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El «Quijote» en América

Relación de las fiestas que se celebraron en la corte de Pausa

RELACIÓN DE LAS FIESTAS1 que se celebraron en la corte de Pausa por la nueva de proveimiento de virrey en la persona del marqués de Montesclaros, cuyo grande aficionado es el corregidor de este partido, que las hizo  y fue el mantenedor de una sortija celebrada con tanta majestad y pompa, que ha dado motivo a no dejar en silencio sus particularidades. (1607)

Luego que esta nueva se entendió se hizo una encamisada, donde salieron más de cuarenta de a caballo de disfraz y se plantó el cartel en la plaza debajo de un dosel de terciopelo carmesí, donde estuvo diez días, y en él firmaron los caballeros siguientes: El Caballero Venturoso, el de la Triste Figura, el Fuerte Bradaleón, Belflorán, el Caballero Antártico de Luzissor, el Dudado Furibundo, el Caballero de la Selva, el de la Escura Cueva y el Galán de Contumeliano; y al décimo día fueron las fiestas en la forma y manera siguiente.

Salió el mantenedor, que se intitulaba en su cartel el Caballero de la Ardiente Espada, vestido de negro bordado de oro, calza y coleto, gola gravada y gorra aderezada con mucha plumería, en un caballo bayo muy bueno, con una silla rica de brida, bordada de perlas, que hacía obra con el vestido, y al fin, tan en su punto, que podía parecer su gala en cualquiera corte. No sacó invención ni letra, pero llevaba delante atabales, chirimías y trompetas, y doce de a caballo que le acompañaban, sin cuatro padrinos que llevaban bandas amarillas. Dio vuelta de esta manera por la tela, que estaba muy curiosamente hecha de ramas y flores, y en medio, cerca de la sortija, un aparador de muchas piezas de plata y joyas que se corrieron. Había tres andamios cerca de este puesto, uno a la mano derecha y dos a la izquierda, todos entapizados con tafetanes de colores; en el de la mano derecha estaban las damas y en los dos de la izquierda, en el uno los jueces, que era el padre presentado fray Antonio Martínez, Joan de Larrea Surbano y un Cristobal de Matta de Potosí que acertó a llegar aquí a este tiempo, gran corredor de lanzas, y en el otro, algunos frailes y clérigos que vinieron a ver las fiestas.

Después de haber hecho el mantenedor su paseo y bizarra muestra se apeó en una tienda que al cabo de la tela estaba, colgada de damascos y terciopelo carmesíes, y al punto pareció por la plaza el fuerte Bradaleón, que era el licenciado don Pedro de Salamanca. Su teniente venía hecho el dios Baco, con el traje muy bien acomodado a lo que presentaba, caballero en una gran cuba hecha de mimbres y cubierta de hojas de parras, a la cual venían pegados muchos cueros pegados hinchados, y él una guirnalda de pámpanos; puesta en una mano llevaba una gran taza y en la otra una bota de vino, de que iba dando de beber a mucha cantidad de borrachos que le acompañaban alrededor de la cuba, la cual llevaban a cuestas los de la facultad, haciendo una gran algazara y ruido muchos indios con tamborines, vestidos de colores, entre los cuales iban cuatro caciques a caballo, que le sirvieron de padrinos, y por doctores de la facultad de beber llevaban cuatro borlas en los sombreros, de diversas colores. Presentose por la tela llevando delante atabales y chirimías, y todas las demás invenciones que después salieron también las sacaron, porque vinieron casi todas las del corregimiento para esta fiesta. La letra de este aventurero decía:

Soy Baco, hijo de Venus,
y el que de mí se desvía
a sí y a mi madre enfría.

Corrió tres lanzas en un buen caballo que le traía de diestro otro borracho, y aunque fueron buenas, le ganó el mantenedor la taza de plata que traía, que puso por premio contra una limeta del aparador, que le pareció bien, y esta presea presentó a mi señora doña María de Peralta, y porque había muchos aventureros y el mantenedor no tenía bastantes caballos con que sustentar la tela, mandaron los jueces al dios Baco que le ayudase a mantener, y así, se apeó metiéndose con el mantenedor en su tienda.

Y al punto pareció por la plaza un carro muy grande en que venían cinco aventureros en esta forma: cuatro de ellos sentados en un bufete pequeño que en medio estaba, jugando a la primera, con las invenciones siguientes: Un tahúr todo vestido de naipes, coleto, calzas y sombrero con muchas plumas, sin que se pareciese otra cosa que manjares de naipes entremetidos, de suerte que parecía desde lejos todo bordado. Los tres con quien venía jugando eran la Ira, la Blasfemia y el Engaño, vestido de varias colores, y la Ira y Blasfemia con sayas de raso carmesí y encarnado y encima una vestidura corta de cañamazo, pintada de llamas negras, amarillas y coloradas, máscaras muy feas, cabelleras negras y unas culebras revueltas a las cabezas como guirnaldas. El quinto aventurero de este carro era la Codicia, que venía haciendo oficio de coimero a los cuatro que jugaban, vestida como esotros dos vicios, salvo la saya, que era amarilla. Llevaban estas figuras alrededor de su carro sus padrinos, que eran, el del tahúr, la Pobreza, vestida de andrajos; la Blasfemia, al Demonio, con un justillo de cañamazo cubierto de llamas, máscara de lo propio y unos grandes cuernos, de que venía echando fuego. El padrino del Engaño era un Perulero con dos máscaras, una atrás y otra adelante, que le hacían dos caras. A la Codicia acompañaba el Interés, muy bien aderezado. La Ira no traía padrino, sino un escudero que le llevaba el caballo, vestido de colorado, y su nombre era el Enojo. Todos estos padrinos traían rétulos grandes por los hombros, que le servían de bandas, y en cada uno su nombre escrito; cuyo carro pareció muy bien, porque era muy grande y todo venía cubierto de reposteros que llegaban hasta el suelo, sembrados a trechos de muchos naipes, y dentro iban más de cincuenta indios que le llevaban en peso, sin que se viese cómo se movía. Los caballos de los aventureros iban alrededor, los de los vicios, encubertados con los mismos cañamazos pintados de que traían los vestidos, y el del tahúr, cubierto de naipes, todo, que parecía muy bien, y asimismo la silla. Sacó este carro menestriles y atabales, con ropas sembradas de naipes; que de este género hay buena cantidad por acá, y en llegando a los andamios de los jueces y damas echaron los aventureros y padrinos las letras siguientes:

El Tahúr, su padrino.
Por quitar melancolías,
me entretengo en este oficio
con cotidiano ejercicio.
La Pobreza.
No soy sancta,
ni merezco ni aprovecho,
sino de eterno despecho.
La Ira.
El primero fratricida
del infierno me sacó
y en la tierra me dejó.
El Enojo, escudero de la Ira.
De mi señora y de mí
no se escapa el más discreto,
si no fuere muy perfecto.
El Engaño.
No solo con jugadores
soy poderoso y triunfante,
sino en todo lo restante.
El Perulero, su padrino.
Con el uso de la tierra,
amigo doble me he hecho,
por la ganancia y provecho.
La Blasfemia.
Cuando falto del infierno
me hallarán en el juego
echando voto y reniego.
El Demonio, su padrino.
Con mis eternos dolores
por la perdida inocencia,
acompaña mi presencia
a todos los jugadores.
La Codicia.
Raíz de todos los males
me llaman y es mi trofeo
no satisfacer deseo.
El Interés, su padrino.
Si yo he vencido al Amor
y el Amor vence a la Muerte,
yo soy más que todos fuerte.

Corrieron estos aventureros sus tres lanzas cada uno, el Engaño, Codicia y Tahúr con el mantenedor, y la Ira y Blasfemia con su ayudante, y todos ellos perdieron, por malos hombres de a caballo, sendos pares de guantes que pusieron por precio contra otros juguetes que en el aparador había, los cuales presentaron los mantenedores a mi señora doña María de Peralta y sus hijas.

Estando corriendo las postreras lanzas, entró por la plaza el Caballero Antártico, que era el gran Román de Baños, hecho el inga, vestido muy propia y galanamente, con una compañía de más de cien indios vestidos de colores, que le servían de guarda, todos con alabardas hechas de magueyes, pintadas con mucha propiedad, de que era capitán el cacique principal de los pomatambos. Llevaba delante de sí el inga un guión de plumería con sus armas, y él iba en unas andas muy bien aderezadas, y detrás de ellas iban muchas indias haciendo taquíes a su husanza. El caballo le llevaba de diestro otro cacique muy galán, y con esta majestad se presentó por la tela con dos padrinos, sin llevar delante menestriles y atabales, sí sólo los tamborinos de los taquíes, que eran tantos y hacían tanto ruido, que hundían la plaza. Dio su letra, que decía:

Por ser las damas cual son,
me he vestido de su modo,
para conquistarlo todo.

La de su capitán decía:

Por regocijar la fiesta
de la nueva del virrey,
venimos con nuestro Rey.

Corrió mal porque no le ayudó mucho el caballo, y así acompañó en la pérdida a los del triunfo de Bilhan, y el ayudante del mantenedor, que fue ganancioso de unas medias de seda que el inga puso por precio, las presentó a Joan de Larrea Zurbano, de cohecho para tenerle propicio en el juicio de las demás lanzas.

A esta hora asomó por la plaza el Caballero de la Triste Figura don Quijote de la Mancha, tan al natural y propio de como le pintan en su libro, que dio grandísimo gusto verle. Venía caballero en un caballo flaco muy parecido a su Rocinante, con unas calcitas del año de uno, y una cota muy mohosa, morrión con mucha plumería de gallos, cuello del dozavo, y la máscara muy al propósito de lo que representaba. Acompañábanle el Cura y el Barbero con los trajes propios de escudero e infanta Micomicona que su crónica cuenta, y su leal escudero Sancho Panza, graciosamente vestido, caballero en su asno albardado y con sus alforjas bien proveídas y el yelmo de Mambrino, llevábale la lanza y también sirvió de padrino a su amo, que era un caballero de Córdoba de lindo humor, llamado don Luis de Córdoba, y anda en este reino disfrazado con nombre de Luis de Galves. Había venido a la sazón de esta fiesta por juez de Castro Virreina; y presentándose en la tela con extraña risa de los que miraban, dio su letra, que decía:

Soy el audaz don Quixó-,
y maguer que desgraçiá-,
fuerte, brabo y arriscá-.

Su escudero, que era un hombre muy gracioso, pidió licencia a los jueces para que corriese su amo y puso por precio una docena de cintas de gamuza, y por venir en mal caballo y hacerlo adrede fueron las lanzas que corrió malísimas, y le ganó el premio el dios Baco, el cual lo presentó [a] una vieja, criada de una de las damas. Sancho echó algunas coplas de primor, que por tocar en verdes no se refieren.

Y con esto, se pusieron a ver una invención que a la sazón entraba por la plaza con grande ruido y ostentación, que era la del Caballero de la Selva. Venían delante cuatro salvajes cubiertos de hiedra, ellos y sus caballos, que servían de atabales, y seguían los cuatro menestriles y otras tantas trompetas, vestidos de la misma forma ellos y sus caballos. Luego venia un carro, tan grande, que se ajustaba con las calles por donde entró. En el cual venía un jardín tan propio y curiosamente hecho, que parecía natural, y en medio del encañado había un senador que servía de teatro a la diosa Diana, que en él venía sentada, con un vestido rico, y era una niña muy hermosa. Del encañado del carro venían colgados muchos animales muertos, cuernos de venados, perdices y otros despojos de caza, y alrededor del más de ochenta doncellas de la tierra muy galanamente vestidas de cumbes, damascos y tafetanes de colores, y todas con ballestas, escopetas, cerbatanas, dardos y otros instrumentos del culto de Diana, que representaban al natural sus cazadoras, y dos de las de mejor talle llevaban la lanza y caballo, que es de los buenos que hay en el Reino, con su silla y paramentos de tafetán azul y blanco sembrados de unas estrellas encarnadas, que parecía extremadamente. El caballero iba en el carro, sobre un bastón arrimado, en hábito de pastor, con calzas bordadas debajo de un pellico de las colores dichas, todo lleno de argentería de plata, cabellera rubia y una guirnalda encima, de la hierba mejorana, y de esta suerte pasó por la tela, que aunque era bien ancha, apenas cabía su carro por ella, que todo venía hasta el suelo cubierto de hierbas, sin que se viese la gente que debajo llevaba en peso; y al emparejar con los andamios, soltaron de debajo un venado y dos galgos que se le fueron siguiendo, y las cazadoras hicieron a este tiempo grande ruido, conforme a lo que representaban. La letra que los padrinos dieron decía:

Soy jardinero fiel
de este jardín de Diana,
pues tengo la mejorana
en mi frente por laurel.

La diosa que venía en el carro echó esta letra:

Lauro, premios y trofeo
a mi jardinero den,
pues supo escoger tan bien,
con sancta paz de himeneo.

A este tiempo se había el mantenedor salido por una puerta falsa de la tienda para entrar con otra invención, y así, corrió este caballero con su ayudante, al cual le ganó una salvilla de plata contra unos guantes de ámbar que él puso, y ambas preseas las presentó a su dama con cuyo favor ganó, y por las señas de su pensamiento se conoce quién era.

Antes que acabase de correr sus lanzas, entró por la plaza una tienda asentada en un carro, que le traían en peso como los demás, y era un pabellón la tienda, bordado con muchos pájaros, y dentro venía el Caballero Venturoso con una dama vestida muy galanamente. Él traía un vestido muy justo, morado, sembrado de rosas amarillas, y una máscara de la misma color. Venían las alas de la tienda abiertas, y en medio de él y de ella se mostraba la rueda de la Fortuna, que el caballero fuertemente venía teniendo porque no diese vuelta, y su letra decía:

Fortuna tendrá este ser;
yo, la firmeza que ahora,
y la cumbre, mi señora.

La dama, que era un barbado con arandela y copete, echó también su letra acomodada al sujeto, y por meterse en el campo de Venus no se refiere, aunque era extremada. Este aventurero, que era un capitán de Chile, no sacó más acompañamiento que atabales y menestriles, y un padrino; pero lo que en esto le faltó suplió lo bien que lo hizo en las carreras, porque es muy buen hombre de a caballo de la brida, y así, le ganó al dios Baco el precio, que fue un corte de jubón de tela, y le presentó a mi señora doña Mariana de Larrea.

Luego entró por otra esquina de la plaza el Dudado Furibundo, con atabales y menestriles delante, y él en traje de moro, con siete moras a caballo muy bien aderezadas, todas de máscara, que representaban otras tantas mujeres suyas, porque en el Alcorán de Mahoma se permite tener las que pudiere sustentar cada uno. Salió en un buen caballo, y la letra que su padrino presentó decía:

Aunque con traje de moro,
no soy Muley ni Hamete;
pero no me bastan siete.

Corrió sus tres lanzas y aunque el buen caballo le ayudó, él hizo tan poco de su parte, que el dios Baco le ganó seis varas de tafetán que puso por precio, y las presentó a mi señora doña Clara de Peralta.

A esta hora se había ya puesto el sol y a más andar se iba llegando la noche; pero no faltó tiempo para que se dejase de mostrar un carro: en la forma que los pasados, donde venía un aparador y mesa puesta con una merienda y colación y todos los aparejos que para seguirla eran necesarios, sin que faltasen pajes para este ministerio. El caballero de este carro fue el mantenedor, que, hecho bodegonero, se mostraba disfrazado. Traía por mozas del bodegón a la Gula y la Enfermedad, y el traje acomodado al sujeto, y una música de flautas debajo del carro, que al tiempo que emparejó con las damas sonó muy suavemente. Su letra decía:

Si mi invención no llevare
el premio por ingeniosa,
ganará por provechosa.

Y porque ya se había cerrado la noche, no hubo lugar de que este aventurero corriese, y así, dio de merendar a las damas con mucha ostentación y cumplimiento, a la lumbre de muchos hachones y candelas que se encendieron, y los jueces desde su andamio alcanzaron un bocado, y después de haber tenido entre sí algunas diferencias sobre el dar de los premios de invención, letra y gala, se resolvieron en esta forma: que el de invención, por haber sido todas tan buenas y reconocerse poca o casi ninguna ventaja en ellas, se le diese al Caballero de la Triste Figura, por la propiedad con que hizo la suya y la risa que en todos causó verle; el cual dio cuatro varas de raso morado que le tocaron, a su escudero Sancho, para que las presentase en su nombre [a Dulcinea] cuando la viese, diciéndole que el su caballero las había ganado con el ardid y esfuerzo que su memoria le había prestado; y al Caballero de la Selva le dieron unos guantes de ámbar por la mejor letra que presentó al sujeto de ella. Al mantenedor le cupo el premio de la gala, y presentó a mi señora doña María de Peralta una caldereta de plata, y con esto se acabaron las fiestas, que fueron tan buenas, que podían parecer en Lima. Sólo faltó auditorio pleno; pero a la cantidad suplió la calidad de las pocas damas que hubo.

  • (1) Esta edición de la Relación de las fiestas que se celebraron en la corte de Pausa se ha realizado cotejando el manuscrito del texto y su edición por Francisco Rodríguez Marín: Don Quijote en América en 1607. Relación peruana, autografiada y reimpresa con notas, Tip. de la Revista de archivos, bibliotecas y museos, Madrid, 1921. El texto manuscrito no sigue un criterio ortográfico uniforme. Para esta edición se ha tomado en cuenta la lectura de la edición anterior y se ha decidido normalizar y modernizar el texto. volver
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