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El «Quijote» en América

El Perú en Cervantes

Por Aurelio Miró Quesada*

XI

La Primera parte del Quijote. Una mención del Perú. Los primeros Quijotes en Lima

Entre tanto, acosado por las dificultades económicas, mordido por las molestias de su penosa función de alcabalero, con sinsabores familiares, y descuidadamente embrollado algunas veces por las cuentas propias y las culpas ajenas, Cervantes fue dando cima a su obra maestra: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Por breves ocasiones tuvo hasta que dar consigo en la prisión: en Castro del Río, en Sevilla, y al parecer también en Argamasilla de Alba, donde la tradición señala el lugar en que se dice se inició la redacción del Quijote, engendrado según la frase de Cervantes en una cárcel «donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación». «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...», comienza el libro inmortal; y se ha pensado que la razón por la que quería hundir en el olvido el nombre de Argamasilla era por haber padecido allí una corta e injusta detención.

En todo caso, cierta o equivocada esta simple noticia episódica, lo que tiene importancia para la historia de la cultura universal es que, al comenzar el siglo xvii, se aprestó a discurrir por el mundo de los vivos, deshaciendo agravios y enderezando entuertos, el ilustre hidalgo de la Mancha. Por los campos de España empezó a trotar, en su flaco y cansado Rocinante, el caballero don Quijote que, imaginado en un instante como una simple y burlesca parodia de los desaforados héroes de las novelas de caballerías, se convirtió al cabo, por obra del genio de Cervantes, en uno de los más altos y sublimes ejemplos del humano idealismo. Al principio, don Quijote anduvo solo por el mundo. Pero desde el capítulo 7 de la Primera parte, Cervantes lo hizo acompañar por quien iba a ser al mismo tiempo su contraposición y su profundo y cabal complemento: el escudero Sancho Panza. Creado en las primeras páginas para presentar en forma reiterada la disociación de los dos polos esenciales del hombre: el idealismo y el realismo, al fin el escudero se va acercando a su señor, para completar en la Segunda parte la lección esencial de la novela: que el hombre es un conjunto de idealismo y realismo, de alma y de cuerpo, de impulso abstracto y sentido concreto; y que el mejor ejemplar del hombre es aquel que, como don Quijote, está siempre pronto a lanzarse a lo alto, pero, como Sancho Panza, sabe también hundir resueltamente su raíz en la tierra.

El Perú en Don Quijote

Por las palabras del caballero y del escudero, y por los episodios que van sucediéndose en su andanza, asoma algunas veces la presencia de América, y sólo en una ocasión el nombre preciso del Perú. Es, desde luego, un aspecto débil y simplemente de sabor anecdótico, en obra de tan profundas dimensiones humanas. Pero bien vale la pena recordarlo, aunque no sea sino por la satisfacción de sabernos mencionados en la inmortal novela, la más alta expresión de las letras en lengua castellana y la forja mayor de caracteres en la literatura universal.

La primera referencia a un tema directamente vinculado a la poesía y a la historia de esta parte de América del Sur, es el elogio de La Araucana de Alonso de Ercilla, el insigne poeta a quien ya Cervantes había alabado en una de las primeras octavas del «Canto de Calíope» de La Galatea. En el donoso escrutinio de los libros que poseía don Quijote, La Araucana es uno de los pocos que se salva de caer en la hoguera. Separándolo con justicia de las obras que hicieron perder el seso al caballero, y asociándolo al Monserrate de Cristóbal de Virués, Cervantes dice, por labios del Cura, que ambos poemas son «los mejores que en verso heroyco en lengua castellana están escritos».

Las alusiones concretas a América, en la Primera parte del Quijote, versan sólo, en verdad, sobre tres o cuatro temas. Uno de ellos es la simple comprobación del Continente como una de las cuatro partes en que entonces se consideraba dividido el mundo (capítulo 48, al referirse, en tono crítico, a las nuevas comedias). Otro es la riqueza de las Indias, o América, que encandilaba en España a los parientes de los indianos enriquecidos; como en aquella escena (capítulo 29) en que el Cura afirma que Maese Nicolás, el barbero, va a Sevilla, a cobrar no menos de 60 000 pesos ensayados que le envían. Otro tema, ya no agradable sino ingrato, es la trata de negros, que se insinúa en el capítulo 29, y que consuela a Sancho, después de su desazón al enterarse de que la supuesta princesa Micomicona es de la tierra negra del gran Reino Micomicón de Etiopía. Y, con mayores resonancias en la imaginación y en la aventura, el cuarto y final tema es el paso a las Indias, con esperanzas e ilusiones.

Unas veces, el viaje a América tiene el respaldo seguro de algún cargo u oficio. Se iba alejando ya la época de las bravas conquistas, y en los estabilizados Virreinatos del Nuevo Mundo se necesitaban, más que guerreros, funcionarios; como aquel caballero del capítulo 8, esposo de una señora vizcaína; o como el Licenciado Juan Pérez de Viedma, del capítulo 42, que se dirige a México como Oidor de su Audiencia, y que parte en la flota que va de Sevilla a Nueva España. Pero lo más frecuente no es ir con un cargo tan seguro, sino con la apasionante inseguridad de lo inesperado y del azar. Así ocurre con uno de los tres hermanos que se mencionan en la historia del cautivo (capítulo 39). Uno sigue la carrera de las armas; otro ingresa en la Iglesia, para lo que va a estudiar en Salamanca; y el tercero escoge ir a las Indias.

No se cuenta allí más; pero tres capítulos más tarde se aclara que a donde se dirigió en realidad fue al Perú, y que llegó a ser aquí muy rico; lo que constituye la única y dorada referencia directa a nuestra patria en la egregia novela cervantina.

El envío de Quijotes a América

El éxito de Don Quijote de la Mancha fue verdaderamente extraordinario desde el primer instante. Aparecido por primera vez al comenzar el año 1605 en las prensas madrileñas de Juan de la Cuesta, y a cargo del librero Francisco de Robles, la demanda del público obligó a que en el mismo año se efectuaran otras ediciones. Así, también en 1605, volvió a ser impresa la novela: en Lisboa, por Jorge Rodríguez; en Madrid, por Juan de la Cuesta (con privilegio no sólo para Castilla, sino para Aragón y Portugal); nuevamente en Lisboa, por Pedro Craesbeeck (el mismo impresor de La Florida y la primera parte de los Comentarios reales del Inca Garcilaso); y en Valencia, por Pedro Patricio Mey.

Buen número de ejemplares de esas primeras ediciones se embarcó para América. Fuera de los que se enviaron a Nueva España, queda por lo menos la prueba documental de cuatro lotes que se despacharon de Sevilla a Tierra Firme, para de allí cruzar el Istmo y seguir su navegación hasta el Perú. El muy ilustre cervantista don Francisco Rodríguez Marín dio a conocer, en dos apasionantes conferencias, varios registros del año 1605, que halló en el Archivo de Indias, y que dieron base a su opinión de que la mayor parte de la edición prínceps del Quijote no se quedó en España sino fue despachada al Nuevo Mundo.

Así, el 25 de febrero de 1605 —o sea sólo unas semanas después de la aparición de Don Quijote—, Pedro González Refolio presentó a la Inquisición, para su examen, cuatro cajas de libros, en una de las cuales iban 5 ejemplares de la inmortal novela; cajas que, por lo demás, se registraron en el navío «San Pedro y Nuestra Señora del Rosario», de la flota de Tierra Firme en la que iba por general don Francisco del Corral y Toledo. El 26 de marzo, el mercader de libros Juan de Sarriá, vecino de Alcalá de Henares (la ciudad natal de Cervantes), presentó a la Inquisición, para que se le permitiera embarcarlos en la misma flota, un numeroso lote de cajones de libros que debían ser entregados en Portobelo; entre los cuales figuraban 66 ejemplares del Quijote. En el siguiente mes de abril, consta que se embarcaron 13 ejemplares más.

El propio Rodríguez Marín agrega nuevos datos de este primer envío. La flota de Tierra Firme salió de Sevilla el 15 de mayo, se detuvo durante el mes de junio en las Canarias, donde fue necesario alijar una de las naves, llamada «Espíritu Santo», porque iba haciendo agua, y debió haber llegado a su destino hacia el mes de noviembre; casi al mismo tiempo que llegaba a San Juan de Ulúa la flota de Nueva España, que se había hecho a la vela llevando por general a Alonso de Chaves Galindo. Otro atrayente documento, publicado y analizado por el distinguido profesor norteamericano Irving A. Leonard, aclara por completo el recorrido posterior de los ejemplares del Quijote que llegaron a Portobelo, en Tierra Firme. Por lo menos, las 61 cajas de libros enviadas por Juan de Sarriá, se sabe que fueron recibidas allí por su hijo, Juan de Sarriá, el Mozo; quien entregó ocho cajas a Gregorio Hernández de la Puerta en Panamá, y tuvo que vender otras ocho, en el camino, para pagar los fletes y otros gastos. Embarcadas de nuevo, en el Pacífico, las 45 cajas restantes, llegaron al Callao y pasaron a Lima, donde las recibió el librero Miguel Méndez, socio de Juan de Sarriá, quien puso los libros a la venta en su casa de la calle de las Mantas, fijando en 24 reales el precio de cada Don Quijote.

¿Quién sería el primer lector del Quijote en el Perú? Don Ricardo Palma, en una de sus siempre lozanas Tradiciones, señala un camino diferente. Dice que a finales de 1605 llegó al Callao el galeón de Acapulco en el que vino de obsequio para el virrey del Perú, don Gaspar de Zúñiga Acevedo, conde de Monterrey, un ejemplar de Don Quijote que le enviaban de México. Como el virrey se hallaba enfermo, dio el libro, para que se recrease en su lectura, a uno de sus eminentes visitantes: el dominico fray Diego de Hojeda, autor de La Cristiada, quien lo colocó luego en la biblioteca del convento donde, en el siglo pasado, lo leyó y consultó el cervantista, José Dávila Condemarín. Sería ese, según Palma, el primer ejemplar venido a Lima; a lo que añade que el más ilustre fue el que llegó poco después, dedicado por el propio Cervantes a su amigo Juan de Avendaño, y que, perteneciente muchos años más tarde a la marquesa de Casa Calderón, pasó a poder de don Agustín García, quien se lo dio a leer al propio tradicionista.

¿Qué autenticidad tendrán estas dos últimas e intrigantes noticias? Los documentos publicados por Rodríguez Marín prueban que no fue posible que llegara un Quijote de Acapulco a fines de 1605; desde que los primeros ejemplares sólo estuvieron en San Juan de Ulúa (o sea al otro extremo del territorio mexicano) por el mes de noviembre. Pero basta la atrayente referencia de Palma para recordarla en estas líneas; añadiéndole, por todo comentario, una frase expresiva, que podría decirse parodiada de su estilo sabroso y refranero: «como me lo contaron, te lo cuento».

XII

El envío de Quijotes al Cuzco. La fiesta de Pausa. La popularidad de don Quijote en el Perú.

El propio Irving Leonard, en su importante aunque breve información sobre el mercado de libros en el Cuzco («Onthe Cuzco booktrade, 1606»), ha aclarado una etapa más de las que recorrieron en su viaje los libros que, enviados por Juan de Sarriá desde España, llegaron a Portobelo, cruzaron el istmo de Panamá, reemprendieron la navegación por el Pacífico y, luego de detenerse en el Callao, fueron vendidos en Lima en la librería de Miguel Méndez.

Los Quijotes que fueron al Cuzco

Esa nueva etapa la constituye el despacho de un lote de tales libros hacia las altas sierras del Perú. Por dos escrituras firmadas en Lima el 6 de junio de 1606, ante el escribano Francisco Dávila, el mozo Juan de Sarriá recibió de Miguel Méndez alrededor de 500 volúmenes, de los que él mismo le acababa de traer de Portobelo. En la primera de las escrituras, se comprometía a entregar todo lo que percibiera a la compañía formada por su padre y por Méndez. En la segunda, en cambio, se indicaban los 82 libros que podía vender en el Cuzco y sus alrededores por cuenta de la misma compañía, pero con la autorización de guardar para sí la mitad de las ganancias. Al lado del detallado nombre de los libros se consignó su precio; unas veces en reales, pero más a menudo en patacones.

En la primera y más nutrida de aquellas dos listas figuran 9 ejemplares de Don Quixote de la Mancha, que se pondrían a la venta al precio de 4 patacones. (Es decir, 32 reales; o sea 8 reales más del precio de los Quijotes vendidos en Lima). Y, como acompañando al hidalgo manchego, partió también en ese lote, hacia la tradicional ciudad del Cuzco, otro heroico aunque desmesurado caballero: Don Policisne de Boecia: de cuyo relato, escrito por Juan de Silva y de Toledo, se llevaba a vender un único ejemplar al precio de 2 patacones.

La fiesta de Pausa

La noticia de estos primeros ejemplares del Quijote que llegaron al Cuzco, y en general a la sierra peruana, tiene además un interés particular porque se enlaza con la sorprendente información, dada a conocer por don Francisco Rodríguez Marín, sobre la vistosa fiesta llevada a cabo en Pausa, comprensión de Parinacochas (actual Departamento de Ayacucho), el año de 1607.

La entusiasta fiesta se efectuó, celebrando la nueva de la provisión del alto cargo de virrey del Perú en la persona del ilustre caballero y pulido poeta don Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros. Como los títulos de éste sólo se despacharon el 22 de noviembre de 1606, Rodríguez Marín calcula, teniendo en cuenta la demora en llegar la noticia a Lima y luego su paso posterior hasta Pausa, que la solemne actuación ha de haberse realizado a fines de 1607. Por los datos que, en la relación que la describe, hablan de flores y de pámpanos, se ha llegado a fijar la fecha en los meses de octubre o noviembre; y así lo ha hecho un joven escritor de Parinacochas, Luis Curie Gallegos, en un artículo aparecido hace poco en El Comercio sobre este mismo tema.

Según el documento publicado por Rodríguez Marín, el mantenedor de la remota fiesta fue el corregidor Pedro de Salamanca. Para darle aún mayor realce, asistieron a ella, especialmente, el corregidor de Condesuyos, Pedro de Peralta Cabeza de Vaca, su hermana María, su cuñado Juan de Larrea Zurbano, y las hijas de éstos: Ana, Mariana y Clara. Iniciando la fiesta en parte ceremoniosa, pero también en parte bullanguera, apareció el mantenedor, engalanado con el título de Caballero de la Ardiente Espada, y vistiendo un rico traje negro y oro, con gorra de mucha plumería, y silla bordada en perlas sobre el caballo bayo. Desfilaron luego, entre el aplauso del público asistente, el fuerte Bradaleón; el carro de los aventureros, con el Tahúr, la Pobreza, la Ira, el Enojo, el Engaño, el Perulero, la Blasfemia, el Demonio, la Codicia y el Interés; el Caballero Antártico, vestido de inca, y seguido por indias que lo acompañaban con cantos y con danzas; el Caballero de la Selva; el Caballero Venturoso; el Dudado Furibundo. Y superando a todos, por la atracción y la ironía, el ingenioso hidalgo don Quijote.

A esta hora —expresa el extraordinario documento que vale la pena citar literalmente, aunque modernizando su ortografía—, asomó por la plaza el Caballero de la Triste Figura, don Quijote de la Mancha, tan al natural y propio de como le pintan en su libro, que dio grandísimo gusto verle. Venía caballero en un caballo flaco muy parecido a su Rocinante, con unas calcitas del año de uno, y una cota muy mohosa, morrión con mucha plumería de gallos, cuello del dozavo, y máscara muy al propósito de lo que representaba. Acompañábanle el cura y el barbero con los trajes propios de escudero e infanta Micomicona que su crónica cuenta, y su leal escudero Sancho Panza, graciosamente vestido, caballero en su asno albardado y con sus alforjas bien proveídas y el yelmo de Mambrino, llevándole la lanza... Y presentándose en la tela con extraña risa de los que miraban, dio su letra que decía:

Soy el audaz Don Quixo–,
y magüer que desgracia– ,
fuerte, bravo y arrisca–.

Por cierto que luego, Sancho Panza, para incrementar el regocijo, «echó unas coplas de primor, que por tocar en verdes no se refieren». El premio de la invención más ingeniosa lo obtuvo, como era fácil y justo suponer, el Caballero de la Triste Figura, por la propiedad en presentarse «y la risa que en todos causó verle». Y caracoleando su caballo se retiró don Quijote de la Mancha, entre los aplausos redoblados del público, luciendo en la mano diestra —para entregarlo luego a Sancho— el premio consistente en cuatro varas de raso morado.

Es así sólo risa lo que despertó el caballero don Quijote en su primera aparición pública por la tierra peruana. Así ocurrió también en sus campos manchegos, hasta que el idealismo de su impulso, su ilusión siempre mantenida, la profundidad de sus razones y su cabal sentido humano, hicieron cambiar las simples burlas por la emoción rendida con que, a través de los años y los siglos, lo sigue admirando todo el mundo. Pero en una u otra forma, el simple hecho de haber salido por las calles, en 1607, un personaje que encarnaba a don Quijote y otro que representaba a Sancho Panza, indica que la genial obra de Cervantes se había difundido de tal modo, y tan rápidamente, en el Perú, que no sólo atraía al lector culto, sino despertaba el fervor y el aplauso populares, aun en un lugar tan apartado como el andino distrito de Pausa.

XV

 La Segunda parte del Quijote. Las cartas de Sancho Panza y de Vaca de Castro. Últimos días de Cervantes

Alrededor de un mes después de haber salido de las prensas las ocho comedias y los ocho entremeses cervantinos, apareció —en los mismos moldes de Juan de la Cuesta que había impreso la Primera parte— la Segunda parte de El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha, que en el nuevo título figura como «El ingenioso caballero». La obra estaba anunciada, concretamente, desde el prólogo de las Novelas ejemplares (1613), donde Cervantes dice al lector; «primero verás y con brevedad dilatadas, las hazañas de don Quixote y donayres de Sancho Panza». Pero se cree que fue el ingrato incidente de la publicación de una Segunda parte apócrifa, aparecida en Tarragona, en 1614, bajo el nombre o seudónimo del Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, lo que estimuló a Cervantes a concluir la obra que tenía empezada, y que de otro modo hubiera corrido el peligro de perderse, como la anunciada, y nunca concluida, continuación de La Galatea.

Los críticos conceptúan que la Segunda parte apócrifa, antecedida de un prólogo ofensivo, llegó a las manos de Cervantes cuando se hallaba redactando el capítulo 59 de su obra. En efecto, allí reacciona con justificada y dura cólera contra quien no sólo había querido arrebatarle el fruto preclaro de su ingenio, sino lo había herido llamándolo viejo, malhumorado, manco y pobre. Con menos intensidad, y más serena y apacible nobleza, le respondió además Cervantes en el prólogo de la Segunda parte verdadera; diciendo que, si era viejo, es menester tener en cuenta que no se escribe con las canas sino con el entendimiento; y que si había perdido el uso de una mano, su herida la había recibido en la gloriosa batalla de Lepanto, «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros».

En todo caso, si es cierto —como parece presumible— que la obra de Avellaneda contribuyó a que Cervantes se empeñara en la terminación de la Segunda parte del Quijote, no habría que reprocharle, sino que agradecerle, al incorrecto autor desconocido, por haber permitido que en diciembre de 1615 saliera a correr de nuevo el mundo, y a completar sus hazañas y su vida, el auténtico hidalgo de la Mancha.

Referencias en la Segunda parte

Son pocas las referencias directas a América que se puede tener el agrado, y hasta la vanidad local muy explicable, de descubrir en la Segunda parte. El principal tema en tal sentido es, desde luego, el de la riqueza de las Indias; que se materializa, sobre todo, en el cerro legendario de Potosí. Cuando Sancho se ofrece a darse azotes, por ejemplo, para desencantar a Dulcinea, don Quijote habla de pagarle, pero aclara: «lo que merece la grandeza y calidad de este remedio, el tesoro de Venecia, las minas del Potosí, fueran poco para pagarte».

Potosí vuelve a ser mencionado —aunque ya no aludiendo a su riqueza sino a su lejanía— al elogiar al Clavileño, que llevaba en grandes viajes a Malambrún por todo el mundo, «que hoy está aquí, y mañana en Francia y otro día en Potosí» (cap. 40). Con referencia a los peregrinos que iban a visitar los santuarios de España, se alude también a las Indias en el capítulo 54. Y ya no con relación a las Indias, sino a los indígenas de América, Sancho expresa en el capítulo 35 que está tan lejos de su voluntad darse de azotes «como de volverme cacique».

El nombre del Perú no se menciona directamente en esta obra. En cambio, hay una referencia a México en el capítulo 10, cuando Sancho ve venir a Dulcinea cabalgando, y afirma «que puede enseñar a subir a la jineta al más diestro cordobés o mexicano». También se menciona al conquistador del Imperio de México, el «cortesísimo» Hernán Cortés, diciéndose en el capítulo 8 que el afán de la fama le hizo quemar sus naves en el Nuevo Mundo.

La carta de Sancho Panza

Pero si el nombre del Perú no aparece en forma explícita, Raúl Porras Barrenechea ha creído encontrar el eco risueño e intrigante de un episodio de la historia peruana, en la Segunda parte del Quijote. Se trata de la carta de Sancho Panza a su mujer, incluida en el capítulo 36, en la que Raúl Porras percibe una curiosa y burlona influencia de la epístola enviada por el gobernador del Perú Cristóbal Vaca de Castro, a su mujer, el 28 de noviembre de 1542, y desde el Cuzco, después de la derrota y la muerte de Almagro el Mozo. Nuestro distinguido investigador cree que Cervantes pudo recoger en Valladolid la tradición de la sabrosa carta, en la que el «letrado vestido en arnés» como lo llamó el viejo poema se presenta como un cuidadoso padre de familia. Es cierto que habían transcurrido muchos años; pero también lo es que el recuerdo de Vaca de Castro no se había perdido en la ciudad, donde siguió residiendo su familia, y que, más aún, se reactualizó en 1614 cuando un hijo del antiguo gobernador, don Pedro de Quiñones y Vaca de Castro, arzobispo de Granada, hizo trasladar al convento del Sacro Monte granadino los restos de su padre, que habían sido enterrados en el convento de Santa Isabel Francisca de Valladolid. Fue precisamente en ese mismo año de 1614 cuando Sancho Panza, gobernador no del lejano y dorado Perú sino de la imaginada ínsula Barataria, escribió, el 20 de julio, la mencionada carta a su mujer Teresa Panza.

El mismo introito a la carta —dice Porras— trae ya una reminiscencia no apuntada del Perú. Pregunta la Duquesa a Sancho si él escribió la carta y éste responde: «Ni por pienso, porque yo no sé leer ni escribir, puesto que sé firmar». Este gobernador que no sabe leer ni escribir, pero que se jacta de saber firmar, es una evocación risueña e irónica de Pizarro, el conquistador del Perú.

Y cotejando ambas epístolas, agrega:

En la carta de 1542, Vaca de Castro cuenta a su mujer los trabajos pasados en la pacificación del Perú y derrota de los almagristas, y dice que si Pizarro ganó el reino de los indios y obtuvo un marquesado, aquello fue ganarlo de ovejas, en tanto que él lo ha ganado de españoles, por lo que será poco todo lo que pida. Sancho dice a su mujer: «Si buen gobierno me tengo, buenos azotes me cuesta». El Licenciado Vaca encarga a su mujer que gestione algunas mercedes y le aconseja: «y cuando vuesa merced oviere de yr a casa de alguno de los que he dicho, yd honrradamente en vuestra buena mula y bien acompañada y escudero y capellán viejo y honrrado y con mozos y pajes». Cervantes transcribe regocijadamente el modelo. Sancho también aconseja a su mujer que se presente con el rango consecuente a la mujer de un Gobernador: «Has de saber, Teresa, que tengo determinado que andes en coche, que es lo que hace al caso; porque todo otro andar es a gatas». Vaca envía a su mujer 5000 escudos y ordena dar a su hija Catalina una dote para su casamiento. Sancho anuncia a Teresa que pocos días adelante partirá al Gobierno, «adonde voy con grandísimo deseo de hacer dinero», y habla del envío de una maleta con 100 escudos y un vestido verde cazador para que haga una saya a su hija Sanchica. Vaca aconseja, por último, mucho secreto sobre sus encargos: «Lo recibays muy en secreto y aun los de casa no lo sepan y lo tengays secreto fuera de casa». Sancho dice lo mismo a su locuaz compañera: «No dirás de esto nada a nadie, porque pon lo tuyo en concejo, y unos dirán que es blanco y otros que es negro».

Los últimos días de Cervantes

La Segunda parte del Quijote fue el último libro de Cervantes que se imprimió mientras él vivía. Sin embargo, en sus años postreros preparaba simultáneamente varios libros, como queriendo recuperar, en forma urgente, el tiempo que los azares y las circunstancias de la vida no le habían permitido aprovechar como él deseaba. A los 38 años había publicado su primera obra, la novela pastoril La Galatea, y a los 58 la primera parte del Quijote; pero en los últimos años, como queriendo dar rápida forma literaria al mundo interior que en él bullía, había dado a las prensas: las Novelas ejemplares en 1613, el Viaje del Parnaso en 1614, las Ocho comedias y ocho entremeses y la Segunda parte del Quijote en 1615, y aún preparaba la Segunda parte de La Galatea, Las semanas del jardín, El famoso Bernardo, la obra teatral El engaño a los ojos y Los trabajos de Persiles y Sigismunda.

De todas estas obras, sólo alcanzó a entregar a los moldes el Persiles, que, por desgracia, no llegó a ver impreso. Al comenzar el mes de abril de 1616 las hondas dolencias que padecía se agravaron. Consta que el día 2 profesó en la Orden tercera de San Francisco; y la fatal enfermedad arreció de tal modo, que el 18 recibió la extremaunción, y el día siguiente, 19, redactó la patética dedicatoria a su protector el conde de Lemos, que es el último escrito salido de la pluma de Cervantes:

Aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan:

Puesto ya el pie en el estribo, 

quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras la puedo comenzar, diciendo:

Puesto ya el pie en el estribo,
con las ansias de la muerte,
gran señor, ésta te escribo.

Ayer me dieron la Extremaunción, y hoy escribo esta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan...

La extremada debilidad no le permitía ya hacerse ilusiones, aunque parece que acariciaba todavía un impreciso y remoto optimismo. «Si a dicha, por ventura mía, que ya no sería ventura sino milagro, me diese el cielo vida», escribe en esa misma impresionante dedicatoria. Pero sus días estaban contados; su extraordinaria misión en la vida se había cumplido con gloria brillante y resonante; y Miguel de Cervantes Saavedra cerró definitivamente los ojos en Madrid, en su modesta casa de la calle del León, el día 23 de abril de 1616, a los 68 años y medio de edad.

XVII

Cervantes y el Inca Garcilaso. Dos muertes paralelas. La resonancia de Cervantes

¿Conocería Cervantes, personalmente, al ilustre cuzqueño?, me preguntaba yo en 1939, al analizar las relaciones entre el Persiles y los Comentarios reales, con ocasión del cuarto centenario del nacimiento del Inca Garcilaso.

En realidad, no hay indicio documental que nos permita suponer una verdadera relación de amistad entre ambos, o por lo menos un encuentro fortuito. El Inca Garcilaso vivió en Córdoba, casi ininterrumpidamente, desde diciembre de 1591; y antes de esa época es poco probable que Cervantes lo hubiera conocido, ya que la iniciación literaria del cuzqueño arranca del año anterior, cuando publicó su primera obra, la traducción de los Diálogos de Amor de León Hebreo. Sin embargo, comparando algunos episodios de sus vidas, cabría la posibilidad de que se hubieran visto —si no en Sevilla, donde es difícil que coincidan las fechas de sus viajes— en Granada, en 1594; ciudad a la que iba por entonces Garcilaso, y a la que Cervantes fue enviado en comisión el 23 de agosto de tal año.

En todo caso, al tener en sus manos los Comentarios reales, Cervantes ha de haberse sentido atraído hacia su autor, por una evidente simpatía al nombre prestante que llevaba. En muchos pasajes de su obra, Cervantes se había declarado de un hondo y filial garcilasismo. Garcilaso de la Vega, el toledano, señor en las armas y en las letras, era quien había incorporado al verso sonoro de Castilla la musicalidad y la tersura de los poetas italianos. Lo que él hizo en el verso, Cervantes había pretendido en su primera obra, La Galatea; realizarlo en la prosa. En el Persiles, habla luego de «las famosas obras del jamás alabado, como se debe, poeta Garcilaso»; se refiere a la publicación de ellas; cita al pastor Salicio, de la Égloga 1 (pág. 3. VIII). En dos ocasiones parafrasea el soneto X del toledano: «¡Oh, dulces prendas, por mi mal halladas!», cambiándolo una vez en «¡Oh prenda, que no sé si diga por mi bien o por mi mal hallada!» (pág. 1. IV); y otra en: «¡Oh ricas prendas por mi bien halladas, dulces y alegres en este y en otro cualquier tiempo!» (pág. 2. XVI). No es extraño, por tanto, que el nombre del Inca Garcilaso se hubiera visto así favorecido por la simpatía de tal modo prodigada a su homónimo.

Además, existía otro motivo para que Cervantes recibiera las obras del cuzqueño con un interés muy especial. Ganado por el neoplatonismo y las teorías estéticas espiritualistas del Renacimiento, había incluido en su Galatea las doctrinas sobre el amor y la hermosura, expuestas por Judáh Abarbanel o León Hebreo. La edición que él había leído era italiana; pues veinte años más tarde, en 1605, escribía en el Prólogo de la Primera parte del Quijote: «Si tratáredes de amores, con dos onzas que sepáis de la lengua toscana, toparéis con León Hebreo que os hincha las medidas».

Pues bien, el Inca Garcilaso había ya vertido en 1590, del toscano a la lengua de Castilla, los Diálogos de Amor del neoplatónico judío. Es verdad que antes se habían publicado otras dos traducciones españolas del mismo libro: la de Guedella Yahia, dada a luz en Venecia en 1568, y la de Micer Carlos Montesa, impresa en Zaragoza en 1582; pero no sólo tampoco habían sido leídas por Cervantes, sino cedieron pronto el campo, totalmente vencidas por la mayor pureza y el terso estilo literario de la pulcra versión de Garcilaso.

¿No sería posible que alguien hubiera enviado a Cervantes la «traducción del Yndio», para demostrarle, tanto una afinidad de gustos y lecturas, cuanto que no era necesario «andarse por tierras extrañas» y aprender las dos onzas del toscano, para conocer a León Hebreo?

¡Extrañas circunstancias estas que hacen imaginar, a través de los siglos, una vinculación esencial de dos ingenios que tal vez nunca se encontraron en vida! Por lo demás, hurgando en sus datos biográficos no sería difícil encontrar algunas curiosas coincidencias. Ambos escritores combatieron bajo las órdenes de don Juan de Austria, recibiendo de él mismo cartas elogiosas de recomendación para Felipe II: Cervantes después de la batalla de Lepanto y el Inca Garcilaso por su actuación en la campaña contra los moriscos de las Alpujarras, en Granada. Ambos dejaron correr algunos años entre la publicación de los dos volúmenes de la más importante de sus obras; (diez años separan las dos partes del Quijote y ocho los Comentarios reales de su continuación, la llamada Historia General del Perú). Los dos también dejaron una obra que sólo llegó a editarse después de su muerte: Cervantes Los trabajos de Persiles y Sigismunda, y el Inca Garcilaso la Segunda parte de los Comentarios reales.

Pero lo más hondo y más extraño es que si se acercan en estas escenas de su vida vienen a emparentarse por completo en la muerte. Cervantes murió en Madrid el 23 de abril de 1616. Casi al mismo momento fallecía en la ciudad española de Córdoba, en una casa de la calle del Deán, el Inca Garcilaso de la Vega; el 22 de abril de 1616, según la lápida colocada en su capilla de las Animas del Purgatorio, de la morisca Catedral cordobesa; el 23 de abril, según el inventario de sus bienes; o el 24, de acuerdo con su partida de defunción.

Y así, con sólo diferencia de unas horas, dejaban el mundo de los vivos para instalarse eternamente en los amplios dominios de la gloria, Miguel de Cervantes Saavedra, el nombre más señero de la literatura española, y el Inca Garcilaso de la Vega, la figura más alta y más representativa de la literatura del Perú.

La resonancia de Cervantes

Con tan emocionado y expresivo recuerdo puedo dar término a estos breves apuntes. Por el escenario cervantino han desfilado en estos artículos, indianos, peruleros, poetas criollos, riquezas de Potosí, personajes de Lima, frutas, viajes, caciques, papagayos. Es sólo un aspecto secundario, un esmalte liviano y episódico, pero que tiene para nosotros el interés singularísimo de saber que quedamos reflejados en páginas ilustres que, por ser de Cervantes, ocuparán siempre un lugar de preeminencia en la literatura universal.

Aparte de sus valores permanentes y de su esencial sentido humano, hay así una vinculación sentimental que contribuye a hacernos más cercano y querido a Cervantes. Por los caminos más pequeños se llega a veces a remates valiosos; y uno de esos caminos, para aproximarnos no sólo con objetiva admiración sino con afecto personal al autor del Quijote, es indudablemente el gustoso recuerdo de las referencias y menciones que hace de nosotros en su obra. Para completar el grato cuadro habría que señalar también la resonancia que la obra cervantina ha despertado en el Perú en el curso de los siglos: intervención de don Pablo de Olavide en la traducción al francés de La Galatea por Florián; cervantismo del obispo Moscoso y Peralta, que llegó a ser arzobispo de Granada y decoró su Palacio episcopal haciendo pintar escenas del Quijote; aparición del nombre del Quijote en nuestro periodismo satírico y político del siglo xix; tradiciones de Palma; casticismo formal de Gutiérrez de Quintanilla en Peralvillo y Sisebuto; poemas de Chocano; sentido doctrinal del Don Quijote en Yanquilandia de Juan Manuel Polar; eruditas disertaciones de Riva Agüero; sutil estudio de Óscar Miró Quesada; seudónimos cervantinos de Carlos Solari («Don Quijote»), José García Calderón («Alonso Panza»), Enrique López Albújar («Sansón Carrasco»), Humberto del Águila («El Rucio de Sancho»); gallardas décimas de Martínez Luján al Caballero de la Triste Figura; aliento épico del drama Don Quijote de Juan Ríos.

Alguna vez habrá que estudiarse y detallarse esta vida de gloria de Cervantes y de don Quijote en el Perú. Por ahora, en estos gratos días del cuarto centenario del nacimiento del autor inmortal, queden como un rendido homenaje estos apuntes sobre la presencia del Perú en sus escritos. A través de los siglos, por encima de todas las pasajeras contingencias, la obra cervantina se erige como el símbolo de nuestra mejor raíz hispánica y como la más alta cumbre del idioma que hablamos; y pensando en el mundo espiritual, más hondo y perdurable que los perecederos lazos exteriores, habrá que repetir siempre, con la acertada frase de Chocano:

que los de tierras de Indias, desde ha trescientos años,
tenemos a Cervantes como al mejor Virrey.

  • (*) Selección del artículo de Aurelio Miró Quesada, «Cervantes y el Perú», en Cervantes, Tirso y el Perú, Huascarán, Lima, 1948, págs. 70-101, 109-113. volver
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