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El «Quijote» en América

El Quijote en Perú. Introducción

Eva M.ª Valero Juan

Por la libertad, así como por la honra,
se puede y debe aventurar la vida.

(Don Quijote de la Mancha, II, 58)

Con esta observación: «Cervantes nació el mismo año en que terminaba la conquista del Perú», Luis Alberto Sánchez ubica la vida de Cervantes en el contexto del nuevo imperio español que nacía tras las guerras de la conquista de América, estableciendo el vínculo del autor con aquel lejano virreinato del Perú, que desde Europa se vislumbraba como la tierra prometida de la abundancia y la prosperidad. Evocar el nacimiento de Cervantes en esta precisa fecha, 1547, cuando las guerras civiles en Perú estaban a punto de concluir en el virreinato fundado sólo unos años atrás, en 1544, es un buen pretexto para abrir la presente antología. Constituida por diversos ensayos escritos por autores peruanos sobre el Quijote y Cervantes, esta recopilación nos lanza al descubrimiento, siempre sorprendente, de una serie de conexiones literarias y contextuales entre la obra, sus personajes y su creador, con el remoto Dorado de la fábula: el Perú.

Para rastrear esas conexiones, creo imprescindible comenzar recordando aquella idea con la que Unamuno enlazaba el Quijote y América: «Hay un quijotismo filosófico, sin duda, pero también, una filosofía quijotesca. ¿Es acaso otra, en el fondo, la de los conquistadores...?»1.  Efectivamente, el Quijote nacía en el panorama de aquella España abocada hacia el Nuevo Mundo, desconcertada ante sí misma y ante las remotas Indias que, como sentenció Cervantes, muy pronto se convirtieron en «refugio y amparo de los desheredados de España». La obra maestra del alcalaíno llegaba al Virreinato del Perú medio siglo después de concluida su conquista. Y como don Quijote, los protagonistas de la gesta americana sacaron las antiguas armaduras de su imaginación para lanzarse a una aventura que impondría la irresoluble contradicción entre ideas y estructuras medievales en declive y su readaptación en el Nuevo Mundo; y que determinaría por tanto el destino de aquella América hispana nacida con los nombres de la vieja civilización occidental.  

Como era previsible al plantearnos la presente antología, algunos de los autores peruanos que han escrito sobre el Quijote son nombres imprescindibles en la historia del pensamiento crítico y literario del Perú: Ricardo Palma, Raúl Porras Barrenechea, Aurelio Miró Quesada, Augusto Tamayo Vargas, José de la Riva Agüero, Luis Alberto Sánchez... Desde las más diversas perspectivas, todos ellos nos aportan una serie de datos y reflexiones especialmente relevantes para detectar el imaginario americano agazapado en las páginas del Quijote; ahondar en su recepción en América (esencial para comprender los derroteros de la literatura colonial); y conocer, también, muy diversos pensamientos sobre la obra.

Pero sin duda uno de los valores substanciales de la antología se encuentra en que algunos de estos textos, comenzando por la tradición de Ricardo Palma «Sobre el Quijote en América», nos permiten adentrarnos en los intrincados caminos de aquella edición prínceps de la obra que, dos meses después de su publicación en 1605, se coló de rondón en cajas, baúles y equipajes, y surcó el Atlántico para recorrer América y asegurarse también allí la fama que el destino le deparaba. Esta tempranísima llegada del Quijote a América derivó en un fenómeno popular y literario asombroso, fundamentalmente por la fecha y el lugar en que se produce: la aparición de don Quijote en 1607 en una Relación que narra una festividad celebrada en el pueblo andino de Pausa para celebrar la llegada del nuevo virrey, el marqués de Montesclaros. Este texto es la mejor prueba del calado de la obra en aquella nueva sociedad en gestación que hizo aparecer por primera vez a don Quijote en América como personaje de ficción. Con tan sólo un año de estancia en América, en Pausa —un pequeño pueblo minero de la sierra peruana— don Quijote y Sancho salían de las páginas cervantinas para comenzar su viaje literario en solitario. Dicho texto, hallado por el eminente cervantista Francisco Rodríguez Marín2 cierra la presente antología, y sobre las circunstancias y el contenido del mismo versan algunos de los ensayos recopilados, como los de Aurelio Miró Quesada.

Los textos nos conducen por fechas emblemáticas de la obra y de su autor: 1607 (con la esplendorosa aparición de don Quijote en América en la citada Relación), 1905 (el III centenario de la obra) o 1947, (el IV centenario del nacimiento de Cervantes). Algunos de los ensayos rondan esta última fecha, y en concreto los textos publicados en 1948 por Augusto Tamayo Vargas y Luis Alberto Sánchez fueron pronunciados en la vieja Casa Universitaria de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en la celebración del IV centenario de Cervantes. Ahora bien, el orden en el que los textos aparecen publicados no responde a un criterio cronológico, ni obedece tampoco a una distribución arbitraria: dado que algunos de los ensayos se relacionan entre sí, se ha tratado de establecer un orden que contribuya a la mejor comprensión de su contenido.

En primer lugar, Ricardo Palma. Si en todos los géneros encontramos textos hispanoamericanos sobre el Quijote alrededor del III centenario, 1905, no podía faltar en el Perú la imprescindible «tradición» de Ricardo Palma sobre la gran obra de Cervantes. Con el título «Sobre el Quijote en América», el polígrafo peruano aportaba su homenaje sumando el particular género de la «tradición» a las páginas quijotescas hispanoamericanas. Incluido en Mis últimas tradiciones peruanas (Barcelona, 1906), en este texto Palma abordó el Quijote como sólo él sabía hacerlo: desde la perspectiva impuesta por ese género de cuño propio que es la «tradición». Es decir, se lanzó a la búsqueda de las huellas del Quijote en América para fabularlas, remontándose a la fecha en que se publicó la primera parte, 1605, cuando inmediatamente el Quijote inició su travesía hacia América. La tradición «Sobre el Quijote en América» es un ejemplo especialmente representativo de los objetivos de Palma en sus Tradiciones, no sólo porque nos ilustra sobre la circulación y el trasvase de libros entre España y sus colonias en la generación inmediatamente posterior a la de los conquistadores, sino porque en ella encontramos los ingredientes básicos utilizados por Palma para la conversión de la historia en literatura, a través de la incorporación de elementos históricos que pertenecen a la leyenda o tradición del pasado nacional.

Esa visión fabulosa es importante para comprender otros textos de la antología que también versan sobre la llegada del Quijote a América, evidenciando por cierto el incumplimiento de las leyes prohibitivas sobre la circulación de libros de ficción en América en los nuevos territorios. De hecho, algunos de ellos recogen la historia narrada por Palma (con conciencia de su esencia literaria) para ofrecernos, al lado, datos objetivos basados en la documentación existente en el Archivo de Indias, hallada y estudiada por investigadores como el español Francisco Rodríguez Marín, el argentino José Torre Revello o el norteamericano Irving Leonard. Tal es el texto de Raúl Porras Barrenechea, quien presenta los vínculos de Cervantes con el Perú —incluido su intento de trasladarse a América sobre 1590— y la presencia del Perú en el Quijote, a través de un estudio en el que sugiere que Cervantes pudo inspirarse en una famosa cartade  Cristóbal Vaca de Castro a su mujer (cuando era Gobernador del Perú en 1542)  para componer la carta que escribió Sancho a su mujer como gobernador de la ínsula Barataria. La conclusión de Porras nos remite de nuevo a la idea unamuniana citada más arriba: «¡Y el Perú sería entonces en la novela —escribe Porras—, como lo fue en la realidad, la ínsula soñada por todos los aventureros españoles del siglo xvi!».

En la misma línea se sitúa el texto de Aurelio Miró Quesada, quien rastrea minuciosamente todas las referencias sobre América o el Perú halladas en el  Quijote, «escasas pero enorgullecedoras», nos dice, en un tono que explícitamente persigue el enaltecimiento de «la vanidad local», puesto que además América siempre aparece vinculada en la obra al concepto de riqueza. Tal vez por ello, Miró Quesada se lanza incluso a la especulación sobre el cruce de vidas de Cervantes y el Inca Garcilaso de la Vega, en un capítulo que he considerado imprescindible agregar a la antología para consignar todos los posibles vínculos entre Cervantes, el Perú, su cultura y su literatura. Por otra parte, al igual que Luis Alberto Sánchez, Miró Quesada analiza la recepción de Cervantes en el Perú, incidiendo en el éxito de su obra en el pueblo hispanoamericano en contraposición con su escasa resonancia, el olvido, e incluso la negación, en el ámbito culto, que enalteció y emuló a otras figuras como Góngora, Lope, Quevedo o Gracián; todo ello resumido finalmente en una frase concluyente sobre el influjo de Cervantes en el Perú colonial: «Publicado bastante, leído mucho, imitado nada».

En este sentido es substancial el texto de Augusto Tamayo Vargas, quien analiza a Cervantes y el Quijote en el contexto de la edad de oro española, ahondando en la visión de la vida y el problema de la existencia que aborda la obra, y que resume con las palabras de Raimundo Lida sobre Quevedo: «anhelo realista del mundo, fuga ascética del mundo». América, la cultura árabe, España y Cervantes como síntesis de la cultura española, se examinan en un discurso clarividente, desde una perspectiva que completa magistralmente Luis Alberto Sánchez en su «Preludio cervantino». Este texto, en el que el humor cervantino surge para distanciarse explícitamente de una doctoral conferencia digna de la efeméride, profundiza también en los vínculos de Cervantes con el Perú, en el panorama de aquella España del siglo xvi que recibía en su seno lo ajeno y extraño del Nuevo Mundo. Se trata de un texto fundamental para comprender los derroteros de la literatura colonial, puesto que Sánchez trata de explicar la relación de Cervantes con los escritores del Virreinato del Perú y las motivaciones de la loa en El canto de Calíope a todos aquellos «incógnitos escritores peruleros». Desde su punto de vista, el panegírico se justificaría, seguramente, como una estrategia en su plan de marchar a América, «a lo que se debería el súbito interés de tan grande escritor por tan chicos escribientes». Una visión que choca frontalmente con la que nos ofrece José de la Riva-Agüero en su ensayo titulado «Cervantes», donde la loa del Canto de Calíope es aprovechada como argumento hispanizante, para sellar la «indestructible hermandad, la inmaculada bandera de la unidad espiritual perdurable» entre España y el Perú. Es decir, para desarrollar su inexpugnable versión hispanista de la historia de América, y en particular del Perú, que, en sus palabras, «ha sido y es, en la América del Sur, país tan tradicional e imborrablemente español».

Mayor interés suscita la reflexión de Luis Alberto Sánchez sobre este contexto cultural, cuando vincula la silenciosa recepción de Cervantes por parte de los escritores del Virreinato con la ausencia de novela en la tradición narrativa colonial, encerrada en los moldes de la historiografía y la escolástica. Por último, este texto es especialmente interesante en el recorrido que su autor nos ofrece por las referencias a Cervantes o a su obra en la tradición literaria del Perú, desde las escasas alusiones por parte de los escritores de la colonia, pasando por la revitalización cervantina en la generación de Darío —con su reapertura del tema español—, hasta la reseña de las referencias al manco de Lepanto en la generación del 900 y el grupo Colónida, y finalmente en la obra de César Vallejo y Martín Adán.

Otros textos abordan los significados del Quijote sin vinculación expresa al Perú. Javier Prado analiza la obra desde una perspectiva propia del 98 español, es decir, como representación del alma de la raza, constituida por dos elementos: el idealista y el realista, que constituyen a don Quijote como redentor de la especie humana. Óscar Miró Quesada, por último, trata la locura y el idealismo de don Quijote como expresión de los valores humanos superiores, de los que se desprende una visión de los «quijotes» como «orientadores de la vida» frente a los hombres prácticos. Lo cual no obstaculiza, en su visión, la necesidad de conjugar ambas partes, la idealista con la realista, como lección fundamental del Quijote.

En definitiva, todos ellos nos aportan, desde diferentes puntos de vista, un Cervantes que en el Perú fue, finalmente, «triunfador del olvido y dueño del porvenir»  —como concluye Óscar Miró Quesada—; o, utilizando la ironía de Luis Alberto Sánchez, estos ensayos nos brindan «un Cervantes servido ad usum peruvicum». En este último sentido, sin duda es la Relación de Pausa, de 1607, el texto más provechoso, puesto que fue en el Perú donde don Quijote puso por primera vez su estampa en un texto literario americano, cuando, entre diversos caballeros y una gran algazara de indios con tamborines, apareció con la mejor de sus máscaras, «tan al natural y propio de como le pintan en su libro, que dio grandísimo gusto verle».

  • (1) Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida, Espasa-Calpe, Madrid, 1993, pág. 308. volver
  • (2) La Relación fue publicada por primera vez por Francisco Rodríguez Marín en El Quijote y Don Quijote en América, Madrid, 1911; reproducida en facsímil por él mismo con el título Don Quijote en América en 1607. Relación peruana, autografiada y reimpresa con notas, Madrid, Tipografía de la Revista de archivos, bibliotecas y museos, 1921; y nuevamente publicada en: Francisco Rodríguez Marín, Estudios cervantinos, Madrid, 1947, págs. 575-596. Rodríguez Marín da noticia sobre la procedencia del texto: «El original de esta relación —procedente, en lo remoto, de don Francisco Duarte, presidente de la Casa de la Contratación de Indias, y, en lo moderno, del marqués de Jerez de los Caballeros, que me lo regaló generosamente en 1905, cuando lo hallé entre muchos papeles que había comprado a los herederos de D. José M.ª de Álava— está escrito en tres pliegos de a folio, formando lo que, a ser cuatro, llamaríamos propiamente cuaderno. Están en blanco la última plana y las tres cuartas partes de la penúltima. En aquella, con señales evidentes de haber permanecido doblado y redoblado a lo ancho el manuscrito, y guardado en bolsillo de no harta limpieza, sólo esta indicación: Rel.on de las fiestas». volver
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