Por Aurelio Espinosa Pólit, S. I.*
La presente nota es de orden rigurosamente gramatical, y atañe no al vocabulario, sino a la sintaxis del Quijote. Todos están de acuerdo en reconocer la trascendencia de la sintaxis en la vida del idioma, que, si fácilmente evoluciona en su lexicografía y aun en su fonética, se aferra, en cambio, a su sintaxis como al elemento que más caracteriza su idiosincrasia. Y la materia directamente compete a la Academia, consagrada al constante perfeccionamiento no sólo de su Diccionario, sino también de su Gramática.
En inolvidable discurso de Alcalá de Henares nos recordaba el gran orador Pemán que entre las múltiples síntesis logradas por Cervantes en el Quijote, para el maravilloso equilibrio de la obra inmortal, una era la síntesis de las dos corrientes que, sin mezclarse, circulan en el caudal de toda lengua: la corriente culta y la corriente popular. Las tendencias democráticas de los tiempos que vivimos llevan todas las simpatías de los estudiosos hacia la corriente popular, como si ella sola representase la genuina fuerza vital de la lengua. Pero la seriedad de la Academia no puede dejar de ver la necesidad de atender simultáneamente a la corriente culta, que, como en todos los casos de fuerzas complementarias, tiene una importancia imposible de desconocerse. Además, tratándose de la lengua específicamente culta, por lo mismo que no procede del impulso, vital pero irresponsable, del pueblo que habla, hay lugar para estudios más documentados, en que cabe llegar a dilucidaciones ciertas.
De éstos es el caso que someto a vuestro criterio, y que ofrece la ventaja de presentar una explicación de un pasaje del Quijote, al que parece no se ha prestado la atención que merecía.
En el capítulo XXV de la Primera Parte, se leen las dos frases siguientes:
¡Oh, vosotras, napeas y dríadas, que tenéis por costumbre de habitar en las espesuras de los montes, así los ligeros y lascivos sátiros, de quien sois, aunque en vano, amadas, no perturben jamás vuestro dulce sosiego, que me ayudéis a lamentar mi desventura, o, a lo menos, no os canséis de oílla!
¡Oh, Dulcinea del Toboso, día de mi noche, gloria de mi pena, norte de mis caminos, estrella de mi ventura, así el cielo te la dé buena en cuanto acertares a pedirle, que consideres el lugar y el estado a que tu ausencia me ha conducido, y que con buen término correspondas al que a mi fe se le debe!
El contexto en que se encuentran estas oraciones, o sea la grandilocuente invocación con que saluda don Quijote, en Sierra Morena, el sitio por él escogido para hacer penitencia, es todo él de un estilo pulido en extremo y deliberadamente remilgado; y a este carácter peculiar del pasaje se debe tal vez lo extraño de las frases transcritas, cuya construcción gramatical resulta inexplicable y aun ininteligible para la mayor parte de los lectores modernos.
No deja de extrañar que los comentadores más concienzudos del texto del Quijote, Clemencín y Rodríguez Marín, se limiten a ilustrar con citas de Garcilaso, Plácido de Aguilar y Pedro Espinosa los vocablos mitológicos de napeas y dríadas, y no digan una palabra de la construcción misma de las frases, como si éstas fuesen cosa llana y hablar corriente.
No hay tal llaneza y habla corriente, y vale la pena estudiar de más cerca este caso singular de sintaxis castellana.
Doble es el problema que presenta, a saber: ¿cuál es el sentido exacto de la construcción gramatical aquí usada por Cervantes? y ¿cuál es la explicación lógica de la misma?
A la primera pregunta ha contestado a toda satisfacción don Rufino José Cuervo en su Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana (París, 1886). A la segunda vamos a procurar responder en esta nota.
El sentido propio de la construcción está clarísimamente expuesto por Cuervo en el párrafo 5.º del estudio de la partícula así. En el 4.º trata del uso de y así, así es que o así que para introducir una consecuencia, y prosigue: «De este valor consecuencial proviene el empleo que se hace de así en frases optativas para presentar un buen deseo como pago de la buena acogida que se dé a una súplica o petición. Ésta se expresa por medio de un imperativo o la forma subjuntiva equivalente». Esta descripción de Cuervo es tan clara, que el Diccionario de la Academia ha tenido a bien copiarla literalmente: «Úsase —dice— en las oraciones desiderativas para expresar un deseo, como pago de la acogida que se dé a una súplica o petición: Dios te ayude».
Las variedades en la aplicación de este sentido de así están eruditamente catalogadas por Cuervo:
La misma construcción sin que en el segundo verbo, pero éste en subjuntivo. Ejemplo:
Rústico Pan, así tu cuerpo enredes
entre los brazos de una ninfa bella,
a honrar mi canto cabe mí te quedes.(Valbuena: Siglo de Oro, 3.)
Cejador, en su Gramática de la Lengua Castellana en el ‘Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha’ (Madrid, 1905, pág. 508), añade un quinto caso:
Dime, valeroso joven,
que Dios prospere tus ansias,
si te criaste en Libia,
o en las montañas de Jaca.(Cervantes: Quijote, II, 44.)
Hay que añadir que en el inciso que contiene la petición puede modificarse el imperativo en otras formas de valor parecido. Ej.: «¿Sabreisme decir, buen amigo, que buena ventura os dé Dios, dónde son por aquí los palacios de la sin par princesa Doña Dulcinea del Toboso?» (Quijote, II, 9).
Tal la catalogación completa de los diversos casos del así y del que desiderativos. ¿Cuál es ahora la explicación lógica de esta construcción?
Ninguna da Don R. J. Cuervo, sin duda porque no entraban tales disquisiciones en la índole de su obra1. Cejador en la suya (loc. cit.) dice: «Puede ir delante así con el primer optativo, y que con el segundo, cuando lo que deseamos lo proponemos a modo de recompensa de lo que pedimos».
Según esto serían dos optativos con distintas partículas. Pero esta teoría se queda en la superficie y peca de incongruencia, ya que, por una parte, tales optativos deberían ser ambos verbos principales yuxtapuestos, y, por otra, la explicación añadida por Cejador supone que los dos verbos lógicamente están trabados por vía de subordinación.
Es cierto que ambos verbos expresan deseos, pero de distinto orden, y de tal manera subordinados entre sí, que el uno viene a ser condición del otro. Lógicamente es una oración principal optativa, precedida o seguida de una condicional.
La frase «¡Oh, vosotras, napeas... así los... sátiros... no perturben... vuestro... sosiego, que me ayudéis a lamentar mi desventura...» ideológicamente significa: «¡Oh, vosotras, napeas, ojalá los sátiros no perturben vuestro sosiego, si es que me ayudáis a lamentar mi desventura». Y la siguiente de igual modo se resuelve en una oración optativa seguida de una condicional: «¡Oh Dulcinea del Toboso, ojalá el cielo te la dé buena, si es que consideras el estado a que tu ausencia me ha conducido y consideras...».
Esto parece claro. Pero ¿cómo han llegado a tener tal oficio gramatical en castellano las partículas así y qué?
Este oficio, en sí del todo ilógico, parece que sólo puede explicarse reconociendo en esta construcción el calco material de una construcción que se encuentra con relativa frecuencia en latín, y tiene su exacta correspondencia en griego.
Más aún, cabe apuntar, al menos como conjetura, el camino probable por donde llegó esta construcción a los autores castellanos.
Pocas obras de la literatura romana habrán sido tan leídas en España, tan comentadas y traducidas como las Bucólicas de Virgilio, hasta el punto de haber contribuido a la aparición de un género literario propio, la novela pastoril. Llenos están de Virgilio, en sus Églogas, Garcilaso, y en la Galatea, lo mismo que en numerosos capítulos del Quijote, Cervantes. Las Bucólicas virgilianas eran conocidas por los ingenios del Siglo de Oro español, verso por verso. Ahora bien, hay dos pasajes en ellas en que se presenta esta construcción en la forma que correspondería al tercer caso de los enumerados por Cuervo (el del segundo verbo sin que, en imperativo, por asíndeton).
En la Égloga IX, versos 30-32:
Sic tua cyrneas fugiant examina taxos,
sic cytiso pastae distendant ubera vaccae,
incipe.
Y en la Égloga X, versos 4 a 6:
Sic tibi, cum fluctus subterlabere sicanos,
Doris amara suam non intermisceat undam,
Incipe.
Fray Luis de León, en sus versiones poéticas de las Églogas virgilianas, calca con la mayor literalidad la construcción latina:
Ansí huya tu enjambre de malina
árbol, ansí las ubres tu vacada
con pasto bueno estienda a la contina:
di, si te acuerdas, algo...Ansí, cuando huyendo tu corriente
debajo de la mar va apresurada,
la Doris no inficione osadamente
con su amargor tu agua delicada:
comienza ya...2.
Además de estos dos ejemplos virgilianos, como puente para el traslado de la construcción gramatical que estudiamos del latín al castellano, deben citarse los conocidísimos versos de Horacio en su Oda III del Libro I:
Sic te diva potens Cypri,
sic fratres Helenae, lucida sidera,
ventorumque regat pater,
obstrictis aliis, praeter Iapyga,
navis, quae tibi creditum
debes Vergilium, finibus Atticis
reddas incolumem, precor,
et serves animae dimidium meae.
Versos literalmente traducidos por Cejador en la forma siguiente:
Así la poderosa diosa de Chipre,
así los hermanos de Elena, brillantes luceros,
y el padre de los vientos te enderecen,
encadenados los otros menos la brisa,
barco, que al a ti confiado
Virgilio nos adeudas; a las costas del Ática
salvo le lleves, te ruego,
guardando a la mitad de mi alma3.
La complicación del período poético oscurece la fuerza ejemplar de la construcción; pero ésta substancialmente es la misma: Sic... regat... reddas (Así te enderecen... salvo le lleves).
El paralelismo entre los ejemplos latinos y los calcos españoles es perfecto. Pero la construcción que se presenta como anormal en castellano tiene en latín una explicación enteramente lógica. Se trata, en efecto, de una oración comparativa.
Con toda la claridad deseable lo expone Orelli comentando el pasaje horaciano citado: «Usus hic particulae sic in votis, precibus, obstestationibus ita proprie explicandus: Uti nos a te hoc vel illud, quod tu vis, tibi contingat» (Q. Horatius Flaccus 10. Gaspar Orelli, Turici, 1851, I, pág. 12). Este uso —dice— de la partícula sic en votos, ruegos y conjuros debe propiamente explicarse del siguiente modo: Así como nosotros deseamos de ti tal o tal cosa, así, en cuanto tú oigas nuestra súplica, se te cumpla tal o tal cosa que tú deseas.
Sic o así es puramente una conjunción comparativa; y la construcción completa, expresamente unas veces, y elípticamente otras, es del orden de las oraciones comparativas.
Forbiger, de acuerdo con Orelli, parafrasea del modo siguiente los versos de la Égloga IX: «Ut volo, apibus et gragibus tuis bene eveniat, ita cupio ut incipias canere» (Así como quiero que les vaya bien a tus abejas y ganados, así deseo que empieces a cantar). Y los de la Égloga X: «Ut cupio, servetur integritas tua et sinceritas, non corrupta aquis marinis, ita etiam te obsecro ut me adiuves in carmine canendo» (Así como deseo que se conserve tu integridad y pureza sin adulterarse con las aguas marinas, así también te ruego que me ayudes a cantar) (P. Virgili Maronis Opera, Pars I, pág. 157, Leipzig, 1872.)
La exactitud de esta interpretación se comprueba en ejemplos como éste de la parábasis de Las Nubes, de Aristófanes (520-521, 523):

Así gane yo el premio y pase por hábil poeta, como, teniéndoos a vosotros por finos críticos de arte, determiné daros a gustar a vosotros primeros mi pieza. Esto es: ojalá gane yo el premio, si es que atiné en conceptuaros buenos críticos y ofreceros las primicias de mi pieza.
La correspondencia natural de las partículas es, pues, así como... así; aunque en muchos casos, como en los tres ejemplos citados de Virgilio y Horacio, la segunda partícula se omita por asíndeton.
Pero esta explicación gramatical puede y debe completarse con la explicación estrictamente lógica insinuada más arriba. La comparación es, en el fondo, una optativa con una condición.
Esto es lo que, tal vez sin pretenderlo, deja en claro Orelli cuando entre los dos miembros de la comparación interpone la condición velada: «Así como nosotros deseamos de ti tal o tal cosa, así, en cuanto oigas nuestra súplica —es decir, si es que la oyes—, se te cumpla a ti tal o cual cosa que deseas».
Y más expresamente todavía Benoist, en su importante edición de las Bucólicas (París, 1867, pág. 85). Merece citarse íntegramente esta nota, pues viene a resumir en forma ordenada y clara todo lo dicho hasta aquí:
Sic, así, partícula que precede los votos y súplicas, y que contiene la idea de un servicio prestado a cambio del voto que se hace. Sic tiene por correlativo ut (así como, así), que generalmente queda sobreentendido con la proposición que la acompaña. Así, en este pasaje se pudiera suplir: «Sic tua cyrneas fugiant examina taxos, ut opto te canere aliquid». Y al parafrasear la frase así completada, insensiblemente pasa del sentido comparativo al condicional: «Tan vivamente deseo ver tus enjambres evitar los tejos, como deseo oírte cantar; y, por consiguiente, ojalá consigas tú aquellas ventajas, si es que satisfaces mi deseo».
Por lo demás, el paso del doble deseo comparado, a un deseo condicionado, es un proceso natural de la mente, como lo reconoce J. Vendryes en su célebre Traité de grammaire comparée des langues classiques, publicado en colaboración con A. Meillet (París, 1927). Al apuntar que είθε, εί γαρ a partir del original con optativo en griego, y sic con subjuntivo en latín se usan para indicar un deseo, dice: «Este empleo fue uno de los puntos de partida del valor condicional. Puede uno representarse este proceso en un verso como4
del sentido: ‘¡Ojalá me creyeras!, más te valdría’, se ha pasado al de ‘si pudieses creerme, más te valdría’. E inversamente, una frase como5:
se resuelve en dos proposiciones: “¡Ojalá hubiese vuelto Ulises!, más hubiera valido” (págs. 582-583)».
Resumiendo. La construcción usada por Cervantes en las frases «Así... no perturben... vuestro... sosiego, que me ayudéis...» y «Así el cielo te la dé buena, que consideres...», se explica del siguiente modo: son materialmente dos oraciones optativas, como dice Cejador, pero que en realidad copian una construcción latina formada por los dos miembros de una oración comparativa; los cuales, a su vez, corresponden lógicamente a un optativo seguido de una condicional.
Hemos llamado latinismo esta construcción cervantina, porque siendo, como es, calco manifiesto de una construcción latina conocida, es de tal naturaleza que en castellano no tiene explicación lógica ninguna, y sí la tiene en latín.
Rasgos como éstos son los que más eficazmente demuestran el conocimiento que del latín tenía Cervantes, tal vez no como latinista consumado, pero sí como fino apreciador de los idiotismos de la lengua aplicados con inteligente discernimiento para riqueza y boato del idioma castellano.