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El «Quijote» en América

La cueva de Montesinos

Por Amancio Bolaño e Isla*

Los libros de caballería que incitaron a don Quijote pertenecen al ciclo bretón y carolingio. En el descenso a la cueva de Montesinos junto con la tradición épica, desde la Odisea tan abundante, están los mitos célticos y su difusión medieval como el monje que pasa trescientos años oyendo el canto de una avecilla, según la Cantiga de Alfonso X. Que en el mundo sobrenatural transcurra un tiempo larguísimo, mientras que en el natural haya pasado una hora, le ocurre a Nera de retorno del Sid, paraíso o infierno de la aristocracia guerrera céltica. Don Quijote como Nera pasa también tres días en la cueva. «¿Cuánto ha que bajé?» —pregunta don Quijote—. «Poco más de una hora» —respondió Sancho—. Éste conoce el calendario de las leyendas populares: «quizá lo que a nosotros nos parece una hora, debe parecer allá tres días con sus noches» (II, 23). «Fue una feliz intuición de Cervantes —dice Marasso— hacer seguir a su héroe alucinado este ciclo de los arquetipos; lo ayudaron, juntamente con la mitología céltica, sus modelos Virgilio y Ariosto». Y «lo que más admira es que en este orbe de los encantamientos don Quijote se mantenga en la pura ortodoxia mítica, sin ninguna aberración repugnante o que repugne a la razón en esa visión sobrenatural de las tradicionales creencias». En fin, don Quijote como Ulises, como Eneas, como Astolfo desciende «por la caverna». «Cervantes debía recurrir al tema del sueño para mostrarnos las entrañas infernales sin apartarse de la verdad de su historia».

El episodio está perfectamente centrado en la obra, meditado, fundamentado en la épica clásica y en los mitos célticos, todo lo cual demuestra que Cervantes sabía lo que hacía y conocía perfectamente lo que traía entre manos. Lo de ingenio lego, otro mito.

Pero es tan misteriosa la segunda parte del Quijote que caben, sin el desdeño de las fuentes, las más variadas presunciones. Que en el episodio haya una sátira político-social y una crítica acerba del favorito, duque de Lerma, y del místico e inepto Felipe III y su esposa, también es posible; pero ¿con qué propósito lleva el autor a su héroe hasta los antros de la tenebrosa cueva? Sabemos que Cervantes no es más que el narrador de unos procesos vitales que tienen que darse necesariamente, supuesta la «incitación» que supo ingerir en su héroe. Entonces quien va a la cueva, quien necesita ese refugio misterioso es don Quijote, no es el autor quien le lleva sino que se limita simplemente a narrar el hecho según los cánones clásicos y los mitos célticos a que antes hicimos referencia.

Tratemos de situar el episodio que creemos se halla centrado en el momento preciso en que don Quijote necesita el refugio para continuar viviendo como héroe incitado, y llevar sobre los hombros el peso de un nombre que está ya registrado en la historia: «¡Santo Dios! ¿Qué es lo que dices, Sancho amigo? —dijo don Quijote. Mira no me engañes, ni quieras con falsas alegrías alegrar mis verdaderas tristezas» (II, 10). Estas palabras las dice el caballero momentos antes de presentarle los miserables despojos de su idealizada Dulcinea. Y después del episodio, el alma de don Quijote se abre en floración de rotas ilusiones y tristes desengaños: «Ahora torno a decir, y diré mil veces, que soy el más desdichado de los mortales» (Id.).

Tan grande es la pena que le invade que Sancho, con remordimiento de culpable, hubo de decirle: «Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias; vuesa merced se reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas de Rocinante, y avive y despierte, y muestre aquella gallardía que conviene que tengan los caballeros andantes...» (II, 11). Y más adelante, después del encuentro con el carro o carreta de las «cortes de la muerte» dice don Quijote: «...y ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño...» (Id.). El nombre de don Quijote ha pasado a la historia. Ya no se pertenece a sí mismo. Hay que mantener y, si es posible, acrecentar el peso tremendo de la fama con que la historia ha cargado su nombre. La historia canta y cuenta sus innumerables hazañas: «...que tengo para mí», dice Sansón Carrasco, «que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia; si no dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aun hay fama que se están imprimiendo en Amberes; y a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzca» (II, 3).

Pero don Quijote sabe perfectamente la responsabilidad que lleva consigo el figurar prematuramente en la gloria inmarcesible de la historia: «Una de las cosas —dijo a esta sazón don Quijote— que más debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso en estampa. Dije con buen nombre, porque, siendo al contrario, ninguna muerte se le igualará». «Porque es tan clara —dice Sansón Carrasco más adelante— que los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran» (II, 3).

De aquí tenemos que partir para enfocar debidamente la interpretación que pretendemos dar al famoso e inextricable episodio de la cueva de Montesinos.

Don Quijote ya no se pertenece. La historia ha acogido en sus páginas el nombre y las hazañas del héroe, y es ella la que dará cuenta a la posteridad de su acontecer cotidiano y ¡qué difícil es mantener incólume la gloria de un nombre! Se dice que los héroes deben morir a tiempo. Porque mantener en vilo un nombre, enhiesta una bandera, inmaculada una fama es negocio de mucho sacrificio que no admite desfallecimiento y exige fe exaltada en el ideal que inmortaliza a los hombres.

He aquí el problema de nuestro caballero; pero sigamos sus pasos para centrar argumentos y fundar debidamente suposiciones.

En toda la primera parte, es decir, la que pertenece ya a la historia, don Quijote es creador de metáforas; pero no las crea para dejarlas allá inactivas e inoperantes, sin función vital alguna, como pudiera hacerlo cualquier poeta. Don Quijote crea metáforas para vivirlas, para sentir el gozo inefable de recrearse vitalmente y crearlas de nuevo para gozar en ellas otras vivencias antes no experimentadas. En él de una forma de vida «se pasa a otro modo de existir nuevo e insospechado». No se trata, pues, de un acontecer más, sino de comenzar a revivir con la impresión de la azarosa sorpresa (comento a Américo Castro: Realidad, vol. 2, p. 153).

En la primera parte, la bacía es yelmo; los molinos, gigantes; los borregos, ejércitos. En la segunda, todo sucede al revés: Dulcinea es labradora: la yegua hacanea, borrica; el Caballero de los Espejos, Sansón Carrasco; su escudero, Tomé Cecial. En fin, la realidad está aplastando al caballero, su fe se halla en estado fluido y vacilante y el ideal ya no le invita a nuevas y alucinantes empresas. Siguiendo por el camino de los desengaños el caballero del Verde Gabán no es otro que don Diego de Miranda, realidad percibida y aplastante de un nombre propio y un patronímico verdaderos, el cual ofrece a don Quijote el confortable alojamiento, no de una venta metaforizada en castillo, sino de una bien acomodada casa de la Mancha donde todos los personajes son reales y en la que encuentra el espectáculo agradable de una vida estática, bien opuesta a su dinamismo caballeresco, recinto inadecuado a ilusionadas metaforizaciones. La misma épica lucha con dos leones reales y verdaderos sólo deja en el ánimo de don Quijote el agrio sabor de una victoria convencional que él se adjudica simplemente porque los leones no quieren luchar. En las bodas de Camacho el rico, es la industria, no los encantamientos, la que juega trapacerías a la realidad. Y en el capítulo precisamente en que terminan los agasajos de los novios y comienzan los preparativos para la gran aventura de la cueva, tiene Cervantes la precaución de poner en boca de don Quijote «una extraña declaración de principios que conviene subrayar» (Madariaga: Guía del lector del Quijote, p. 195), o tal vez una extraña justificación de medios en atención al fin que se persigue: «No se pueden llamar engaños, los que ponen la mira en virtuosos fines» (II, 22) , que lo mismo sirve para justificar el casamiento de los enamorados que para exaltar la veracidad y la necesidad que don Quijote tiene de llevar al cabo la empresa que minuciosamente se viene preparando: «Finalmente estuvieron con los novios, donde fueron regalados y servidos como cuerpo de rey. Pidió don Quijote al diestro licenciado le diese una guía que le encaminase a la cueva de Montesinos, porque tenía gran deseo de penetrar en ella y ver a ojos vistas si eran verdaderas las maravillas que de ella se decían por todos aquellos contornos» (Id.). Convengamos que es la aventura más rara que a don Quijote haya acontecido y si su preludio «permite ya observar el estado de ánimo, bien poco heroico, en que don Quijote la emprende, la narración que de ella hace el caballero es acabada muestra y prueba perfecta de que el don Quijote de la cueva de Montesinos es un triste don Quijote, batido por la realidad, enseñado por la experiencia y fuertemente influido por su escudero» (Madariaga, o. c, p. 196; subrayo la última oración porque no estoy totalmente conforme con ella). Claro que don Quijote se va aproximando a Sancho, porque la incitación de caballero andante comienza a ser inoperante y, por consiguiente, se aproxima no sólo a él, sino a cualquier humano que realice su vida sin tal incitación. Mejor sería, sin embargo, decir que Sancho se aproxima a don Quijote; pero la aventura era necesaria para el caballero con o sin la influencia de su escudero.

En una palabra, don Quijote comienza a sentir desalientos, a perder fe en el ideal que hasta ahora le ha movido, a sentir enmohecida la imaginación que ya no puede forjar ensueños e ilusiones. «Como todas las demás, la aventura de la cueva nos muestra el alma de don Quijote como un campo en que lucha la imaginación creadora de quimeras con el sentido que las devora». Sólo que mientras en otras aventuras hemos contemplado la voluntad de don Quijote como defensora de una quimera ya creada... aquí, en la cueva de Montesinos, asistimos a la operación creadora en concomitancia inconfesada con la voluntad (Madariaga: o. c., 194). Es decir, que si en otras ocasiones don Quijote puso su voluntad al servicio de sus quimeras, voluntad que le elevó a la categoría de héroe, aquí se entrega voluntariamente a la quimera de un sueño, de una mentira y «¿es que miente don Quijote? —se pregunta Madariaga—. No de manera expresa y deliberadamente». Todos sabemos que a los seres imaginativos les es muy difícil distinguir entre la realidad y el ensueño. De Shelley se dice que no le era muy fácil el discernimiento entre lo hecho y lo imaginado. El imaginativo que miente lo hace sin enrojecer, al contrario de lo que le acontece al mentiroso sin el recurso de la imaginación, que al darse cuenta de que nadie le cree se ruboriza y busca subterfugios al pretendido engaño.

Entre la balumba gigantesca de entremezcladas aventuras que en la obra inmortal se contienen, alcanza ésta un significado especial que pretendemos desentrañar. Claro que toda ella está impregnada de humorismo que es el refugio «de los seres puros cuando consienten en mancharse de impureza», humorismo que es ser y no ser, querer y no querer, todo a la vez. «Un mentir y no mentir —dice Madariaga—. Don Quijote cuenta su aventura en serio pero con un humorismo que parece decir: "Todo eso os lo digo en broma; si lo creéis a pie juntillas, la culpa no está en mi engaño, sino en vuestra sencillez"».

Para Casalduero (Sentido y forma del Quijote, p. 270) «la aventura de la cueva de Montesinos es una imitación burlesca de la poesía antigua; aventura de invención nueva y rara». Además Montesinos, Durandarte, Belerma son materia del Romancero renovada humorísticamente. «La Necesidad, diosa que, como conviene a la edad moderna, encubre su presencia agobiante con la máscara grotesca de la realidad. De esta cueva arranca también el argumento del desencanto. Y en la cueva, lagunas y ríos quedan encerrados en la forma de un mito» (Id., p. 272).

Ya dijimos que no podíamos desentendernos de los mitos y fuentes de que antes hablamos ni de la sátira problemática que algunos le atribuyen. Así era el genio de Cervantes que parece querer jugar con nosotros como el gato con el ratón, dejando siempre en el aire, respecto a sus intenciones una duda, que el lector puede desentrañar a su antojo.

Lo que así afirmamos es que el episodio está centrado en el lugar preciso de la obra y en el momento en que don Quijote necesita meditar en el tremendo problema de la salvación de su mito y en el del mantenimiento incólume de su fama, todo envuelto en un rasgo humorístico «que tiene como fondo, que lo hace posible, la diferencia entre poesía e historia, pero que sitúa la materia novelesca en una zona indecisa». En la primera parte, la realidad es captada según las determinantes de cada individuo, para don Quijote, según la incitación en él inserta por el autor. En la segunda, o sea el Quijote de 1615, mucho han variado las circunstancias en tan pocos años, la realidad presenta la misma faz a todos los que la contemplan, tanto a don Quijote como a Sancho y aun a todos los que les rodean, pero varían las interpretaciones.

Salvar su mito, llevar en vilo su nombre, mantener patente la verdad de su historia, he aquí para nosotros el motivo de la aventura, sin prescindir, desde luego, de cuanto la rodea, explica y hace posible.

Como el alma cristiana, engolfada en negocios ajenos a sus intereses espirituales (mitos para muchos) necesita retirarse a veces de tales negocios para meditar en el problema de su salvación, para tomar nuevos bríos en defensa de la fe en su «mito», así entendemos el retiro de la cueva de Montesinos. «Y luego se hincó de rodillas y hizo una oración en voz baja al cielo, pidiendo a Dios le ayudase y le diese buen suceso en aquella, al parecer, peligrosa y nueva aventura» (II, 22). Sancho le despide de esta manera: ¡Dios te guíe y la Peña de Francia, junto con la Trinidad de Gaeta, flor, nata y espuma de los caballeros andantes! ¡Allá vas, valentón del mundo, corazón de acero, brazos de bronce! ¡Dios te guíe, otra vez, y te vuelva libre, sano y sin cautela a la luz de esta vida, que dejas por enterrarte en esta escuridad que buscas» (Id.). Las palabras de Sancho no significan otra cosa sino que «la fuerte y auténtica piedad cervantina puede burlarse de la superstición que casi identifica los santuarios con la divinidad y santidad». El gran humorista que es Cervantes puede enseñarnos cosas amargas y darnos la purga envuelta en la apariencia de un sabroso refresco; pero la frase final: «en esta escuridad que buscas» nos parece definitiva; ese «buscas» podría ir acompañado de dos palabras que se sobreentienden fácilmente: «anhelo» y «necesidad».

Don Quijote se hunde en la cueva, porque tiene que convencerse a sí mismo antes de convencer a los de más, de la posibilidad de nuevas hazañas anheladas. Tiene que combatir el terrible estado de depresión que viene arrastrando desde el comienzo de su tercera salida al mundo de la aventura, porque su fe se ha debilitado en tal forma, en virtud de los tremendos desengaños ocasionados por las circunstancias, que han hecho imposible ya la transacción entre el ser y el parecer. La solución condescendiente baciyelmo está ya lejos de toda posibilidad asequible. El estar real amenaza con la victoria sobre el ser aparencial. Ha descendido a la cueva con el secreto intento de robustecer la fe en su ideal caballeresco: honra, fama, gloria, Dulcinea: «y yo hasta agora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos; pero si mi Dulcinea del Toboso saliese de los que padece, mejorándose mi ventura y adobándoseme el juicio, podría ser que encaminase mis pasos por mejor camino del que llevo» (II, 58). Esto lo dijo más adelante, pero lo sentía ya en estas circunstancias.

El relato que don Quijote nos hace después de la aventura es la prueba perfecta de que se halla batido por la realidad y necesitado de alientos nuevos. Por eso miente queriendo convencerse a sí mismo de que es verdad lo que dice, y llevar esa convicción a todos los demás, de lo contrario, allí mismo acabaría la razón y el porqué de su existencia. Y él sabe que tiene que morir si no puede infundir nueva vida a su mito. Claro que la mentira no es directa (sería demasiado en don Quijote), se halla tamizada por un sueño

[...] y sacándole del todo, vieron que traía cerrados los ojos, con muestras de estar dormido... al cabo de un buen espacio volvió en sí, desperezándose, bien como si de algún grave y profundo sueño despertara y mirando a una y otra parte, como espantado dijo:

—Dios os lo perdone, amigos, que me habéis quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado.

Pero no basta, sino que añade algo terrible y también profundamente cristiano: «En efecto, ahora acabo de conocer que todos los contentos de esta vida pasan como sombra y sueño, o se marchitan como la flor del campo» (II, 22).

Tengamos en cuenta que el relato del encuentro con Dulcinea en los campos elíseos de la caballería andante es relato de un sueño en el que la amada no representa sino la parodia del petrarquismo. Dante desciende a las regiones de ultratumba con el fin de aprender y deducir las debidas enseñanzas morales y espirituales. Esto pretende don Quijote, creemos, sacar las necesarias deducciones para proceder en su vida futura. Cide Hamete no tiene por verdadera la aventura de la cueva y deja su consideración al juicio del prudente lector. Es claro que se imita a Virgilio y al Orlando furioso, pero insistimos en que la cueva de Montesinos no es para don Quijote sino el refugio espiritual que él necesitaba para dar nuevos visos de realidad aparencial a su mito. Su actuación vacilante, es decir casi ya sin fe, había dado lugar a que unos le tuvieran por cuerdo, otros por loco, porque no advertían tal vez la lucha desesperada entre dos fuerzas opuestas que dentro de su alma reñían batalla que pronto sería decisiva, pero él sí sabía o conocía la fuerza desintegradora de su razón de ser histórico, como el buen cristiano no ignora los motivos del debilitamiento de su fe a que trata de poner remedio en un refugio espiritual.

A pesar de todo lo que hemos dicho de las fuentes del episodio, ¿no será éste —como decía Dibelius— «la congruencia de lo incongruente»? ¿No será esta exteriorización humorística una socarrona ficción de las fuentes? «Burlándose de las novelas caballerescas que simulan antiguos manuscritos como sus fuentes, se refiere Cervantes constantemente y con giros ridículos a un supuesto original arábigo de su historia, escrito por el historiador Cide Hamete Benengeli». Esto dice Helmut Hatzfeld en El Quijote como obra de arte del lenguaje, p. 422, y añade:

Cuanto más indirectas se hacen las relaciones entre la actitud espiritual y el estilo, naturalmente aparecen éstas tanto más problemáticas. Y, no obstante, me parece todo lo que hemos tocado ligeramente, mucho, mucho más persuasivo que las atrevidas afirmaciones que dicen que un poeta, que es el representante de la primera línea de su comunidad y del sentimiento de su época, simpatiza con pensadores que van contra su pueblo y su tiempo.

Nos parece lógica la apreciación de Helmut. Por ello a pesar de que sabemos y conocemos todas las interpretaciones dadas al famoso episodio; toda la sátira oculta y crítica acerba que en él puede encerrarse contra instituciones muy respetables de la época:

Una lectura detenida del relato que hace don Quijote de su descenso a la cueva de Montesinos y de cuanto vio en el sueño que le asaltó en el fondo de ella, descubre una alusión evidente, aunque envuelta en un confuso barroquismo que caracteriza todo el capítulo, a la vida, poco edificante en aquella época, de los conventos de monjas; a pesar de la sátira que pueda haber contra el valido de Felipe III; a pesar de las fuentes enumeradas, creemos, sin embargo, e insistimos en nuestro punto de vista, que hemos llamado refugio espiritual.

Tanto el estado de ánimo de don Quijote, como el de Cervantes, como el de la España simbolizada, como el de la humanidad entera en análogas circunstancias es de agotamiento, de cansancio de un idealismo desengañado que les obliga a «refugiarse en humorismo humano e indulgente y en un realismo con ribetes de cínico». Pero, a la vez, se busca un refugio para hallar nuevos alientos en la continuidad de una historia hazañosa y plena de gloria que no podrán continuar, quienes, como don Quijote, se habían propuesto vivir para servir.

De ese estado de depresión, sólo un refugio espiritual podrá salvar al decepcionado caballero y al desengañado narrador de sus hazañas. En él se buscan nuevos bríos para continuar su historia arrastrada por desilusionados caminos hasta la muerte total de su contextura idealista.

Don Quijote, Cervantes, España, la humanidad necesitan su cueva de Montesinos, su refugio espiritual capaz de devolverles la fe en el ideal perdido, con todas las visiones allí narradas.

Citemos, por último, el comentario de Unamuno al capítulo XXIV de la segunda parte del Quijote:

De los que nieguen tales visiones y digan que son imposibles, digamos lo que de ellos dice el piadosísimo P. Rivadeneira, y es que «serán comúnmente hombres que no saben, ni entienden, ni han oído decir qué cosa sea espíritu, ni gozo, ni fruto espiritual, ni piensan que hay otros pasatiempos y gustos, ni recreaciones, sino las que ellos, de noche y de día, por mar y tierra, con tanto cuidado y solicitud y artificio buscan para cumplir con sus apetitos y dar contento a su sensualidad. Y así no hay que hacer caso de ellos».

Prudentísimas palabras que debía conocer y haber leído don Quijote, pues contestó a Sancho lo de: «¡Como te conozco, Sancho, no hago caso de tus palabras!» (II, 23). ¡Ay de los que no tienen cueva de Montesinos donde refugiarse y fortalecerse con visiones sobrenaturales! Don Quijote la tuvo y por eso pudo mantener todavía su ideal alumbrado, aunque con claridades tenues, cada vez más desvanecidas, hasta que la muerte le recibió en su seno para ser «contado» no ya en el número de los héroes, sino en el de los santos.

¡Y vaya si surtieron efecto las visiones soñadas de don Quijote en la cueva de Montesinos! Dice Sancho casi al final del capítulo (II, 41):

—[...] Sólo sé que será bien que vuestra señoría entienda que, pues volábamos por encantamento, por encantamento podía yo ver toda la tierra y todos los hombres por doquiera que los mirara; y si esto no se me cree, tampoco creerá vuesa merced cómo, descubriéndome por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo que no había de mí a él palmo y medio, y por lo que puedo jurar, señora mía, que es muy grande además... Vengo, pues, y tomo, y ¿qué hago?, sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco, bonita y pasitamente me apeé de Clavileño y me entretuve con las cabrillas, que son como unos alhelíes y como unas flores, casi tres cuartos de hora, y Clavileño no se movió de un lugar, ni pasó adelante.

A lo que don Quijote respondió:

—Como todas estas cosas y esos tales sucesos van fuera del orden natural, no es mucho que Sancho diga lo que dice... Bien es verdad que sentí que pasaba por la región del aire y aun que tocaba a la del fuego... pero no podíamos llegar al cielo donde están las siete cabrillas, que Sancho dice, sin abrasarnos; y pues no nos asuramos, o Sancho miente, o Sancho sueña. 

—Ni miento, ni sueño; si no pregúntenme las señas de las tales cabras, y por ellas verán si digo verdad o no.

Don Quijote aprovecha rápidamente la oportunidad para traer a colación la visión de la Cueva y dice a Sancho: «pues vos queréis que os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más».

Ni don Quijote ni Sancho están muy convencidos de las respectivas visiones, pero han reavivado las incitaciones de ambos, se han reforzado la voluntad de heroísmo y los dos están más decididos a llegar hasta el fin en sus procesos vitales incitados. La cueva de Montesinos surtió su efecto; revive la fe en el caballero y trasvasa su incitación al escudero.

  • (*) Amancio Bolaño e Isla, «La cueva de Montesinos», en Estudios literarios, Porrúa, México, 1960. volver
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