Por César López*
... el Caballero de la Triste Figura, como pienso llamarme de ahora en adelante; y para que mejor me cuadre tal nombre, determino de hacer pintar, cuando haya lugar, en mi escudo, una muy triste figura.
—No hay para qué gastar tiempo y dinero en hacer esa figura —dijo Sancho—; sino lo que ha de hacer es que vuestra merced descubra la suya y dé rostro a los que miren, que sin más ni más, y sin otra imagen ni escudo, lo llamarán ‘el de la Triste Figura’.
Linaje significa lealtad y lealtad implica persistencia, perseverancia. Ello puede constituir una línea y de hecho la integra, sobre todo cuando no se salta su propósito, sino que insiste en el logro hacia su objetivo perpetuo y perpetuado. La línea inacabable, casi eternizada por el artista. Línea que no va buscando nada porque su meta es el encuentro previo y previsto. Con humildad y bondad y, naturalmente, con mucho de soberbia, el creador se lanza a su derrota que es ruta y no fracaso. Por eso Miguel de Cervantes persiguió hasta el último detalle conveniente para sus fines que le podía brindar o no el curioso y detallista —real o imaginario recurso a pesar de las irritadas displicencias de don Miguel de Unamuno al respecto— Cidi Hamete Benengeli en la obra calificada hasta la exasperación de máxima cumbre de nuestra literatura. Y habría que solicitar venias y salvedades para escapar a cualquiera otra calificación aunque sea levemente distinta. Cosa que, desde luego, no es el objeto de esta presentación. Se trata de la línea. Y no de la línea lineal y genial del texto El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, sino de su recreación plástica a manos del pintor y dibujante Juan Moreira. Cubano y por tanto de la más profunda, acabada y mestiza españolidad, que lo autoriza y reta a esta aventura tremenda que consiste en seguir con su línea la línea del Caballero de la Triste Figura.
Asegura Unamuno que «tarea difícil es la de pintar a don Quijote, harto más difícil que hinchar a un perro, y empresa de la más digna de pintor español». Varias notas son reveladas en esta breve y apretada cita. La primera es quijotesca en sí y se refiere al divertido lance del perro hinchado o inflado que aparece en el «Prólogo al lector» de la segunda parte del libro; y la segunda lo que va a resultar un llamado al orden de pertenencia, casi racial, una etnia que va más allá de lo superficial caracterológico y se remite a las esencias: «empresa de las más dignas del pintor español». No sería el momento de deslindar la acepción de pintor español siquiera sea en algo de su compleja y polémica parcialidad, pero sí, grosso modo, y posiblemente con una anuencia escandalosa del contradictorio vasco, afirmar lo capacitado que está el cubano, y Moreira lo está demostrando hasta la saciedad, para emprender la digna empresa. Lezama lo ampara: «Sólo lo difícil es estimulante».
Juan Moreira se decide por el dibujo y lleva su línea hasta las últimas consecuencias de su linaje al mismo tiempo que es fiel, quizá sin conciencia plena del texto unamuniano, al legado cervantino que todos compartimos.
Como Unamuno basa su enunciado en pintar a don Quijote («con escrupuloso cuidado me he entretenido de entresacar de las páginas vivas de El ingenioso hidalgo cuantos pasajes se refieren más o menos directamente a los caracteres físicos de don Quijote»). Parece conveniente reproducir esos pasajes que le sirven de guía tanto al pensador de la universidad de Salamanca como al supuesto pintor que emprenda la hazaña; y en este caso a nuestro Juan Moreira, de tan sugerente nombre.
He aquí los fragmentos:
Estos puntos resultan más que atinados, amén de los sabrosos y, naturalmente, contradictorios comentarios que Unamuno deja caer contra esto y aquello a lo largo de los ensayos que atañen a la figura de Don Quijote. Ahora bien, cuando Juan Moreira se decide por el trazo, la línea, su dibujo, no renuncia a pintar al Quijote, sino que escoge una técnica, un método, por así decirlo. Logra una voluntariosa manera de acercarse a la figura mítica —y la humaniza más—, a la figura humana —y la mitifica más.
Nuestro artista busca no sólo la figura del Ingenioso Hidalgo y de su escudero, personajes insoslayables; también acude a coprotagonistas ocasionales y hasta a la comparsería inevitable de la novela. El delicado cuidado alcanza hasta el último detalle del telón de fondo, de la atmósfera precisa y reveladora.
Moreira logra su Quijote, dentro y fuera de él. De Cervantes y del propio pintor insular. Sabrosa, serena, sabia recreación.
Ese mirar por múltiple y clásica mirazón permite el deleite de la lectura doble, plástica y textual, de signo y palabra, lectura que no interfiere con el texto, conocido o no por el trato directo o indirecto del lector en quien, de cualesquiera de las formas posibles o imposibles, conoce previamente de las aventuras de quien fue y vuelve a ser Alonso Quijano el Bueno, sin dejar de encarnar al legendario —realista e idealista, si se quiere a tiempo— caballero manchego.
Moreira sabe mirar, que es algo así como ver más atención; y luego reproduce, recrea, repasa lo gozado y lo devuelve nítido, cargado de la experiencia de su propia aventura.
Ese candor en la mirada de artista se refleja, restituido, en las miradas de los personajes, en la dirección de las mismas. Obsérvese cuando el Quijote mira el cielo, su diferencia ensoñadora de la trayectoria terrenal, cuando abre más los ojos, o los entreabre o los entrecierra, y la dulzura severa de su ceño o lo contrario que es igual, para contrastarlo con el gesto adormilado de Sancho, su barba distinta tan señalada en los textos. Solo faltarían los colores y, sin embargo, sabemos que no son necesarios porque Moreira cumple sus propuestas de manera tal que todo queda confirmado, sugerido por previsto, afincado en los logros. Dado.
Detenidos en el surtidor del alma purísima del Caballero de la Triste Figura nos percatamos de que el pintor y dibujante ha resuelto el enigma de la belleza del protagonista manchego. Punto este que parece servir de apoyo y piedra de toque a todo el proyecto plástico-quijotesco del cubano. El Caballero levita a la vez que se afinca en la tierra. La nobleza desborda. El secreto pasó de Cidi Hamete Benengeli a Miguel de Cervantes, inquietó a ese donquijotesco Don Miguel de Unamuno, soslayó a Gustavo Doré, estrepitó y espiritó a cuanto pintores, escultores, caricaturistas, que en el mundo han sido —bachilleres, curas, barberos, duques y etcéteras— y llegó calmo, más íntimo y humilde en su orgullo, a la noche insular, que aparte de la invisibilidad de sus jardines, no deja de ser clara y serena, porque es oscura y profunda en su paradoja.
Y aquí se revela o devela o desvela. Nueva vela de armas y de letras y de figuras trémulas con que Juan Moreira contribuye al reino de este mundo tan cervantino y nuestro. Espacio y tiempo. Encarnación viviente de la palabra que es nuestro solar y patria mayor. Lengua no muda en sus diferencias y distinciones.
En estos días de centenarios y recordaciones, Moreira centuplica sus andanzas, que ya son muchas, y vuelve al camino, lo puebla de una vegetación particular y propia y nos devuelve al Caballero. Gala y flor y gracia de la caballería. Del linaje leal de la línea.