Por Juan J. Remos*
Puede ufanarse la América de habla española de haber conservado con amor y evidencia su devoción persistente a las esencias del idioma, aun en los días de mayor extravío filológico y más recio influjo del neologismo bárbaro, por la invasión extranjera, en los fueros gramaticales, y de haber dado como cimas de su esfuerzo en pro de la más útil y decorosa de las intransigencias tradicionalistas el monumento de admirable transplantación que erigen las páginas singulares de los Capítulos que se olvidaron a Cervantes, logro feliz del más puro buen decir castellano, cuajado en el más atrevido y afortunado «ensayo de imitación de un libro inimitable»; y con el monumento, las avisadas vigilancias y las pragmáticas sesudas y razonables de los Bellos y de los Cuervos, enderezadas ya a cuidar la limpieza y el esplendor de la arquitectura de la lengua, bruñendo aisladamente las piezas del léxico y explicando sus virtudes y flexiones, para jugar con donaire y propiedad en las articulaciones de la cláusula, o ya a ceñir, dentro de la corrección más estricta, enraizada en el proceso lingüístico, el uso de los signos representativos capaz de lograr un fonetismo perfecto, tanto en el lenguaje hablado como en el escrito.
Desde que viene el Quijote a nuestro continente en los albores del siglo xvii, burlando las Leyes de Indias, que prohibían pasar de la Península a nuestras tierras «libros de romances de historias vanas o de profanidad, como son de Amadís e otras de esta calidad, porque éste es mal ejercicio para los indios, e cosa en que no es bien que se ocupen y lean»; desde que el máximo libro de España se filtra en nuestro inmenso solar, porque, como apunta Rodríguez Marín, «algún viajero lo llevase solapadamente sobre su cuerpo o entre otras mercaderías», viene con él, aunque así subrepticiamente, el legado precioso que contiene la suprema expresión de armonía y propiedad, de donaire y belleza, de uno de los dos grandes elementos de cultura traídos por los conquistadores en su hazaña epopéyica. Las implicaciones que de su influjo habrían de derivarse tardaron en florecer el tiempo lógico de una evolución histórica, accidentada y bien definida; y cuando la América se encontró a sí misma y dio muestras de su personalidad soberana en la vida del espíritu, al ordenar su propia cultura estimó la depuración y el afinamiento del idioma como principal objetivo de su obra organizativa; y la cepa cervantina, sembrada a hurtadillas por los viajeros solazados con la lectura de las andanzas del más valeroso caballero de todos los tiempos, fructificó al cabo, abonada por el acervo de la misma tradición hispanoamericana, que robusteció y enriqueció la herencia multicentenaria; y hubo plumas, como las de Montalvo y Ricardo Palma, que remedaron los giros; y hubo humanistas, como el inmenso venezolano, que sentó principios sobre la misma lengua del Quijote que repercutieron en la severa sala de discusiones de la Academia Española; y que tuvo el acierto de incorporar a la tradición cervantina la tradición americana, convicción que tras de asegurar que su Gramática no fue escrita para los castellanos, sino para sus hermanos los hispanoamericanos, como una revelación elocuente de cultura individualizada que se desgaja del tronco atávico, le llevó a afirmar atinadamente lo siguiente:
Es imposible que las creencias, los caprichos de la imaginación y mil asociaciones casuales no produjesen una grandísima discrepancia en los medios de que se valen las lenguas para manifestar lo que pasa en el alma, discrepancia que va siendo mayor y mayor a medida que se apartan de su común origen.
La literatura de Cervantes fue la que más ganó el gusto de los escritores iberoamericanos entre cuantos autores clásicos españoles circularon en nuestros países; no dudo que contribuyó a ello el ser el Quijote la más difundida de las obras españolas, pero no cabe duda que una mayor proporción corresponde a aquellas dotes de pulcritud y sugestiva elegancia en el giro que tanto caracterizan las páginas inmortales de la incomparable sátira caballeresca, así como el calor humano, la genuina emoción que trasuda por aquélla su prosa fresca, que no marchita el tiempo porque su lenguaje no cabe en una época y habla al sentido de todos los siglos. Muchos prosistas hispanoamericanos pudiéramos citar que al leerlos evocan el sabor inconfundible de la sintaxis cervántica, y no pocos que han estudiado con fervor y luz la personalidad y la producción del significativo complutense. No es oportuno, sin embargo, hacerlo ahora de un modo total, no es ése nuestro propósito al enunciar el motivo de este recuento, ya que sólo parcialmente hemos de referirnos a la tradición cervantina en América para contemplarla en el ángulo cubano, en el que se percibe una contribución muy estimable, especialmente en lo que concierne a la interpretación de la gran figura literaria y a la proyección de su genio creador. No quiere decir esto que no haya habido en Cuba escritores influidos por la prosa de Cervantes y cultivadores de un lenguaje que parece nutrido en las mismas ubres del Quijote. Entre algunos de los mismo exegetas y estudiosos que han de ocuparnos puede advertirse, y además en otros que no consagraron sus obras a hurgar en la vida o en la producción de Cervantes, sino que escribieron una prosa amena o erudita, pero distante del tema, puede gustarse un estilo cuya gracia y acento recuerdan con persistencia la palabra y el giro de donoso hablista. ¿Puede esto negarse en los relatos novelescos de Ramón Piña en su Historia de un bribón dichoso; en los sabrosísimos artículos de costumbres de José María de Cárdenas y Rodríguez, el deleitoso Jeremías Docaransa; en el juguete literario de Esteban Borrero Echevarría, Don Quijote, poeta, en que pretende seguir las aventuras a que se contrae el capítulo XLI, que refiere la maravillosa aplicación de Clavileño? Y como en éstos en otros prosistas, que no retaceo en cita para evitar la fatiga de la enumeración. No hago referencia, desde luego, a desgraciados intentos de la gracia cervántica, como la de Luis Otero Pimentel, titulada Semblanzas caballerescas o Las nuevas aventuras de don Quijote de la Mancha, voluminosa y extravagante narración, publicada allá por 1886 y enmarcada en ambiente cubano, carente de lógica y de sentido artístico.
El culto por Cervantes tiene presencia en Cuba desde que asoma tímidamente lo que podemos reputar como genuina literatura nuestra; es decir, aquella que comienza a manifestarse bordeando los temas de la vida cubana. Desde el Papel Periódico late esta predilección por el tema cervantino: un colaborador anónimo de nuestra primera publicación periodística con sabor literario (en el orden cronológico), y que no ha sido identificado, elogia los valores de Cervantes y de el Quijote en los números correspondientes al 14 y al 16 de junio de 1790. A lo largo de nuestra historia literaria se recogen multitud de trabajos. Cuando Manuel Pérez Beato da a la estampa su «Bibliografía Comentada sobre los escritos publicados en la Isla de Cuba relativos al Quijote», en la revista Cuba y América (1905), y la cual amplía más tarde en impreso aparte, con el título de Cervantes en Cuba (1920), edición aquella primera que hizo como motivo de celebrarse el tercer centenario de la aparición de la célebre novela, ya las citas son numerosas, aunque cuente en ello más la cantidad que la calidad. Incluye Pérez Beato en su bibliografía el texto de la obra en verso de Eugenio Arriaza, Don Quijote de la Mancha en Octavas, que fue publicada en 1849. Hasta estas agresiones ha sufrido Cervantes entre nosotros, como paradójica consecuencia de la admiración despertada, porque los versos del entusiasta habanero son tan pedestres y el propósito en sí de tan mal gusto, que truecan en irreverencia lo que debió haber nacido casto por amor de la veneración. Pero no hace al caso que tratemos de desagraviar ahora la memoria de Cervantes, tan desdichada entonces en el deshonroso intento del extravagante Arriaza, que ya los habaneros de antaño se encargaron de hacerlo, según el testimonio de Calcagno, quien asegura que «la cencerrada periodística que por esto mereció hizo su nombre popular en los años de 1849 y siguiente». Parece, pues, que la fiesta de desagravio duró un año.
Yo no pretendo aludir a todo lo que en Cuba se ha escrito con respecto a Cervantes y a su producción. No es éste un empeño bibliográfico, que sería impropio, inclusive, de una lectura pública, sino una reseña de aquellos escritos más importantes por su contenido, que son suficientes para permitirnos asegurar enfáticamente, y asegurarlo con orgullo, que existe en Cuba una valiosa tradición cervantina que habla alto y claro de nuestros innegables valores culturales, porque pueblo que pueda dar al mundo de habla castellana el aporte de estos estudios a que voy a referirme es un pueblo digno de respeto en lo que más puede aspirar a ser respetada una nación pequeña como la nuestra: en su caudal espiritual. Y a fe que por su hondura y originalidad son exponentes que acusan un altísimo sentido del genio del idioma a través de su símbolo humano. La preocupación por Cervantes y su obra, reflejada en la laboriosidad de destacados escritores cubanos, que son los que al cabo vienen a encarnar la más ejemplarizante actividad en lo que toca al cultivo y atención del granero filológico y literario, entraña la postura más autorizada del espíritu cubano ante uno de los más importantes e insinuantes problemas que atañen a la cultura.
Por el año 1861, un sacerdote bayamés, que más tarde cambió de dogma, Tristán de Jesús Medina, novelista, poeta y periodista, pero cuya más relevante personalidad se registra en la cátedra sagrada, hallándose a la sazón en Madrid fue objeto de señalada distinción por parte de la Real Academia Española, la que le encomendó, siguiendo una tradición, la oración anual que el 23 de abril de aquel año debía pronunciarse en las honras que en memoria del Cervantes y más ingenios españoles se celebrarían en la iglesia de las Trinitarias de dicha capital. Gozaba Medina de gran crédito como orador, y don Marcelino Menéndez y Pelayo, al aludirlo, lo califica de «famoso predicador, de estilo florido, sentimental, vaporoso, adamado». De esta oración sobre Cervantes se hizo lenguas con cálido elogio la prensa madrileña de la época, y, entre nosotros, recogió el eco de tan resonante pieza La Revista Habanera, que dirigía Juan Clemente Zenea. Se imprimió en un folleto que citan Trelles y Beato; yo no lo conozco; el propio Beato confiesa no haberlo visto; ignoro si en idéntica circunstancia se halla Trelles, que sólo hace la cita de la publicación. Mucho debe de haber impresionado este discurso de Medina, pues no sólo los periódicos de Madrid El Contemporáneo y Las Novedades se produjeron en forma sumamente laudatoria (según se aprecia en los párrafos reproducidos en Cuba, en la citada revista de Zenea), sino que, al calor del entusiasmo que despertó, se contempló la idea de llevar a Medina a un sillón de la Academia, y paladín de esta idea fue don Salustiano Olózaga, orador de los más connotados y defensor del credo liberal, del que tan ostensiblemente simpatizante era el sacerdote cubano, cuya oración parece ser, en nuestra historia literaria, la primera manifestación de calidad en la tradición cervantina de Cuba.
Otro sacerdote contemporáneo de Medina, de Ricardo Arteaga, de Manuel de Jesús Dobal y de Manuel Domingo Santos, que como éstos unió al ideal religioso el ideal patriótico, sufriendo persecuciones y destierros, y que como el primero abandonó el dogma católico, nos ofrece el segundo apreciable testimonio de nuestro culto cervantino. Me refiero al presbítero Emilio de los Santos Fuentes y Betancourt, camagüeyano, doctor en Filosofía y Letras de la Universidad Central de Madrid y de la San Marcos, de Lima, en la que hizo su tesis sobre la aparición y desarrollo de la poesía en Cuba; conferenciante cuya palabra fue estimada en diversos lugares del continente; maestro, crítico y escritor de prosa inspirada y fluida. En su libro Frutos primaverales, editado en La Habana (1875), inserta su Lectura sobre Cervantes, la cual fue hecha ante la Sociedad Científico-Literaria de Filosofía y Letras y de Derecho. Se propuso determinar en su meditación la significación estética que en la historia filosófica del arte tiene Miguel de Cervantes; y afirma que éste logra en el Quijote la armonización más cumplida de la idealidad con la realidad en el desarrollo de la vida humana; armonía que
...al presentarse en las múltiples manifestaciones de la humana existencia y de sus variadas relaciones con el mundo sensible y suprasensible, produce no solamente la belleza natural humana en toda su latitud, sino que también realiza, por medio del genio creador del hombre, ajustándose a esta misma consonancia armónica de lo ideal con lo real, y al sentirse vivificado por la inspiración de su ardiente fantasía, la belleza artística más pura, más completa, más acabada y más perfecta.
Comenta la opinión, ya en boga entonces, de que Cervantes había sido el introductor en su obra del «elemento humano», porque fue el primero que dotó a los personajes con los caracteres propios de la esencia del hombre en todo lo que la naturaleza humana tiene de estable y permanente; y, compartiéndola, se funda en ella misma para sostener su tesis, pues lejos de incompatible es más bien lógico que Cervantes comprendiera el criterio artístico que debía presidir su obra, no sólo en cuanto a lineamiento de los caracteres, sino a la relación íntima que debía vincularlos, por medio de esa euritmia que integran, enlazándose, lo ideal con lo real. Este punto de vista, hoy muy manido, no lo era en 1875, cuando las especulaciones sobre el Quijote no habían alcanzado las proporciones abrumadoras que ganaron posteriormente. En la modestia de aquel trabajo había una elaboración muy personal que prestigia los albores del cervantismo en Cuba.
En 1883 se produce la primera entre las que podemos considerar las grandes piezas cubanas sobre el genio cervántico: es la conferencia que pronuncia en el Nuevo Liceo de La Habana, tal día como hoy de aquel año, Enrique José Varona, y que se incluye en el volumen Seis Conferencias (Barcelona, 1887), que comentó Martí en El Economista Americano y que considera «estudio intachable». Varona sigue en su disertación sobre Cervantes el guión biográfico del escritor, glosando episodios y deduciendo afirmaciones sobre el carácter y la trascendencia del héroe literario. Lo sitúa en su época con una transparencia cristalina, sin que nada neblinoso desdibuje un solo instante la línea fuerte que destaca magistralmente la marcha de una voluntad firme por los distintos hitos de su historia patética y ejemplar. Es el milagro de dos claridades proverbiales: la claridad con que Varona miraba el fenómeno y la claridad con que su estilo proyectaba la imagen observada. No se ha dado en Cuba (acaso en Piñeyro) diafanidad más pulcra en un decir tan cargado de enjundia; pero con la ventaja sobre el autor de El Romanticismo en España de empapar el estilo en una emoción comunicativa excepcional que emana de la misma pureza, de la limpidez, de la sobriedad y de esa virtud traslúcida de su lenguaje, en que la economía en el giro y la riqueza en el léxico hacen el prodigio de su prosa genérica.
Varona, que siguió en el hondón de su espíritu la medula del tema, hace bueno en sí mismo su propio aserto: «Ninguna religión ha unido más durablemente a los humanos que el fervoroso amor, el culto, pudiéramos decir, de los grandes hombres». El sociólogo se ha detenido ante el panorama político y ante el vivaqueo colectivo, ante la realidad social y las vetas morales, ante el espíritu y la evidencia, en una frase, de la época de Cervantes. Salta lógicamente el paralelo entre las dos grandezas que pesan en aquel instante en los destinos de España; una consciente y otra insensiblemente; el paralelo entre el escritor y Felipe II, sendos símbolos de las dos fuerzas más vigorosas que impulsaban el ritmo español. Cervantes, que había penetrado el estado social de su patria, «levantó con mano firme, como dice Varona, el manto espléndido de que se revestía aquella brillante sociedad, y pudo contemplar las deformidades que ocultaba». Allí estaba aquella «voluntad despótica, que había querido sustituir a todas las voluntades y convertir la nación en una máquina enorme e inerte, sometida a un solo impulso». El conferenciante, cada vez más dueño del secreto que logra quebrantar, va perfilando todos los factos que precipitan el determinismo absolutista del monarca que «había abatido a la grandeza sin levantar por eso al pueblo»; y en la meticulosa disección van surgiendo: el alto clero, que se agitaba al ver crecer en la sombra un poder que le disputaba el predominio de las armas espirituales; la magistratura, envuelta en la corrupción y venalidad; el municipio, perdido en la enemiga y rivalidad intestina de cada pueblo; las costumbres, licenciosas; la mujer, tiranizada, desquitándose con su liviandad y deshonor; la religión, arrinconada en el ritualismo y temblorosa ante el Santo Oficio; la gran masa popular, por sus preocupaciones de jerarquía, pobreza, ociosidad, mezcla de razas, en incesante fermentación.
Hidalgos, cristianos, viejos judaizantes, moriscos y gitanos, ya separados, ya confundidos, iban dejando en el fondo de aquella sociedad un sedimento en estado de corrupción, las heces y desperdicios de todas las clases, de donde se levantaban miasmas deletéreos que todo lo emponzoñaban.
Frente a ese espectáculo, Cervantes reaccionó y, sin poder contener los impulsos de su corazón de patriota, escribió, pero no como hasta entonces lo había hecho. El fenómeno que se opera y justifica la magnitud de su obra lo explica así Varona en este cotejo tan perspicaz y sugerente:
La indignación que aguija y enardece los espíritus levantados ante las miserias y ruindades de la vida humana se había vaciado en el nuevo molde en que le estrechaban sus infortunios, y por una transformación tan natural como insensible, al copiar los tipos que encontraba a su paso, al trazar el cuadro mucho más vasto que abarcaba ahora su fantasía, fecundada por la observación, al declarar su terrible censura, al poner juntos la sátira y el ejemplo, se revelaba por primera vez en toda su fuerza el escritor humanista, que llora y ríe a un tiempo mismo, que se lamenta y ruge porque toca y aquilata y mide, y en una sola profunda mirada encierra la realidad mezquina y el ideal bellísimo que pudiera y debiera sustituirla, mientras que, para tormento suyo, comprende que tan noble aspiración está cautiva en los hierros de una incurable, de una invencible impotencia.
Cuando las últimas páginas de su conferencia, Varona enfoca El Quijote, observa en un concepto precioso que sería imposible pedir más al arte de la perspectiva, por su colorido y relieve; y que a esto se suma un arte tal de reproducción, que oímos discutir y pensar y nos parece ver cómo se apasionaban los hombres de aquella edad remota. La conferencia, pues, entraña una finalidad primordial: destacar a Cervantes como un hombre que conoce a su pueblo y lo pinta; como un hombre que es de su época y la estudia; como un genio de la lengua nativa que «prodiga a manos llenas los modismos», y que no obstante ser de su tiempo todo, relieve e ideas, hoy como entonces, en inglés, en ruso, como en castellano, «su obra inmortal es deleite y enseñanza y pasmo de los hombres todos por el mero hecho de ser hombres».
La elocuencia de Varona en la contemplación de Cervantes ha tenido dos oportunidades más de difundir su eficacia persuasiva: en el discurso con que cerró la serie de conferencias organizada por la Universidad de La Habana en 1905 y el artículo publicado el mismo año en El Fígaro y titulado: Cómo debe leerse el ‘Quijote‘. El primero es una oración poco extensa, pero llena de enjundia. Es en ella donde subraya que las raíces de la más gloriosa novela de nuestra habla están en las entrañas del pueblo español, y que el Romancero, aun antes que la literatura caballeresca, es el gran inspirador del Quijote, no sólo por los múltiples tipos que le da y que a cada paso cita Cervantes, sino porque «es la fuente de maravillosa frescura en que ha bebido su estilo inimitable, su lengua incomparable». Es en ella donde exalta la cualidad privativa de los genios, de crear mitos, y que en Cervantes se hace sensible a través de sus tipos, que se pasean por el mundo y que acusan características que no nos son desconocidas y que las apreciamos en la realidad y en la vida. Es en ella donde explica Varona el por qué de la eterna vigencia del Quijote: porque es de aquellos pocos libros «donde está contenido, con el espíritu de un pueblo, toda la excelsitud del genio humano», y porque la lengua de Cervantes tiene el raro privilegio (lo cual no sucede con ninguno de sus contemporáneos) de conservarse tan pura e inteligible para nosotros como lo fue en su tiempo, cuando «formó el molde resistente y sonoro en que había de vaciar su portentoso pensamiento».
El artículo mencionado, por su parte, tocado de gracia inefable, es una sustanciosa confesión de su impenitente postura cervantista. «Lo soy de la antevíspera», declara, y recuerda sus lecturas del Quijote, desde la niñez, en que experimentó la emoción que a sus años podía propiciarle lo que con razón ha sido reputada como obra para todas las edades. Muestra su prevención contra los comentaristas que han creado una especie de hermenéutica quijotista, que llena de temor y aleja a los que no han gustado las delicias de la limpia prosa, en la que Cervantes dijo lo que quiso y donde quiso decirlo. «Cervantes escribió a derechas (dice); no subamos en zancos a sus lectores». Varona perseguía con mucha cordura más lectores del Quijote y no más intérpretes de lo que tan lisamente fue expresado.
En 1884 se revela otro de los más calificados cervantistas cubanos: José de Armas y Cárdenas (Justo de Lara). Dieciocho años sólo cuenta cuando publica El Quijote de Avellaneda y sus críticos, en que reconoce y elogia los valores de la apócrifa novela, aunque lamenta y condena su intención. En otras oportunidades, a través de su vida laboriosa, habría de calar Armas en este tema: en varios artículos del Diario de la Marina (1908), comentando la opinión del hispanista inglés Jaime Fitzmaurice-Kelly atribuyendo al propio Cervantes el falso Quijote; y en el trabajo que vio la luz en 1909, con el título «Cervantes y el Duque de Sessa», en que atribuye a este último la paternidad, aunque auxiliado por Lope de Vega, cuya enemistad (como la del Duque) con el creador del hidalgo manchego no se discute. Desde el primer opúsculo, Justo de Lara analiza todas las posibilidades del autor de la agresiva obra que, según el dicho de Cervantes, «se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona», compara estilos, analiza el tratamiento de las figuras principales y, si bien descarta al cautivo de Argel como autor, confiesa la imposibilidad de precisar quién hubiera podido ser, porque esto constituye «un enigma indescifrable»; cree ahora que Cervantes, al escribir la auténtica segunda parte, conocía el verdadero Avellaneda, pero que lo ocultó, no obstante aludirlo indirectamente, por lo grave que era para un hombre pobre como él, huérfano de protección, enfrentarse con personaje tan poderoso como don Luis Fernández de Córdoba, Duque de Sessa. Las conclusiones de Armas impresionan y es lo más serio de cuanto se ha argumentado a este respecto. El opúsculo del 84, si no lo primero producido por Justo de Lara alrededor del tema cervantino, pues en 1882 se había publicado en La Nación (que él dirigía en La Habana) un artículo titulado «La locura de Sancho», es sí lo primero de cierta envergadura; provocando, al igual que «La Dorotea de Lope de Vega», merecidos elogios de la crítica interior y extranjera, como lo revelan los juicios de Sanguily y de don Marcelino Menéndez y Pelayo.
Mucho escribió sobre Cervantes este insigne crítico cubano, cuya pluma se ejerce en este arte de buen decir, sencillo y claro, que tanto caracteriza también (como advertimos) a Varona. Es otro de los prosistas nuestros que huye de lo laberíntico para expresar con transparencia fluida y con donosura su saber copioso. Los dos libros fundamentales que produjo Justo de Lara sobre Cervantes son Cervantes y el ‘Quijote’ y El ‘Quijote’ y su época. El primero, en 1915, que es una ampliación de aquél, añadiéndole datos y apreciaciones que hacen definitiva su labor en este sentido. En Cervantes y el ‘Quijote’ utilizó bocetos ya publicados: uno, biográfico, en el Diario de la Marina, y El ‘Quijote’ y su tiempo, en La lucha. Denotan estos libros su filiación a la escuela histórico-comparada, que orientó y ejemplificó Menéndez y Pelayo, por quien mostró justa y creciente devoción de discípulo. La obra se divide en tres partes: en la primera, estudia la vida de Cervantes; en la segunda, los valores estéticos del Quijote, encuadrándolo al mismo tiempo en su época; en la tercera, extiende la vista hacia la era literaria en que florece Cervantes, para situarlo debidamente en el Renacimiento, y recorre las figuras coetáneas principales de su momento, tanto en las letras españolas como en las de otros países, determinando influencias notorias, como las italianas, que se reconocen no solamente en la fábula caballeresca, sino también en La Galatea y en las Novelas Ejemplares.
Comienza el libro con ajustadas consideraciones sobre el genio y el hombre, que suponen hondas disquisiciones, serias meditaciones sobre la naturaleza humana y la «influencia secreta» que define el pleno desarrollo de superiores aptitudes imaginativas, que prende la admiración de las generaciones. Colocado Cervantes en esa eminencia del consenso general, Justo de Lara narra con amena erudición la dramática existencia del más representativo de los escritores castellanos; y el biógrafo, tan literato como historiador, crea páginas antológicas de fecunda emoción artística cuando traza felices y animados paralelos entre Cervantes y el Fénix de los Ingenios (en la primera parte) y entre aquél y Velázquez (en la segunda).
Los individuos de su estampa [se refiere a Lope, tras de exaltar sus valores literarios y sus ventajas materiales], cuando les acompañan la diligencia y el don de gentes, tan inapreciables para los que aman la sociedad y el mundo, prosperan siempre. No es de extrañar, por tanto, que mientras los nobles le protegían de tal manera y se honraban firmando versos en su elogio, Cervantes, más independiente y altivo, apenas lograba que el Duque de Béjar consintiera ver su nombre en la dedicatoria de la primera parte del Quijote.
Reputa a Cervantes como un genio eminentemente gráfico, que reprodujo la naturaleza y los hombres tal como lo abarcaba su mirada. En este aspecto, el único artista español que puede comparársele, según Armas, es el pintor Diego Velázquez, pues «Cervantes pintaba con la pluma y Velázquez escribía con el pincel», ya que sus retratos son biografías; pero [acota el comentarista] si Cervantes hubiera podido describir bien todos los cuadros de Velázquez, éste no hubiera podido pintar, en cambio, todo el Quijote. Al cabo, los dos habían bebido con provecho en la misma fuente, porque los dos buscaron sus originales en España. La biografía de Justo de Lara tiene muy otro sentido que la de Varona; en la de éste predomina la mirada del pensador; en la de aquél, la del artista, y eso que no se puede negar cuánto de artista hay en el afortunado disertante de la inolvidable conferencia del Nuevo Liceo.
Justo de Lara dejó aún otros aportes de su bibliografía cervantina: Cervantes en la literatura inglesa, conferencia escrita para el Ateneo de Madrid, en la que puntualiza la influencia que sobre escritores de Inglaterra ejercieron diversas obras de Cervantes, como se desprende de la lectura y análisis de novelas y comedias que firmaron Butler, Fielding, Smollet, Fletcher, Field, Massinger; Los Plagios de Cervantes, en que glosa las reminiscencias de frases de otros escritores halladas durante sus lecturas del autor de La Gitanilla, haciendo interesantes y juiciosos pronunciamientos sobre el robo literario y comentando cómo Cervantes plagió a autores que estaban muy por debajo de su grandeza artística; y, por último, Un tipo de envidioso literario, en que hace deliciosas comidillas sobre las burlas que de Cervantes hiciera, en procaces alusiones, Cristóbal Suárez de Figueroa, el autor de El pasajero. Estos dos últimos trabajos los dio a conocer Armas en su revista El Peregrino, que editaba en Madrid en 1916 y 1912, respectivamente. Justo de Lara ha sido, en nuestra tradición cervantina, el que la representa con más amplitud, con más nutrida erudición y con más vuelos artísticos.
También en 1905 dio a la estampa una Vida de Cervantes y Juicio del ‘Quijote’ (libro que alcanzó, como el de Armas, más de una edición) el modesto y doctísimo profesor José Antonio Rodríguez García, maestro de la filología y gran conocedor de las letras castellanas. Su obra, que se basa en las mejores investigaciones realizadas hasta entonces, constituye un excelente epítome biográfico, en el que se destaca la índole didáctica, que tan altos prestigios conquistó el autor. La segunda parte del libro denota, a más de su gran familiaridad con la crítica y la erudición cervánticas, muy personales criterios que abonan la justa encomiástica acogida que tuvo, principalmente fuera de Cuba. La primordial finalidad, que es la difusora, fue cumplida. El carácter retraído y alérgico a la propaganda personal de aquel dulcísimo y sabio varón, donde jamás asomó la elación ni la vanidad, contribuyó a que no resonara mucho en periódicos locales su obra; pero tres ediciones y el homenaje de opiniones tan significativas como las de Emilio Cotarelo, Fastenrath (que le llaman «monstruo de erudición y prodigio de talento»), Farinelli, Navarro Ledesma y el propio Justo de Lara, entre otras, avalan lo suficiente esta honrosa contribución cubana en el tercer centenario de la publicación del Quijote. Muchos artículos escribió además Rodríguez García sobre Cervantes y sus obras, todos los cuales compiló en el volumen Artículos cervantinos, que dio a las prensas al cumplirse el tricentenario de la muerte del heroico soldado de Lepanto.
Muy fecundo vamos viendo el 1905 para nuestra producción en torno a Cervantes. A los ya citados exponentes de Varona, Armas y Rodríguez García haya que sumar otros más. Es el año en que el Diario de la Marina hizo la primera edición cubana del Quijote y en que la Universidad de La Habana conmemoró tan importante data con la serie de cuatro conferencias (presidido cada acto en que fueron leídas por el Honorable Señor Presidente de la República, don Tomás Estrada Palma), y que estuvieron a cargo, además del propio Varona, de Ramón Meza y Suárez Inclán, Guillermo Domínguez Roldán y Esteban Borrero Echevarría. Dichas conferencias se reprodujeron en la Revista de la Facultad de Letras y Ciencias (vol. I, número 1, 1905). También aparecieron en diarios y revistas de este año artículos meritísimos, como el de don Manuel Márquez Sterling, en El Mundo: «Mi cuarto a espadas sobre el Quijote»; los de Pedro Giralt, en el Diario de la Marina, abordando aspectos diversos de la novela impar, y el de Enrique Piñeyro, en El Fígaro: «En honor del Quijote».
El trabajo de Ramón Meza lleva por título «Don Quijote como tipo ideal». El distinguido novelista y crítico, después de evocar los caracteres culminantes creados por los genios de la literatura universal, a partir de Homero, llega a la conclusión de que ninguno es tan familiar como el héroe cervantino, a quien siempre vemos como es, con sesgos propios, inalterables. Hace un afortunado paralelo entre don Quijote y Robinson Crusoe, de Defoe, para encarnar en cada uno la cultura hispánica y la anglosajona, respectivamente, las cuales comparten el escenario del Nuevo Mundo; y con citas oportunas y elocuentes de los conquistadores, que imprimen a su empresa las cualidades legítimas de los herederos del Cid, hace notar cómo «algo de ese espíritu caótico y trastornador late y pesa» en los lugares en que dejaron su huella, donde palpitan con la perpetua discordia «duelos, quebrantos, revelaciones tristes de aquel espíritu levantisco, de rebelión, de poco sentido práctico»; en tanto que en las regiones colonizadas por ingleses, en los vastos territorios de Norteamérica, donde «aun parece que resuenan en la atmósfera los ecos de aquellos himnos religiosos de los puritanos caballeros de la Flor de Mayo», predomina el espíritu del trabajo, se alzan las chimeneas de sus talleres, en que nacen sus pujantes industrias y crecen la agricultura, el comercio y la riqueza. Meza anteponía así la herrumbre toda de don Quijote al «ruido del escoplo de Robinsón, que lima, sierra, cepilla, trabaja»; el brillo de lanzas, yelmos y espadas del caballero andante, a la perseverancia del náufrago solitario. Es un precioso y originalísimo estudio.
Domínguez Roldán, profesor de literatura española de la Universidad, abordó el tema «Lugar que ocupa Cervantes en las letras castellanas». El laborioso catedrático construye una síntesis de la evolución de las letras en España hasta el momento en que surge Cervantes, cuya significación hace estribar en la transformación filológica del castellano que su obra entraña. Y termina su exposición comentando la obra, recién aparecida, del tratadista francés Clemente Rochel acerca del entremés Los romances, en el que parece hallarse el origen de la concepción del tipo de don Quijote. Como se sabe, esta pieza ha sido atribuida a Cervantes, aunque sin datos que autoricen la certeza de esta suposición.
De todos estos estudios a que estoy refiriéndome, el más profundo, el de mayores alientos, el de más garra, es el de Esteban Borrero Echeverría, «Influencias sociales del Quijote», el cual fue recogido también en un folleto, junto con otro ensayo que complementa a éste y que se llama «Juicio sobre el Quijote». El folleto que los comprende, y en el que también se halla el antes aludido «juguete literario» «Don Quijote, poeta», lleva el título general: Alrededor del ‘Quijote’ (1905). En estos ensayos Borrero analiza las peculiaridades del hombre y del artista en Cervantes, penetra en la esencia poética del famoso libro y constata después las razones sociales que sobre ella gravitan al originarse en la inspiración de Cervantes y las que de la misma se proyectan hacia fuera. Ve claro el sapientísimo Borrero que los personajes creados por Cervantes no podían ser más que españoles y que su personalidad artística la sacó de su fondo interno. El Quijote expresa, envuelve
...por ministerio del arte supremo que lo impregna, como una atmósfera melancólica de vida, del seno de la cual se desprenden sentimientos solemnemente tristes, en alianza feliz con no se sabe qué gozo dulcísimo, y que parece nacer del inefable consorcio de la razón que sabe y del corazón que siente; por todo lo cual nos penetra el espíritu de honda resignación, que impregna el libro y que se tamiza así por la inteligencia más serena del Renacimiento.
Entiende que esta novela es, como conjunto léxico, toda la lengua de Castilla y la psicología de la nación; y por el estilo, toda la perspicacia mental y la sensibilidad artística del autor, que le imprime, «por un milagro de genial generalización, la luz y la sombra del alma humana».
Fue Borrero de los que con más hondura se coló, para explicarlas, en la psicología del caballero y la del escudero, entre cuantos han tanteado este propósito entre nosotros. Así explica a Sancho como la voz llana y vulgar que hace coro a la canción del caballero; «eco sordo con que responde la verdad desnuda, tangible, al himno de la verdad intangible y soñada que canta a toda hora el caballero, enamorado de una belleza femenina de que estaba en el Toboso prendado». Y en una frase, brillante por su sorprendente energía sintética, resume su juicio en estas palabras: «La obra, con ser erudita, es más hija de las Gracias que de Minerva». Borrero en aquella prosa sólida, pero irisada de bellísimos matices, aborda el aspecto social en la armazón del Quijote y en su vestimenta exteriorizadora; y al metodizar su estudio, divide en dos grupos las influencias que bullen en su entraña: las que nacen de los aspectos morales y las que nacen de la misma esencia poética de la fábula. Coloca en el primero los sentimientos de animadversión o de simpatía, que, salidos de aquella sociedad, recibieron su obra; los de animadversión, en las clases cultas; los de simpatía, en el pueblo. El tiempo, sin embargo, sedimenta la tipología y el pensamiento cervantinos, y al cabo el Quijote creó en España, debido al fenómeno aproximativo de los individuos, una clase social que funda así «su estado civil», convirtiéndola en la «profesión apasionada y absorbente de su vida». Y haciendo comprensible su teoría, Borrero enfáticamente justifica de este modo sus convicciones:
En torno del centro de atracción artística, varia, que la obra representa, gira, encadenado a lo más externo de su órbita, todo un mundo de individuos, que en realidad de verdad constituyen, por sus peculiaridades, alrededor del libro, como grupos sociales nuevos, unidos por una suerte de credo artístico que de las eficiencias del libro mismo arranca.
Se ha operado, por tanto, según la especulación de Borrero, la realización por el genio artístico, que responde así a su propia esencia, cuajada de espíritu de simpatía y sociabilidad, la creación de «un nuevo mundo y mundo de seres vivos», porque los ha arrancado de una sociedad real que él modifica para agitarlos en otra en que predominan su voluntad, sus pasiones y su inteligencia».
Cuba tiene en Borrero el filósofo de Cervantes, como tiene en Varona al sociólogo, y en Armas el artista. Nada tan nuevo se había dicho ni se dijo después. Y los tres grandes cervantistas cubanos coinciden en que el Quijote, no obstante su cantera inagotable de sugerencias y el sentido oculto en que tanto se escudriña, es un libro sencillo para todos, que, como dice Borrero, ha llevado sus emociones a todos los hogares, como la luz solar, que si ilumina la torre del alcázar, dora con el mismo rayo del techo de la humilde cabaña; y al insistir Borrero en que el Quijote tiene la misma veracidad que la luz, apunta que «así como sentirse vivificado por ella y para amarla no ha menester nadie saber astronomía, no necesita el intelecto iniciación crítica alguna para sentir la virtualidad artística del libro inmortal».
Con un paréntesis hasta 1916, interrumpido solamente por el discurso del doctor Alfredo Zayas y los ya aludidos estudios de Justo de Lara, no se hallan nuevos aportes de significación en el tema cervantino. El discurso del doctor Zayas fue más bien una pieza de circunstancias, en la que no falta, claro está, la lucidez de quien como él unía a su vasta ilustración, innegable dominio de la palabra. Fue con motivo de inaugurarse la estatua de Cervantes, obra del escultor italiano Carlos Nicoli, en el parque de San Juan de Dios, de esta ciudad, y está recogido en el tomo primero de sus Obras Completas.
El año del tricentenario de la muerte del más comentado y traducido de los escritores de España, se editó en Madrid un volumen muy original, que comprende el proceso de El secreto de Cervantes, descubierto, según sus afirmaciones, por el autor del hallazgo, don Atanasio Rivero (periodista español radicado mucho tiempo en Cuba); y que promovió gran revuelo, provocando declaraciones y artículos de notables cervantistas, como Rodríguez Marín, Icaza, Cejador, etc., quienes estaban contestes en que Rivero había caído en la manía subrayada por Díaz de Benjumea, aunque más peligrosa, porque Rivero afirmaba, en síntesis, que dentro de la obra de Cervantes había otra que era preciso descubrir, descifrando la traza anagramática escondida en un verdadero replanteamiento de la propia escritura. Los que recuerdan a este periodista no deben olvidar que cultivó el humorismo, y que el primer capítulo de su libro La pelota en La Habana es un regocijado apunte, hecho en intento imitativo de Cervantes, de las referencias que se hacen de este juego en el Quijote. Sin embargo, esta vez hablaba en serio. Si Rivero no convenció a nadie en Madrid, tuvo un gran éxito periodístico por la sensación lograda, lo que revela que era ducho en el oficio. En el propio año, este Ateneo, que hoy se une a la Academia Cubana de la Lengua, correspondiente de la Española, para conmemorar en el Día del Idioma el cuarto centenario del nacimiento de Cervantes, organizó, presidido entonces por el ilustre doctor Evelio Rodríguez Lendián, otro ciclo de conferencias, tan importante y significativo como el que once años atrás tuviera efecto en la Universidad.
La primera de las conferencias se debió a uno de los hombres de más amplia cultura de la era republicana, a José Antonio González Lanuza. Su disertación versó sobre «Rocinante». La publicó aquí el Heraldo de Cuba, y en Madrid, la revista mensual Cervantes (febrero de 1917). El gran expositor que era Lanuza, dando pruebas de una evidente familiaridad con el texto cervantino, fue recordando los distintos pasajes de la obra en que interviene el glorioso rocín, elevado por el fresco humorismo y hondísima intención del disertante, a la categoría de personaje, considerando que la pobre y maltrecha bestia es una de las creaciones más salientes de la literatura universal. Lanuza nos lleva, con el manar de su verbo, a sorprender lo que él, sin decirlo, estima como psicología de Rocinante, cuyas cualidades morales, después de completar su prosopografía, justiprecia y alaba, desde su bondad, siempre patente para su amo y para el rucio de Sancho, hasta su lealtad, nunca desmentida, cargando para sí los contratiempos que la fortuna deparase al señor don Quijote, cuya hombría y valor jamás debían quedar en entredicho. Comedido y pacato, quieto y sufrido, tórnase triste y melancólico cuando su amo, dentro de una jaula, marcha en pleno encantamiento hacia su ignorado destino. El trabajo alcanza su más singular valor cuando la docta pluma de Lanuza confronta los rasgos característicos del Caballero de la Triste Figura con los de Rocinante. Es una página maestra de nuestra literatura.
Tiene, como su amo, mucho de ridículo (observa Lanuza); pero también, como el amo, tiene mucho de noble y de estimable. Ambos son flacos, escuálidos, sin fuerzas para la empresa que acometen; ambos están vistos por el propio protagonista y héroe epónimo (que pudiera decirse) del libro, a través del mismo cristal; porque don Quijote cree en su pujanza irresistible y en la fuerza de su brazo, como cree en la excelencia de su caballo.
Pero Rocinante, fiel trasunto de su padre espiritual, está transido, como se deduce de la aguda interpretación de Lanuza, de una peculiar y paradigmática resignación melancólica, que hace normativa y única su grandeza moral.
Uno de nuestros hablistas más castizos, Mariano Aramburo, disertó sobre «Los documentos judiciales de don Quijote», uno de los aportes mejores de aquella memorable serie del Ateneo, y que fue reproducido en el Diario de la Marina (25 de noviembre de 1916). Él, que tanto como perito del idioma lo fue del derecho, siendo una de las mentes jurídicas más perspicuas y eruditas de Cuba, se asomó con doble autoridad para desentrañar de las páginas del libro cervantino los pensamientos luminosos con que aquel gran experto de la vida y milagros del arte grabó en su obra cumbre sus más claros conceptos sobre la justicia, la gobernación, la conducta humana ante el delito y el papel rectificador de códigos y jueces. Sobre cada frase espontánea de Cervantes, la glosa sabia de Aramburo, que siguió la línea juiciosa del sublime loco, pregonando y aplicando justicia en diversas peripecias de sus múltiples andanzas y en los reflexivos y enjundiosos consejos a Sancho en vísperas de su anhelado ascenso al dominio de la ínsula Barataria.
Algo análogo, en el orden pedagógico, hizo Alfredo M. Aguayo, cuya indiscutible autoridad en estas cuestiones, así como lo versado en bellas letras, que hace la base de su cultura, dieron paso al sustancioso ensayo que fue su interesantísima tesis contenida bajo el título de Cervantes como educador. Su afán primordial es demostrar la constructiva influencia del Quijote en la formación del hombre.
Con la impresionabilidad de un Shakespeare (afirmó), atrae la personalidad hasta transformarla en el bien, que es la suma aspiración de la educación suprema. Más aún: hace educador hasta a Sancho, idealizando el materialismo del grosero rústico por medio de una pedagogía compleja.
Aguayo empleó insistentemente el tono personal, explicando la influencia que en él había ejercido la lectura del Quijote, en la que sólo había visto, a los once años, un cuento divertido; en la adolescencia, una extraña mezcla espiritual de asombro y de melancolía, porque el protagonista no le parecía ya un gracioso, sino un ser muy noble que se mueve contra una sociedad de desalmados; y ya maduro, halló la narración de una esplendidez meridiana, y que todo sucedía en ella como debía suceder, siendo don Quijote un caballero del siglo xiii trasladado al xvii, a un mundo incapaz de comprenderlo y que él tampoco se hallaba en aptitud de comprender. Reputa a Cervantes como uno de los más eficaces educadores de la humanidad, dándole a la palabra educador una acepción amplia y general de guía y director de almas.
Brillaba ya por entonces como maestro de las disciplinas literarias de mi generación José María Chacón y Calvo, presidente hoy de este Ateneo. Su participación en el ciclo que nos ocupa reafirmó y consolidó definitivamente todos los justísimos augurios hechos sobre su capacidad para la investigación y la crítica. «Cervantes y el Romancero» fue el tema por él desarrollado, y su estudio, insertado en la Revista de la Facultad de Letras y Ciencias. Discípulo, como Justo de Lara, de Menéndez y Pelayo, sabe, como el maestro, regar luz y emoción sobre la cita oscura o el documento escueto. Si Varona proclamó el Romancero como la fuente originaria del Quijote, Chacón y Calvo precisó el hilo de la fuente que surtió la vena cervantina; y a los romances de Reinaldos conectó la inspiración que dio vida en la imaginación de Cervantes al hidalgo enloquecido por sus lecturas caballerescas y asoció detalles y caracteres distintivos del forjador de Dulcinea con el héroe del ciclo carolingio. Antes que en el Quijote, advierte Chacón que en el propio teatro de Cervantes, en su comedia en tres jornadas La Casa de los celos y selvas de Ardenia, el comediógrafo explota el tema caballeresco, con el propio Reinaldos de protagonista y con los personajes que animan en el Romancero las leyendas del célebre paladín que cubrió de fama tantos incidentes de las portentosas hazañas del emperador Carlomagno y sus Doce Pares. Y desechando la posibilidad de que el entremés Los romances sea de Cervantes, atribuye la analogía entre el personaje que enloquece en esta obra, leyendo aquellos primores de la poesía medieval, y el personaje cervantino, que pierde la razón, leyendo libros de caballerías, a que tanto Cervantes como el anónimo autor del entremés bebieron en la misma fuente.
Llega Chacón a estas conclusiones tan clarísimas e irrebatibles tras un laboriosísimo proceso de lecturas comparativas que denotan, al propio tiempo, admirables dotes de selectividad que le permiten localizar y separar los términos necesarios e inconfundibles. Esta tesis, sostenida por él en 1916, halla eco en la que anima en 1920 el discurso de don Ramón Menéndez Pidal, en el Ateneo de Madrid, sobre «Un aspecto en la elaboración del Quijote». Basta leer y comparar ambos trabajos para advertir una coincidencia que linda con la identidad y que mucho honra al investigador cubano. Asimismo Chacón y Calvo se refiere a las huellas del Romancero en el resto de la producción de Cervantes, y justifica la devoción de éste hacia la gran cantera popular, surtidor de la pura poesía, comentando el elevado concepto que de ésta tiene aquél, y que pone en labios del manchego trajinante y andariego, en su diálogo con don Diego de Miranda, que más tarde ratifica en la movida plática del paje con Preciosa, en los deliciosos capítulos de La gitanilla. Al asociar el Romancero y Don Quijote, Chacón y Calvo hace notar el símbolo de su concordancia:
Dijérase que la permanencia del romance en las memorias de las gentes, a través de todos los cambios imaginables, así como el influjo universal y constante que ejerce la ilusión de don Quijote no son, al cabo, sino la más completa expresión del poder vital de la raza que los produjo, que les dio vida tan amplia e imperecedera.
La última conferencia que nos resta evocar, correspondiente a esta serie (que fue cerrada con una carta de Justo de Lara que animaba a guardar con amor y respeto el Quijote, pensando que el idioma de Cervantes es «la sanción misma de nuestra independencia»), fue la que tuvo a su cargo Sergio Cuevas Zequeira, el querido y benévolo profesor universitario, por cuyo estilo se resuma el jugo de sus lecturas clásicas con un marcado sabor cervantista, tanto en los artículos políticos (aquellos que integran su librito Pláticas agridulces) como en los de crítica literaria y evocación histórica. Trató en esta ocasión del Quijote y el Examen de ingenios, y la versión taquigráfica apareció publicada años después en la revista Las Antillas (abril de 1920), que él fundó y dirigió. Era Cuevas un orador nato, un orador de raza (como ha dado en decirse ahora); su discurso tiene el énfasis y la cadencia oratorios. Hace una exégesis de las dos obras del período clásico español y las hermana en una misma recordación, porque ambas, a través de su índole y medios distintos, van encaminadas al mismo fin, que es el deseo de mejorar la condición humana en general. Huarte refutó para ello errores filosóficos incongruentes con el genio de su raza y aquilató la influencia del medio físico en las actividades psíquicas del hombre, irguiéndose por sus afirmaciones como un precursor de Taine y de la más avanzada psicología de nuestros tiempos; puso, pues, en solfa las doctrinas de su época. De igual modo Cervantes, que descargó la sal de sus donaires sobre las prácticas nefandas de sus días, sobre los errores sociales sus injusticias y desviaciones de toda índole.
Para enjuiciar debidamente el alcance de los dos libros, Cuevas Zequeira examina y valora los factores históricos y morales de España, así como los elementos determinantes de su cultura, deducidos de sus adoctrinadores y de sus poetas. Comparte con el profesor Salillas la opinión de que el Examen de ingenios estimuló e inspiró, en su esencia, la fábula de Cervantes, trayendo a colación la anécdota citada por Huarte, de Demócrito de Abdera, con el único propósito de demostrar que «por maravilla se hallará un hombre de muy sutil ingenio que no pique algo en manía». Dicha anécdota recuerda cómo Demócrito, tenido por loco, es analizado por Hipócrates, quien, después de larga conversación con él, proclama que es hombre sapientísimo, y que los verdaderos locos son los que como tal lo juzgan. Con todos los respetos debidos, y a pesar de la forma sugestiva en que se expone, la tesis parece, a nuestro criterio, poco consistente; sobre todo cuando el estudio comparativo con los elementos romanescos, tan detallado y puntualizado como lo ha hecho Chacón y Calvo, así como la reiterada referencia de romances que en sus diversas obras acusa la familiaridad del escritor alcalaíno con el Romancero, demuestran hasta la saciedad (y lo corrobora la convicción de Menéndez Pidal) que es en la poesía medieval, y no en la obra de Huarte, donde están las raíces del Quijote.
Cervantista de bien distintos caracteres de los hasta ahora recordados, florece como tal en este año conmemorativo de 1916: Emilio Gaspar Rodríguez. Su técnica es otra y otras sus preocupaciones. Prosista de innegable pureza, de abundante léxico y decir elegante, es medularmente un ensayista, con toda la mezcla poética, crítica, filosófica y didáctica del género. Su inmersión, por tanto, en el tema cervantino no nos lo va a ofrecer a lo largo de estudios sistematizados y severos, sino con ese ordenado desorden que es tan peculiar y animado en el ensayo, sobre todo tal como lo cultivaron en América Montalvo y Rodó, cabestros de cuantos en nuestra lengua prefirieron en el Hemisferio las genuinas formas, ceñidas por la belleza y la verdad, de la Geometría moral y de Motivos de Proteo. Dos libros de ensayos de Emilio Gaspar Rodríguez se nutren del surtidor del Quijote: El Retablo de Maese Pedro, que es el de 1916, y Puntos sutiles del Quijote, que apareció en 1922. El primero está integrado por una serie de estampas inspiradas en figuras o en ideas de la novela, y aun cuando evoca personajes de otros climas y otros tiempos, los borda sobre el canevá de algún concepto del Quijote. La unidad del libro, más aún que el recurso episódico de Maese Pedro, la determina la finalidad del mismo, que es encarecer las energías creadoras del ideal, haciendo que viva de nuevo la inspiración que yacía desalentada. Y no importa que, camino de la Muerte o del Olvido, pase un ideal, porque pronto «en el cielo de nuestra conciencia ya alumbra un nuevo sol».
Puntos sutiles del Quijote es una obra de interpretación, atisbos sobre tipos y sucesos del relato que el ensayista trata de relacionar con individuos y hechos de la época de Cervantes. Tiene tres partes: la primera es más bien expositiva de los personajes que han de servir de tema al comentario: el Caballero, el Escudero y los Duques; la segunda es interpretativa; la tercera hace resaltar el elemento estético de más fuerza para Emilio Gaspar Rodríguez en el Quijote: la tristeza, haciéndola notar en tipos y en episodios. Está manifestado de cuerpo entero el ensayista que crea sobre lo creado. Hay en estos dos libros un admirable equilibrio entre lo poético y lo crítico, y esto les da una prestancia literaria y un vigor de originalidad incontrastable. Su autor abordó también la personalidad de Cervantes en relación con su tiempo en otros ensayos, como Los conquistadores, en que lo sitúa ante la sociedad española del siglo xvi, algunos de cuyos magnates quiere ver atacados en la gran novela. Sobre la postura de Cervantes en su siglo, insiste Emilio Gaspar Rodríguez en la introducción de su otra obra, vastamente planeada, y de la que lamentablemente no llegó a publicar más que el tomo primero: La crisis cubana: sus orígenes, sus factores contemporáneos.
Por los alrededores del año 1920 daba a conocer uno de sus primeros ensayos, en el Mercurio Peruano, de Lima, un joven que luego habría de desempeñar un rol importante en el drama de nuestra cultura: Jorge Mañach, estudiante por entonces de la Universidad de Harvard; el ensayo versaba sobre Interpretaciones del Quijote, latido de su educación humanística, que tantas veces lo ha salvado de estridencias ocasionales, inclinándolo hacia una línea de ponderación responsable y de justa evaluación de lo antiguo y moderno, que caracteriza su señera y estimable labor crítica.2
Una faceta nueva en esta rosa náutica de las disquisiciones acerca del Quijote nos la ofrece en 1927 José Francisco Castellanos, uno de los profesores más noblemente apasionados por el aula que he conocido. Discurre Castellanos sobre Los ideales masónicos a través del ‘Quijote’. Muchos quizá den un salto al conocer el enunciado del tema y se preguntarán con criterio simplista: ¿pero masón el actor de las mil y una aventuras, que vivió loco y murió cuerdo? No; ni una vez se nombra la palabra «masonería» en el Quijote; pero es que en esto sucede como en La intrusa, de Maeterlinck: que no hace falta citar la Muerte para sentir su presencia en todos los instantes del drama. Castellanos, con serena y elevada postura, sin alusiones estridentes ni sectaria agitación febril, hace descansar su tesis en una verdad indubitable: en que los ideales que animan la cruzada de bien, confiada a la espada de nuestro señor don Quijote, son los mismos a que responde en su espíritu la masonería. Con buen sentido y peinada palabra, el ensayista va entresacando frases y sentencias del héroe, que compara con las normas a que debe atenerse todo masón y a que debe responder para cumplir sus fines la gran Orden filantrópica.
Posteriormente se presentó en la Universidad de La Habana una tesis para optar al título de Doctor en Filosofía y Letras, que por su novedad y dialéctica es uno de los estudios más serios y sobresalientes hechos en Cuba con motivo del Quijote. Asunto del estudio es La personalidad de Sancho Panza. El autor es Manuel Pedro González, profesor actualmente de la Universidad de California y colaborador de importantes revistas americanas especializadas. No sé si la tesis se ha publicado; de no ser así, sería lamentable. A mis manos llegó, por conducto de un amigo entrañable, hoy desdichadamente desaparecido para los que le quisimos y para las letras: el doctor Enrique Larrondo y Maza, amigo de González y ávido de que alguien compartiera las primicias de aquel trabajo brillantísimo. Se propone el autor buscar la génesis del escudero y fijar los términos de su carácter, y sostiene que la idea primitiva de Cervantes al crearlo fue el producto de una necesidad artística para oponer a don Quijote una antítesis suya, aunque no con miras filosóficas ni simbólicas. Y tan es así, que Sancho «aparece incoloro, titubeante e inseguro, y a medida que avanza su personalidad se robustece y afirma, hasta que ya en la segunda parte se crece y agiganta, llegando a hombrearse con el propio don Quijote». González va siguiendo la evolución del escudero, cuyo carácter va complicándose y ennobleciéndose paulatinamente «al contacto de la superior cultura de su amo, adquiriendo cada vez mayor consistencia y relieve»; y llama la atención del lector acerca de la diferencia que hay entre el lenguaje de Sancho en los primeros veinticinco capítulos y el del resto de la obra, pasando de la sobriedad en el hablar, que los distingue primero, a la locuacidad posterior.
Explana su convicción de que la personalidad de Sancho fue objeto de profunda y detenida meditación para Cervantes a medida que la novela fue desarrollándose, y se reafirma en su génesis fundamentalmente artística, porque su presencia era indispensable para que don Quijote no tuviera que reducirse a discurrir en un perpetuo monólogo, y bien sabido es cómo las conversaciones del caballero y su fiel escudero están imbuidas de sabia enjundia, que desde las primeras ediciones les dieron inusitada popularidad. Sobre la etiología del personaje reconstruye las teorías apuntadas acerca de tipos bufonescos del teatro o los que desfilan por los propios libros de caballerías. No rechaza Manuel P. González que originariamente Cervantes haya concebido a Sancho, partiendo de estos antecedentes, e inclinándose mucho a aceptar el criterio de Menéndez y Pelayo de que haya sido Ribaldo, el escudero del Caballero Cifar, el que le haya servido de modelo; pero sólo en la función asignada cerca del manchego, pues en el carácter no hay precedentes en el sentido antitético, y en la segunda parte las proporciones son colosales, haciendo expresar al crítico italiano Paolo Sauj que la segunda parte es la novela de Sancho. La monografía de González se extiende en el estudio psicológico del glorioso simplón, cuyas virtudes, como sus defectos, va señalando y apostillando con seguridad y acierto.
Por último, la doctora Laura Mestre (cuyos trabajos humanísticos, y sobre todo los helénicos, han conquistado reconocimiento y encomio de los más señalados maestros europeos) insertó en su libro Literatura moderna (1930) su breve pero enjundioso ensayo sobre la «Significación del Quijote». Recalca el enigma del origen y apunta la posibilidad de que la concepción del tipo se deba a que tal vez enamorado Cervantes de la nobleza y el valor de la caballería andante situara la figura del hidalgo manchego en otro siglo de más sentido práctico y más razonables costumbres, consiguiendo así el mejor efecto de la obra, por medio del contraste entre las características del héroe y las condiciones del medio en que realiza sus proezas.
He sido, como habéis visto, el relator de este gran congreso cervantino, que ha sesionado desde que Cuba tiene conciencia cultural. Hay mucho más que decir, sin embargo, en lo que toca a esta tradición que hoy nos ocupa. Es verdad que sólo he querido detenerme en los trabajos que entrañan el espíritu especulativo de la preocupación de Cervantes, pero no sería justo silenciar la participación que la poesía tiene, como voz la más casta del sentimiento, en el alma de dicha tradición. Y desde José Jacinto Milanés, en su proverbio dramático A buena hambre no hay pan duro (que se refiere a un episodio de la vida de Cervantes en su matrimonio con doña Catalina de Palacios), hasta la Meditación sobre el ‘Quijote’, escrita expresamente para este acto por Agustín Acosta, los poetas cubanos han cantado en nuestro parnaso las glorias de Cervantes.
Ricardo del Monte escribió un castizo tríptico en sonetos sobre el habla de Cervantes, el Quijote y el abrazo que entre Cuba y España se tiende a través del idioma. Enrique Hernández Miyares evoca el altruismo del caballero andante en el célebre soneto La más fermosa, que dio lugar a un resonante pleito literario. Emilio Bobadilla exalta, en otro soneto, a Rocinante. Juan Guerra Núñez emplea la criolla décima para cantar a Dulcinea. Eugenio Sánchez de Fuentes (que por cierto hizo su tesis universitaria sobre el Quijote) compuso una extensa oda A Cervantes. Para el teatro escribió José E. Triay más de una obra: El cautivo de Argel (boceto dramático) y Cervantes (loa que fue representada por Luisa Martínez Casado por 1877), ambas en verso.
Asimismo la música y la pintura, como la poesía, aunque en mucha menor proporción (conste que he dejado de citar muchos versos cubanos), también se han inspirado en motivos cervantinos. Dícese que en la casa del obispo Espada, situada en Reina e Industria (y hoy dolorosamente derruida), hubo «frescos» con escenas del Quijote, pintados por Vermay y Perovani. En nuestros días, Esteban Valderrama es autor de un lienzo que evoca la aventura de los molinos de viento. No han faltado en nuestra música himnos como el de Gratillo Guerra, con letra de José de Poo, estrenado en el acto organizado por el Nuevo Liceo, en 1833, y en el que leyó Varona la conferencia que oportunamente comentamos.
Resumiendo este paseo por nuestra bibliografía, y en el que habéis tenido la generosidad de acompañarme, llegamos a una conclusión optimista: en Cuba han sido expuestas ideas muy originales, muy exclusivas, sobre el pensamiento cervantino, dignas de figurar entre las más calificadas de la bibliografía española. Justo es confesar, sin embargo, que las especulaciones y pronunciamientos han tenido por objetivo único el Quijote, prescindiéndose del resto de la producción, por lo general. ¿Será porque Cuba es país de oradores y la lengua del Quijote es, por su construcción, cadencia y alientos, una lengua oratoria? Acaso, además del verbo sonoro y enfático, es posible que nuestro espíritu, por tantas razones originarias imbricado en una axiología ancestral que resume como tipo humano don Quijote, síntesis a la vez de las más deslumbrantes universalidades que ha parido la luminosa inconsciencia, se ha sentido absorbido por él; y así, la atención y la reflexión de los más avezados comentaristas cubanos de Cervantes, como los del resto de la América Hispana, en que se produce análogo fenómeno, han sido insumidos por aquellos capítulos bíblicos de nuestro abolengo racial.
Cervantes y don Quijote parecen identificados en la misma fisonomía: aquél se miró a menudo en el Caballero de la Triste Figura, trasunto moral del desdichado alcabalero de Sevilla, y Cervantes (y aquí permitidme que reproduzca, para finalizar, conceptos de mi ensayo cervantino El dolor de ser bueno):
...plasmó en el caballero su propio espíritu, mordido y desgarrado por la incomprensión, el desenfado, el engaño, la injusticia y la impiedad, lo mismo que el de su arrogante y esforzado héroe. La locura que enajenó a don Quijote es la misma que enajenó al inventor del veraz Cide Hamete Benengeli, que vivió las alucinaciones de su encantamiento espiritual e imaginó caballeros y gigantes donde sólo había malandrines y pigmeos. Pero Cervantes marchaba por la vida resignado y dispuesto, gastando de sus tesoros interiores lo que la penuria de la realidad le negaba en maravedíes, y así fueron cristalizando en sensaciones de bellezas, que forman novelas, comedias y poemas, las privaciones, las decepciones y los desamparos. El zumo agrio, convertido en mieles, y las mieles fermentadas, en licor dulce y generoso. Y de idéntico modo hizo marchar a su héroe, resignado y dispuesto, alentado siempre por el ideal multiplicador de fuerzas y de arrestos.