El gran poeta y elocuentísimo orador José María Pemán, en hermosa carta enviada, como director de la Real Academia Española, a los miembros de las academias americanas, con motivo de la conmemoración del IV centenario del nacimiento de Cervantes, escribía:
Cervantes es una voz que todos los hombres han escuchado, y un noble espíritu que todos han comprendido, ya leyéndole en el idioma hispano, para veintidós naciones materno; ya gustando los libros de su casi divina fuerza creadora, a través de versiones innúmeras en la mayor parte de las lenguas conocidas.
Y lo escrito por Pemán es cierto: no hay escritor de renombre más mundial y perenne que Cervantes.
¿A qué obedece tan universal fama, aceptación tan extendida y duradera? ¿Qué mérito extraordinario hay en los escritos de Cervantes que pasan los siglos y «el tiempo reverencia y no consume»? El secreto de milagro semejante es su genio de novelista y prosador, que armonizara, en su pluma magnífica, la belleza y la profundidad; el estilo y la idea; la importancia de lo dicho y la elevada manera de decirlo.
Todo gran escritor es artista y filósofo a un tiempo mismo; y Cervantes lo fue: en sus novelas la forma es el ropaje del pensamiento. Que los grandes filósofos fueron notables escritores es cosa que la historia del pensar griego acredita y la de otras edades demuestra. Jenofanes, Parménides, Empedocles, expresaron la profundidad de sus doctrinas en verso; Platón es el excelso poeta que filosofa; Aristóteles, aunque científico y de gran severidad técnica en sus escritos, nos regala en su Moral párrafos rivales de los Caracteres, de Teofrasto y La Bruyère, y en la Retórica, describiendo las pasiones y las cuatro edades del hombre, se eleva a bellezas literarias notables. Y en tiempos posteriores, Epicteto, Marco Aurelio, Lucrecio, Cicerón y Séneca, ¿no son ejemplos de filósofos maestros en el arte del bien decir? Pareja cosa ocurre con modernos y contemporáneos: Montaigne, Pascal, Diderot, Voltaire, Rousseau, Bacon, Hume, Bergson, Guyeau, Nietzche, y en la España de hoy, Ortega y Gasset, escritor magnífico, verdadero señor de la forma.
Que los grandes literatos sean también filósofos es cosa probada. ¿Acaso Homero no encierra en sus poemas una moral y una teodicea? En los dramas de Esquilo y de Sófocles, se debaten los problemas del destino y de la necesidad. Por los poemas de Virgilio pasa el soplo naciente de un panteísmo lírico donde tiembla el sentimiento de la futura caridad cristiana. Horacio es un epicuro práctico, amante de la voluptuosidad más refinada, y Lucrecio «es el poeta del epicureísmo teórico». Es tal la hermandad del meditar y del decir que andaríamos en trances de apuro para dilucidar si el que escribió De rerum natura ha de ser considerado como filósofo o poeta. En las tragedias de Racine se analizan las leyes psicológicas de las pasiones humanas; el Hamlet,de Shakespeare, es una metafísica de la duda. ¿Y Gracián? ¿Y Santa Teresa de Jesús? ¿Y Fray Luis de León? ¿Y Calderón de la Barca? ¿Y Quevedo? Y decenas más de españoles ilustres, honra de la literatura castellana y del mundo, que forjaron la belleza de su estilo modelando el contenido filosófico de pensamientos profundos. Porque lo bello literario coincide con la potencia del meditar, y las ideas trascendentes no dejan de serlo por expresarse en términos armoniosos y acabados.
Cervantes es grande porque en sus obras brillan, en lucimiento único, la idea y el verbo, el pensar que adoctrina y el decir que embelesa, y su perfección en tal armonía de cualidades es logro excepcional en la historia de las literaturas.
Posibilidad de mérito tan alto en el escribir radica en lo extraordinario del genio de Cervantes, en cuya luz fulgen, en síntesis superior, la imaginación que fantasea y el juicio que razona. Otros novelistas fueron dotados de poder imaginativo muy grande, pero lo fingido y dispuesto de extraña manera por «la loca de la casa», entretiene, mas no conquista, cuando le falta el lastre persuasivo del pensar. Hubo, en cambio, otros escritores de lógica tan ceñida, que sus ideas, fueron cadena de silogismos perfectos; pero los tales, a fuer de profundos, resultaban áridos, sólo agradables a los amantes de lo abstracto por faltarles la atractiva amenidad de la fantasía. Aunar ambas cualidades es difícil, y ser, como Cervantes, fecundo en la imaginación y hondo en el razonamiento, es caso raro y pocas veces visto. El Quijote es obra de esas dos actividades psicológicas, al parecer opuestas, porque en el libro famoso las hazañas y aventuras del Ingenioso Hidalgo y de Sancho las urde la fantasía, pero las comenta la razón; que don Quijote es loco lúcido y Sancho Panza refranero atinado y sagaz.
Por reunir Cervantes, en poderoso consorcio, el fantasear y el razonar, dio solución justa al viejo y debatido problema de la intencionalidad fundamental del arte que, para ciertos estetas, ha de ser idealista, y para otros realista. La imaginación es poder combinatorio de elementos de lo real en forma nueva, y esto nuevo del intelecto es el ideal, construcción en imágenes que pugna por parecer realidad. La razón, sensatez de los superiores, es potencia que enjuicia todo contenido consciente y le instaura el proceso de su realidad, condenando al ostracismo lo imposible aunque llegue al espíritu por la senda objetiva de la percepción. Quien disfruta de la fantasía, creadora del ideal, y de la razón, juez de la realidad, revela en sus obras el equilibrio soberano de su mente, sin sacrificio de ninguno de ambos términos del ser. En su libro inmortal, Cervantes llega a tan excepcional acierto, expresando por boca del Quijote el ideal, y por la de Sancho, lo real, y así, su arte imperecedero es idealista y realista a la vez, en síntesis maravillosa no superada.
Mas no faltará quien diga: ¡Donoso concepto el de encarnar el ideal en la locura, en don Quijote: un enajenado sin vuelta de hoja! Obra de escepticismo es la de la coincidencia tan trágica que pone en los pupilos de la casa de orates, la idealidad. Mas esta, al parecer, falla grave de Cervantes, es uno de sus grandes aciertos, porque la experiencia nos muestra que el idealismo a ultranza, el idealismo puro, no encaja en la vida, que para ser fructífero y de provecho ha de tener en cuenta las exigencias de la realidad, las condiciones que a su desarrollo y logro impone el ambiente por superar. Y eso hace Cervantes en su obra: el idealismo fracasado del Quijote es la voz de alerta de la realidad ante los extremos de su rival y hermano, porque sin ambas direcciones vitales del ser no hay existencia verdadera.
La locura de don Quijote es de muy singular clase, porque reside, sólo, en la mala inteligencia de la percepción, dejándole el juicio incólume en todos los menesteres del razonar y del decir. Se habla de sus alucinaciones, mas yerran quienes tal cosa dicen, que jamás las tuvo, constriñéndose la anomalía de su sensorio, al estricto campo de la ilusión. Pudo en otros tiempos confundirse estados de mente semejantes; los avances de la Psiquiatría no lo permiten hoy. La alucinación es una percepción imaginada; la ilusión es una percepción inadecuada; la primera carece de toda realidad exterior; la segunda tiene su asiento en ella, pero su significado se tuerce porque asociaciones indebidas reemplazan a las normales, alterando la imagen que completan. Mientras la alucinación es francamente patológica, la ilusión es proceso de la mente que suele ocurrir en los cuerdos, por ser fruto de emotividades violentas y de ideas fijas que perturban la interpretación correcta de las presentaciones. De noche, las sombras de cortinas y muebles nos hacen, a menudo, ver fantasmas, porque el miedo es fecundo en ilusiones. Don Quijote transforma la visión de molinos en gigantes y la de Maritornes en princesas, no movido por el bajo instinto del temor, sino arrebatado por el noble fuego del ideal, por su vívido concepto del deber que todo buen caballero andante tiene, de enderezar entuertos, reparar injusticias y combatir en este mundo a malandrines y follones, para hacerlo digno de ser habitado por los hombres honestos, virtuosos y buenos.
Y en verdad que entre ambos extremos, el prosaico que ve fantasmas sugeridos por el miedo, y el idealista, que altera la percepción del mundo por tener los ojos transidos de ideal, me quedo con el último, que más acepto vivir en compañía de don Quijote iluso que de don Ruin y don Ladrón en sus cabales.
Mas no se den victoria de barato quienes juzgan demérito del Quijote el ser loco, regocijándose por sólo ello, que su querido Sancho, su mimado hombre práctico, tampoco anda muy en sus cabales. Dígalo si no su creencia en la ínsula Barataria, con que ha de obsequiarle el Caballero de la Triste Figura en premio a sus servicios escuderiles, y en donde será gobernador y dueño de riquezas, y colmado de honores, como sólo los grandes y los nobles suelen serlo.
A don Quijote le altera la visión del mundo el fuego de su ideal; mas ¿qué tuerce el intelecto de Sancho por sendas de tan inexplicable credulidad? Un zoológico anhelo común a los hombres prácticos: el incentivo del interés, arraigado instinto de animal de presa que es triunfo en lo económico cuando se afianza en la nuda realidad, y extravío risible cuando topa con el engaño a través del provecho. Porque la codicia es la locura de los cuerdos y el abismo por donde se despeña la sensatez del sentido común.
Y así Sancho el realista, el prosaico, el suspicaz, no es menos loco que su loco señor; que si el andante hidalgo trastrueca lo percibido por acomodarlo a su ideal, su palurdo escudero se ensimisma por la contemplación de cosas que no existen, movido por su avarienta avidez. A don Quijote, por superior, le flaquean los sentidos; a Sancho, por bajo, le falla el intelecto. ¿Acaso el alucinado por una ínsula imposible ha de mofarse del justiciero y valeroso porque sus ojos padecen ilusión?
Don Quijote es un ilusionado del ideal; por eso llega a risible, nunca a despreciable, que el idealista en derrota puede mover a risa, mas no inspira desdén. Es que su extravío es anhelar de valores humanos superiores; es sed de justicia, hambre de bien; altruismo generoso, honradez y caballerosidad. En este ilusionado divino todo es grande, hasta su pequeñez, y en cuanta ocasión pone por obra su denuedo, resalta la diferencia perceptible entre la forma de sus actos y su finalidad; cabe criticar la primera por su discrepancia con lo real, pero el móvil que inspira a don Quijote y arma su brazo y mueve su corazón es puro y elevado, y digno de reconocimiento y aplauso.
Tal la lección magnífica del Quijote: Sancho el prosaico ríe de los molinos de viento; no confunde a Maritornes con princesas, mas sirve al Caballero de la Triste Figura cual escudero fiel, porque el hombre práctico conoce la realidad, distingue lo imaginado de lo cierto; pero es inepto para extraer, de su propia entraña, el impulso anímico superior, el soplo divino que orea la frente de los elegidos, arrastra a ejecutar grandes cosas y transfigura a la humanidad. Esta potencia noble de la mente, chispa sagrada en la tierra, sólo fulgura en los Quijotes; los hombres prácticos lo saben; se burlan y ríen de los idealistas, y hasta les echan, a veces, la zancadilla de su viveza para explotarlos con engaño; pero en lo íntimo de su conciencia los reverencian y admiran como orientadores de la vida; y en los momentos culminantes de los pueblos, frente a crisis sociales, económicas y políticas, a lo largo de la historia, el asno de Sancho Panza sigue al rocinante del caballero, sumiso y obediente, como los hechos tangibles se encadenan a su ley.
Y así en el libro inmortal la enseñanza es manifiesta: el hombre verdadero ha de reunir en su psiquis las dos tendencias humanas: la soñadora y la práctica, que obra del fracaso y daño es disociar en nuestro yo el Quijote del Sancho, permitiendo el predominio de sólo uno en desmedro del conjunto. Si la existencia puramente idealista es imposible, la prosaica y puramente utilitaria es mezquina y baja. Ideales desorbitados sin contacto con lo real carecen de efectividad; mas si los instintos groseros y egoístas de nuestro ser no los purifican los ideales nobles y bellos, el hombre desciende a la animalidad. Nuestros actos han de inspirarse, y tener por término, la justicia, la belleza, el bien y la verdad, valores supremos de la vida, sin echar en olvido que no hemos de cegar hasta el punto de no percibir el mundo externo. Embellecimiento de lo que es, por el ideal; contrapeso de la idealidad a ultranza, por la realidad: tal es la lección del Quijote.
En el libro famoso, a semejante hondura de doctrina se aúna la belleza de la expresión y el signo supremo del literato cumbre: la potencia creadora de personajes. Son grandes escritores los que fijan tipos eternos más reales que los seres vivientes. Por eso es grande Homero, por su Aquiles y su Ulises; por eso es grande Shakespeare, por su Hamlet y su Otelo; por eso es grande Cervantes, por su Quijote y su Sancho. Pero Homero y Shakespeare, y cuantos ingenios parecidos forjaron tipos de sempiterna recordación, les dieron vida en obras distintas, separados en el tiempo, actuando en lugares y momentos diferentes, cual fragmentos parciales de una verdad incompleta. Sólo Cervantes supo juntarlos y ofrecer en la misma novela los dos personajes supremos, conviviendo en la duración y en el espacio; encadenados en peripecias coexistentes; formando, por su simultaneidad permanente, el hombre total.
Personajes como el Quijote y Sancho, hijos de la sapiencia de un genio, son modelos eternos que, a modo de arquetipos platónicos, dan vida y significado a lo real. Y así como para el filósofo griego las cosas materiales sólo existen en cuanto participan de su idea, y la dialéctica posibilita la realidad, de modo parejo, los personajes de los grandes escritores dan vida y trascendencia a los hombres que sólo son en cuanto coinciden con los modelos a los que se semejan. De un idealista extremo, soñador de imposibles, decimos es un Quijote, y de su reverso, el prosaico apegado a la utilidad, afirmamos es un Sancho Panza. Y esta denominación clasificadora, taxonomía de almas, da el contenido y crea la índole de quienes caen en su dominio definidor, por que tales gentes sólo existen en cuanto participan de la idea Quijote o de la idea Sancho, dimanando su ser actuante, su importancia humana, del arquetipo creado por el escritor, como el individuo zoológico sólo es en cuanto encarna la idea de su especie, siendo en sí mismo mero accidente efímero de la materia mortal. Portento del genio cuyos frutos gozan de perennidad cual entes supremos a cuyas plantas se suceden las generaciones transitorias sobre la redondez de la tierra.
Profundo en el pensar; magnífico en el decir; insuperable en la creación de personajes, símbolos de la humanidad: el autor del Quijote perdura en el tiempo inmortal. Hay estrellas tan lejanas que desaparecen, pero cuya luz continúa iluminando el mundo, que lo prolongado de su viaje es tanto que antes terminará la tierra que acaben esas estrellas de lucir. A semejanza de tales astros, los escritores como Cervantes sólo pierden con la muerte el cuerpo mortal, pero el resplandor de su genio prosigue refulgiendo para siempre con destello a lo largo de la Historia, triunfador del olvido y dueño del porvenir.