Por Rafael Heliodoro Valle*
Icaza dice —citando a Rodríguez Marín— que en junio y julio de 1605 —el mismo año en que apareció el libro inmortal— se inscribieron para el puerto de San Juan de Ulúa «no menos de doscientos sesenta y dos ejemplares» y que sólo en dos cajas, «embarcadas en la nao Espíritu Santo para entregar en el mismo puerto de Ulúa a Clemente de Valdés, vecino de México, se contenían ciento sesenta ejemplares de libros del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha a doze Rs. El señor Rodríguez Marín calcula, pues sus datos no pueden ser precisos porque falta en el Archivo de Indias parte de los registros de ida de naos en 1605, que por lo menos mil quinientos ejemplares de las ediciones de ese año pasaron a América, no obstante las reiteradas prohibiciones de enviar a Indias obras de imaginación».
Pero Icaza hace este comentario: «Tan cierto en lo documentado como verosímil en lo inferido y curioso en todo lo demás, es cuanto de sus investigaciones en los archivos españoles logra deducir el señor Rodríguez Marín; pero en los archivos de América consta, a la vez, que esas tolerancias para la salida de los libros, que iban por cuenta de los consignatarios, no se tenían al llegar las obras a su destino. Muchas veces, el propio contrabandista que logró el embarque en la Península hacía la denuncia —hablo apoyándome en el testimonio de los expedientes conservados en México en el Archivo General de la Nación—, y hubo alguna que en la misma flota se remitieron la carga y los pliegos ordenando la incautación al arribo. Cuando estas persecuciones se llevaban a efecto, pocos libros escapaban, pues los agentes querían evidenciar su celo, y en la mayoría de los casos estaban facultados no sólo para quemar los prohibidos, sino también los sospechosos».
Luis González Obregón dice que Don Quijote llegó por primera vez a México en 1608. En su México viejo y anecdótico (París, 1909), aprovechando un haz de papeles viejos que dice titulábase Inquisición de flotas venidas de los Reynos de S. M. desde el Año de 1601 hasta el presente de 1610, afirma que en la parte relativa a la flota de 62 naves que salió de Cádiz el 12 de junio de 1608 mandada por Lope Díez de Almendárez y que llegó al puerto de San Juan de Ulúa, frente a Veracruz, el 19 de agosto de dicho año, se decía que fue mandado al Santo Oficio de la Inquisición de México un ejemplar de la edición de Don Quijote de 1605, que «pareció al Comisario de la Veracruz y Oficiales Reales de la Real Aduana, ser Romance que contiene materias profanas, fabulosas y fingidas»; y que al margen de tales líneas aparecía con letra diferente esta apostilla: «se volvió el libro por súplica de S. Illma. d. Fr. García Guerra a su dueño Matheo Aleman, Contador y Criador de Su Magestad». González Obregón en «Una tradición sobre el Quijote» asegura también que uno de los pocos ejemplares que circulaban aquí en el primer tercio del siglo xvii pertenecía a un oidor de la Real Audiencia y que los ejemplares que tenía eran de los publicados en 1605 y 1615.
A Don Quijote se le reencarnó en solemnes actos públicos en América desde el siglo xvii. Utilizando Icaza el folleto «Cosas de España», por el conde de las Navas (Sevilla, 1892) y Don Quijote en América, por don Francisco Rodríguez Marín (Madrid, 1911), recuerda que «los artífices de la insigne platería de México hicieron la más grandiosa máscara que hasta hoy se ha visto en Nueva España» durante las fiestas de la beatificación de San Isidro en esta metrópoli, tal como lo cuenta en su Verdadera relación el platero Juan Rodríguez Abril, habiendo pasado la mascarada por las famosas calles de Tacuba. Además de don Quijote aparecieron en la farsa un labrador llevando las armas de Madrid, «y delante de sí, por grandeza y ornato, todos los caballeros andantes... Don Belianís de Grecia, Palmerín de Oliva, el caballero del Febo, etcétera, yendo el último, como más moderno, don Quijote de la Mancha, todos de justillo colorado, con lanzas, rodelas y cascos, en caballos famosos; y en dos camellos Melia la Encantadora y Urganda la Desconocida, y en dos avestruces los Enanos Encantados, Ardian y Bucendo, y últimamente Sancho Panza y Doña Dulcinea del Toboso, que a rostros descubiertos, lo representaban dos hombres graciosos, de los más fieros rostros y ridículos trajes que se han visto».
En octubre de 1905 se estrenó la pieza dramática El último capítulo, de Manuel José Othón, en el teatro de La Paz, de San Luis de Potosí, figurando en el elenco, además de Cervantes, Fray Luis de Aliaga, Gutierre de Cetina, el licenciado Pedro Pérez Palacios, el maese Nicolás, doña Catalina de Salazar y Palacios, doña Isabel de Saavedra y doña Constanza de Ovando. La acción se desarrollaba en Madrid, en la casa de Cervantes, calle del Duque de Alba, enero de 1615. Tomaron parte en la representación los jóvenes David A. Cossío, Santiago González, José Perogordo, Manuel J. Sosa y José Antonio Lámbarri, y las señoritas Guadalupe Sosa, María Helguera y Mercedes Sosa.
Son varias las interpretaciones que han hecho pintores, escultores y grabadores al estudiar los personajes de la novela impar. Además de los trabajos de Lorenzo Rafael, que ya hemos mencionado, hay que conocer los dibujos que Roberto Montenegro publicó por vez primera en la Revista Moderna de México ilustrando un poema de Jesús E. Valenzuela, y los siete con que embelleció el tomo II de Lecturas clásicas para niños (México, 1925).
La fuente de «Don Quijote», en el bosque de Chapultepec, en la penumbra de los ahuehuetes, muestra a don Quijote y Sancho, siendo la fuente una copia de la del parque de María Luisa, de Sevilla, habiéndose concluido en Puebla algunas de las baldosas y luciendo en las 180 lozas de mayólica trabajada en Triana, al auténtico estilo de Talavera, representaciones de escenas del libro inmortal. Esta ofrenda se alzó, gracias al embajador de México en España, don Miguel Alessio Robles, en 1924.
En el salón don Quijote, del hotel Regis, hay las figuras en cerámica, de procedencia francesa, que son otra clase de interpretaciones. Pero el «Don Quijote» en la escultura anónima que procede del pueblo de Amozoc, va caminando, sobre maltrecho, derrengado Rocinante, con la majestad que conviene al Primer Ciudadano de Europa y tal como lo definiera el niño mexicano: Un «hombre alto, flaco, a caballo y con una lanza».
Sabía Cervantes de la cortesía mexicana y de los jinetes mexicanos. Y en el capítulo XLII de la parte I habla del Oidor Pérez de Viedma, que «iba proveído para oidor a las Indias, en la audiencia de Méjico», y a quien no le fue «posible dejar el camino que llevaba, a causa de tener nuevas que de allí a un mes partía flota de Sevilla a la Nueva España y fuérale de gran incomodidad perder el viaje».
Ya en 1590 pidió al rey que le diese un empleo en la provincia de Soconusco, en Chiapas (que era entonces provincia de Guatemala). El documento se halla en el Archivo General de Indias y no está de más reproducirlo: «Señor: Miguel de Cervantes Saavedra, dice que ha servido a V. M. muchos años en las jornadas de mar y tierra que se han ofrecido de veinte y dos años a esta parte, particularmente en la batalla naval donde le dieron muchas heridas, de las cuales perdió una mano de un arcabuzazo. Y el año siguiente fue a Navarino, y después a la de Túnez y a la goleta; y viniendo a esta Corte con cartas del Señor Don Juan y del Duque de Ceza, para que V. M. le hiciese merced, fue cautivo en la galera del Sol él y un hermano suyo, que también ha servido a V. M. en las mimas jornadas, y fueron llevados a Argel, donde gastaron el patrimonio que tenían en rescatarse, y toda la hacienda de sus padres y las dotes de dos hermanas doncellas, que tenían, las cuales quedaron pobres por rescatar a sus hermanos, y después de libertados fueron a servir a V. M. en el reyno de Portugal y a las terceras con el Marqués de Santa Cruz, y ahora, al presente, están sirviendo y sirven a V. M. el uno de ellos en Flandes, de alférez y el Miguel de Cervantes fue el que trajo las cartas y avisos del alcaide de Mostagán; y fue a Orán por orden de V. M., y después ha asistido sirviendo, en Sevilla, en negocios de la Armada por orden de Antonio de Guevara; como consta por las informaciones que tiene, y en todo este tiempo no se le ha hecho merced ninguna. Pide y suplica humildemente cuanto puede a V. M. sea servido de hacerle merced de un oficio en las Indias, de los tres o cuatro que al presente están vacíos, que es el uno la Contaduría del Nuevo Reyno de Granada, o la Gobernación de la Provincia de Soconusco, en Guatemala, o Contador de las galeras de Cartagena, o Corregidor de la ciudad de La Paz; que con cualquiera de estos oficios que V. M. le haga merced; porque su deseo es a continuar siempre al servicio de V. M. y acabar su vida como lo han hecho sus antepasados, que en ello recibirá muy gran bien y merced. Miguel de Cervantes Saavedra. A 21 de mayo: 1590. Al Presidente del Consejo de Indias».
México se privó de tener bajo su techo y de sentar a su mesa al gran don Miguel; pero, en cambio, quizá por no haberse dado este lujo, no impidió que el mundo tuviese uno de los libros más extraordinarios que se han escrito en todos los tiempos: El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha.
Si Cervantes hubiera tenido éxito favorable en su solicitud, se habría encontrado con la tierra que da el chocolate más sabroso del mundo, que entonces tenía amplia notoriedad en el mercado de Europa y hacía famosas las primeras chocolaterías y fábricas de bombones en aquellas ciudades, que con el precioso producto americano lograron hacer uno de los artículos de más activa demanda. Y también habría encontrado, para su aposento de corregidor —que tal era el empleo que pedía al rey—, buenos muebles, bien incrustados, porque ya entonces en la región chiapaneca del Soconusco los maestros carpinteros hacían artículos que la tradición ha logrado mantener en todo su esplendor en aquella pingüe comarca.