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El «Quijote» en América

El Quijote en Ecuador. Introducción

Julio Pazos Barrera

En los preliminares de un libro de Tzvetan Todorov, Crítica de la Crítica, se lee que la crítica de los textos se concentró, desde finales del siglo xviii, en la búsqueda del sentido: «La tarea del crítico, ajena a todo juicio de valor, se agotará en el esclarecimiento, en la descripción de las formas y de los funcionamientos textuales»1. Pero antes de esta actitud romántica, la crítica «clásica» comentaba los textos a la luz de principios de carácter dogmático. La búsqueda del sentido, inscrita en lo «moderno», propuso, así, la interpretación a partir del mismo texto.

Los estudiosos ecuatorianos cuyos estudios han sido recogidos en esta selección se inscriben en este estilo de crítica romántica que se acaba de reseñar, salvo el caso excepcional de «El buscapié» de Juan Montalvo, en que se parte de una idea preconcebida, la que Montalvo tenía «del hombre afilosofado», descripción que se adecua al propio don Quijote.

Muchas de estas contribuciones que tenemos el gusto de presentar, al igual que ocurre en las secciones correspondientes a otros países de El Quijote en América, fueron redactadas con motivo de distintas efemérides cervantinas, ya sea con ocasión del III Centenario de la publicación de la Primera Parte del Quijote, ya sea para homenajear el cuarto del nacimiento de Miguel de Cervantes. Al igual que en resto de países de habla hispana, la importancia del Quijote difícilmente puede soslayarse. Siendo el principal texto, también los principales investigadores y ensayistas literarios ecuatorianos han escrito sobre él. Repasar la nómina de glosadores e intérpretes es hacer lo propio con los grandes nombres de los estudiosos de este país.

Exceptuando a Juan Montalvo, que pasamos a ver a continuación, los otros autores ecuatorianos parten del propio texto cervantino, bien para interpretarlo, bien para tomarlo de pretexto para desarrollar diversas reflexiones. Las otras muestras seleccionadas serían clasificables bajo los rótulos de ensayos, el género más representado en esta colectánea, con aportaciones de Isaac J. Barrera, Leopoldo Benítez Vinueza, Hugo Alemán, Gabriel Cevallos García, Darío Guevara; trabajos lexicográficos (Luis Moscoso Vega y Piedad Larrea Borja); estudios gramaticales (Espinosa Pólit); y, finalmente, un estudio propio de la crítica literaria, representado por Diego Araujo Sánchez.

Juan Montalvo, y su osadía «inimitable»

Remedar conscientemente a Cervantes no es cualquier cosa. Así, esta selección, y no podía ser de otra manera, comienza con «El buscapié» de Juan Montalvo, texto donde el autor sintetizó sus opiniones sobre el Quijote, publicado por primera vez en 1882 en Siete Tratados2, desde su exilio de París. Estas páginas suponen el germen de lo que sería su obra magna, la más célebre continuatio moderna del Quijote: los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, obra que debió escribir durante el largo exilio en Ipiales (Colombia) y que glosaremos con cierta atención, dada la importancia que con el tiempo ha llegado a alcanzar entre los críticos latinoamericanos e internacionales.

De la lectura del ensayo se deduce que hubo dos antecedentes tempranos en los que este autor manifestó su vinculación con el texto cervantino. El primero fue la inserción, en uno de los números de El cosmopolita, de un «Capítulo» escrito a la manera de Cervantes, que provocó la loa entusiasta del texto montalvino por parte de lectores extranjeros, entusiasmo al que pudo contribuir el hecho de que cuando Montalvo publicó el cuarto número en El cosmopolita, en 1867, contaba tan sólo con 34 años de edad.

Sólo esta obra asegura a Ecuador un puesto de excepción entre las creaciones que ha inspirado el Quijote. Mucha tinta ha suscitado, durante todo el siglo xx, la originalidad (o atrevimiento) del procedimiento imitativo empleado por Montalvo. Hoy, más acostumbrados a narrativas transtextuales o prácticas hipertextuales3 (desde esta última entiendo yo Capítulos...) quizá no tenga sentido seguir por esta vía valorativa, ya prevista, por otro lado, por el propio autor, y razón de ser de «El Buscapié», tratado que en la actualidad aparece como prólogo de Capítulos...

Dos proposiciones se articulan en sus páginas: los valores de la novela de Cervantes y los motivos que mueven a imitarla. Ambas se refuerzan con alusiones a la biografía de Cervantes y a la crítica de autores españoles sobre su novela, junto a las obras de quienes han intentado imitarla, con peor o mejor fortuna.

Montalvo tiene que justificar su empeño, y arguye doble motivo. Por un lado, el Quijote es un «curso de moral». Por otro, se trata de homenajear la lengua castellana.

El autor, que sabía de la dificultad de su empresa, afirmando que nadie ha podido imitar el estilo de Cervantes «ni en España», justifica su osadía por ser «semibárbaro», «hijo de la naturaleza» y parte de un pueblo joven. Sensibilidad e imaginación caracterizan a estos «semibárbaros», dones que superan a los que poseen los individuos de los pueblos envejecidos «en la ciencia y la cultura».

Quizá por ello, y pese a esta especie de adoración por el texto cervantino, Montalvo, encandilado por la admiración que tenía al Caballero de la Triste Figura, se atrevió todavía a criticar una escena de la novela, cuando don Quijote se desplaza por las calles de Barcelona con un «cartel infamante a la espalda» (Segunda Parte, cap. LXII). Según el autor ambateño, es una escena «sin propiedad, porque no es caballeresca; sin decoro, porque las virtudes del héroe están escarnecidas... es el tributo que los grandes escritores suelen pagar al mal gusto y el error».

Con sus aciertos y errores, quedan los Capítulos... para la Historia de la Literatura como un hito difícilmente parangonable, y «El Buscapié» como su prólogo necesario, a modo de captatio benevolentiae para quienes pretendan juzgar, para bien o para mal, una titánica obra que, al igual que la que imita, tiene mucho de quijotesca. Esta obra, bien conocida fuera de las fronteras del Ecuador, ha supuesto también una referencia ineludible a otros críticos de este país, y a ella se alude en otros ensayos que quedan aquí seleccionados.

Ensayos

Mostramos con cinco trabajos con una orientación propiamente ensayística. Así, «Cervantes, una parábola luminosa», de Isaac J. Barrera, califica la obra de Miguel de Cervantes de «vértice de equilibrio», crisol en el que las funciones se funden de un modo muy especial, porque el resultado es de «armonía dulcificada y llena de idealidad, que se diluye en una suave sonrisa». Piensa el autor que el propósito y la composición inicial del Quijote fueron respuestas a las ofensas recibidas por Cervantes. El novelista se propuso fustigar a ciertas personas mediante la ridiculización; mas, en breve, el propio autor se identificó con su héroe.

Destaca los muchos temas quijotescos que siguen teniendo vigencia en la actualidad, como el Discurso sobre las armas y las letras, ante las tensiones de su tiempo entre estadistas y militares, o la administración de justicia. Finalmente, Cervantes y el Quijote, son la «caracterización de una raza», y el quijotismo una «cualidad hispánica» con «notorias emanaciones» en hombres de la península Ibérica y en Hispanoamérica.

De otro tono son las páginas de Leopoldo Benítez Vinueza, «El quijotismo como actitud», donde se reclama una lectura del Quijote alejada de criterios eruditos. La magna novela no puede aspirar a ser, solamente, ese «pedazo de historia literaria» a que los críticos la han reducido, usurpándosela al lector medio, siguiendo la senda que en su día abriera Miguel de Unamuno, faro de tantas generaciones de cervantistas, e influencia también advertible en los ecuatorianos.

Más allá del cervantismo, Benítez profundiza en el quijotismo, que no es sino una actitud del pueblo español, anterior a la escritura de la novela. De este modo, Cervantes, «aventurero fracasado», experimentó este conflicto en lo personal y compartió las condiciones conflictivas del pueblo español de su tiempo. Por su parte, don Quijote también es la expresión de la discrepancia entre el hombre y el mundo, el del personaje y el del mundo que lo rodea. El resultado de tal discrepancia es la comicidad; aunque, y por la transformación que experimenta el personaje, lo cómico devenga en trágico.

Benítez, por tanto, vincula lo que ocurre en la novela con la infortunada biografía del autor, del mismo modo que la gloria de los éxitos de la España imperial no se reflejó en su pueblo empobrecido: «El Quijote es la expresión de la intensa tragedia de querer realizar grandes fines con exiguos medios».

El loco Alonso Quijano del comienzo se convierte en el idealista don Quijote. El proceso de transformación manifestado es, según esta teoría, un lento proceso de quijotización de Cervantes. Es decir, Cervantes inicialmente hizo del personaje don Quijote la imitación de un caballero andante, héroe de las novelas de caballería. El personaje se nutrió de los ideales de ese caballero. Pero, a medida que componía la novela, el autor fue diferenciando su personaje y convirtiéndolo en el paladín de la justicia y la libertad, muy distinto del caballero inicial, cuyos ideales eran gloria y fama.

Esta misma transfiguración se produce también en Dulcinea, convertida por don Quijote en «idea del amor». Esta idea no sólo rige las acciones del personaje, sino que éste quiere imponerla a los demás. Así, don Quijote no ama en Dulcinea a una mujer concreta, sino a la pura idea del amor, un amor platónico que carece de apetencia y carnalidad.

Se culmina este lúcido ensayo estableciendo una correlación entre el Quijote y la España del siglo xvi, argumentando que los ideales de justicia y de libertad que fueron defendidos por Bartolomé de las Casas y Francisco de Victoria, de hecho, no se reflejaron en la realidad, y así como don Quijote quiso cambiar el mundo imperfecto con pobres medios, de igual modo los ideales españoles fracasaron en sus dilatados territorios por insuficiencia de medios. En definitiva, la novela de Cervantes es un símbolo que de «lo transitorio y local se dilata hasta lo universal», un símbolo ético, pero también de la falta de concordancia entre el hombre y el mundo, el drama de la existencia humana.

También se parte de la biografía de Cervantes en la aportación de Hugo Alemán titulada «Aspectos de Cervantes y el Quijote, a la hora de explicar el proceso de creación de la novela. Alemán la compara con Hamlet de Shakespeare porque ambos autores tienen en común «el fino y certero don para descubrir las cualidades e imperfecciones de los seres humanos», por más que son claras las diferencias. Hamlet es un personaje egoísta, que manifiesta una concepción pesimista de la vida, abrumado por el tedio y donde el amor a Ofelia ocupa un puesto secundario. Su mente vaga y linda en la oscuridad de la locura. Don Quijote, por el contrario, piensa en la humanidad, es un espíritu altivo, noble y generoso, su finalidad es la justicia y el amor ideal a Dulcinea rige todas sus acciones.

La lectura de los textos realizada por Alemán es espontánea, sin detenerse en aspectos técnicos, y dedicándole un espacio a los Capítulos... de Montalvo quien, al igual que su modelo, también entreveró ficción y realidad, en este caso la del medio andino, puesto que algunos de los personajes son fácilmente identificables con personas de «las esferas políticas y sociales del Ecuador de esa época». El eminente ecuatoriano, concluye Alemán, se rigió para escribir por un «desmedido e inseparable cariño hacia la figura simbólica de don Quijote». Como tantos otros ensayistas, concluye enalteciendo la interpretación del Quijote en la conciencia de la humanidad como símbolo de la justicia.

Rehuye el «sistema de la crítica simplemente literaria», y se adentra en la reflexión cuasi filosófica, Gabriel Cevallos García, en «Cervantes y el ser en sí», para volver a vincular la obra con el modo de ser realista del pueblo español, contraponiéndolo al idealismo, que «se queda con su escueta mirada interior».

¿Cómo explicar entonces la locura del Quijote? ¿Cómo entender aquellas imágenes que para el personaje son reales? Para Cevallos, el «arte recogido en la pendiente filosófica realista es, pues, humano y humanizado, naturaleza vivida y viviente, cuadro sensitivo construido a retazos sobre la existencia y con fragmentos de ella». En esta pendiente filosófica se ubica el Quijote. Se trata de un realismo existencial que involucra a la «ensoñación» y a la densidad del mundo.

Por esta razón, para Cevallos los capítulos más intensos de la novela son los que presentan a don Quijote recluido en una jaula, puesta sobre una carreta tirada por una pareja de bueyes. El personaje admite que es presa de un encantamiento, aunque advierte que los caballeros encantados, descritos en las famosas novelas de caballería, no eran transportados en jaulas ni carretas. Según Cevallos, don Quijote «pierde la seguridad (...) y comienza a sentirse otro distinto». Este fenómeno ocurre porque el personaje «se ha derretido en las manos del propio creador». Entonces aparece Sancho, quien no acepta el encantamiento de su amo, se acerca al recluido y le descubre la verdad de sus captores, que no son otros que el Cura y otros individuos de su tierra. Sancho interpone la realidad y el acontecimiento se torna desventura. Por un lado es un realismo pertinaz y por otro es el «ensueño». La lectura del Quijote, resumiendo, nos propone un juego de ilusión y desilusión; nos enfrenta a una asombrosa visión de aventuras imaginarias, a las que «vemos rodar a los pies de la realidad más pura».

«La sabiduría de Sancho Panza en la novela ecuatoriana», el estudio de Darío Guevara, desarrolla dos secciones. La primera contiene una apreciación del personaje Sancho en la novela de Cervantes, seguida por una reflexión en la que se examinan, una vez más, las imitaciones de Sancho en Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, de Juan Montalvo; añadiéndose el análisis del relato Don Quijote en la Gloria, del autor ambateño Carlos Bolívar Sevilla, y la referencias a la novela Don Balón de Baba, de Alfredo Pareja Diezcanseco. La segunda sección contiene el refranero registrado en las mencionadas obras de los ecuatorianos. Guevara lo ha recogido siguiendo el orden de los respectivos textos y ha subrayado aquellos que se han tomado del Quijote.

Claramente se advierte en el ensayo de Guevara que la valoración del personaje Sancho depende de su identificación con el pragmatismo popular, cuerdo y sabio, aunque en ocasiones intransigente y supersticioso. Máximas, refranes y dichos son los tesoros de Sancho y Guevara los recogerá, siempre con la finalidad de identificarlos en unas muestras de la narrativa ecuatoriana.

El académico Hernán Rodríguez Castelo escribió «Por los caminos del Quijote» como crónica o memoria de un viaje que realizó en 1964, titulado originalmente Cuatro días por los caminos de don Quijote. No es un estudio crítico, sino una reflexión personal a partir del solar patrio quijotesco. En dicho año, anduvo el autor por los caminos de la Mancha, acompañado de otra persona y con el famoso libro como guía luminosa, uno de cuyos méritos consiste en haber transfigurado los espacios reales en espacios novelescos. Esta mistificación le sirve al autor para intercalar fragmentos de la novela con la narración suya, valiéndose también de cierta imitación de la sintaxis del Quijote, aunque sin caer en el «a modo de», sino como una elegante aproximación. La descripción del paisaje, poco modificado a pesar de los siglos transcurridos, logra comunicar el espíritu cervantino enraizado en la comarca manchega y tan identificado con el sentir del pueblo que la habita. En definitiva, un precursor de las tan actuales y celebradas rutas quijotescas.

Trabajos lexicográficos, estudios gramaticales y de crítica literaria

De un carácter mucho más técnico y académico son los cuatro trabajos que quedan por presentar. En primer lugar, bajo el rótulo de «trabajos lexicográficos» se presentan sendos estudios elaborados por la crítica ecuatoriana, unificados por una orientación muy similar. Se trata de «Para entender mejor el Quijote», de Luis Moscoso Vega, y «Algunos quijotismos en el habla ecuatoriana» de Piedad Larrea Borja.

El primero investigó el léxico del Quijote por haber constatado que muchos decires, giros y palabras, hoy orillados u olvidados, se encuentran todavía en el habla de los campesinos azuayos porque el aislamiento hizo que esos elementos de la lengua traídos por los conquistadores se conservaran, razón de que haya sido el agro la sede de mayor permanencia de dichos vocablos y, por extensión, se haya expandido al habla coloquial en algunos casos. El Diccionario de Moscoso Vega ofrece 1280 entradas, de las cuales 110 corresponden al léxico ecuatoriano del campo o de las ciudades. Estas últimas son las que aquí se recogen.

Por su parte, la académica Piedad Larrea Borja realiza un «escarceo» lexicográfico, sin pretensión de exhaustividad, sobre el texto de la Primera Parte del Quijote, según la nueva [2.ª] edición corregida por la Real Academia Española año de 1782.

Esta investigadora explica cómo al deleitarse en la lectura le surgieron «comparaciones, meditaciones y dudas», relacionadas con la lengua coloquial familiar y campesina del Ecuador. Al igual que el anterior autor, coincide en que los vocablos cervantinos han envejecido y en la actualidad sólo es posible encontrarlos en alejadas aldeas o en los recuerdos de las abuelas.

Piedad Larrea separó del texto los vocablos que le sugerían la relación mencionada, ofreciéndonos una gavilla de ellos, y sólo en ocasiones acotando aspectos gramaticales, fonéticos y ortográficos. En algunas ocasiones introduce también no sólo vocablos aislados, sino locuciones y modismos, redundancias, presentes en la obra cervantina y en el Ecuador, o alteraciones vocálicas que le atribuye a la influencia del quichua.

Por último, y para dar cuenta del procedimiento seguido, la académica localizó un antecedente onomástico en una explicación de don Quijote. Se trata del origen del apellido Vargas Machuca. Don Quijote dice que: «Diego Pérez de Vargas desgajó una rama de encina y con ella machacó tantos moros y desde entonces sus descendientes se apellidaron Vargas y Machuca». Piedad Larrea comenta que machuca proviene de machacar y éste del judeoespañol majad.

El padre Espinosa Pólit, S.I., presentó a la Asamblea Cervantina de la Lengua Española, celebrada en Madrid en 1948, un estudio intitulado «Un latinismo en el Quijote», de orientación «rigurosamente gramatical» porque no atañe al léxico, sino a la sintaxis, diferenciándose, así, del sesgo de los dos anteriores trabajos. Ésta, según el autor, es el factor que más caracteriza a la idiosincrasia de un idioma.

Su análisis se centra en dos citas oscuras del capítulo XXV de la Primera Parte del Quijote, que adolecen de «un estilo pulido en extremo y deliberadamente remilgado (...) cuya construcción gramatical resulta inexplicable y aun ininteligible para la mayor parte de los lectores modernos», siendo la causa principal el uso de las partículas así y que, para las que el autor propone alternativas y rastrea las fuentes grecolatinas de que bebe Cervantes a través de las traducciones que se hicieron en España de las Bucólicas y las Églogas de Virgilio, y de las Odas de Horacio, textos que se evocan en los poemas de Garcilaso y otros libros de Cervantes.

Finalmente, Espinosa Pólit encuentra en estos rasgos el conocimiento que del latín tuvo Miguel de Cervantes, «no como latinista consumado», aunque con el saber suficiente como para utilizarlo en provecho del estilo y para enriquecer la lengua.

Se concluye la selección de estudios sobre el Quijote con la reflexión de Diego Araujo Sánchez contenida en su «Introducción» a su libro titulado Miguel de Cervantes. En ella, el autor desarrolla un análisis literario de la novela con una orientación pedagógica. Sin perder de vista el propósito de su trabajo, el de aproximar un clásico de la literatura a jóvenes estudiantes, plantea dos aspectos principales, el primero referido a la composición del Quijote, y el segundo, que trata de la perspectiva narrativa, situando siempre la obra de Cervantes entre el Renacimiento y el Barroco, es decir «entre la cima de la grandeza española y el abismo de su decadencia», un período de transición, estudiado por Arnold Hauser con el nombre de manierismo.

Para desbrozar el primer aspecto, el de la composición, Araujo examina algunas opiniones críticas, desmontando la idea de la «escasa armonía» que preside toda la obra, crítica que frecuentemente se le ha hecho a la máxima creación de Cervantes aludiendo a su arquitectura externa. Araujo Sánchez, por el contrario, subraya su orden interno, apoyándose en el criterio de Helmut Hatzfeld, para quien el orden interno es de naturaleza ideológica, puesto que en el conjunto hay unidad de motivos: misión caballeresca, constante presencia de Dulcinea, el motivo del cuerdo-loco, la ambición de Sancho Panza, etc. Por otro lado, la estructura de la obra refuerza la idea de la composición armónica cuando trata de las historias intercaladas dentro de la historia general. Así, en la Primera Parte, los personajes son lectores. En la Segunda, protagonistas y personajes son lectores de la Primera Parte y de la obra escrita por Avellaneda. El examen de las diversas opiniones críticas conduce a pensar en «armonía tras un aparente desorden», perfectamente previsto y resuelto. En esta múltiple percepción del mundo narrado, Araujo encuentra el sentido moderno de la novela y también la inagotabilidad de su lectura, pues ésta difiere en el tiempo histórico y de acuerdo con la edad de los lectores.

Concluye al análisis con algunas acotaciones sobre el lenguaje. Cervantes recogió la variedad del habla de la España de su tiempo. Alternó el lenguaje paródico y el serio, interpolando culto y el popular. Esta variedad, según Araujo, no es otra cosa que la expresión de la diversidad del mundo que evoca el Quijote.

En resumen, se presentan once contribuciones que dan cuenta cabal de las reflexiones que el Quijote ha producido en el Ecuador. El hecho de haber existido un autor de la talla de Juan Montalvo hace del cervantismo en este país un punto y aparte, y también marca una posición de partida para los estudiosos ecuatorianos posteriores. Ecuador es, para los cervantistas, la patria de Juan Montalvo, lo que asegura una presencia internacional que, de otro modo, muy difícilmente se hubiera conseguido.

La diversidad de puntos de vista adoptados, que van desde la rigurosa reflexión académica, al ensayo filosófico-literario más libre, presentan parte de la riqueza que los estudiosos de este país han ofrecido al caudal cervantista latinoamericano.

  • (1) Tzvetan Todorov, Crítica de la Crítica, Paidós, Barcelona, 1991, pág. 14. volver
  • (2) Juan Montalvo, Tratados, tomo II, Imprenta de José Jacquin, Besanzón, 1882. volver
  • (3) Gérard Genette, Palimpsestos. La literatura en segundo grado, Taurus, Madrid, 1989, pág. 41. volver
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