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El «Quijote» en América

De cómo vino a México Don Quijote1

Por Luis González Obregón*

Ocultose al muy erudito, diligente, entendido y minucioso historiador arábigo, Cide Hamete Benengeli, el cómo, cuándo y por mano de quién vino a la Nueva España la historia famosísima del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha: luz y espejo de la caballería andante, flor y nata de la gentileza, amparo y remedio de los menesterosos, quinta esencia de los caballeros, como con acierto tanto le llamó su compatriota, el Licenciado Pedro Pérez, cuando le encontró allá en la Sierra Morena.

Aficionado como soy a leer «aunque sean los papeles rotos de las calles», como lo era el muy discreto cronista que nos legó el castellano texto de la vida del ilustre manchego, no en la tienda de un sedero, donde la buena suerte le deparó el original arábigo de su inmortal libro, sino en la casa de un bibliófilo amigo mío, quiso mi buena ventura que topase, entre muchos polvorosos y amarillentos manuscritos, con uno en folio común, de caracteres revesados, picado de polilla, trunco, pero cuyo título muy legible, decía así: «Inquisición de flotas venidas de los Reynos de S. M. desde el Anno de 1601 hasta el presente de 1610».

Era costumbre en aquellos felices tiempos que a la llegada de los navíos de astilla, se les practicase visita minuciosa por los delegados del Santo Oficio y por los empleados de la Real Aduana, con el fin de recoger los libros que no tenían circulación libre en los Reinos de las Católicas Majestades españolas; y primero la ejecutaban unos comisionados que llamaban de «Inquisición de flota», después otros que nombraron de «Inquisición de Aduanas», y a la postre, unos diputados por el Santo Oficio y otros por el Real Fisco, se encargaban de hacer discreto y sesudo escrutinio de las obras que venían en las naves.

Fruto de esa tarea impuesta por los reyes castellanos en su legislación medrosa, fue el contenido del expediente curiosísimo que tuve en mis manos, en la casa del dicho amigo, el cual expediente comenzaba con una especie de reglamento a que deberían sujetarse los visitantes de las flotas, dividido en párrafos, a modo de artículos, y para muestra copio los que siguen:

Párrafo primero. —Rogamos y encargamos a los Prelados que ordenen a sus Provisores puestos en Puertos de Mar, que quando los Oficiales de nuestra Real Hacienda visiten los Navíos, que en ellos entraren, se hallen a las visitas, para ver y reconocer si llevasen libros prohibidos. Y mandamos a los dichos nuestros Oficiales, que no hagan las visitas sin intervención y asistencia de los Provisores, y de otra forma de ninguna persona los pueda sacar, ni tener. (Cédula del Rey N. S. fecha en Madrid a 18 de enero de 1585).

Párrafo segundo. —Nuestros Virreyes, Presidentes y Oidores pongan por su parte toda la diligencia necesaria, y den orden a los Oficiales Reales, para que reconozcan en las visitas de Navíos si llevaren algunos libros prohibidos, conforme a los Exporgatorios de la Santa Inquisición, y hagan entregar todos los que hallaren a los Arzobispos, Obispos, o a las personas a quien tocare, por los acuerdos del Santo Oficio. (Cédula del Rey N. S. D. Felipe II y de la Princesa Gobernadora en Valladolid a 9 de octubre de 1556).

En los párrafos siguientes se mencionaban con prolijidad los libros que habíanse de recoger, entre otros, además de los escritos por herejes o «que tratasen de cosas contrarias a nuestra santa fe y buenas costumbres», los impresos que contuviesen materias de Indias, es decir de historia de la América; «los Artes y Vocabularios» de lenguas indígenas que no estuviesen examinados y aprobados por el Ordinario y vistos por la Real Audiencia del Distrito, «según tenía prevenido el Rey Nuestro Señor a 8 de mayo de 1584»; en fin, «los libros profanos y fabulosos», cuya circulación se vedaba en los dominios del Nuevo Mundo, porque según la Cédula de Carlos V, expedida en Valladolid a 29 de septiembre de 1543, «de llevarse a las Indias libros de Romance, que traten de materias profanas, y fabulosas, e historias fingidas, se siguen muchos inconvenientes», y mandaba a los Virreyes, Audiencias y Gobernadores, «que no los consientan imprimir, vender, tener ni llevar a sus distritos, y provean que ningún Español ni Indio los lea».2

Constaban en el citado expediente, después de estos peregrinos mandamientos, todos y cada uno de los libros que fueron decomisados en la Veracruz, en acatamiento de tales disposiciones, y aunque comezón me daba copiar los títulos íntegros, pues eran breves, empero, por pereza me hube de contentar con uno u otro. En la flota que vino en 1601, al mando del general don Pedro de Escobar y Melgarejo, se recogió, el Espejo de Caballerías, por Diego Ortúñez de Calahorra, natural de Nájera, impreso año de 1562 y dedicado a don Martín Cortés, hijo del famoso Conquistador, don Hernando. En la flota de 1602, mandada por el general don Juan Gutiérrez Garibay se retuvo la Historia de Bernardo de Carpio, impresa por Pedro López Haro en Toledo, año de 1585. En la flota que llegó, a las órdenes de don Juan Pérez Portu, el año de 1604, se decomisaron muchos libros de herejes y de autores profanos, como Lucrecio, Ovidio, etc., en la de 1605, que estuvo también al mando del mencionado Garibay, se recogió la Historia General de las Indias, por Francisco López de Gómara, segunda edición publicada en Medina del Campo, por A. Millis, año de 1553.

Pero el contenido más interesante, del mutilado y polvoroso manuscrito, está en el folio 10, vuelta, pues en dicho folio se dice, que en la flota de 32 naves, y que se hizo a la vela en la bahía de Cádiz el jueves 12 de junio de 1608, mandada por el general don Lope Díez de Almendarez, la cual ancló con favorables tiempos y vientos la tarde del martes 19 de agosto del mismo año, en el puerto de San Juan de Ulúa, fue recogido y mandado a este Santo Oficio de la Inquisición de México, un libro en 4.º, aforrado en pergamino, que dice en su carátula: «El Ingenioso Hidalgo Don Qvixote de la Mancha, Compuesto por Miguel de Ceruantes Saauedra, Dirigido al Dvqve de Béjar, Marqués de Gibraleón de Benalcaçar, y Bañares, Vizconde de la Puebla de Alcozer, Señor de las villas de Capilla, Curiel y Burguillos. (Escudo) Año 1605. Con privilegio. En Madrid, Por Juan de la Cuesta», que pareció al Comisario de la Veracruz y Oficiales Reales de la Real Aduana, ser Romance que contiene materias profanas, fabulosas y fingidas.

No proporciona más pormenores el importantísimo expediente, pero al margen de estas líneas que he copiado, con caracteres minúsculos, casi borrados y de letra diferente, encontré una apostilla que decía: «se volvió el libro por súplica de S. Illma. d. fr. García Guerra a su dueño Matheo Aleman, Contador y Criado de su Magestad».

Por parcas que sean las líneas que he trasladado, el contenido de ellas no puede menos de ser interesante para los admiradores del gran príncipe de las letras españolas, Cervantes de Saavedra, hoy que el mundo entero celebra el tercer centenario de la aparición de su Don Quijote de la Mancha.

Esas pocas líneas nos revelan que tan inmortal libro, es decir, la «Primera Parte» o volumen, pues su continuación no se publicó hasta 1615, lo trajo a México consigo Mateo Alemán, el autor del Pícaro Guzmán de Alfarache, que, en efecto, vino a la Nueva España el año de 1608 en compañía del Arzobispo Virrey D. Fray García Guerra, cuyos Sucesos de Gobierno imprimió aquí en 1613, lo mismo que la Ortografía Castellana en 1609, al siguiente año de estar en la capital, donde a no dudarlo, murió viejo y achacoso, pues en nota que puso a las erratas de su dicha Ortografía, dijo:

En el corregir deste libro, hize lo que pude: algunos acentos van trocados y letras por otras, aunque no alteran la significación del vocablo. Súplalo el prudente y enmiéndelo el sabio, que no es posible corregir bien sus obras el autor de ellas: de más que la corta vista y larga enfermedad me disculpa.

***

Pero no mucho tiempo transcurrió sin que las provisiones de don Carlos V y don Felipe II fueran letra muerta, respecto al libro de Don Quijote de la Mancha, por «profanas, fabulosas y fingidas» que sean sus materias. El poderoso ingenio de su autor sugestionó a todos y los mismos comisarios del Santo Oficio y los oficiales de la Real Aduana, o se hicieron de la vista gorda o en sus barbas metieron de contrabando ejemplares del festivo libro.

El gran ingenio de Cervantes, como el famoso Caballero de su historia, embistió valeroso en contra de esas cédulas, provisiones y mandatos, que para su obra no fueron sino viento de molinos, polvo de imaginados ejércitos, gigantes fabulosos, porque a pocos años circulaba libre y sin obstáculos por todas las Provincias de la Nueva España en casa de los humildes y en los palacios de los poderosos; como el Ilustre Manchego entraba y salía en ventas y en castillos, «moviendo a risa al melancólico, no enfadando al simple, admirando con su invención al discreto, no despreciado por el grave, ni el prudente dejándolo de alabar un solo instante».

Una tradición sobre el Quijote

No bien hubo atravesado los dilatados mares don Alonso de Quijano, el bueno, pisado las playas de la Nueva Veracruz y llegado a la capital de la entonces Nueva España, cuando la popularidad de que gozó fue inmensa y todos le conocían con el sobrenombre de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

Admiraba a unos por su extravagante catadura, a otros por la talentosa manera de discurrir sobre las armas y las letras; no pocos reían con sus locuras y muchos se maravillaban con el sin igual valor que demostró en la nunca bien ponderada aventura de los leones.

Los contados ejemplares que de su Historia circulaban en México, por muchos leídos y releídos, andaban ya en estado lastimoso, pues aún no terminaba tal lector la sabrosa narración de Cide Hamete Benengeli, cuando ya otro le había pedido prestado el libro para devorarle.

Cuenta la tradición que uno de los pocos ejemplares que circulaban aquí en el primer tercio del siglo xvii pertenecía a un Oidor de la Real Audiencia de la Nueva España, el cual se hacía lenguas en elogio del Quijote, siempre que en los ratos de ocio charlaba con su excelencia el virrey y sus colegas los oidores.

El virrey, cuyo nombre calla la tradición, no poseía ejemplar del famoso libro, y tantas alabanzas escuchó de su entusiasta admirador, que un día, después del Real Acuerdo, manifestó vivos deseos de conocer obra tan loada; y el diligente y cortesano Oidor, personalmente y en la misma tarde, puso en manos de su excelencia los dos volúmenes publicados en 1605 y en 1615.

Pasaron algunos meses. El Oidor, entretanto, no tuvo oportunidad de hablar con el virrey, a veces por enfermedad, pues padecía de reuma y no le había sido posible salir de casa, y a veces porque la falta de asuntos de vital importancia no había presentado ocasión de juntarse a todos los oidores en Real Acuerdo.

Pero sucedió que, cierta mañana, estando sentado el Oidor en cómoda poltrona de su gabinete de estudio, rodeado de estantes pletóricos de infolios encuadernados en pergamino, entró su criado anunciándole que un paje del virrey venía de parte de éste, desde el Real Palacio.

—¡Que pase! —dijo secamente el Oidor.

Penetró el paje al estudio, con el sombrero bajo el brazo; hizo una profunda caravana a Su Señoría, le entregó una esquela lacrada «de parte del Excelentísimo Señor Virrey», y sin esperar respuesta, inclinose de nuevo con respeto, y casi de un salto, sin dar la espalda, salió por la puerta del gabinete. 

El Oidor no se dio cuenta de ello. Calose las gafas, tomó un polvo del fresco y aromático rapé, y con los ojos más abiertos que de costumbre por la sorpresa, leyó la esquela del virrey, que así rezaba, poco más o menos: «Estoy encantado con la obra que Su Señoría tuvo la bondad de regalarme. El Quijote es libro ameno y deleitoso, y su ejemplar nunca se apartará de mí, mientras viva».

El Oidor dio un salto y en seguida un brusco sentón en la poltrona. Arrojó colérico las gafas sobre la mesa de trabajo, dando a la vez un puñetazo que hizo saltar las plumas de ave que estaban en un tintero de maciza plata, los libros abiertos, los papeles con apuntes y los abultados expedientes.

—¡Regalarle yo mi Quijote! ¡Mentira! Pero yo tengo la culpa —se decía—, por elogiar mis libros. Quizá el virrey creyó que se lo obsequiaba; o tal vez, con ardid ingenioso, ¡me ha hurtado el más ingenioso de cuantos libros he leído!

Luego cambió de tono y haciendo el signum crucis con el índice y pulgar de la mano diestra, santiguose devota y cristianamente, como para borrar el pecaminoso pensamiento que le había asaltado.

  • (1) Este trabajo fue rectificado por su autor en artículo posterior a la vista del estudio hecho por F. Rodríguez Marín. (N. del E.). volver
  • (2) Estas disposiciones son las mismas que contiene el libro I, título XXIV de la Recopilación de las leyes de Indias. volver
  • (*) Luis González Obregón, «De cómo vino a México Don Quijote» y «Una tradición sobre el Quijote», en México viejo y anecdótico, Espasa-Calpe Mexicana, México, 1966,
    págs. 37-40. volver
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