Por Diego Araujo Sánchez*
Para una lectura de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, obra culminante de la Literatura Universal, es importante, como es obvio, acudir al texto mismo. Pero resulta imprescindible también aproximarnos al inagotable significado de ese texto por otros caminos: una sumaria visión de la época en que se gesta la novela y de la vida de Cervantes darán alguna luz como una primera guía para adentrarnos en el mundo del Quijote.
El siglo xv es en Europa campo de hondas transformaciones: estamos en el cruce de dos épocas, de dos tiempos históricos y culturales. Termina la Edad Media. Comienza el Renacimiento. El signo de este último es, para Jacobo Burckhardt, el redescubrimiento del hombre y la naturaleza. Los descubrimientos geográficos amplían el espacio conocido: un Nuevo Mundo aparece ante los ojos, maravillados y codiciosos, de los conquistadores. Avanzan la ciencia y el arte en su redescubrimiento del hombre y la naturaleza: se desarrollan los estudios de anatomía, nace la imprenta, se inventa el telescopio y adelantan los estudios de óptica, aparece en Occidente la pólvora. Los descubrimientos de manuscritos antiguos y la traducción de lenguas clásicas ponen la mirada del hombre de este tiempo en Grecia y Roma. Se habla de retornar a la Antigüedad clásica.
Pero una gran transformación se deriva del paso de la física antigua (la Tierra es un punto inmóvil, el centro del universo) hacia las nuevas concepciones de Copérnico y Galileo: la Tierra gira alrededor del Sol, ya no se la concibe como un espacio inmóvil, sino como un lugar en permanente cambio y movimiento.
El orgullo del hombre renacentista pronto naufraga en las nuevas evidencias: el hombre es el centro de todo, pero es centro nada estable y enteramente frágil frente a un espacio ilimitado y una realidad en perpetuo movimiento. El tiempo del hombre es absolutamente limitado. En el contraste, cobra todo su relieve el juego siempre presente de la muerte.
Esta abolición de las certidumbres provoca la crisis renacentista y en sus contradicciones está la génesis del período barroco, cuya culminación se produce en el siglo xvii. Para el Barroco la realidad se representa como una vaga apariencia: se disuelve la forma lineal en algo cambiante e inaprensible, el ser pierde consistencia. La representación barroca produce el efecto de algo incompleto e inconexo, si bien los disímiles elementos de ella están subordinados al conjunto. El claroscuro, la profundidad espacial, dan al Barroco esa apariencia de «ordenado desorden», de la que fue consciente Cervantes1, y la realidad se presenta «como un espectáculo transitorio en el que el espectador ha tenido precisamente la suerte de participar un momento»2.
La tendencia humanista tiene un vigoroso desarrollo. La caída de Bizancio en 1453 (toman los turcos Constantinopla) favorece el éxodo de helenistas, estudiosos de la Antigüedad clásica, a Italia, sobre todo a Florencia, donde el mecenazgo de los Médicis permite un especial desarrollo de las artes. De entre estos humanistas conviene recordar a Erasmo de Rotterdam, que llegó a ser consejero de Carlos V y cuya obra El elogio de la locura influirá en el pensamiento de la época. En España el humanismo tiene figuras como Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática castellana (1492) y Luis Vives. A Cervantes el pensamiento erasmista debió de llegar especialmente a través de su maestro López de Hoyos, con quien estudia en Madrid.
Con los Reyes Católicos, España culmina el proceso de unificación. El año del Descubrimiento de América, 1492, no sólo significa la súbita expansión del Imperio Español, sino que, gracias a la toma de Granada, da fin a varios siglos de dominación árabe y, con la expulsión de los judíos, cobra relieve la voluntad de la nación española en pro de su unidad política y religiosa. La defensa de la cristiandad y de la pureza de la fe católica confiere a España una alta conciencia de su misión nacional.
Como una reacción ante el cisma protestante, se inicia el movimiento de la Contrarreforma. En 1542 se desarrolla la primera reunión del Concilio de Trento, en el cual desde el punto de vista del dogma y como reacción ante las ideas de libre interpretación de la Biblia y el subjetivismo protestante, se concede toda importancia al magisterio de la Iglesia en la interpretación de las Escrituras, así como a la idea de que «la fe sin obras está muerta». Y para luchar contra las costumbres disolutas del clero, Trento da inicio a una acción reformadora.
En España florecerá con especial vigor el catolicismo contrarreformista. Recordemos a Ignacio de Loyola y Teresa de Jesús, y todo el movimiento ascético y místico de la época. Teólogos y pensadores como Suárez, Vitoria y Melchor Cano revitalizan la escolástica. Desde el punto de vista de las ideas estéticas, en la época predomina el neoplatonismo:
Abrir los ojos por medio de la belleza terrena a la sobrenatural, convertir la pasión en ardor, creer en la inmortalidad de los nobles empeños, buscar con pureza de sentimiento la semejanza con Dios, éstos son los principios que convirtieran la filosofía platónica del amor en una noble y elevada religión y en un credo filosófico que encerraba valores vitales que los españoles del siglo xvi no fueron los últimos en apreciar3.
Entre los reinados de Felipe II (1556-1598) y Felipe III (1598-1621), España llega a la plenitud de su poderío y a la gran crisis del mismo.
Con la expulsión de moros y judíos, España pierde mano de obra en sus campos y la actividad comercial sufre un revés en las ciudades, así como, tanto por las pestes y enfermedades cuanto por quienes salen hacia las Indias, debilita su ya gastada demografía. La escasez de mano de obra provoca una alza apreciable de los salarios: 3470 maravedís cobra un hortelano de Castilla hacia 1599, pero cinco años más tarde exige 9000. La producción agrícola decae, suben los precios de los alimentos. Hay pobreza y desempleo. Los ricos no abandonan sus costumbres suntuarias. El Estado realiza ingentes gastos a causa de la guerra. Crecen las compras de mercancías extranjeras. Como consecuencia, la economía española sufre un acelerado proceso inflacionario: se gasta, se importa, se presta dinero a intereses, pero se produce poco.
El cuadro económico explica los signos de crisis social: pícaros y bandoleros, vagos sin actividad alguna, gentes extremadamente pobres, pueblan los campos y sobre todo las ciudades.
El oro y la plata que España saca del Nuevo Mundo sufraga en Europa la naciente producción capitalista. El metal sufraga los gastos del Imperio, la alimentación y los bienes indispensables y suntuarios. España es rica y pobre. La riqueza es como un espejismo. La pobreza azota irremisiblemente a buena parte de la población y es harto real.
España vive todas las tensiones del esplendor y la miseria4. Se vierte en la acción y la aventura con la Conquista y colonización de América, con la guerra. Pero se vierte también en la reflexión, con sus místicos y santos, con sus escritores y artistas. En esta España son posibles las extremas contradicciones: ilusión y realidad, tragedia y comedia, luz y sombras, dinamismo e inmovilidad.
Éste es el ambiente más propicio para que germine y se desarrolle el Barroco.
Miguel de Cervantes está a horcajadas entre el Renacimiento y el Barroco, entre la cima de la grandeza española y el abismo de su decadencia. En este ambiente nace su obra. Mas antes de aproximarnos directamente a ella, conviene hacer un alto para contemplar siquiera esquemáticamente vida y obra de Cervantes. ¿Qué nos dice su vida en una lectura de su obra? ¿Qué podemos sacar en claro del periplo vital de Cervantes como una guía para emprender nuestro viaje personal por el amplio mundo creado gracias a su don Quijote?
El 9 de octubre de 1547, en Alcalá de Henares es bautizado Miguel de Cervantes, el cuarto entre los siete hijos de Rodrigo de Cervantes y Leonor Cortinas. Posiblemente había nacido días antes, el 29 de septiembre, fiesta de San Miguel. El padre ejerce la profesión de cirujano, más próxima entonces a la de barbero que a la del médico actual. Mantener una familia numerosa resulta difícil para quien no posee bienes: la estrechez económica y la búsqueda de medios para subsistir llevan a Rodrigo Cervantes y su familia por diversas ciudades. La primera experiencia vital para la infancia de Miguel es la pobreza, así como el obligado conocimiento de las gentes de diversos pueblos y lugares. La familia Cervantes reside en Sevilla, y Miguel, según parece, como acompañante de dos niños ricos, concurre a las aulas de los jesuitas. Pero la escuela principal de Miguel de Cervantes es la vida y sobre todo la siempre dura pobreza. En esa escuela, un rasgo dominante de su carácter forja la personalidad intelectual: el hambre de lecturas, la insaciable curiosidad. «Yo soy aficionado a leer hasta los papeles rotos de las calles», confesará más tarde el propio Cervantes5. Y son las calles y plazas sus verdaderas aulas. De ellas recordaría los tipos humanos más diversos, así como también los primeros contactos con el arte: en una plaza admira por vez primera el teatro de Lope de Rueda.
Cuando Miguel es un joven de diecisiete años, la familia Cervantes pasa a Madrid. En el Colegio de la Villa de Madrid, nuestro escritor estudia con el humanista Juan López de Hoyos. Los primeros escritos de Miguel datan de estos años. A propósito de la muerte de la esposa de Felipe II —Isabel de Valois—, López de Hoyos hace una publicación en la que incluye algunos poemas de su joven discípulo. Este primer buen éxito será tan fugaz como los esporádicos triunfos que en adelante caracterizarán la experiencia vital de Cervantes. Porque como en el mito de Sísifo, en la existencia de Miguel cuando la acción le conduce a una cima, circunstancias desgraciadas le obligan a regresar al abismo. Tras el buen éxito, a Cervantes le esperan siempre los sinsabores, las dificultades.
Probablemente por alguna dama, Miguel se bate a duelo con un tal Antonio de Sigura y lo hiere. El duelo estaba rigurosamente prohibido, aunque los hombres de la época llevaban generalmente la espada al cinto. El castigo para los contraventores era durísimo: «Mandamos que cualquier que sacare cuchillo o espada en la nuestra corte para reñir o pelear con otro, que le corten la mano por ello», se lee en alguna disposición de la Novísima Recopilación de Leyes. Y por el incidente se dictó sentencia contra Cervantes, sentencia según la cual debía como castigo perder la mano derecha.
Para escapar de la acción judicial, sale de España hacia Italia. En 1569 sirve al futuro Cardenal Acquaviva, en Roma: este contacto con la Italia renacentista será decisivo en la formación de Cervantes.
Pronto deja Roma y se alista como soldado de los tercios del Rey de España. El avance turco es una amenaza para la cristiandad (y también un peligro para ciertos intereses comerciales de España). El motivo religioso asegura la colaboración de tropas del Pontificado, España y Venecia a fin de luchar contra los turcos. El 7 de octubre de 1571 se da la batalla de Lepanto; a bordo de la galera Marquesa, Cervantes toma parte en la batalla naval, a pesar de hallarse enfermo y acosado por la fiebre. Un arcabuzazo del enemigo le destroza la mano izquierda. La victoria deja sus huellas en el soldado, ya que le deja también para siempre esa mano inútil. El Manco de Lepanto recordará con timbre de gloria este episodio. Años después se ve a sí mismo y evoca Lepanto en el Prólogo a sus Novelas ejemplares:
Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada, las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo, entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color, viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies. Este, digo, que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso... y otras obras que andan por ahí descarriadas, y quizá sin el nombre de su dueño, llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo; herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlos V, de feliz memoria6.
El «hijo del rayo de la guerra» fue don Juan de Austria, bajo cuyo mando en Lepanto se detuvo el avance turco. Cervantes exaltará siempre la vida del soldado. En el propio Quijote, cuando pronuncia el Discurso de las Armas y las Letras7, pone en una balanza a unas y otras, y el platillo se inclina hacia las primeras. En la España católica de la Contrarreforma, el soldado asignaba a sus funciones la naturaleza de una misión verdaderamente religiosa, de defensa de la fe cristiana.
En los tres años siguientes, Miguel interviene en la batalla de Navarino, participa de la expedición a La Goleta y luego lleva vida de guarnición en Cerdeña, Lombardía y Nápoles y está en el asalto y conquista de Túnez.
Parece que estos años de aprendizaje van a terminar. Para 1574 Miguel y su hermano Rodrigo se embarcan en Nápoles, en la galera Sol, de regreso a España. Lleva el primero consigo cartas de recomendación del propio don Juan de Austria. Sin duda el Rey le otorgará favor y protección en mérito a los servicios del soldado valiente, que como rúbrica de su conducta exhibe la herida de Lepanto. No debían terminar las pruebas para Miguel. Unos piratas berberiscos atacan la embarcación en que regresaban a la patria. Los tripulantes son tomados prisioneros. Miguel y Rodrigo son llevados como cautivos a Argelia. Las cartas que debían abrirle las puertas del buen éxito perjudican a Miguel porque, reputado por su captores como personaje importante, el precio fijado a su rescate será más alto. La familia Cervantes consigue reunir algún dinero, que sirve para devolver la libertad al hermano menor. Miguel intentará escapar en vano varias ocasiones, poniendo su vida en peligro. Con las memorias de esta dramática experiencia escribirá algunos capítulos del Quijote8. Cuando está en peligro de ser llevado por su amo a Constantinopla, llegan a Argel dos sacerdotes trinitarios con trescientos escudos para negociar la libertad del cautivo. El dinero reunido por la familia es insuficiente. Deben esperar hasta reunir quinientos como precio del rescate. En febrero de 1580, después de cinco años de cautiverio y con la obligación de pagar la deuda de su propio rescate, Miguel de Cervantes sale para España.
Un año después cumple una misión secreta en Orán, y con esa acción pone término a su vida militar, de la que siempre escribiría con singular orgullo.
Hacia 1584 Cervantes contrae matrimonio con Catalina de Palacios, a quien conoce en el pueblecito de Esquivias, cercano a Toledo. No tuvo con ella descendencia; su única hija, Isabel, nace de sus amores con Ana Franca (o Villafranca) de Rojas. Hasta en sus amores Cervantes tiene poca suerte. No es un mimado de la fortuna, como Lope de Vega. Éste, el Fénix de los Ingenios, escribe como quinientas comedias, consigue fama y dinero. «Fervoroso creyente, aunque gran pecador», en afortunada frase de Menéndez y Pelayo, Lope amaría a muchas mujeres y sería amado por ellas, incluso después de sus votos como religioso, pasados los cincuenta y siete años. Cervantes y Lope serán rivales. Este último, sobre todo con su profusa obra dramática y el gran éxito y adhesión que consigue del público, restará sin duda posibilidades a Cervantes en la escena. Ambos, formidables creadores, caminarán sendas diversas en vida, se insultarán y en el fondo se admirarán cada uno a su manera, aunque estarán más cerca después de muertos, como cerca están siempre, a pesar de sus diferencias, los grandes creadores de una literatura.
En 1585 Miguel de Cervantes publica La Galatea, una novela pastoril cuya Segunda Parte nunca dará a la luz. Sin abandonar las letras, nuestro autor se gana la vida como recaudador de impuestos. España se prepara para la guerra. Como en Lepanto, en esta vez salía también a relucir una motivación religiosa: la España de la Contrarreforma se prepara a disputar con la luterana Inglaterra. Cervantes y Lope intervienen a su modo. El primero como recaudador de alcabalas: recauda aceite y trigo, recauda dinero para la Armada Invencible. El segundo participa como soldado. En 1588 la derrota de la Armada es un golpe durísimo para la conciencia española, esa conciencia de defensora del catolicismo. Cervantes luchó en un episodio triunfal para España; Lope, en la derrota. Pero el Manco de Lepanto, cobrador de impuestos por estos años, será el mejor testigo de la grandeza y la declinación de España.
Cervantes cumple su trabajo en varios pueblos y, por no poder aclarar unas cuentas sobre ciertos bienes eclesiásticos, sufre la excomunión.
En 1590 se dirige al Rey a fin de conseguir un puesto vacante en las Indias. Después de exponer sus penalidades, Miguel de Cervantes
Pide y suplica cuanto puede a V. M. sea servido de hacerle merced de un oficio en las Indias de los tres o cuatro que al presente están vacos, que es, el uno la contaduría del Nuevo Reino de Granada; o la gobernación de la provincia de Sonocuso en Guatemala; o contador de las galeras de Cartagena, o corregidor de la ciudad de la Paz; que con cualquiera de estos oficios que V. M. le haga merced, la recibirá...9.
Sin embargo, el pedido es lacónicamente rechazado: «Busque por acá (en España), en que se le haga merced», le contestan.
Los tres próximos lustros, las comisiones de recaudador, urgencias económicas y desafortunados negocios traen nuevos episodios de angustia a la vida de Cervantes: encarcelamiento en Castro de Río, demanda para el pago de una fianza, traslados de Sevilla a Valladolid para declarar ante la Corte sobre cierta suma que no constaba anotada en los libros de relaciones de Su Majestad. Ésta es la dura escuela de Cervantes: también la cárcel resulta para él fuente de experiencia y conocimiento, de tal forma que podrá escribir en las primeras páginas de su inmortal novela:
...¿qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?10.
En 1605 se imprime en Madrid la Primera Parte de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. La novela tiene un éxito extraordinario11. Pero el infortunio acecha nuevamente al novelista. Un noble, Gaspar de Ezpeleta, es asesinado junto a su casa. Cervantes y unos vecinos recogen al hombre malherido para auxiliarlo. A fin de aclarar esa muerte, se ordena la detención del ya conocidísimo escritor, de su hija Isabel, de la hermana de éste y una sobrina. A propósito del incidente, se divulgan comentarios nada favorables a la buena reputación de las mujeres de la casa. Cervantes sufrirá mucho a causa del comportamiento de su hija Isabel.
Los últimos años de su vida, publica Cervantes algunas otras importantes obras. En 1613, las Novelas ejemplares (doce títulos entre los que se destacan «La Gitanilla», «El celoso extremeño», «Rinconete y Cortadillo», «El coloquio de los perros» y «El Licenciado Vidriera»). Un año después aparece Viaje del Parnaso. Y un libro que suscitará los postreros sinsabores a Cervantes: el Quijote apócrifo, el Quijote de Avellaneda. En 1615 aparecen Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca antes representados y, a fines de año, la Segunda Parte de su inmortal novela, con el título de El Ingenioso Caballero don Quijote de la Mancha.
A las puertas mismas de la muerte, Cervantes termina su última obra, Historia de los trabajos de Persiles y Sigismunda. En la dedicatoria al Conde de Lemos, página que abre esta novela, el autor escribe:
Ayer me dieron la Extremaunción, y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir...12.
Cuatro días después, el 23 de abril de 1616, muere Miguel de Cervantes Saavedra. Pese a tantas y tantas desventuras, una de las más profundas enseñanzas suyas es el gran amor a la vida que exhala toda su obra. Aquel «llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir» es uno de los más vigorosos principios que alientan su propia existencia y las páginas del Quijote.
La novela de Cervantes, como hemos anotado, fue publicada en dos momentos: en 1605, la Primera Parte —que comprende 52 capítulos—, y diez años después, la Segunda —que tiene 74 capítulos—. Un discurso narrativo tan extenso, con infinidad de aventuras, personajes y lugares, puede dar una primera impresión de desorden. Y en realidad esto acontece con el Quijote. Quizás por esta causa muchos críticos le han considerado como una novela compuesta con escasa armonía, el discurso se desarrolla improvisamente, de tal forma que podría prolongarse o reducirse el relato de las aventuras13. Otros críticos aceptan el juicio de desorden en la arquitectura externa del Quijote, pero ponderan el orden interno de la novela: así Helmut Hatzfeld14 señala que la proporción interna de la obra es de naturaleza ideológica y, entre las dos partes de la obra, encuentra la unidad de motivos, como en una gran sinfonía. Estos motivos, que atraviesan todo el discurso narrativo, son la misión caballeresca, la alabanza de Dulcinea, el cuerdo-loco, la ambición de Sancho Panza (el gobierno de la ínsula) y su constante amenaza (el regreso a su vida anterior) y, finalmente, el encantamiento. Hatzfeld caracteriza cada uno de estos motivos y expone su desarrollo a lo largo de la obra. Para Américo Castro15 el principio de composición de la obra radica fundamentalmente en los personajes: cada uno de ellos representa el fluir de una vida.
Pero otra tendencia crítica ha puesto de relieve la arquitectura armónica de la novela. En este sentido, el aporte de Joaquín Casalduero16 es definitivamente esclarecedor: para juzgar la composición de la novela, este crítico considera como dos unidades distintas las dos grandes partes del Quijote. En la primera, señala el orden circular básico del discurso: los 52 capítulos narran las dos salidas de don Quijote, que se subordinan a una disposición análoga: salida-venta y aventuras-retorno y aventuras. Los 74 capítulos de la Segunda Parte narran la tercera salida del Caballero Andante. A diferencia de lo que sucede en las dos primeras salidas, en esta tercera el héroe sabe a donde va. La fuerza motriz determinante no son las novelas de caballería, como en toda la Primera Parte, sino precisamente esta Primera Parte. No se interrumpen las aventuras de don Quijote y Sancho, a causa de las diversas «novelas» que, a modo de extensas digresiones, se incorporan a la Primera Parte. Buen número de las aventuras están ordenadas por un principio de paraclismo (se narran por ejemplo alternadamente las acciones de Sancho como Gobernador de la Ínsula Barataria y lo que acontece a don Quijote en el castillo de los duques). En la tercera salida, la ilusión no procede del protagonista (éste ya no convierte a las ventas en castillos), sino de quienes lo rodean (en un castillo real los duques urden por burlarse muchas aventuras para don Quijote).
Uno de los objetivos de Cervantes al escribir su obra fue burlarse de los libros de caballería. Éstos habían tenido una difusión muy amplia y copaban las horas de lectura de muchas gentes. El propio Cervantes revela en su obra un amplísimo conocimiento de las novelas de caballería, juzga a algunas de ellas en el VI capítulo de la Primera Parte, cuando el Cura y el Barbero hacen un escrutinio de los libros del Ingenioso Hidalgo y condenan al fuego a algunos como causantes de la locura de don Quijote. Pero los juicios más claros de Cervantes sobre los libros de caballería se vierten, también en la Primera Parte, entre los capítulos 47 y 50, cuando conversan sobre ellos el Cura y el Canónigo y el mismo don Quijote. Después de manifestar que los libros de caballería son «perjudiciales en la república», el Canónigo afirma:
No he visto ningún libro de caballerías que haga un cuerpo de fábula entero con todos sus miembros, de manera que el medio corresponda al principio, y el fin al principio y al medio; sino que los componen con tantos miembros, que más parece que llevan intención de formar una quimera o un monstruo que a hacer una figura proporcionada17.
Uno de los reproches a las novelas de caballerías es, por consiguiente, el de la composición inarmónica. En otra obra, en Viaje del Parnaso, Cervantes expresó también su adhesión a este principio estético de la armonía: «Nunca a disparidad abre las puertas / mi corto ingenio, y hállalas contino / de par en par la consonancia abiertas», escribe en aquella obra poética. ¿Cómo aceptar que el Cervantes que reprocha a los libros de caballería la falta de unidad y de equilibrio en la composición y que manifiesta no haber abierto las puertas de su ingenio a la disparidad incurre precisamente en el Quijote en el defecto que motiva su reflexión crítica? Es cierto que algunos autores18 han querido ver en Cervantes un desnivel entre el crítico y el creador, entre el escritor que expresa juicios de una teoría estética y el artista que rebasa tales juicios. Pero en nuestro criterio ésa es una visión errónea; la conciencia estética de un creador del genio de Cervantes es suficientemente profunda como para menospreciar al crítico. Desde este punto de vista, resulta bastante más coherente la visión de Casalduero sobre la armónica composición de la novela que la de quienes ven en la obra una sucesión de aventuras sin mayor orden.
Cervantes tomó en consideración las críticas que, apenas aparecida la Primera Parte del Quijote, fueron hechas. Sansón Carrasco comunica al Caballero que
Una de las tachas que ponen a la tal historia es que su autor puso en ella una novela intitulada El curioso impertinente; no por mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver con la historia de su merced del señor don Quijote19.
Un procedimiento característico en el Quijote de 1605 consiste en la narración dentro de la narración: a la historia matriz —las aventuras de don Quijote y Sancho— se juntan múltiples historias, muy al gusto de la época. Todas tienen que ver siquiera lateralmente con los dos protagonistas, mas una de ellas, El curioso impertinente, es una novela que el Cura lee en la venta ante un amplio auditorio de personajes y que relata una historia que acontece en Florencia, un siglo antes de lo narrado en el Quijote, es decir, tiene bastante independencia en relación con la historia matriz. Si consideramos que cada parte en una obra poética adquiere plena significación en relación con el conjunto de ella, resulta imprescindible leer tanto la historia de El curioso impertinente como las otras historias dentro de una totalidad, el discurso narrativo íntegro de la obra publicada en 1605. Con este criterio, el aparente desorden se desvanece y descubrimos la deliberada intención de disponer las diversas historias por parte del narrador en una composición armónica y apreciablemente equilibrada.
La historia matriz, conformada por las aventuras de don Quijote y Sancho, es el primer plano del relato y se entrecruza en algún momento, en mayor o menor grado, con las otras historias: la primera (capítulos 12 y 13) y la última (capítulo 51) historia intercalada son de carácter pastoril: Marcela y Leandra, protagonistas de una y otra, han despreciado a sus más fervorosos amantes. En otro nivel del relato, se entrecruzan las historias de los amores de Cardenio y Luscinda y de Dorotea y Don Fernando y lo mismo se puede decir de los amores del Capitán Cautivo y Zoraida y de los jóvenes Luis y Clara. Estas historias entrelazadas, que tienen su término feliz en la venta de Juan Palomeque el Zurdo, escenario básico de buena parte del Quijote de 1605, tienen como motivo principal el amor. La historia de El curioso impertinente, como en un lugar central aunque aparentemente alejado de la obra, tiene por función recobrar toda la verosimilitud para los personajes de las cuatro últimas historias intercaladas y que llegan a un final feliz en la venta: esos personajes asumen la función de lectores, es decir, están frente a El curioso impertinente en una situación análoga a nosotros, lectores, frente a toda la obra. Por otro lado, el motivo del amor —ese triángulo compuesto por Camila, Lotario y Anselmo—, caracterizado en este relato por un hondo realismo psicológico, es una manifestación más del tema omnipresente en todo el discurso narrativo, aun en la historia matriz con el amor caballeresco de don Quijote y Dulcinea, y que se desenvuelve con múltiples variaciones a lo largo de toda la obra. Esta composición en diversos planos es una demostración de lo que se ha denominado el perspectivismo en el Quijote y puede representarse en el gráfico siguiente:
En la Segunda Parte, la composición en perspectiva se consigue también gracias a otras historias metidas en el interior de la novela. Pero en este caso no son novelas pastoriles ni enredos amorosos o argumentos tan independientes como el tratado en El curioso impertinente, sino la misma Primera Parte del Quijote y también la obra apócrifa de Avellaneda. En mayor o menor grado, una y otra están presentes en la Segunda Parte, de tal forma que tanto los protagonistas como muchos otros personajes asumen también el papel de lectores. Al mismo tiempo se intercalan pequeñas historias: las bodas de Camacho, el episodio de los rebuznos, los amores de la hija de Doña Rodríguez, las historias de la hija de Don Diego de la Llana, Claudia Jerónima y de Ana Félix y Don Gregorio. Estos relatos, por supuesto, tienen más estrecha vinculación con las acciones de los protagonistas que las historias intercaladas en la Primera Parte.
En la composición del Quijote hemos hallado armonía tras un aparente desorden. La obra parece desordenada, pero no lo es en realidad. Este ser y parecer de la composición refleja una de las concepciones medulares del fondo de la novela: la permanente doble presencia de lo real y de lo aparente. En la obra de Cervantes las cosas no son ya percibidas clara y unívocamente por el sujeto de la percepción. La realidad no es leída —interpretada— en una sola dirección; es posible una múltiple lectura de la realidad. El mundo pierde consistencia, se presenta con sus diversas y ambiguas formas, como es y como parece ser, con toda la opacidad de una naturaleza múltiple y compleja. Así la bacía de barbero, que para don Quijote es el yelmo de Mambrino, para Sancho puede ser un baciyelmo. Todo está sujeto a transformación y mudanza en la experiencia humana. A los ojos de don Quijote, las ventas son castillos; los molinos de viento, gigantes; los rebaños, ejércitos de caballeros en combate; los cueros de vino, gigantes; Maritornes puede ser una hermosa joven, y una campesina, Aldonza Lorenzo, la sin par Dulcinea, princesa de su corazón. El engaño caballeresco de don Quijote transforma la realidad no sólo para él, sino para quienes lo rodean, sea por la credulidad y socarronería de Sancho, sea por las buenas o por las torcidas intenciones de los otros personajes que tienen alguna relación con el Caballero Andante.
En una palabra, el mundo se presenta en toda su complejidad, y la representación del mundo en la novela está cargada de múltiples significados. Quizá en esta particularidad radique el sentido moderno de la novela de Cervantes y también la explicación de un hecho en relación con la interpretación del Quijote: la inagotabilidad de su lectura a través de los tiempos. Pese a la singularmente amplia bibliografía exegética de esta obra, el Quijote mantiene siempre la posibilidad de una nueva lectura, de una renovada interpretación. Para una misma persona, la relectura de la novela o el acercamiento a ella en diversas etapas de la vida deparan sorpresas: siempre hallamos algo nuevo en ella. Las múltiples lecturas no agotan la significación de la obra. Es como si el Quijote guardara un tesoro inagotable que se ofreciese diverso en cada nueva experiencia de lectura.
Toda gran novela es creación de personajes. En la obra de Cervantes alienta vigorosamente la vida de centenares de seres humanos que desfilan por los diversos capítulos de la novela. Pero el mayor poder creativo se manifiesta sin duda en los dos protagonistas: don Quijote y Sancho son tan representativamente humanos y universales que la sola mención de sus nombres define en el habla cotidiana actitudes vitales bien determinadas.
Gran parte de los estudios acerca de esta novela se centran en la explicación de los protagonistas20. Por esta razón, trataremos muy sumariamente el tema.
Don Quijote enloquece por la lectura de las novelas de caballería. Sus ojos ven la realidad tras los lentes de su ilusión caballeresca: gigantes descomunales, sabios encantadores, amigos y enemigos pueblan la fantasía de don Quijote. Pero también mueve sus acciones un profundo anhelo de justicia: deshacer agravios, enderezar tuertos, favorecer doncellas, proteger viudas, servir a Dios y al Rey son los altos ideales quijotescos. El Caballero Andante es modelo de fidelidad amorosa: Dulcinea está en el centro de su vida. Pese a la locura, don Quijote se revela como modelo de inteligencia y buen sentido. Da razones y consejos como el hombre más cuerdo.
El personaje sufre cambios a lo largo de la novela. El más significativo quizás sea el paso de la ilusión optimista a una trágica desilusión, la historia del desengaño de don Quijote. En los primeros capítulos de la novela no sentimos las pedradas ni los palos ni los golpes y caídas del personaje: un optimismo a toda prueba alienta sus acciones. Más adelante, la humanidad del personaje crece, tanto que nos duele, al término de la segunda salida, don Quijote enjaulado que regresa al pueblo. Pero es principalmente en la tercera salida cuando don Quijote sufre los mayores reveses: el encantamiento de Dulcinea, la duda creciente y el desengaño a partir de su experiencia en la aventura de la Cueva de Montesinos y su derrota final ante el Caballero de la Blanca Luna. Vencido, bajo la amenaza de muerte de su contrincante, don Quijote, con voz debilitada y enferma dice:
Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra21. (El subrayado es nuestro.)
Es decir, la ilusión optimista se ha trocado en una conciencia trágica. El último desengaño de don Quijote es su retorno a la cordura, el tránsito final de don Quijote de la Mancha a Alonso Quijano, el Bueno, con el cual se rubrica la muerte del hidalgo.
El complemento absolutamente necesario de don Quijote es Sancho Panza. Los dos personajes tienen apariencia física, carácter, aspiraciones diametralmente opuestas. Sin embargo, su recíproca experiencia da frutos pedagógicos que les acercan más el uno al otro, de tal suerte que se da un proceso de quijotización en Sancho y, en alguna medida, el proceso contrario en don Quijote22.
En toda obra poética no sólo importa el qué se dice sino el cómo se dice. El fondo y la forma son inseparables. En todo signo, significante y significado son como las dos caras de una misma moneda. En nuestro análisis anterior, ciertas características de la forma —la composición— nos llevaron a destacar los correspondientes elementos del contenido. En función de este último, concluiremos esta guía de lectura con unas pocas observaciones finales acerca de la manera como está hecha la novela.
El punto de vista desde el cual se narra la historia es un elemento determinante del discurso narrativo. En el relato épico y en la novela tradicional es muy frecuente la presencia de un narrador, intermediario entre el lector y el mundo del relato, que posee toda la información, penetra en la interioridad de los personajes, conoce su pasado, presente y futuro. Este narrador omnisciente es frente al mundo narrado como un dios en el Olimpo.
En el Quijote, la posición que asume el narrador es una forma de crear la perspectiva del relato. Para el mundo cambiante y multiforme captado por Cervantes no conviene la seguridad olímpica del narrador omnisciente: muy sutilmente, por diversos caminos, el narrador deja su pedestal y, en esta novela, se acerca al mundo del relato, finge incluso en algunos casos falta de información, multiplica los intermediarios entre lector y mundo novelesco.
En los primeros ocho capítulos de la novela, se manifiesta ya este doble juego de proximidad y alejamiento del narrador. Este último finge fundarse para escribir su historia en los «anales de la Mancha» y en lo que dicen diversos autores. El narrador, pues, no está en posesión de todas las informaciones acerca de sus personajes. Hasta tal punto finge tener el narrador una información insuficiente que al final del capítulo VIII suspende el relato en un momento culminante del enfrentamiento entre don Quijote y el Vizcaíno, pues «el autor no halló más escritos de estas hazañas». En el siguiente capítulo, inventa el hallazgo de una obra en árabe, «Historia de don Quijote de la Mancha»», escrita por Cide Hamete Benengeli, y desde entonces hasta el final de la novela ofrece las diversas aventuras como «traducción» del texto arábigo. Este recurso permite un incesante juego narrativo, por el cual la variable posición del narrador (que a veces se llama a sí mismo traductor) permite acercarse al mundo del relato o alejarle de él. En algunas ocasiones, el narrador se exalta ante la propia creación poética e irrumpe con alguna exclamación. Por ejemplo, en la Primera Parte, capítulo XVIII, cuando don Quijote describe a los rebaños como a dos ejércitos con sus jefes y caballeros enemigos, el narrador no puede dejar de observar admirativamente:
¡Válame Dios, y cuántas provincias dijo, cuántas naciones nombró, dándole a cada una, con maravillosa presteza, los atributos que le pertenecían, todo absorto y empapado en lo que había leído en sus libros mentirosos!23.
En otra ocasión, el «traductor» de la historia se permite dudar de la veracidad de ella (ver Segunda Parte, capítulo V). A veces, los propios personajes son los intermediarios, los narradores, por ejemplo, el cabrero que cuenta la historia de Marcela y Crisóstomo (Primera Parte, cap. XII). Las estratagemas del narrador del Quijote tienen sin duda una función paródica: Cervantes se burla de un procedimiento muy usado en las novelas de caballería, cuyos autores también fingían escribir la historia de crónicas, documentos y obras de otros autores. Pero ayudan a crear el juego de apariencia y realidad y la perspectiva en los diversos planos narrativos de la novela.
Uno de los recursos esenciales del Quijote es el humor. La novela es, en primer lugar, una gran obra de humor. Lo cómico deriva frecuentemente de las situaciones y básicamente de la anacrónica aspiración de don Quijote de restaurar la Caballería Andante: ese punto de partida da origen a múltiples y equívocas situaciones que provocan risa. Pero otra fuente de humor es lo puramente verbal en la novela: juegos de palabras, refranes, lenguaje caballeresco, eufemismos, expresiones irónicas provocan risa. Pero el Quijote no es sólo una obra cómica. Es ante todo humorística. Por esta última característica, la obra adquiere toda su trascendencia: el humor es una forma de reflexión profundamente humana. El de Cervantes es un humor comprensivo de las miserias de la conducta humana. No es el humor ceñudo y estremecedor de Quevedo. Pero, como todo auténtico humor, se abraza a menudo con su opuesto, el sentido trágico.
El Quijote es obra de arte de lenguaje. Un estudio exhaustivo desde esta óptica es el de Halmut Hatzfeld24, que nos explica al detalle los múltiples recursos estilísticos en el mundo verbal creado por Cervantes.
Nosotros queremos destacar únicamente la gran vitalidad del lenguaje en la novela. En ella se refleja la gran variedad del habla en la España de Cervantes. Esa fidelidad al tiempo y a los diversos caracteres y situaciones sociales de los personajes se manifiesta con todo poder en el lenguaje de la novela gracias al tratamiento artístico de ese lenguaje.
Las múltiples formas barrocas caracterizan el estilo de Cervantes: el lenguaje serio y reflexivo alterna con el lenguaje paródico, el habla culta, con el habla popular, lo refinado, con lo cercano a lo grotesco. El abigarrado lenguaje de la obra refleja también el múltiple mundo del Quijote.