Por José Enrique Varona*
Señoras y señores: Entre los diversos sentimientos que dan tono a nuestro ánimo, pocos son tan poderosos, ni tan capaces de inflamar la fantasía y mover la voluntad, como la admiración. Cuando lo bello o lo grandioso ocupan nuestra vista y nos subyugan, hay luego como una interna reacción de nuestras fuerzas que dilata nuestro espíritu, lo saca de su nivel y parece elevarlo a la altura del objeto contemplado. Y como en el hombre no hay sensación, ni imagen ni afecto, que de una u otra suerte no se convierta en acción, o en tendencia al menos para la acción, la necesidad de imitar, de realizar, por decirlo así, la semejanza, adquiere en estos casos una incontrastable energía, que la convierte en un instrumento feliz de educación personal y de progreso. Tratamos de apropiarnos, de poseer aquella hermosura; queremos dar a nuestras almas el temple de aquella grandeza. Ved aquí explicados el prepotente influjo de los hombres superiores sobre sus coetáneos y la marca indeleble que dejan en la Humanidad los que pisan las cumbres radiosas del heroísmo o del genio. Por eso ninguna religión ha unido más durablemente a los humanos que el fervoroso amor, el culto, pudiéramos decir, de los grandes hombres. Todavía hoy, después de tan larga sucesión de siglos, tratamos de penetrar, movidos de respeto, las espesas tinieblas que rodean la vida de Homero, y nos detenemos sobrecogidos ante el impávido estoicismo de Marco Bruto. Donde quiera, en cualquier época que un hombre ha poseído en grado excelso alguna de las cualidades que ennoblecen nuestra especie, allí ha ido a buscarlo la posteridad para saludarlo como precursor y aclamarlo como ejemplo.
El estudio de esas vidas ilustres, la apreciación de los hechos y las obras de esos hombres insignes, ha sido labor predilecta para la curiosidad humana, que ha querido descubrir el móvil primero, el poderoso resorte que los impulsó durante toda su carrera para remontarse y sobresalir, su carácter, en fin, producto a la vez de todas las fuerzas de su espíritu, exponente de todas sus actividades, lazo de unión de sus actos, expresión objetiva de su personalidad, por donde se distinguen y separan de la uniforme e incolora muchedumbre de sus semejantes. Estudiar una vida de hombre no es otra cosa que poner en claro un carácter. Pero aun la más oscura, insignificante y monótona sería un indeterminado problema, una sucesión inconexa de escenas sin sentido apreciable, si a la par del hombre y de sus hechos no consideráramos atentamente su sociedad habitual, sus ocupaciones más frecuentes, los grandes y pequeños sucesos de que es testigo o en que es actor; en una palabra: el medio que se desenvuelve, que lo conforma y lo solicita a la acción. Y el estudio de estos factores, por su misma complejidad, es siempre difícil y laborioso, ¿qué será cuando se trate de uno de esos individuos tan ricamente dotados que logran reflejar en su clara y vasta inteligencia la inextricable trama de la vida humana, cuyos hilos más tenues siguen y conocen, como si asistieran al invisible telar en que se anudan; tan exquisitamente sensibles que en su corazón se repercuten así las grandes como las pequeñas alegrías, las breves penas y los tremendos dolores de la Humanidad, a semejanza de esas cuerdas simpáticas prestas a vibrar con todos los sonidos; tan poderosamente expresivos, que tienen un acento, una imagen, una fórmula, para cada pasión, para cada aspecto de la vida, para cada problema de la sociedad; y después de reconcentrar en sí todas las palpitaciones, todas las ideas, los sueños todos y las aspiraciones de un país o de una época, saben fijarlos en formas imperecederas, para devolverlos a la Humanidad que se los inspiró, como su imagen embellecida y perfecta? Los datos primordiales de la naturaleza humana se combinan entonces por modo tan vario con los resultados de las circunstancias históricas, que todas las luces de la erudición y toda la sagacidad de la crítica apenas son suficientes para permitirnos trazar un bosquejo que no resulta luego caprichoso engendro de la fantasía. Hay que reconstituir los tiempos y la sociedad en que floreció el personaje, para colocarlo en su medio natural, contemplarlo a su verdadera luz, y poderlo apreciar en su genuino valor y en toda su significación. Considerad ahora si estas dificultades no son mayores para mí, que no puedo contar con auxilios tan eficaces, y que he de acometer, sin embargo, tamaña empresa, por deferir a los deseos de las distinguidas personas que dirigen esta Sociedad, estrechado además por la forma y los límites de una peroración; y disponeos, os ruego, a escucharme con benevolencia.
El Liceo consagra esta noche a conmemorar el aniversario de la muerte de Cervantes: el objeto de mi discurso ha de ser, por tanto, estudiar a este egregio escritor en relación en el estado político y social de su país en su tiempo, para tratar de descubrir en sus hechos y obras su carácter, y seguir el desarrollo y asistir al florecimiento pleno de su poderosa inteligencia. Si estuvieran mis facultades al nivel de mi asunto, podría con certeza presumir que despertaría vuestro interés y cautivaría vuestra atención, haciéndoos ver el feliz concierto que reina entre la obra y la vida que vamos a examinar, y por el cual, si interesantes son las producciones del artista, no lo son menos las acciones del hombre, hasta el punto de encontrarnos con un héroe donde sólo esperábamos admirar un genio.
Nació Cervantes en el punto en que padecía culminar la edad heroica de España, al mediar el siglo xvi, cuando el césar Carlos V no daba aún señales de fatiga y el rumor de sus armas y el resplandor de su gloria llenaban el mundo. El cuadro que se presentó a sus ojos en los albores de su juventud, en la edad hermosa de la admiración fácil y del entusiasmo fervoroso y activo, era capaz de producir completo deslumbramiento en las vistas más expertas. Todo en torno suyo se ostentaba lleno de vida y lozanía. Los reinos, agrupados bajo el cetro del segundo Felipe, emulaban en las varias esferas de la actividad social, cada uno según su situación, población y costumbres, contribuyendo todos a la prosperidad interior de España. Del noroeste, al Mediodía, siguiendo el litoral en toda su extensión, y penetrando luego hasta el centro mismo del país, si variaban las producciones, no decaía el asiduo trabajo del hombre para arrancar a la tierra sus productos más preciados: la fruta del país cantábrico y los cereales de ambas Castillas eran tan famosos como las maravillas de la huerta de Valencia y de la vega de Granada, donde florecían en deleitoso consorcio plantas de todos los climas, y donde el cultivo, estrecho ya en la profundidad de los valles, se subía osadamente hasta las mismas cumbres de las Alpujarras. Extremadura sustentaba innúmeros ganados, y Asturias, Navarra y la región vascuence estaban asimismo cubiertas de pastos y rebaños. Diversas y ricas industrias aumentaban el crédito de la nación. Los tafiletes de Córdoba, los paños de Segovia, los damascos de Talavera, los tisúes de Toledo, las sedas y brocados de Sevilla, no tenían par en Europa; el comercio entre los distintos reinos y con el extranjero estaba en su apogeo; cuando se hablaba de las ferias de Medina del Campo, no se contaba sino por millares de millones; Barcelona daba la ley comercial hasta los más remotos mercados de las escalas de Levante; pero sobre todas se elevaba Sevilla, convertida, sin hipérbole, en emporio del comercio del mundo, de quien eran tributarios lo mismo Flandes que Italia, y a donde afluían los tesoros de las Indias orientales y las riquezas inagotables de ambas Américas.
Si tan grande era la prosperidad, no menor era el poderío. Los dominios del rey de España se dilataban por toda la tierra: hombres de las más diversas razas, de las más extrañas lenguas, obedecían su cetro; en Europa era señor de la más bella parte de Italia y de los industriosos y opulentos Países Bajos; en el centro mismo del Occidente, como atalaya entre Francia y Alemania, poseía el Franco Condado; un ejército aguerrido, una armada formidable, grandes generales de mar y tierra y diplomáticos sagaces en todas las Cortes, aseguraban su preponderancia en los asuntos del mundo. La nación española se miraba en la cúspide de la grandeza, y estaba como poseída del vértigo de las alturas. Desde el monarca, el frío y receloso Felipe, hasta el oscuro aventurero sin otro patrimonio que su espada, todos tenían una fe inquebrantable en el poder y la fortuna de España, y creían ilimitados sus recursos, posibles todas las empresas, asequibles hasta los sueños más fantásticos. Lo real y lo imaginario se mezclaban en su ánimo en proporciones iguales, produciendo a sus ojos los más extraños y brillantes espejismos.
Esta fue la atmósfera moral que respiró en su juventud Cervantes. Impetuoso, ardiente, ávido de conocer el mundo, de enriquecer su inteligencia y de ejercitar su actividad, un inmenso horizonte se le presentaba delante, ofreciendo a su mente doradas perspectivas, perdidas aún en las lejanías de lo futuro, pero entrevistas y gozadas ya en las promesas de su rica imaginación. Gustaba de las letras, alimento de los espíritus elevados y movidos de sana curiosidad, y las veía florecer en su patria con inusitada lozanía. La prosa castellana adquiría en la pluma de los Mendoza, los Granada y los León, los caracteres de amplitud, grandilocuencia y majestad que constituyen su principal ornato; la poesía se transformaba siguiendo las huellas de Boscán y Gracilaso, participando de la abundancia y la armonía de los metros toscanos; el estudio de las lenguas y de las humanidades, de las ciencias y la filosofía, era tenido en grande estima y aseguraba renombre e importancia social; las Universidades apenas podían contener la muchedumbre de estudiantes que frecuentaban las aulas, y había que fundar estudios para españoles en los principales centros universitarios del extranjero; su misma ciudad natal, la célebre Compluto, disputaba a Salamanca el primado de la vida intelectual, y en las aulas de sus colegios famosos más de once mil jóvenes se preparaban gallardamente a conquistar renombre y honores, sometiéndose durante largos años a la severa disciplina de los estudios. Cervantes no se contó en su número: los recursos de sus padres eran demasiado exiguos; pero participó de su entusiasmo, tuvo que suplir con su aplicación y esfuerzos los medios que le negaba la fortuna, y hasta para cultivar su inteligencia hubo de separarse de la generalidad de sus compañeros y probar los amargos dejos del aislamiento. Pero ¿qué importaban, en esa hora temprana, al mancebo anheloso de gustar a toda costa el fruto soñado como exquisito? Cervantes quiso estudiar, y estudió como pudo.
Por otra parte, su condición de noble le imponía como obligación patriótica el servicio de las armas, y su impetuosidad natural se lo hacía apetecible. No había entonces lugar de la tierra en que no contendiese España para asegurar su dominación o por extenderla, y navegantes osados acababan de franquearle el dominio del mar. De las más remotas partes del globo llegaba a los oídos de los españoles un rumor incesante de armas, y andaban de boca en boca las narraciones de encuentros y batallas con muchedumbres innumerables, de conquistas de imperios inmensos y de tesoros sin tasa, de hazañas de la fábula realizadas y tangibles. Pisar la tierra firme o las islas del mar océano, desenvainar la espada y ganarse un señorío, como un reino, debía parecer tan fácil de concebir como de realizar a tantos jóvenes hidalgos sin techo, aunque con solar conocido; a tantos segundones, criados en la abundancia y destinados poco menos que a la miseria. Cervantes sintió también los ímpetus que arrastran a la vida activa y la fascinación de los peligros gloriosos. Unir el cultivo de las letras al oficio de la guerra ni era nuevo, ni poco provechoso en aquella edad: así es que su doble vocación no debió embarazar mucho en sus comienzos a Cervantes.
La primera, las aficiones literarias, fueron sin duda las que le llevaron a aceptar una posición que en aquellos tiempos no implicaba desmerecimiento personal, y que aseguraba a los ingenios poco o nada acomodados el vagar necesario a sus estudios. Entró, como familia, en la casa de un dignatario de la iglesia romana, y en su compañía pasó al país de sus ensueños de artista: a Italia. Todavía alumbraban la península los resplandores del Renacimiento; todavía, a pesar de la reacción clerical, el rigorismo de espíritus limitados y del despego de espíritus acomodaticios, más dispuestos a seguir las corrientes del favor de los grandes que los dictados de su conciencia, las hermosas enseñanzas de los Ficino y de los Pico de la Mirándola apasionaban las inteligencias privilegiadas, y la belleza realizada por las manos divinas de un Vinci, un Miguel Ángel o un Rafael daban testimonio inmortal de su excelencia. Cervantes pudo conocer a Giordano Bruno, que ha sido llamado el caballero andante de la filosofía, y pudo oír a Torcuato Tasso, hijo póstumo y excelso de aquel grandioso desposorio del arte antiguo con el espíritu moderno. Esos ilustres representantes de un ideal proscrito le inspiraron uno de los sentimientos más naturales al entusiasmo juvenil: el culto por un pasado glorioso. Su mirada se dilató por nuevos y espléndidos horizontes; oyó hablar de la belleza, del valor, de la virtud, de la felicidad, en un nuevo lenguaje, y se formó ese concepto altísimo del arte que lo disponía para su papel de reformador literario; conoció una nueva interpretación del mundo clásico, vio una sociedad distinta, que también se llamaba su heredera, y pudo establecer fructuosas comparaciones y adquirir esa noción altísima de la vida, que lo preparaba para su papel de censor de costumbres y de filósofo.
La observación tranquila y la especulación le retuvieron algún tiempo en sus doradas redes; pero ni su carácter podía acomodarse a la situación que había aceptado, no las circunstancias eran favorables a retener en la vida contemplativa un mancebo impetuoso, en los primeros hervores de su mocedad. Cervantes no había nacido para cortesano, como lo dice él mismo en ese lenguaje sin afeites con que suele expresar las verdades más amargas; tenía vergüenza y no sabía lisonjear. La atmósfera de un palacio había de parecer demasiado enrarecida a un ánimo noble, enamorado de la sinceridad caballerosa y de la justicia no adulterada por el favor o el interés. Al mismo tiempo, todo era en torno suyo vida y movimiento, no se hablaba sino de heroicos designios, de empresas grandiosas, y toda la Italia resonaba con los aprestos marítimos y el estruendo de las armas. Nuevo y próximo peligro amenazaba a las naciones del litoral mediterráneo, y tras ellas a la cristiandad y su gloriosa civilización. El Islam, vencido tantas veces, había adquirido nuevos ímpetus por la transfusión de una sangre vigorosa: bajo la dirección de los turcos se había afianzado en el extremo oriental de Europa, disputaba palmo a palmo y victoriosamente el norte de África, poblaba de sus atrevidos corsarios lo mismo el Adriático que el Tirreno, amagaba a Malta, se apoderaba de Chipre y amenazaba a un tiempo al imperio, a Italia y España. Hacíase necesario intentar un supremo esfuerzo; los pueblos latinos se preparaban con decisión y entusiasmo, y el rey católico era llamado a dirigir la empresa. Cervantes, atraído por lo glorioso del empeño y por el renombre del caudillo, el célebre don Juan de Austria acude a tomar puesto bajo sus enseñas y concurre a ilustrar —él, humilde y oscuro soldado— la famosa jornada de Lepanto. Postrado estaba por la fiebre en el lecho al rayar el día del temeroso encuentro; mas a los primeros disparos, sordo a toda otra voz que a la de su pundonoroso brío, acude a lo más recio de la pelea, de donde han de retirarlo al cabo mal herido y estropeado para siempre de la mano izquierda.
Parece éste el prólogo de una vida que ha de discurrir entre aplausos ruidosos y ha de llegar a la posesión legítima de los honores y la fortuna; pero no es sino la primera escena de esa interminable serie de catástrofes y desventuras que componen la trama toda de la existencia de este hombre extraordinario. Soñaba, sin duda, desde su pobre jergón, en la carrera gloriosa que su propio valor y sus merecimientos acababan de abrirle, y fue a despertar en una oscura mazmorra de Argel.
La recompensa y los adelantos que esperaba se le trocaron de improviso en la cadena del cautivo y en los horrores de la servidumbre entre los enemigos de su fe y de su patria. Larga y dolorosa fue su esclavitud; pero de la prueba salió de una vez para siempre aquilatada su alma heroica. Fue en Cervantes preparación y aviso de la madurez de su ingenio excelso el florecimiento de las virtudes más altas. Sufrió el dolor, no ya como un estoico que pone orgullo en despreciarlo, sino como quien sabe que es accidente natural en una vida humana y que es más bello convertirlo en motivo de perfección para sí mismo y de enseñanza y ejemplo para los otros; por eso vivió, entre los cristianos que compartían su suerte, como hermano y misionero. No aceptó nunca el yugo, y trató de romperlo en todas ocasiones, ya solo, ya acompañado, sin parar mientes en el peligro, pero queriendo para sí toda la responsabilidad. Cada vez que se descubría alguno de sus planes temerarios, descargaba briosamente a sus cómplices de toda culpa y se presentaba impávido, como el único merecedor de castigo. No olvidó jamás, en situación tan angustiosa, el peligro de su patria, y, cargado de hierros, concibió el proyecto de destruir aquel nido de piratas, liberar en un solo día a todos los cautivos, y salvar de una amenaza permanente la seguridad de España. Si no realizó tan magna empresa, no fue por abandono ni tibieza suya: todo lo tuvo a punto; mas le faltó el socorro que de su gobierno esperaba. Y todavía, en medio de estas luchas, de este anhelar perenne, de tan recios trabajos y con tales riesgos de suplicios y muerte, conservó tan entera posesión de su ánimo, que no descuidó el cultivo de su espíritu; y cuando no podía alentar a sus compañeros con promesas de libertad, los solazaba, al menos, con sus versos, escritos en el idioma nativo, para hablarles de la patria, tan próxima en la realidad y tan lejana para sus impotentes esfuerzos. De este modo, en medio de las fatigas militares como de las faenas del cautiverio, se conservaba fiel a su primera vocación, y continuaba aspirando a brillar en la pléyade luminosa de los ingenios igualmente renombrados entonces por la pluma y por la espada, a ocupar un puesto al lado de los Rufo y los Artieda, los Aldana y los Ercilla.
Cuando por fin, y tras amarguras sin cuento, recobra la libertad y saluda alborozado el suelo patrio, esa es su mayor preocupación. Quería continuar sus servicios como soldado, y escribir, para los que tenían el deber de oírlo y entenderlo, todo lo que su experiencia personal y su previsión patriótica le habían enseñado. Había vivido años enteros en medio de los enemigos naturales del nombre cristiano y del poder español, había podido medir sus fuerzas y a valorar sus proyectos, había sido víctima y testigo de sus atrevidas excursiones, los había visto aprestarse al abrigo de sus puertos bien defendidos, y caer de improviso, como buitres veloces, sobre las costas inermes de Sicilia o Nápoles, de Valencia o Andalucía, sembrar de espanto en campos y ciudades, y volverse ricos de botín y de esclavos hechos en sus propias casas, en los dominios mismos del más poderoso rey de Europa. Sabía además que Trípoli y Túnez, y Argel y Orán, no eran sino los puestos avanzados del Islamismo, la vanguardia de un ejército informe e inmenso que bullía en las fronteras del mundo cristiano, impaciente por salvarlas y lanzarse impetuoso a su conquista. Recordaba el pasado glorioso de su patria, su papel preponderante en la lucha tenaz de las dos civilizaciones, de las dos creencias, y le parecía que aun no había terminado España su gigantesca tarea, que debía aunar todas sus fuerzas para rematar al coloso mahometano, adquirir así de una vez para siempre la supremacía entre las naciones europeas, y realizar espléndidamente el sueño apocalíptico de Campanella. ¡Cuán lejos estaba de sospechar el espectáculo que iba a presentarse a sus ojos entristecidos, y de creer cuán diversos rumbos seguían entonces la intención y los designios de los conductores de la nación! Al frente de ella, un hombre duro, egoísta, receloso, tardó en discurrir y resolver, y poseído al mismo tiempo de la más desapoderada ambición; estadista que se había propuesto gobernar sus pueblos por medio de expedientes; político que intentaba dominar la Europa a fuerza de intrigas. En torno suyo y bajo su mano, instrumentos de fácil uso, no consejeros celosos del bien público, no ministros atentos a la grandeza del Estado. Debajo, pueblos mal avenidos, deslumbrados aún con algunas empresas hazañosas, pero que comenzaban a advertir que las compraban a costa de sus inmunidades y de su libertad. Los tesoros acumulados por la labor y los esfuerzos de los españoles se dilapidaban por servir a odios personales o dinásticos, y el Erario siempre exhausto era una amenaza perenne para la fortuna de los particulares. El valor y la constancia del soldado, adquiridos en guerras tenaces y cruentas contra los enemigos de la cristiandad, servían ahora para hostilizar y oprimir naciones cristianas; y con el pretexto insensato de poner un dique a la Reforma, ya que no de ahogarla, las grandes, las portentosas fuerzas del monarca español se malgastaban en tiranizar cruelísimamente a sus súbditos, y en fomentar la rebelión y la anarquía entre los extraños. Cervantes, todo entregado a su ideal caballeresco, no veía sino el Oriente; Felipe, atento a sus planes de dominación, tenía la vista fija en el norte.
El soldado escritor no tenía medios de hacerse oír por el soberano, aislado e inaccesible; ya una vez lo había intentado, ya había sido en vano. Quiso entonces hablar tan alto que siquiera los ecos de su voz lograsen llegar hasta los muros de palacio, y se dirigió al público. El teatro se le presentaba naturalmente como el medio de más fácil y pronta publicidad, y consagró a la escena toda la abundancia y fervor de su vena movida por el patriotismo. ¡Con qué ardor tan generoso emprendió su singular cruzada! Una y otra vez pone a los ojos de sus compatriotas el peligro cercano, inminente; les describe la vida miserable de los baños y los tormentos del cautiverio; les pinta los riesgos, las seducciones de la vida en contacto íntimo con los enemigos de su fe y de sus costumbres; les habla del poder otomano, de sus empresas, de sus codiciosas esperanzas, de los aliados posibles hasta en el territorio español: siempre la misma nota plañidera o terrible, siempre la misma evocación del os sentimientos que parecían adormecidos en el pecho de los vencedores de Granada y Túnez. Apenas es necesario decir que su voz se perdió entre el tumulto de otras empresas: el patriota fue desatendido, y, si el artista obtuvo días de gloria, fue lo bastante efímera para no hacer más que amargar el resto de su existencia. Aparecía entonces en el oriente de la escena española el sol que más esplendorosamente había de alumbrarla, y venía a disputar su imperio a Cervantes un poeta que parecía nacido, como escritor y como hombre, para ser su constante contradictor, así como era su antítesis perfecta. Me refiero a Lope de Vega.
Pocas veces se habrán metido tan de cerca dos hombres de facultades tan excepcionales. Ambos fueron esencialmente artistas, y miraron, estudiaron y se representaron el mundo con ojos de tales. No hubo aspecto pintoresco, ni forma típica, ni carácter relevante, ni pasión peculiar, ni pugna de afectos o creencias, en aquella multiforme sociedad en que vivieron, que no los impresionara y moviera, que no fecundara su inspiración para hacerla producir más tarde. Para ellos no tuvo secretos la naturaleza humana, que escudriñaron y pusieron de manifiesto en su pequeñez y en su excelsitud, en su deformidad, y en su belleza. Poseyeron una ciencia que han perseguido anhelosamente los sabios, y que se descubre, se revela espontáneamente a los poetas: la de la vida del alma, cuya lenta evolución y súbitas metamorfosis supieron pintar luego con tanto primor, con tanta verdad. Conocieron el secreto de la esfinge eterna, el hombre, y tuvieron en sus manos el maravilloso poder de borrar la sonrisa sarcástica de sus labios y de sacar lágrimas de sus ojos. Pero ¡cuán diferente empleo hicieron de su genio! Aquellos hombres iguales por la inteligencia, diferían del todo por los sentimientos. Lope, espíritu de luz, corazón de cieno, no conoció las pasiones generosas que engrandecen y subliman nuestra especie, sino cuando las creaba artificialmente en el alma de sus personajes; tocó la miseria sin lastimarse, vio de cerca los vicios fastuosos y se puso a su servicio, aduló todas las pasiones de la época, contemporizó con todos los extravíos de sus coetáneos, y quiso y logró encubrir con el esplendor excesivo de una falsa gloria su vida infamada por todas las bajezas. ¡Cervantes vivió lleno de las aspiraciones más sublimes: amaba con fervor el bello ideal que había creado su fantasía, y prefirió todas las torturas del ánimo, el desconocimiento, el desvío, la soledad, el olvido, antes que mancharlo y prostituirlo; lloró sobre todos los vicios que estigmatizaba, no cejó ante ninguna preocupación, no respetó ningún fanatismo, y se vio, al fin, desconocido y casi extraño entre los hombres a fuerza de sentirse tan penetrado de humanidad! Por eso, aunque ambos pintaron magistralmente el mundo que los rodeaba, sus obras han tenido una suerte tan diversa. Lope, indiferente e irónico, trazaba sus cuadros atento al efecto inmediato, sometiéndose a la moda, al capricho del día; por eso conservan sólo un valor histórico. Cervantes, conmovido e indignado, dibujaba sus figuras para inspirar alguna chispa de vida, y para que con los trajes y los gestos y el lenguaje de su época sintieran y obraran como hombres, censurando y enseñando; por eso adquirieron un valor permanente.
Cervantes y Lope se encontraron, se comprendieron y no se amaron. Sobrevino la lucha, pero las fuerzas eran desiguales. El campo del primer encuentro fue la escena; y Lope, aunque inferior, muy inferior en la invención, a pesar de su aparatosa abundancia, superaba a su émulo en el conocimiento práctico del teatro y sus recursos, en facilidad de composición y por su vena inagotable. No se proponía sino divertir y cautivar al público, no traía ninguna tesis que defender y daba a la escena una pieza nueva en veinticuatro horas. Cervantes fue vencido. Era todavía joven, lo bastante para no soportar con calma esta derrota, y tomó la resolución de abandonar las letras y condenarse al silencio. El águila renunciaba al imperio del aire. Pero también se había desceñido la espada, y era necesario vivir. Sin más protección que su mérito —¡tanta era la ingenuidad de su magnánimo corazón!—, ni otras recomendaciones que sus servicios, diose a pretender, y recabó, después de una comisión secundaria para la provisión de las flotas, el cargo de recaudador de alcabalas. Sus señalados servicios, sus ruidosos infortunios, sus virtudes y su talento, no le valieron reunidos lo que el capricho o la intriga pudieran valer al primer advenedizo afortunado. En vez del trato con los hombres doctos y la conversación con los ingenios distinguidos; en vez de las ocupaciones literarias y de la vida del espíritu; en vez del renombre y la influencia, o por lo menos el respeto, recabados con sus obras, iba a ser su empleo cotidiano el litigar con los rústicos y el defenderse de las asechanzas de los avisados, tasar pegujales y embargar cabañas, vivir entre alguaciles y estar expuesto a sus vejámenes, servir al fisco y correr el riesgo de perder en el servicio el reposo y la honra. Comienza entonces esa larga y oscura peregrinación de Cervantes a través de España, que había de ser la dolorosa escuela de que iba a salir tan enriquecida su experiencia, y donde iba a llegar a completa madurez su ingenio. ¡Lastimoso espectáculo, en verdad, el de Cervantes, desconocido y humillado, empeñado en lucha sorda y tenaz contra la miseria y las adversidades, perdido en medio de la multitud afanosa e indiferente, expuesto uno y otro día a desaparecer para siempre, arrastrado por la ola humana, hasta el fondo del abismo inmenso en que van sepultándose incesantemente los hombres y las generaciones estériles y ociosas, que no dejan en pos de sí huella alguna de su paso!
¡Mas era mucha su fortaleza! Siguió impertérrito, viéndolo todo, observándolo todo, y acumulando un tesoro de enseñanzas para su espíritu donde otros hubieran encontrado sólo motivos de postración y envilecimiento. Pudo entonces estudiar verdaderamente el estado social de su patria, y sintió que se vigorizaba su amor hacia ella, porque vio que aun tenía grandes y nobles servicios que prestarle. Con mano firme levantó el manto espléndido de que se revestía aquella brillante sociedad, y pudo contemplar las deformidades que ocultaba. Una voluntad despótica y tenaz había querido sustituirse a todas las voluntades, y convertir la nación en una máquina enorme e inerte sometida a un solo impulso. El resultado había sido que, con todas las experiencias de la salud y la robustez al exterior, el cuerpo social se depauperaba día tras día, los miembros estaban entorpecidos, y un ojo experto hubiera llegado a descubrir en más de un lugar señales de próxima ulceración. El monarca había abatido a la grandeza sin levantar por eso al pueblo, y los magnates iban a consumir en un fausto ocioso sus fortunas, sin provecho alguno para la defensa ni la gobernación del Estado; el alto clero veía crecer y agigantarse en la sombra un poder que aparentaba esgrimir como él las armas espirituales, pero que era sólo un instrumento más en las manos de Felipe para aterrar y anular toda otra potestad que no fuera la suya; la magistratura tenía perdido todo su prestigio por la venta escandalosa de los oficios, y era la fábula del pueblo por su corrupción y venalidad; el espíritu municipal, fundamento firmísimo sobre el que se había labrado la grandeza de la nación, había desaparecido, minado sordamente o ahogado con despótico imperio, dejando en su lugar la enemiga y las rivalidades de pueblo a pueblo, las rencillas y los odios de familia a familia. El estado llano, la gran masa del pueblo, por la diversidad y mezcla de razas, por las preocupaciones nobiliarias y religiosas, por la pobreza que se extendía sin reparos, y la ociosidad, que la acompañaba y la entretenía, estaba en incesante fermentación, inficionándose cada vez más con todos los vicios que arruinan los Estados. Hidalgos, cristianos viejos, judaizantes, moriscos y gitanos, ya separados, ya confundidos, iban dejando en el fondo de aquella sociedad un sedimento en estado de corrupción, las heces y desperdicios de todas las clases, de donde se levantaban miasmas deletéreas que todo lo emponzoñaban; y el poeta caballero veía con espanto cundir el contagio y ganar hasta las familias más recatadas y principales, y a multitud de jóvenes que debían servir a la patria con su brazo o con su ingenio, yendo a aumentar el ejército informe e innumerable de rufianes y matones, de jaiferos y tahúres, que se había alzado con la posesión tranquila de las ciudades más populosas, a ciencia y paciencia de la justicia. Las costumbres, aunque excesivamente rígidas en el trato exterior, eran singularmente licenciosas vistas de cerca: la mujer, tiranizada sin miramientos, se desquitaba pagando en moneda de liviandad y deshonor; y en los hombres el arrojo personal y el desprecio del peligro eran prendas bastantes para dorar las pasiones más desapoderadas y aun los mayores desafueros; una mezcla extraña de cultura e ignorancia, de refinamiento y violencia, puede decirse que daba tono y color a aquella sociedad. La religión se había convertido en un ritualismo sin sentido, que se contentaba con las prácticas externas para no indisponerse con el Santo Oficio, pero que no estorbaba la persistencia de las más grotescas supersticiones; y cuando algún espíritu exaltado o vehemente clamaba por una reforma, todo lo que podía producir era un conjunto de reglas absurdas, propias sólo, o para aniquilar el carácter, o para hacer más insumisa o intratable la soberbia humana, comprimida en lo más íntimo del ser moral por el temor a toda suerte de públicas humillaciones y bajezas. Todo parecía conspirarse para quebrantar y rebajar el espíritu de un pueblo tan prendado de la dignidad personal, tan celoso del honor de la nación. Y, sin embargo, como era peligroso decir la verdad; como toda censura podía convertirse en crimen de Estado; como los más interesados en conocer los hechos o estaban engañados o eran cómplices del engaño, y aun las armas españolas obtenían victorias aparatosas y aun llegaban las flotas de las Indias cargadas de riquezas, y nuevos descubrimientos y nuevas conquistas parecían dilatar los dominios del rey de España, el pueblo, incapaz de discernir los síntomas de la decadencia y ruina entre las muestras de tanta grandeza y prosperidad, continuaba endiosado en la engañosa certidumbre de su incontrastable poderío. En sus concepciones, en sus proyectos, en sus deseos, todo era desproporcionado; sobre una base real de edificaban mil desvariadas quimeras; y de aquí la exageración permanente de todos los sentimientos, aceptada como indicio de grandeza de ánimo; la hinchazón como norma de la sublimidad de las ideas, y la violencia como signo seguro de fuerza.
Ante cuadro tan lastimoso, en vano quería Cervantes contener los impulsos de su corazón patriótico y mandar a su pluma que permaneciese queda. Era necesario que escribiese, pero ya no podía escribir del mismo modo. La indignación, que aguija y enardece los espíritus levantados, ante las miserias y ruindades de la vida humana, se había vaciado en el nuevo molde en que le estrechaban sus infortunios, y por una trasformación tan natural como insensible, al copiar los tipos que encontraba a su paso, al trazar el cuadro mucho más vasto que abarcaba ahora su fantasía fecundada por la observación, al declarar sus terribles censuras, al poner juntos la sátira y el ejemplo, se revelaba por primera vez en toda su fuerza el escritor humorista, que llora y ríe a un tiempo mismo, que se lamenta y ruge, porque toca y aquilata y mide, y en una sola y profunda mirada encierra la realidad mezquina y el ideal bellísimo que pudiera y debiera sustituirla, mientras que para tormento suyo comprende que tan noble aspiración está cautiva en los hierros de una incurable, de una invencible impotencia.
Cargado de años y desventuras, rico de los avisos y enseñanzas de una vida agitadísima, y más que nunca anheloso de revelar sus temores y dar al público sus consejos, vuelve Cervantes a la profesión que creyó abandonar de una vez, y lanza sucesivamente a las prensas las obras inmortales en que había encerrado todo su corazón y su profundo conocimiento del mundo. La primera parte del Quijote, y luego las Novelas ejemplares, el Viaje del Parnaso y las Comedias y entremeses, aparecen proclamando que aun vivía el autor aplaudido de La Galatea y La Numancia, y produciendo los más diversos efectos en el público lector y entre los literatos censores. Cervantes no se contentaba, en esos libros, con ridiculizar y vejar cuanto le parecía digno de censura en las costumbres y en las letras: se presentaba desde luego como un hombre independiente que piensa y escribe sin licencias de academias parciales, ni privilegios de amigos paniaguados; no se autorizaba con nombres famosos, ni trocaba lisonjas falsas por aplausos interesados; a todos decía llanamente lo que le dictaba su pecho, y pretendía que el público lo estimase por su justo precio, sin necesidad de que lo tasasen los críticos al uso. No era menester tanto para ser recibido como enemigo en la nada pacífica república de las letras: conmoviéronse todos los bandos, aunáronse todas las parcialidades, llovieron sobre el temerario autor las burlas, los epigramas, las invectivas, y hasta el rey tonante de aquel olimpo, Lope, se dignó lanzar sus rayos para derribarlo. Los familiares y partidarios de éste se distinguieron sobre todo por su feroz encarnizamiento, y entre ellos se fraguó y de ellos partió el último y quizás más doloroso golpe que había de herir el alma tan lastimada de Cervantes. A pesar de la hostilidad de la gente docta, el Quijote había ganado desde los primeros días rapidísima popularidad, se repetían sus ediciones y se esperaba con ahínco la continuación ofrecida. Sabíase de positivo que Cervantes la estaba escribiendo, quizás ultimando; cuando aparece de súbito una segunda parte del Quijote, escrita por distinto autor, el cual ocultaba su nombre con un seudónimo. A primera vista no parecía tratarse sino de usurpar al autor legítimo las ganancias posibles, como si se encubriera un producto falsificado bajo una etiqueta acreditada; pero en realidad era mucho más infame el propósito. Se tomaban los dos maravillosos tipos creados por Cervantes, la traza general de la obra en que tan naturalmente los había hecho mover, su misma grandiosa concepción, en fin, no ya para deslucirla y deslustrarla, no sólo para bastardear el pensamiento generoso que le había dictado su libro y presentar su espíritu como en grotesca caricatura, sino que se explotaba su misma invención para escribir en contra suya la más sangrienta sátira, colmarlo, sin embozo, de dicterios, y denunciarlo a la saña de cuantos pudieran sentirse fustigados por sus indignadas censuras, haciendo así —¡refinada perversidad!— que sirviera su propia gloria de instrumento para su ignominia. El Quijote del falso Avellaneda no es sólo un mal libro: fue, en toda la extensión del término una villanía.
Profunda fue la herida y terrible el agravio; pero ya los años y las desdichas habían amortiguado en Cervantes la impetuosidad colérica de los primeros tiempos, y la contemplación constante de la miseria social y de la pequeñez humana le habían inspirado una filosofía más resignada, que se aliaba a maravilla con ese fondo de jovialidad irónica peculiar a su carácter. Paró y devolvió el golpe, mas ¡de qué suerte! Publicó su segunda parte, y, como Júpiter al incorporarse para confundir la presunción de Apolo, bastole un paso para dejar detrás, a inconmensurable, a infinita distancia, a su menguado competidor. Recogió sus insultos, y los borró con su menosprecio; midió a los pigmeos que osaban herirle, y los perdonó altiva y desdeñosamente. Disparó contra ellos, como jugando, unas pocas frases jocoserias, y los entregó a la risa del público y al escarnio de la posteridad. En su pecho no había lugar para el aguijón de los odios tenaces; así es como la disposición de su espíritu, en esta última parte de su vida, descubre una vez más su temple superior. Su melancolía profunda, como reconoce causas de imponderable grandeza, no se desdeña de considerar los aspectos festivos o risibles de las mil fruslerías con que se engríen los hombres; y por eso sazona aún con sales discretísimas sus lecciones más severas. Pero ni aun entonces le abandona la fe en sus ideales —producto quizás de su acendrada religiosidad— y, en vez de gemir desesperadamente, se resigna, y escribe sus últimas páginas con un espíritu de asombrosa, inalterable serenidad.
¡Y cuán digno de admiración debe parecernos cuando consideramos que nada había quedado en pie del alcázar glorioso que levantaron sus ilusiones juveniles! Bajaba la cuesta de la vida abrumado con el peso de inmerecidos desengaños, contando sus épocas por sus desventuras; y a donde quiera que volvía la vista no encontraba sino motivos de dolor o de vergüenza. Si el soldado y el poeta veían frustradas sus esperanzas, ¿qué había sido de las del patriota, del reformador? Su nación, su patria, tan próspera, tan grande, ¿a dónde había llegado? ¿A dónde la habían conducido? La tiranía y el fanatismo comenzaban a recoger los frutos de su labor insensata y tenaz. La expulsión de los moriscos había convertido en páramos inhabitados las regiones más feraces de Andalucía y Valencia; los desafueros y usurpaciones de la Inquisición, puesta al servicio de una política exterior constantemente agresiva, habían alejado de los puertos españoles las naves extranjeras, y ya las flotas inglesas habían aprendido el camino de las Indias; la intolerancia de los gobernantes y los vicios del pueblo despoblaban los centros fabriles, provocando una emigración desproporcionada que dejaba la industria agonizante. En lo político, el despotismo receloso y mezquino de Felipe II, lejos de ser un principio de cohesión entre sus diversos pueblos, había sido un fermento de disolución. Holanda, irremisiblemente perdida, ejemplo y tentación para el resto de los Países Bajos; irritadas y descontentas las provincias italianas, enajenada la voluntad de los portugueses, síntoma seguro de la próxima separación; agresiva y revuelta Cataluña, amenazadora Vizcaya, inquieta Andalucía… Todo eran amenazas, todo denunciaba el peligro de un tremendo y espantable desquiciamiento. Y en medio de todo esto el tercer Felipe, que no había heredado siquiera la perseverancia voluntariosa e inflexible de su padre, heredaba sus sueños de dominación universal, legado funesto que se trasmitieron los representantes de esa infausta dinastía para perdición de España, que vio destruida su grandeza por los mismos que debían acrecentarla, sin que ni siquiera la gloria personal de los monarcas envolviera en un resplandor engañoso el abismo a que conducían sus pueblos.
Aunque en otra forma, todos los temores del político patriota habían cobrado cuerpo, se habían realizado. Cervantes lo vio y vio su insignificancia y su impotencia, y habría podido creer que había malgastado su vida, si no hubiera tenido tan clara conciencia de que, en un campo de los muchos que había recorrido había dejado una obra, levantado un monumento, y que el artista y su creación sobrevivirán a todas las catástrofes del tiempo. Contempló entonces por última vez su vida, ya sin secretos para sus ojos escudriñadores, y volvió el rostro para mirar sin espanto que se le acercaban, que lo envolvían ya las sobras del eterno silencio y de la soledad eterna.
Silencio y soledad reinaron en torno a su tumba, que no señaló siquiera la curiosidad de los coetáneos; pero, como lo había previsto y profetizado, no alcanzaron, no podían alcanzar a su obra ni a su nombre. En medio de tan grandes trastornos públicos, en esa sociedad en completa ebullición, al soplo poderoso de las nuevas ideas que iban a conmover el mundo, creció y se vigorizó un genio capaz de contemplar sin vértigos el torbellino estruendoso de las cosas humanas, y de descubrir, a través de la hirviente y multicolora superficie, el fondo innoble y permanente por donde se despeñan y precipitan; y que supo revelar a los hombres, con signos inmortales, la visión luminosa de su espíritu. Por rápidos que hayan sido los rasgos con que os he recordado la vida de Cervantes, bien creo que os hayan permitido seguir el desarrollo de su inteligencia, las distintas fases de su carácter, según nos las revelan sus producciones sucesivas, hasta ver culminar su genio en el libro donde reconcentró, como en un foco de luz inextinguible, cuanto había visto y sentido, el mundo que habían mirado sus ojos y el que había conformado en su mente: el Quijote. Si ahora nos detenemos un punto ante esta concepción gigantesca, quizás nos encontraremos con los datos necesarios para apreciar su extraordinaria complejidad y aquilatar su extraordinario valor.
Los elementos personales que, a sabiendas o no del artista, entran siempre en la composición de toda obra, se nos patentizan sin dificultad. ¡Acordaos de los generosos ardores que movieron el alma juvenil y apasionada del poeta que militaba en Lepanto y conspiraba en Argel, del reformador entusiasta que ponía cátedra en la escena, y quería llevar por otros rumbos los destinos de un pueblo; acordaos del amargo fruto de tan nobles y continuados esfuerzos; acordaos de su continuo anhelar por la belleza y la gloria, y de su continuo caer, postrado por la realidad deforme y mezquina, y veréis cómo anima la típica figura del desaviado y generoso hidalgo de la Mancha una centella del espíritu del andante caballero de Alcalá! Los elementos impersonales, los que había de tomar el autor al medio social que habitaba, no necesitan desentrañarse: están de manifiesto en cada página. En el Quijote se desenvuelve el cuadro fidelísimo de la España contemporánea de Cervantes, presentada con tal colorido y relieve, que sería imposible pedir más al arte de la perspectiva. Pero no es sólo un efecto pictórico el que quiso producir, el que produjo el admirable pintor: oímos discurrir, y nos parece que oímos pensar, y vemos apasionarse a los hombres d aquella edad remota; y merced al arte maravilloso, al poder de reproducción del incomparable artista, asistimos a su vida y participamos de ella. Grande sería ya con esto el elogio del libro; pero no he señalado en realidad sino una mínima parte de su mérito. Mucho es producir una obra que revele y comunique el pensamiento y la emoción propios; mucho más trasladar con signos la vida de un pueblo entero; pero el summum del arte estriba en plantear de alguna suerte el problema humano, e interesar en su resolución a los hombres de todos los tiempos y de todos los países; salir de las estrechas filas de un arte o de una literatura nacionales e ir a ocupar un puesto prominente en el panteón de los genios que pertenecen al arte o a la literatura universales. A tanto ha llegado Cervantes, y fácil es demostrarlo. Conoce maravillosamente su pueblos, y lo pinta; es un hombre de su época, y la estudia; escribe con todo el desembarazo del genio su lengua nativa, prodiga a manos llenas los modismos, no se para en las incorrecciones, y sin embargo hoy como entonces, en inglés, en ruso, como en castellano, su obra inmortal es deleite y enseñanza y pasmo de los hombres todos, por el mero hecho de ser hombres. Y es que debió a la iluminación permanente del genio un conocimiento tan cabal del alma humana, que pudo desmontarla y poner de manifiesto sus más ocultos resortes, con la misma seguridad del artífice que desarma un mecanismo de su propia invención. No busquemos más lejos que en nosotros mismos los originales eternos de sus dos maravillosas figuras; aquí están, en el fondo de toda conciencia, pugnando siempre y siempre unidos, contradiciéndose incesantemente e incesantemente de acuerdo, viendo a la par el doble aspecto de las cosas y engañándose a la par seducidos por el deseo. Los admirables diálogos del caballero y el escudero han resonado con voz más o menos queda en todo corazón, pues siempre ha habido una quimera hermosa que alguna vez y en alguna forma seduzca al de temperamento más frío y positivista; y alguna vez y de algún modo la experiencia descarnada ha posado su mano glacial sobre las sienes del más ardoroso perseguidor de la belleza ideada. Las aventuras de don Quijote y Sancho son un símbolo transparente de la vida humana, solicitada con igual imperio por las pasiones generosas, que tienden al bien de la Humanidad —la abnegación, el sacrificio, el heroísmo—, y por las pasiones egoístas, que aseguran la conservación del individuo —el recelo cuidadoso, el interés por el logro, la prudencia que no teme ser medrosa—, si que ni de una ni de otra suerte deje de ser víctima de ese poder impersonal y tremendo que juega con el destino de los hombres y de sus obras más grandiosas. Porque advertid que en ninguna ocasión salva a Sancho su egoísmo de los fracasos a que arrastra a don Quijote su valeroso desprendimiento. Uno y otro se engañan desde su punto de vista exclusivo, y bien su costa triunfa de ellos la terrible ironía de la realidad. Y no se acuse a Cervantes de pesimita: devolvía al mundo las lecciones que del mundo había recibido, y puso más adentro de su obra la enseñanza superior que le dictaba su espíritu. Si queréis encontrarla, buscadla en esa escena admirable, con que termina verdaderamente la obra cuando, derribado en tierra don Quijote por el caballero de la Blanca Luna, que le pone su lanza a los pechos y le ofrece perdonarle la vida si confiesa el error en que ha vivido, si reniega del ideal de su existencia, y declara que Dulcinea no es la más hermosa dama del orbe, el indomable caballero le responde: «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra». ¿Qué es la fuerza brutal para dominar el espíritu? ¿Qué importa caer vencido si se pugna por la verdad, adorada en el santuario de la conciencia? No hay golpe, ni revés, ni dolor, ni amenaza, ni certidumbre de muerte, que pueda imponer una convicción al pensamiento, que se levanta libre y resplandeciente del campo de la derrota, y afirma y proclama su derecho a tener por bueno y hermoso y santo lo que como tal contempla y reverencia.
Así es como se templa el ánimo y se le prepara para las grandes luchas de la vida. Esta ha sido la penosa labor de cuantos han tocado de cerca y han escudriñado las miserias humanas para buscar en nuestras mismas fuerzas, abatidas por la corrupción, por los deleites o las injusticias sociales, los elementos de renovación y salud. Vosotros, censores generosos e indignados de los extravíos del hombre, Aristófanes, Juvenal, Dante, Rabelais, Quevedo, Swift, y tú, Cervantes; vosotros no habéis removido las heces sociales, ni habéis puesto al desnudo nuestras úlceras cancerosas, para recrearos salvajemente en tan terrible espectáculo, sino para lavarlas con lágrimas ardientes y aplicarles con mano firme el cauterio que podía cicatrizarlas; habéis fustigado a los pueblos indolentes o dormidos para advertirles el peligro inminente; habéis llamado al único puesto digno del hombre, a lo más recio de la pelea, porque, si no a todos es dado conseguir la victoria, deber de todos es disputarla y mostrarse dignos de merecerla. Vuestra voz no se ha perdido sin eco: resuena de siglo en siglo en el corazón de todos los hombres que aspiran a mejorar de condición, la repiten las generaciones que se trasmiten la antorcha del entusiasmo para ir a la conquista en un estado más perfecto; y de este modo vuestras obras brillan entre las tinieblas del horizonte como faros que nos guían, que nos llaman con suave y perenne claridad, hacia la tierra de promisión, donde el hombre ha de habitar en paz un día, respetando el derecho y ejercitando la justicia. Mientras tanto, ¡oh, precursores! vuestros nombres resuenan con eternas alabanzas en sus labios, y a vuestra memoria se elevan altares en su corazón y su conciencia.
Conferencia pronunciada en el Nuevo Liceo de La Habana, la noche del 23 de abril de 1883