En 1877 la Biblioteca de Lima estaba cerrada para el público por hallarse en construcción la estantería de cedro del espacioso salón Europa. No obstante, el bibliotecario, coronel don Manuel Odriozola, sucesor del ilustre Vigil, daba facilidades para consulta: libros a sus amigos aficionados a estudios históricos, y después de las tres de la tarde nos congregábamos, en amena e ilustrativa charla, alrededor de su poltrona.
Una tarde, llevado por el general Mendiburu, que era de vez en cuando uno de los concurrentes a la tertulia, nos fue presentado un caballero inglés, mister Saint John, ministro de la Gran Bretaña en el Perú. Traía a este señor la curiosidad de conocer dos libros ingleses de que Mendiburu le hablara, rarezas bibliográficas que, como oro en paño, guardaba el bibliotecario, bajo de llave, en un cajón de su escritorio.
Era el uno el famosísimo libro que escribiera Enrique VIII, haciendo gala de ultramontanismo, y por el cual lo declaró el papa defensor de la fe, autorizándolo para que, en las armas de su reino, se pusiera este lema: Fidei defensa. Era un tomito de poco más de doscientas páginas, en octavo menor, y que Odriozola encerraba en una cajita de latón. Cuando Enrique VIII cambió de casaca, rompiendo lanzas con el papado, mandó recoger y quemar los ejemplares del libro, imponiendo durísimas penas a sus súbditos remisos en obedecer el regio manto. No recuerdo en qué enciclopedia moderna he leído que no excedieron de cuarenta los ejemplares que se libraron de la hoguera, y eso porque el monarca los había obsequiado a embajadores y a cardenales de su devoción.
Cuando la destrucción de la Biblioteca de Lima por los chilenos, en 1881, desapareció el ejemplar que poseía el Perú, y que perteneció a la librería de los jesuitas, la cual sirvió de base a la Nacional, fundada por el general San Martín en 1821. El ejemplar no llegó a la Biblioteca de Santiago, ni hay noticia de que lo hubiera adquirido bibliófilo alguno de Europa o América, pues bien se sabe que los hombres dominados por la manía de acaparar libros, jamás guardan secreto sobre los ejemplares raros que adquieren, y gozan con echar la nueva a los cuatro vientos. Como muchas de las obras fueron vendidas a vil precio por la soldadesca en los bodegones, utilizándose el papel para envoltorios de sal molida o de pimienta, no es aventurado recelar que tan indigna suerte haya cabido al curiosísimo librito.
En muy lujosa edición, profusamente ilustrado con láminas sobre acero, hecha en Londres en 1707, admiró mister Saint John un volumen, en folio menor, titulado Perspectiva pictorum et architectorum, por Andrés Putei, de la Compañía de Jesús. Nuestro ejemplar, felizmente devuelto en 1884 por un caballero italiano que lo adquirió por dos pesos o soles, de un soldado, tiene una preciosa miniatura de la reina Ana, y fue regalado por ella al embajador de España en Londres. Más tarde lo poseyó un virrey, quien lo obsequió a la librería de los jesuitas. Después de discurrir largo y menudo sobre bibliografía inglesa, ramo en que el ministro británico me pareció algo entendido, recayó la conversación sobre cuál era el libro de más pequeño formato conocido hasta el día. Enrique Torres Saldamando y el clérigo La Rosa hablaron de un libro francés que no recuerdo; pero don José Dávila Condemarín nos dijo que él había tenido en sus manos, en Roma, un ejemplar de La divina comedia,impreso en Italia, cuyas páginas no excedían de pulgada y media1.
Era el doctor don José Dávila Condemarín, un cervantófilo fervoroso.
Había sido en dos ocasiones ministro de Estado, diputado a Congreso y representante del Perú en Italia; pero su empleo en propiedad era el de director general de Correos. En su bufete, y como para entretener los ratos de ocio oficinesco, se veían, empastados en terciopelo rojo, dos volúmenes, que contenían los cuatro tomos del Quijote, edición de Ibarra. Era en Lima, y acaso en todo el Perú, la persona que más había leído sobre Cervantes y su inmortal novela.
He olvidado a propósito de qué vino a cuento el Quijote, y nos dijo Saint John que apenas se encontraría inglés educado que no hubiese leído y releído los hechos y aventuras del hidalgo manchego y las obras de Walter Scott. «La prueba la tienen ustedes —nos agregó—, en que es Inglaterra, después de España, ciertamente, el país en que más ediciones se han hecho del Quijote: pasan de doscientas».
Ocurriole entonces preguntar si sabíamos cuántas ediciones se habían hecho en el Perú y en las demás repúblicas, y en qué año se había conocido el libro en Lima. A ninguno de los tertulios competía dar respuesta estando presente Dávila Condemarín, indiscutible autoridad en el asunto. Lo que él no supiera, de seguro que para todos nosotros era ignorado.
Don José dijo que sólo tenía noticia de una edición, con láminas, hecha en México en el decenio de 1840 a 1850, y que estaba en lo cierto afirmando que en república alguna se hubiera pensado en la reimpresión.
En cuanto a la época en que se recibió en Lima el primer ejemplar de la novela, que a principios de mayo de 1605 apareció en Madrid, nos hizo este muy curioso relato:
Llevaba poco menos de catorce meses en el desempeño del cargo de virrey del Perú don Gaspar de Zúñiga Acevedo y Fonseca, conde de Monterrey, cuando afines de diciembre de 1605, llegó al Callao el galeón de Acapulco, y por él recibió su excelencia un libro que un su amigo le remitía de México con carta en que le recomendaba, como lectura muy entretenida, esta novela que acababa de publicarse en Madrid y que estaba siendo en la coronada villa tema fecundo de conversación en los salones más cultos y dando pábulo a la murmuración callejera en las gradas de San Felipe el Real. Desgraciadamente, el virrey se encontraba enfermo en cama, y con dolencia de tal gravedad que lo arrastró al hoyo dos meses más tarde.
A visitar al doliente compatriota y amigo estuvo fray Diego de Ojeda, religioso de muchas campanillas en la Recoleta dominica y al que la posteridad admira como autor del poema La Cristiada. Encontrando al enfermo un tanto aliviado, conversaron sobre las noticias y cosas de México, de cuyo virreinato había sido el conde de Monterrey trasladado al del Perú. Su excelencia habló del libro recibido y de la recomendación del amigo para que se le deleitase con su lectura.
El padre Ojeda ojeó y hojeó el libro, y algo debió picarle la curiosidad cuando se decidió a pedirlo prestado por pocos días, a lo que el virrey, que en puridad de verdad no estaba para leer novelas, accedió de buen grado, no prestándole, sino obsequiándole el libro.
En el mes de marzo, y a pocos días del fallecimiento de su excelencia, llegó el cajón de España —como si dijéramos hoy la valija de Europa—, trayendo seis ejemplares del Quijote: uno para el virrey ya difunto; otro para el santo arzobispo Toribio de Mogrovejo, que también había pasado a mejor vida en el pueblo de Saña, siete u ocho días después que su excelencia, y los cuatro ejemplares restantes para aristocráticos personajes de Lima.
El padre Ojeda colocó en la librería de su convento el primer ejemplar del Quijote.Esa librería, en los primeros años de la Independencia, pasó al convento de Santo Domingo, y en el inventario o catálogo que el señor Condemarín leyera figuraba el libro. Aseguraba nuestro contertulio que él lo tuvo varias veces en sus manos; pero que después de la batalla de la Palma (1855) había desaparecido junto con otras obras y manuscritos, entre los que se hallaba una especie de diario o crónica conventual de la Recoleta dominica, en la cual, de letra del padre Ojeda, estaba consignado lo que él nos comunicaba sobre el primer ejemplar del Quijote llegado a Lima.
En 1862 ocupábame yo en acopiar materiales para escribir mi libro Anales de la Inquisición de Lima, y con tal motivo fui un día al convento a visitar a mis amigos los padres Cueto y Calzado para que me permitiesen hojear los pocos procesos inquisitoriales y dos crónicas conventuales inéditas que yo tenía noticia se conservaban en el archivo del convento. Ambos sacerdotes me informaron de que realmente existió todo lo que yo buscaba; pero que hacía pocos años el padre Seminario, fraile de mucho fuste, había hecho auto de fe en descomunal hoguera con procesos, crónicas y otros documentos.
Hablé de esto en la tertulia de aquella tarde, y Dávila Condemarín nos dijo que era positivo el hecho a que yo me refería, y que en la Prefectura de Lima debería encontrarse una información, mandada hacer por el ministro de Gobierno, sobre el atentado que realizó el padre Seminario, hablando del cual nos refirió que fue un sacerdote tan prestigioso, respetable e ilustrado, que mereció ejercer en varias épocas la prelacía del convento; pero que ya, bastante anciano, adoleció de ataques cerebrales que degeneraban en locura furiosa.
Fue en uno de ellos cuando entregó a la hoguera viejos mamotretos.
Acaso, en su fanatismo, imaginara realizar acto meritorio privando a posteridad de noticias que en algo amenguaran el renombre de la comunidad dominica.
No es, pues, desacertado presumir que la crónica en que colaboró el insigne fraile poeta sería devorada por las llamas.
Lo que el señor Dávila Condemarín ignoraba, y que yo conocía, era que existió en Lima un ejemplar del primer tomo del Quijote, con dedicatoria de Cervantes a un caballero español avecindado en el Perú.
Llamose este don Juan de Avendaño, quien vino desde España con nombramiento del rey, expedido en 1603, a servir un empleo en las Cajas reales, y que en 1610 pasó con ascenso a Trujillo. Avendaño había sido en la Universidad de Salamanca amicísimo de Cervantes, amistad que no se enfrió con la distancia, pues, aunque de tarde en tarde, cambiaban cartas. Sabido es que el inmortal manco de Lepanto solicitó del monarca en 1590, un destino en el Perú, y que en 6 de junio del mismo año proveyó el rey: «Busque por acá el solicitante en qué le haga merced». Así, cuando en 1606 tenía ya el Quijote lectores en Lima, Avendaño daba noticias personales sobre el autor, agregando que no le sorprendería verlo de repente por acá, pues lo animaba para que viniese a América en pos de fortuna más propicia que la que lograba en la madre patria.
Corriendo los años, o mejor dicho, en el transcurso de dos siglos, el ejemplar del autógrafo lo poseyó la marquesa de Casa Calderón, literata limeña, de la que en otra ocasión me he ocupado, cuya librería, no sé si por compra o regalo, pasó al doctor don Agustín García, notable abogado de nuestros Tribunales de justicia, allá por los años de 1850, quien a Nicolás Corpancho, a Arnaldo Márquez y a mí, muchachos que empezábamos a cultivar la literatura, tenía la generosidad de franquearnos su copiosa y selecta librería. La primera lectura que hice del Quijote, dígolo hoy con íntimo y senil goce, fue en el ejemplar de Avendaño2.
Muy devotos de Cervantes debieron de ser los mexicanos cuando, en el siglo xix dieron a la estampa nada menos que seis ediciones de la renombrada novela.
La primera se hizo en 1833, por la imprenta de don Mariano Arévalo: cinco volúmenes en octavo. Entiendo que fue edición pobrísima.
La segunda, que es a la que se refería Dávila Condemarín, salió a la luz en 1842, por la imprenta de don Ignacio Cumplido: dos volúmenes en octavo, con ciento veinticuatro láminas y el retrato del autor. Es una edición preciosa y muy solicitada por los bibliófilos.
En 1853 el impresor Blanquel publicó la tercera edición: dos tomos en cuarto.
La cuarta edición fue de cuatro volúmenes en dozavo, y se hizo en los años de1868 a 69 por la imprenta de la viuda de Segura.
En 1877, don Ireneo Paz, actualmente director y propietario del diario La Patria, dio a luz la quinta edición: cuatro volúmenes en cuarto. La novela apareció primero como folletín de aquel periódico, y fue esa la base para la edición económica en tomos.
Concluyó el siglo con la aparición, en 1900, de una lujosa edición en folio, con espléndidos grabados.
La única edición del Quijote impresa en Sudamérica es la que, conmemorando el tercer centenario, acaba de hacerse en La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, con muy erudito y concienzudo prólogo del bibliotecario don Luis Ricardo Fors. Dos volúmenes en cuarto, con reproducción del busto de Cervantes que se exhiben en uno de los salones de aquella biblioteca, y seis láminas coloreadas. La edición fue de mil quinientos ejemplares, y quedó agotada en menos de dos meses.
En las Antillas, a fines de 1905, en edición económica, se ha reimpreso, en La Habana, el Quijote por la tipografía del Diario de la Marina.
Parece que en España se ignora que en Tokio, y en 1896, se ha hecho una edición del Quijote traducido al japonés. Dígolo porque, según la interesante Iconografía publicada recientemente en Barcelona, los hechos y aventuras del hidalgo manchego sólo pueden encontrarse relatados en los idiomas siguientes: francés, inglés, alemán, italiano, portugués, catalán, ruso, polaco, holandés, húngaro, sueco, danés, finlandés, turco, griego, croato y servio. Cervantófilos muy competentes opinan que las modernas traducciones inglesas de Ormsby y de Wats son las más concienzudas y literariamente hechas.
Y pongo punto, pues sobre el Quijote no tengo más de curioso que apuntar.