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El «Quijote» en América

El ingenioso hidalgo en México

Por Rafael Heliodoro Valle*

Está en México una de las colecciones más ricas en ejemplares de Don Quijote, de las más finas ediciones que en varios idiomas se han hecho, en diversas épocas, de la novela que más han leído las gentes y que seguirán leyendo las venideras, hasta que el castellano se gaste como el hierro y deje de valer lo que el oro.

No tengo permiso de su dueño —y he de respetar su decisión— para decir su nombre y, mucho menos, el sitio en donde guarda su envidiable tesoro. Pero la geografía cervantina puede contar por ahora con este dato: la colección se encuentra en uno de los más floridos alrededores de México —la ciudad a quien Cervantes vio en sueños como una nueva Venecia—, uno de esos alrededores donde la primavera más feliz y el cielo más encarnizadamente azul tienen su asiento. Es una de esas residencias auténticamente mexicanas, que nada acusan por fuera, pero adentro guardan con avaricia un jardín imponderable, una familia hospitalaria y, a más de la anchura con que la luz diurna se regala y la de las estrellas que recrea en sí misma, hay una biblioteca —mínima, pero espléndida—, y ésta, la del gentilísimo caballero a quien tuvo la bondad de presentarse hace poco, una tarde con relojería de buganvillas, mi noble amigo Lorenzo Rafael Gómez, ha sido para mí una de las sorpresas que la dicha me estaba reservando en el Valle de México.

Claro que esta colección no es, ni con mucho, la cuarta parte en número de lo que cierto millonario yanqui pudo sacar de España para llevarla como tesoro ultramarino a la tierra del dólar, muy a pesar de las tardías protestas de toda una legión de cervantistas que, comenzando en Rodríguez Marín y siguiendo en don Alejandro Quijano, aún no se explican cómo fue posible que España se privara de ella. Quien ha hecho la mejor nómina o iconografía de las ediciones del Quijote es don Manuel Henrich, en abril de 1905, imprimiendo su libro en Barcelona, y en ese inventario precioso da a conocer reproducciones en facsímile de las portadas de 611 ediciones de la obra inmortal, pues que tuvo en sus manos los respectivos ejemplares que desde 1605 a 1905 han salido de las prensas, en los diversos países donde la cultura tiene, por lo menos, un par de devotos.

En la espléndida colección que he descubierto figura un ejemplar de la segunda edición, la cual, bien sabido es —de sobra, por los cervantistas— que supera en su texto al de la primera, porque Cervantes corrigió las pruebas de imprenta, y sólo un verdadero conocedor puede distinguir un ejemplar de la primera edición de otro de la segunda, porque la semejanza tipográfica es asombrosa desde la portada; pero hay una letra intrusa que es la diferencia fundamental. Sin embargo, este ejemplar está valuado ya, en cualquier mercado de libros que se precie de serlo, en la suma de veinte mil pesetas.

El sagaz coleccionista cervantino tiene como oro en paño ejemplares de la primera edición francesa y de la primera de Londres, y luego, para explicar la ausencia de otras ediciones, hace notar que sólo en nuestro idioma, hay más de 240, en francés más de 165, en inglés 95, en alemán 45, en italiano 16, en ruso 10, y después siguen las holandesas, portuguesas, suecas, húngaras, polacas, checas, danesas, griegas, catalanas, ¿a qué seguir numerando, si después de la Biblia es el libro más popular? Con decir que hasta en chino hay traducción sólo que no ha sido publicada, porque según noticias que tengo el original se perdió a la muerte de su traductor, el culto diplomático chino señor Tam-Pui-Shum, quien estuvo en Méjico y Centro América en 1910.

La atmósfera en que respiran estos preciosos ejemplares cervantinos está realzada por la presencia de medallones y bajorrelieves de Lorenzo Rafael, notable escultor mexicano que, como nadie, ha sabido enriquecer motivos del más ilustre ciudadano del mundo y de las varias escenas que se le relacionan: «Don Quijote y su galgo», «Sancho en la ínsula Barataria», «Los molinos de viento», «El banquete en la casa de los duques», y luego la clásica bacía y los dos personajes humildes, de quienes no se han acordado: Rocinante y el Rucio. Para todo ello Lorenzo Rafael ha tenido que estudiar profundamente todo lo que hay de Rodríguez Marín, Navarro Ledesma, Azorín, Américo Castro, Unamuno.

No son menos dignos de consideración los mexicanos cervantistas, que comenzando en Luis Elguero, siguen en Francisco A. de Icaza, Luis González Obregón, Alejandro Quijano, Francisco J. Santamaría, José Valenzuela Rodríguez, y tres que han sido primerísimos, el célebre arzobispo del Ponto, don Ignacio Montes de Oca, quien hizo el elogio de Cervantes en Madrid al celebrarse el III centenario del Quijote; don Erasmo Castellanos Quinto, que en cátedra sería capaz de disertar muchos años sobre la novelística cervantina, y don Enrique Martínez Sobral, quien una vez, en mi presencia, recitó el capítulo que le fue señalado.

La primera edición mexicana se hizo en esta capital en 1833, para gloria perdurable del impresor don Mariano Arévalo. Se trata de cinco tomos, que en total —además del texto, de un análisis del Quijote y de prólogos, dedicatorias, sonetos e índices—, dan 1 588 páginas en octavo menor. Las láminas son de primera. En aquel año había en México una de las situaciones más inseguras de las que se tiene noticia; pronunciamientos en diferentes rumbos del país, grupos de bandoleros haciendo de las suyas, un déficit enorme en las arcas nacionales y hasta Inglaterra reclamando por la muerte de unos de sus súbditos, mientras el gobierno daba plazos para poderle hacer un modesto abono de réditos que se le debían. Y, sin embargo, a pesar de todo, en México había un impresor como el señor Arévalo que se preocupaba por acometer la empresa de una edición como ésta. La segunda edición, muy hermosa, como que fue hecha en 1842 por don Ignacio Cumplido, lleva en 458 páginas 125 estampas litográficas en las que intervinieron Mafse y Decaen, además de los dibujos que prepararon Heredia y Blanco, y el ejemplar se vendía a seis pesos seis reales.

Hay una tercera edición, dos tomos en cuarto, dada a la estampa por el impresor Blanquel en 1853; la cuarta, de cuatro volúmenes en doceavo, hecha en la imprenta de la viuda de Segura (1868 a 1869); la quinta, realizada por don Ireneo Paz, en 1877, y que primero apareció como folletín en su diario La Patria, siendo la base para la edición económica, y finalmente la de 1900, en folio y lujosamente enriquecida con grabados.

En su excelente Historia crítica de la tipografía en la ciudad de México (1834-35), Enrique Fernández Ledesma, al dar cuenta de la primera edición, hace notar que el retrato de Cervantes es una lámina en acero y que los grabados, «aunque de torpe dibujo», son de una pericia técnica indudable. Fernández Ledesma amplía su comentario así:

El 33 es un año memorable para las Bellas Letras. Aparece la primera edición mexicana del Quijote, hecha en cinco volúmenes, en la Imprenta de Mariano Arévalo, calle de la Cadena número 2.

El libro no es notable por su impresión. Ni aun el frontispicio obedece a ciertas pautas —francesas o inglesas— que ya se habían observado antes. Su tipo de labor, de estilo anglicano y quizá adquirido en fundiciones norteamericanas, no sobresale por su corte y carácter. Páginas mal equilibradas en su entintaje, a menudo llenas de atascamientos, aunque con un registro de trasluz escrupuloso. Descuido, precipitación, acaso. Además, ignorancia y mal gusto. Papel superior, disminuido, humillado, empequeñecido, así como las planas de composición, por mezquinos márgenes.

Ornamentan la obra curiosas láminas grabadas en cobre, con excelente procedimiento técnico, pero hechas por un dibujante de tercera categoría, pesado, insensible, a veces gracioso de puro ingenuo y que nos da una versión peregrina del Quijote: un doncel mofletudo, orondo, que se adivina sonrosado y sin la menor huella psicológica de su conmovedor y fantástico ministerio. Por lo demás, no eran muy superiores, en exégesis, las ilustraciones españolas, inglesas, francesas y de otros países en donde en ediciones, a menudo magníficas, se representó la figura del manchego. Definitivamente vino a fijar su carácter, a interpretar su psicología y a crear, en suma, la efigie plástica del Quijote —ya no concebido después de otra manera— aquel portentoso dibujante que, más que en otras obras, labró su celebridad con las ilustraciones que hizo al libro de Cervantes: Pablo Gustavo Doré.

El primer Quijote mexicano es, sin embargo, meritísimo. Representa sacrificios editoriales, quizá onerosos para la época, y da una nota de cultura avanzada en el medio ramplón de suscriptores por entregas y de maníacos de los calendarios. Ahora, sólo de tarde en tarde y a muy subido precio, es dable adquirir esta edición de Arévalo.

Es a José Joaquín Fernández de Lizardi, el autor de La Quijotita y su prima, a quien debemos la primera mención hispanoamericana del Quijote en el siglo pasado. Y entre los estudios y artículos que pueden incorporarse a la literatura cervantina en México, merecen singular referencia los siguientes: «Algunas observaciones críticas sobre D. Quijote», por Pablo Moreno (El Museo Yucateco, Campeche, 1841); «Ediciones del Quijote en América», por Ricardo Palma (Revista del Archivo y de la Biblioteca Nacional de Honduras, Tegucigalpa, 25 de diciembre de 1926); el soneto que comienza «No ha muerto Don Quijote», de Juan de Dios Peza; «Don Quijote en América», por Francisco A. de Icaza (Madrid, 1911); «Miguel de Cervantes Saavedra» (México, 1916), volumen que contiene las conferencias sustentadas en la «Semana Cervantina» que organizó la Universidad Popular Mexicana para conmemorar el tercer centenario de la muerte de Cervantes, y en el que figuran trabajos de Alejandro Quijano, Carlos González Peña, Genaro Fernández MacGregor, Enrique O. Aragón, Miguel Salinas, Antonio Castro Leal y Federico E. Mariscal; «Supercherías y errores cervantinos puestos en claro» (Madrid, 1917), y «Las novelas ejemplares» (Madrid, 1928), por Icaza, y «El Caballero de la Triste Figura. Cómo lo han interpretado un artista mexicano y un artista argentino» (Revista de Revistas, México, 20 de abril de 1919).

  • (*) «El ingenioso hidalgo en México», revista Cervantes, Habana, febrero de 1939, Año XIV, n.º 2. En la edición de este artículo se respetan escrupulosamente las grafías del original para Méjico/México y derivados, que conviven indistintamente en todo el texto. volver
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