. En el panorama de esa España echada hacia el mundo, está Cervantes leyéndonos la grandeza de las piedras de El Escorial o el meteorologismo del Greco, y acampando la idea en el fenómeno psicológico del tipo español. La pasión, y la sonrisa un poco trágica y sentenciosa. («El Teatro y la Vida en la Edad de Oro Española»  A.T.V.).

Alcalá de Henares y Valladolid son los dos escenarios de la infancia de Cervantes. Pero la castellana Argamasilla se precia de haber ofrecido su ambiente para Alonso Quijano. En su padre Rodrigo de Cervantes, ve a un médico seguramente adentrado en concepciones humanistas. Su madre, la mujer española de rejas adentro: corazón de hogar. Cervantes conoce la pasión de los libros desde entonces —a pesar de aquella su declaración de ser «más versado en desdichas que en versos»— y su visión se dilata. Italia, cuna y fuente del movimiento renacentista, le muestra la «libertad» del espíritu. Ariosto le enseña, en el preciosismo formal de su poesía, la ironía de Orlando furioso, con el que culmina la presentación original de Bojardo. Pero de la ironía de estos conceptistas de privilegio, de miembros de la élite renacentista, Cervantes hace expresión rotunda de la masa española, y le da la tesura y la desnudez elocuente de Castilla.

Don Miguel de Cervantes huye de Florencia, como si le molestara el Medioevo, a pesar de las figuras estereotipadas de Leonardo, de las proporciones colosales de la obra de Buonarrotti y del encanto de las piedras esculpidas en los talleres de los maestros renacentistas. Y busca en Roma el recuerdo de los siglos clásicos. Admira, además, el catolicismo de la Ciudad Eterna, hecho en la Contrarreforma. Aprecia sus mármoles, sus estatuas y en las posibilidades arquitectónicas de una Roma en que el Papado triunfa con el florecimiento del barroco, ve la expresión del mundo moderno. Y se echa al porvenir.

En Cervantes apreciamos generalmente el modelo y lo sentimos clásico; no hay el sentido caprichoso que va de lo formado a lo informe, de las formas severas a lo libre y pintoresco; no hay aparentemente tortura, ni obsesión de infinito. Es erudito y popular. Influido por Garcilaso en poesía, en el canto eglógico virgiliano; por Pulci, Bojardo y Ariosto en las características generales de don Quijote, Cervantes estaría en el campo clásico, íntegramente en él, si no viniera a acrecentarse a través de la más inmortal de sus producciones aquel contraste, aquella dualidad barroca que Raimundo Lida encuentra en Quevedo: «anhelo realista del mundo, fuga ascética del mundo». Tan mezcladas, tan perfectamente enlazadas, que dan una concepción de la vida, que responden a una teorética de la existencia, a una explicación del problema humano. El contraste de don Quijote y Sancho, que tiene antecedentes meramente recreativos en el Renacimiento italiano y en las tradiciones españolas, cobra caracteres especiales en Cervantes. Hay un efectivo «retorcimiento espiritual». De aquí que don Quijote no sea la mera recreación brillante, ni la ejemplaridad formal, así aisladamente, sino que responde a una redención de la locura, a una penetración de lo simplista y lo popular dentro de la idealidad y el sacrificio. Hay «el anhelo realista del mundo» y «la fuga ascética de él». La función vertical, la hondura, son fenómenos barrocos. No puede negarse que Cervantes está compenetrado de Orlando y de la musa Calíope; de Sannazaro en sus divagaciones pastoriles de La Galatea; del Cardenal Bembo, aquel paciente componedor de poemas que responde tan fielmente al petrarquismo renacentista: de los cuentistas italianos como Bandello y Cinthio para sus Novelas ejemplares. Pero en él palpita ya el mundo barroco. O mejor dicho, se alimenta de él. Puede tener la risa clásica de Rabelais, pero se mueve magníficamente en su propio escenario español. Y España ha lanzado un puente desde su mundo plateresco a la nueva conciencia barroca. Cervantes es resumen de España y concreción de tendencias. En él se combinan la valoración del espacio sujeto a la forma, con el valor de lo vertical, de lo infinito: lo clásico y lo barroco. Cervantes está en lo típicamente español —en lo indogermano, en lo mozárabe— a pesar de su universalidad o precisamente por ella, porque lo «esencialmente español —ha dicho Dámaso Alonso— lo diferencialmente español en literatura es esto: que nuestro Renacimiento y nuestro Post-renacimiento barroco son una conjunción de lo medieval hispánico y de lo renacentista y barroco europeo».

De humanismo y de hogar español; de ironía anticristiana y de triunfo católico se llena su alma que va produciendo un ejemplar sentimiento sintético. Aprecia el campo de su España rústica: pero se vuelca, más tarde, en la guerra y admira el triunfo ibero en las regiones flamencas, se regocija con una América hispana, donde piensa viajar algún día para satisfacción de su ideal de universalidad y se refresca con los nombres de poetas de aquí: el lusitano Garcés o los limeños Ribera. Cervantes lucha contra los moros y, prisionero de ellos, aprende mucho de la cultura que por siete siglos dejó en España el encanto imborrable de los arabescos y el ritmo andaluz. Argel le habla de Oriente. América se vislumbra como la expresión occidental del futuro. Y Cervantes está en las dos; síntesis de la cultura española, su nombre está en los cuatro caminos que conducen a la península. Su nombre se escapa de todo cartabón o casillero para unirse a los motivos centrales de la humanidad. Dígase: Homero, poeta múltiple de la Grecia tradicional; Reims o Milán, en la arquitectura gótica; Rembrandt, en la expresión del claroscuro; Goethe en la burguesía de la Europa moderna. Repetiremos lo que tanto se ha dicho de Cervantes: en él está el idealismo y el realismo, en todas las conjunciones posibles. La pasión puesta dentro de la aventura y la sentencia irónica, que van entremezclándose poco a poco, culminando en aquello tan trillado de la quijotización de Sancho y la sanchificación del Quijote. Como Fausto, como Hamlet, arquetipos de humanas ambiciones y de humanas flaquezas, Sancho y Quijote son motivo de estudio universal y el tiempo va ensanchando los dominios de su interior substancia. No hay un país de la cultura occidental que no haya producido cervantistas. Los románticos vieron en él todo el apasionamiento caballeresco: la Edad Media volvía con Cervantes; regresaba a caballo de la sátira. Los clasicistas destacaron la tersura de su lenguaje, donde está vivamente reflejado el idioma de Nebrija y de León, el predominio de su equilibrada inteligencia apuntalando los típicos motivos de España sin desmedro del concierto universal que rige su obra. Los escritores contemporáneos estudian la novela, la poesía y la filosofía en las figuras del caballero y del labriego acompañante.

Para nosotros, los hombres que vivimos este girar trágico de los acontecimientos de hoy, don Quijote es —a cada momento— nuestra esperanza y el remozar de nuestras aspiraciones. Ya Ricardo Rojas ha expresado la confianza de verlo salir, otra vez, por los campos de La Mancha en nombre del ideal. Ideal de todos los pueblos. Del pueblo, así, sin diferencias, que mira la paz como definitiva conquista de la humanidad y que confía en una postrera, dramática y definitiva sanchificación de don Quijote.

  • (*) (Tomado de Augusto Tamayo Vargas, última parte del artículo «Cervantes, síntesis de la cultura española», en Luis Alberto Sánchez, José Jiménez Borja, Augusto Tamayo Vargas, Manuel Beltroy, José Gabriel, 4.º centenario de Cervantes, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, 1948, págs. 29-35). volver
Flecha hacia la izquierda (anterior) Flecha hacia arriba (subir) Flecha hacia la derecha (siguiente)
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es