Por Hernán Rodríguez Castelo*
San Juan Bautista de Angamarca, abril de 1980
Pertenece a lugares comunes decir que El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha es la obra maestra de la lengua castellana y la más deliciosa novela de aventuras que se haya escrito nunca, suma de caballerías y flor de picaresca. Y no hay quien no tenga imagen del caballero de la triste figura y de su gordo escudero, y alguna noticia, aunque sólo sea de tercera mano, de lances tan famosos como el singular combate del desaforado hidalgo con un molino de viento.
Pero eso en el lugar común, que es el más triste y vacío de los lugares humanos. En la nuda realidad acontece que la gente, sobre todo la gente joven, apenas lee el Quijote, y, si lo lee, lo hace casi con condescendencia: porque es una obra importante, porque se la estudia en literatura, porque se dice que vale mucho.
Y no: el Quijote ha de leerse como aventuras. (Y como libro de humor, acaso el más penetrante y rico que se haya escrito en el mundo). Como las más desenfadadas y divertidas aventuras. Y así, y sólo así, se llegará a la substancia espiritual, que es honda y alta, y al espíritu quijotesco, que es vibrante, altivo, grave, apasionado por recios valores humanos, radical en su nobleza, al tiempo que humanísimo en sus flaquezas.
El Quijote es un libro de caminos —¡y cómo admiraba Flaubert que, sin apenas pintárnoslos, nos lo pusiera tan delante!— Y sucede que un día se descubre que esos caminos por los que hemos seguido, de aventura en aventura y de charla en charla, a caballero y escudero, están ahí. Y, ¡cosa estupenda!, están en mucho como cuando don Miguel de Cervantes Saavedra recorría la Mancha recogiendo gallinas para aplacar las hambres de las huestes imperiales españolas regadas por todas las Europas.
Entonces se siente más que nunca la seducción de la novela —tengo para mí que novela que nos lleva a buscar los espacios físicos de que se apropió para hacerlos espacios novelescos, es buena novela—, y el amor que se le llegó a tener se hace más vivo. Se toma el libro bajo el brazo, ¡y en camino! Y como ésta es, está dicho, novela de caminar, andando sus caminos se la gusta y entiende más que nunca.
Tres veces recorrí en tres años que viví en España esos amados caminos de la Mancha. Y en cierta ocasión, también yo con escudero. Entonces, para guardar memoria de tan curioso caminar, a la vez que para solaz del escudero, que era aprendiz de escritor y aprendiz de lector del Quijote, hice crónica del viaje.
Han debido pasar años hasta que este Día del Idioma Español de 1980, a los trescientos sesenta y cuatro años de la muerte de Cervantes, nos ha dado ocasión para entregar esa crónica a todas esas gentes, sobre todo jóvenes, que, aunque lo digan y repitan, no acaban de convencerse del todo de que el Quijote, amén de ser la obra fundamental de la lengua como habla y como espíritu, es novela de humor, novela de aventuras y cuento el más rico y sabroso que se haya contado nunca en castellano.
Toledo, agosto de 1964
En una noche de agosto se pusieron en camino, en un vagón de tercera, de destartalados asientos de palo, como convenía a andantes caballeros, los dos. Él, Nancho Rod, treinta años y casi veinte de soñar con don Quijote; americano, uno de esos americanos que aman al Quijote por encima de cualquier otro libro de ingenio. Su compañero, quince años, y apenas unos centenares de páginas del Quijote en su haber; uno de esos españoles que descubren un día admirados que el Quijote es suyo, antes de ser de todos los hombres de la raza y del mundo. A punto de partir eran como caballero y escudero; mas, a medio camino, y por obra del amigo, el Caballero de la Triste Figura, serían los dos caballeros.
Amanecieron en Campo de Criptana. El tren se detuvo en el minúsculo y desolado andén exactamente el tiempo necesario para dejar a dos o tres viajeros provincianos y a nuestros dos amigos. De allí salió, con los dos o tres lugareños que conocían los menesteres a que estaba destinado, un carromato tirado melancólicamente por un caballejo. Nuestros dos amigos enfilaron por una calle larga orillada de árboles y flanqueada por fachadas bajas, encaladas. La ciudad volvía de su tranquilo sueño a su tranquila vida campesina. Cantaba un gallo y comenzaba a descubrirse el día por los balcones del oriente. Nancho Rod y José Pedro, recordando aquella otra alborada... «La del alba sería cuando don Quijote salió», atravesaron el pueblo y subieron al cabezo donde se yerguen, blancos, inmóviles, meditabundos, los molinos de viento.
En aquel día de la Edad de Oro las aspas, con la lona hinchada por el viento, giraban lentamente, y la mente ávida de hazañas de don Alonso Quijano, en trance de convertirse en héroe y ejercitar las armas recibidas, transfiguró los molinos en gigantes y vestiglos:
La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos más, desaforados gigantes, con quienes pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyo despojos comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
Contacto tan interesante como con la tierra del Quijote —esa Mancha que el sol veraniego empezaba a incendiar; esos pueblecitos encalados que reverberaban ya en la llanura inmensa— es el contacto con las gentes de la Mancha: un corazón grande y abierto como el del vastísimo horizonte. Nancho Rod y José Pedro conversaron con los primeros manchegos a la vera de los molinos de viento. Eran tres; tejían esparto y recordaban con orgullo las glorias de esos viejos molinos visitados, fotografiados, filmados, descritos, admirados una y otra vez, por personajes de los más diversos rincones del mundo. Los dos forasteros pagaron el vino. (Con gran admiración, ¡siete pesetas por un litro de vino!) Los parroquianos, el aperitivo. ¡Cómo podían ellos quedarse atrás! Ellos que son señores en este arte de la hospitalidad...
Al pie, Campo de Criptana, con sus calles retorcidas, con sus casas blanquísimas apoyadas una sobre otra, con su paz campesina. Y al fondo la llanura inmensa, interminable, que corre hasta confundirse con el cielo, calcinados, quemados, brillantes, ella y él, no llanura y cielo, sino sol y sol.
Y entre charla y charla, hacer fotos y recorrer rincones pintorescos, el sol había subido hasta el cenit. Era hora de pensar en el ir al Toboso.
Bajaron nuestros dos amigos a una plazuela con unos pocos árboles, por donde les habían dicho que pasaría, a eso de la una, el único ómnibus que enlaza estos pueblos. Allí se sentaron en una banca de piedra y trabaron conocimiento con un grupo de vecinos del lugar. Visten un pantalón negro de pana y un blusón, negro también, de la tela basta. En ese sol que arrancaba chispas de las piedras, que incendiaba la atmósfera, aquel vestido, contradiciendo cualquier afán de comodidad, alejado años, muchos años, de nuestros ligeros vestidos veraniegos actuales, daba testimonio, callado y severo, pero elocuente, de la gravedad y austeridad del corazón de aquellos manchegos, tan hidalgos como el señor cuyos pasos iban recogiendo nuestros dos viajeros. Recordó Nancho que aquéllas son, precisamente, las dos notas calificativas fundamentales de don Quijote: grave y austero. No habían hallado aún nuestros amigos a don Quijote de carne y hueso; no lo hallarían en su recorrido de los días siguientes. Pero allí estaban ante algo de su espíritu en aquellos honrados propietarios manchegos. Ante algo tan sólo, porque de las bromas que los manchegos se hacían iban quedando en claro más bien atributos del quijotesco escudero:
—Aquí tienen Uds. a uno que es muy rico —decía con sonrisa sardónica el más vivaz e ingenioso del grupo—; pero no quiere invitarnos a un chato, porque dice que así cualquier fortuna se deshace...
Y el aludido se callaba; no negaba.
Y entre una razón y otra, salió a colación lo del ómnibus que nuestros dos amigos esperaban. Y resultó ser que, a causa de cierta inscripción de la que carecía, nunca, o casi nunca, paraba en Criptana. Para tomarlo con seguridad habría sido menester salir a la carretera. Mas discurría la charla tan animada y sabrosa que los manchegos vinieron en suponer que aquel día el vehículo se detendría en la plazuela, y los dos visitantes lo creyeron así tan fácilmente como los otros lo habían supuesto. Y, claro, el autobús llegó y, a pesar de los gritos de los vecinos de la Mancha, a punto de ofenderse por el poco caso que de ellos se hacía, a pesar de los gestos desesperados de Nancho y José Pedro, pasó de largo...
No les quedaba a nuestros dos viajeros otro remedio que confiarse al azar del autostop, que en la Mancha es aún más azar por lo desierto de las carreteras. De todos modos, pasó un automóvil y antes aún de que nuestros amigos le hubiesen hecho señal alguna, se detuvo y amabilísimamente ofreció su conductor llevarlos por lo menos hasta Pedro Muñoz. (De algún modo recordaban vehículo y conductor a don Quijote, su armadura y su rocín. Desvencijado y polvoriento el artefacto, como aquellas armas tomadas de orín y llenas de moho; como Rocinante, que tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela; altivo y noble, fácil conversador, magnánimo, el caballero.)
Desde Pedro Muñoz hasta el Toboso hay cosa de trece kilómetros. Comieron nuestros dos amigos a las afueras de Pedro Muñoz, bajo una sombra que era la última en cuanto alcanzaba la vista, una parca comida —la que convenía a caballeros andantes—, y se pusieron en camino. Nancho Rod había caminado largas horas por los caminos de los Incas, que suben montañas y atraviesan valles; José Pedro, en la fuerza de sus quince años, no era quién para arredrarse ante trece kilómetros... Pero camina y camina... El sol alarga las distancias, estira como una goma la cinta de asfalto. Los ojos ardientes empiezan a ver en la lumbrada del horizonte espejismos de pueblos.
Por eso ver detenerse junto a ellos, allá, hacia el kilómetro sexto de su caminata, un camión, lo tuvieron por felicísimo agüero. (Como don Quijote y Sancho Panza, de camino precisamente a la gran ciudad del Toboso, tuvieron por buena señal y felicísimo agüero los suspiros y rebuznos del rucio y los relinchos del rocín, en que iban los dos, caballero y escudero andantes.)
Y allí estaba El Toboso. «La gran ciudad del Toboso, con cuya vista se le alegraron los espíritus a don Quijote y se le entristecieron a Sancho, porque no sabía la casa de Dulcinea.» Aquello que a ojos prosaicos no pasaba de ser un pueblo grande, de paredes enjalbegadas, techos de teja, calles en su mayor parte de tierra, sin huella alguna de urbanización ni señales de progreso, era la gran ciudad del Toboso, con cuya vista se alegraron los corazones de Nancho Rod y José Pedro; la más quijotesca ciudad de estos caminos del Quijote.
Sería media tarde por filo, poco más o menos, cuando nuestros dos amigos se entraron por una calle larga, cuyos tapiales con tejadillo, todos rectos y largos, alargaban aún la primera impresión de largura. Al fondo, sobre el punto de fuga de esas rectas convergentes, se alzaba la iglesia.
Cuando don Quijote y su escudero entraron al Toboso, media noche por filo, estaba el pueblo en un sosegado silencio, porque todos sus vecinos dormían y reposaban a pierna tendida. Cuando Nancho y José Pedro, también estaba el pueblo en silencio. Un silencio cansado, calcinado. Las calles desiertas, de miedo a la canícula. Nancho y José Pedro caminaron una calle tras otra, y aquí y allá adivinaron, adivinaron tan sólo, voces que hablaban detrás de una persiana; que hablaban quedo, como temerosas de turbar el incendiado silencio de la siesta. Sin hallar a nadie a quien preguntar sus preguntas, sentáronse los dos frente a una estafeta de correos, y, muy pegados al tapial, recogiendo con avaricia la sombra, escribieron unas tarjetas con molinos de viento a sus amigos de España y del mundo. «¿Y a ustedes qué se les ha perdido en la Mancha?», se preguntarían ellos sin duda en sus playas y balnearios, en el confort de sus ciudades. Pero en el fondo, en el fondo, añorarían los molinos de viento y el espíritu del Caballero, consolándose con aquello de que no todos pueden ni deben ser caballeros andantes: de todo ha de haber en el mundo...
Y entones pasó alguien. O, mejor, con toda propiedad, algo: un taxi, que parecía ser negro, pero estaba todo revestido de una capa blanca, envolviéndolos en una nube de polvo...
Y cuando por fin hallaron nuestros dos amigos a quien hacer sus preguntas, los remitió al único mesón del pueblo, al de Antonio, que es auténtica venta, con caballeriza y pozo, con cuartos modestos y acogedores, con la comida manchega de todos los días, con el buen modo de la gente manchega, y todo por un precio que nos vuelve a los viejos tiempos, cuando el quehacer de venteros era obras más de misericordia que de negocio. (Por cien pesetas, creo, comieron y durmieron nuestros dos amigos en la posada de Antonio.)
La presencia del Toboso y la gloria del Toboso es Dulcinea. Y el enigma del Toboso es Dulcinea. Quién fuera, caso de haber realmente sido, y de qué calidad, y qué relaciones hubiese tenido con Cervantes, y cuál su casa. Ello es que don Quijote exigía a Sancho: «Sancho hijo, guía al palacio de Dulcinea; quizá podrá ser que la hallemos despierta». Y Sancho se empeñaba en buscar el alcázar de la señora de los pensamientos de su señor por callejuelas sin salida. «Suplico a vuesa merced me deje buscar por estas calles o callejuelas que se me ofrecen: podría ser que algún rincón topase con ese alcázar...»
Nancho y José Pedro anduvieron por esas callejas sin salida. Siempre alrededor de la iglesia porque aquélla era la referencia:
Guió don Quijote, y habiendo andado como doscientos pasos, dio con el bulto que hacía sombra y vio una gran torre, y luego conoció que el tal edificio no era alcázar, sino la iglesia principal del pueblo. Y dijo:
—Con la iglesia hemos dado, Sancho.
Dos de aquellas callejuelas por las que pudiera haber subido la expedición de andante y escudero en busca de la dama terminaron estrellándose con la iglesia. La nueva expedición, en busca de por dónde buscar la primera, no supo elegir entre las dos, aunque las caminaran muchas veces discutiendo y confrontando los lugares quijotescos, tan verídicos en el conjunto topográfico, como parcos en precisiones de detalle.
Después de recorrido el pueblo y las calles que iban a dar con la iglesia, ofrecíase a nuestros dos amigos una visita obligada: la que todo el Toboso presenta como la casa de Dulcinea. Una viejuca condujo hasta allá a Nancho Rod y José Pedro. A aquello que apenas puede decirse ahora casa, de tan descuidada y ruinosa como se halla. De la casa que fuera, casa hidalga a juzgar por los despojos que en ella se han hecho, sólo queda un viejo portón con arco fuerte de sillería y, adentro, dos espaciosos recintos, convertido en cuadra el uno, abandonado el otro, y un patio. En el patio, arrimados al tapial, están dos escudos de piedra, así como pudiera estar un águila real cautiva en un gallinero. Miraban Nancho Rod y José Pedro los escudos, tratando de descifrar el lenguaje de la heráldica, y la viejuca que lo advirtiera dijo:
—Esos escudos tienen misterio. Claro que nosotros no sabemos el misterio que tienen. Pero tienen misterio. Esas estrellas, por ejemplo, tienen mucho misterio. Antes había tres escudos. El del Quijote era el que más misterio tenía. Lo vendieron.
Aquella noche nuestros dos amigos acudirían en pos de la clave del misterio a don Jaime Olmo Martínez, el presidente de la Sociedad Cervantina del Toboso, hombre profundo y profundamente enamorado del Quijote. Y él les hablaría largo de los Zarco. El señor de la casona habría sido Esteban Zarco Morales, de familia hidalga. Y en el escudo, el morrión de frente significaba realeza. Los Zarco arrancaban su realeza de don Pedro el Cruel. A la viejuca le dijeron simplemente que sí, que en tratándose de escudos, cada banda y cada estrella y cualquier ave o animal, por pequeño que sea, por insignificante que nos parezca en la vida ordinaria, tiene misterio.
Y vino entonces a atisbar desde la calle, entre tímida y curiosa, una pequeña. Zahareña y medrosa, consintió al fin en posar sobre el escudo. Para los dos viajeros sería desde entonces Dulcinea.
En el resto de su vagar de aquella tarde, Nancho Rod y José Pedro fueron llegando a la conclusión de que una era la Dulcinea con la que soñaba el enamorado caballero, y otra aquella en quien pensaba Sancho. «Era la misma» —corregiría aquella tarde don Jaime Olmo. La misma. La pobreza unida a la grandeza. Las dos caras de Dulcinea. La una veía Sancho; la otra don Quijote.
—Ni Sancho ni don Quijote vieron nunca a Dulcinea —dijo aquella noche Nancho Rod a su joven compañero; porque está claro que no se llamaba Dulcinea. Pero paréceme que el hidalgo don Miguel de Cervantes Saavedra la conocía y que él fue el autor de todo el encantamiento. Y paréceme también que don Miguel, fluctuando en su corazón entre una belleza real y una belleza ideal, entre una bondad real y una bondad ideal, casi como fluctuaba el corazón del Dante al tiempo de la Vita Nuova, escribió estas razones...Y de memoria recitó Nancho Rod lo que se sigue:
—En eso hay mucho que decir —respondió don Quijote. Dios sabe si hay Dulcinea, o no, en el mundo, o si es fantástica, o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo.
Al morir de la tarde vuelven los muleros al Toboso, y, atemperado el calor, renace la vida. Con las primeras estrellas, concluida ya la cena rústica, sacan las familias unas pequeñas sillitas de esparto a la puerta de las casas y, poco a poco, van comenzando las tertulias, que se prolongarán largamente en la noche tibia. Nuestros dos amigos fueron caminando lentamente por las calles obscuras, sintiendo que el corazón se les quedaba con cada grupo de vecinos, todos los cuales habrían querido acogerles en su charla de esa noche. Su tertulia fue con don Jaime Olmo Martínez-Pantoja, a la puerta de su casa. Escuchando allí de sus labios mil sabrosas razones, Nancho Rod pensaba con insistencia en el caballero del Verde Gabán. Tanto, que acabó por decírselo a su anfitrión, quien sonrió y negó modesto. Pero creo que los dos pensaban en el fondo del corazón lo mismo y recordaban idénticos lugares quijotescos...
Y si mucho miraba el de lo verde a don Quijote, mucho más miraba don Quijote al de lo verde, pareciéndole hombre de chapa. La edad mostraba ser de cincuenta años; las canas, pocas, y el rostro aguileño; la vista, entre alegre y grave; finalmente en el traje y apostura daba a entender ser hombre de buenas prendas.
Tengo hasta seis docenas de libros, cuáles de romance y cuáles de latín, de historia algunos y de devoción otros.
Halló don Quijote ser la casa de don Diego Miranda ancha como de aldea; las armas, empero, aunque de piedra tosca encima de la puerta de la calle.
La siguiente etapa en el viaje de nuestros dos andariegos debía ser Argamasilla. Un autobús salió del Toboso a eso de las nueve de la mañana; hizo estación en Pedro Muñoz y siguió hacia Tomelloso y más adelante. Un poco antes de Tomelloso se desvía la carretera que va a Argamasilla. En el desvío dejó el ómnibus a nuestros dos amigos. Y allí fue otra vez el empezar a caminar, confiados en que era cosa de unos seis o siete kilómetros. Y a medio camino fue otra vez el ser llevados gentilmente por el conductor de una Land Rover.
El Toboso vive una tranquila posesión de sus glorias quijotescas; Argamasilla se aferra a las suyas con pasión y un nostálgico dejo de resentimiento. Porque aquí y allá se le niegan; porque se ha llegado a borrar su nombre de los itinerarios del Quijote: porque hace ya tiempo algún eminente cervantista se preguntaba si no sería la otra Argamasilla, la de Calatrava, más próxima al «Camino Real de la Plata» que Cervantes recorriera tantas veces, desde Madrid a Sevilla, la «Argamasilla de la Mancha» a cuyos «Alcalde, Regidores y Hidalgos» dedicara Avellaneda su Quijote. Nancho Rod, como buen cervantista, estaba al tanto de estas polémicas, y puso en antecedentes, brevemente, a su joven amigo. Esta etapa podía tener esa emoción adicional: la de despejar una incógnita, sutil, inasible casi, como lo suelen ser estas incógnitas de geografías literarias. De todos modos, fuese lo que fuese del resultado de la encuesta, lo primero era ver y gustar.
Y lo primero que se debe visitar en Argamasilla es la Cueva de Medrano. La tradición atestaría que a ese subterráneo lóbrego se refiere eso del Prólogo del Quijote de que el libro inmortal «se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación».
A una huerta descuidada da la boca de la cueva. Se baja a ella por una escalera de piedra del ancho de la puerta, que es ancha como para que pasen por ella dos hombres a un tiempo, con alguna holgura. Sobre el umbral de la cueva léese una inscripción tomada de la edición del Quijote que en la cueva hiciera don Juan Eugenio de Hartzenbuch. La puerta es nueva —explicaba a nuestros dos amigos la mujer que la abrió— porque la otra se la fueron llevando los turistas astilla a astilla. La cueva es ancha como de cinco pasos y casi tres veces de larga, hasta una escalerilla, de piedra también, que lleva a una retorcida, estrecha y húmeda galería inferior. En el extremo opuesto a esta escalera, adosado al muro, está un lecho de piedra, y, sobre el lecho, una hornacina excavada en la piedra del muro. El techo abovedado; las paredes desnudas y ásperas. He aquí el escenario en el que los visitantes pensaron largo trecho sobre la prisión que aquí en Sevilla —la de Sevilla fue de ocho meses— y acaso en otra parte, sufriera don Miguel; y, pasando por sus pasos contados, de la prisión vinieron a pensar en todos los acendramientos de su vida, acendrada por la adversidad y la pobreza —esa pobreza que amó tanto y que con acentos inolvidables cantó en su Quijote— y en todo su ir y venir y meditar y penetrar en el corazón del hombre... Y muchas cosas más habrían pensado y conferido entre sí de no ser por la dueña que, haciendo sonar una llave con otra, recordaba a los dos extraños y meditabundos visitantes su presencia y sus urgencias —aunque esas calles desiertas de primeras horas de la tarde nada sugerían menos que urgencias.
En una de esas calles tranquilas, rectas, llanas, de Argamasilla, una casa modesta; de alta algo más que un piso; zócalo oscuro; fachada blanca de jalbego, sin adorno alguno; alero de entejado que apenas sobresale de la pared; tres ventanas estrechas y bajas, con enrejado de hierro negro. Zaguán con piso de cantos rodados y cielo de viguerío rústico. Un arco que por lo blanco y lo irregular parece un yeso modernista, y un patizuelo humilde. Según se entra, a mano izquierda y pegada a la pared del arco, una escalerilla estrecha, de jalbego como todo el conjunto, se empina hacia el piso superior. En la escalerilla posó, toda ella grave y austera, negros y grises, tierras quemadas el rostro, y luz interior las pupilas, la señora de la casa. Y nuestros dos viajeros se trajeron la foto aquella, resumen de ese poema de jalbego blanco y sol blanco, y sombras de silencio, y vestidos negros como de luto, que son los interiores de estas casas manchegas. El más joven de los dos viajeros, el español de los dos, no cabía en sí de asombro ante estas casas; el otro, el americano, se creía en cambio en una de tantas ciudades viejas de América. Su corazón fundió distancias y tiempos, y recordó noches largas o tardes nostálgicas en que paseando por la Ibarra de sus antepasados había vuelto a los tiempos graves, humildes y altos de la cena temprana, la tertulia larga y las noches oscuras y tranquilas.
Y, volviendo al recuerdo quijotesco, ¡pensar que de una de estas casas, toda paz y recogido silencio, salieron en expedición de andante caballería don Quijote y Sancho Panza! Era como para que ama y sobrina del caballero maldijesen sin cuento, como lo hicieron, al bachiller Carrasco, que alentaba la descabellada empresa, y mesasen sus cabellos y arañasen sus rostros y, al modo de las endechaderas, lamentasen esa partida como si se tratase de la muerte de su señor.
Sucedía a menudo que al dejar un lugar quijotesco veníansele a la memoria a Nancho Rod pasajes del libro inmortal relacionados con el aspecto o con el espíritu de lo que habían visto. Al dejar la casa del bachiller empezó por musitarlos y acabó diciendo en voz alta a su compañero estos lugares:
Así que, señor mío, más vale ser un humilde frailecito, de cualquier orden que sea, que valiente y andante caballero; más alcanzan con Dios dos docenas de disciplinas que dos mil lanzadas, ora las den a gigantes, ora a vestiglos, o a endriagos.
—Todo eso es así —respondió don Quijote; pero no todos podemos ser frailes, y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al cielo: religión es la caballería; caballeros andantes hay en la gloria.
José Pedro no acabó de comprender cabalmente por qué Nancho Rod repetía una y otra vez estos lugares quijotescos mientras se encaminaban desde la casa del bachiller a la iglesia.
En la iglesia esperaba a nuestros dos amigos el regidor Francisco Pacheco, así como desde hace tiempo espera a tantos caminantes de los caminos del Quijote: enigmático, silencioso, abstraído, entre alucinado y místico, fijos sus grandes ojos negros no se sabe si en una vaga visión celeste o en un inasible sueño interior; todo el rostro, de rasgos finos y barba aguda, como separado del cuerpo por la golilla almidonada, implacable y ascética, que es a un tiempo patena y aureola. Junto a él su sobrina; arriba la Virgen entre dos santos. Al pie la leyenda, que completa el enigma de este viejo lienzo desconchado, patinoso, al que el tiempo ha ido prestando extrañas transparencias y añejas tintas descoloridas. Reza así la leyenda:
APARECIÓ NUESTRA SEÑORA A ESTE CABALLERO ESTANDO MALO DE UNA ENFERMEDAD GRAVÍSIMA DESAMPARADO DE LOS MÉDICOS VÍSPERA DE S. MATEO AÑO DE MDC.I ENCOMENDÁNDOSE A ESTA S[R]A Y PROMETÍDOLE UNA LÁMPARA DE PLATA LLAMÁNDOLA DE DÍA Y DE NOCHE DE GRAN DOLOR QUE TENÍA EN EL CELEBRO DE UNA GRAN FRIALDAD QUE SE LE QUAJÓ DENTRO.
Y esto es todo. Lo que a algunos ha parecido mucho y a otros nada. Aquí acaba el dato, y aquí empieza la investigación histórica, la especulación artística, el comentario sabroso, la hipótesis original. Nos habría gustado saber todo lo que pasó por el cerebro de Nancho Rod en los largos minutos que se estuvo ante el retrato. A juzgar por el brillo de sus ojos, por cierta como sonrisa insinuada, se habría podido imaginar que había dado con el retrato de algún antepasado; más aún, con el de un conocido... Aquella noche quieto, hundido en un sillón en la casa de doña Anita Fernández, tras largo callar, diría a su joven amigo:
—Si es o no este caballero, don Francisco de Pacheco, el personaje real que inspiró a Cervantes, y su frialdad de cerebro la que dio origen a la calentura quijotesca, importa menos. Lo verdaderamente grande es que la tradición al colocar esta figura como punto de partida de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, ha dado la verdadera y más honda interpretación española de la inmortal novela. Porque ese retrato que hemos visto es una interpretación del alma española en aquella hora de su historia en que, por encerrar en sí la satisfacción ante la más alta gloria que le haya sido dado poseer a ningún imperio europeo, junto con la serenidad ante una de las más trágicas decadencias que haya conocido imperio alguno, alcanzó límites supremos de grandeza. Ese retrato es, como lo más grande del Greco, como el Quijote, símbolo de decadencia altiva y mística.
Esto dijo Nancho Rod a José Pedro aquella noche cuando, tras la obligada tertulia, esta vez con ilustres y bondadosos cervantistas y académicos de Argamasilla, se recogieron a la casa de doña Anita Fernández y Fernández. La que fue de sus abuelos y de sus tatarabuelos; la que con las herencias se ha partido; la que tiene aljibe lleno hasta el borde. Casa pequeña, casa de pueblo, pero señorial, honrada y noble.
Al día siguiente, que era el tercero, nuestros dos amigos se levantaron con los primeros gallos y salieron a las afueras de Argamasilla a esperar un autobús que debía venir de Ciudad Real. ¡Qué de rumores campesinos —gallos, vacas, esquilas, cencerros, tropillas, recuas— llegaban en oleadas silenciosas a la ciudad dormida bajo un cielo inmenso y limpio! «Es tan sólo el tercer día —pensaban nuestros dos amigos, entreteniendo con tales pensamientos la espera— y, sin embargo, parecería que llevásemos andado mucho tiempo... No, claro está, por el cansancio o deseo de poner fin a las andanzas, que de esto no tenemos deseo ninguno, sino por todo lo que hemos recogido en estos dos días.» Y era mucho en verdad: nada menos que toda la Mancha, la Mancha de don Quijote, por dentro y por fuera, lo que se iban llevando en sus pupilas requemadas de sol y llano y en sus imaginaciones avaras para recoger por todos los caminos alusiones e ilusiones quijotescas. Y entre que revolvían y conferían pensamientos semejantes, a media voz, como temerosos de turbar ese músico silencio del alba estrellada e infinita de la Mancha, llegó el autobús que les conduciría a Ruidera.
Un breve viaje somnoliento y el ómnibus los dejaba en Ruidera. Sentados en las gradas de la casa cural, rumiando pensamientos Nancho Rod, descabezando el último sueño José Pedro, esperaron a escuchar señales de vida en el interior. Toda la aldea dormía. Con los primeros trazos blancos del alba una mujer salió y, síntoma y símbolo, barrió la acera de enfrente de su casa, que era de tierra y que estaba limpia. Poco después se abría la puerta de la casa cural y la madre del párroco recibía a nuestros dos caminantes, agradeciendo la delicadeza mostrada al esperar. «No todos lo hacen —dijo la señora—, y visitantes los hay todos los días... Sí, por lo del Quijote». Don Jesús Abad, sacerdote joven, muy al tanto de los más recientes movimientos filosóficos y teológicos, estudioso y lector de sociología, cultura y arte, fue guía ideal para Nancho Rod y José Pedro.
Nancho Rod y José Pedro estaban en Ruidera, casi no hace falta decirlo, de paso hacia la «grande aventura de la cueva de Montesinos, que está en el corazón de la Mancha».
¡Y qué corazón éste de la Mancha! Quince hermosísimas lagunas que se suceden sin solución de continuidad, una tras otra, con sus playas, sus pinares, sus arroyos y sus prados. De camino hacia la cueva iba nombrándolas el guía: laguna del Rey, la que comienza junto a Ruidera; laguna Colgada; laguna de la Lengua; laguna de San Pedro... Aquí se desvía un tortuoso camino, y, mientras la carretera llamada de las lagunas prosigue su curso bordeando lagunas, el tortuoso camino por el que se aventuró el automóvil que conducía a nuestros amigos se adentró haciendo el periplo de la de San Pedro hasta la ermita de San Pedro de Saelices y la Venta de Maese Pedro, nombradas poco menos que con todas sus letras en el Quijote.
Pedro Romera, hijo del señor de la masía, guió a Nancho Rod y José Pedro hasta la cueva, que está a quinientos pasos de San Pedro de Saelices.
La cuesta arriba del camino se remansa en amable pradera y estamos ante la boca de la espelunca, que es espaciosa y ancha.
Hará cosa de cuatro o cinco años, no más, estaba llena de maleza, dijo a los visitantes Romera. Y ellos precisaron: «Cabroneras y cabrahigos, zarzas y malezas, tan espesas e intrincadas que de todo la cegaban y encubrían». «Sí, señores», dijo, sin admirarse un punto, Romera.
Y, precedidos por el carburo del guía, penetraron nuestros amigos en la cueva. Nada de caverna espantosa ni abismo que hiciese necesarias aquellas cien brazadas de soga de que se proveyeran don Quijote, Sancho y el primo aquel, famoso estudiante y muy aficionado a leer libros de caballerías, que fue el guía del andante caballero. Áspera bajada de cosa de diez o doce metros, y un rellano con bóveda alta; los bordes del rellano caen otra vez, uno o dos metros, hasta aun arroyuelo de agua purísima. Dice el texto de la novela que don Quijote iba colgando de la soga; pero cómo fuese ello innecesario lo prueba el que cuando quiso, nuestro caballero se detuvo, mientras la cuerda seguía cayendo. Se detuvo, está claro, en el rellano, aquella «concavidad y espacio capaz de poder caber en ella un gran carro con sus mulas». Detúvose don Quijote, fue recogiendo la soga que le seguían dando desde arriba, y haciendo con ella una rosca o rimero sentose encima pensativo. Lo que sucedió después es cosa que sólo sucede a caballeros andantes y en tiempos de rigurosa caballería. Nuestros dos flamantes caballeros tuvieron, hombres del siglo xx, que contentarse con añorar. Con añorar aquella despedida que hiciera a su señor el escudero:
Dios te guíe y la Peña de la Francia, junto con la Trinidad de Gaeta, flor, nata y espuma de los caballeros andantes! ¡Allá vas, valentón del mundo, corazón de acero, brazos de bronce! ¡Dios te guíe, otra vez, y te vuelva libre, sano y sin cautela a la luz de esta vida, que dejas, por enterrarte en esta oscuridad que buscas!;
aquel saludo con que lo recibiera Montesinos:
Luengos tiempos ha, valeroso caballero don Quijote de la Mancha, que los que estamos en estas soledades encantados esperamos verte, para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda cueva por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos; hazaña sólo guardada para ser cometida de tu invencible corazón y de tu ánimo estupendo;
y aquel narrar todo lo que, a las cuatro de la tarde, con luz escasa y templados rayos, sin calor y pesadumbre, contara don Quijote a Sancho y el primo, clarísimos oyentes.
Mas no fue todo añorar en este día, sino que con mucha razón pudieron nuestros dos amigos repetir lo que el primo dijera a don Quijote, resumiendo su jornada:
Yo, señor don Quijote de la Mancha, doy por bien empleadísima la jornada que con vuesa merced he hecho, porque en ella he granjeado cuatro cosas....
Y no sólo cuatro, sino hasta cinco y seis cosas hallaron haber granjeado en este día nuestros dos amigos. Porque, amén de la primera cosa granjeada por el primo —«haber conocido a vuesa merced, que lo tengo a gran felicidad»—, y de la segunda —«haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos»—, pusieron a la cuenta el bellísimo espectáculo de las Lagunas de Ruidera, y la acogida franca y amable de Pedro Romera, el señor de la masía de San Pedro de Saelices, y la sabrosa filosofía de Felipe Romera, el guía, y el encuentro con Sancho Panza, en persona, y, en fin, el haber podido comprobar una vez más que Cervantes conocía, palmo a palmo, como viejo conocedor, todos estos rincones de la Mancha.
Piden alguna declaración las tres últimas granjerías.
La filosofía de Felipe Romera era filosofía del agua. «La tierra es como el cuerpo —recordó Nancho Rod hasta mucho tiempo después que les había dicho; se la pincha y sale agua. Así como cuando se pincha el cuerpo y sale sangre. El agua va por debajo, y da vida. Sólo que no lo sabemos».
En cuanto a Sancho, se ofreció a los ojos de nuestros amigos poco antes de la venta de San Pedro. «¡Nancho, mira, Sancho!» —gritó José Pedro no bien lo hubo visto. Recomendó discreción don Jesús, el cura, al impulsivo cervantista; pero Sancho, bien fuese porque aquel grito le hubiese parecido trabalenguas sin sentido, bien porque creyese que no iba con él, bien porque no estuviese en su pacífico natural inmutarse por tan pequeña cosa, impasible, sonreía desde su jumento.
Y lo último: todo el conjunto, completo y preciso, de topografía quijotesca que encierran la cueva de Montesinos y sus alrededores llama la atención, siendo como es el Quijote parco en tales precisiones. Desde la aldea donde se hospedaron don Quijote y comitiva a la cueva de Montesinos «no había más de dos leguas»; no lejos de la cueva está la ermita; no lejos de la ermita, la venta, pues que habiéndose partido de la cueva muy caído el día y habiendo entretenido el camino en conversaciones llegaron a ella «a tiempo que anochecía». En saliendo de aquellos contornos, otra vez las distancias quijotescas se alargan o acortan. Los pueblos se pierden, los paisajes se esfuman o estilizan hasta confinar con el símbolo.
Y es lo que pasó a Nancho Rod y José Pedro en su cuarto día: que buscando unas ventas hacia la parte del puerto de Niefla, allí por donde debía pasar el viejo camino Madrid-Sevilla, y buscando otras aldeas quijotescas y los lugares por donde pudo haberse entrado don Quijote a hacer su penitencia en Sierra Morena, sólo dieron con fantasmas de pueblos, ventas y caminos.
Salieron de Ruidera, muy por la mañana, en el autobús de línea que enlaza Albacete con Ciudad Real. De Ciudad Real tomaron hacia el sur, hasta Argamasilla de Calatrava. Pudieron advertir a grandes trechos un camino, a medias borrado y a medias muy marcado, ancho, corriendo paralelo a la actual carretera: el famoso Camino Real de la Plata que iba de Madrid a Sevilla, pasando por Toledo, Orgaz, Ciudad Real, Almodóvar del Campo, Adamuz y Córdoba. Caminaron por estotra Argamasilla y buscaron, pero lo quijotesco, si lo hay, estaba tornado, por no sabemos qué encantadores, fantasma. Siguieron bajando, ahora en un autobús provinciano, hasta Puertollano; desde allí en un taxi hasta dar con las ventas. «Mucho camino es —dijo a José Pedro Nancho—, pero recordarás que don Quijote se admiró de que Sancho hubiese podido hacer el camino desde el lugar de su penitencia hasta el Toboso en tres días, porque estimaba que de la una a la otra parte habría más de treinta leguas. Y la venta, la famosa venta espanto y asombro de Sancho, la de Maritornes, está a “otro día” de la sierra».
Ahora, que ninguno de los dos pensó que lo que buscaban estuviese tan lejos de Puertollano, porque, después de pasar Brazatortas y el puerto de Niefla, tomaron por una carretera secundaria que corría por el valle de Alcudia, y, más tarde, se metieron, por un camino que casi no era camino, con dirección a la sierra que se recortaba en el horizonte. Todo esto con no pocos espantos por lo que al final de tal recorrido iba a ocurrir con su ya muy menguado talego...
Y allí, en el corazón de ese inmenso valle que va de sierra a sierra, y donde pacen manadas de corderos finísimos, en esa tierra que por lo solitaria y severa recordó a Nancho los páramos andinos, dieron con las que hoy se llaman «Casa de la Divina Pastora» y «Casa de la Inés» y que en su tiempo, según se dice, fueron las famosas Ventas del Molinillo y del Alcalde, respectivamente. Mas otra vez todo, ventas, caminos y paisaje quijotesco, eran fantasmas. Lo más que pudieron nuestros dos viajeros decirse fue: «Sí, pudiera haber sido que aquí... o por aquí...». Algunas retamas recomendó don Quijote a Sancho que cortase,
las cuales vayas poniendo de trecho en trecho, hasta salir a lo raso, las cuales te servirán de mojones y señales para que me halles cuando vuelvas, a imitación del hilo del laberinto de Teseo.
Nuestros dos amigos habían vuelto demasiado tarde y ya no encontraron las retamas.
Recorrieron los alrededores de la «Casa de la Inés», entrándose por una de «aquellas quebradas de la sierra por donde corría un arroyo de agua exquisita, y fueron agasajados por las dueñas de casa con pan campesino y miel de oro. Y eso fuéronse llevando de allí cuando se ponía el sol por última vez sobre sus caminos del Quijote: sabor de pan campesino y de agua de montaña y de miel de oro.
Y he aquí, que sin que lo hubiesen advertido había llegado para nuestros dos amigos la hora de la despedida. Sería ésta en Madrid, tras haber hecho una visita en Toledo. No habría sabido decir por qué, pero Nancho Rod estimaba que esta visita era el único punto final digno para cuatro días tan densos y tan bellos. Sería una visita como las que él solía hacer a aquel caballero: respetuosa, casi reverente, y cordial; meditabunda y morosa; callada; y larga, larguísima. Para José Pedro la primera. Una visita al Conde de Orgaz. Durmieron, pues, aquella noche en Puertollano, y, con las últimas estrellas, tomaron el ferrocarril para Toledo.
En el ferrocarril preguntó Nancho Rod a su joven amigo:
—José Pedro, ¿cuál es el lugar del Quijote que más te emociona?
—No lo sé —respondió José Pedro—, si todavía no he acabado de leer el Quijote.
—¿Y de lo que llevas leído?
José Pedro no acababa de decidirse. Preguntó entonces a su vez:
—¿Y a ti?
Por toda respuesta Nancho Rod comenzó a decir con voz lenta y apasionada:
Con estos pensamientos y deseos subieron una cuesta arriba desde la cual descubrieron su aldea, la cual vista de Sancho se hincó de rodillas, y dijo:
—Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos, y recibe también tu hijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo; que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse puede.
Recitó esto Nancho Rod, y prosiguió:
—Aquí está toda la nostalgia del final, el supremo dolor para el que el caballero tuvo la suprema fortaleza. Y aquí está, sobre todo, la emoción de ese cierto lugar de la Mancha.
Callaron los dos y, en silencio, se acercaron a la ventanilla del lado derecho. ¡Cómo les costaba arrancar su corazón de esa Mancha del Quijote! Allá quedaban el Toboso, Puerto Lápice, Campo de Criptana, Argamasilla de Alba, polígono privilegiado de los caminos quijotescos... Con sus pueblos blancos y abiertos, con sus faenas rústicas tan primitivas como en los tiempos del andante caballero, con sus acogedoras ventas pueblerinas, con sus manchegos hospitalarios y nobles, con la presencia siempre actual por pueblos, ventas y caminos de don Quijote y Sancho Panza.
Por fin, después de su visita al Señor Orgaz, donde está en su expresión plástica más alta lo quijotesco, se separaron nuestros dos amigos. Tomó el uno, caliente su corazón con el sol de la Mancha y confirmado en el viejo ideal caballeresco, para un adusto y sombrío monasterio perdido entre las brumas del norte, donde le esperaban meses de revolver códices y apurar la ciencia de amarillentos y rugosos pergaminos; para las playas del levante español, azules, interminables, tibias y frívolas, el otro, armado ya para siempre, con estos cuatro días de caminar con don Quijote, caballero de esta orden de la andante caballería.