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El «Quijote» en América

Algunos quijotismos en el habla ecuatoriana

Por Piedad Larrea Borja*

El título de este segmento cervantino que debo tratar esta tarde no concuerda, realmente, ni con ambiente ni tema, pero convengamos, amigos míos, que el término aun cuando no conjugue con los piadosos arcaísmos de rigor en este momento, tiene una vigencia especial en la moda de las comunicaciones sociales del momento. Por otra parte, creo conveniente una puesta al día —y conste que me abstengo de decir aggiornamiento—, así no sea más que con algún terminajo de éstos que a veces a pesar mío se me escapan como ya se me ha escapado éste: segmento.

Ante todo debo excusarme de haber emprendido en un argumento de vastedad y hondura que reclama mejor y mayor conocimiento que los míos y, además, extensión de tiempo más amplia y ocasión más oportuna que ésta.

Sin embargo al deleitarse, Dios sabe por cuántas veces ya, en la lectura —inigualada de encantos— de las desgracias, ilusiones y locuras del señor don Quijote de la Mancha, en el lenguaje mismo que don Miguel de Cervantes y Saavedra presta a sus criaturas, desde el ilustre «Caballero de la Triste Figura», honra y prez de los caballeros andantes y de su escudero Sancho, también ejemplo de su clase, surgen irremediablemente comparaciones, meditaciones y dudas al relacionarlo con las hablas nuestras en lo conversacional, en lo familiar y, especialmente, en lo arcaico y rústico. Algunos términos, como ya lo veremos si me acompaña la paciencia de ustedes, han envejecido también en estas nuevas tierras pero aún resuenan en algún refugio antañón de la aldea, en el agro o en el recuerdo de las generaciones abuelas.

Esta selección, que ahora ofrezco a ustedes no sin muchos temores, ha sido realizada con un intenso e inconveniente ritmo de nueva lectura y no se propone, por ello, ser un estudio lexicográfico completo. Apenas, si ustedes así lo prefieren, un divertimento, como diría en jerga musical. Un escarceo, un rápido vistazo realizado sobre el texto de la segunda edición de El Ingenioso Hidalgo Don Quixote de la Mancha, que reza en su subtítulo: «Nueva edición corregida por la Real Academia Española» —año 1782— (MDCCLXXXII). Y aun de ésta apenas en su primera mitad. Si este «mester» en el cual indebidamente me he introducido no resulta excesivamente ingrato, me propongo y ofrezco a mí misma concluirlo en los tomos III y IV que componen el total de la obra en la edición citada. Por mi parte, quiteña irremediable que soy, diré a ustedes «si Dios me da vida y salud» para ello y si desde su gloriosa eternidad me lo soportan, con su buena paciencia el Caballero de la Mancha y su ilustre creador el de Cervantes y Saavedra.

El ordenamiento seguido en este trabajillo —por las causas ya enunciadas— no es el que pedirían las más esenciales exigencias de la lingüística o la filología. Aquí, el ritmo de la lectura se ha hecho apenas por orden de paginación y sin tener en cuenta, si no en raras ocasiones las características gramaticales, en su fonética especialmente, y he prescindido, del todo, por lo abundante y dispar en el carácter diferencial en lo ortográfico.

Aquí, pues, algunos términos similares a veces, a veces contradictorios pero siempre relacionados con nuestra habla.

Boliche: Cosa curiosísima, ya en las primeras páginas de la edición citada —primer tomo— figura como apellido el del «nunca medroso Brandabarbarán de Boliche». En el Diccionario de la Lengua Española, hasta su última edición —vigésima de 1984— tiene esta palabra variados significados: desde bola pequeña, etc., hasta el nombre de utensilios varios, de peces, de varios significados de marina, hasta el verbo bolichear, andalucismo, como la mayor parte de estos significantes, por ocuparse por entretenimiento en «negocios de poca importancia», hasta bolicheo, bolichero o bolichera, ninguno de los cuales coincide con la semántica que le da al término el habla general americana, especialmente en la costa del Plata: refresquería pequeña, fonda, bar o cantina populares, etc. En el Ecuador solamente se usaba y se usa algo aún para designar un popular juego de niños que consiste en echar cañicas o bolitas de vidrio o «cocos» en un hoyo de forma cónica abierto previamente en el suelo para el objeto.

Salpicón: Ya en la primera página del texto, al describir el exiguo y pobre «yantar» del de la Mancha, nos encontramos con un término mucho más nuestro que español o de lengua general: salpicón. Entre mis viejos, viejísimos recuerdos de viajes, está la graciosa nostalgia con la cual una linda muchacha quiteña añoraba el «salpicón de naranjilla». Para definir el refresco en un trabajillo mío, encontré indispensable el señalar, como condición sine qua non, la de llevar mezclado al jugo —o los jugos— hielo raspado. Recordaba también que, antiguamente, en lugar del hielo —que obviamente era difícil conseguirlo en esas condiciones— se ponía granizo. Sí, mucho más podríamos decir, ustedes y yo, sobre nuestro salpicón, pero en la antipática autocita en la que acabo de caer, señalo también el último número de nuestro Diccionario-Biblia, consta como americanismo, con definición diversa. Mas, aquí en las primeras líneas, inmediato al sacramental «En un lugar de la Mancha...», define al hidalgo que era de: «Una olla de algo más vaca que carnero», «salpicón las noches...». Debemos lamentar que se olvidara al ilustre autor describimos la receta del exiguo mantenimiento de tan magro Hidalgo.

Descomulgado: Esta gran palabra —que no palabrota— nos resulta muy extraña; sin embargo, no puedo prescindir de ella aquí en este momento en el cual se han hermanado las celebraciones del gran Manco de Lepanto con nuestro insigne don Juan Montalvo. En efecto, creo que el cervantismo de éste lo llevó a ser el único —o por lo menos uno de los pocos— escritores de la época que usó el término como título de una obra de teatro suya, dura y satírica como todas ellas y en la cual el protagonista o descomulgado representa al mismo don Juan Montalvo. (Agradezco debidamente a nuestro Director por este dato proporcionado por él tan ampliamente a mi simple conocimiento de que Montalvo usó esta palabra.) Figura en el citado Diccionario, en todas sus formas, pero en nuestras hablas se ha fijado únicamente en la moderna: excomulgado, excomulgada, excomulgar.

El término mantear (manteaba, manteado, etc.), tiene en el Quijote el mismo sentido y uso que señala el mencionado Diccionario y que abunda en nuestra habla general ecuatoriana. Creo que a todos nosotros al escucharlo, si no algún travieso recuerdo de infancia, se nos presenta la ilustración del libro que demuestra al pobre de Sancho Panza en el manteo de que fuera víctima en la venta de su aventura. Y mejor aún al magnífico Goya que reemplazó al vapuleado escudero por un monigote como tema de uno de sus geniales lienzos, Los juegos.

Escudilla: En nuestra habla antañona familiar se designaba así a un utensilio de cocina o mesa, taza o tazón sin orejas. En el Quijote el Ama, según nos cuenta, «tornó luego con una escudilla de agua bendita y un hisopo y dixo: tome vuestra merced, señor licenciado, etc.». Hasta hace poco... bueno, no tan poco, me remonto más bien a mi infancia, cuando existía un juego en el cual se hacía adivinar al jugador penado que debía tener las espaldas inclinadas y los ojos cerrados, en qué posición había colocado sus manos el contrincante: si con las palmas hacia arriba y los dedos ligeramente encogidos, la adivinanza era escudilla. Si, por lo contrario, mano y dedos estaban vueltos hacia abajo, se debía decir campanilla. De ahí el nombre del juego: Escudilla y campanilla.

Los casos de las frecuentes alteraciones de vocal en hablas rústicas, tan generalmente atribuidas exclusivamente al quichua, se encuentran —y en abundancia— en nuestro don Quijote. Tales son los casos de «desculpo de la insolencia que aquella gente baxa con él había usado». Recebida: «Quien quedaba obligado por la merced recebida».

Celebro por cerebro. Asimismo muy usado en el libro, lo he oído también con frecuencia en ambientes campesinos y rústicos. Aquí, como ustedes verán, distinguidos oyentes, la deformación fonética lleva consigo también importante cambio semántico que únicamente el contexto o calidad del hablante mismo pueden evitar lamentables confusiones.

Igual cosa sucede con numerosos vocablos: escuro por oscuro. Este cambio vocálico se encuentra en gran cantidad en el Quijote:escuro, escuridad, escurezca, etc. Por lo general tiene igual uso en habla de indios, fenómeno que se ha atribuido a la inseguridad vocálica propia del quichua. La razón es válida, pero la constante coincidencia con el arcaísmo español del xvii y xviii pone en una cierta pugna las dos teorías. ¿No podrían mezclarse ambas? Resulta lógico que los quichuas hablantes imitasen, en la forma que les venía más cómoda, la pronunciación de los españoles llegados con una lengua nueva.

Igual cosa sucede con mesmo (no nos olvidemos aquí de los mesmos y los haigas y los trujes que tanto agracian la fácil prosa de la doctora de Ávila). «En aquel mismo instante se me fue la memoria quanto me quedaba por decir, y a fe, que era mucha virtud y contento», exclama el inefable Sancho en la aventura de los batanes.

Y a propósito de batán o batanes, en nuestra habla actual sólo ha quedado la palabra para designar un hermoso barrio quiteño, pero ¿cuántos de nosotros —quiteños o no— sabemos el origen del nombre tan usado por lo demás en tiempos arcaicos y, desde luego, en el Quijote? Aun apartándonos de las innúmeras acepciones que sobre la palabra batán trae el Diccionario, el origen quiteño —y nacional por supuesto— es el más frecuente para designar un tipo de instalaciones de mazos de madera movidos en forma hidráulica para golpear la lana. Las viejas crónicas quiteñas indican que estas instalaciones abundaban en el mencionado barrio.

En cambio, quizá podemos jactarnos que ni en habla rústica entró el cudicia que por codicia emplea don Sancho Panza.

Mollera: A pesar de lo castizo y común de la palabra, en nuestra habla coloquial tiene más bien un carácter festivo la expresión, egregiamente usada por don Quijote, cuando increpa al pobre de Sancho el ser «de muy poca sal en la mollera». Duro de mollera es la expresión ecuatoriana, castiza y aceptada, pero el término técnico para el sitio anatómico aludido en la cabeza es fontanela.

En lo que hemos modernizado nuestra habla es al denominar achicoria, así con a inicial, en tanto el arcaísmo impera en Cervantes cuando asegura que el pobre Sancho Panza «tenía el estómago lleno y no de agua de chicoria».

De las formas que abundan en el texto cervantino encontramos preceto, conceto, aceto, que podrían quizá explicar la modalidad del habla costeña que ensordece la primera pos-silábica en prececto, concecto, acecto, etc.

En cambio, tal vez podríamos lucubrar en deducción de ciertas divisiones de sílabas —por lo demás aceptadas ya en una nueva ortografía— que indican el ya conocido sonido dulce de la s que Cervantes habla —o por lo menos escribía— como lo hacen ahora los amigos del sur ecuatoriano en expresiones tan sápidas y suaves como des-ayuno, des-amor, des-esperanza y otras similares.

En el texto cervantino nos encontramos que al usar denantes por antes había dado ya un paso hacia delante sobre nuestro ecuatoriano endeantes.

Cuando se dice que Rocinante estaba «tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan ético confirmado», la palabra ético, sin h aquí, tiene igual sentido y desde luego grafía que el castizo hético, con h, que se usa en habla costeña por muy flaco, extenuado y hasta tísico. Todas estas acepciones correctas, por mucho que varíe la grafía de la h.

En una escena espeluznante el sin par caballero libra momentáneamente, por su maravillosa ingenuidad, a un desgraciado muchacho flagelado por su cruel amo «con su pretina». Es claro que sería con un cinturón o correa según «real saber y entender», pues entre nosotros el término pretina es exclusivo de modistería —masculino o femenino— y corresponde al cinturón adherido a la prenda del mismo material, sea éste falda o pantalón, y que afortunadamente no puede desprenderse para fustigar a nadie.

La forma pagastes, recibistes, venistes, rompistes, salistes y otras similares que usa el mismo redicho y cuidadoso don Quijote pertenece ya en nuestra habla común a vulgarismos, por lo demás, y lamentablemente, muy generalizados en medios semicultos y hasta de cultura.

No se podría decir lo mismo del sápido y gracioso rompido con el que protesta el de la Triste Figura por maltratos inferidos al muchachito de la aventura primera. Vocablo que aquí pertenece, como bien lo saben ustedes, exclusivamente al habla infantil.

Fustán: Es un término que las mujeres usamos todavía para designar un tipo de enagua más gruesa o fuerte que la corriente. Por lo menos así lo he oído, usado y así lo define el Diccionario. No aseguro que se lleven todavía prenda ni término. Sin embargo, en el Quijote, fustán corresponde al arcaico material usado por las mujeres para sostener sus largos cabellos en un tipo especial de cofia. Así vemos a la famosa Asturiana «en camisa y descalza, cogidos los cabellos en una albanega de fustán», al animar una de las más regocijadas escenas del incomparable libro.

Cendal: Tiene el castizo y justo sentido en el Quijote, y solamente en singular, para designar tela fina, paño litúrgico y otros, pero no el nuestro hechosendales [sic] para expresar que está roto o desgarrado.

Follón: He aquí un insulto muy frecuente en el indignado sentir de don Quijote, con el justo valor de cobarde. Además, el Diccionario tiene numerosas acepciones, ninguna de las cuales expresa nada agradable ni siquiera limpio. En cambio, nuestra habla general llama así a una hermosa prenda usada por las mestizas que consistía —¿y aún consiste?— en una falda de paño muy delgada que también tenía el nombre de centro y que llevan aún aquellas pocas mujeres que tienen el buen gusto de conservar esa especie de pollera típica.

Compadre: Resulta muy simpático el uso frecuente y cariñoso de este vocablo en el habla cervantina de el Quijote. No lo he oído mucho en el habla general peninsular.

Accidente y accidentar: Tiene en todo el contexto del Quijote el mismo valor de desmayo, lipotimia, convulsión, ataque epiléptico y demás cultismos, igual como entre nosotros.

Ratera: Se supone del contexto cervantino que quiere decir baja, pequeña, tal vez con un cruce fonético con rastrera. Creo innecesario el recordar a qué se refiere entre nosotros la palabreja.

Y como si toda esta palabrería con la que estoy fastidiando a ustedes fuese poca, no me resisto a terminar sin señalar antes unos pocos —aseguro que poquísimos— giros idiomáticos de nuestro señor don Quijote o de su Sancho Panza y con los cuales nos encontramos algunas veces:

Más único, redundancia común (en las mejores familias).

Tamaños golpes, por tremendos, fuertes, etc.

Hazme de jurar exige don Quijote, como lo hiciera cualquier hablante rústico en nuestro Ecuador (haceme de jurar).

Caso curiosísimo para nuestra onomástica —valga el término también para los apellidos— constituye la hazaña referida por don Miguel: «Un caballero español, llamado Diego Pérez de Vargas, habiéndosele en una batalla roto la espada, desjagó de una encina un pesado ramo, y con él hizo tales cosas aquel día y machacó tanto moros, que le quedó por sobrenombre Machuca y así él como sus descendientes se llamaron desde aquel día en adelante Vargas y Machuca». Aquí tienen ustedes, amigos, nuestro conocido apellido originado en machacar —majar heredamos del judeo-español— a los moros.

Plegar los ojos, por pegarlos como decimos nosotros. Nos encontramos que le acontece al cuitado y enamorado caballero, que por penas de amor pasa la noche «sin plegar los ojos».

Otro giro muy nuestro y con igual sentido encontramos en el libro que nos viene acompañando: tengo dicho. Nuestra forma familiar de asegurar una advertencia firme.

Quizá del giro de «la vista de los ojos» del estilo cervantino deriva nuestro expresivo «lo he visto con mis propios ojos», expresión popular, pleonasmo con el cual se consagra lo indudable de una afirmación.

El arcaísmo, usado por nuestras abuelas, «dar estado», por casar a una hija se encuentra muy vivo y en el mismo sentido en el Quijote.

Igualmente podríamos comparar el quijotismo «se acabó de admirar» con nuestro variable y frecuente «le acabó de hablar», «le acabó de insultar», de criticar, y otras linduras más.

Entre las redundancias ya podían enviar a este estilo cervantino nuestros cultores de «hemorragia de sangre», «subir», «cisco de carbón», «muslo de la pierna», «medio ambiente» y otros más al leer «hombre humano» en libro semejante y no función adjetival como «es muy humano», sino en clara e invariable redundancia, como si diríamos «un can canino».

Y podría regocijarnos el saber que don Quijote sentía «un no sé que» como cualquier sensible dama ecuatoriana cuando asegura igual cosa al sentir miedo, repugnancia, aversión o timidez sobre alguna cosa.

No ha sido mi intención el hacer un estudio ni una comparación del estilo cervantino en su libro máximo Don Quijote de la Mancha. Sería un despropósito además de desmedida ambición el hacerlo. Solamente he querido, al llegarme una vez más a este libro de toda mi vida, hacerlo con una especie de amistad: respeto, admiración, cariño, satisfacción íntima y plena para traer aquí, para nuestra Academia Ecuatoriana, para la imagen venerable del autor que ésta incorpora a su vivir diario y para ustedes todos, queridos amigos, un acercamiento de sencillez, de conocimiento ligero, y quizá renovar mi testimonio de inmensa admiración para una de las máximas obras con las cuales se enriquece nuestra lengua.

  • (*) Memorias de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, números 56-57, Quito, 1987-1988, págs. 61-69. volver
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