Por Javier Prado *
El conflicto del destino humano, presente y futuro, el fondo ético de la existencia, sometido a severas normas o rebelde a sus leyes y disciplinas, en un dualismo permanente de optimismo y de pesimismo, de tragedia y de comedia humana, todos son elementos y valores que se agitan y obsesionan el alma de esa raza, y que, en su lengua, viven una vida de realidad y de leyenda.
Tal fue, en su materia y en su espíritu, en su fondo y en su forma, la lengua y literatura castellana, la que en su Siglo de Oro produjo líricos insignes, como Garcilaso de la Vega, Fray Luis de León, Fernando de Herrera, Francisco de Rioja, Rodrigo Caro; épicos, como Fray Diego de Hojeda, Alonso de Ercilla, Bernardo de Balbuena; dramáticos, como Lope de Vega, Tirso de Molina, Ruiz de Alarcón, Francisco de Rojas, Agustín Moreto y el gran Calderón de la Barca; historiadores como Juan de Mariana, Diego Hurtado de Mendoza, Francisco de Moncada, López de Gómara, Antonio Francisco de Melo, Antonio de Solís, Fray José de Sigüenza, Pedro Cieza de León y nuestro gran Garcilaso: moralistas y políticos, como Antonio de Guevara, Antonio Pérez, Diego de Saavedra Fajardo y el extraordinario y múltiple ingenio de Francisco de Quevedo, príncipe a la vez de la sátira; novelistas, como Diego Hurtado de Mendoza, Mateo Alemán, Vicente Espinel, Vélez de Guevara; y los místicos maravillosos, como aquel Fray Luis de Granada, el maestro de la oratoria religiosa a quien llamaron sus contemporáneos el Ángel de la Elocuencia sagrada, que había venido a santificar la lengua castellana con sus divinos escritos1; como aquella Santa Teresa de Jesús, la de los Caminos de perfección a la divina morada, que hablaba con su Dios un apasionado lenguaje de amor, del que otro gran místico español dijo, «que el ardor grande que en aquel pecho santo vivía, salía como pegado en sus palabras, de manera que levantaban llama por dondequiera que pasaban»2; como aquel fray Luis de León quien por «escondida senda», con dulzura y belleza purísima, cantaba y escribía a los cielos y a la tierra; como aquel fray Juan de la Cruz, el doctor Estático, cuyas obras, dice Menéndez Pelayo, «infunden religioso temor al tocarlas. Por allí ha pasado el espíritu de Dios hermoseándolo y santificándolo todo»3.
Y en medio de esta inmensa y resplandeciente constelación de insignes escritores, se destaca y se eleva, único, avasallador, inconmensurable, el genio de Cervantes.
En él tuvo la lengua castellana su más asombrosa encarnación. El idioma, en las obras de Cervantes, es oro nativo, es el lenguaje espontáneo, centelleante de vida y de armonía, en el que Cervantes fusionó de modo prodigioso, el habla popular, en toda su frescura y bizarría, en su natural y substanciosa originalidad, en su gracia y colorido, en su intención y malicia, en su sana y sentenciosa experiencia del mundo, de sus adagios, proverbios y refranes, con la corrección, con la hermosura y la elegancia culta, arrogante y señorial del arte clásico, instrumentos ambos de energía y belleza fascinadora en las obras del maestro maravilloso de la lengua castellana.
Es inútil fatigarse en buscar el pensamiento estético de Cervantes en El Quijote; y es, a la vez, criterio pequeño y extraviado el medir su obra únicamente como crítica de la vida y de la literatura caballeresca en boga en España. La concepción de Cervantes, como la Iliada, como la Divina comedia, como el Hamlet, por encima de todo plan premeditado, es la obra magna de energías seculares, súbitamente despertadas y agitadas en la inspiración del genio superior, que impulsado por ellas, descubre y penetra aun sin saberlo, en el alma de una raza y en el fondo del pensamiento y del corazón humano.
Don Quijote tiene valor supremo. En ficción de romance caballeresco, en obra de prodigio, en que se vive, se sueña y se ríe, Cervantes ha cogido las arterias del alma de su raza en sus dos elementos constitutivos, el idealista y el realista, que dividían su alma, y ha hecho surgir, con vida eterna, la imagen del Caballero de la Mancha, del noble y valeroso castellano, en sus sentimientos y anhelos de heroicidad, de justicia, de desprendimiento y de gloria; y en contraste y lucha con los impulsos y apetitos materiales y egoístas de la vida.
Y al apoderarse de las raíces del alma de su pueblo, ha llegado Cervantes a lo más hondo del conflicto humano entre el espíritu que se liberta y se eleva, y la materia que subyuga y esclaviza, entre los generosos y libres ideales y los rudos choques y cadenas de la vida y sus crueles ironías, que desgarran el corazón, arrastrados por las risas y el desdén del vulgo. Y este conflicto del bien y del mal, del optimismo y del pesimismo, no tiene en la obra de Cervantes, el carácter de la tragedia shakesperiana, que estremece, que aterroriza, y que anonada, sino el de la firme y tranquila entereza, melancolía y desprendimiento del caballero, que al chocar con los bajos fondos del egoísmo, del interés y de la falsía humanos, se mantiene íntegro e incorruptible en su generosidad y su grandeza de alma.
¡Tú, noble y valeroso don Quijote, hombre bueno y recto, intachable caballero, de corazón magnánimo, incapaz de falsía, protector de la mujer, generoso con el desvalido, altivo ante los soberbios, humilde con los débiles, desdeñoso de la adversidad; tú, que mirabas con despego los intereses y los bienes de la tierra, sus apremios y apetitos materiales; que tropezabas sin mancharte, pero indulgente, con las resistencias, las burlas, las astucias y socarronerías del vulgo, que sentías su sordidez y su vocinglería; tú, que benévolo, pero inquebrantable, escuchabas y contradecías sus dichos y sus consejos, sus máximas y sus sentencias refranescas; tú, que querías ganar a los hombres a la fiebre de los más altos y generosos empeños; tú, soñador sublime, has recorrido las tierras, has cruzado los mares, tú fuiste el héroe de la epopeya de la Reconquista, el hidalgo y recio caballero de los fueros castellanos, de las severas grandezas de Carlos V y de Felipe II; el que ensanchó el mundo, el que conquistó la América para su Rey y para su Dios, y quiso, en nobilísimo y vano empeño, conducir a los hombres, limpios de egoísmos y de impurezas, por rutas de justicia y de bondad; tú, visionario prodigioso, que cuando volviste al mundo de la realidad y exhalabas tu último aliento, no tuviste palabras de rencor, sino que, sereno y conforme, te extrañaste sólo de que los hombres te hubieran considerado necio porque habías sido bueno, y al entregar creyente tu alma al Ser Supremo, les otorgaste generoso perdón; tú has redimido a la especie humana con el idealismo y el ensueño de tu divina locura, purificadora de las vanidades y de las miserias humanas!
¡Espíritu inmortal de Cervantes! ¡Con justicia la intuición fiel de tu pueblo siente tu gloria incomparable, y encarna en tu genio el alma y la lengua de su raza!