Por Darío Guevara Mayorga*
El pueblo, todavía castigado por los grandes porcentajes del analfabetismo, tiene una inmensa trayectoria en el largo proceso de la evolución humana. Sin nunca ostentar su nombre en las antologías literarias, ni en academias científicas, ni en las escuelas de bellas artes, siempre ha sido él un magnífico poeta, un relatista incansable de jugosas creaciones, un médico de experimentadas rutinas y sugestiones mágicas, un astrólogo de lecturas celestes, un artista de sus propias manos y un creador de legados sempiternos.
Y por más que el advenimiento de superestructuras culturales ha puesto en niveles superiores las escalas del progreso humano, al impulso de núcleos especializados de posibilidades ventajosas, en la raíz de todo está la simiente espiritual y la obra del pueblo, del pueblo anónimo que tiene por palanca la acción, por fortaleza la voluntad y por vehículo la tradición. Él es el comienzo de la poetización, él el prosador espontáneo, él el protomédico de la sociedad, él el zapador de las bellas artes, él el maestro y músico, artista y artesano, actor y cantor, y, en fin, él todo lo que constituye el cimiento del destino superador del género humano.
El genio de Cervantes acertó maravillosamente al escoger un hijo del auténtico pueblo para que sea el compañero de su hidalgo caballero don Quijote de la Mancha. ¿Cómo podía asociarse un defensor de los débiles, un brazo de la justicia, con un escudero linajudo de segundo orden? don Quijote debía entenderse con uno de los de abajo, de los de muy abajo, para enseñarle el buen camino con la luz de la sabiduría y la experiencia, y para decirle que, bajo el cielo de Dios y la bienamada Dulcinea, los derechos son de todos y para todos; pues Sancho también podía ser un gobernador, un mandante útil a la sociedad, y en el ejercicio de sus funciones podía ser útil a la patria, la familia y la colectividad.
Sancho campesino y analfabeto; Sancho sin los modales prescritos por el Manual de Urbanidad; Sancho acusado de devoto de la materialidad y el utilitarismo, por su apego al lecho, la comida y el interés positivo; Sancho desacreditado en el campo de los caros ideales, ¿acaso no tenía también algo de don Quijote como, más tarde, requería Don Juan Montalvo para todas las criaturas de la tierra? ¿Acaso no es «algo de don Quijote» aquello de aspirar que su condición se supere para ser mejor de lo que se es, en beneficio de la familia y de sí mismo? El mundo entero, fuera de las bastardas ambiciones de políticos cegados por el desenfreno de dominar a los demás, bien quiere ese algo de don Quijote con injerto de Sancho.
En el claustro de abultada ignorancia de Sancho hay un santuario de heredadas experiencias: allí la sabiduría popular acumulada en siglos y milenios; allí la religión de Cristo zurcida con los hilos de la superstición; allí la razón que sufre quiebras, pero que frena las locuras; allí un todo sin el cual la idealidad de don Quijote se estrellaría contra los muros de la inoperancia y la infructuosidad.
Para nuestro objeto, cabe destacar la sabiduría de Sancho Panza en su inagotable refranero. Que de repente o con frecuencia se le vaya el refrán por los codos, para disgusto de su amo, ello es obra del desborde de la corriente, como las aguas que salen de cauce cuando las fuentes celestes derraman excesivamente su abundancia. Mas, es evidente que en la serie de esos comprimidos didascálicos, las ciencias, las letras y las artes se dan la mano, como en compendio del espíritu experimentado en el milagro de la lengua.
Si Montalvo dijo que «el que no tiene algo de don Quijote no merece el aprecio ni el cariño de sus semejantes», bien se puede decir también que quien diga que no tiene algo de Sancho será el ridículo de sus prójimos.
En aras del genio, Cervantes caracterizó a la humanidad en dos personajes simbólicos de antítesis y enlace: don Quijote de la Mancha y su fiel escudero Sancho Panza. El primero, sabio y loco, idealista y alucinado, caballero andante y ciego deshacedor de agravios. El segundo, ignorante y cuerdo, intoxicado de credulidad, sugestionable a toda prueba, afanoso cuidador de su cuerpo y de su estómago, escudero leal y hombre ricamente nutrido de sabiduría popular en un vasto emporio de refranes.
Cervantes los echó a correr aventuras por los campos de la Mancha y los bosques de Sierra Morena, y en esas correrías de poca o ninguna fortuna, cada cual por su lado o a su modo, ambos desgranaron las rubias mazorcas de ideales y esperanzas; pues por más que se lo quiera privar a Sancho de estos pareados atributos humanos, sí los tuvo. ¿Acaso no es una forma de idealidad eso de esperar el gobierno de una ínsula para gobernarla amparado por la justicia o aquello de aspirar título nobiliario, en época en que la plebe soporta los más crueles desdenes de las castas dominantes? ¿Acaso no es esperanza en el ideal eso de buscar un rango de «legítima recompensa», por servir al vengador de los oprobios, llevando por delante la ansiada espera de mejorar el pan y el abrigo de los suyos?
Nada obsta a decir que Sancho Panza fue hombre de vida práctica, algo soñador también; ignorante, sí, por la ausencia del alfabeto, pero nada ignorante para decir las verdades de la vida en su propio lenguaje o en el lenguaje de refranes ya oportunos o ya halados de los cabellos, para disgusto o mortificación de su señor. En cualquier forma, dice verdades experimentadas, esas sabias verdades que descubrió el pueblo para repartirlas sin tasa a todos los que han hambre y sed de una filosofía práctica y sencilla, nacida en la vida —por la vida— para la vida de las generaciones humanas.
Sancho Panza, ese buen Sancho que soportó palos y puñadas por seguir a la flor y nata de la caballería andante, es hombre rico de saberes, y de su facundia está lleno el refranero del Quijote, compilado por acuciosos y devotos admiradores del Gran Manco de Lepanto.
No hay para qué decir que Sancho mucho aprendió de su amo don Quijote; pues éste no cesó ni descansó en la tarea de darle buenos consejos, de instruirle en el buen uso del léxico, y hasta de amonestarle o reprenderle por los frecuentes yerros. Pero no es menos cierto que don Quijote aprendió de su escudero a frenar algo los impulsos de su descarriada locura y hasta se contagió de la cordura del escudero para cristalizar verdades en máximas, sentencias, aforismos y refranes.
Mucha razón le asiste a Manuel de Montoliú para decir de los dos personajes de Cervantes: «Uno y otro son filósofos y prodigan sentencias, máximas y aforismos, inspirados en el mismo ideal de justicia y equidad; y ambos acaban siempre por entenderse, aunque esta común filosofía moral encuentra en cada uno de ellos una expresión diferente; noble, arrogante y a veces afectada en uno, y llana, ingenua y a veces vulgarota en el otro» (B.6).
Por decreto de la crítica literaria de España y América, Juan Montalvo es el Cervantes de América. Tan honroso título lo alcanzó por la maestría con que maneja la lengua de Castilla y, sobre todo, por sus magistrales Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, «imitación de un libro inimitable» que muy bien se acolita al Quijote del más grande de los clásicos españoles. Así hay razón para que César E. Arroyo diga que Montalvo «ha levantado a la lengua castellana, a Cervantes y a su don Quijote un monumento eterno».
En sesenta capítulos Montalvo aumenta las andanzas y aventuras del famoso caballero andante y su leal escudero Sancho Panza. Leyéndolos cuidadosamente se tiene la impresión de ver la Mancha y la América al mismo tiempo, cual si el escenario del Quijote estuviera sobre los Andes manchegos al modo de un engendro mestizo de dos zonas geográficas con sus correspondientes actores. Allí don Quijote y Sancho en la devota búsqueda de la hermosa Dulcinea del Toboso, cabalgando sus mismas cabalgaduras, con sus mismos sueños y ambiciones, pero con algo de las calidades hispanoamericanas; pues don Quijote y Sancho ven gentes de la historia ecuatoriana: el Conde Briel de Gariza y Guagrahuasi, o el Cruel Maureno, tirano de una cautiva (la patria ecuatoriana) que no es sino el dictador Gabriel García Moreno; el Marqués de Huagrahuigsa, crítico literario de mala catadura que bien puede ser el «sofista seudocatólico» de la réplica de los Siete Tratados; ese malaventurado gobernante ecuatoriano que en vida «dio en llamarse Ignacio de Veintimilla» y que lo encontraron ahorcado por la Santa Hermandad, en un bosque de la Sierra Morena, en castigo a su bandalaje, etc. Y así hay otros que siendo de acá, del Ecuador, asoman como que están allá, en los mismísimos campos de la Mancha española.
Bien se puede decir que don Quijote, Sancho Panza y muchos de los personajes del Quijote de Cervantes vinieron acá con la misma faja de tierra española para asentarse sobre los Andes, y que aquí ampliaron el escenario en el paisaje y aumentaron el número de sus caras aventuras, el estadio de sus ideales y ambiciones, la anchura de sus saberes especializados de caballería andante.
Sancho Panza, al prolongar así su carrera de escudero de la flor y nata de los caballeros andantes, a falta de las recompensas que siempre esperó de su señor, se vio deslumbrado por la novedad y nuevamente sacó a relucir su inagotable refranero que le salía de la cabeza por la lengua, como el fluir de una castalia que él mismo no podía explicarse claramente. Era algo que daba de sí, sin jamás haber estudiado libros ni concurrido a escuela alguna de paremiología. Quizás no reparó que, en cambio, tuvo una escuela de milenaria experiencia filosófica: la sabiduría popular, esa madre de todas las sabidurías, por más que se la pretendía relegar al fondo plebeyo de las ciencias, las artes y las letras.
El tan leal escudero Sancho Panza, en los Capítulos de Montalvo, dispone del refranero que recogió en España por medio de Cervantes y del que en su cabeza y en sus labios lo puso el escritor ambateño, ya del sobrante español o ya de los recados de las otras partes del mundo. Montalvo mismo, por boca de don Quijote, fija algunos de sus orígenes; pero sería interesante una prolija investigación comparada para dar nacionalidad a los contingentes refraneros que hallamos en los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, mayormente en los labios de Sancho, menormente en los de don Quijote y escasamente en los del cronista de las aventuras (Montalvo) y de los otros personajes que concurren al escenario de la «imitación de un libro inimitable».
Huelga decir que Sancho es el dueño y señor del refranero de los Capítulos, al igual que en el magistral Quijote de Cervantes; pero no es menos cierto que don Quijote también tiene su parte, en alternativa de refranes, adagios, sentencias y máximas recogidas de las fuentes de un erudito bagaje cultural. De este modo, la sabiduría práctica del amo y su escudero se compaginan en una sola, si se hace abstracción de la culta locura del señor.
En los diálogos permanentes que sostienen el caballero andante y su escudero Sancho, lo mismo en el Quijote de Cervantes que en los Capítulos de Montalvo, el segundo es el amo y señor de los refranes. Pero de la misma manera que Panza tiene un menudo contagio de la locura de su amo, éste no está libre del contagio refranero de su servidor. En vano en los Capítulos don Quijote llega a decir que los refranes de Sancho son «mina de disparates» y califica a su paje de «don monedero falso de refranes». Y en un rato de cólera hasta llega a increparle de este modo: «¿Qué ha sucedido y por qué tras esa tirria, embelequero perdurable? Te sé decir que me estomagas con ellos y que no estoy lejos de poner yo mismo en ejecución tu sempiterna amenaza, dándote pasaporte para tu aldea o para los infiernos» (cap. XXXI).
Sancho el cuerdo, a veces insatisfecho porque sus sufrimientos aún no son pagados por su amo de tantas grandiosas ofertas, se torna respondón y satírico con su señor, precisamente acuchillándole con refranes. Dícele:
Cuando me dan el consejo, denme también el vencejo: vuestra merced no hace sino ponerme entre la cruz y el agua bendita, y allá dé yo de hocicos con el Diablo. Sancho, esos yangüeses; Sancho, esos gigantes; Sancho, esos leones. Se van los amores, señor, y quedan los dolores; los humos de esta victoria se subirán al cielo; las costillas sumidas, en mi cuerpo han de quedar. El que a pie se halla, mire no se caiga.
Don Quijote no puede soportar este reproche de su mínima criatura y le responde:
Al diablo sea ofrecida la utilidad que saco de tu ayuda, maldito Sancho: si algo haces de bueno, al punto lo echas a perder con ese desbarrar sin término, ese desfigurar las cosas más palmarias. Ven acá, apóstata, ¿qué gigantes mataste?, ¿qué leones domaste?, ¿a qué yangüeses venciste? ¿Dónde están los trofeos de tus victorias, dónde las coronas que has ganado con tus proezas? ¡Conque tú provocaste a los leones, y yo te mandé provocarlos! ¡Tú embestiste a los yangüeses y los apaleaste a tu sabor! ¡Tú atropellaste y desbarataste los ejércitos de Alifanfarón de Trapobana! Susténtamelo en las barbas, insigne pícaro; róbame mis hazañas. Cuando te saquen con los pies adelante será el arrepentirte de tus fechorías: todas las has de pagar allá donde no se dice verefique, ni valen refranes mechados de tontera. ¿Es posible que ni después de una batalla dejes de vomitarlos como un endemoniado? ¿Así procuras mitigar el dolor de esta caída? Un huevo, y ése huero: la única vez que has acertado a mostrar coraje, resolución y fuerza juntamente, lo estragas todo con una extemporánea cobardía, negándote a seguir el alcance al enemigo, divertido en esa hablilla refranesca que me ha de matar de desesperación. Puerco fiado, gruña todo el año: si algo te debo, no me cobres con romperme la cabeza, y hazme firmar un pagaré, ya que te atienes al refrán que dice: callen barbas y hablen cartas. Cumplido el plazo cogerás, no solamente tus salarios, si no me sirves a merced, pero también recompensa, gratificación, pre-honorario, subvenciones y cuanto más te dé la gana, pero no hables más de lo necesario. A puerta cerrada el diablo se vuelve, y en boca emparejada no entran moscas. ¿No has oído decir: herradura que chocolotea, clavo le falta? ¿Qué han de pensar de ti los que te oyen despotricar a lengua seca, haciendo rosarios de adagios y proverbios, sino que eres un bendito animal, insufrible para los que tienen la desgracia de estar oyéndote de día y de noche?
Sancho no se calla ante el rudo sermón de su amo y vuelve a su cantaleta refranera:
—A puerco fresco y berenjenas, ¿quién tendrá las manos quedas, señor, respondió. La ocasión hace al ladrón; y no dirá vuesa merced que yo hablo sin ella, ni que vuesa merced me da ejemplo de sorbidad de palabras, ni aún de refranes.
—Sorbidad, replicó don Quijote, vendrá de sorber; sobriedad viene de sobrio. Ésta es virtud que hemos de practicar, no sólo en el comer y en el beber, sino también en el hablar; y por ventura más en esto que en lo otro. Quien guarda la boca guarda el alma, y no vayas a pensar que éste es refrán; sino sentencia de la Biblia, donde habla Salomón. El exceso en el comer te causa disgusto y enfermedades; la demasía en el beber te entorpece y envilece, y no puedes dormir más de lo justo, sin cometer uno de los pecados mortales, cual es la pereza. Todo esto es malo, pero nada es peor que el abuso de la lengua. Si la palabra es plata, el silencio es oro; la preciosa liga que resulta de estos elementos es la piedra filosofal de la prudencia. Hablar con juicio y medida; discurrir en cosas de substancia, sin apartarse de la verdad y la modestia, esto es ser sabio. Yo no pretendo que de cuando en cuando no salpiquemos la conversación con una de esas sentencias populares que en pequeño volumen encierran mucho y exquisito condumio; ¿pero qué es esto de echar refranes a dos manos, como quien traspala trigo? El bobo que es callado, por sesudo es reputado; llévate de esta regla.
—No es regla, sino refrán, contestó Sancho. Vuesa merced ha echado en este discurso como si hubiera hasta para tirarlos por la ventana, y le parecen insípidos los mihuelos. Entre bobos anda el juego, y cuando hace la escoba hace el asno que la roya. A uso de iglesia catedral, cuales fueron los padres los hijos serán, y cuales son los amos los criados son, señor. Éntrome acá, que llueve. Dice el refrán: de tal barba tal escama; vuestra merced es la barba, yo soy la escama; y en lo de los refranes corremos a puro el postre.
—Puede ser, repuso don Quijote; de esto mismo tú tienes la culpa, y has de pagar el mal que viene resultando. Te has acercado tanto a mí, que ya la distancia del caballero al escudero es ninguna, con harto perjuicio de la orden que profeso y mengua de mi decoro. Las malas mañas, como ciertas enfermedades, son pegadizas: pásame tu sandez, pásame tu pusilanimidad, pásame tu bellaquería, pásame todo; pero no me comuniques esta sarna perruna que te infesta, con nombre de refranes. Y lo peor es que muchas veces me echas tus venablos escondidos en ellos. El que te dice la copla, ésta la hace. Si de tarde en tarde me viene un refrán a los labios, es bien ocasionado, no oficioso e impertinente como los tuyos. Y todavía has de confesar que muchas veces no los digo sino por darte a entender que te propasas con ellos (cap. XXXVII).
Se pone, pues, en claro que don Quijote vive contagiado de la filosofía sanchesca de los refranes y que el mismo Sancho lo echa en cara, para advertirle que el caballero andante quiere privarle de lo que él mismo no es capaz de evitar, porque por la boca de ambos habla la sabiduría popular. Y don Quijote admite el reparo, aunque trata de justificar maldiciendo la mala y necesaria compañía escuderil.
En ocasión anterior, el diálogo del mismo tema comenzó con un consejo suplicante de don Quijote:
Ruégote, Sancho, dijo, que si hablas, sean discretas tus razones y te vayas a la mano en lo de refranes, porque al primero de ellos no saques a relucir lo triste de tu condición y lo extremado de tu sandez. Quien bien quiere, bien obedece; y si bien me quieres, trátame como sueles. Sancho, Sancho, en la boca del discreto lo público es secreto; y no diga la lengua lo que pague la cabeza.
—Medrados estamos, respondió Sancho. Vuestra merced los echa a destajo, y los míos le escandalizan. Labrar y coner y hacer albardas, todo es dan puntadas, señor. Al cabo del año tiene el mozo las mañas de su amo: vuesa merced me ha de pasar este mal de refranes, por poco que andemos juntos.
—Una golondrina no hace verano, replicó don Quijote. Si a las veinte echo yo unillo es porque allí encaja; mientras que tú me hartas con ellos hasta en los días de ayuno.
—Pescador que pesca un pez, pescador es, señor Quijote: si vuesa merced me echa una golondrina a cada trique, yo le he de echar un rábano, y tómelo por las hojas.
—Tú me has de matar a fuego lento, hombre sin misericordia, repuso don Quijote; y te hago saber que tus trocatintas me escuecen más de lo que piensas; trocatintas en las cuales la sandez y la malicia se disputan la palma. ¿Qué dices ahí de rábanos, menguado, ni qué tienen que ver las bragas con la alcabala de las habas? Te has puesto a partir peras conmigo, y Dios solamente sabe en qué abismo se han de precipitar tu familiaridad y petulancia. Si tienes algunos otros refranes amotinados en el gargüero, vomítalos antes de que lleguemos al castillo, porque delante de gente no me será posible tolerarlos.
—Boca con rodilla y punto a la taravilla, dijo Sancho; por la cruz con que me santiguo, que no me oirá vuestra merced cosa que parezca refrán, adagio ni chascarrillo.
—La boca hace juego, respondió don Quijote; mira no salgas refractario.
—Haré por cumplir mi palabra, señor. Mas dígame vuesa merced, ¿son tan malas mis razones, que así procura regalarlas a lo más obscuro de mis entrañas?
—Por buena que en sí misma sea una cosa, como la dices fuera de propósito, viene a ser mala: sin oportunidad no hay acierto; y para el que siempre va fuera de trastes, el silencio es gran negocio (cap. XXIII).
Ya se vio: las promesas de Sancho no se cumplieron, ni don Quijote puedo frenar al escudero refranista ni con el mismo freno de los refranes, aunque él crea que «para el mordido de perro es remedio la misma lana», o que los suyos son de oportunidad y elevación, cuando a veces apela a las máximas y sentencias eruditas.
Otra vez, ya impotente para contener el torrente refranero de su acólito, don Quijote adopta este otro camino de fina ironía:
Sigue adelante en tus refranes, Sancho; camino llevas de agotar, no solamente la colección de don Íñigo López de Mendoza, sino también la de Mosé Dimas Capellán, el Racionero de Toledo, y al Ponciano, o sea, el Comendador Griego. No olvides los Retraeres del infante Juan Manuel, ni los Adagios que las viejas dicen al fuego, del Arcipreste de Hita. Si en vez de ese hormigueo de adagios y refranes te hubieras metido en la cabeza algunos preceptos relativos a la caballería andante, el día de hoy te hallaras en potencia propincua de ceñir la corona real. Pero yo tengo mis barruntos de que con tu modo de hablar estomagas y enojas a los encantadotes, quienes están retardando cuando pueden el fausto acontecimiento de mi propia coronación (cap. XLI).
Bien se ve por boca de don Quijote cuáles son las fuentes principales del refranero de los Capítulos. Mas es cierto también que en esta célebre novela del Cervantes de América, hállase presente parte de los refranes aclimatados en el Ecuador.
Cuando caballero y escudero van por Sierra Morena, les sale al encuentro un fingido ciego que, astutamente, hurta las aprovisionadas alforjas de Sancho. Mas antes que esta fatalidad le aflija al apetitoso escudero, éste le indigesta a su señor con sus refranes y le obliga a decirle: «Si me quisieras vender a carga cerrada, sin reservar ni uno solo para tu uso, te diera yo por ellos todos mis bienes de fortuna, y con gusto me quedaré en la calle». Y cuando los refranes de Sancho vuelven a la carga, don Quijote agrega:
Cuenta y razón conserva amistad: ven acá Sancho: aquí hemos de formular, firmar y acabar un contrato de los que nacen estos principios: Doy para que des, dos para que hagas; hago para que des; hago para que hagas; y sírvanos de testigo este buen ciego. Tú das el no decir expresión proverbial, adagio o cosa que huela a refrán, ni en artículo de muerte, aun cuando sepas que has de entregar el alma al diablo. Yo doy el redoblarte tu salario, el hacer condesa a Sanchica, y además una de las tres pailas grandes que heredé de mi señora madre.
—Póngase una nota, respondió Sancho, y séllese y rubríquese (cap. CLV).
Sancho acepta el compromiso, no sin adjudicarse algunos refranes para los ratos de imperiosa necesidad. Pero en su boca no podía enmohecerse el abundante caudal de sabiduría de sus mayores. El torrente vuelve a desbordarse con la creciente de su lengua parlera. Entonces don Quijote le acusa:
¿Así cumples tus compromisos y contratos, embustero? Con estos refranes de Judas has de hacer al fin un mal público, obligando a Su Majestad a dar una pragmática por la cual se los prohíba en todo el reino. ¡Maldito seas tú, y lo sea toda tu descendencia, Sancho fariseo, y que no te vea pidiendo limosna! Te has echado el alma a la espalda, y por detrás de tus feroces inextricables te subes a mayores (cap. XLVI).
Don Quijote no encuentra oportunidad ni sabiduría en los refranes de Sancho, más herido que justo, desde luego. Sin embargo al rayar el nuevo día, oye cantar unas seguidillas picarescas al escudero y de buen animo le dice: «¿Son éstas tus plegarias, Sancho?».
Éste le responde:
Al abrir los ojos, señor, digo lo que hallo de pronto en mi memoria, y hago cuenta que me encomiendo a Dios.
—¿Así pues, cuando amaneces dándote al demonio, replicó don Quijote, haces cuenta que a Dios te encomiendas?
—Eso no, señor; al diablo no me doy sino bien entrado el día: de mañana tengo fresca el alma, claro el entendimiento, y la cólera no se atreve a salir de su caverna, porque la frescura y la inocencia de la madrugada se le oponen. ¿Quién ha de llamar al enemigo al reír la aurora por engangrenado que tenga el corazón?
—Sancho admirable, repuso don Quijote, tu árida inteligencia es a las veces florentísima y da frutos lujuriantes. La cólera no se atreve a salir de su caverna porque la frescura e inocencia de la mañana se le oponen: sin más que esto serías coronado en Roma, cual otro Francisco Petrarca (cap. XLVI).
Así don Quijote reconoció que el Sancho refranero era el poeta que encontraba la sabiduría de la existencia en el primer claror del nuevo día. Bien pudo decirle el escudero: «De músico, poeta y loco, todos tenemos un poco».
Más tarde, don Quijote hace públicos los méritos intelectuales de su compañero. Pues cuando don Absalón Mostaza condena la intromisión de Sancho en su diálogo con el caballero andante, éste se pone en razón y le replica:
¿No sabe vuesa merced que el amor aguza el ingenio e inspira términos elevados y dulces? Las aves gorjean con más terneza y melodía cuando están apasionadas; los animales mugen y balan con suavidad embelesante: ¿qué mucho que mi escudero se sobrepuje a sí mismo cuando discurre acerca de esa pasión divina? Sancho, Sancho, hablas de amor como León Hebreo; quien te oyera estas descripciones y menos refranes, te juzgara trovador, y no de los de por ahí, sino de los más tiernos y melifluos (cap. XLIX).
De esta manera, el Sancho socarrón del inagotable refranero queda reivindicado por el juicio público de su mismo señor.
Sólo Montalvo, entre tantos imitadores del Quijote, pudo encontrar lealmente la doctrina y la filosofía de Cervantes. Montalvo, en sus Capítulos, caracteriza a don Quijote y Sancho, exactamente, con los mismos atributos que engendró el eximio Maestro. Y en ambos casos, caballero y escudero se identican de este modo que expresa Manuel de Montoliú: «Uno y otros son filósofos y prodigan sentencias, máximas y aforismos, inspirados en el mismo ideal de justicia y equidad; y ambos acaban siempre por entenderse, aunque esta común filosofía moral encuentra en cada uno de ellos una expresión diferente; noble, arrogante, y a veces afectada en uno, y llana, ingenua y a veces vulgarota en el otro».
Tanto en el Quijote de Cervantes como en los Capítulos de Montalvo, don Quijote comprende que sus ideales no se cumplieron y que, consecuentemente, Sancho no pudo recibir la rica y nobiliaria recompensa que le ofreciera; mas, en cualquier caso, los buenos servicios de él debían ser pagados, y en su testamento fija un legado para Sancho.
En el testamento de los Capítulos, dictado en buen romance, don Quijote dispone:
Ítem: mando que los quintos
del completo de mi hacienda
a Sancho Panza se entreguen
por premio de su asistencia.
Los salarios son aparte,
en los quintos eso no entra:
el precio de su trabajo
a nadie se le descuenta.
Escudero decidido
como pocos en la tierra:
si yo con hambre, él con hambre;
si yo peleo, él pelea.
En el vaivén de la noble
profesión caballeresca,
siempre a mi lado mostrando
virilidad y firmeza.
Necesidades, fatigas,
manta, palos y refriegas,
en la impavidez de su alma
cualquier trabajo se quiebra.
Comer, si quiere la suerte;
dormir, si tiempo nos queda;
en este sinfín de angustia
mi escudero ni una queja.
Escudero, ¡mi escudero!,
para ti no hay recompensa;
según lo que tú mereces
no hay cosa que no merezcas… (cap. LX).
Tal vez estimulado por Montalvo, su ilustre paisano que tuvo la feliz iniciativa y el feliz acierto de imitar a Cervantes en la empresa cumbre de las aventuras de don Quijote y Sancho Panza, Carlos Bolívar Sevilla publicó su «cuento fantástico» de 160 páginas, titulado Don Quijote en la Gloria. Se comprende que Sevilla valoró la magnitud de los méritos del Gran Caballero Andante, para asignarle puesto merecido en el reino de los cielos, y se comprende también que tan magnífico batallador por la justicia de los débiles no podía llegar a la mansión de los bienaventurados sin la compañía de su leal escudero Sancho Panza.
Los más notables individuos (de la Gloria) —dice Sevilla— solicitaron por órgano regular, al Todopoderoso, la muy señalada merced de que el alma de tan eminente caballero fuese destinada a morar en esa mansión de los bienaventurados. El Padre Eterno negose a conceder la gracia solicitada (para el sexto cielo), manifestando que el gran Caballero de la Triste Figura estaba, en justo premio a sus virtudes, destinado al séptimo cielo, capital y metrópoli de todos los demás, en el cual reside el Padre Celestial con sus más virtuosos elegidos. Pero fueron tales las súplicas y ruegos de los sextos cielos, que el Ser Supremo hubo de ablandarse y ceder a sus deseos.
Concedida la gracia con tanto afán solicitada, los celestiales nombraron al príncipe Akiriel comisionado y enviado extraordinario para que se trasladara al mundo a recoger el alma del Caballero Andante, a la cual tomó Dios por su cuenta en cuanto hubo expirado, y con una rapidez mil veces mayor que la del rayo, condújose Akiriel a Sierra Morena. Ahí tomó el príncipe forma corpórea y materializando también a don Quijote con su poder sobrenatural, se le presentó en forma de un arrogante y hermosísimo mancebo (cap. I).
Para qué decir, en estas breves líneas, del diálogo que a primera instancia sostuvieron. Basta saber que emprendieron el rapidísimo viaje, cabalgando Akiriel su corcel albo y don Quijote su Rocinante. Llegaron primero al Paraíso Terrenal, antesala de la Gloria, y allí hubo el segundo de añorar la falta del fiel escudero de las andanzas por la tierra.
Grandemente se conmovería mi alma —dijo—, si Sancho, mi fiel escudero, hallárase aquí presente, aun cuando me mareara con el interminable saco de sus refranes y con sus quejas, motivadas las más de las veces, en razón de su único vicio, el de la bucólica; porque habéis de saber, ¡oh noble dignatario del cielo!, que Sancho no adoleció de otros defectos que no fuesen su interminable charla envuelta en un océano de refranes y su amor a la gula... Por lo demás, bendito mil veces sea el más fiel y constante de los escuderos, que caballeros andantes hayan tenido o tuvieren (cap. I).
Fue suficiente esta confesión y este deseo ante el Príncipe Celestial, para que el alma de Sancho se junte a la de su señor, también corporeizada y cabalgando el manso rucio. Así ya era fácil para don Quijote correr nuevas aventuras por el Paraíso Terrenal, y sigue luego el camino hacia la Gloria, guiado por el Príncipe y asistido por el escudero, que no cesará de refranearle y de provocarle cóleras y disgustos también.
El Sancho de esta jornada es el mismo bobalicón de las otras por los campos de la Mancha y Sierra Morena. Le cuenta a su señor que su muerte se debió a un cólico miserere, y le pinta el cuadro de sus dolores, desgranando las cuentas del rosario de su refranero, don Quijote le interrumpe:
Por Dios y por tu eterna salvación, basta ya de refranes; ¿quieres hacerme loco? Caminemos más bien a nuestro destino porque me mareas y me podnrás de muy mal humor. Feliz me sentiría si yo pudiera quitarte este vicio (cap. IV).
Don Quijote cree que la cursilería verbal de Sancho puede desagradarle a Akiriel; mas es cierto que el incesante diálogo entre el caballero y su escudero le causa singular beneplácito. Y por más que don Quijote quiere frenar el refranero de su leal servidor, el refrán, la sentencia o el adagio no se esquivan de sus propios labios ni de los del mismo Príncipe de la eterna Gloria.
Siempre celoso del buen manejo del idioma, don Quijote no descuida de corregir los errores cometidos por el escudero. Cuando éste dice «escrófula» por escrúpulo, repárale en estos términos:
Perdonarte puedo, Sancho, tu miedo, tus simplezas y hasta los refranes que sin ton ni son hilvanas, pero nunca podré permitirte que cambies las expresiones y desfigures los vocablos (cap. VI).
Pero no lo perdona ni lo uno ni lo otro, cuando llega el caso. Y así, al escucharle la sarta de refranes que vuelve a la parla del incansable charlatán, lo reprende otra vez:
Por Dios o por la memoria de Teresa tu mujer, que buena vida haya, no nos marees con tus refranes y cuídate de decillos en el cielo, porque caerás en odiosidad y te tendrán por impertinente y necio; pues has de tener en cuenta que a hombre tonto y charlatán, no hay quien lo soporte por paciente que sea la persona; y recomiéndote tengas esto presente, con el ítem más, que pocas frases bien dichas con cordura y prudencia, encierran cien veces más condimento y sustancia que un discurso de luengas dimensiones.
—Así prometo hacer en adelante —repuso Sancho—, pero antes ha de permitirme vuestra merced decirle una mala expresión.
—Di en buena hora, Sancho, con tal que sea corta y abreviada.
—Pues yo creí, señor mío, y de ello estuve firmemente convencido, que siquiera después de muerto dejaría vuestra merced de reprenderme, y heme equivocado. Ahora se me alcanza creer, que si al infierno fuésemos condenados los dos, si tal quisiese nuestra mala ventura, al punto de hallarnos hirviendo en pez o en aceite, que eso no sabré decirle, no dejaría de atormentar a esta cuitada criatura: «Sancho, no digas eso; Sancho, no pronuncies aquello, no ensartes refranes, Sancho, que me mareas y llegarás a hacerme perder el juicio»; sin tener en cuenta que soy un rústico campesino que ni leído soy ni escribido: tal me conoció vuestra merced cuando a su servicio me tomó, y no letrado ni fino. Y digo más sin inferir ofensa: ¿no sería mejor que cada quisque diga como puede y sabe expresarse, y no martirizarme con reprensiones y sofocarse porque encajo refranes que vienen de molde? (cap. VI).
De este modo razonó Sancho, y volvió a la filosofía de su caletre sin más miras que su propia verdad, que don Quijote tuvo que reconocer: «Ocasiones tienes, Sancho, de tal lucidez en tus discursos, que no tengo por medio que admirar tu discreción y racionalidad» (cap. VII).
Anda que anda, corriendo las rutas infinitas, al fin los tres viajeros llegaron al sexto cielo, en donde don Quijote y Sancho fueron saludados apoteósicamente y agasajados de manera jamás imaginada. Luego, los dos se acercaron al trono de Jesús, se postraron ante él y al toque de las manos mesiánicas fueron restituidos al ser perfecto de la cordura para gozar de las delicias celestiales que el Todopoderoso les otorgaba en premio a los grandes bienes que sembraron en la tierra.
En la celestial odisea del Caballero Andante y su escudero, sus diálogos son idénticos a los que sostuvieron en el mundo de los mortales, tanto en el Quijote de Cervantes como en los Capítulos de Montalvo. Cada cual vive y confirma su personalidad cervantesca en las dos caras de la humanidad de los siglos habidos y por haber.
Don Balón de Baba, de Alfredo Pareja Díez-Canseco, es una parodia criolla de Don Quijote de la Mancha de Cervantes. Las aventuras del seudo Quijote del trópico ecuatoriano se desenvuelven en el corto lapso de dos días, en una extensión de más de trescientas páginas de novela.
Don Balón, cuyo nombre responde a su gordura, en contraposición al Quijote desmirriado de la Mancha, es natural de Baba, hidalga población del Litoral rioense del Ecuador. Su fortuna le llevó a fijar residencia en la ciudad de Guayaquil, en donde vive de sus rentas y al cuidado de un ama de llaves, la fiel y servicial Micaela.
El acaudalado babense era, pese a las granjerías del dinero y del linaje, un ardiente enamorado de las causas justas, y a tanto llegó su pasión por los caros ideales, que se le trastornó el normal sentido a semejanza del manchego de las clásicas andanzas. Empezó a acusar a los enemigos de la justicia social, al fascismo depravado de Mussolini y al mismo gobierno colonial. Hizo promesa de luchar y vencer a todos los enemigos de su noble causa, en nombre de su partido «avanzadista» y de su Dulcinea, llamada Niña Cándida, «la mujer más bella, inteligente y casta que respira la atmósfera».
Micaela se alarmó justamente al ver de ese modo a su señor. Pensó en la necesidad de una pronta asistencia médica, y, para cumplir mejor este imperioso cometido, dirigió una carta a Baba llamándole en ayuda a don Inocente Cruz de Sepedillo, amigo de Don Balón. Don Inocente acudió presto y de amigo se convierte en una especie de escudero de aquel aborto de Quijote criollo que promete hazañas en defensa de la democracia y la justicia social.
En el «importante diálogo que hubo entre Don Balón de Baba y Don Inocente Cruz de Sepedillo», aquél le dice a éste: «Soy Avanzadista revolucionario y voy a corregir los errores y las deficiencias de la organización política actual».
Y al ser desaprobado por Inocente, agrega:
Tienes que estudiar, Inocente. Tienes que hacer como yo: llegar por sentimiento y por convicción científica a las más altas concepciones y a la más alta justicia humana. Tú no te das cuenta del sufrimiento de la gente pobre. Todos los que discuten contra las teorías revolucionarias o son ignorantes, perversos, o lo hacen sin darse cuenta del dolor de la humanidad. ¿Crees tú que yo ahora no sufro por el vino que he tomado cuando sé que hay gente que vive pensando en tomar un vaso de vino sin poder hacerlo nunca? Y así en todo: desean tanto lo que nosotros tenemos en abundancia, que resalta la injusticia de una manera dramática. Y no sólo es esto: es el dolor, la miseria. Recuerda el campo: trabajan los hombres desde las seis de la mañana en rudas faenas, comen mal, uno o dos platos, no saben leer, no saben nada, no perciben jornales sino en víveres con precios escandalosos que fija el patrón y siempre están debiendo al amo y heredan los hijos y los nietos las deudas, verdadera familia de esclavos. ¡Y dicen que no hay problema social en el Ecuador! ¡Malditos! ¡Imbéciles! (Primer Día, cap. VI).
De esta manera le catequiza a Inocente y le gana para su lado, que será la condición escuderil, aunque más a la fuerza que de buena voluntad.
A partir del primer diálogo, Don Balón es maestro de flamantes teorías y Don Inocente, el discípulo que coadyuva o repara algo al deshacedor de agravios, por medio del rico refranero criollo.
Don Balón le oye complacido, y le dice: «Sigue, Inocente, me encantan tus refranes y me dan alegría. Sigue, sigue, Inocente» (Primer Día: cap. VII).
Más adelante, Don Balón rompe el silencio que se impuso y le solicita buenos consejos a Inocente Cruz de Sepedillo. Consúltale:
Hombre, Inocente, tú dices que eres hombres de consejos. Es buena cosa oírlos, ¿sabes? ¿Puedes darme alguno?
—Eso de consejos, francamente, no lo sé bien. Lo que yo sé son máximas.
—¿Máximas?
—Sí, máximas, que oí del cura de Baba, de mi padre, de mi suegro, del padre de Eulalia, de don Palomino Morán, el barbero, y de una porción de gente de los mejor de Baba. Además, yo, yo, yo sé algunos míos, de mi propia cosecha.
—Dilas, Inocente, dilas. Al fin y al cabo, las máximas constituyen consejos.
Inocente, en vez de máximas, vuelca su cántaro de refranes. Don Balón le repara:
—Está bien, Inocente, pero recuerda que no es hora de refranes sino de máximas.
—¿Y acaso una máxima no puede ser un refrán? ¿Por qué?
—Depende. Pero no siempre un refrán es una máxima.
—¿Y entonces qué?
—Pues muchas veces una majadería.
—No entiendo yo de eso, pero los que yo digo no son majaderías, porque entonces sería yo el majadero, y, bueno, yo no me lo creo y es más que suficiente. Oye, oye —agregó golpeándose la frente—, me acordé de una máxima y todo está en principiar y cuento hecho.
—A ver, a ver...
—Todo depende del cristal con que se mira, como dijo Víctor Hugo.
—Campoamor, que no Víctor Hugo.
—Bueno, a mí no me importa quien lo dijo, sino que es la pura verdad, y hay que mirar las cosas como uno quiere verlas y sanseacabó. Y ahora me acuerdo en que hay que convenir en que, como Dios existe, tú no eres tuyo, sino de él, ni tienes cosa tuya en ti, y por lo tanto nada te puede quitar el que te insulta...
—¡Bravo! —aplaudió Balón.
—Ajá... Te gustó, ¿no? Eso le dije yo al cura una vez y estuvimos de acuerdo hasta que él, razonando y razonando, me dijo que hacer bien a quien bien te hace es deuda natural de los hombres y que hacer bien a quien te hace mal es obligación del hombre bueno que es digno de la vida eterna. Allí salté yo y le dije: así sí que no, padre. En lo primero estoy de acuerdo, pero en lo segundo, ¡a la boca de Yaguachi! Cuando usted pide dinero, ¿no firma un pagaré por la deuda? Sí, me repuso. Entonces, repliqué yo, la mala acción contra uno es también deuda por cobrar y que no se endosa sino recibiendo un valor y lo único distinto es que al recibir el bien uno es el deudor, y en recibiendo mal, acreedor. ¿Acaso la Iglesia no autoriza el pagaré? A eso voy, que cuando me pegan, pego, y cuando me besan, beso.
—Muy bien, Inocente, muy bien. Hablas con mucha inteligencia práctica, porque así es la vida, aunque yo, a fuer de idealista, soy de otra manera de pensar y te respondo diciendo que hacer bien por mal es grande y sabio y que no se puede equiparar la vida mercantil a la moral, porque el espíritu se mueve libre ante la vida...
—¡Alto! Las máximas las voy a hacer yo, no tú.
—Tienes razón. Me entusiasmé un poco. Continúa, Inocente... Me interesan tus conceptos.
—Máximas y no conceptos, vamos por parte, que no soy ningún bobo ni me chupo el dedo ni me chorreo cuando tomo la sopa ni me atoro cuando tomo agua... (Primer Día: cap. X).
En capítulos siguientes, Don Balón instruye a su amigo sobre la diferencia entre refranes y máximas, que para Inocente son una misma cosa; luego aplaude el repertorio refranero del amigo, y se aprovecha de todo instante para aclarar conceptos y demostrar, a todo trance, que él es un defensor de la justicia que esperan los desvalidos y los hombres que hacen buen uso de la fuerza de su brazo y de su espada.
En definitiva, la novela Don Balón de Baba nos da un Quijote y un Sancho criollos del siglo xx. Don Balón, loco, ilustrado, idealista y batallador al estilo del caballero andante de Cervantes, de Montalvo y de Sevilla. Desface agravios y como el Hidalgo de la Mancha, cae en las trampas de quienes se mofan o se burlan de sus hazañas. Se diferencia del clásico don Quijote por su gordura y por el apego a la mesa y los bocados sabrosos y abundantes.
Inocente Cruz de Sepedillo, injerto en una modalidad de Sancho, sométese a los caprichos del alienado superior y pone sus «razones» en manojos de máximas y refranes que no siempre respetan el texto de la sabiduría popular. Eso sí, es oportuno para sus dichos, aunque éstos a veces le salen por los codos, desorejados, mutilados o revueltos al capricho de quien quiere abundar en «razones», salgan bien o salgan mal. Pero él es un Sancho auténticamente nuestro, dueño del refranero del Litoral ecuatoriano; es hecho en molde propio, aunque el patrón sea de España o del genio creador de Cervantes.
Inocente Cruz de Sepedillo refranea sanchezcamente hasta en la carta que dirige a su esposa. Dícela en su tono y lenguaje de fabricadas confidencias:
Mi querida y extraña Eulalia:
Hoy te escribo, porque hoy hay lancha, porque, si no, ¿cómo iba a mandarte la carta? La lancha la lleva y la lancha la trae. Sube con la creciente, baja con la vaciante, todos los días del año, porque ya te he dicho, Eulalia, que en esta vida más vale hacerse que ser, y a buena cara, salud y pesetas, que la mueca es propia de animales irracionales, porque más vale un colorado y no cien azules...
En principio, tengo que decirte que nada malo he hecho, y me he portado bien y todo lo demás. No he comido demasiado, sólo que me estoy fumando tres cigarros por día, no escupo en el suelo ni eructo, que, según Balón, es cosa de mala costumbre. En cuanto a lo demás, tengo limpio el estómago y no he arrancado ningún botón de la camisa.
Bueno, es que no sé cómo decirte, porque ni yo lo entiendo y mal puede explicar quien mal entiende y otras cosas que por sabidas no hay que repetir. Esto me pasa por meterme en lo que no me importa y por tener buen corazón, que el que con muchachos se acuesta, con su pan se lo coma, como se lo dije en su propia cara a mi amigo Balón el otro día, y más valen dos burros juntos que un solo caballero, porque más vale cazar que caerse al agua y tener miedo que ser convidado...
Dile a María Magdalena que se deje de jugar con los terneros y que no esté llorando todo el día; y a Mortuoria de las Mercedes que no vuelva a mear en la cama.
Lo demás, te lo recomiendo a ti misma, Eulalia. No hay bien que por mal no venga, y hay que tener filosofía, como dice Balón. Dar más de lo que se recibe es locura y morirse antes de tiempo, y dar igual es tontería. Acuérdate de esto siempre, y a mal ojo, tripa de gato, y vaca que llora, buena leche, porque a todo el que se queda parado le cae encima el matapalo, y que siga la marea para arriba y la gallina con su pepita...
Cosas raras te contaré a mi vuelta. Te saluda y te abraza tu marido,Inocente Cruz de Sepedillo
NOTA.— Tenme pantalones limpios, mándame el caballo a recibirme en el puerto y pon el guardián en los tendales del cacao, que ahora hay mucho ladrón, y camarón que se duerme, se lo lleva la corriente (Segundo Día: cap. III).
Así usa y abusa de su refranero Inocente Cruz de Sepedillo. Se mantiene cerca o junto a su amigo, el valeroso Don Balón de Baba, hasta cuando éste entrega su vida a la muerte, en «gran batalla», sin que es sepa quién le rompió el cráneo bajo las sombras de la noche, en el bosquecillo suburbano de la última aventura...
(Compilación en orden seguido del texto)
Para diferenciar los refranes de Sancho de los refranes, adagios, sentencias y máximas de los demás, constan estas siglas Q (Don Quijote), P (otros personajes) y C (cronista o autor de la obra).
| Refranes de Sancho | 187 |
| Refranes, sentencias, adagios y máximas de don Quijote | 67 |
| Sentencias y dichos sentenciosos de otros personajes | 15 |
| Refranes y sentencias del cronista (Montalvo) | 6 |
| TOTAL | 275 |
(Compilación en el orden del texto)
Los refranes de Sancho no llevan sigla. Los demás sí: Q (don Quijote), A (Príncipe Akiriel) y C (cronista o autor de la obra).
| Refranes y máximas de Sancho | 33 |
| Refranes y máximas de don Quijote | 8 |
| Máximas y sentencias del Príncipe Akiriel | 2 |
| Refranes y máximas del cronista o autor (Sevilla) | 4 |
| TOTAL | 47 |
(Compilación en el orden del texto)
Los refranes de Inocente Cruz de Sepedillo van sin su sigla. Los demás sí: B (don Balón de Baba), P (otros personajes) y C (cronista o autor).
| Refranes, adagios y máximas de Inocente Cruz de Sepedillo | 127 |
| Refranes, adagios y máximas de Don Balón de Baba | 4 |
| Refranes, adagios y máximas de otros personajes | 2 |
| Refranes, adagios y máximas del cronista o autor (Pareja) | 2 |
| TOTAL | 135 |
La paremiología de la máxima obra del genio de Cervantes ha dado lugar a tratados completos y múltiples. Indudablemente, sólo el refranero del El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha da para un libro. Y, sin duda, este repertorio de la sabiduría tradicional del pueblo español es parte de nosotros también, y así cada vez que leemos aquella portentosa obra del ingenio del celebérrimo Manco, nos encontramos precisamente con el refranero de Sancho, tan popularizado entre nosotros.
No vamos a decir que todos los refranes que usa el pueblo ecuatoriano son legados del Quijote, ni que los refranes, adagios, sentencias y máximas que están presentes en las imitaciones ecuatorianas corresponden al mismo; de ninguna manera, por más que los contactos sean frecuentes y las repeticiones también; pues el comprimido de la sabiduría popular sale de los labios humanos sin consulta ni examen, al impulso de los estímulos espirituales, asido de la oportunidad y seguro del aserto.
Pueden los estudiosos hacer la comparación que quieran entre los refranes del Quijote y los que aquí recogemos de las imitaciones ecuatorianas del Quijote. Hemos dado un paso solamente. He aquí el cómputo total de lo que hemos encontrado:
Refranes, adagios, sentencias, máximas, etc., de:
| Capítulos que se le olvidaron a Cervantes | 275 |
| Don Quijote en la Gloria | 47 |
| Don Balón de Baba | 135 |
| TOTAL S. E. u O. | 457 |