Por Roberto Rodríguez Coronel*
Porque en el principio de la literatura está el mito, y asimismo en el fin.
J. L. Borges: «Parábola de Cervantes y Quijote», El Hacedor
La obra visible de Pierre Menard es de fácil enumeración», dice el narrador autor creado por Jorge Luis Borges en un texto memorable que, de manera emblemática, guarda sus reflexiones sobre la institución literaria.
El autor de «Pierre Menard, autor del Quijote» establece en 1939 los principios de una teoría que casi tres décadas después desarrollan miembros de la Escuela de Constanza, como Iser o Jauss, al privilegiar la función del lector en la construcción del hecho literario, o el discutido Harold Bloom y sus propuestas sobre el canon occidental.1 El texto de Borges, sin embargo, va más allá al considerar el entramado autor-obra-lector en secuencia invertida (lector-obra-autor), con lo cual dinamiza y relativiza las concepciones tradicionales de estas categorías.
«Pierre Menard...» no es el único homenaje que realiza el escritor argentino. Muy temprano, a los ocho años de edad —según nos cuenta Emir Rodríguez Monegal en Ficcionario—,2 Borges escribe un cuento, «La visera fatal», inspirado en un episodio del Quijote. Además de algunos poemas cuyos asuntos remiten a la vida y obra cervantinas, uno de sus primeros ensayos, recogido en El idioma de los argentinos (1928), se detiene en el primer párrafo del Quijote; en 1947 publica un pequeño artículo en la revista Realidad para conmemorar el cuarto centenario del nacimiento de Cervantes, y en 1949 da a conocer «Magias parciales del Quijote». Innumerables referencias a Cervantes y al Quijote se pueden encontrar a través de toda la obra borgeana, y a ellos dedicó conferencias y comentarios en entrevistas. Cervantes y su creación eran amigos entrañables del autor de El Aleph, como personajes favoritos de una novela. Pero el texto más sobresaliente —y más inquietante— es, sin dudas, «Pierre Menard...».
La narración de este cuento está presidida por un afán de reivindicación: dar a conocer la grandeza de Menard no por la obra conocida, visible, sino por su más grande hazaña, invisible. Su verdadera proeza consistió en escribir partes de El Ingenioso Hidalgo… «que coincidieran palabra por palabra y línea por línea con las de Miguel de Cervantes». No es una copia, ni una versión. Se trata de la escritura del Quijote, tal como lo hiciera Cervantes, pero sin dejar de ser Pierre Menard y trescientos años después. El escritor-narrador reconoce que esta valoración (y esta empresa) pudiera parecer un disparate, y por ello decide justificarla.
Antes de declarar este propósito, se presenta a Pierre Menard a través de la relación de los libros publicados; de ellos se deducen las siguientes características: poeta simbolista francés de finales del siglo xix y principios del xx, asiduo a salones esnobs europeos, amante del ajedrez y estudioso de Descartes, de Leibniz y de Wilkins,3 de los vínculos esenciales entre las matemáticas, la filosofía y el lenguaje. Menard, en suma, vive en la órbita de iconos universales en fuga hacia la infinitud.
¿Por qué este poeta ha escogido el Quijote? Porque le interesa profundamente, pero no le parece inevitable. Piensa que es un libro contingente, innecesario. E inmediatamente apunta: «Puedo premeditar su escritura, puedo escribirlo sin incurrir en una tautología». Luego añade que su «recuerdo general del Quijote, simplificado por el olvido y la indiferencia, puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen de un libro no escrito». Para Menard, la obra de Cervantes carece de fijación; su contingencia estriba en la ambigüedad del signo, en la relatividad de su significación, de ahí que su escritura en pleno siglo xx implique una aventura abismal, pues lo que fue guiado tal vez por la fatalidad en el siglo xx, se torna casi un imposible tres siglos más tarde: Menard no es Cervantes, y desde su época para acá han transcurrido «complejísimos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote». Este carácter contingente e innecesario atribuido a la obra de Cervantes posee dos sentidos. Aquí el juego borgeano se hace otra vez patente: Entre la obra publicada de Pierre Menard, cuenta el narrador, existía una invectiva contra Paul Valéry que resultaba todo lo contrario de su verdadera opinión, proceder frecuente del simbolista francés; pero también los calificativos pueden aludir a la falta de fijeza, de concreción única que, según los presupuestos teórico-literarios de Borges, posee el producto artístico.4
La aventura del poeta se plasma en la escritura de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte de Don Quijote y un fragmento del capítulo veintidós. En el noveno, aparece un narrador como lector de lo que inicialmente se llamó la Primera Parte, y desde allí proyecta la enunciación alentado por el suspenso que le crea desconocer el final de la batalla del hidalgo manchego con el vizcaíno, lo cual ya había sido apuntado al final del capítulo anterior; luego, continúa su función como editor y comentarista de una traducción que ha hecho un morisco bilingüe del original de Cide Hamete Benengeli. Supongo que el fragmento del capítulo XXII sea el inicial, en el que aparece nuevamente este narrador introduciendo el relato del autor «arábigo y manchego», en «esta gravísima, altisonante, dulce e imaginada historia», y luego hace una suerte de resumen del final del capítulo veinte y uno, exhibiendo así la textualidad de la escritura. Este juego de planos narrativos era un procedimiento canónico de la novela de caballería, probablemente imperceptible para el lector de la época; sin embargo, Cervantes introduce marcas irónicas que conducen a la parodia, y así lo hemos recibido Menard, Borges y nosotros, lectores actuales.
El capítulo XXXVIII no es otro que el famoso discurso sobre las armas y las letras, en el cual don Quijote decide el litigio a favor de las armas. El narrador del texto de Borges se explica el pasaje aduciendo que Cervantes era un viejo militar, pero no así que hiciera otro tanto Pierre Menard, poeta y hombre de letras. Ante las razones posibles de esta actitud, le parece irrefutable el argumento esgrimido por la Baronesa de Bacourt: la influencia de Nietzsche en el escritor, de lo cual se colige que, aunque el texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, «el segundo es casi infinitamente más rico». Para demostrarlo, el narrador coteja una frase del Don Quijote de Cervantes con la misma frase del de Menard. La interpretación, sin embargo, difiere. La frase de Cervantes es interpretada desde un punto de vista sociogenético, mientras que la de Menard, idéntica pero escrita tres siglos después, toma en cuenta el horizonte de recepción de un lector moderno. El Quijote de Menard es un palimpsesto.
Por esta misma senda, el estilo de Cervantes resulta desenfadado, pues maneja eficazmente el español de su época, mientras que el de Menard produce un efecto arcaizante, «adolece de afectación». Así, se consuma el reino del lector y su función preponderante, decisiva, en la construcción del hecho literario. En la historia de esas lecturas se encuentra la verdad de la obra literaria; por eso Miguel de Cervantes y Pierre Menard pudieron escribir: «...la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir».5
«Pierre Menard, autor del Quijote» es el mayor homenaje de Borges a Cervantes, pero no sólo por lo analizado, sino también porque la propia concepción de este relato es una puesta en abismo de los planos narrativos de la obra cervantina. Ambos textos parten de un narrador que relata sobre un autor-personaje que escribe una novela, y finalmente la novela, la misma en ambos casos. Además, en uno y otro la escritura está concebida como traducción. Si el texto de Borges ha sido acogido como precursor de la postmodernidad, ¿qué decir del Quijote?
En «Mi entrañable señor Cervantes», conferencia que dictara Borges en la Universidad de Austin, Texas, en 1968, el autor de «Pierre Menard…» manifiesta:
Pero ahora hablaremos de nuestro amigo Don Quijote. Primero digamos que el libro ha tenido un extraño destino. Pues de algún modo, apenas si podemos entender por qué los gramáticos y académicos le han tomado tanto aprecio a Don Quijote. Y en el siglo xix fue alabado y elogiado, diría yo, por las razones equivocadas. Por ejemplo, si consideramos un libro como el ejercicio de Montalvo, Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, descubrimos que Cervantes fue admirado por la gran cantidad de proverbios que conocía. Y el hecho es que, como todos sabemos, Cervantes se burló de los proverbios haciendo que su rechoncho Sancho los repitiera profusamente.6
Distante del empeño de Menard, el ecuatoriano Juan Montalvo (1832-1889) imitó la obra de Cervantes a mediados de la década del setenta del siglo xix desde sus propias experiencias. «Ensayo de imitación de un libro inimitable», se subtitula la obra, y ya en el cuerpo textual de «El Buscapié», el prólogo, la llama «ensayo o estudio de la lengua castellana»7 —y así la califica Borges al considerarla como un mero ejercicio basado en proverbios—; sin embargo, los resultados del autor de las Catilinarias trascendieron la mera imitación estilística.
En vida, Montalvo sólo publicó «El Buscapié» como colofón del libro Siete tratados (1882), su volumen más significativo, en el cual aborda temas filosóficos, personalidades americanas, episodios históricos del continente, además de asuntos de ética y estética. Resulta intrigante que no hubiera publicado los Capítulos... en vida, a pesar de haberlo anunciado en aquel prólogo y del empeño que puso en dar a conocer su obra antes de su muerte, ocurrida en París. Los Capítulos... aparecieron en Besançon seis años después, en 1895. Quizás consideró su empresa, al paso del tiempo, efectivamente como un mero ejercicio, tal vez como un sacrilegio, a lo mejor temió la suerte de Avellaneda, a quien denostó en el prólogo aludido.
«El Buscapié» —discurso que se suelta en conversación o por escrito para dar a alguien motivos de charla o para rastrear y poner en claro algo— toma su título de un opúsculo homónimo supuestamente publicado por Cervantes en defensa de la Primera Parte de su novela y que permanece oculto hasta que lo da a conocer don Adolfo de Castro en 1848. Si en este texto apócrifo se hace una defensa del Quijote frente a la posible censura de la época, en aquel Montalvo erigió un resguardo ante quienes lo acusaran de imitación innoble por soberbia y presuntuosa.
Los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes son un pastiche. El escritor ecuatoriano, una de las plumas más prodigiosas del siglo xix hispanoamericano, aquilatada por Rodó, Darío, Martí, Valera y Unamuno, entre otros grandes de la lengua, remeda la prosa cervantina para tejer aventuras con sucesos y personajes de su entorno. Don Quijote ya ha adquirido la dimensión del símbolo de nobleza, dignidad y enfrentamiento a la injusticia, y es menester su resurrección en una república plagada de tiranos e iniquidades.
Luchador liberal, Montalvo vivió gran parte de su vida en el exilio; de hecho, escribe estos Capítulos... en Ipiales, en la frontera entre Ecuador y Colombia, refugiado de la dictadura de Gabriel García Moreno, de quien había sido un tenaz opositor. Don Quijote y Sancho lo acompañan en su aspiración reformista. Reformismo no sólo político, sino sobre todo moral, de ahí que su texto resulte más reflexivo, más explícitamente filosófico, que el de Cervantes.
En la introducción a la cuidadosa edición de Cátedra, Ángel Esteban manifiesta:
Si consideramos los Capítulos... dentro del contexto general de la producción literaria de Montalvo, escasamente poeta y prolífico ensayista, observamos que esta secuela cervantina no encaja exactamente en las coordenadas que marcan su opera omnia. Sin embargo, cuando atendemos al contenido y al enfoque de su única novela, descubrimos a todo el Montalvo que ya conocemos por el resto de su prosa: el moralista, el estilista, el admirador de las culturas clásicas, el apasionado por la corrección lingüística, el buscador de antiguallas, etimologías y significaciones tradicionales, el escrutador de las veredas que desembocan en la lengua y culturas populares, el católico convencido pero a la vez crítico con la hipocresía y la superficialidad de algunos, el luchador, el optimista, el polemista, el ingenuo e idealista,
etc.8
Aunque la novela está escrita a la manera de Cervantes, Montalvo abunda —a través de la ficción— en los asuntos predilectos ya desarrollados en los ensayos anteriores.
Pero una pregunta sigue en pie: ¿por qué un Cervantes americano en pleno y romántico siglo xix?
Roberto Agramonte, profesor y ensayista cubano, ofreció sus razones:
Montalvo rinde culto a la esencia clásica de su teoría literaria. En efecto, el teórico de lo clásico entiende que existen obras maestras, producciones modelos, cuyo pensamiento está tan bien elaborado, tan cuasi perfecto —porque las obras perfectas tienen defectos— que pautan toda posible creación ulterior; el modo de hacer arte condigno es emular a esos modelos representativos de lo absoluto literario, del imperativo estético; acercárseles, inquiriendo los secretos de su creador, revistiéndose de su genio y con maña sin igual identificarse a él, y dar al mundo producciones tan cumplidas a su vez, que parezcan el espejo mismo en el cual el escritor se ha visto.9
Sin embargo, amante de los autores clásicos griegos y romanos, su modelo no fue Terencio, Plauto ni Homero, ni siquiera su admirado Platón. Su modelo fue Cervantes y tuvo razones para ello.
En la España romántica del siglo xix, el Quijote alcanzó su máxima expresión como representante del espíritu español,10 fue un estandarte nacionalista. Sin embargo, en el capítulo XII de «El Buscapié», Montalvo condena la corrupción que sufre el castellano por contaminación francesa, pues la moda es Francia, y la traducción de una literatura comercial de este país proporciona fáciles ganancias. Frente a ello, su obra procura rescatar la nobleza elocutiva del Siglo de Oro. Tanto como don Quijote, hombre moral, a Montalvo le interesa la lengua de Cervantes, factor de unidad e identidad.
El lector virtual de «El Buscapié» y de los Capítulos... es el hombre letrado de España y de Hispanoamérica. Si Montalvo intenta construir, desde la indignación, un romántico valladar contra el vicio social y la corrupción de la lengua, en verdad está erigiendo un amparo conservador ante la posible desintegración de la república.
La consolidación de las nacientes repúblicas americanas, como se sabe, era sumamente precaria durante las décadas centrales del siglo xix, luego del fracaso del ideal bolivariano. Las contradicciones sociales y políticas que afloraron después de la independencia de la Corona española (guerras fratricidas, sucesión de tiranos, el enfrentamiento de liberales y conservadores, federalistas y unitarios) unidas a las acechanzas imperialistas externas —de Inglaterra primero, y luego de los Estados Unidos—, trajeron como consecuencia la inestabilidad de la región. Si a ello se agrega el artificio de naciones surgidas con una multiplicidad étnica y lingüística, donde las relaciones de raza y lengua complicaban aún más las de clase, se explica que un pensador como Montalvo —quien ante el asesinato de García Moreno exclama: «Mía es la gloria. Lo mató mi pluma»—,11 asumiera el Quijote y el castellano cervantinos como signos identitarios. Sólo tenía a su alcance el poder de las palabras.
Sin embargo, sus intenciones no siempre fueron bien acogidas. Y no sólo por Borges. Mucho antes, el cubano Esteban Borrero Echeverría, en otro pastiche, Don Quijote, poeta. Narración cervantesca, escrito con motivo del tercer centenario de la obra de Cervantes, lanza el siguiente improperio:
...no es él el primero que pone manos pecadoras en donde con tanto primor puso las suyas el divino manco. Y si no, ahí están el insulso Buscapié y el libro más artístico, apreciable y reciente de Montalvo, que no nos dejarán mentir. Todos ellos (imitaciones e imitadores), anegados inconscientemente en la santa sandez y borrosa bienaventuranza del Pastiche… ¡Soñaba el ciego que veía!... 12
Como en un juego de espejos, Esteban Borrero Echeverría hace, irónicamente, lo mismo que le reprocha a Montalvo, y concibe este divertimento treinta años después de la escritura de los Capítulos...
El texto simula ser un capítulo XLI (bis) escondido por el traductor de Cide Hamete Benengeli al creerlo apócrifo dado el suceso extraordinario que en él se narra, como catalogó el propio Benengeli aquel en que se cuenta lo ocurrido en la cueva de Montesinos (capítulo XXIII de la Segunda Parte de la obra cervantina). En este de Esteban Borrero, se narra un nuevo cabalgar de Clavileño que conduce al Quijote a su coronación como poeta.
El discurso elaborado por Borrero acoge tres planos narrativos: uno, a la manera de Cervantes, cuenta las razones del traductor morisco para el ocultamiento primero, y luego para la publicación del texto. El narrador se sitúa en un presente y habla a sus lectores potenciales; este plano sirve de pórtico a la historia y la cierra, pero sobre todo, la justifica. Otro, asume la voz de un narrador de las circunstancias de la historia y los personajes en tercera persona; finalmente el último, está conformado por el relato del fantástico suceso en boca del Ingenioso Hidalgo, con intercalaciones de diálogos con Sancho. Nuevamente el texto se basa en la puesta en abismo propia de la estructura del Quijote.
La introducción —llamémosla así— de Don Quijote, poeta se nutre de una cierta ironía hacia «El Buscapié», de Montalvo, al tratar de justificar la «imitación de un libro inimitable», según las palabras del escritor ecuatoriano, para, como él, incurrir en la paradoja de hacerlo. Pero lo que en Montalvo fue un sofisma retórico, aunque romántico, en Borrero es pura guasa modernista, y llega hasta el sarcasmo en su desaprobación de comentadores y críticos erráticos de la obra de Cervantes. Desde este ángulo, esa primera parte del texto de Borrero se compone con motivos temáticos tomados (o coincidentes) tanto de la pieza justificativa de Montalvo como de la homónima del propio Cervantes. Al final de toda la obra, una «Nota bene» recupera la voz de este primer narrador para aclarar que todo ha sido un pasatiempo literario, un juguete en honor al Caballero Andante.
En Montalvo, el pastiche del discurso cervantino ampliaba sus fronteras de significación hasta la pureza de la lengua; en Borrero, existe una finalidad más precisa: un homenaje a la obra de Cervantes en su tercer centenario. Pero en la consagración de un poeta que el Quijote reseña a Sancho, esa maravillosa aventura en el Olimpo literario que le ha ofrecido Clavileño, Homero —rodeado de Dante, Virgilio, Horacio, Platón, Shakespeare, de poetas bíblicos y de otros insignes llegados de civilizaciones distantes, de la India, de Egipto, del Medio Oriente…— corona al Quijote y no a Cervantes, y así lo contempla el Caballero de la Triste Figura como en un juego de espejos. Un desplazamiento del hombre moral al creador de ensueños e ilusiones para desfacer entuertos ha tenido lugar en Hispanoamérica; la fijación de una identidad cultural e idiomática ha sido renovada por ecuménicas relaciones. El autor de «El ciervo encantado» funda una nueva imagen desasida de los determinismos peninsulares de entonces. Sin embargo, la noción de poeta que esgrime Borrero se distancia de la de Julián del Casal o de la del primer Darío para asumir una estirpe martiana:
...digo que si es gran cosa e institución necesaria a toda República bien constituida y gobernada, la Caballería, no le va muy en zaga en excelencias de toda suerte, la Poesía; porque tal poeta te enseña a amar la patria y otro te descubre (para que sepas como has de amar a Dios) el secreto de las emociones, que, en presencia de esa altísima creencia siente; y si éste te doctrina, aquél te consuela, y todos ellos te ofrecen el tesoro de su depurada y exquisita sensibilidad estética....
Los vínculos con el «Discurso de las armas y las letras» que pronuncia don Quijote en el capítulo XXXVIII, de la Primera Parte de El ingenioso hidalgo... son transparentes, y así lo reconoce el propio personaje más adelante. El médico, patriota y poeta camagüeyano matiza la plana de Cervantes en medio de los avatares de la nueva república. Tres siglos habían transcurrido desde que por primera vez salió don Quijote en sus andanzas caballerescas, un tiempo suficiente para que la historia afinara la verdad.
¿Qué hubiera pensado Pierre Menard?
Muchas y muy gallardas han sido las aventuras, de frente o como por esquinas, de don Quijote —hijo del entendimiento, el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse— en este Nuevo Mundo, que ya no lo va siendo tanto por los desafueros, entuertos y follones que se han padecido y se padecen. Pero no quiero fatigar vuestra resignada tolerancia y baste como muestra estos brotes.
La Habana, marzo de 2005.