Por Hugo Alemán*
Estudios medulares, meditaciones ricas de espíritu y sentimiento, dilatados análisis, han merecido la vida y la obra de don Miguel de Cervantes Saavedra, desde lejanas épocas y en todas la regiones de la Tierra. Innumerables comentarios e infinidad de libros se han escrito acerca del mayor y más trascendente fruto de su pensamiento. Tan extraordinario acervo de opiniones ha confirmado, irrevocablemente, su derecho a esta gloriosa y secular consagración: «Príncipe de los ingenios españoles».
El título completo de su obra capital —que justifica plenamente el calificativo aquél— casi nunca suele ser citado en toda su extensión. El afán de síntesis, que el mundo apresurado imprime al ritmo de la vida, lo reduce a estas dos, eso sí, suficientes y definitivas palabras: El Quijote.
Al compás de la marcha de los siglos, y en proporción fecunda, el nombre de Cervantes ha ido internándose en la entraña de la corteza terrestre. Y la armoniosa corriente de su inigualado engendro ha invadido, al final, las dimensiones psíquicas de todos los mortales.
¡Cuántos centenarios transcurridos!: ¡el del nacimiento de Cervantes, el de la aparición del Quijote y el de la muerte de su autor, en el rígido acaecer de cuatrocientos años!
Tanto se ha dicho de aquellos dos inseparables personajes, que podría creerse en la inutilidad de remover tan predilecto tema. Las más consistentes y fértiles mentalidades, así como un infinito número de escritores de buena voluntad, han vertido los jugos más preciosos de sus ideas y los caudales de su admiración en la siempre crepitante marmita del recuerdo. Sin embargo, parecería que están incólumes las excelencias que atesora la vida y la obra del grande hombre.
Nosotros, paladinamente ubicados en la segunda de las categorías anteriores, no queremos dejar de tener nuestra devota aunque ligerísima parte en la febril emoción de cuantos han releído —en este cuarto centenario del natalicio de Cervantes— la obra que, quizá con exclusión de otra, de evangélica textura, ha logrado mayor número de ediciones a lo largo del tiempo, en los idiomas más diversos, y ha alcanzado, también, el favor más desprendido y constante de la humanidad entera.
Nos acompaña en esta audacia, respaldándonos, la veneración más sentida y la más inalterable afectuosidad hacia el autor y los personajes centrales del libro más amable y admirable de cuantos han visto la luz hasta nuestros días: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.
Desde la época en que don Diego de Haedo narrara algunos episodios relacionados con el cautiverio de Cervantes en Argel, cuya publicidad permitió que el mismo protagonista los conociera, hasta Jaime Fitzmaurice-Kelly, que trazara una de las biografías más completas del «Manco de Lepanto», desde Martín Fernández de Navarrete que nos legara el más notable ensayo biográfico sobre el propio autor, editado por la Real Academia Española en 1819, hasta Francisco Navarro Ledesma, que publicara un amplio estudio intitulado El Ingenioso Hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra en la fecha tricentenaria de la aparición del Quijote, pasando por los más firmes baluartes de la cultura universal, ¡cuántos volúmenes se han escrito! Una vida completa vendría corta para leer siquiera parte de ellos. Tampoco sería tarea fácil la de consignar íntegramente los nombres de quienes, con decidido interés y en afanosa búsqueda de históricas diafanías, han perseguido la interpretación del sujeto del Quijote y han espigado, hasta la exégesis, en la vida de su creador. Entre tantas y tan altas personalidades han de tener sitio sobresaliente: Ticknor y Clemencín, Bertrand y Farinelli, Turgueniev y Janin, Bouterwek y Ricardo Rojas, Rodríguez Marín y Unamuno, José Ignacio Escobar y Juan Montalvo, y espacio grande, mucho espacio, requeriría la simple mención de los más conocidos escritores cervantistas, diseminados por todos los ámbitos de la tierra.
Las obras de Fitzmaurice-Kelly y Navarro Ledesma se afirman sobre bases de investigación y documentos perseverantemente revisados y lanzados a la curiosidad universal por varios otros escarbadores del pretérito, entre los cuales no es posible omitir los nombres de Pellicer y De los Ríos, Mainez y Pérez Pastor, Iriarte y Cotarelo, y muchos más que, con dedicación admirable, se propusieron examinar a fondo y ordenar concienzudamente, no sólo la urdimbre genealógica del autor de Don Quijote, sino también analizar, con profundo sentido sociológico, el escenario en que se desarrollan todos y cada uno de los capítulos de la sin par novela.
Pero no obstante la copiosa bibliografía existente alrededor de Cervantes y su máximo libro, quedan aún en el mundo de las sugerencias ricos filamentos que el espíritu inquieto de los hombres es capaz de encender en todas las latitudes, arrancándoles, si no nuevos resplandores, por lo menos un haz de tibio cariño perdurable.
Vasto por todos los ángulos de su estructura es el Quijote. Su permanente presencia humana no conoce reductos. La bella irradiación de sus andanzas no tiene límites ni ocasos. Por eso, este sencillo trabajo no aspira sino a reflejar la vida del «Príncipe de los ingenios españoles», en un enfoque mínimo y cordial. A remirar la obra de Cervantes en relación con la de otros dos grandes escritores, y, finalmente, a reconocer la indeclinable grandeza del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y su simbólica perennidad en este mundo desequilibrado...
No ha podido España sustraerse jamás al ineluctable mandato del destino. Y en él estuvo acaso, como signo indeleble y en toda la anchura de su historia, la escuálida pero afirmativa presencia del Quijote. Por sus campiñas y poblados habríase extendido el palpitante ritmo de las andanzas del hidalgo eterno...
Aunque este unigénito y a la vez plural personaje estuvo encarnado en el primero de los españoles y perdurará, asimismo, en el último hombre de la raza, plúgole al Hacedor disponer fuera Cervantes quien, ahondando en el secreto de pretéritos siglos, armara caballero al bueno de don Alonso Quijano para que, al iniciar su peregrinaje por los campos de Montiel, llegara a todos los ámbitos terrenos, nimbado de crecientes simpatías, y se tornara maestro de vicisitudes, sembrador de inauditas esperanzas y consecuentes desengaños, convirtiéndose, también, en paradigma de acciones justicieras, desvanecidas, al cabo, en la órbita de inútiles arrebatos y desatinadas hazañas; ya que locura es pretender imprimir a la vida orientaciones más humanas, y sacrificarse estérilmente porque el amor, la sensibilidad y el desprendimiento pudieran ser sus características esenciales.
Pero en don Quijote bullía la sangre de la españolidad, e involucrada victoriosamente en ésta, la remota supervivencia de su espíritu.
Por eso, en los reyes Fernando e Isabel —los Católicos— alentaba ya ese mismo espíritu. Él los indujo a patrocinar la «locura» de Colón, desechada anteriormente por otros monarcas europeos. Por ese soplo luminoso, de válida raigambre aventurera, pudieron agregar vastos territorios coloniales al esplendor de la corona. Tan no entrevista realidad, nacida de una audacia legítima, consubstancial, haría exclamar a Carlos V, nieto de aquéllos, que en sus dominios «nunca se ponía el sol».
Fue la congénita temeridad de hombres españoles la que debió conformar plena y físicamente el mundo, ante el asombro y arrepentimiento de algunas dinastías del viejo continente.
En homenaje a la predestinada grandeza de que fuera usufructuario, el propio emperador libraría olímpicas batallas, que extenderían su poder hasta el corazón mismo de Europa y sobre luengas zonas del África canicular.
Por eso, en gigantesco trampolín, el espíritu invicto del Quijote se trasladaría a América, para transfundir la fiebre de sus gestas heroicas en la cansina y desconfiada sangre de los aborígenes...
Por igual atavismo, Felipe II, hijo y sucesor de Carlos V, daría forma y realidad a un fantástico proyecto: la erección del Escorial. No vacilaría en constituirse representante universal del catolicismo y denonado paladín de la unidad religiosa. Bajo su reinado, la política exterior de España dejaría mal parado al Erario Nacional. Pero, igual que en los modernos tiempos, nuevas contribuciones resolverían la crisis. Sin embargo del absolutismo de aquel rey el procurador don Francisco Antonio de Alarcón manifestaría en las Cortes su criterio adverso a la imposición de gravámenes extraordinarios, con estas elocuentes palabras: «¿...qué tiene que ver para que cesen acullá las herejías, que nosotros acá paguemos tributos de la harina? ¿Por ventura serán Francia, Flandes, Inglaterra, más buenas cuanto España fuese más pobre?... ».
En el célebre Cid Ruy Díaz de Vivar, insigne batallador español de la Edad Media, vibrante está de audacia, enjoyada de leales proezas, y valerosa y nítida, el alma de la raza. Hasta la adversidad aparece ennoblecida por el estoicismo, y el dolor sobrellevado con valerosa dignidad.
Tizona y lanza: símbolos de guerrero donaire, trocadas han sido por la navaja y el puñal, de más desalmado temple; pero en todo caso delatores de corajudas hazañas varoniles.
¡Sangre de España! Regada en la extensión borrosa de los caminos del mundo, por la incredulidad y la fe; por la ambición y el desinterés; por el amor y el odio; por la generosidad y el egoísmo; por todas las virtudes y todos los pecados que se han aclimatado en la tierra. Sangre grata a los sentidos, porque evoca el color de los claveles que florecen pródigamente en los jardines de Andalucía. Porque embriaga dulcemente, en la cordialidad de un vino añejo. Porque trenza los nervios, en un alarde de emoción, el espectáculo bravío e irreconciliable de un toro y un torero, frente a frente. Porque flamea, al compás de sonoras castañuelas, en la danza lasciva de una gitana de ojos enigmáticos. Porque vibra en la copla encendida de pasión, resquebrajada de celos o luminosa de sincero regocijo, al aureolar el báquico contorno de la orgía. ¡Porque, en fin, canta en el ritmo de todos los corazones, que no son sino ánforas de inequívocos sentimientos: ternura, indiferencia o crueldad!
España está viviente en legendarios, en invariables y en imposibles horizontes. Subsiste en el amor de los españoles adheridos al materno solar. Se agranda en el recuerdo de los hijos sacrificados a la angustia de calcular distancias...
De aquel retablo básico, profunda e inextinguiblemente español, arrancó Cervantes al héroe de su obra inmortal. Y lo lanzó a la enaltecedora conquista del universo. El espíritu de don Quijote de la Mancha continúa la serie de sus aventuras ejemplares, por las más foscas encrucijadas del mundo. ¡Y su generosa locura de «enderezar entuertos y desfacer agravios» es ahora, en estos tiempos de torvo y turbio mercantilismo, más precisa a la vez que más preciosa que nunca!...
La fecha del nacimiento de don Miguel de Cervantes Saavedra oscila, según diversas conjeturas, entre el 29 de setiembre —acaso, por el nombre que le fuera adjudicado— y el 9 de octubre de 1547. Lo único en lo que no discrepan sus biógrafos es en el día del bautizo, realizado en la iglesia de Santa María la Mayor, en Alcalá de Henares, seguramente por el fundamental motivo de no negarle validez a la partida constante en el folio 192 del registro parroquial, cuya copia textual dice lo siguiente:
...domjngo nueve dias del mes de octubre Año del señor de mill / e qnjs. e quarenta e siete años fue baptizado miguel / hijo de Rodrigo de cervantes e su muger doña leonor fue/ron sus compadres Juo / pardo baptizole El Rdo. señor bre. / seRano Cura de nra. señora tso. baltasar vazqz. sacrista / e yo q. le baptize e firme de mj nobre. - El bachillr. SeRano.
En el caso de Homero —padre de la poesía épica— siete ciudades alegaron el derecho al honor de ser su cuna. En el de Cervantes, se disputaron gloria semejante: Madrid, Sevilla, Córdoba, Toledo, Esquivias, Consuegra, Alcázar de San Juan y Lucena.
La ascendencia de Cervantes la sitúa uno de sus más autorizados biógrafos en la ciudad de Córdoba.
No admite duda alguna el hecho de que la extensa aristocracia de aquella época caminaba permanentemente unida a una sensible falta de solidez económica, circunstancia que en todo tiempo ha hecho desventurada y poco llevadera la existencia de los hombres.
El padre, don Rodrigo de Cervantes, de profesión cirujano, conocido como el sordo, por adolecer de aquella enfermedad, así como su madre doña Leonor de Cortinas, carecieron de fortuna. El cuarto de los siete hijos que tuvo ese matrimonio fue el autor de Don Quijote, y el único que alcanzó notoriedad en la familia. El segundo apellido, Saavedra, recogido de alguno de sus antepasados, quizás por una leve presunción nobiliaria, no le correspondía, en rigor, a don Miguel. Sólo una dolorosa realidad fue compañera inseparable de su vida: la pobreza. Ella, sin duda, le hizo poner en labios de Sancho esta frase tan amarga como verdadera: «el tener y el no tener son los dos solos linajes que quedan en el mundo».
Si el erario público español padecía estrecheces y esperaba con vehemencia la llegada del oro de América, escaso siempre para cubrir sus necesidades más urgentes, la economía particular no dejaba de ser en extremo lamentable. «Si pobre estaba el rey, miserable vivía el pueblo». En las obras de Cervantes y en las de Hurtado de Mendoza, Quevedo, Mateo Alemán, Vélez de Guevara, Vicente Espinel, y en general, casi todos los escritores españoles de costumbres en el Siglo de Oro, podemos ver descrita esta situación horrible... Es, por tanto, de suponer que los hijos de don Rodrigo, el sordo y el pobre, no pasaron una infancia muy regalada, y que nuestro Cervantes no se educó con los mejores maestros, siendo entonces la educación privilegio de los ricos. Por lo pronto, con haber nacido en Alcalá de Henares, la célebre Compluto, y existir allí la famosa Universidad fundada por el Cardenal Jiménez de Cisneros, no consta que siguiera en ella curso alguno. Se cree que estudió en Madrid y en Salamanca; pero no hay pruebas. Rodríguez Marín afirma que estudió en Sevilla. A Madrid se trasladaron sus padres por 1554. Según sus obras lo demuestran, fue hombre de vasta lectura y no vulgares conocimientos, adquiridos por su propia diligencia, pues sus medios escasos le impidieron poseer libros que citaba de memoria y equivocando a veces, como lo ha probado Clemencín, el nombre de los autores. Por su confesión sabemos —y muchas veces se ha repetido— que leía hasta los papeles rotos que encontraba por las calles. En 1568 enseñó gramática en el estudio del presbítero Juan López de Hoyos, y en 1569 figuró por primera vez como autor en una pobre colección de versos en memoria de doña Isabel de Valois, esposa de Felipe II, publicada por el mismo Hoyos, quien le llama «mi muy caro y amado discípulo».
Por las frases que anteceden pudiera suponerse que Cervantes estuvo en Madrid en 1569, pero como veremos más adelante, parece indudable que abandonó España al finalizar el año de 1568. Así lo da a entender, también, Fitzmaurice, cuando consigna el dato de que los pasaportes para el retorno de Acquaviva a Italia fueron extendidos con fecha 2 de diciembre de ese mismo año.
Otro de los biógrafos de Cervantes, al referirse al mismo punto de su vida, esto es, a la educación que recibió, no se resiste al deseo de sentar la siguiente observación: «...lo cierto es que nunca Cervantes se distinguió por su cultura intelectual ni por su erudición, y siempre se tuvo por un hombre cuya única sabiduría le había sido enseñada por la más grande y quizá la única de las maestras: la misma vida. Esta falta de estudios y el no poseer ningún grado ni título académico le acarrearon, por cierto, más de una vez las burlas de sus maliciosos colegas, a quienes su portentoso genio hacía sombra. Con todo, no se ha de suponer que Cervantes desde su edad temprana, dotado como estaba de tan clara y perspicaz inteligencia, no sacase gran provecho de los estudios que pudiera seguir. Sus aficiones intelectuales de niño nos las ha dejado él mismo consignadas en varios pasajes de sus obras. Su amor a la poesía y su vocación de escritor debieron revelarse en él desde muy temprano...».
Finalmente, para no extremar las citas en este aspecto, nos serviremos de una más: «...Su versación humanista —dice otro de sus comentadores-, sus dotes de composición, lo señalan como alumno del estudio de los jesuitas en 1564 y 1566. Así lo cree Rodríguez Marín. Y quienes lo niegan tendrán que apelar al milagro de la ciencia infusa para explicarnos cómo Cervantes, al poco tiempo de su llegada a Madrid, en 1566 es el amado discípulo de López de Hoyos, y en nombre y representación de los alumnos del estudio de éste, el primero de la corte, aparece, entre grandes elogios y encarecimientos del gran humanista, firmando las composiciones poéticas, primeras que se conocen de él... ».
Así, de poca significación, fueron los primeros brotes de su inquietud literaria. La madurez de sus pensamientos estaría reservada a más grandes destinos. pero era muy joven aún. Y debería arrancarle a la vida sus más recónditos secretos. La experiencia lastima, en verdad, lo más profundo de la delicadeza espiritual, pero deja sabias, valederas e inolvidables enseñanzas.
Para proseguir su itinerario humano, Cervantes encontró una oportunidad, y la comprensiva y ágil penetración de un hombre, por cierto, de indiscutible inteligencia. Cuando, por razones de Estado, el Papa Pío V envió a Madrid al cardenal Giulio Acquaviva, éste tuvo ocasión de conocer a Cervantes y supo descubrir sus cualidades de hombre y los méritos de su talento. Lo tomó a su servicio y lo llevó consigo a Italia. La Italia del Renacimiento era el país que en aquel tiempo podía ostentar mayor nivel de cultura entre los pueblos de Europa. Salió de España en diciembre de 1568. Recorrió una buena parte, desconocida aún, de la propia patria, un buen sector de Francia y grandes zonas del territorio italiano, hasta llegar a Roma.
Las excelencias del Renacimiento italiano, tan en armonía con la cultura clásica asimilada en los años de sus primeros estudios, adquieren consistencia en su espíritu avizor de nuevos y grandes horizontes para sus anhelos de sabiduría. Sin embargo, en mérito de la fiebre aventurera que le quema la sangre, no se aviene enteramente con su condición de camarero de Monseñor Acquaviva. Se alista, entonces, en el ejército español destacado en Italia.
A bordo de la galera La Marquesa asiste, en la mañana del 7 de octubre de 1571, a la célebre batalla librada en el golfo de Lepanto. De allí surgen el lesionado y el héroe, y, como una lejana derivación del mismo hecho, el cautiverio en Argel. Las reiteradas tentativas de evasión ofrecen, como epílogo luminoso, un bello ejemplo de la nobleza del alma de Cervantes. Descubierto, por traición, uno de sus vanos intentos de fuga, asume con entereza toda la responsabilidad, para salvar de las crueldades del castigo a sus compañeros y, con singular valentía, exclama, en presencia de Hasán Pachá Bey de Argel: «ninguno de estos cristianos que aquí están tiene culpa en este negocio, porque yo solo he sido el autor de él, y el que los a induzido a que se huyesen».
No deja de tener particular importancia el acta del rescate de Cervantes. Por lo mismo, y además por ser un documento muy poco conocido, creemos útil reproducirlo en estas páginas:
En la ciudad de argel a diez E / nueve dias de el mes de septienbre (de 1580) / En Presencia de mi el dicho notario / El muy rreuerendo padre frai juan gil rredentor suso dicho rrescato / a miguel de zeruantes natur / al de alcalá de henares de he / dad de treinta e vn años hijo / de rrodrigo de ceruantes E / de doña leonor de cortinas / vesino de la villa de madrid mediano / de cuerpo bien barbado estropeado de el braço y mano yzquierda / captiuo en la galera del sol / yendo de napoles a España, don / de estuuo mucho tienpo En servicio / de su magestad perdiose a veinte e seis / de septienbre del año mill / y quinientos E setenta y cinco, estaua en / poder de acan baja rrey. costo / su rrescate quinientos escudos de oro / En oro no le quería dar su pa / tron si no le dauan escudos de oro / En oro de españa porque si no le / lleuaua á constantinopla / y asi atento esta necesidad E / que este xpiano no se perdiese / En tierra de moros se busca / ron Entre mercaderes du / cientos E veinte escudos a rraçon / cada vno de ciento y veinte e cincon asperos porque los demas que / fueron ducientos y ochenta / avia de limosna de la rreden / cion y los dichos quinientos es / cudos son e hacen doblas a rra / con de a ciento e treinta e cinco as / peros cada esudo mill e trescientas y quarenta doblas. tuuo de ad / jutorios trescientos ducados que / son e hacen doblas de argel con / tado cada rreal de a quatro A / quarenta e siete asperos se / tecientos y setenta e cinco e veinte / y cinco dineros. fue ayudado con / la limosna de francisco de caramanchel / de que es patron. El muy jlustre señor don iñigo / de cardenas capata del consejo / de su magestad con cinquenta doblas a de / la limosna general de la horden fue ayu / dado con otras cinquenta las demas rrestantes a cumplimiento de las myl / E trescientas y quarenta hiço o / bligacion de pagallas a la dicha horden / por ser marauedis Para otros cap / tiuos que dieron deudos en españa / para sus rrescates e por no estar / a el presente En este argel / no se han rres / catado y estar obligada la dicha horden / a boluer a las partes su dinero / no rrescatando los tales cap / tiuos E mas se dieron nueve do / blas a los oficiales de la galera / del dicho rrey acan baja que pidieron / de sus derechos. En fee de lo cual lo firma / ron de sus nombres testigos alonso de berdugo E / francisco de aguilar, miguel de molina, / Rodrigo de frias, xpianos, frai juan gil / paso ante mi pedro de rriuera notario apostolico.
No pocos sacrificios económicos de sus familiares y la diligente y generosa intervención de fray Juan Gil alcanzaron el rescate de Cervantes. Pero a su retorno a España, si bien la libertad suele ser inapreciable por bella, la sujeción a la miseria no deja espacio para el sereno y reposado desenvolvimiento de las tareas habituales de los individuos. Es un fantasma que turba la razón, que mantiene en constante sobresalto al espíritu y que roba el tiempo a las actividades predilectas.
Tal ocurrió con Cervantes. Esperó alguna recompensa del Gobierno por sus servicios militares, por la manquedad adquirida en memorable acción de guerra y por el largo cautiverio de Argel. Pero sus esperanzas se desmoronaron lamentablemente. Se vio en la triste necesidad de empeñar objetos pertenecientes a una de sus hermanas. Entonces tentó fortuna con la producción literaria. Apareció La Galatea en 1585, obra de ambiente pastoril, tan gustado en aquel tiempo; pero no le produjo más de 1.336 reales, cubiertos por Blas de Robles, el único editor que se prestara a publicarla.
Un año antes, contrajo matrimonio con doña Catalina de Palacios Salazar y Vozmediano, natural de Esquivias, «quien no ha de suponerse por sus muchos nombres que aportara al matrimonio bienes considerables».
Comenzó a escribir para el teatro, con afanes innovadores, y el muy especial propósito de procurarse algún dinero. Su optimismo —si acaso llegó a tenerlo— pronto se trocaría en un desengaño más.
Vienen luego los años de silencio. Un largo paréntesis en su vida literaria. Su labor intelectual se paraliza por un espacio aproximado de dos décadas. Después de La Galatea, nada publica, salvo alguna que otra composición poética, hasta la aparición de la primera parte de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, en 1605. En tan extenso intervalo le ocurren las cosas más vulgares y a la vez trágicas de la existencia. Escenas familiares que debieron amargar en mucho su lastimado corazón. Desempeña menguados empleíllos. En el de mayor significación alcanza a ganar doce reales diarios de sueldo, amén de las más frecuentes y pesarosas contrariedades. Por acopiar pan, trigo y cebada del Deán y Cabildo de Sevilla, en fuerza de sus obligaciones, llega a ser excomulgado, «con las debidas formalidades».
Fatigado, tal vez, en el ejercicio de ocupaciones tan hostigosas como ingratas, un buen día apareja documentos que los eleva a conocimiento del rey, con el siguiente memorial, en el que manifiesta vivos deseos de venirse a América:
Señor: Miguel de Cervantes Saavedra, que ha servido a V. Majestad muchos años en las jornadas de mar y tierra que se han ofrecido de veinte y dos años a esta parte, particularmente en la batalla naval, donde le dieron muchas heridas, de las cuales perdió una mano de un arcabuzazo, y al año siguiente fue a Navarino, y después a la de Tunes y a la Goleta; y viniendo a esta corte con cartas del Sr. D. Joan y del Duque de Sessa, para que V. M. le hiciese merced, fue captivo en la galera del Solo, él y un hermano suyo, que también ha servido a V. M. en las mismas jornadas, y fueron llevados a Argel, donde gastaron el patrimonio que tenían en rescatarse, y toda la hacienda de sus padres y las dotes de dos hermanas doncelas que tenía, las cuales quedaron pobres por rescatar a sus hermanos; y después de libertados fueron a servir a V. M. en el reino de Portugal y a las Terceras con el Marqués de Santa Cruz, y agora al presente están sirviendo y sirven a V. M., el uno de ellos en Flandes, de alférez, y el Miguel de Cervantes fue el que trajo las cartas y avisos del alcaide de Mostogán y fue a Orán por orden de V. M.; y después ha asistido sirviendo en Sevilla en negocios de la Armada por orden de Antonio de Guevara, como consta por las informaciones que tiene, y en todo este tiempo no se le ha hecho merced ninguna. - Pide y suplica humildemente cuanto puede, a V. M. sea servido de hacerle merced de un oficio en las Indias de los tres o cuatro que al presente están vacos, que es el uno en la contaduría del Nuevo Reino de Granada, o la gobernación de la provincia de Soconusco en Guatimala, o contador de las galeras de Cartajena, o corregidor de la ciudad de la Paz; que con cualquiera de estos oficios que V. M. le haga merced la recibiría; porque es hombre hábil y suficiente y benemérito para que V. M. le haga merced; porque su deseo es continuar siempre en el servicio de V. M. y acabar su vida como lo han hecho sus antepasados, que en ello recibirá muy gran bien y merced.
Ante esta solicitud se despereza la tradicional incuria administrativa y —cosa inaudita— en quince días obtiene una rotunda negativa del Consejo de Indias, con una providencia concebida en estos términos lacónicos: «Busque por acá en qué se le haga merced». Está fechada en junio de 1590 en Madrid, y la autoriza con su firma un tal doctor Núñez Morquecho, nombre que si no fuera por esta ingrata circunstancia, jamás se habría sabido que existió.
Había, pues, de seguir condenado a la insatisfacción de antipáticos empleos, sin norte y sin brújula. ¡Pobre vida encuadrada en un áspero marco de fastidio! Un día cualquiera, experimenta una injusta rebaja de sueldo. En otra ocasión, con generoso sentimiento, se constituye fiador de un amigo. Y en fechas posteriores, más desafortunadas todavía, sobrelleva sucesivas prisiones, por no poder restituir a la hacienda pública las contribuciones recaudadas a lo largo de los caminos de España, a causa de la estafa y consiguiente desaparición del depositario de las cobranzas efectuadas, un tal Simón Freire de Lima.
Como un paréntesis en su agitado trajinar por los pasillos del desencanto burocrático, Cervantes obtiene el primer premio en un concurso de poesía promovido por los frailes dominicanos de Zaragoza, con motivo de la canonización de san Jacinto. El galardón estaba constituido por tres cucharas de plata.
Cesante, al cabo, en todos los azarosos empleos que le había correspondido desempeñar —recaudador de contribuciones, comisario real para la provisión de la Armada Invencible y cobrador de créditos fiscales atrasados— se traslada, por fin, a Valladolid, para reunirse con los suyos. Pero el infortunio suele ser excesivamente fiel con algunos mortales. Un incidente oscuro, en el que perdió la vida don Gaspar de Espeleta, le conduciría, una vez más, a la prisión, en compañía de todos sus familiares, por una equivocada actuación del alcalde Villarroel. Le fue perjudicial en esta ocasión la imprevista circunstancia de habitar en una casa vecina al lugar del suceso. Aunque su inculpabilidad fuera prontamente reconocida y, en consecuencia, excarcelados todos, no dejaría de herir su sensibilidad este nuevo embate de la malaventura.
Por espacio de cinco años, de 1598 a 1603, poco o nada se conoce de la vida de Cervantes. Pero no se puede suponer, ni aun lejanamente, que experimentara transformación alguna favorable su aflictiva situación económica. Quién sabe si fue por aquel preciso tiempo cuando tuvo expresiones como las que vamos a consignar enseguida, para enaltecer una época tan diferente de la que le tocó en destino vivir, en un ambiente hostil y lleno de privaciones, a través de los días iguales, y bajo la amenaza de no contar siempre con los indispensables medios de subsistencia. Estas frases dejan de ser una lamentación para tornarse apesadumbrada añoranza. Las pone en labios de don Quijote, en su discurso a los cabreros, sobre la edad dorada:
Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quienes los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarlo de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas le ofrecían. En las quiebras de las peñas y en los huecos de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquier mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para la defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre que ella, sin ser forzada, ofrecía, por todas partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían...
Es presumible que en el refugio hogareño de Valladolid terminara su célebre novela. La extendida creencia de que fuera escrita en la cárcel, que tantas veces le hospedó, se fundamenta en estas sus propias palabras, resaltantes en el prólogo a la Primera Parte del Quijote:
...Y así, ¿qué podía engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?
Para nadie ha tenido, tiene, ni podrá tener fundamental importancia el hecho de que el Quijote hubiese sido escrito en la cárcel, en el aposento familiar de Valladolid o en el solitario cuarto de Sevilla. Lo único que debe agradecer la humanidad es su existencia misma, cuyos episodios corren paralelamente con la profunda observación de la vida y sus incongruencias, captadas con asombrosa nitidez por la fecunda imaginación de Cervantes.
Nada pudo otorgarle al inmortal hijo de Alcalá de Henares esa exquisita plenitud espiritual de que tanto han menester los hombres grandes; quizás, sólo amenguaría su tristeza el conocimiento íntimo, la certidumbre honda y silenciosa de haber producido una obra maestra. Dueño de amplia cultura y de caudaloso sentimiento, dotado de los mejores atributos humanos, necesariamente debió estar en capacidad de juzgar su propia obra, de aquilatar el oro que había regado en las orillas del mundo la prodigiosa corriente de su pensamiento. Por eso, la aparición de la primera parte de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, en 1605, debió darle a su corazón, zaherido incesantemente por la adversidad, un remanso de satisfacción. Aun cuando algo más tarde la edición apócrifa e insultante de la Segunda Parte, firmada por un supuesto Alonso Fernández de Avellaneda, descontaría parte de su sincera complacencia.
A la publicación de una obra poética, Viaje del Parnaso, precedió la de las Novelas Ejemplares, en cuyo prólogo quiso dejar su filiación, en estos concisos términos: «Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes; la boca pequeña; los dientes, ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies. Éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje al Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y quizá sin el nombre de su dueño: llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra».
Otro libro de Cervantes, Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, se publica en noviembre de 1615. En el prólogo hace sentidas reminiscencias de su pasada juventud y admirativamente evoca la figura del gran Lope de Rueda y de sus éxitos teatrales, sin dejar de mencionar a Lope de Vega, ese «monstruo de la naturaleza», que ejerciera por largo tiempo una especie de absolutismo en el teatro español.
La Segunda Parte de Don Quijote de la Mancha, sería el último de los libros que sus ojos alcanzarían a ver publicado. Cabe suponer —como lo hacen algunos de sus biógrafos— que, de no haber visto la luz el Quijote apócrifo de Avellaneda, Cervantes acaso no hubiera apresurado la terminación de su obra más destacada. El desplante del anónimo sustractor del más significativo de sus trabajos estimuló sus afanes de concluirlo y dejarlo como legado de inestimable valor a la posteridad.
Un libro más pudo dejar terminado, antes de alejarse a «la inexplorada región de la cual ningún viajero retorna», como dijera Hamlet. Ese libro fue Los Trabajos de Persiles y Sigismunda. En el prólogo acostumbrado quiso consignar los primeros versos de unas difundidas coplas, cuatro días antes de su muerte. Ello revela claramente el conocimiento que tuvo de la proximidad del fin. Era a la vez su despedida postrera a don Pedro Fernández de Castro, Conde de Lemos, el único benefactor que encontrara sobre la dura tierra:
Puesto ya el pie en el estribo,
Con las ansias de la muerte,
Gran Señor, ésta te escribo.
El 23 de abril de 1616, con esa noble majestad del hombre superior, que piensa en el definitivo y misterioso éxodo que va a emprender su espíritu, reclinó su cabeza, esa augusta cabeza de hondos pensares, en el seno infinito de la Muerte, don Miguel de Cervantes Saavedra, quien un buen día lanzara a correr por la llanura manchega, primero, y luego por los universales confines, al más cuerdo de los locos, al hombre de verticales actitudes y al más cumplido caballero de todas las edades. Se extinguía, así, en el silencio magno de los siglos; se perdía materialmente, pero quedaba vibrando por la eternidad, la voz austera del más excelso patriarca de las letras, del «Príncipe de los ingenios españoles».
El primer paso del Quijote, en marcha hacia la conquista del mundo, lo dio en vida de su autor. A los siete años de su aparición, esto es, en 1612, circuló en la capital británica la traducción de la Primera Parte, hecha por Thomas Shelton. Pero en opinión del profesor Edward M. Wilson, catedrático de la Universidad de Londres, el «primer brote cervantino aparece en Inglaterra en 1607». Cita esta frase de una obra de Wilkins: «Muchacho: sostén bien esta antorcha; que ahora ya estoy armado para luchar contra un molino de viento... », y se refiere, además, a otras alusiones públicas, relacionadas con el Quijote. Cervantes ignoró, seguramente, la popularidad que su libro iba adquiriendo en otros países.
En sus preocupaciones literarias, no pocos escritores de relieve universal han asociado los nombres de Shakespeare y Cervantes, así como los de los protagonistas principales de sus obras más notorias: Hamlet y don Quijote. Como veremos enseguida, en verdad existen diferencias esenciales entre estos dos últimos personajes, como las hay, también, marcadísimas, en las vidas y destinos de sus ilustres creadores.
No existe para Hamlet sino el lado negro de la existencia, para él ha terminado el amor cuando debía comenzar; para él ya no hay alegrías, en plena juventud, y como en su propia madre ha descubierto la bestia humana, hombres y mujeres inspíranle asco igual y desprecio la vida, que considera como un paso horrible hacia la región inconmensurable y misteriosa de las sombras. ¡Contraste grande con el casi infantil optimismo del hidalgo español!... Para don Quijote el mal nunca es perdurable sobre la tierra, y aun en los lances más desgraciados redobla sus energías una risueña, fecunda y consoladora esperanza. Don Quijote, en suma, es la antítesis de Hamlet. Mientras éste, lleno de juventud y de poder, heredero de una corona, sólo distingue en el mundo su aspecto más sombrío, el generoso manchego, acercándose a término de su carrera, pobre y sin más galardones que la interminable sucesión de palos y de burlas que va recibiendo por el camino, contempla, sin embargo, la vida al través de cristales color de rosa.
Por las rutas estelares de la literatura, no obstante la divergente realidad de sus propios temperamentos, se acercan y van juntas, ante la absorta mirada de los espíritus que aman la belleza inmortal, las siluetas ingrávidas de don Quijote y Hamlet. Y al eco de estos nombres se sueldan necesariamente al recuerdo, en unidad de pensamiento, los de Cervantes y Shakespeare. Porque ambos incursionaron en los laberintos de la locura, porque los dos infundieron a sus héroes diferenciados sentimientos, caracteres disímiles —antagónicos, acaso— pero encaminados, indudablemente, a la realización de memorables acciones. Hay enorme distancia, es cierto, entre las ideas y los hechos de cada uno de ellos; pero, en suma, los dos están dotados de una predominante concepción acerca de su propio destino. Cada uno tiene su locura, distinta, en verdad, la una de la otra; pero de todos modos a cada uno le asiste su específica manera de apreciar la forma y las circunstancias del pequeño universo que lo rodea, así como una diferente actitud frente a los problemas de la existencia.
Hamlet, ante todo, piensa en sí mismo. Puede atribuírsele un profundo desdén hacia lo que no le pertenece en esencia. En una como severa introspección, penetra hasta lo más recóndito de su propia conciencia, escudriña los íntimos recodos de su corazón, y de aquellas alborotadas cavidades sale a la superficie, y se revela sombríamente, una especie de desafecto hacia sí mismo y de egoísmo, alternativamente. Visible se muestra esa característica veleidad que imprime a todas sus acciones. Una manifiesta exhibición de su perenne versatilidad cobra especial relieve en las íntimas confidencias del amor. Un día escapan de sus labios estremecidos juramentos de rendida adoración a Ofelia. Otro día, inesperadamente, triza el espejo de aquellos sueños puros, con estas desleales y equívocas palabras que reflejan, eso sí, su temperamental inconstancia: «Yo te amaba... No te he amado nunca». Estas evidentes y contradictorias actitudes, tan frecuentes en Hamlet, contrastan poderosamente con la solidaria misión que, sobre la suerte de la humanidad, se impuso voluntariamente don Quijote. Ella le lleva ciegamente hacia un objetivo concreto: «enderezar tuertos y desfacer agravios», aunque tan rígido sometimiento al mandato justiciero de sus altruistas inclinaciones le produzca males físicos y dolorosos impactos morales. Porque la ingratitud crece abundantemente, como la yerba mala, y, a veces, está cuidadosamente cultivada en translúcidos invernáculos...
Exteriormente, la vida presenta diferentes matices y paisajes diversos; pero en todo caso, si la mirada del hombre penetra en ella desapasionadamente, o quizás con el vivo afán de precisar algo entrevisto o imaginado vagamente, algo que siempre ha deseado esclarecer, es indudable que ante el espectáculo que se ofrezca a sus ojos, le embargará la sorpresa. No dejará de encontrar, después de todo, aspectos de hermosura, cuando no un conjunto de belleza, en el mutable desfile de los días...
A Hamlet le corroe el escepticismo. Duda de todo. Aun de las realidades más inmediatas. Le acosa, implacable, la aparición de la sombra de su padre, y el cruel mandato que recibe, en relación con las circunstancias de su muerte. Una cabalgata de recuerdos angustiosos le impide ordenar serenamente sus ideas. Nebulosamente cruza por su imaginación el fantasma del suicidio. Y en su corazón late un acelerado tedio de la vida, que coloca en plano insignificante, muy secundario, el amor a Ofelia. Y su pensamiento vaga intranquilamente por los siniestros dédalos de la locura.
En cambio, don Quijote, con cuánta plenitud de espíritu recorre los caminos del mundo, en plan de justiciera rectificación de cuanto error o signo de maldad hubiere de encontrar en todos ellos. Tiene confianza en su misión de embajador de la bondad persuasiva. Altivo y noble, valeroso y resuelto, se subordina a la mansedumbre de su corazón, no piensa sino en acometer empresas generosas. Y cuando se ve en el duro pero necesario trance de aniquilar a descomunales gigantes y nutridos ejércitos —transformados en molinos de viento y manadas de carneros por invisibles enemigos— sin vacilación arremete contra ellos, encomendándose previamente, no a Dios, en consonancia con su acendrada fe católica, sino a su encantadora Dulcinea, en obediencia a las estrictas normas de los invencibles caballeros andantes.
Hamlet y don Quijote siguen por distintos trayectos. Marchan en opuesto sentido a través de sus propios derroteros. Sólo se juntan en una fase común: la muerte.
Tanto Hamlet como don Quijote mueren de manera conmovedora. ¡Pero qué diferentes finales! Magníficas son las últimas palabras de Hamlet. Él se resigna, se consuela... Pero la mirada de Hamlet no se extiende adelante... el resto... silencio, dice el escéptico Hamlet al morir y efectivamente calla para siempre. La muerte de don Quijote llena nuestra alma de una indecible tristeza. En este instante, toda la significación de este personaje se hace accesible a cada uno de nosotros. Cuando su antiguo escudero, tratando de consolarle, le dice que pronto volverá de nuevo a las caballerescas andanzas, el moribundo don Quijote contesta: «No, todo eso pasó para siempre, y yo pido a todos perdón, yo no soy ya don Quijote, yo de nuevo soy Alonso el Bueno, como a mí algún día me llamaban». Éstas son palabras admirables. Al mencionar este sobrenombre por primera y última vez, conmueve al lector. Sí, sólo esta palabra tiene importancia ante la muerte. Todo pasa, todo desaparece: la dignidad más elevada, el poder, el genio omnipotente, todo se convierte en polvo... «Todo lo grande que existe en el mundo se desvanece como el humo...» Pero las buenas acciones no se desvanecen como el humo, ellas son más perdurables que la más deslumbrante belleza: «todo pasa -dijo el apóstol-, sólo el amor queda».
Cabe suponer, dentro del margen de lo verosímil, que hasta Shakespeare llegaría el Quijote, a través de la versión inglesa de Shelton, o quizás en su idioma originario, porque se sabe que había leído a otros autores en castellano.
Las vidas de Cervantes y de Shakespeare presentan sensibles discrepancias y también semejanzas apreciables. Ya sabemos cómo en sesenta y nueve años de «residencia en la tierra», el primero vivió siempre a la vera de la fortuna y se trabó en desproporcionada lucha con la adversidad. Shakespeare no tuvo permanentemente ante sus ojos el fantasma de la miseria, por lo mismo, su corazón escaparía a la perenne visita de la angustia. Casi impasible a la zozobra de la pobreza, Cervantes se entregaría al suave, al amable ejercicio de la poesía. Y vaciaría sus singulares facultades en la conformación de un libro magno, pues no otra cosa que un poema heroico, cómico y trágico a la vez, es Don Quijote de la Mancha. Si el soportar las mordeduras del hambre y restarle tiempo al descanso, en laboriosas vigilias, son los inequívocos signos del soñador, Cervantes fue uno de los más empedernidos soñadores. Quiso realizar un sueño, y forjó una obra, en su propio concepto, perdurable, no por mezquinas ambiciones de dinero —que tanta falta le hiciera en todo instante— sino, acaso, para equilibrar los largos días de amargura con otros de bonanza, producida por el amor y la mansedumbre que dejaba su pobre espíritu atormentado por la realidad, en cada una de las páginas del Quijote. Decididamente, Cervantes fue un soñador. Shakespeare tampoco puso límites a su imaginación privilegiada. Supo crear personajes extraordinarios; pero sosegadamente, a la sombra cordial de la fortuna. Mas cuanto ganó en sus obras y su trabajo de actor y de empresario, no fue compensación para la ingratitud del amigo, para la infidelidad de la amante, para los remordimientos de su propia conciencia, agitada —si a él mismo se refieren las confidencias que contienen sus Sonetos— por una culpa tan honda como misteriosa. Esta tormenta interior explica el pesimismo de sus últimos años, y que siendo tan bueno como él fue para sus semejantes, abrigara en el fondo de su corazón el desprecio por los hombres, el odio, provocado principalmente por el espectáculo inmundo de la ingratitud, que brotan a raudales en los lamentos e imprecaciones de Hamlet, de Otelo, de Lear y, sobre todo, en los rugidos de fiera acorralada de Timón de Atenas. Cervantes sufrió también la traición, la ingratitud, la envidia, la infamia de los hombres en cuantas formas puede concebir la fantasía más diabólica, desde el tormento y la esclavitud hasta la miseria. Fue heroico, y se pagaron sus hazañas con la cárcel, el desprecio y el olvido. Fue activo y luchador, y siempre tocó a sus puertas la mano descarnada del hambre. Pero cuando terminó su vida, casi en el mismo día que Shakespeare —el 23 de abril de 1616, con la diferencia de que el calendario gregoriano no hubo de aceptarse en Inglaterra hasta 1752-, no tuvo una frase amarga siquiera para la humanidad, un solo reproche para los autores de su prolongado martirio.
Cervantes y Shakespeare se parecen en ese fino y certero don que ambos poseen para descubrir las cualidades e imperfecciones de los seres humanos. En ese profundo conocimiento del corazón y las pasiones de los hombres. Es en esa psicológica penetración que afirmaron la existencia de las criaturas que lanzaron al mundo de la literatura, y que subsistirán por los siglos de los siglos, con más valedera solvencia universal cada día. Por eso, la humanidad, que tanta inclemencia e injusticia tuvo para sus lejanas vidas —negándole al primero toda posibilidad de hacer menos fatal su viaje por el mundo, pretendiendo arrebatarle el bien ganado derecho a la posteridad y a la gloria al segundo-, ha reparado su falta de percepción espiritual, al no rendirles oportunamente férvido homenaje. La humanidad seguirá siendo lo que siempre ha sido: tarda en el reconocimiento del bien que le ha sido otorgado, cuando no ciega y brutal con quienes le dieron la perenne irradiación de su grandeza.
El tiempo no se estanca. Corre incesantemente. Los siglos se acumulan sobre la tierra. Y el olvido florece pródigamente en todas sus latitudes. ¡Cuán poco queda en pie de las edades pretéritas! Apenas unos nombres. Algunos pocos nombres que dignificaron su destino y pudieron salvarse de la indiferencia de los mortales. Nombres trazados con estelares signos en el gran firmamento de la historia. Nombres de seres cuyas vidas, en una inmensa mayoría, estuvieron proscritas del reino de la felicidad. Pero cuyos espíritus se alzaron majestuosos sobre el hórrido gusanero de la envidia. ¡Espíritus que vierten, como los planetas distantes, desde su órbita eterna, raudales de luz propia sobre esa misma humanidad inhóspita!
En nuestra América también, el nombre de Cervantes, invariablemente asociado al de don Quijote, ha sabido despertar alboradas de simpatía en innumerables espíritus.
Si algún privilegiado compatriota suyo, poseedor de sólidos conocimientos filológicos, supo formar un tratado de gramática y un diccionario, además, únicamente con materiales extraídos del Quijote —ya se puede suponer que nos referimos a Cejador y Frauca-, también por estas nuevas dependencias del mundo existieron hombres que, con indeclinable amor a don Quijote y capital admiración para Cervantes, se tornaron ardorosos panegiristas de la obra y de su autor.
Algo más había de ocurrir con uno de estos hombres de hispánica raigambre, con el ecuatoriano Juan Montalvo. Tanta fue su pasión por el «divino manco» y el máximo personaje de su libro que, no obstante la responsabilidad que sólo concebir tan enorme propósito encarnaba, llegó a escribir un libro de vastas proyecciones y dimensional atrevimiento: los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes. Un especie de subtítulo, oportuno y devoto, aclara su posición y desvanece la asombrada inquietud de los lectores: «Ensayo de imitación de un libro inimitable».
Este trabajo pudo realizarlo con tanta capacidad como fortuna para que uno de los más firmes valores de la inteligencia hispanoamericana se refiera a la inigualada audacia de Don Juan con estas inobjetables opiniones:
...Valiole sí a Montalvo para su magnífica parodia, ya que no la espontánea semejanza en medios de expresión, el profundo sentimiento del espíritu y la idealidad de la creación cervantesca; y no sólo manifestó ese sentimiento en la parodia misma, sino también, y aún más si cabe, en las páginas críticas que la preceden. Nadie, en idioma castellano, ha hablado de Cervantes y del Quijote como Montalvo en esas páginas. Sin asomo de hipérbole puede decirse que ellas son el análisis condigno de la creadora síntesis del genio. La más durable estatua de Cervantes está allí, labrada con la unción que un artífice devoto pondría en cincelar una imagen sagrada....
La recia contextura espiritual de Montalvo le hizo amar la libertad sobre todas las cosas. Vino al mundo con la inexcusable misión de lavar con su verbo tremante el oprobio que la renovada aparición de tiranos y tiranuelos esparciera sobre esta patria ecuatoriana, tan fustigada por el infortunio. Girón de tierra con el cual, como compensación, la Naturaleza no ha podido ser egoísta en el reparto de sus dones.
Niño aún, Montalvo llegó a leer las páginas del Quijote. Fue dueño de una privilegiada memoria. Repetía con asombrosa fidelidad capítulos enteros de ciertos libros que comprometían su predilección.
Fácil resulta suponer que en la obra de Cervantes aprendió a amar la exquisitez y la belleza de la lengua castellana, a la que, con el andar del tiempo, llegaría a darle la contribución de sus altas facultades intelectuales. Y a llevarla prístina y majestuosa por los ámbitos de la cultura universal.
Tuvo un sentido tan elevado, una tan arraigada devoción por la pureza y gallardía del lenguaje, que su empleo justo y armonioso fue una de las más grandes preocupaciones de su vida. Por eso llegó a escribir con tanto acierto como corrección. Por eso también, en la elegancia de esta imagen, dejó bien precisado el concepto que tenía sobre el valor de las palabras: «como las piedras preciosas en reducido volumen abrigan la luz y los colores, así hay vocablos en los idiomas que son como compendios de cuanta sabiduría pueden ellos comprender. Dándole la vuelta a esa palabra sublime, descubrimos otro universo».
Como acertadamente opinara Ángel Rosenblat, en el prólogo a la edición argentina de los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, del amor por la lengua le nació la atrevida idea de escribir esa parodia. Tal vez, su propósito original consultaba la elaboración de un ensayo sobre el idioma castellano; pero meditó más anchamente y, en lugar de un libro didáctico, emprendió en la amorosa tarea de multiplicar las hazañas de don Quijote; pero adaptándolas al propio medio, retratando en sus capítulos ciertos personajes fácilmente identificables en las esferas políticas y sociales del Ecuador de esa época. No era empresa fácil la de lanzar por los campos de América al Caballero de la Triste Figura, a continuar las aventuras en que tres siglos atrás viviera empeñado. Pero para hacer posible su intento, contaba con tres factores esenciales: esa facultad suya exclusiva para asimilar el estilo literario de Cervantes; ese desmedido e inseparable cariño hacia la simbólica figura del Quijote; y esa rendida fe en la excelsitud de la lengua castellana, de esa lengua que no podía concebir que fuese ultrajada ni menospreciada en su esplendor y en su pureza, de esa lengua en la que, según sus propias palabras, «Cervantes ha escrito para todos los pueblos de la Tierra... La lengua en que debemos hablar con Dios...».
Montalvo mismo califica de osadía al intento de imitar a Cervantes. Sin embargo, resueltamente se encamina a ese fin, alentado por la admiración que profesa al «Príncipe de los ingenios», por inclinación afectiva hacia el hombre en quien se entremezclaron caprichosamente la grandeza, la virtud y el infortunio. Y en un máximo anhelo de justificación, recuerda que el propio autor de don Quijote formuló una especie de invitación «a continuar la obra que él dejaba inconclusa...».
Pero la razón poderosa, el móvil supremo que le impulsaba a tan arduo como difícil trabajo era, a no dudarlo, la extrema simpatía, acaso, con más propiedad podría decirse, la pasión que despertaron en su espíritu la accidentada vida, la juiciosa locura y la enternecedora muerte de don Quijote.
En la existencia de don Juan Montalvo adquieren apacibles relieves los más nobles sentimientos humanos, siempre, eso sí, que la injusticia y la tiranía no hagan su aparición sobre la tierra. Los mismos sentimientos que en don Quijote sobresalen y son la causa primordial de su locura heroica, ¡tan voluntariosamente interpretada!
El espíritu cordial de don Quijote se hermana, legítima e íntimamente, con el espíritu indómito y lustral del Cosmopolita.
Montalvo hizo del Quijote su escuela asidua. Lo supo casi de memoria desde temprano. No necesitó releerlo para nutrirse de él en su soledad sin libros. Lo llevó al destierro, no consigo, en sí. ¿Quién mejor que Cervantes para consejero de su adversidad? Pero más que cervantista fue quijotista. La congenial simpatía le reveló el secreto viviente, el encanto humano de la grandeza y miseria de don Quijote: así pudo resucitarlo en cuerpo y alma sin profanación. Antes que imitación o reproducción mecánica de la obra maestra, la suya es como si dijéramos natural desenvolvimiento y continuación de la vida infusa en el original y captada aquí con el amor lúcido de quien se sintió poseído por la evocación inmortal.
El espíritu errante del Quijote traspuso las montañas de los Andes. Llegó hasta el eglógico retiro de Montalvo. Estremeció su corazón de niño. Le acompañó en la pesadumbre del exilio. Templó su voluntad y le infundió optimismo para las luchas sin tregua contra la esclavitud y la injusticia; pero a la vez le donó el más limpio ejemplo de perseverancia en la persecución del ideal y en la conquista del bien. Y le otorgó también la dádiva de su inconmensurable amor a la humanidad.
Agudo observador de los humanos sentimientos y del horizonte espiritual de su época, Cervantes pudo, en un afortunado instante de la inteligencia, crear un personaje que encarnara la síntesis de todo ser que fuera la concreción del hombre de todas las latitudes; que, desde el poco envidiable plano de gonfalonero de la justicia, incansablemente se dedicara a «enderezar tuertos y desfacer agravios». Ésta es una de las particularidades que ha hecho de don Quijote una especie de símbolo de la justicia, y que su figura excelsa pase sobre el vaivén de los siglos en perenne función de actualidad. De ahí que su solo nombre represente —concebido a través de mil y un dislates— la viviente inquietud de todo ser pensante, en cariñoso afán de superación y en exultante fortalecimiento de la voluntad. Por eso tiene un sentido de elevación y de crecimiento enaltecedor la sacrificada pero enhiesta personalidad de don Quijote. Por eso, también, con espontaneidad a la vez que con ahínco, existe en los hombres el deseo de encontrar la razón en los laberintos de la sinrazón, en tantas ideas y hechos desemejantes y, en veces, antagónicos. Así, de ese flujo y reflujo de pensamientos contrapuestos, de ese maremágnum de sentimientos encontrados, lo mismo surgen los propósitos altruistas que las más vituperables intenciones. De ahí, tal vez, que hablemos, con tanta lógica como insensatez, de la locura del hidalgo de la Mancha. Porque locura es, sobre todo en estos tiempos, la búsqueda de la justicia sobre la Tierra, reacia al florecimiento del bien.
Todo ser humano, alguna vez, siente correr por las vértebras de su espíritu un soplo de anhelos generosos, cuando no un aluvión de reivindicaciones. Y es en esos instantes cuando quisiera que la tierra cobrara otra fisonomía, un tanto encuadrada en los límites de la utópica geografía de la felicidad. El hombre ama la felicidad, la persigue con extremada obstinación, y con el fin de alcanzarla, no vacila en tentar las más absurdas empresas. Por encontrarla, no sobrepesa obstáculos, ni recepta, con aguzado oído, las voces augurales del instinto. Nada ni nadie es capaz de frenar su impulsiva carrera hacia la cima de las esperanzas.
Del perecedero barro que envuelve la estructura psíquica del hombre estuvo conformado don Quijote. «Don Quijote fue un personaje de carne y hueso, más todavía una persona de espíritu y ensueño, trashumante o dormitante en cada español del Siglo de Oro...»
Aquel don Quijote endeble, pero ágil y audaz para la acción reparadora, tiene presencia real y permanente en los caminos del mundo y en la eternidad de los tiempos. Don Quijote ha llegado a constituir la encarnación del ideal, el crisol de la justicia. Y, si en un día cualquiera vino a perder el juicio, por nuestro bien lo perdió; para dejarnos eterno ejemplo de generosidad espiritual. Con juicio ¿hubiera sido tan heroico? Hizo en aras de su pueblo el más grande sacrificio: el de su juicio. Llenósele la fantasía de hermosos desatinos y creyó ser verdad lo que es sólo hermosura. Y lo creyó con fe viva, con fe engendradora de obras, que acordó poner en hecho lo que su desatino le mostraba, y en puro creerlo hízolo verdad.
Acaso con el poco meditado intento de restarle el hondo contenido humano que encierra la obra de Cervantes, con alguna frecuencia se ha repetido que su objetivo primordial se encamina a combatir la lectura de los libros de caballerías; pero debemos recordar que «cuando Cervantes escribió su poema, no había ya nadie, ni aun en España, que desease la resurrección de la caballería andante». La categoría intelectual de Cervantes y su criterio bien afianzado en la realidad de su tiempo jamás podían fijarle, como meta o aspiración exclusiva de su obra, tan insignificante y, además, inútil finalidad. Si la preponderancia de tantos héroes legendarios había pasado ya de moda, o estaba por lo menos en la bruma de su definitivo eclipse, poco admisible nos parece suponer que su genio pretendiera, en un baldío empeño, declararles guerra a muerte a Florisel, a Galaor, a Esplandián y a tantos protagonistas de fabulosas hazañas, cuyas glorias quizás a nadie interesaban, a los cuatrocientos y más años de su apogeo. Al contrario, el simple hecho de que fuera su pluma extraordinaria la que abordara semejante tema, habría servido más bien para lograr su resurgimiento. «Miopes son quienes no alcanzan a ver entre líneas su sonrisa irónica al tratar él mismo de empequeñecer el alcance de su creación admirable».
De las palabras pronunciadas por el Canónigo en el capítulo XLVIII del Quijote, un autor contemporáneo deduce, en un amplio y erudito ensayo, que Cervantes concibió como proyecto inicial la composición de un libro de caballería; pero que, después de escribir más de cien páginas, no llegó a terminarlo, porque emprendió ya el trabajo de narrar la vida y aventuras del hidalgo de la Mancha. Así, pues, de tan prolijo estudio se desprende que «el libro que Cervantes hizo» no es el que se propuso hacer en un comienzo.
En la definitiva novela de Cervantes, Don Quijote es un hombre que piensa, habla y obra como lo haría un caballero andante de fines del siglo xii en todo lo que se refiere a la caballería andante, y que piensa, habla y obra en todo lo demás como un hidalgo bien intencionado y de buen entendimiento de su propio tiempo.
Observado así el advenimiento del Quijote, no puede menos de advertirse la evidencia de un anacronismo: don Alonso Quijano el Bueno, tornado caballero andante, vaciado en los moldes del siglo xii, actúa en los inicios del siglo xvii, en un medio social absolutamente diverso de aquel en que perpetraban sus hazañas tan desorbitados personajes. Inevitablemente, aquel anacronismo tenía que originar los contornos cómicos del aguerrido manchego, por más que en su interior se agitara un espíritu bañado en sangre de tragedia y heroísmo.
Claro que para amenguar tamaña anomalía don Quijote tenía que adolecer de un acentuado desequilibrio mental. Pero éste no es tan claro y convincente como para que el calificativo de «loco» le fuera inequívoca y unánimemente adjudicado. Pues el propio autor lo sabía de sobra, por eso puso en boca de otro importante personaje de la obra, el Cura, esta certera observación: «fuera de las simplicidades que este buen hidalgo dice tocantes a su locura, si le tratan de otras cosas discurre con bonísimas razones, y muestra tener un entendimiento claro y apacible en todo».
Iguales o parecidas apreciaciones surgen de labios del Caballero del Verde Gabán y de los de su hijo, en estas concluyentes y antitéticas palabras: «loco cuerdo y cuerdo loco», «entreverado loco lleno de lúcidos intervalos». «Mezcla de cordura y de locura», diría más tarde un crítico extranjero.
Acaso de esta enajenación circunstancial, impuesta a don Quijote por su creador, queda en cierto modo inferirse que el primitivo proyecto de Cervantes se encaminaba a realizar un libro de caballería; pero que luego modificó, o más bien dicho transformó su propósito. Subsistía el héroe, un caballero andante de la Edad Media, pero encuadrado en la fría realidad del Siglo de Oro. Se mantenía la presencia de un personaje sustraído a los fantásticos castillos de bien lejanos tiempos. Pero el supremo acierto del Quijote estriba en que por medio de un hábil y fecundo anacronismo Cervantes quiso poner de presente las injusticias y errores de su época haciendo vivir y agitarse en sus propios días y en tierras de España a un ente singular que vivía imaginativa y realmente cuatro siglos antes, en el mundo moral de la Edad Media. Si don Quijote hubiera sido creado para figurar en la Edad Media, como parece habérselo propuesto Cervantes primeramente, habría salido una novela histórica del tipo de Amadís de Gaula o de otras de aquella época...
Es también harto notorio que la profesión de caballero andante ejercida por don Quijote no difiere en mucho de la estrictamente desempeñada por el más célebre de ellos, el galante adorador de la princesa Oriana, y por tantos héroes de la fecunda época de la andante caballería; solamente que al hidalgo de la Mancha lo contemplamos más humanizado. No deja de observarlo así, con su habitual penetración, don Marcelino Menéndez y Pelayo, cuando dice: «En don Quijote revive Amadís; pero destruyéndose a sí mismo en lo que tiene de convencional, afirmándose en lo que tiene de eterno».
¿Pero existió, en verdad, don Alonso Quijano el Bueno? ¿En realidad, cruzó por los extensos campos de la Mancha la desfigurada figura del más animoso caballero andante? ¡Tantas suposiciones se han hilvanado acerca de la presencia real, de la humana permanencia de don Quijote sobre el mundo!
Se ha creído que fue una invención exclusiva de Cervantes. Se ha dicho que éste quiso representar en el esmirriado caballero a diferentes personajes de su tiempo. Se ha recordado, también, que cuando Cervantes estuvo en Argamasilla de Alba —un pequeño poblado de la Mancha— en la que sufriera una injusta prisión —en Cervantes hay que suponer injustos todos los vejámenes— conoció en alma y cuerpo a don Alonso Quijano y concibió el proyecto de hacerlo protagonista de un libro imaginado quizás en ese momento. Cierto que la extravagancia de aquel pequeño gran señor de aldea pudo haberle inspirado la composición de la célebre novela. Asimismo se ha llegado a suponer que por causas de aquel desagradable incidente —el de la detención en la cárcel de Argamasilla— surgió la frase inicial de la obra, tan repetida por infinitos labios: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...»
¿Por qué eligió Cervantes las vastas llanuras y los parajes de la Mancha para escenarios de las aventuras del Quijote? ¿Acaso por haber nacido allí tan singular personaje; porque convenía a sus finalidades de escritor la simplicidad del alma campesina, o porque en las ciudades la Santa Hermandad no le dejaría libertad para sus hazañas, y lo recluiría perpetuamente en una cárcel o en un manicomio? Probablemente esta última consideración pueda ser la más aceptable y valedera, aparte de la tradicional costumbre de los caballeros andantes de ejercer su ministerio en el abandono de los campos.
Cerca de cumplirse el tercer centenario de la aparición del Quijote, un eminente escritor español realizó un recorrido, seguramente el más completo, por todos los senderos que santificó con su apostólica peregrinación la desgarbada silueta del hidalgo manchego. Viaje tan lleno de cariñosa devoción le llevó a reconocer las ruinas y a identificar la subsistencia de algunos de los lugares descritos en el libro de Cervantes.
Hunde Azorín su pensamiento en el pretérito y, lentamente, va contemplando, más que con sus propios y mortales ojos, con la mirada escrutadora y reverente del espíritu, las huellas del pasado. Por eso, fija sus impresiones con nervioso movimiento en las cuartillas vírgenes, para decirnos: «...por esta misma parte por donde yo acabo de partir de la villa, hacía sus salidas el Caballero de la Triste Figura; su casa —hoy extensa bodega— lindaba con la huerta; una amena y sombría arboleda entoldaba gratamente el camino; cantaban en ella los pájaros; unas urracas ligeras y elegantes saltarían —como ahora— de rama en rama y desplegarían a trasluz sus alas de nítrido blanco e intenso negro. Y el buen caballero, tal vez cansado de leer y releer en su estancia, iría caminando lentamente, bajo las frondas, con un libro en la mano, perdido en sus quimeras, ensimismado en sus ensueños...»
Allí estaba, también, localizada en un pueblo de romántica apariencia, la casa que habitó Aldonza Lorenzo o Aldonza Zarco de Morales, como la nombra Azorín, tornada en mítica deidad y rebautizada con el almibarado nombre de Dulcinea del Toboso, por la fecunda fantasía del andariego don Quijote. Y allí estaban todavía, en su pátina de siglos, los molinos de viento. Y la venta de Puerto Lápice. Y la cueva de Montesinos. En fin, varios de los hitos perdurables en el accidentado camino que recorrió la endeble pero erguida humanidad de don Quijote.
Existe, estereotipada en la conciencia de los habitantes de Argamasilla de Alba, la certidumbre de que Don Alonso Quijano el Bueno vio la primera luz en esa aldea, y de que no pudo ser otro que don Rodrigo Pacheco, cuya imagen, trasladada al lienzo por algún anónimo pintor de su época, medio borrosa, pero ungida por la mano del misterio, se conserva en la iglesia del lugar. ¡Quién pudiera esclarecer aquel enigma! Pronunciar la definitiva palabra. ¡Y revelar la prístina, la absoluta verdad! Pero hay una nube de siglos sobre el mundo. ¡Y sólo un reflejo de espirituales distancias alumbra permanentemente los desolados campos de la Mancha!
Otras de las suposiciones bastante extendidas es la de que Cervantes con su libro quiso menoscabar el prestigio de España. Quizás se ha querido interpretar malintencionadamente ciertas frases y alusiones, como un pobre desahogo de resentimiento o enconos personales, tan ajenos al espíritu sutil y terso de ese autor. La creación de Cervantes no entraña solamente el nacimiento de una novela fantástica. Con bastante certeza se ha dicho que el Quijote refleja el panorama español de una época histórica. Claro que Cervantes, escritor de suma sensibilidad, observador perspicaz, a la vez que víctima de innumerables injusticias, tenía que pintar cuadros verídicos y trasladar a las páginas de su libro escenas de insospechabe autenticidad; pero ello no implica desamor, menos afán de escarnecer a la propia tierra. En todo libro que roce, así sea levemente, la urdimbre sociológica de un pueblo, han de observarse expuestos, nítida o veladamente, reparos o censuras a instituciones, leyes o costumbres merecedoras de enmienda. De esto a una pretendida intención de irrogar injurias o de lanzar denuestos contra la propia patria hay efectivamente una inalcanzable distancia. «Pintar una época determinada o reflejar el espíritu de ella, es una de las condiciones de la más alta poesía, cualquiera que sea su género». «Con alguna sutileza, lo que se puede observar a través de la obra de Cervantes es una especie de lucha existente entre don Quijote y la sociedad de su tiempo». Esta beligerancia, justamente, es una resultante obligada del anacronismo anotado por José Ignacio Escobar y del que nos hemos ocupado más arriba.
En don Quijote rebasa los límites de su apasionado corazón el afán de ser útil a la justicia. Pero la justicia ha sido y será siempre una cosa de circunstancias, una especie de favor convencional, un productivo e inexhausto filón, y los encargados de ejercerla unos individuos de carne y hueso, por lo mismo, susceptibles del pecado de no administrarla brillantemente, sino con hórrida tardanza y, en ocasiones, sin acierto. Claro que han existido, como existen y, por suerte, existirán siempre, jueces probos, rectilíneos, intachables; pero seguramente en número muy limitado. Alto, muy alto, es el concepto que a don Quijote le merece la sagrada misión de velar por la justicia. Tal convencimiento le hace pronunciar estas palabras, en relación con su investidura de caballero andante: «...somos ministros de Dios en la tierra, y brazos por quienes se ejercita en ella su justicia». Esta observación de suponerse representante de la justicia divina le hace olvidar, o cuando menos dejar en plano de poca importancia a la dama de sus pensamientos, aunque antes de librar descomunales batallas con gigantes y malandrines, suele poner bajo su amparo el éxito de la inminente acción. En cambio, su lealtad a la justicia está como clavada, inconmovible, en su pensamiento. Esta santa locura de ser justo lo ha acompañado a la posteridad como su más excelso blasón. ¡El mundo requiere tanto de la justicia! Cada día en más reales aplicaciones; y en relación inmediata con la delincuencia que ya casi predomina en él. Pequeñita quedaría en los años que corren la desconsolada queja de Sancho, consignada en estas veraces palabras: «...las cosas que han de suceder en este valle de lágrimas, este mal mundo que tenemos, donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería».
El fondo humano del Quijote, que tanto de alegre y doloroso contiene, adquiere un matiz excepcional con las afortunadas intervenciones de Sancho, el irreemplazable escudero. El menudo hilván de refranes de que hace gala en toda oportunidad no es otra cosa que una exaltación de la sabiduría popular. No es muy aventurado suponer que Cervantes recogió tanto proverbio de las mismas fuentes de origen: merced a su constante trato con la soldadesca, al rozamiento con toda clase de gentes y, acaso, al forzoso contacto con empedernidos visitantes de cárceles, que le facilitó el infortunio. Sabía don Miguel que «no hay refrán que no sea verdadero». Por eso depositó esta misma frase en labios de don Quijote, aunque también le impuso una reconvención a Sancho, por el uso y abuso de los refranes, observándole que algunos «más parecen disparates que sentencias...». Con reducidas excepciones los hombres de legítima cepa española han tenido en todo tiempo una singular disposición y una como insustituible amenidad para referir anécdotas e intercalar en las conversaciones refranes y apotegmas, así no sean de la mejor factura. Por ellos corre la savia de la experiencia, no desprovista de una elemental filosofía. «Dese hoy el valor que se quiera a los refranes, es lo cierto que su significación en Cervantes ha de percibirse históricamente y a la luz de las características generales de su pensamiento, ya bastante claras para nosotros. Los proverbios no aparecen aquí amontonados como en los refraneros, ni artificiosamente engarzados como en La Dorotea, de Lope de Vega, sino que surgen como emanación espontánea del espíritu de Sancho. Frente a este tema, don Quijote se hará portavoz de la crítica: «¿Dónde los hallas, ignorante, o cómo los aplicas, mentecato, que para decir yo uno y aplicarle bien, sudo y trabajo como si cavase?».
Sancho Panza tendría muy poco significativa presencia en el Quijote, si no llevara consigo, almacenada en la memoria, tan grande y bien lograda cosecha de refranes.
No era invariablemente regocijada la participación del escudero en la carrera de aventuras que persiguiera su señor. Él también solía sumirse en sosegadas meditaciones. Por eso, cuando don Quijote, admitiendo el encantamiento de Dulcinea, lamentara el suceso con estas acongojadas expresiones: «...ya veo que la fortuna, de mi mal no harta, tiene tomados los caminos todos por donde pueda venir algún contento a esta ánima mezquina que tengo en las carnes», entre otras circunspectas reflexiones, le endilga esta insólita respuesta: «Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias...».
Pero hay algo más elevado, más sublime en la creación maravillosa de Cervantes. No es extraño advertir en las cautivantes páginas del Quijote que, de las mismas llagas sangrantes que lo hacen doloroso, se desprenden claridades de mediodía y fulgores de luna entera, que iluminan no solamente las superficies vastas y tranquilas de la conciencia universal, sino también las breñas de los precipicios y las entrañas de los ríos abismales y sórdidos que en su interior serpentean. Mana de ese libro máximo un gran poder receptivo de todas las armonías cósmicas y de todos los ecos infinitos, que únicamente es posible recogerlos, con absoluta nitidez, en los ámbitos magnos del silencio. Cruza también por esa nueva biblia de los hombres el galope piafante de la vida y las trenzadas e inconsútiles espirales de las fugas eternas. Algo imposible de definir con imágenes, signos o palabras. Algo que, concisamente, todos los humanos hemos incidido en llamar el Ideal.
Pero el Ideal no ahuyenta la oscuridad de los espíritus mezquinos. No llega hasta el pensamiento de los hombres cuando éstos persiguen sólo la satisfacción de perecederos y menguados egoísmos. Ni fructifica en la conciencia estéril de quienes llevan sus plantas por las encrucijadas de la perfidia, de la ingratitud, del crimen.
El Ideal vive y perdura —sobre pirámide de siglos— en la mansedumbre, en el desprendimiento y en el amor del Nazareno. En la vida grande y abnegada, en el fervor libertario, en el heroísmo, «heroísmo en el sacrificio que es la santidad de lo heroico», de Bolívar. En la humana solidaridad y en la sacra locura justiciera de don Quijote de la Mancha. El Ideal se hospeda únicamente en los espíritus de gigantescas dimensiones. En Jesucristo, Bolívar, don Quijote, «los tres grandes majaderos de la humanidad» que dijera el segundo, en un instante de intensa pesadumbre y de amarga comprobación de la miseria de los hombres. Les hizo el don de la libertad; pero no aprendieron lealmente a amarla ni a practicarla sin ruines ambiciones. Pero el ideal se mantiene glorioso, inmarcesible. Es eterno.
Casi todas las aventuras de don Quijote dejan en el alma del lector un sedimento de tristeza. Es que, para leerlas, no hay que dejar abiertas las espitas de la carcajada inconsciente. Menester es recapacitar en las finalidades altruistas del buen hidalgo manchego. Cierto que los embates de la realidad dan al traste con su bien equipada caravana de ensueños; pero el espíritu, ese bien equilibrado espíritu del héroe, no se amilana ni se desconcierta. De las magulladuras que le produce la inopia mental de los beneficiarios de su martirio, retoñan nuevos bríos para futuras acciones, más difíciles quizás, pero encaminadas todas a la consecución de encumbrados ideales. Allí reside, justamente, la fortaleza espiritual del Quijote. De su pobre cuerpo maltrecho, de sus heridas que manan sangre redentora, se desprenden, asimismo, hilillos de luz pura, de cárdena luz invisible a las pupilas hartas de contemplar solamente la magnitud de lo grotesco.
Pero vibrando están sobre el humano desorden de la risa tus palabras cariciosas, las voces de tu espíritu, la armonía del Ideal en tu lenguaje eterno. ¡El Ideal! La pureza del Ideal que te obcecaba, ¡oh, loco insigne!, pone diamantes de abnegación en tu sendero tormentoso. ¡Loco sin paralelo!, sublime loco razonador, escucha cómo los que aún conservan la razón que perdiste, de ti se ríen, de ti se burlan al ver cómo pagas con dolor de tu cuerpo y daño de tu bolsa lo que osó tu alma, nido de quimeras: porque los cuerdos, locos, no tienen piedad, los cuerdos no saben compadecer y han olvidado, mucho antes que tú entrases por los caminos de la locura, las sendas de la misericordia.