Por Isaac Barrera*
El hidalgo desafortunado y valeroso, Miguel de Cervantes Saavedra, fue, sin duda alguna, uno de esos vértices de equilibrio señalados de época en época en la literatura castellana: lo culto y lo popular, lo difícil y lo claro; Juan de Mena y el Arcipreste; Góngora y Cervantes.
La armonía, el equilibrio, la profunda claridad, la llaneza inaccesible, se han juntado en la obra de Cervantes. Ríos caudalosos provenientes de encontradas riberas; el cultismo que se exacerba y tiende a conquistar; el cristianismo que no admite contemporizaciones; el idioma que quiere saltar en pedazos para fundir formas nuevas en moldes no fabricados aún, pero que se han delineado ya en las mentalidades del Siglo de Oro. El crisol iba a darlo Cervantes con su obra de armonía dulcificada y llena de idealidad generosa, que se diluye en una suave sonrisa.
Lo curioso es que entre estas corrientes encontradas hay que apreciar la caudalosa vena de inspiración, erudita y sabia de Góngora, que imponía respeto y también causaba ira, dándole amigos pudientes y enemigos poderosos. Las generaciones futuras han tenido que declararse vencidas por el ingenio de este hombre y de este poeta. Francisco de Quevedo fue una de esas fuerzas con que la naturaleza coronaba el heroico esfuerzo de España en aquel tiempo; el concepto salía de los labios de Quevedo como producto de su erudición, pero también de su ingenio cáustico. Lope de Vega estaba considerado como el Fénix de los Ingenios. El teatro de Lope será el admirable monumento de la inteligencia, pasmo y admiración de los siglos.
Cervantes vivió en el mismo tiempo que estos notables ingenios; pero en cierto modo fuera de las agrupaciones que los rodeaban, aplaudían y admiraban. No tuvo la prestancia suficiente ni los valimientos que se necesitaban para brillar ante el público y hacerse merecedor de la protección y el favor de los magnates que gustaban rodearse de las celebridades de la inteligencia, como de una clase de servidores más altos. Cervantes luchó contra la suerte y contra el medio. A duras penas podía vivir en ocupaciones ajenas a la literatura. No se le encuentra mezclado en las frecuentes riñas de los literatos, sino cuando, ya cansado de la indiferencia de sus contemporáneos, se propuso demostrar que su talento podía ser par con el de los otros, tan admirados y recompensados. Entra a la competencia a disputar los laureles; su pluma de combate no tiene hiel; a lo sumo una acidulada amargura, que es dolor y sonrisa.
Cervantes es claro, despejado, limpio y riente; las palabras manan con encantadora suavidad; no parece que su lema fuera el aconsejado por Cipión: «murmura, pica y pasa, y sea tu intención limpia, aunque la lengua no lo parezca». Pero en Cervantes, la lengua y la intención eran limpias; juzgaba con serenidad; se lamentaba sin odio. Su juicio es sereno: a lo sumo quisiera que su voz tuviera la extensión suficiente para ser oída, sin embargo de considerar que «nunca el consejo del pobre, por bueno que sea, fue admitido, ni el pobre humilde ha de tener presunción de aconsejar a los grandes y a los que piensan que se lo saben todo. La sabiduría en el pobre está asombrada; que la necesidad y miseria son las sombras y nubes que la escurecen, y si acaso se descubre, la juzgan por tontedad y la tratan con menosprecio». Pobre fue Cervantes, pero rico en sus obras, no dejó de referirse a los acontecimientos que ocupaban la atención de España en aquellos tiempos, y si bien se examinan sus obras, en ellas se encontrará la referencia a los sucesos y la alusión a los hombres. Sus obras discuten y atacan, con elegancia generosa, celebrada por los siglos.
Dos opiniones se han venido manteniendo por los críticos respecto de la formación intelectual de Cervantes: unos sostienen que fue un ingenio lego, que tuvo aciertos geniales, con la inconsciencia del genio. Cervantes, dicen, no fue un hombre instruido, no pudo reflejar los conocimientos de la época ni ha de buscarse en sus libros el rastro de las luchas a que se entregó el pensamiento de los españoles del Siglo de Oro. Y esta opinión ha sido mantenida por quienes más admiración demostraron por la obra cervantina. Fitzmaurice Kelly, con la mejor intención, escribe en la Historia de la Literatura Española: «Tomémosle como fue: como un artista mejor en la práctica que en la teoría, grande por sus facultades naturales más bien que por las adquiridas... Tiene a menudo la hermosa sencillez y la fresca lozanía de la Naturaleza. Éste es su carácter: la naturalidad... de ahí el carácter humano y universal de su obra». Para el crítico inglés, basta tomar la obra en sí y si ella es admirable, levantarla sobre nuestras cabezas, sin meternos en más averiguaciones, sin tratar de saber si el autor la escribió como en aquel cuento de Daudet, arrancando pedazos de oro de su cerebro, o si todo fue un acierto casual.
Entre los admiradores de Cervantes, el mayor, el más erudito es Rodríguez Marín, de quien se puede decir que envejeció anotando las obras de Cervantes y en la investigación de los documentos en los cuales fundamentar la biografía del genial autor, hombre discreto y modesto que no se empeñó en decirnos más de lo que en sus propias obras dejó escrito acerca de su persona y de su vida. Rodríguez Marín, en los comentarios definitivos que ha puesto al Quijote, se refiere a quienes «se dedican a destilar por la fina alquitara filosófica la quinta esencia de la significación del Quijote, inventiva contra los libros de caballerías -el mismo Cervantes lo dice-, de quien nunca se acordó de Aristóteles, ni dijo nada San Basilio, no alcanzó Cicerón». Para este comentarista, el Quijote es un antídoto contra la melancolía y nada más.
Cuando se trata de penetrar en la cantidad insuperable de obras que se han escrito acerca de Cervantes, se comprende cómo la inquietud creadora que ha producido la vida del Ingenioso Hidalgo, no puede ser producida por el acaso. Cervantes maduró en los años y en los sufrimientos. El ambiente de ese tiempo era una aula y una Academia, y mayormente para quien vivía con tanta incomodidad que le obligaba a prestar atención a todo cuanto en su torno sucedía. La lección diaria fue un aprendizaje penoso, pero de gran provecho.
Los grandes críticos españoles de antes llegaron casi a la conclusión unánime de que no había que buscar en las obras geniales de Cervantes más significación que la corriente, que la inmediata, porque las ideas que en ellas se encuentran nunca traspasan los límites del buen sentido, ni se elevan un punto sobre el nivel de la cultura española en el siglo xvi. Ganivet ha dejado sobre este tema un curioso párrafo: «No busquéis más artificio en el Quijote. Está escrito en prosa y es como esas raras poesías de los místicos en las que igual da comenzar a leer por el fin que por el principio, porque cada verso es una sensación pura y desligada como una idea platónica».
Contra la opinión generalizada antes, se ha comenzado a reaccionar, no en el sentido de aquellos otros críticos que quisieron convertir, sobre todo el Quijote, en un libro de interpretación esotérica, sino en el de considerar que obras tan admirables no pudieron ser escritas por un ingenio lego, como se había calificado, sino por persona que alquitaró conocimientos, que enfocó los problemas estéticos, sociales y políticos con gran acierto, y no encontrando la oportunidad de exponerlos con la autoridad de quien enseña, porque los acontecimientos de su propia vida no le dieron ocasión para ello, los planteó y resolvió en sus obras. Porque no es verdad que solamente en el Quijote se mostrara genial, como se ha dicho. El Quijote, por su valor universal, se ha convertido en expresión humana difundida por todos los rincones del universo, pero las demás obras de Cervantes enseñan la huella del león y forman parte de un conjunto armónico, de lo que un crítico contemporáneo muy notable, Américo Castro, llama el pensamiento de Cervantes.
Se podría decir que hasta ahora no se ha emprendido en un estudio de conjunto de toda la obra cervantina. Además, los pocos datos que se tienen acerca de su vida, no han permitido apreciar la significación de la obra dentro del espectáculo de la vida del autor. Esos pocos datos, han dificultado el análisis, y, por el contrario, han limitado la investigación, simplificándola. La vida de Cervantes, a pesar de la documentación que ha logrado reunirse, es la de un hombre bueno, sencillo y pobre, que anduvo a trompicones con la suerte. Se sospecha que estudió en alguna de las Universidades españolas, sin que se llegue a la certidumbre; lo que de cierto se sabe es que padeció de hambre y sufrió injusticias; que ejercitó diversas actividades, que entre éstas, estuvo la labor literaria como un auxilio de vida y también como una demostración de la capacidad de que se sentía lleno, para competir con los mayores ingenios de la época. Cuando encontró una ocupación remunerada arrinconó la pluma, que la obra así escrita, y aquella que se propuso escribir como un reto a su mala suerte, cuando ya se hallaba viejo, fue pasmo y admiración de los contemporáneos, de los cuales, los literatos apreciaron la claridad y precisión de las ideas, mientras el pueblo se entusiasmó con la burla benévola y graciosa del Quijote. Porque hay que saber que si no fue apreciada en su verdadera valía la obra de Cervantes por sus contemporáneos, tampoco pasó inadvertida. Lope de Vega hizo a su autor el blanco de su sátira; Quevedo consideró la obra en alto grado, y muchos otros ingenios celebrados en ese tiempo, consagraron a Cervantes las alabanzas que eran de uso. Y su nombradía no fue únicamente local, si hemos de creer que una comitiva de la Embajada francesa llegada por esos días a Madrid, para llevar a la princesa española que había de contraer nupcias con Luis XIII, acudió a visitar al padre del Quijote, doliéndose de encontrarlo en una penosa situación, que hizo decir a uno de esos visitantes extranjeros que era feliz la pobreza que impulsaba a escribir obras tan admirables. Además, no hay que olvidarse que el buen éxito editorial del Quijote, impulsó al de Tordesillas a lanzar el suyo apócrifo.
En el siglo xviii se juzgó el Quijote solamente bajo normas preceptistas, tratando de acomodar sus diversas partes a lo que los retóricos habían escrito sobre la novela. Los románticos no se conformaron con ejercicio tan primario y fueron a desentrañar el enorme valor humano que en la obra se encontraba. Fue labor, sobre todo, de los románticos extranjeros; y, de esta manera, la fama de la obra adquirida en los países extranjeros, obligaba a los españoles a considerar el bien que descuidaban. La excitación para el cambio de actitud de la crítica española venía de Inglaterra, en que una reina mandaba hacer una edición especial del Quijote para su recreo, y de Alemania, donde esos terribles eruditos señalaban el puesto que a Cervantes correspondía en la literatura universal. En los últimos tiempos, en España, la investigación sistematizada de Américo Castro, ha extendido los puntos de vista, resumiendo los principales. Sin olvidarse de los sabios comentarios de Clemencín, Cortejón y Rodríguez Marín.
¿Cuál es la actitud de Cervantes frente a los problemas de la vida? Procedamos espaciadamente, para revisar tan sólo aquellos que se pueden considerar como de actualidad para nosotros. Las armas y las letras es el tema del célebre discurso del Caballero de la Triste Figura. El tópico es todavía de particular interés, y era preponderante en aquel tiempo en que se salía apenas de la Edad Media, oscura y combativa. Los grandes señores se formaron en la guerra y valiéndose de ella fundaron sus señoríos. El Renacimiento cotizó en más alto precio las obras de la inteligencia y se pusieron de actualidad las palabras de Cicerón: Cedant arma togae. El hombre de saber valía más que el hombre de fuerza. El término antitético permanece en discusión y ha recibido una nueva valorización después de las últimas guerras que han asolado al mundo, y en las cuales se han defendido principios generosos, pero se ha hecho uso también de inhumanos y bárbaros, sin contar con que la ciencia ha tomado participación para dar mayor efectividad y fiereza a la lucha. El problema sigue en pie y siempre habrá interés en continuar su discusión.
En la Edad Media fue frecuente la disputa entre clérigos y caballeros. Entonces el hombre de letras gozaba de gran prestigio cuando era clérigo, por lo que don Juan Manuel en el Libro de los Estados resuelve que obligación del clérigo es «lidiar con armas contra los moros, que son nuestros enemigos». Las dos profesiones no estaban, pues, contrapuestas; pero a medida que pasaba el tiempo, se deslindaban los derechos y obligaciones de los hombres y se restablecía la polémica. El clérigo, que es, en resumen, el letrado, además de las obligaciones que se ha impuesto de aprender y estudiar, tiene también la de entenderse en los negocios del Estado, por considerar que el manejo de estos negocios no es compatible con los cuidados de la guerra: unos son los generales que luchan en los campos de batalla, y otros los que administran el Estado, velan por su riqueza y prosperidad, y alimentan al ejército en campaña. El saber ya no es un mero deleite sino algo tan esencial que sin ello no podría un pueblo mantener honrosamente un conflicto armado.
Y entonces, se entabló la discusión en la que tomó parte don Quijote con su anhelo de justicia: el valor institucional de un pueblo se ha de resumir en la administración de justicia. Justicia pedía el viejo combatiente cuyos sacrificios y heroicidades habían servido a los demás, sin ampararle; justicia por el olvido, por la pobreza. Sus mejores horas acaso fueron las que consagró a dejar correr la imaginación para contarnos sus dolores y para crear un mundo nuevo en el que encontraran satisfacción sus quejas. Cervantes conocía y sentía a fondo el problema. Sabía que «dos caminos hay por donde pueden ir los hombres para llegar a ser ricos y honrados: el uno es el de las letras; el otro, el de las armas». Los dos había seguido Cervantes, y sabía que si no se contraponía, nada puede igualar en valor efectivo a la enorme eficiencia de la cultura, frente a los poderes dominadores de la fuerza, que destruye y mata. Por lo mismo, si la primacía estaba para las letras, el no existir incompatibilidad efectiva para convertir al hombre de amas en elemento de cultura, le obligaba a declarar que «es laberinto de muy dificultosa salida». El castellano, esencialmente heroico, sabe que «la honra que se alcanza por la guerra, como se graba en láminas de bronce y con puntas de acero, es más firme que las demás honras».
La cuestión religiosa es una de las más interesantes de examinar en la obra de Cervantes, si se toma en cuenta que en esa época la religiosidad de España estaba representada por el fervor inquisitorial, por lo que causa admiración que, en Cervantes, el ideal religioso se manifestara con la misma dulzura humanitaria que los demás problemas. Hay que recordar que en aquellos tiempos, a la Reforma había seguido la Contrarreforma. La Reforma había nacido de la misma Iglesia católica y parecía destinada a generalizarse en todo el mundo cristiano, cuando el Concilio de Trento, empujado por la severidad e intransigencia de los clérigos españoles, dio normas para establecer la Contrarreforma. No hay que olvidar tampoco que Europa se encontraba al frente del ímpetu arrollador de los turcos, lo que exacerbaba el problema religioso.
Sin embargo había un grupo de católicos inquietos que no se avenía con el dogmatismo con que se querían imponer las creencias. A este grupo lleno de tolerancia y perteneciente a un cristianismo humanitario, estaba afiliado Cervantes. «Cervantes era católico, apostólico, romano... pero posee al mismo tiempo una ideología no cristiana (reflejada en su concepción de la naturaleza y de la moral); además ciertas prácticas y creencias excitan su crítica, y de vez en cuando se le escapa una malicia» (A. Castro). Y hay que acordarse que entonces no podía jugarse con el fuego impunemente, pues la santa Inquisición velaba celosa.
Es conocido, sobre todo, el odio de Cervantes para el fraile. No había podido olvidar al renegado mercedario que tantos sinsabores le causó en Argel. Para saber cómo trató a los frailes, bastarían recordarse las anécdotas picarescas que contó en varios de sus libros. De una viuda, refiere lo que un fraile le decía: «Maravillado estoy señora... de que una mujer tan principal, tan hermosa y tan rica como vuestra merced se haya enamorado de un hombre tan soez, tan bajo y tan idiota como fulano, habiendo en esta casa tantos maestros, tantos presentados y tantos teólogos, en quien vuestra merced pudiera escoger como entre peras, y decir: "Éste quiero, aquéste no quiero"». La viuda respondió muy oportuna: «Para lo que yo le quiero, tanta filosofía sabe, y más, que Aristóteles». La actitud de Cervantes ante la religión y los religiosos sería uno de los estudios más interesantes en la vida de este célebre ingenio.
No están muy alejados los tiempos en que vivió Cervantes. Se ha podido reconstruir la época perfectamente. Se conocen las circunstancias de acontecimientos y costumbres, y se puede seguir paso a paso a un español del siglo xvi, porque se saben las preocupaciones que tuvo, los trajes que usó, los libros que leía, las fiestas que observaba; en fin, sus vicios y virtudes. Sin embargo, la vida de los hombres ilustres que en las letras y en las ciencias tuvieron puesto preeminente, es poco menos que desconocida. No ha habido época española como la del Siglo de Oro, y con todo ello los hombres que tanta prez y honra dieron a su patria, no fueron tomados en cuenta, si no pertenecían a la magistratura o a las armas. Los escritores lucharon, padecieron, vivieron entre angustias y miserias, menospreciados y olvidados. La cosecha ópima fue fruto de generosidad, no de provecho personal alguno.
De los mejores hombres de este Siglo de Oro quedan pocas noticias biográficas. Eran tantos que la genialidad, o por lo menos el ingenio, se tomaban como exteriorizaciones del medio, y nadie se preocupaba de saber quién escribió tantas obras, cuando los libros quedaban. Así han perdurado muchos problemas de historia literaria que están aún por resolverse.
Vagas y casuales referencias existen acerca de Cervantes, en las obras de sus contemporáneos; y con ellas apenas podía componerse una biografía. Han sido investigaciones posteriores, practicadas principalmente por estudiosos de otras naciones, las que han permitido fijar con alguna certeza los acontecimientos principales ocurridos en la vida de este hombre ilustre. Se han recorrido los archivos, desempolvado papeles y reunido una cantidad de documentos con los cuales llenar los claros en la vida de este español, que escribió obras notabilísimas, pero que no tuvo actuación destacada de ninguna clase, fuera de Lepanto o de Argel, como soldado o como cautivo.
Miguel de Cervantes Saavedra nació en Alcalá de Henares, porque aun cuando otras poblaciones siguen disputando el honor de haber sido la cuna de tan insigne escritor, la partida de bautismo encontrada en Santa María la Mayor de Alcalá establece con la mayor seguridad la fecha y el lugar de nacimiento. Se le bautizó el 9 de octubre de 1547. Han pasado cuatrocientos años desde entonces. Procedía de una familia de hidalgos, ese escalón del ennoblecimiento que se traducía en la mayor parte de las veces en una difícil pobreza: tener un pasado, ser hijo de alguien y vivir en la desesperación de las mayores privaciones. A esto debió referirse Cervantes cuando escribía que «el tener y el no tener son los dos solos linajes que quedan en el mundo».
La situación de España, por el tiempo en que vivió Cervantes, estaba gravemente comprometida en lo económico. La Contrarreforma había obligado a España a emprender en algo que estaba más alto que sus fuerzas. Además, la conquista de América iba desangrando a la Península, porque todos los hombres hábiles se trasladaban en busca de la aventura gloriosa y dorada. Flandes y América, dos hitos para los hidalgos que querían cambiar de fortuna y adquirir gloria. Los galeones que de América iban cargados de oro, no servían para contrabalancear el desequilibrio de la guerra en Europa y de la conquista en América: la miseria invadía los campos y la pobreza atormentaba a los hidalgos.
La posición de defensora de la fe católica asumida por España, le obligaba a adoptar una conducta nacional que conducía al empobrecimiento y a la decadencia del glorioso pueblo. Es verdad que al derrotar a los turcos en Lepanto se cubriría de gloria; pero no estaría lejano el día de la dispersión de la escuadra irónicamente llamada la Invencible, destinada no tanto a reducir a la fe a un pueblo que se apartó del catolicismo romano, como a persuadir de las ventajas de una alianza con España. Carlos V había ganado el Imperio; pero no pudo vencer a Lutero. Su hijo Felipe II, gran administrador, no pudo contener, sin embargo, ni los impulsos evangelizadores, ni la bancarrota que se presentaba siniestramente en la economía española. Ya llegaría el día en que para mantener a las tropas en Flandes se pondrían cepillos que solicitaran la limosna de los fieles.
En este medio pobre y desesperado, creció Cervantes. Nada se sabe de los años de su niñez: es posible que en Alcalá obtuviera los primeros conocimientos escolares, porque sus padres dejaron el lugar para trasladarse a Valladolid, ciudad en que conoció a Lope de Rueda, y a Madrid, adonde llegó mozo y en donde escribió un soneto a la tercera mujer de Felipe II. Cervantes debía tener en este tiempo 14 o 15 años de edad. Luego siguió con sus padres a Sevilla, en cuya Universidad afirma Rodríguez Marín que estudió. El estudio debió durar muy poco tiempo, porque pronto regresó la familia a Madrid y Cervantes con ella. En Madrid enseñó Gramática en el estudio del presbítero Juan López de Hoyos.
Su estadía en la Universidad de Sevilla no debió ser prolongada, pero tuvo una mayor y mejor enseñanza al convertirse en el trashumante que iba acopiando conocimientos al recorrer las ciudades y los campos españoles, al ser testigo y víctima de las pobrezas y miserias por que atravesaban su familia y él mismo, al doctorarse en la cátedra del dolor humano, junto con los millares de gente que pasaba por su lado dejándole una palabra para descifrar o una indicación para orientarse en la vida. Seguramente en las aulas no habría podido obtener mayores conocimientos que ante esta percepción lúcida del espectáculo del mundo y del sufrimiento de los hombres.
Veintidós años tenía cuando le tocó figurar como autor primerizo, en una pobre colección de versos publicada con motivo de la muerte de Isabel de Valois, la misma reina a la que antes había dedicado un soneto. El presbítero López de Hoyos, al publicar en esa colección las composiciones de Cervantes, le llamaba su «caro y amado discípulo».
Desde estos tiempos Cervantes andaba ya desligado de su familia. Más tarde fundará la suya y continuará el éxodo triste de una vida de pobreza y llena de obligaciones.
No se ha averiguado si sólo el deseo de cambiar de aires lo impulsó a pasar a Italia en 1569, entre el personal de servicio del Cardenal de Acquaviva, o si efectivamente se vio obligado a ello por haberse dictado contra él la sentencia de cortarle una mano por heridas dadas al andante en Corte, Antonio Sigura. Debió ser obligado por esta penosa circunstancia o simplemente por seguir el espíritu de aventuras de todo el pueblo español en ese tiempo. Es la verdad que, no conformándose con el servicio de camarero, se alistó luego en la milicia, que hacía la campaña de Italia.
Se preparaba la expedición contra la poderosa y temible Turquía, que amenazaba conquistar Europa. En el curso de las operaciones entabladas con tal objeto, Cervantes asistió a la fracasada expedición en socorro de Nicosia, capturada por los turcos, y en 1571 se encontró en la batalla de Lepanto, a bordo de la galera Marquesa, que era una de las 54 que componían la vanguardia puesta bajo el mando del célebre genovés, Andrea Doria. Cervantes recordará orgullosamente este glorioso episodio de su vida. Peleó junto al esquife y al mando de 12 soldados; recibió dos arcabuzazos en el pecho y otro en el brazo izquierdo, que le inutilizó la mano para toda la vida. No perdió la mano; pero la posteridad lo reconocerá con el nombre de «El Manco de Lepanto», y así salió verdadero lo que después de la muerte de Cervantes dijo su gran enemigo Lope de Vega,
una mano herida,
puede dar a su dueño eterna vida.
Vuelta la escuadra vencedora a Mesina, los heridos, y entre ellos Cervantes, fueron trasladados al hospital. Salió curado, se reintegró a las filas, recibió varios socorros extraordinarios y pasó al tercio de don Lope de Figueroa. En este año de 1572 se le juntó en el ejército su hermano Rodrigo, y con él tomó parte en diferentes empresas hasta 1575. Cinco años había permanecido en el ejército, al cabo de los cuales, si recibió alabanzas por su comportamiento, falto de protección e influencias, no obtuvo ningún ascenso. Pidió permiso para regresar a España; su hermano iría con él. Dos hidalgos más que iban a la Corte en solicitud de recompensas. Miguel, que tenía derecho para reclamarlas, llevaba recomendaciones de Don Juan de Austria y del Duque de Sessa.
La aventura y el infortunio le esperaban en el camino. El Mediterráneo estaba dominado por la piratería berberisca. La galera Sol que conducía a los dos soldados, entre muchos otros pasajeros, fue atacada el 6 de septiembre de 1575, cerca de Marsella, por el pirata Arnaúte Mamí. Según las leyes de la piratería, los prisioneros eran esclavizados. Rodrigo fue entregado al rey Ramadán Bajá, y Miguel, al arráez Alí Mamí.
Otros cinco años permanecería Cervantes en la esclavitud de Argel. Años fecundos, en que su imaginación se puso a prueba; proyectó su huida y aun el levantamiento de los innumerables esclavos que existían en ese país. Nos ha quedado la historia negra de un fraile que traicionó a su cristiano compatriota y lo puso en peligro de muerte. Salió bien librado con los castigos que se le impusieron, y permaneció fuertemente vigilado para impedir nuevos intentos.
Su hermano Rodrigo alcanzó a rescatarse después de un año de esclavitud; no así Miguel, que no la obtuvo sino después de cuatro años más de angustiosa espera. Al fin, los quinientos escudos que valía el rescate fueron proporcionados, una parte, del fondo formado por la comunidad mercedaria con este objeto, con lo que pudieron reunir su madre y sus hermanas, otra, y con la limosna de Francisco Caramanchel, el resto. Así, con escote misericordioso, se logró redimir al hombre que había de regresar a España a dar a su Patria nuevos timbres de gloria.
A su regreso, estimó que tenía derecho a la asistencia del Estado, a la protección del Rey. No sería un redimido más que iba a morirse de hambre entre los suyos. Cervantes tenía la prueba de sus servicios que le acreditaban como digno de recompensas y de honores. Pero la Patria es una entidad que llena el alma de ideales y la fantasía de sueños, mientras permanece impávida ante los sacrificios y los dolores de quienes la invocan. Cervantes se encontró desamparado de todo favor. Había que comenzar a trabajar para vivir. Y lo hizo con alegre voluntad.
Antes de ser soldado había conocido los centros en los cuales se hablaba de las letras, y de la capacidad que para estas labores tenía, dejó constancia en lo que enseñó y en lo que escribió. Entraría en competencia con los grandes literatos españoles y disputaría el pan y la gloria con ellos. El género literario de mayor difusión por entonces era el de la novela pastoril. Cervantes tuvo contacto con las obras de los escritores italianos y por tanto con Sannazaro. La novela pastoril entraba dentro del dominio de sus conocimientos; sabía de los artificios que en ella se usaban y de las claves que ponían misterio e interés en ellas. Y escribió la suya, con el título de Galatea, impresa en 1585.
Se afirma que con lo que el editor le pagó por esta obra, pudo atender al gasto que demandó su casamiento. A los 37 años de edad contrajo matrimonio con Catalina de Palacios Salazar y Bozmediano, natural de Esquivias, huérfana de padre, y pobre también, como su marido.
Entraba así en un campo en que los competidores eran numerosos y en que tenían muchos tomadas posiciones de las que era difícil desalojarlos. Habría sido suficiente con que le admitieran en la cofradía de escritores, y para propiciarse esta intención, en el mismo tomo de su novela pastoril incluyó el Canto de Calíope con el elogio de todos los escritores de notoriedad en ese tiempo. No le valió el ardid; la Galatea no tuvo la aceptación que esperaba, y no persistió en seguir por ese camino. Se acordó que cuando era muchacho vio representar a Lope de Rueda y que el encanto del escenario le fascinó. Tal vez estaba allí lo que buscaba. Mucho tiempo estuvo ausente de España para apreciar en su justo valor la imprudencia que cometía, al no tomar en cuenta que mientras Lope de Vega existiera no había lugar para otro en el teatro español.
Cervantes, sin encontrar en su camino a Lope de Vega, habría sido reconocidamente un gran dramaturgo, es decir, de éxito resonante. Compuso algunas obras; las vio subir a la escena, pero... el mismo Cervantes nos contará más tarde, con la encantadora ingenuidad que puso en su vida y en sus obras. Cuando años después conseguía que se publicaran sus comedias y los entremeses, escribía en el prólogo acerca del aporte personal que llevó al teatro: «Me atreví a reducir las comedias a tres jornadas, de cinco que tenían; mostré, o, por mejor decir, fui el primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso aplauso de los oyentes; compuse en este tiempo hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza; corrieron su carrera sin silbos, gritos ni baraúndas. Tuve otra cosa en qué ocuparme; dejé la pluma y las comedias, y entró luego el monstruo de la naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzose con la monarquía cómica. Avasalló y puso bajo de su jurisdicción a todos los farsantes; llenó el mundo de comedias propias, felices y bien razonadas, y tantas que pasan de diez mil pliegos los que tiene escritos, y todas, que es una de las mayores cosas que puede decirse, las ha visto representar u oído decir, por lo menos, que se han representado; y si algunos, que hay muchos, han querido entrar a la parte y gloria de sus trabajos, todos juntos no llegan en lo que han escrito a la mitad de lo que él solo».
En la imposibilidad de luchar con Lope, se retiró del teatro y buscó otras actividades, alejadas de la literatura. Sólo habían pasado tres años desde la publicación de Galatea y ya los entusiasmos con que entró en la liza se temperaron, por esquivez del medio en que se presentaba la lucha y también por las necesidades que le apremiaban cada vez con mayor urgencia. El matrimonio le impuso nuevos deberes; la pobreza de su familia ahondaba estas preocupaciones, y si en las letras no encontraba la posibilidad de ganarse la vida, había que buscar en otra parte.
En efecto, en 1587 aparece de un documento, acopiando trigo, y consta que sacó y almacenó trigo y cebada en Écija, contra la voluntad de la autoridad eclesiástica, lo que le valió dos excomuniones. La recolección de víveres se efectuaba con el objeto de reunir los abastecimientos para la escuadra invencible, que el rey Felipe II preparaba para enviarla contra Inglaterra. A esta comisión siguieron otras de parecida naturaleza, y estas andanzas duraron cerca de diez años. Por cumplirlas dio en la cárcel una y otra vez, y también por faltas de dinero que le encontraban en la rendición de cuentas.
Alguna vez hizo el esfuerzo de sacudirse de estos enojosos encargos y en 1590 elevó al Rey un Memorial enumerando sus servicios y pidiendo la merced de un oficio en la Indias. «Busque por acá en qué se le haga merced», se le dijo, y el Memorial pasó al archivo, y Cervantes continuó acopiando aceite y contestando glosas que se le hacían a sus cuentas. Y también cumpliendo las condenas que se le imponían por estos mismos motivos. Estuvo en varias cárceles; tales en la de Argamasilla de Alba, y seguramente en la de Sevilla, de la que salió en diciembre de 1597, en virtud de una real provisión que ordenaba que «dando Cervantes fianzas legales... le suelte de la cárcel donde está», para ir a la Corte y dar cuenta de lo que debiere. Las averiguaciones por los alcances y deudas continuaron los años siguientes, y si hemos de atenernos a lo que Cervantes escribió sobre que el Quijote se engendró en una cárcel, hay para suponer que estuvo otra vez en prisión en 1603.
Después de librarse de tantos enredos, Cervantes se encontró viejo. Cincuenta y ocho años habían pasado sobre su cabeza, trajinando desde niño por pueblos y regiones de España, embebiéndose y diluyéndose en el pueblo, mientras su inteligencia, comprensiva y ágil, se abría a los conocimientos con la lectura de tanto libro como se publicó en aquel tiempo. Cervantes se formó así en dos Universidades, en la del libro y en su contacto con el pueblo. De allí salió su saber, antes que de los establecimientos de instrucción en que pudo encontrarse.
Y luego partió a Italia; estuvo en Lepanto; permaneció diez años en la esclavitud de Argel. Y al volver a su Patria, las ilusiones que había almacenado en su alma fueron desvaneciéndose una a una. Por todas partes encontraba el rechazo, la acritud, la resistencia. Publicó una novela, y el silencio se hizo en su torno; escribió obras para el teatro, pero no pudo luchar con la monarquía absoluta de Lope y abandonó el campo para optar por humildes empleos que le llevaron fuera de la Corte.
En la compra de trigos, en la recaudación de aceite, en menesteres que le comprometían y le volvían responsable de los pocos dineros que le tocaba manejar, pasó de los 37 a los 58 años. En esta época lamentable, la cárcel estaba lista a castigar sus debilidades y sus faltas. La Iglesia lo excomulgó; los terratenientes lo persiguieron; los caciques de aldea lo menospreciaron, y los literatos de Madrid ignoraban al que podía convertirse en competidor peligroso.
Al cumplirse esta segunda época de aventuras de su vida, Cervantes salía de ella, plateados los cabellos y una sonrisa de amargura dibujada en sus labios. Y pobre, más pobre que antes, y con mayores obligaciones. Las persecuciones, los desengaños, las injusticias volvían a su memoria, invitándole a buscar una venganza. La pluma es una arma poderosa y es acaso la única venganza de quienes no pudieron luchar contra los poderosos y las preocupaciones, la envidia solapada o la mezquindad instintiva en la permanente agonía de los hombres.
Hay que dejar constancia de que en los dieciocho años que Cervantes se ocupó preferentemente en sus trabajos de recaudaciones y transportes de abastecimientos, no perdió de vista todo cuanto se relacionaba con el movimiento literario, tan poderoso en esa España del Siglo de Oro. Leía los libros que se publicaban; seguía con interés las discusiones entabladas entre Lope, Góngora, Quevedo, y mantenía correspondencia con los editores que buscaban obras para darlas al público que las reclamaba. En 1592 firma un contrato para componer seis comedias, al mismo tiempo que se llenaba de los paisajes que se trasladarían a sus obras futuras recomendaba a la memoria casos y personas que observaba en sus andazas, preparándose para regresar al trabajo literario tan pronto como alcanzara a desembarazarse de los engorros de sus cuentas sin finiquito. Para mayor abundamiento de prueba, hay que recordar cómo nuestro hidalgo estuvo en Sevilla, en la misma cárcel en que se encontraba también el Lcdo. Mateo Alemán, autor de una célebre novela picaresca, Guzmán de Alfarache. Y hay la sospecha de que fue la cárcel de Sevilla, «donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación», en la que Cervantes escribía o proyectaba su gran obra, el Quijote, en tanto que Alemán componía una vida de san Antonio, que se publicó en Lisboa y de la que su autor sacó buen provecho.
De esta manera hay que concluir con que El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha era la obra que había ido madurando en sus años dificultosos de empleado, con mísera paga, con trabajo lleno de sinsabores, con andanzas por los campos de Castilla y de Andalucía, sobrados de peripecias en que su subalterna condición sufría atropellos y desaires, de los nobles y de los hidalgos, de los mercaderes y de los yangüeses. La vida se teñía de negro, pero su sonrisa afloraba a los labios y por su despejada frente pasaban las escenas dolorosas cambiadas en plácida melancolía.
Y así debió componerse el Quijote, con cierto impulso de castigo por las tantas ofensas recibidas. Tal vez alguno de esos caciques burdos, que le infirió ofensas que estaban clamando venganza, lo sirvió de modelo para su héroe; pero es indudable que el hidalgo de la Mancha, por uno de esos misterios del pensamiento, fue convirtiéndose en la representación del propio autor. Pudo pensar en la venganza; pero la magnanimidad de su noble corazón era tan connaturalizada con su propia existencia, que el héroe que podía servir para las burlas, se convirtió pronto en la representación de sus propios ideales y de sus propios impulsos. don Quijote se tornó, casi desde las primeras páginas del libro, en la representación de Miguel de Cervantes.
A mediados de enero de 1605 se puso a la venta la primera parte del Quijote, para la que obtuvo un privilegio por diez años. La obra fue aclamada por el público, tanto que se multiplicaron las ediciones, muchas clandestinas, desde luego, que ningún bien material proporcionaron a su autor. Cervantes se querelló contra los editores de Lisboa que habían publicado ya su obra y se preparaban a lanzar nuevas ediciones. Cervantes tenía que poner atención en aquello que podía ayudarle a sobrellevar la vida. Estaba ya casado, como hemos dicho, y a su cargo vivían la hija que recogió antes de casarse, dos hermanas y una sobrina. Por el mantenimiento de esta numerosa familia, tenía que ver y atender.
Pero su mala suerte estaba lista a salirle al paso para no permitirle ni siquiera el sosiego para este empeño de vivir. En junio del mismo año en que salió el Quijote, cerca de la puerta de la casa que el escritor habitaba en Valladolid, mataron en riña al caballero don Gaspar de Espeleta. Cervantes acudió, con otros vecinos, a socorrer al herido, circunstancia que le volvió sospechoso ante la justicia, que lo llevó a prisión, de la que salió después de pocos días, por no encontrarse cargo alguno en su contra.
Y mientras su libro traspasaba las fronteras y su nombre se volvía célebre, Cervantes seguía en la misma pobreza, con mayores estrecheces todavía, que ya le llevaban a la calle en busca de algún trato que podía ser poco honorable, o le enclaustraban en su pobre habitación a escribir fiebrosamente, para seguir proporcionando obras a la imprenta y para encontrar posibilidades de remuneración. En 1613 publicó las Comedias y las Novelas Ejemplares; y en 1614, el Viaje al Parnaso; los Entremeses publicaría después y se preocuparía por la obra que consideraba destinada a darle mayor fama y mejor rendimiento en dinero: Los trabajos de Persiles y Segismunda.
En esta forzada tarea se encontraba cuando a sus manos llegó el Quijote de Avellaneda. No se ha conseguido averiguar quién fue el escritor que se escondió tras de este nombre. En todo caso esta obra es de importancia en la historia de la literatura, porque demuestra el criterio que la mayoría de los lectores de la obra de Cervantes tuvo respecto de su significado esencial. Era una obra burlesca, compuesta para provocar la risa y también para aludir, en desquite de los triunfos de unos pocos, la ira de tantos como se sentían defraudados en sus esperanzas.
Las aventuras del Caballero de la Mancha se compaginan perfectamente con las discusiones que sobre asuntos de literatura se plantean a lo largo de la obra inmortal, en la que a menudo se habla del teatro y de la novela, de los tres y medio poetas que por entonces había en España, de las seis docenas de libros que componían la biblioteca soñada por Cervantes. Y es indudable que se señala, unas veces veladamente y otras con los nombres propios, los autores que formaban parte de la preocupación de los hombres dedicados al cultivo literario. La alabanza bien podía implicar una dolorida desilusión.
Avellaneda debió haberse propuesto responder a esas provocaciones veladas del autor del Quijote, y debió, además, aprovechar de esas circunstancias personales para concurrir al negocio que resultaba de la historia del caballero manchego. Las ediciones seguían apareciendo en las diversas ciudades del reino; Cervantes procuraba defenderse concediendo privilegios para imprimir y vender su libro en Valencia y en otras regiones españolas; pero no debió tener muy desarrollada esa especial habilidad de los negociantes, y es de presumir que su obra produjo ventajas a otros, menos a él.
Cervantes fue hombre de grandes arrestos; pero acaso le faltó alguna de esas condiciones indispensables para materializar el ensueño, y sus aventuras no podían conducirlo así a ninguna situación beneficiosa para sus intereses. Avellaneda tacha a Cervantes de malhumorado y desabrido; es el calificativo que debió merecer su hurañería de hombre pobre, lleno de obligaciones, que se sentía con ánimo para todo, pero que nunca logró ver concretados sus esfuerzos en nada que significara alivio para su vejez, que se convertía en desolada, cada vez más.
Y si el propósito de Cervantes fue el de ridiculizar actos de personajes contemporáneos y conocidos, en breve su risa se convirtió en amorosa terneza por el héroe, en quien encontró la más cabal correspondencia con sus aspiraciones y también con sus amarguras. Su libro era una dulce venganza de las aventuras de su propia vida, en la que había sido burlado y escarnecido, así por los nobles como por los yangüeses; así por sus colegas de aspiración intelectual, como por sus compañeros de armas. Pero al emprender en la obra se encontró con que sus propósitos se habían encarnado en el más noble y sufrido de los hombres. Se quiso reír de sus dolores y acabó sublimándose y creando la figura más excelsa que la inteligencia de un hombre podía ofrecer para alivio de las desventuras humanas.
La Segunda Parte del Quijote se publicó en 1615. Cervantes la escribió con todo apresuramiento, a consecuencia de la aparición del libro de Avellaneda. Apresurado y todo, creemos que esta segunda parte tiene una mayor nitidez que la otra: el héroe tenía ya vida en la cabeza del autor y le era fácil seguirle en las aventuras y en los razonamientos. Lo dicho y lo hecho estaba ya nivelado con el fiel de la misma razón: locura discreta. Es cierto que la frase se clarifica, pero que la aventura decae lamentablemente en veces; pero es en esta Segunda Parte en la que se diserta sobre poesía con el Caballero del Verde Gabán. Aquí se ennoblece la figura de don Quijote, que pasa a llamarse el Caballero de los Leones. Y aquí se baja a la cueva de Montesinos y se sube a los aires con Clavileño.
No podría afirmarse, con seguridad, que las dos figuras, la de Cervantes y la de don Quijote, no fueran la misma y una sola. Libro de la más alta caballería y no contra las caballerías fue esta obra de madurez. Libro de locura y de alta razón. Así fue la vida de Cervantes, quien no pudo sobreponerse a las últimas caídas, que fueron también las últimas traiciones de su desventurada suerte. Todavía efectuó el Viaje al Parnaso; pero ya se sentía con el pie en el estribo, y se acogía a sagrado, según la frase satírica de Avellaneda, profesando en la Orden Tercera de San Francisco el 1 de abril de 1616. Buscaba los auxilios que la Orden concedía a los que se despedían de la vida. Falleció el 23 de abril de 1616, a los 69 años de edad, un año solamente después de publicada la Segunda Parte de su obra inmortal. Todavía quedaba entre sus papeles el Persiles, abundamiento de riqueza para una gloria que ha de permanecer inmarcesible.
Se han cumplido cuatrocientos años desde aquel en que vio la luz el hidalgo Cervantes, y al llegar a la celebración, el mundo hispánico no ha tratado de distinguir entre el autor y el héroe: Cervantes y don Quijote, dos palabras para indicar una sola posición mental, caracterización de una raza, timbre de honor de un pueblo. No puede haber español que no tenga el quijotismo dentro de su alma. Cervantes lo sintió y arrancándose las entrañas dio vida a su héroe, que se puso a andar por el mundo desde entonces para ser conocido de todos los pueblos. El quijotismo es una cualidad hispánica, que ha tenido varias notorias encarnaciones en hombres de la Península Ibérica y de Hispanoamérica. ¡Loado sea el destino que puso en nuestras vidas esos impulsos generosos y nobles!