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El «Quijote» en América

Don Quijote: Península Ibérica

Por Antonio Rodríguez*

Cervantes y don Quijote

No falta quien afirme que Cervantes se reprodujo a sí mismo en la figura de don Quijote, lo que, hasta cierto punto, equivale a decir que don Quijote es Cervantes. Tal afirmación tiene, naturalmente, una gran dosis de verdad. Cervantes lo insinúa cuando al final del libro pone en boca de la pluma de Cide Hamete Benengeli la siguiente confesión: «Para mí solo nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar, y yo escribir... solos los dos somos para en uno».

La misma biografía de Cervantes parece confirmarlo. ¿Qué es él sino la imagen de un caballero andante, siempre en marcha de uno hacia otro lado, siempre en busca de aventuras de las cuales, como su héroe, sale siempre apaleado y molido?

A los veinticuatro años pelea con heroísmo en Lepanto, en donde recibe tales heridas que, a consecuencia de ellas, queda lisiada su mano izquierda. Después de varios meses de hospital, vuelve al ejercicio de las armas, para tomar parte en nuevas proezas, entre ellas la conquista de Túnez. Viaja de nuevo por Italia. De regreso a España, adonde va a solicitar el grado de capitán, es capturado por los moros, que lo tienen cautivo, durante cinco años, en Argel. Aquí, encabeza una conspiración altamente quijotesca, que tiene por objeto insurreccionar la plaza para entregarla, libertada del impío, a la España católica. En una tentativa, fracasada, de evasión, asume la responsabilidad personal y soporta, por ello, las consecuencias. Después de conspiraciones innúmeras y de inmensos sufrimientos, Cervantes es, al fin, rescatado. De vuelta a España, en donde espera ser acogido con los honores correspondientes a sus trabajos, valentía y patriotismo, sólo ve la indiferencia, que más tarde se cambia por golpes y puntapiés. Cervantes, por boca de don Quijote, expresa su propia decepción cuando comenta la aventura de los toros:

Al cabo, al cabo, cuando esperaba palmas, triunfos y coronas granjeadas y merecidas por mis valientes hazañas, me he visto esta mañana pisado y acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces.

En Andalucía, en Lisboa y en África, en donde cumple una misión sin importancia, Cervantes arrastra una vida miserable. De nuevo en España piensa dedicarse al teatro, luego a los negocios. Pero, como ocurre con don Quijote, fracasa siempre. Por fin, menospreciado y robado, sufre la afrenta de ser preso. ¡Preso en su propia patria! Y es en la cárcel de Sevilla donde escribe la primera parte de su inmortal libro.

Don Quijote es, pues, el espejo de los nobles y generosos ideales del héroe de Lepanto, el reflejo de sus muchas andanzas, la imagen de sus decepciones. Pero, por muy grande que haya sido la personalidad de Cervantes, no basta para llenar el inmenso caparazón del pecho de don Quijote.

Don Quijote refleja, es cierto, la personalidad de Cervantes, pero la refleja en la medida en que Cervantes refleja algo más elevado: ¡el sol que alumbra a ambos! Ese sol es España; mejor dicho, España y Portugal, ¡la Península Ibérica!

Os Lusíadas y el Quijote

Maeztu afirma que el Quijote y Os Lusíadas son «las dos partes de un solo libro escrito por dos hombres»:

Algunas veces se ha preguntado la razón de que no se expresara esta gran epopeya española en algún gran libro que pudiera parangonarse con el Quijote.. Pero la verdad es que fue escrito, sólo que en portugués. Os Lusíadas es la epopeya peninsular, y sabido es que la historia espiritual y artística de los pueblos hispánicos no debe hacerse aisladamente. En Os Lusíadas se encuentra la expresión conjunta del genio hispánico en su momento de esplendor.

Ya con anterioridad, Oliveira Martins había expresado idéntico concepto en su Historia de la civilización ibérica:

A Portugal cupo, un día, el honor de ser el intérprete de la civilización peninsular. Ese luso blasón de la historia de toda España y acta imperecedera de nuestra existencia nacional es el poema de Camoens: Os Lusíadas.

Estúdiense con atención los dos libros, sin perder nunca de vista la época que retratan, y resultará clara esa verdad de que la novela de Cervantes y el poema de Camoens son las dos partes de un solo libro: el libro de las epopeyas que, por rutas diferentes, pero animados del mismo genio y servidos por el mismo heroísmo, escribieron dos pueblos a quienes inspiraba un ideal común y que perseguían idénticos objetivos: Dar ao mundo novos mundos1.

En ambos libros se inmortalizaron las hazañas que coronaron de gloria a los dos pueblos: uno, Os Lusíadas, elevándolas a lo sublime, es decir, quijotizándolas; otro, el Quijote, poniéndolas al alcance de la crítica, sanchificándolas. Pero ambos reflejan los hechos, el pensamiento, e incluso el carácter, de esos pueblos gemelos en origen, casi en territorio, en lengua y en ideales. En ambos libros se refleja la epopeya de aquellos pueblos que:

Por mares nunca d'antes navegados,
Pasaron ainda alêm da Taprobana
E entre perigos e guerras esforçados
Mais do que prometía a força humana
Entre gente remota edificaram
Novo reino que tanto sublimaram.2

Los molinos de viento y la Península Ibérica

Don Quijote, no cabe duda, es el símbolo de los pueblos ibéricos en la época de los descubrimientos.

¿Qué es la aventura de los molinos de viento —que movía «más brazos que los del gigante Briareo»—, sino la hazaña increíble de ese capitán que se aventuró, por el mar ignoto, hasta los confines de la desértica y desconocida África, y después hasta la lejana India, en un tormentoso viaje de diez meses? ¡Diez meses, sobre el mar misterioso poblado por las sirenas y los monstruos de la leyenda! Diez meses, sobre el mar indómito, en frágiles embarcaciones que en vez de dominar los elementos, eran esclavas de ellos! ¿Qué es la aventura de don Quijote, comparada con aquellas de los Gil Eanes, los Bartolomeos Díaz, los Gamas y los Colón?

¿Qué es la aventura de los leones sino la epopeya fantástica de ese capitán que, arribado a un continente extraño, en medio de un pueblo dispuesto a ganar su libertad con la vida, barrena las naves y se lanza, con un puñado de hombres, a la conquista de un dilatado y poderoso imperio?

Y la aventura quijotesca del barco encantado bogando hacia un destino ignoto ¿qué es comparada con esa proeza de Gama, después de la sublevación que se produjo a bordo, cuando su primer viaje a las Indias?

En respuesta a los marinos sublevados que pretendían regresar a la metrópoli, prefiriendo abandonar la empresa, a correr el riego de perder la vida en los abismos del mar, Vasco de Gama mandó poner sobre el combés del barco: a un lado, los mapas e instrumentos náuticos; al otro, montones de grilletes. Luego, en uno de aquellos gestos tan peculiares en los pueblos ibéricos de entonces, es decir, en un arranque de quijotismo, arrojó los instrumentos náuticos a la mar y, señalando la dirección en donde creía estar situada la India, exclamó: «¡El rumbo es éste, el piloto es Dios! ¡Adelante!».

¿No son, acaso, estas hazañas más atrevidas que las de don Quijote, levantándose contra los molinos de viento? ¡No, no son más atrevidas, son iguales! Son iguales porque los molinos de viento del Quijote son la imagen simbolizada de los otros molinos contra los cuales se había erguido el brazo de los Colón y de los Gama, de los Cortés y de los Albuquerque.

El quijotismo de la conquista

No sólo por el heroísmo imprudente y arrebatado; por la locura de emprender obras que estaban por encima do que prometía a força humana; por el alto desprecio hacia el peligro, no sólo por todo eso las empresas de la conquista y de los descubrimientos se asemejan a las aventuras de don Quijote, y llevan impreso el sello de su espíritu; sino también por el afán de dar al mundo, nuevos mundos, por la ambición humana de la gloria y por el proselitismo religioso de conquistar nuevos espíritus para el espíritu de Dios. Inmediatamente que Cortés llegó a México no tuvo otro tema para su conversación con Moctezuma que el tema de la religión:

El Emperador Don Carlos nos envió a estas partes a le ver é á rogarle que sean cristianos, como es nuestro Emperador y todos nosotros.3

Al otro día, en cumplido a la visita que le había hecho el monarca azteca, Cortés fue al palacio de Moctezuma y, de nuevo, la conversación giró sobre el problema de la fe católica.

Más tarde, vemos a Cortés arremeter contra los ídolos mexicanos del templo de Huitzilopochtli, destrozarlos a palos y mandar poner, en su lugar, el símbolo del cristianismo.

Conocemos también la obra de los religiosos fray Bartolomé de las Casas, Pedro de Gante, Vasco de Quiroga, en México; del padre Antonio Vieira, en Brasil, etc. 

No ignoramos, claro está, que la «cristianiación» era uno de los medios, un instrumento de la Conquista, más eficaz y duradero que el de las armas. Más que en ningún lugar, en las tierras de la Conquista se probó ese refrán que dice: «Detrás de la cruz está el diablo». Sin embargo, sería atribuirles demasiado maquiavelismo el suponer que los Cortés sólo tenían en la cabeza designios económicos, o guerreros, cuando hablaban de Cristo a los «infieles». Debe de haber existido en ellos mucho de idealismo puro; de pensamiento «político» en abstracto, de proselitismo ideológico; de otro modo no se comprende la ultraquijotesca aventura de Alfonso de Albuquerque, cuando éste, con un puñado de hombres, intentó asaltar La Meca, rescatar la tumba del Señor y apoderarse del cuerpo del Profeta.

Tampoco podemos comprender, si la despojamos de todo idealismo, la obra de Enrique el Navegante, a quien se debe la Escuela de Sagres, al sur de Portugal, en donde fueron elaborados los estudios indispensables para los primeros descubrimientos; estudios esos que, sin duda, en gran medida, obedecían a un pensamiento científico: el de vencer la tierra, adueñarse de todos sus secretos y aumentar, con nuevos mundos, el mundo conocido. 

Es absurdo pensar que Colón no haya sido movido, entre otros, por el resorte de saberse partícipe en la obra del progreso humano, de las artes, de las letras y de las ciencias, que entonces se desarrollaba y que conocemos por el nombre de Renacimiento.

Idealismo, y mucho, existe igualmente en Magallanes, el hombre que se enfrenta al juicio de traición dado por sus contemporáneos, y se pone al servicio de una nación rival —más hombre que patriota, más ciudadano del mundo que portugués—, para poner en práctica una aventura ante la cual oscurecen todas las del Quijote: ¡la de circundar la tierra, por primera vez, con cinco barcazas que se fueron pudriendo por el camino, y poco más de un puñado de hombres!

El idealismo bajo cuya designación podrá englobarse el proselitismo religioso, el ansia de progreso y los anhelos de gloria es, fuera de duda, el lado quijotesco de la grande arremetida de los pueblos ibéricos contra los molinos de viento de aquel entonces. Pero no nos dejemos cegar por un solo aspecto del problema. «Por un ladito no se ve el todo de lo que se mira», dice la duquesa a Sancho. Igualmente nosotros no podemos analizar tan complejo problema viéndolo sólo por un lado. Por eso, después de haber visto, sucintamente, el lado quijotesco de la Conquista, debemos detenernos un poco en su punto diametral.

El sanchopancismo de la conquista

España y Portugal, al salir de Palos y del Restelo, llevaban en sus carabelas, más que el idealismo de don Quijote, la codicia de Sancho. 

Bien lo expresó Lope de Vega cuando dijo: «No les lleva cristiandad, sino el oro y la codicia». Y Gaspar Correia, autor de una Historia da India, hombre muy conocedor de las bajezas de la Conquista, tenía, por cierto, en qué basarse al decir que «la pimienta era la luz de los ojos de Portugal».

En efecto, la Iberia de las conquistas no podrá ser representada poniéndole únicamente, por insignia o blasón, el madero del Gólgota que, por lo demás, en manos del conquistador, se convirtió en arma de dominación y esclavitud. «Enterraron la espada —dice Unamuno— y golpearon con la Cruz». Para representar a la Península del 1500 es necesario ponerle, en una mano, la cruz; en otra, la espada. ¡No la espada justiciera, deshacedora de agravios de don Quijote, sino la espada del ladrón que mata para robar! Guerra Junqueiro lo confesó en su Patria, que más parece el acto de contrición de un pueblo, que el desahogo de un poeta:

Não te lavava, não sangue homicida,
Nem en mil millões de anos a chorar! ...

(No te lavaba, no, sangre homicida,
Ni en mil millones de años puesto a llorar).

La Conquista, pues, salta por encima del idealismo quijotesco para convertirse en «pozo de ignominias» como le llamó, en su Historia de Portugal, el gran pensador lusitano Oliveira Martins.

Y esto, preguntará el lector, ¿no desmiente la tesis antes sustentada en este ensayo de que don Quijote es el símbolo de los pueblos ibéricos en la época de los descubrimientos?

¿Cómo conciliar la generosidad de don Quijote con aquel acto de piratería cometido por Vasco de Gama, en las costas de África, cuando asaltó unos barcos de carga que llevaban pasajeros —entre ellos mujeres y niños— única y simplemente para robarles?

¿Cómo armonizar la pobreza franciscana de don Quijote con los sueños de oro de los caballeros de Cortés en Coyoacán?

Dos partes de un mismo todo

En efecto, los actos de piratería, la codicia desenfrenada, las ambiciones materiales, no se armonizan con el espíritu desinteresado de don Quijote. Pero nuestro caballero, por sí solo, no lo es todo. Don Quijote está indisolublemente ligado a su fiel escudero, para quien, en un principio, las aventuras no fueron más que el supuesto medio de alcanzar el gobierno de una ínsula.

Cervantes formuló con precisión el problema de la unidad entre don Quijote y Sancho, al afirmar, por boca del cura: «Tal caballero, tal escudero, que parece que los forjaron en una misma turquesa». El mismo Sancho confiesa que se siente parte integrante de su amo: «Lo quiero como a las telas de mi corazón y no me amaño a dejarlo, por más disparates que haga». Finalmente, el propio don Quijote lo proclama diciendo: «Soy tu cabeza y tú mi parte».

Don Quijote es la cabeza, Sancho el cuerpo y ambos el mismo ser. Don Quijote sin Sancho sería una figura abstracta, estratosférica, sería mera creatura del pensamiento cervantino, cuando mucho, la parte incompleta de un todo. Ambos, son la imagen de la vida; son un sistema, un cosmos, en el que viven al mismo tiempo los dos elementos opuestos y necesarios: el sí y el no; tesis y antítesis.

España y portugal

Dos palabras más sobre la tesis de que el Quijote es la reproducción de Cervantes:

¿Se identifican Cervantes y don Quijote? ¡Sin duda!

¿Se identifican Cervantes y Sancho Panza? ¡Poco, o nada! 

¿Están don Quijote y Sancho ligados por lazos indisolubles? ¡Sí!

En este caso Cervantes representa únicamente una parte del todo constituido por la inmortal pareja. Luego, don Quijote y Sancho no pueden ser el reflejo de un objeto que sólo contiene una parte de los elementos que se muestran en él reflejados. ¿Cuál era, por encima de Cervantes, la figura que, al reproducirse en la placa fotográfica de una gran obra literaria, podría formar una imagen como la de don Quijote y Sancho Panza? ¡Sólo España! Mejor dicho, sólo la España y el Portugal de los siglos xv y xvi.

Al encontrarse con Roque Guinard, el caballeroso capitán de ladrones, dice don Quijote en su discurso lleno de orgullo, a pesar de que lo pronunció en un momento de derrota: «Yo soy don Quijote de la Mancha, aquel que de sus hazañas tiene lleno todo el orbe».

No es de la «fama» de sus hazañas de lo que está lleno todo su orbe. Es de «sus» propias hazañas, de los hechos que él mismo ha realizado, en los más distantes puntos de la tierra.

¿Qué Roldán, qué Amadís, que Cid, qué Lanzarote podrían utilizar tal lenguaje? ¿Qué pueblo podría, en aquel entonces, hablar con tal orgullo? ¡No los ingleses que apenas empezaban a salir de sus islas normandas! ¡No los franceses, a quienes absorbían sus problemas internos!

¡Sólo quien al mismo tiempo manejase la espada en México y en el Perú, en la Argentina y en Chile; en Brasil y en África, en el Mar Rojo y en el Golfo Pérsico, en la India y en Malaca, sólo ese podría hablar como don Quijote. Por ello bien podemos borrar de la indicada frase la palabra «Don Quijote» y sustituirla por aquella de la cual la primera es sinónimo, por esta frase, llena de ibérica, imperialista fanfarronería: «¡Nosotros somos los españoles y los portugueses, aquellos que de sus hazañas tuvieron lleno todo el orbe!».

  • (1) Camoens, Os Lusíadas. volver
  • (2) Op. cit., C. L. volver
  • (3) Bernal Díaz del Castillo. volver
  • (*) Antonio Rodríguez, «Don Quijote: Península Ibérica», en El Quijote mensaje oportuno: apuntes para un ensayo de interpretación, Talleres Gráficos de la Nación, México, 1947. Obra premiada en el Certamen Cultural de la Cooperativa Talleres Gráficos de la Nación. volver
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