Por José de la Riva-Agüero*
Cumplo ante todo el muy agradable y honroso deber de repetiros, y ahora de viva voz, mi reconocimiento profundo por haberme elegido director de la Academia Peruana Correspondiente de la Lengua. Al hacerlo no habéis podido en verdad tener presentes sino mi devoción fervorosa por nuestro idioma español y por las tradiciones, así morales como artísticas, que constituyen su alma histórica, su contenido y substancia, y mi manifiesta intención de contrarrestar la plaga de superfluos barbarismos que amenazan bastardearlo, a los que hay que oponerse activa y denodadamente, sin confundirlos con los neologismos provechosos y lícitos, porque aquellos, al revés de estos, no significan sino pegadizas deformidades y monstruosas excrecencias. Siendo tan escasos y modestos mis títulos, reducidos sólo a la buena voluntad, y tan corto mi caudal literario, no merecía yo ciertamente el primer puesto entre vosotros, porque, aun fuera de todas las demás calidades, me aventaja la mayoría de vosotros en edad; y por lo que a la antigüedad académica respecta, sobrevive, como reliquia venerable y muy válida, uno de los miembros de la primitiva Academia de 1887, de la que fue presidida por el eminente D. Francisco García Calderón. Me refiero a mi ilustre amigo D. Emilio Gutiérrez de Quintanilla, a quien de todo derecho habría correspondido la dirección de la actual, si no hubiera mantenido ante mis instancias excusa irrevocable; prosador rico y variado, hablista eximio y eruditísimo, al cual me complace rendir aquí el público homenaje de mi aprecio; historiador, crítico y costumbrista de primera fila; aprovechado y sabio imitador, desde sus obras juveniles, de los novelistas picarescos y del Rinconete y Cortadillo de Cervantes.
Precisamente para remediar mis deficiencias con alguna muestra de celo, he procurado que reanudáramos desde luego la actividad de la Academia, convocándoos este día en que se cumplen trescientos dieciocho años de la muerte de Cervantes. Debe ser obligación nuestra, primordial y estricta, conmemorar sin intermisión el aniversario del sumo escritor que es símbolo de nuestra raza e incomparable orgullo de nuestra habla. Miguel de Cervantes, por los maravillosos privilegios del genio, representa para los dispersos pueblos hispánicos, lo que fue Homero para los griegos, lo que son Shakespeare para los anglosajones y Dante para los italianos, el seguro de indestructible hermandad, la inmaculada bandera de la unidad espiritual perdurable. El Perú, que ha sido y es, en la América del Sur, país tan tradicional e imborrablemente español, pese a desvaríos e ignorancias, puede aun menos que los otros hispanoamericanos faltar en esta solemnidad conmemorativa, de imponderable trascendencia.
Confirmando la concurrencia natural del culto cervantino con los mejores sentimientos de nacionalidad y patria grande, permitidme que evoque un recuerdo personal. Hace catorce años, un día como hoy, viviendo yo en Madrid, a principios de mi emigración y de vuelta de Francia, fui invitado a las acostumbradas honras académicas de Cervantes en el convento de las Trinitarias. Presidía la Academia como director el egregio D. Antonio Maura, dechado de políticos de altura, viva encarnación de honradez y profético acierto, el que propugnó antes de la guerra yanqui la libertad cubana, el hombre de la previsora mancomunidad de Cataluña, estadista superior, no a su medio sin duda, pero sí al instante en que le tocó actuar; el desoído en sus invocaciones a la ciudadanía, y al enérgico derechismo innovador y fecundo, el vidente aislado y calumniado, cuando en el horizonte se acumulaban las primeras nubes de la formidable y lastimosa tempestad. Entre los académicos españoles, asistían en buen número los correspondientes hispanoamericanos. El orador sagrado, con sincera elocuencia, disertaba sobre la raza extendida a ambas orillas del Atlántico, sobre sus comunes virtudes y peligros, y su eterno y glorioso quijotismo. En el madrileñísimo ambiente de aquella humilde iglesia, en el locutorio de las monjas, al que enseguida pasamos, y en las vecinas y estrechas calles, donde habitaron y murieron Cervantes y Lope de Vega, me sentí conmovido como nunca por las memorias de mi tierra y de mi gente, penetrando en lo más hondo y esencial de ella, en las propias raíces de mi patria. Participaba con emoción de esas usanzas y ceremonias, que eran las mismas de mi Perú nativo, pero conservadas con más vigor, empaque y reciedumbre. Mis excursiones eran por entonces a la vieja Alcalá de Henares y la apacible campiña alcarreña. En la grave ciudad complutense, paseando, por la Alameda del Chorrillo o los soportales de las plazas, junto a los primores platerescos o mudéjares de las iglesias y del Palacio Arzobispal, contemplaba yo la casa en que nació y la parroquia en que se bautizó Cervantes, y la espléndida fachada de la Universidad en que estudió y ofreció las primicias de sus dotes de gobierno D. Pedro de La Gasca, el debelador de la ya inveterada anarquía peruana.
No habría sido Cervantes castellano tan típico, tan de su casta y su tiempo como descollantemente lo fue, si no hubiera sentido la atracción y la simpatía por las Indias Occidentales; y entre ellas, de preferencia por nuestra región y sus aledañas. Los críticos han observado que, de los poetas americanos, Miguel de Cervantes conoció y celebró, en La Galatea y el Viaje del Parnaso, muchos más del Perú que de la próxima y floreciente Nueva España. Cuando en 1590, residiendo en Sevilla, verdadera metrópoli y emporio de las Américas, y desengañado de la carrera fiscal en la Península, piensa emplearse en Ultramar, no pide ir a las Antillas, como Tirso de Molina y Valbuena, ni a México, como éste último y Gutierre de Cetina, donde el propio Cervantes contaba con parientes suyos y de su mujer, de la rama de Toledo, sino que dirige la mirada al Sur y solicita colocación desde Guatemala hasta la ciudad de La Paz en el Alto Perú. Sus conexiones, siquiera indirectas, con nuestro país, remontaban quizá a los tiempos de su cautiverio en África; porque fue su camarada y confidente en Argel, y después de lograda por ambos la libertad, su compañero de regreso a Madrid y del viaje a Portugal en 1581, el extremeño Rodrigo de Chaves, de los de este apellido en Badajoz, con sinnúmero de deudos y relacionados en el Perú. ¿Sería Rodrigo de Chaves, tan vinculado por su parentela con los más famosos peruleros, el que hizo conocer a Miguel de Cervantes la persona y calidades del caballero limeño D. Juan Dávalos de Ribera, el más ilustre criollo alabado en el Canto de Calíope? No hay forzosidad alguna de suponerlo. Cervantes, a la sazón que redactaba La Galatea, vivía en Madrid u obtenía en Portugal encargos oficiales para los presidios de África. En cualquiera de esos puntos pudo tratar al gallardo peruano, que por más de quince años figuró con lucimiento en los sitios reales, lidió en las justas de lanzas y toros de la corte, y, por papeles familiares que conservo en extracto, resulta que estuvo entonces en Orán. El gran erudito chileno D. José Toribio Medina, al tratar de este poeta limeño en su folleto sobre los escritores americanos rememorados en el Canto de Calíope, repara en los datos que otrora proporcioné a uno de nuestros escritores contemporáneos, y objeta ser ignorada semejante campaña de Cervantes en Orán. Incurre en una equivocación. Yo no me he referido a campaña, sino al mero y rápido viaje, con cartas y avisos militares, a las posesiones africanas, de Mostangán y Orán, en mayo y junio de 1581, muy conocido y comprobado de todos los cervantistas.
D. Juan Dávalos de Ribera, de la orden de Calatrava, encomendero de Hurín-Ica y corregidor de Cañete en el Perú, fue el penúltimo hijo, y por muerte o impedimento de los dos anteriores varones, el mayorazgo del conquistador Nicolás de Ribera el Viejo, uno de los principales compañeros de Pizarro y de los Trece de la isla del Gallo, primer alcalde y fundador de nuestra ciudad. Fue madre legítima de D. Juan y fundadora de su mayorazgo, doña Elvira Dávalos Solier y Niño de Valenzuela. Puede que no faltaran entre la familia peruana de Ribera y Dávalos y la de Cervantes remotos lazos de amistad o conocimiento, porque el abuelo de Miguel, el licenciado Juan de Cervantes, era juez y gobernador de los estados del conde de Ureña, entre los cuales figuraba la villa de Olvera, y de ella provenía el conquistador Nicolás el Viejo, cuyo padre Alonso de Ribera, segundogénito de una encumbrada familia andaluza, fue gobernador y alcaide de dicha villa y de la Torre de Alhaquime, como teniente del mismo conde. No anduvo parsimonioso Cervantes en elogios con nuestro brillante conciudadano:
Por prenda rara desta tierra ilustre,
claro don Juan, te nos ha dado el cielo,
de Avalos gloria, y de Ribera lustre,
honra del propio y del ajeno suelo:
dichosa España, do por más de un lustre
muestra serán tus obras, y modelo
de cuanto puede dar naturaleza
de ingenio claro y singular nobleza.
El peruano tan magníficamente loado por el Príncipe de los Ingenios españoles en su obra primigenia de La Galatea, que es de 1584, regresó en 1598 a Lima, donde desempeñó la gobernación militar del Callao, y por tres veces la alcaldía de Lima, en 1600, 1603 y 1609. Era su mujer la dama limeña doña Leonor de Santillán y Suárez de Figueroa, hija legítima del oidor que tuvo tanta nombradía en nuestra historia del siglo xvi. Murió D. Juan en Lima y yace enterrado en la capilla de Santa Ana de nuestra catedral, que edificó para su sepultura el conquistador Nicolás el Viejo, a pocos pasos de la de su caudillo D. Francisco Pizarro1. De seguro que fue D. Juan Dávalos de Ribera quien comunicó a Cervantes las favorables noticias sobre Sancho de Ribera, que se leen en la octava del Canto de Calíope siguiente a la dedicada al primero. Este Sancho de Ribera y Bravo de Lagunas, hijo de otro conquistador del Perú, llamado Nicolás de Ribera el Mozo, el encomendero de Maranga, Végueta y Canta, no era pariente, a lo menos en grado reconocido y próximo, de los Dávalos de Ribera; porque los dos Nicolases, conquistadores y fundadores de Lima, el Viejo y el Mozo, fueron sólo homónimos, compañeros y compadres, a pesar de lo que asevera José Toribio Medina, que en la página 79 de su citado folleto sobre el Canto de Calíope, los declara respectivamente padre e hijo. Pero si no consanguíneos, los dos poetas de la primera generación criolla, Juan Dávalos de Ribera y Sancho de Ribera y Bravo de Lagunas, fueron grandes amigos, Sancho estuvo a punto de ser cuñado de D. Juan, por las capitulaciones matrimoniales que en escritura pública celebró con doña Isabel Dávalos de Solier; y si bien éstas se rompieron, por matrimonio distinto de la referida, la descendencia de ambas familias se entremezcló inmediata y repetidamente. A diferencia de D. Juan, su semitocayo, parece que Sancho no estuvo nunca en España; y sus excursiones militares se limitaron a Panamá y Chile, según lo indican antiguos memoriales de servicios, no obstante las dudas que formula José Toribio Medina. De ahí que cuando Cervantes habla de este antiguo capitán y encomendero limeño, versificador y belicoso, pendenciero e instruido, diga en encarecidos términos:
El que en la dulce patria está contento
las puras aguas de Limar gozando,
la famosa ribera, el fresco viento.
Con sus divinos versos alegrando,
venga y veréis por suma deste cuento,
su heroico brío y discreción mirando,
que es Sancho de Ribera, en toda parte
Febo primero y sin segundo Marte.
Para ambos Riberas, primeros frutos intelectuales de la naciente Lima, las esplendorosas octavas de Cervantes sirven de soberbia ejecutoria; y a ellas, mucho más que a las hazañas de sus padres, patriarcas de nuestra ciudad y adalides de la conquista, deben la resonancia que sus nombres despiertan, y el filial y halagüeño tributo que aquí les rindo.
En el laudatorio catálogo cervantino que examinamos, figura, al lado de los Riberas, otro poeta de Lima, hijo de conquistador, Alonso Picado, que luego se mudó a Arequipa. En Lima residía cuando joven lo prendieron, por haberse desafiado con Sancho de Ribera del cual fue luego muy amigo; y cuando fue amonestado y preso una segunda vez, en compañía de Diego de Agüero el Mozo, por el gobernador García de Castro, el año de 1567, acusados de intentos de motín y junta sediciosa de feudatarios encomenderos para pedir la perpetuidad de los señoríos de indios. Era Alonso Picado el primogénito del célebre secretario de D. Francisco Pizarro, Antonio, ejecutado en la plaza Mayor de Lima el 29 de junio de 1541. De él canta Cervantes, aludiendo ya a su domicilio en Arequipa:
Aquí, debajo de felice estrella,
un resplandor salió tan señalado
que de su lumbre la menor centella
nombre de oriente al occidente ha dado...
Entre los habitantes de Arequipa, habla también Cervantes del poeta Diego Martínez de Ribera. Nada tenía este que hacer con los Ribera de Lima pues era extremeño, nacido en Medellín, e hijo natural del Corregidor de Arequipa y antes de Camaná, Alonso Martínez de Ribera. El Diego rememorado por Cervantes fue a su vez alcalde de Arequipa en 1582 y 1590, y murió allí mismo el año de 1600, según las fidedignas noticias que sobre él ha acopiado nuestro contemporáneo investigador de la historia colonial arequipeña, Canónigo D. Santiago Martínez.
El Diego de Aguilar y Córdoba, loado en posterior octava, era el caballero andaluz, autor del poema épico El Marañón, vecino de Huánuco, donde murió en edad muy avanzada, y Corregidor de Huamanga en 1603 y 1607, de quien por el cronista agustino Calancha sabemos que igualmente compuso el libro de diálogos en prosa La soledad entretenida. Asimismo era andaluz Pedro Montes de Oca, Encomendero de Sama, establecido en Lima, y después en Camaná y Arequipa, denominado en los literatos españoles del tiempo el indiano por antonomasia, como se ve en los preliminares de las Diversas Rimas de Vicente Espinel, otro grande amigo de Cervantes en Sevilla y apreciador de los escritores peruleros.
El lusitano Enrique Garcés, traductor de Camoens y el Petrarca, y calificado por Cervantes de sutil, ingenioso y fácil, recorrió como minero toda la sierra peruana, desde Cajatambo y Huancavelica hasta Potosí. Estuvo en el Perú más de cuarenta y dos años. Fue una larga temporada morador de Lima, como consta de sus obras y de su correspondencia; en nuestra tierra se casó, y fueron limeños sus tres hijos. Su versión petrarquesca, impresa en Madrid por 1591, lleva la aprobación del poeta Fr. Pedro de Padilla, fraternal amigo de Miguel de Cervantes y antes de su profesión religiosa bachiller de Linares, autor de un Romancero engalanado por un soneto del mismo inmortal manco.
Otro sonetista peninsular, establecido en el Perú y recordado por Cervantes, el capitán Juan de Salcedo Villandrando, era hacia 1630, cuarenta y cinco años después de aparecido su elogio en La Galatea, encomendero y regidor en la ciudad de La Paz. De los demás poetas del Perú a que Cervantes se refiere, Alonso de Estrada, Rodrigo Fernández de Pineda, Gonzalo de Sotomayor y Pedro de Alvarado, no hay datos ciertos. Si no fuera por Cervantes, ni siquiera sabríamos de su existencia, excepto la de Gonzalo de Sotomayor, atestiguada en los preámbulos del Marañón de Aguilar y Córdoba. Ya se ve con todo esto cuán bien enterado de nuestras incipientes actividades literarias estaba Cervantes al publicar en 1584 su obra primogénita; y que no fue ocasional y fugaz su interés lo demuestra que en dos de sus últimos libros volviera a referirse a hombres y hechos del Perú, como si en los términos inicial y final de su radiosa carrera necesitara atender con cariño y alabanzas a este lejano renuevo de la más genuina hispanidad, en el Viaje del Parnaso habló nuevamente de su amigo el perulero Pedro Montes de Oca y del chileno Pedro de Oña, que se educó y vivió siempre en Lima o en sus gobiernos de Jaén de Bracamoros y el Cuzco. En Persiles y Segismunda, la obra póstuma, al describir el viaje de los protagonistas de Lisboa a Toledo, se detiene en Trujillo de Extremadura para evocar a D. Francisco Pizarro y al linaje de los Orellanas, como si aun en este postrer libro, de tan errabunda fantasía, quisiera conservar el eco de los más famosos apellidos de nuestra Conquista. Hasta en su ambiente familiar y doméstico tuvo Miguel de Cervantes algunas concomitancias con la historia peruana. Su más querida e influyente hermana, doña Andrea de Cervantes Saavedra, viuda en primeras nupcias de Nicolás de Ovando, y en segundas del italiano Santos Ambrosi, contrajo tercer matrimonio hacia 1590 con el general D. Álvaro de Mendaña, de estirpe gallega, homónimo y pariente próximo del célebre navegante, sobrino del gobernador del Perú D. Lope García de Castro. Nuestro adelantado Mendaña, el descubridor de las islas de Salomón y de las Marquesas, el cercano deudo del marido de doña Andrea, fue casado con la heroica doña Isabel Barreto, la cual a su vez viuda del adelantado fue la primera mujer del General del Callao y de la Mar del Sur D. Fernando de Castro Bolaños y Rivadeneyra, que era de la casa y sangre del último y más eficaz protector de Miguel de Cervantes, del magnate cuyo nombre patrocinó la Segunda Parte del Quijote, las Novelas ejemplares, las Comedias y el Persiles.
El Avendaño de La ilustre fregona, «caballero lo que es bueno, rico lo que basta, mozo lo que alegra y discreto lo que admira», no es un personaje imaginario, sino el auténtico retrato de un particular amigo de Cervantes y asiduo galanteador de su sobrina doña Constanza Figueroa de Ovando, la hija de la mencionada doña Andrea. Apenas trocó el novelista en el nombre de pila de Tomás (que por cierto debió de ser tradicional en aquella familia), el efectivo de Juan, que en La ilustre fregona corresponde al padre del mancebo. Este histórico Juan de Avendaño pasó al Perú, donde su parentela ocupaba posición conspicua desde muy anteriores épocas, comenzando por Pedro de Avendaño, el secretario de gobernación de los primeros virreyes. Otro D. Tomás de Avendaño fue posteriormente alcalde de Lima en 1643, hermano del canónigo D. Fernando, el rector de la Universidad de San Marcos y electo obispo de Santiago de Chile. El D. Juan de Avendaño que nos interesa por su relación con Cervantes, hubo de mudarse de Lima a Trujillo en 1610; y no olvidando a la hermosa sobrina del excelso escritor, le remitía de allí dinero en 1614, según todo lo explica D. Emilio Cotarelo en el estudio Efemérides cervantinas, por su parte, Miguel le envió a Avendaño el primer tomo del Quijote con dedicatoria autógrafa, inapreciable ejemplar limeño de la primitiva edición, «que en el curso de los siglos vino a pertenecer en el xviii a la sabia marquesa de Casa Calderón, doña Juana Calderón y Vadillo, y en el xix al abogado quiteño avecindado en Lima, D. Agustín Carda, y en el cual leyó D. Ricardo Palma, que es quien atestigua tales curiosidades bibliográficas.
En todo el siglo xvii, los cajones que venían de España nos trajeron numerosísimos volúmenes del Quijote. No se debilitó mucho la afluencia en la centuria siguiente, como lo prueban los inventarios de las bibliotecas a menudo incluidos en los protocolos testamentarios, y en que casi nunca faltan las frecuentes reimpresiones de Cervantes o hasta en el primer período de la República no escasearon cervantinos tan entusiastas como el más culto y literario de los antiguos presidentes del Perú, el general D. Manuel Ignacio de Vivanco, académico correspondiente, que tenía el Quijote por su libro de cabecera y recreo diario. Bien le aprovecharon y se le transparentaban sus habituales lecturas, porque el estilo que empleó en sus proclamas y folletos políticos es tan suelto, castizo y sabroso como el de un vallisoletano o burgalés, y resalta consoladoramente sobre la hechiza, desaseada y chabacana parlería de sus declamatorios impugnadores e indigestos contrincantes.
Escuela de heroísmo y de hondo nacionalismo es el Quijote para quien sepa leerlo y merezca sentirlo. Es la patética lid entre la ruindad del vulgo y el arrojo del paladín, que sólo sucumbe por falta de exactitud en la información y de encaje en el medio. No combate Cervantes ni satiriza el ímpetu ideal, sino su aplicación desatinada, la ignorancia de las condiciones y límites que la realidad impone, y la alucinación extranjeriza y novelesca que inunda el suelo patrio con los fantasmas y espejismos nacidos en otras tierras y de la mente de ajenas razas. No nos hace amar y venerar a Ginés de Pasamonte ni a los galeotes y mesoneros, sino al bueno y leal Sancho, y principalmente al mismo abnegado don Quijote, cuando la discreción templa sus nobles locuras y el escarmiento lo ensalza a la cima del valor y de la virtud. Por eso, señores, rindiendo hoy culto al mayor genio de nuestra común estirpe y a las enseñanzas de su máxima obra, ejecutamos de veras labor útil para el Perú, para la regeneración de nuestro carácter étnico y el mejoramiento de las presentes circunstancias.