Por Francisco A. de Icaza*
En Sevilla, cinco o seis semanas después de haber salido al público la primera parte del Quijote, «Pedro González Refolio presentaba a la Inquisición, para su examen, cuatro cajas de libros, en una de las cuales iban: 5 Don Quixotte de la Mancha. Estas cajas se registraron en el navío San Pedro y Nuestra Señora del Rosario... El mismo González Refolio, que llevaba muchas otras cajas y fardos de diversas mercaderías, había de recogerlas en Puerto Belo».
Durante junio y julio del mismo año se inscribieron para el Puerto de San Juan de Ulúa —según dice el señor Rodríguez Marín, cuyos son los anteriores informes—, «no menos que doscientos sesenta y dos ejemplares». Sólo en dos cajas, embarcadas en la nao Espíritu Santo para entregar en el mismo puerto de Ulúa a Clemente de Valdés, vecino de México, se contenían ciento sesenta ejemplares de libros del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha a doze Rs. El señor Rodríguez Marín calcula, pues sus datos no pueden ser precisos porque falta en el Archivo de Indias parte de los registros de ida de naos en 1605, que por lo menos mil quinientos ejemplares de las ediciones de ese año pasaron a América, no obstante las reiteradas prohibiciones de enviar a Indias obras de imaginación.
Tan cierto en lo documentado como verosímil en lo inferido y curioso en todo lo demás, es cuanto de sus investigaciones en los archivos españoles logra deducir el señor Rodríguez Marín; pero en los archivos de América consta, a la vez, que esas tolerancias para la salida de los libros, que iban por cuenta de los consignatarios, no se tenían al llegar las obras a su destino. Muchas veces, el propio contrabandista que logró el embarque en la Península, hacía la denuncia —hablo apoyándome en el testimonio de los expedientes conservados en México en el Archivo General de la Nación—, y hubo alguna que en la misma flota se remitieron la carga y los pliegos ordenando la incautación al arribo. Cuando estas persecuciones se llevaban a efecto, pocos libros escapaban, pues los agentes querían evidenciar su celo, y en la mayoría de los casos estaban facultados no sólo para quemar «los prohibidos», sino también «los sospechosos».1
Estos antecedentes explican la carencia de obras de amena literatura en las antiguas bibliotecas de América, no obstante haber salido de España destinadas a Indias. De lo contrario, por lo que toca al Quijote, si gran parte de la edición príncipe pasó a México y al Perú, como el señor Rodríguez Marín fundadamente infiere, los ejemplares habrían abundado en aquellos países, conservándose siquiera alguna muestra, y de ello no hay la menor noticia.
Que algunos Quijotes de las primeras ediciones debieron de quedar en poder de las clases privilegiadas, e ir de mano en mano en el siglo xvii; que su número vendría a ser sustituido o aumentado después por las remesas del siglo xviiI, cuando la prohibición jamás derogada del envío a las colonias españolas de ese género de libros vino a ser letra muerta, por su ineficacia, es evidente. Y en la América española el Quijote fue conocido del público docto por esos ejemplares. El pueblo ya le conocía en efigie viva, pues en fiestas, cabalgatas y mascaradas hubo de representársele casi tanto como en la España peninsular.
Dos años después de aparecido el libro, en 1607, ya vemos a don Quijote en el Perú encarnando en la persona de don Luis de Córdoba, y en 1621, en las fiestas de la beatificación de San Isidro, «los artífices de la insigne platería de México hicieron la más grandiosa máscara que hasta hoy se ha visto en Nueva España», según cuenta Juan Rodríguez Abril, platero, en su Verdadera Relación.2
En la mascarada estuvo representado don Quijote. Un «bizarro labrador» llevaba las armas de Madrid, «y delante de sí, por grandeza y ornato, todos los caballeros andantes... Don Belianís de Grecia, Palmerín de Oliva, el caballero del Febo, etc., yendo el último, como más moderno, don Quijote de la Mancha, todos de justillo colorado, con lanzas, rodelas y cascos, en caballos famosos; y en dos camellos Melia la Encantadora y Urganda la Desconocida, y en dos avestruces los Enanos Encantados, Ardian y Bucendo, y últimamente a Sancho Panza y Doña Dulcinea del Toboso, que a rostros descubiertos, lo representaban dos hombres graciosos, de los más fieros rostros y ridículos trajes que se han visto».
Estas representaciones plásticas del Quijote dejaron en la mente popular un recuerdo de burlas, y a juzgar por alguna mención aislada, no fue mucho más allá el concepto que el Quijote mereció a sus lectores de América hasta las postrimerías del siglo xviii.
El Quijote era ya más leído —por los pocos que leían en la América española— durante el período de crisis que precedió inmediatamente a la emancipación de las antiguas colonias. Es de notar que no fuera tan citado por los hombres que personificaban la cultura hispanoamericana entonces —los que representaron a América en las Cortes de Cádiz, por ejemplo—, como por otros menos doctos y más populares, por francamente revolucionarios: hombres de acción, que hacían historia a la vez que la escribían; que estimaban la literatura como medio de propaganda; que la practicaron con rudezas de pueblo y candideces de niño, y que no se estimarán jamás con justicia si no se tiene en cuenta que no pretendían ser literatos, sino educadores, y que su arte, por las circunstancias en que se presenta, tiene mucho de rudimentario y primitivo.
A través de las menciones de esos autores —estimables siempre por su buena fe, en alguna ocasión por su buen juicio, y muy raramente por su buen gusto— puede verse que el Quijote fue tenido en América en el último tercio del siglo xviii y en el primero del xix, a la vez que como obra de risas, como libro reformador de costumbres. Algunos cronistas mexicanos, y el más antiguo de los noveladores de América —mexicano también— don José Joaquín Fernández de Lizardi, nos dan variados ejemplos de ese período del cervantismo americano, aquéllos en sus memorias y folletos, y éste, la más significativa en su novela La Quijotita y su prima que no es una imitación del Quijote, como pudiera creerse sino un cuadro de cómo era la vida en los albores del siglo último, en la más próspera de las antiguas colonias españolas.3
A reseñar, siquiera sea brevemente, algunas características del concepto del Quijote en América durante el siglo xix y lo que va del xx, destinaré capítulo aparte.