Por Rubén Romero*
Suele leerse por primera vez el Quijote entre los 12 y los 15 años, y a esa edad, el pequeño lector devora el libro aguijoneado por el embeleso de las fabulosas hazañas que los Caballeros Andantes llevan a cabo, venciendo ejércitos enteros, en trato cotidiano con encantadores y gigantes, con honestas doncellas, que ruedan por el mundo «con toda su doncellez a cuestas», y con princesas cuyas manos se ofrecen como galardón de victoria, al más fuerte, aunque sea un monstruo de fealdad; al más atrevido en los combates, aunque salga de ellos como el bizarro Putifar. ¡Pobrecitas infantas, víctimas propiciatorias de la razón de Estado, y dichosos pajecillos los que las sirven y divierten en sus recesos matrimoniales!
El niño se desliza por las aventuras del libro sin parar mientes en las bellezas del lenguaje, en los fines morales que persigue, en la tristeza que destila. ¡Cómo puede ser triste, pensará, si tanto nos hace reír! El novato lector hace de cuenta que salió a dar un paseo por el campo, y saltando aquí un arroyo, allá un lindero, corretea alegremente sin importarle hollar las florecillas del camino. Vuelve apresuradamente las páginas en donde se aprietan los discursos de don Quijote y las historias que no relaten pendencias, hazañas belicosas, aunque muevan a risa, como el descomunal combate en contra de los molinos de viento, o la ilusoria batalla de los rebaños. ¿Qué niño no ha tirado mandobles a las almohadas de su lecho, cual si aporrease la cabeza de un gigante enemigo? ¿Y qué adolescente, bien cuerdo, no ha cometido la locura de inventar ejércitos y de pasar revista a los árboles del bosque, igual que don Quijote a los carneros?
[...] Aquel Caballero que allí ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un león coronado rendido a los pies de una doncella, es el valeroso Laucarco, Señor de la Puente de Plata; el otro de las armas de las flores de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en campo azul, es el temido Micocolembo, gran duque de Quirocia; el otro de los miembros gigantescos, que está a su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbarán de Boliche...
En el apresurado correr de la lectura, el niño tropieza, de pronto, con una palabra de Sancho que le parece picardía, y él no puede repetir delante de las gentes mayores, y se sorprende de encontrarla escrita, así, tan sencillamente, sin ningún eufemismo, cual si no se refiriese a cosa de pecado. Con sus compañeros de escuela discute el atrevimiento del libro y adopta el vocablo como una exclamación de uso corriente a la hora de sus juegos, que le suena muy bien y le da importancia de hombre grande.
Aquel andar de Maritornes folgando con los arrieros, despierta en el niño lector el deseo de aproximarse a las maritornes de su propia cocina y aun encuéntrales, por sugestión o por natural derecho, el mismo tufo de ajos, como perfume legado al gremio por la caritativa fámula de La Venta.
Yo adelanté un cuarto de hora el reloj de mis lecturas y a los once años trabé amistad con don Quijote, en una edición monumental que, supongo, sería la de Montaner, ilustrada por Gustavo Doré. Sentado en el suelo, a la turca, acomodaba el libro en el respaldo de una silla puesta de revés porque mis brazos no tenían fuerzas para sostenerlo, y allí pasaba las horas, olvidándome de salir a la calle a jugar al toro.
Mi madre consultó con un fraile dominico que la confesaba si podía permitirme la lectura de la obra, y el fraile preguntole el alcance de mi malicia. «El chico sabe más malditurías que usted y que yo», díjole mi madre. A lo que el confesor repuso: «Déjale leer el libro, que nada que no sepa le enseñará».
Como acontece con las primeras lecturas, don Quijote exaltó mi fantasía, a un grado tal, que hízome cometer un crimen: el descuartizamiento de los dos tomos para desprender las ilustraciones, que clavé en las paredes de mi alcoba cual si fuesen retratos de familia. El destrozo valióme una buena tunda, que quizá el sabio Merlín haya tomado en cuenta para el desencantamiento de Dulcinea.
Mi entusiasmo infantil por don Quijote me llevó a ponerlo en la escena, en un teatrito de cartón, obsequio de mis padres, que lo adquirieron con su respectivo elenco de títeres, en un estanquillo todavía existente en la calle de las Escalerillas. El coliseo de mi propiedad llamábase Teatro de Juan Panadero, y en su única decoración se veía la sala de un suntuoso palacio, con grandes columnas jaspeadas y pintados muebles del Renacimiento.
Anuncié a los chicos de la vecindad un entremés, a cuartilla la entrada, con don Quijote y Sancho de figuras principales, que en los programas titulábase: «Pelea de don Quijote de la Mancha con un fiero toro de Tarimoro», y como el único personaje a caballo de mi compañía de títeres representaba un picador con su garrocha, a éste habilité de don Quijote; asimismo convertí en Sancho, al muñeco que en la representación de Don Juan Tenorio corría con el papel del Comendador. El paso de don Quijote y de Sancho, y su encuentro con el toro, tenían lugar en el dorado salón renacimiento. Blandiendo la pica, don Quijote vencía a la fiera, que al doblar las manos exclamaba enfáticamente:
Nada me importa morir; adelante,
porque me mata un Caballero Andante.
Después, don Quijote entablaba con Sancho el diálogo, en verso, que a la letra copio:
Sancho Panza, ven conmigo,
embózate en tu cobija
y vayamos a Cotija,
al rancho de un buen amigo.
Para tus gustos mortales
diré algo que te alborote:
sentados en los portales,
cenaremos con tamales,
buñuelos, leche y camote.
No sigáis, gran caballero,
yo por limpiar las cazuelas
meto al Rucio las espuelas,
¡y a ver quién llega primero!
El hambre me martiriza;
si no como estoy de flato;
si como suelto la risa.
Vayámonos más de prisa
tomando el tren de Irapuato ...
En la memoria de los niños las figuras de don Quijote y de Sancho imprimen indeleblemente su recuerdo, limpias de toda expresión ridícula. A juicio del niño, sólo tienen trocados los papeles, pues mientras Sancho, por gordo, debiera ser el buscapleitos, don Quijote, por enclenque y sabiondo, el escudero y el mentor de la fuerza bruta.
Para los niños no existe la locura de don Quijote porque su fantasía cree en los Caballeros Andantes, que él trata de emular, y extraño les parece que no se reúnan más Quijotes, y den cima a las hazañas iniciadas por el valeroso manchego, destronando reyes malos, acorriendo mujeres desvalidas y libertando de la justicia, representada por la Santa Hermandad o por el gendarme de la esquina, a los pobrecitos mortales que delinquen. Sublime inocencia infantil que no sabe de derechos de gobierno, de la razón de la sinrazón de la miseria, y de la espada de la ley, que sirve para defender al rico y para herir, como un puñal, al pobre.
Los niños son Quijotes en miniatura y pelean por el ideal que se forjan con más arrojo acaso, que los mismos hombres. En la escuela, el niño-quijote defiende al compañero más humilde, al más chico; en las pedreas del arroyo, toma partido del lado de los que son menos, contra los más; en la historia de su patria, los héroes son Quijotes; los enemigos, embaucadores malandrines, y en su imaginación, para coronar quijote-máximo a don Quijote, solamente le faltó que éste hubiera muerto por la libertad.
Como don Quijote, los niños se enamoran de una Dulcinea que no pueden alcanzar —su maestra, la más joven de sus tías, una amiga de sus hermanas, alguna prima mayor de edad—, e influidos por la lectura del Quijote suspiran y lloran entre las macetas de los corredores de su casa, como don Quijote por su amada, en Sierra Morena.
También Sancho Panza hace prosélitos entre los niños: los hay poltrones, refraneros, tragaldabas, que mientras mastican el tarugo de pan, presencian las peleas y los alborotos de sus compañeros los pequeños Quijotes.
Un sobrino mío rezaba al acostarse porque murieran sus hermanos menores. «¿Por qué pides ese dislate? », preguntábale la persona encargada de desvestirlo. «Para que los que quedemos tengamos más que comer», respondía el minúsculo Sancho, tan gordinflón y desfajado como el auténtico.
El lector de veinte años busca en los personajes del Quijote el móvil romántico de todas sus acciones, la trama de un amor, el sentido poético de sus palabras; inquiere con detenimiento cómo pudo haber sido Luscinda, cómo Dorotea; compone el rostro de Altisidora con la descripción de sus facciones, y con los dedos de la curiosidad levanta el velo de la morisca que huyó de Argel con el venturoso y desventurado cautivo.
El joven lector admira el denuedo de don Quijote, su serenidad ante el peligro, pero más cerca que en los combates, lo sigue en sus discursos amorosos; lo asiste en la roca donde quedó, desnudo, esperando noticias de la sin par Dulcinea; lo acompaña y comprende en sus lamentaciones de enamorado, y halla muy natural que el que sufra desdenes de amor se refugie en lo más solitario de un bosque y mantenga conversaciones en verso con la imagen invisible de la dulce su enemiga. Sin esfuerzo, retiene en la memoria los sonetos, las endechas, las canciones que adornan el libro, y ansía que se presente la ocasión de recitarlos por su cuenta en el alféizar de una ventana, de una de aquellas ventanas floridas tantas veces citadas por los poetas macarrónicos, que ya no sirven de marco al amor, porque Cupido corre en automóvil por carretera y descampados, o tiene sus mudos coloquios en la penumbra del cine. No obstante el cambio de costumbres, el nombre de Dulcinea sigue siendo genérico, existe una íntima relación entre ella y la mujer a quien idealiza o persigue el fuego de la juventud: «Mi Dulcinea me espera; vamos a ver a Dulcinea», exclaman los enamorados, con aires de poética satisfacción, aunque en muchos casos se haya roto el ideal y Dulcinea aguarda a su galán envuelta en el peinador transparente de Margarita Gautier. Mas no todo ha de ser materialismo: los viejos de hoy apenas ayer fuimos mozos enamorados, como don Quijote, de una dulce quimera, soñada y perseguida, a la que ofrecimos también nuestro devoto desvarío. ¡Fermosas Señoras de nuestros pensamientos, que pasaron muy cerca de nuestros ojos, y muy lejos de nuestras vidas, como las mujeres que cantó Tablada, sin percatarse de nuestra humilde presencia; zafias Aldonzas coronadas por la imaginación de Quijotes en serie, con todas las virtudes y todas las bellezas, sin que nunca llegásemos a saber si fueron discretas o tontas; honestas, por falta de ocasión para dejar de serlo, y bellas sin el barniz de los afeites; de todo las redime la locura de don Quijote que, como un prisma encantado, es la mejor herencia que legó a los hombres!
En mis andanzas irreales por el reino de Venus, estuve enamorado sucesivamente de una núbil criatura, a quien serví de escolta, en sus estudiantiles viajes, desde la puerta de su casa al Colegio de las Vizcaínas, ¡sin que ella nunca lo mirase!; de una tiple chatilla y regordeta, a quien aguardaba pacientemente en el pórtico del Teatro Principal, para verla salir del brazo de su novio, o marido, ¡sin que ella nunca me mirase!; de la hija de un médico famoso, cuya calle rondé, hasta el funesto día en que oí salir del interior de su casa acordes de una alegre música, y supe, por la frutera de la esquina, que la hija del médico habíase casado aquella mañana, ¡sin que ella nunca me mirase! El sello de estos amores es el mismo que caracteriza al don Quijote por una Dulcinea impalpable, cual las mujeres de nuestra juventud, fieles trasuntos de la del Toboso, a quien todos buscamos, sin haberla encontrado nunca, ¡sin que ella nunca nos mirase!
En la juventud, leemos el Quijote como una historia basada en hechos verídicos, con personajes reales, y no estimamos en su justo precio la trama genial del autor. Nos imaginamos de carne y hueso al Caballero de la Triste Figura; a Sancho, le tratamos como a un pariente, censurable en la intimidad por su glotonería o por su falta de buenos modales, pero a quien no dejamos de imitar, porque desde nuestros más tiernos años nos acostumbraron a su presencia.
Todos estos sentimientos hacen comprensible el gesto de aquel improvisado diplomático mexicano, que, al llegar a Madrid, encargó una corona de flores para colocarla por propia mano sobre la tumba de don Quijote de la Mancha.
Nuestro representante olvidó por unos momentos que la cuna y el sepulcro de don Quijote cupieron en el reducido espacio de una frente y, en cambio, su fama no cabe en el mundo.
Cuando se llega a la Villa del Oso y del Madroño y se visita la Plaza de España, prenden nuestra atención dos figuras que nos son familiares y que avanzan, cabe la verde yerba del prado, con pasos lentos, tan lentos, que se vuelven estáticos. Son don Quijote, armado de punta en blanco, caballero en Rocinante, y Sancho Panza, taloneando su Rucio, con rumbo a las llanuras de Castilla. Nosotros los contemplamos desde lejos envueltos en el dorado polvillo del crepúsculo, y sentimos el temor de que tuerzan el paso y se dirijan a la Plaza de Oriente, para pedir posada en el Palacio Real, antes de que la noche, con el rostro cubierto por las sombras, los asalte en despoblado.
Apartaos de los palacios —les gritamos con toda la fuerza de nuestro pensamiento—, id de nuevo a rodar por las ventas y por los caminos, en donde aún hallaréis muchedumbre de entuertos que desfacer. Desoíd el reclamo engañoso de la ciudad, que sólo sirve de asiento a una feria de vanidades, a una lonja de contrataciones. Pensad, señor don Quijote, que avizorando vuestra llegada desde lo alto del hórreo, os aguarda Dulcinea del Toboso, quien, a fuerza de oír vuestro nombre, se ha enamorado de vos, maguer el tiempo haya escarchado sus cabellos, antaño rubios como el oro. Mujer, al fin, prendóse de vuestra gloria, que quiere compartir y comprobar, de paso, si sois varón tan fuerte como la fama lo pregona.
Cuando llegamos a la edad madura leemos el Quijote como con microscopio, buscando en sus páginas, más que los sentimientos, los pensamientos ocultos de Cervantes, y nos admira no haber descubierto en las lecturas anteriores las excelencias de su lenguaje, pirámide levantada al idioma castellano por el esfuerzo de un solo hombre. Nos atrae la filosofía de la obra, como producto de una existencia atormentada, que se canalizó en la mente de un genio y se derramó a través de su pluma.
Si hace quince años me hubiesen pedido la definición del Quijote, le hubiera aplicado la misma que consignan los diccionarios para la palabra democracia. Este libro, diría, es «del pueblo, por el pueblo y para el pueblo». Del pueblo, pues sus personajes provienen de él; por el pueblo, a causa de sus raíces idiomáticas; para el pueblo, porque está destinado a servirle de perenne lección, de flecha orientadora en el cruce de muchos caminos. Don Quijote nace en una aldea, porque con excepción de Buda, todos los quijotes que han ido por el mundo defendiendo los fueros de la humanidad, vieron la luz en pequeños villorrios y estudiaron sus primeras asignaturas en ese libro maltratado y lardoso que sirve de catastro a la miseria. Jesús, el más divino de los hombres de la tierra, nació en un pesebre. Ningún potentado adopta la profesión de caballero andante; son ellos los que hacen los entuertos para que los Quijotes vengan a desfacerlos.
¿Tuvo el Quijote un oculto sentido político? Si acaso lo tuvo, se desvaneció con los años, porque la política es un tema engañoso que ata intereses, pero no conquista corazones. Quizás los eruditos interpreten como actividades políticas de Cervantes sus querellas con Lope, sus burlas y enconados ataques al Avellaneda, sus lamentaciones por el desdén con que lo distinguieron un monarca y una corte, ciego al resplandor de aquel manco orgulloso y pobre, que reclama el derecho de ser altivo, no por dejar la eterna huella de su ingenio, sino por haber perdido un brazo en Lepanto. En cambio, con sus benefactores fue de una humildad irritante. El Señor Duque de Béjar, el Señor Conde de Lemas, no pagarían con todo su caudal la honra que Cervantes les donó al estampar sus nombres en el frontispicio de la gloria. Más que maniobras políticas, sus quejas pudieran interpretarse como sollozos de la pobreza en que vivió, inofensivos berrinches de su talento privilegiado, que no puede admitir que por otros privilegios se encaramen los pícaros y hagan escarnio de sus ropas raídas y de su estómago vacío. Son muy airosas las plumas que lucen en los chambergos, pero una sola, la que sirve de espada a la inteligencia, vale por todos los pavos reales que menosprecian el mérito de un buen escritor.
A Cervantes le sucedió lo que a Jesús al comenzar sus peregrinaciones: los fariseos de las letras poníanle trampas para que pecase contra la ley, y así, entregarlo a los Caifases de la Inquisición; pero Cervantes escapó, porque sus enemigos pensaron que sus libros morirían en el ignominioso madero de la crítica. Cuando se dieron cuenta de su error, don Quijote había pasado las fronteras y no pudieron promover juicio de extradición en contra de sujetos que ya gozaban de la ubicuidad. Con don Quijote y con Sancho, salió de España el espíritu doble de su raza que acomete las más audaces aventuras, ya conquistando mundos con la punta de la espada, ya desfaciendo entuertos por mano de sus frailes evangelizadores, ya espumando el puchero en las bodas de este Camacho, el rico, que es nuestro Continente. Presencia simultánea de don Quijote y de Sancho que luchan, el primero, por satisfacer sus ansias de gloria, con los ojos puestos en alto, mientras el segundo llena previsoramente sus alforjas.
En los anales del mundo, ningún pueblo se ha hecho representar tan dignamente como España, con el ideal de don Quijote, con la realidad de Sancho Panza. Otras naciones han enviado solamente a Sancho para fincar imperios terrenales y tener el zurrón bien provisto.
Las naciones y los individuos, en la constitución de nuestro ser, llevamos interiormente ambos personajes cervantinos, que contemporizan uno con el otro para poder vivir. Nuestro Quijote interior moraliza, dirige y norma los actos del alma, al mismo tiempo que Sancho procura el sostenimiento del cuerpo. Don Quijote y Sancho son indisolubles, aun en las representaciones de la cultura humana. Comprobadlo vosotros: Aquí estamos don Raymundo Sánchez y yo —él, caballero andante de la palabra, cuya pureza defiende como la de una virgen; yo, adocenado zurcidor de groseros vocablos— y, sin embargo, convivimos amistosamente en la casa de Miguel de Cervantes Saavedra, que es nuestra Academia.
En mis luengos vagares, yo también me he sentido Quijote, quizás un Quijote apócrifo, contrahecho, como el de Tordesillas; y en mi reino interior tal vez se sobrepongan los apetitos de Sancho a las virtudes de don Quijote; pero, de cuando en cuando, siento una ligera vibración en el alma que me hace exclamar, con versos de mis mocedades:
¿Soy bueno? ¿Soy malo? Yo no me lo explico;
amo a Don Quijote, sigo a Sancho Panza;
la virtud invoco cuando el mal practico,
pero a veces siento que me purifico
en la propia hoguera de mi destemplanza.
A medida que nuestro pelo comienza a encanecer, o a desaparecer, y nuestros músculos se aflojan, en esa dolorida laxitud que aparejan los años, nos sentimos más cerca del Quijote, y en su busca, nos dirigimos al estante lleno de polvo, para bañarnos en sus letras como en las aguas de un sereno Jordán. Una vez más nos cautiva la sencillez de su relato, el donaire de sus travesuras, la belleza de sus mujeres, la discreción de don Quijote —no embargante su tilde de loco—, la profundidad de sus enseñanzas, y la enorme amargura que entre risas y lágrimas destila y acaba por inundarnos el ánima. En el sosiego de nuestra casa, leyendo con la lentitud del que nada tiene que hacer afuera, no percibimos el correr de las horas, calzadas con pantuflas de raso, y se nos olvida la cucharada del cordial y la toma metódica de los yoduros.
El libro, como un amigo de confianza, sube de la biblioteca al comedor, de la asistencia a la alcoba, y se instala definitivamente en la mesilla de noche, para que nuestros ojos recorran sus pasajes, como los versículos de una Biblia. Y acabamos por darnos cuenta de que no es don Quijote, sino Cervantes, el que vive muy cerca de nosotros y con quien sostenemos interminables conversaciones, para llenar las horas ociosas de nuestros días y los huecos que han dejado los amigos muertos, o los ingratos, a quienes nada tenemos ya que dar, o los precavidos que no nos buscan porque temen que nosotros les pidamos alguna cosa. Con don Miguel de Cervantes nuestra plática es desinteresada; comentamos los hechos acaecidos en su tiempo, comparándolos con nuestra época, desde las formas de gobierno, hasta los cambios de la moda; desde la batalla de Lepanto que todavía ilumina, como un gran crepúsculo, el escenario del mundo, solamente porque de ella salió manco un hombre, hasta la bomba atómica, que es la quiebra de todos los valores y el mayor atentado contra Dios y contra la Naturaleza.
En nuestras conversaciones con Cervantes vamos de las orillas del Henares hasta las del lago de Pátzcuaro; desde los barrios de Sevilla, en donde estalla la alegre risa de las castañuelas, hasta los huertos de Uruapan, que parecen jícaras decoradas por la mano del indio. Nuestro coloquio con don Miguel se interrumpe noche a noche, al escucharse la voz de una criada que me dice: «Señor, el chocolate está servido...».
Con nuestra propia gula insatisfecha, de sesentones a régimen, comprendemos, ¡al fin!, a Sancho; sospechamos por qué Cervantes lo hartó de capones y de pepitorias, en desahogo de las hambres que él no pudo saciar y lo sentamos a nuestra mesa, pues a la vez que nos abre el apetito el verle comer, nos recuerda a los antiguos moceros de la casa paterna: a Carrillo, el viejo; a Tiburcio, el charlatán, que sólo callaba con la boca llena; a don Vicente, quien después del almuerzo solía exclamar, desanudándose la faja: «ya me siento sospechoso», por decir satisfecho.
La vida se venga de los genios con miserias del cuerpo que ensombrecen el alma, porque la vida es envidiosa y sabe que el genio la supera a ella y alcanza otra existencia mejor después de la muerte.
Si se reunieran todos los escritores contemporáneos para colaborar en la empresa de escribir el Quijote; si aportara cada uno de ellos la solvencia de su talento: Bernard Shaw, su humorismo; Enrique Larreta, su estilo; Thomas Mann, su calidad humana; Mariano Azuela, su lenguaje popular; Camí, su ingenio; Pío Baroja, su amargura; Artemio de Valle Arizpe, lo galano de su arcaico español; Claudio Farrère, su fantasía de Oriente; Darío Rubio, el acervo de sus refranes, no bastaría ese equipo de bien tajadas plumas para volver a dar vida a lo creado tan fácilmente por Miguel de Cervantes Saavedra, Rey y Señor de todo un Universo: el de las letras.
Una y otra vez repasemos el Quijote, volvamos a leerlo con la emoción renovada de todas las épocas: riendo, como cuando éramos niños; soñando, como cuando fuimos jóvenes; pensando y llorando como cuando somos viejos...