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El «Quijote» en América

El Quijote en México. Introducción

Eva M.ª Valero Juan

La geografía cervantina tiene en el mundo algunos lugares privilegiados por la especial repercusión que adquirió en su tradición y su cultura la obra del célebre alcalaíno. Entre ellos, México es uno de los más distinguidos, al haberse constituido, a lo largo de la historia, en uno de los centros principales de recepción, aclimatación y difusión de esta gran obra de la literatura universal. Ello no parece injustificado, si tenemos en cuenta que el Virreinato de la Nueva España fue una puerta principal de entrada del Quijote a América en el mismo año de su nacimiento, 1605; si recordamos que tras la Emancipación, México fue el país donde se realizó la primera edición hispanoamericana del Quijote, en 1833; y que en la actualidad es una de las naciones en que la tradición cervantina está más arraigada, como prueba el hecho de que cuenta con una de las más reputadas instituciones sobre la obra de Cervantes: la Fundación Cervantina de México, presidida por D. Eulalio Ferrer. El centro de esta tradición es la bellísima ciudad de Guanajuato, designada por la UNESCO-Castilla la Mancha este año 2005 «capital cervantina de América», que alberga el Museo Iconográfico del Quijote y el Centro de Estudios Cervantinos (CEC), y donde anualmente se celebra el Festival Internacional Cervantino. Un patrimonio como este no puede sino estar respaldado por un amplio espacio crítico sobre las obras de Cervantes, recorrido por un nutrido número de escritores e historiadores mexicanos, del cual ofrecemos en la presente antología una selección representativa. A los diversos eventos que las citadas instituciones de México celebraron en el año de la conmemoración del IV Centenario de la publicación del Quijote, se añade en el Centro Virtual del Instituto Cervantes esta contribución que pretende ser un canal de difusión universal de los textos que aquí presentamos. En ellos, el lector podrá comprobar ese especial cariño y entusiasmo que suscita Cervantes y su obra en México, pues algunos de los autores seleccionados analizan su presencia en las más diversas expresiones artísticas del país, desde la pintura a la escultura o a las artes escénicas.

Cada texto aquí publicado constituye un segmento importante del rompecabezas con que la historia ha trabado progresivamente el vínculo del Quijote y Cervantes con la nación mexicana, desde que se constituyó como primer virreinato de España en América hasta el siglo xx. Es más, algunos de los textos se interrelacionan unos con otros, sobre todo cuando se trata de regresar a la historia para determinar el arribo del Quijote y sus personajes al joven virreinato. Las teorías expuestas por cada cervantista han dado lugar, incluso, a una encendida polémica que se encuentra reflejada en estas páginas. El lector podrá descubrirla y entenderla acudiendo, en primer lugar, al texto de Luis González Obregón de 1909, y siguiendo, en orden, con el estudio de Icaza «De cómo fue a México el primer ejemplar del Quijote» (1917), para terminar con el texto que resume la discusión, el de Rojas Garcidueñas. 

En uno de los textos que aquí recogemos, «El Quijote en la América española, hasta principios del siglo xix» (que forma parte de su libro El Quijote durante tres siglos), Icaza informa, apoyándose en Rodríguez Marín, sobre los ejemplares de la edición príncipe de la obra que se enviaron a América entre junio y julio de 1605. Pero como apunta Juan Uribe-Echeverría en su libro Cervantes en las letras hispanoamericanas, nada aporta de nuevo Icaza a lo ya dicho por el eminente cervantista español sobre este asunto. Ahora bien, el artículo de Icaza plantea algunas cuestiones interesantes sobre la llegada a América de libros de ficción durante el siglo xvii. Por ejemplo, las peripecias de los libros, ya no en su embarque (sobradamente conocidas por los trabajos de Rodríguez Marín, José Torre Revello o Irving A. Leonard) sino en su arribo a las Indias. Icaza trata de explicar, sobre todo, la carencia de obras de ficción en las antiguas bibliotecas americanas, incomprensible si sólo tuviéramos en cuenta la demostrada relajación en España de las leyes que prohibían enviar novelas a las colonias de América. En muchas ocasiones —plantea Icaza— curiosamente la denuncia no se producía en el embarque sino en la llegada, donde se incautaban libros que podían ser quemados o pasar a manos de las clases privilegiadas. Entre ellos Icaza supone que se encontrarían los primeros ejemplares del Quijote, que sería leído al principio por una minoría privilegiada. Ahora bien, es evidente que el pueblo también conoció de inmediato a sus protagonistas, como lo prueban las diversas representaciones, en forma de fiestas y mascaradas en las que, como en España, se representó a don Quijote y demás personajes de la obra. Don Quijote y Sancho realizaron así una impensable aventura: la de salir de las páginas de la obra para ser protagonistas de la historia y probar suerte en las imaginadas Indias de Occidente.

Hasta el siglo xviiI el Quijote había significado en México la risa, la burla, el divertimento. Al igual que en el Virreinato del Perú, fue menos leído por los doctos americanos que representaban la cultura que por autores mucho más populares cuyas referencias al Quijote se dirigen hacia la alabanza del hombre de acción que encontraron en su protagonista. Escritores que, fundamentalmente a finales del siglo xviii y principios del xix, acercaron ya los conceptos de escritura y revolución y en su valoración del Quijote hicieron evolucionar el significado de la obra, dejando atrás el componente burlesco para ver, ante todo, un libro «reformador de costumbres», edificante para el momento en que se gestaban las nuevas naciones latinoamericanas. Icaza denomina esta etapa como «período del cervantismo americano», encabezado por José Joaquín Fernández de Lizardi, quien en La Quijotita y su prima (1818) nos ofrece la primera mención literaria del Quijote en Hispanoamérica. El lector podrá encontrar, en nota al pie del artículo de Icaza, la reproducción de la larga cita que la contiene.

Pero volvamos a la mencionada polémica sobre la llegada del Quijote a América. El origen del debate se debió al principal cervantista mexicano, Francisco A. de Icaza (quien también había polemizado con el bibliógrafo chileno José Toribio Medina —otro de los cervantistas más destacados de Hispanoamérica—, sobre la autoría de «La Tía fingida»). José Rojas Garcidueñas resume dicha polémica en el texto perteneciente a su libro Presencias de don Quijote en las artes de México (1968). Aquí el historiador retoma la llegada del primer Quijote a la Nueva España. En primer lugar, recuerda el texto de Luis González Obregón (publicado en esta antología), en el que declara que fue Mateo Alemán quien trajo personalmente a México la edición príncipe del Quijote. Frente a esta historia, Garcidueñas recuerda los resultados de los estudios de Rodríguez Marín como el titulado El Quijote y don Quijote en América: «Fue don Francisco Rodríguez Marín, devoto cervantista, quien encontró en uno de los registros de embarque (trámite ordinario de la Casa de Contratación) el dato para nosotros interesantísimo de que en la flota que zarpó de Sevilla el 12 de julio de 1605, en la nao «Espíritu Santo» venían cajones con 262 ejemplares de Don Quijote de la Mancha, para ser desembarcados en San Juan de Ulúa y consignados a Clemente Valdés en México». Cuando González Obregón conoció este estudio, corrigió su teoría y, además, realizó una investigación en el Archivo General de la Nación de México conducente a complementar las informaciones obtenidas por el cervantista español en el Archivo de Indias de Sevilla. El resultado de su investigación concluye que el Quijote llegó a México en veinticinco barcos (que por ello González Obregón llamó «la Flota Cervantina») entre los últimos días de septiembre y los primeros de octubre de 1605. Rojas Garcidueñas lanza una dura crítica a Icaza, a quien tacha de orgulloso, agrio y amargado, por las burlas y las ofensas con que éste, en el texto «De cómo fue a México el primer ejemplar del Quijote» (1917), había agraviado a González Obregón por su teoría inicial, sin conocer la rectificación y la nueva investigación que Obregón había realizado tras tener noticia de lo hallado por Rodríguez Marín.

Garcidueñas relata además (como lo hace también, aunque de forma mucho más escueta, Rafael Heliodoro Valle) la presencia del personaje, don Quijote, en las artes de México, empezando por el estudio de la mascarada que recorrió las calles de México el domingo 24 de enero de 1621, cuya Relación recogemos en esta antología. Como dice con gracia Garcidueñas, don Quijote protagonizó en la ciudad de México una nueva salida no prevista por Cervantes en fecha tan cercana a la de la publicación de la obra. Recordemos además que en la antología sobre «El Quijote en Perú» ya conocimos una Relación que relata otra festividad callejera en la que don Quijote hizo su primera aparición americana, en la sorprendente fecha de 1607 y en un lugar tan remoto como la pequeña aldea andina de Pausa. Ambas Relaciones son dos interesantísimos documentos que atestiguan la popularidad del personaje desde el momento en que desembarcó en tierra americana. La reflexión principal de Garcidueñas sobre el relato de la mascarada mexicana se centra en la comprobación de que, a la vista de la fama de tales personajes en su desfile por las calles de la ciudad de México en 1621, las novelas de caballerías debían de haber sido también muy populares en aquellas Indias en las que, como se repitió en el pasado hasta la saciedad, no se gozó de novelas de ficción debido a las leyes prohibitivas de la circulación en América de tales libros. El desfile de don Quijote entre una pléyade de conocidísimos caballeros andantes sería, sin duda, la prueba más fehaciente de la transgresión de esas leyes, sobradamente analizada por Torre Revello en su libro El libro, la imprenta y el periodismo en América durante la dominación española.

No menos curioso es otro festejo recordado por Garcidueñas: un desfile para celebrar el Día de la Raza, organizado oficialmente por el primer gobierno constituido por la Revolución mexicana, el 12 de octubre de 1919, y llevado a cabo por estudiantes de la Universidad Nacional de México. En el desfile, un estudiante representaba a Colón en una carabela, otro a Cuauhtémoc, entre otros tantos caballeros encabezados por las figuras de don Quijote y Sancho. Detrás, estudiantes con farolillos y todas las banderas de las naciones hispanoamericanas lanzando discursos sobre la unidad de los pueblos hispanos. Don Quijote, que fue convertido en la España del fin de siglo —la del desastre, la de la derrota— en símbolo de la raza, estaba siendo asumido también como tal por el nuevo gobierno revolucionario, al protagonizar, precisamente, los festejos por el Día de la Raza, caminando delante de todas las banderas unidas por el sustrato hispánico común. La distancia de tres siglos que separa ambos desfiles de don Quijote (de 1621 a 1919) por las mismas calles de la ciudad de México, es el recorrido histórico indispensable para la evolución del personaje: de figura cómica protagonista de un libro cuyo valor original fue el de la risa y el entretenimiento, a símbolo de la espiritualidad y los nobles valores de la raza y la cultura hispánica a ambos lados del Atlántico.

Finalmente, Garcidueñas además realiza un amplio recorrido por las ediciones mexicanas ilustradas del Quijote en el siglo xix, y ofrece la descripción de las más afamadas obras de arte mexicanas que representan a don Quijote o algunas de sus hazañas: los cuadros e ilustraciones de Pelegrín Clavé, Julio Ruelas, José Guadalupe Posada y Roberto Montenegro; las innumerables figuras y escenas del Quijote labradas por Lorenzo Rafael; o la presencia de don Quijote en los escenarios de México.

Interesantísimo es también el texto de quien fuera director de la Academia Mexicana, Alejandro Quijano, titulado «Cervantes y el Quijote en la Academia». En él Quijano rastrea en los diccionarios de la Real Academia la evolución del significado de voces relacionadas con Cervantes y el Quijote, como cervantino, cervantesco, cervantófilo, quijotesco, quijotismo, quixotada, Quixote, Sancho, sanchopancesco, Dulcinea, Maritornes, etc., o del sentido figurado de frases como «molinos de viento», «bodas de Camacho», así como de los refranes y frases hechas cervantinas o relacionadas con los personajes cervantinos. Su objetivo es el de mostrar cómo ha variado la lectura y valoración del Quijote en el transcurso de la historia, a través de la evolución del léxico cervantino en los diccionarios de la Real AcademiaEspañola (como reflejo que éste es de la realidad y de la forma de interpretar la vida en cada momento histórico); evolución que recorre desde la ridiculez del personaje como significado inicial hasta la valoración de la obra como principal ejemplo de idealismo y espiritualidad.

Otros textos insisten en aquella idea que ya Unamuno plasmó en Del sentimiento trágico de la vida para sugerir el espíritu idealista, quijotesco, que impulsó a los primeros protagonistas de la gesta americana: «hay un quijotismo filosófico, sin duda, pero también, una filosofía quijotesca. ¿Es acaso otra, en el fondo, la de los conquistadores...?». Por ejemplo, Antonio Rodríguez, en su texto «Don Quijote: Península Ibérica», analiza el quijotismo de la conquista: los Colón, los Gama, los Cortés y los Alburquerque, no eran sino Quijotes más atrevidos que el propio personaje. Pero no se olvida de que la conquista tuvo también su componente sanchopancesco, porque en su origen y en su desarrollo, como dijo Lope de Vega, primó más la codicia de Sancho que el idealismo de don Quijote: «No les lleva cristiandad, sino el oro y la codicia».

Recogemos también dos textos fundamentales del hondureño Rafael Heliodoro Valle, cuya biografía mexicana le llevó a preocuparse por las cosas de este país. En el titulado «¿Cuándo llegó a México don Quijote?», recuerda, por ejemplo, el intento de Cervantes por encontrar un empleo en la provincia de Soconusco, en Chiapas (que era entonces provincia de Guatemala), citando un amplio fragmento del documento, dirigido al Rey, que se halla en el Archivo General de Indias. En el artículo «El ingenioso hidalgo en México» da noticia de la iconografía de las ediciones mexicanas, de los medallones y bajorrelieves de Lorenzo Rafael, y ofrece la nómina de los principales estudios y artículos que pueden incorporarse a la literatura cervantina en México. Además, hace memoria de las ediciones mexicanas, desde la primera en 1833, la segunda de 1842, con litografías de Mafse y Decaen y los dibujos de Heredia y Blanco, hasta la edición de 1900.

Naturalmente, las fechas conmemorativas de Cervantes y su obra son claves para la aparición de algunos escritos. Entre ellos quiero destacar, para concluir, la sincerísima amonestación del poeta Amado Nervo en su artículo «El Centenario de la muerte de Cervantes» (1915), donde con mucha ironía reprende la actitud de los centenarios, en los que la inundación de escritos y discursos sobre la obra, o los múltiples concursos y efemérides conmemorativas, finalmente no resultan en la incentivación de la lectura del Quijote. Ni siquiera los discursos críticos suponen para Nervo haber leído (o releído, como él dice, «para no herir suspceptibilidades») el Quijote: «Leamos el Quijote, sí..., pero que empiecen por leerlo detenidamente los “cervantistas”, los eruditos, los comentadores... ». Sin embargo, de entre todas las iniciativas nacidas del Centenario, Nervo resalta y encomia una en especial, que encuentra hoy, aquí, en este Centro Virtual del Instituto Cervantes, el lugar más indicado para su recuerdo: «El más humano —escribe Nervo—, el más bello de los propósitos es, sin embargo, a no dudarlo, el del señor López Muñoz, que insinúa la fundación de un Instituto Cervantes, destinado a amparar a los escritores desvalidos de España e Hispanoamérica. La cordialidad española extendería, por tanto, hasta nosotros los hispanoamericanos el beneficio de esta institución. [...] ¡Y qué manera más delicada de honrar la memoria del inmenso y desvalido autor del Quijote, “regocijo de las musas”... y tristeza de sí mismo, que amparar en su nombre a tantos y tantos de estos escritores que lo han menester!».

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