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El «Quijote» en América

El Quijote en Cuba. Introducción

Josefina Suárez y Pío E. Serrano

Mucho ha andado el entrañable caballero por los caminos y las ánimas de esta ínsula angosta. Llegó a Cuba en los tiempos de su conquista y colonización a sangre y fuego, y como no le faltaron desde entonces entuertos que desfacer, arremetió contra ellos encarnando en hombres de vocación quijotesca como lo fue fray Bartolomé de las Casas, que tan brava y agónicamente bregara para combatir la injusticia y asistir a los débiles. En españoles como él vivió don Quijote, el mismo caballero que engendrara lo más preclaro y noble de la espiritualidad hispánica, para devenir en imperecedero símbolo universal. Imantador y contagioso por excelencia, también anduvo desde el primer momento por las conciencias de los cultos criollos, que en algo asimilaron la sabiduría, el humor y la belleza dolorosa de aquella singular obra de arte. De todas formas, por esos inevitables avatares del régimen colonialista, hasta finales del siglo xviii (antes que el despotismo se tornara ilustrado), no era inusual que en las colonias españolas de América se pusiera «preso a un criollo, porque leía el Quijote».1

Relativamente pronto circularon por los medios urbanos de la Isla los famosos personajes cervantinos, inevitablemente estereotipados. En la propia España su popularización había sido vertiginosa; cuenta José de Armas y Cárdenas (Justo de Lara), que «en Semana Santa de 1605 eran ya tan populares los personajes de Cervantes [...], que en una calle de Valladolid se reunieron más de doscientas personas para hacer burla a un don Quijote», el cual callaba, dice un documento de aquellos días, «como calló Sancho». Y apenas «veían las gentes un rocín flaco cuando decían “allá va Rocinante”».2

Ese fenómeno no pudo producirse obviamente en Cuba al mismo tiempo que en España, pero no cabe dudar que sobrevino con asombrosa rapidez. Ya en el siglo xviii la socialización de la famosa novela cervantina y de sus personajes resulta incuestionable. Y aunque los primeros documentos usualmente citados para constatarlo se remontan a su última década, por su mismo carácter denuncian que el fenómeno tenía una antigüedad mucho mayor. Harto significativa resulta, por cierto, la irrupción de los dos famosos personajes cervantinos en espectáculos de amplia audiencia popular, como fue el caso de la primera obra teatral de autor cubano que ha llegado hasta nosotros: El príncipe jardinero o fingido Cloridano, del habanero Santiago Pita, cuya primera «representación conocida» tuvo lugar en el Coliseo de La Habana en abril de 1791, aunque había sido impresa en Sevilla varias décadas atrás. Para nosotros se trata sobre todo de que la comedia explotaba el efecto humorístico de las comparaciones basadas en las imágenes estereotipadas de don Quijote y Sancho Panza, a través de los dichos del «gracioso» de la obra, y de que la concurrencia mayormente popular entendía perfectamente los efectos buscados.3 Y no hay indicador más elocuente de la maduración del conocimiento y la comprensión popular de un tópico que su presencia en un espectáculo público.

Otro tipo de implicación debe atribuirse a las referencias elogiosas a Cervantes y su obra que aparecen durante la década de 1790 en diferentes números de Papel Periódico de La Habana, impreso de circulación restringida a los sectores cultivados y opulentos de la colonia y primera publicación periódica de la Isla. Aquí localizamos expresiones germinales de lo que será una profunda y sostenida tradición de estudios cervantinos en Cuba. Los breves comentarios que se formulan en esta publicación sobre el genial autor de Don Quijote proceden de personajes dotados de una sólida formación humanista. Son los intelectuales de la generación finisecular que sienta las bases de una cultura «criolla», que se singulariza y comienza paulatinamente a tomar conciencia de su identidad y de sus intereses propios.

Hasta la segunda mitad del siglo xix, la intelectualidad isleña no produjo textos significativos sobre Cervantes, o su obra mayor, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, aunque en todos los casos sus personalidades relevantes nos legaron, con relación a aquel genio y a la más universal de sus criaturas, sustanciosos fragmentos, escuetas reflexiones u observaciones varias, que insertaron en el marco de textos dedicados a otros asuntos o recogidas en los más diversos sitios (colecciones de aforismos, discursos, artículos polémicos, cartas personales, etc.). En ocasiones se trata de párrafos expresivos de juicios muy profundos, capaces de informarnos del lugar privilegiado que ocuparan Cervantes y su don Quijote en la cosmovisión de individuos y grupos, en coyunturas históricas determinadas. Pero en todos los casos resultan testimonios demostrativos de que el conocimiento más o menos profundo de Cervantes y de su obra constituía, desde las primeras décadas del siglo xix, un componente obligado en la formación cultural media de todos los «criollos» que habían cursado estudios. Cervantes y su Ingenioso hidalgo aparecen en los escritos representantes de la Ilustración criolla que se despliega desde las postrimerías del siglo xviii. Entre sus portadores descuella el presbítero José Agustín Caballero, que precisamente en el contexto de la encarnizada polémica que mantenía con los sostenedores de la filosofía escolástica, publica un artículo en el Papel Periódico de los días 1 y 14 de marzo de 1798, donde convertía la interpretación al uso de don Quijote en un instrumento contra sus opositores:

Entregados del todo al discurso, dejaron a un lado la naturaleza.
[...]. Consumieron toda su vida disputando de las voces, y no de las cosas.
[...]. Que es ver a un aristotélico armado de ergo talar, queriendo probarlo
todo sin experimentar nada. Así quería Don Quijote vencer soberbias
peleas sin más ejército que su brazo, ni más armas que su lanza y escudo.
Pero ¡qué caro le costaban en la práctica estos osados acometimientos!
Aquí cae herido en tierra. Allí es apaleado por todo el cuerpo [...].
¡Así andáis vosotros, miserables ergotistas! Enristrando el ergo y
embrazando el distingo, acometéis la soberbia hazaña de introduciros
en ciencias que nunca habéis saludado [...].4

De don Quijote no destaca otra cosa que el costado iluso, obviando completamente el sentido profundo del personaje. Esta manquedad, o percepción limitada de la gran obra, era frecuente por entonces. Y no deja de ser cierto que durante sus dos primeros siglos de existencia se la juzgaba usualmente como mera novela de entretenimiento, y los hechos y dichos de su protagonista eran tomados como expresiones de la locura y los extremos de insensatez y ridículo a los que puede conducir. No sólo en Cuba, sino también en el resto de la América española, y en la propia España.

Cervantes y su don Quijote aparecen también en los escritos de la generación que a partir de los años 1820 señala los contradictorios derroteros de la cubanía. Domingo del Monte, sus contertulios y corresponsales, José Antonio Saco, los aluden, exhibiendo cabal conocimiento de la novela y de sus famosos personajes, que a veces tratan con reticencia y hasta critican francamente, como fue el caso de José María Heredia, que, coincidiendo seguramente con su amigo y mentor Del Monte, culpaba de «mal gusto» al texto cervantino. Con excepción de José de la Luz y Caballero, ninguno muestra una penetración certera y abarcadora, ni cercanía espiritual al universo del Quijote. Luz y Caballero —que define la desventura como «alimento y aun germen del genio», destacando entre los grandes que ilustraban su aserto a Cervantes como el más original desde que hay hombres—,5 apela al Quijote y a su autor desde perspectivas tan diversas y originales que trascienden completamente las de sus contemporáneos. Veámoslo, por ejemplo, durante la memorable polémica filosófica del año 1840, defendiéndose brillantemente de sus diversos oponentes:

Tercera falta que me apunta: «escritoriles». «No existe, dice, semejante adjetivo en la lengua castellana» [...] Mire, compadrito folletinero [...]. La palabra escritoril no está en el diccionario de la lengua castellana; pero sí en la lengua castellana.
Tampoco encontrará V. el adjetivo venteril, y ya lo prodigó con otros de igual fabricación el sin par Miguel de Cervantes Saavedra [...].6

Más adelante, respondiendo a otra objeción igualmente pedestre, Luz argumenta:

...el estilo de la polémica, y máxime siendo festivo, es el campo más a propósito para inventar e introducir términos burlescos y significativos, cuando no los tenga el idioma, y siguiendo en ellos las leyes de su formación. ¿Quién nos quitará de hoy más en La Habana que para dar a entender la ligereza llevada al extremo, digamos proverbialmente ligereza piperina, así como para significar un pobre jaco, flaco, penco, molido y enclenque, [...] se ha dicho siempre rocinante en tierra de cristianos desde los días del nunca finado Miguel de Cervantes Saavedra, espejo y prez de la parlante caballería? [...]».7

Curiosamente, uno de sus antagonistas, Manuel González del Valle, apela también a Cervantes para atacar a Luz, comparándolo con aquel Avellaneda que trató de oscurecer la gloria cervantina. En esa dirección apunta que «aún existen infinitos Avellanedas encubiertos, cuyo disfraz es necesario arrancar, para que resplandezca la verdad [...]».8

Otro de sus contradictores, tratando de ridiculizarlo, escribe: «Nuevo Quijote literario tenemos en campaña, desfacedor de agravios y enderezador de entuertos [...]. No se puede ir a la mano desde su enfermedad de la cabeza. [...]9

Independientemente de las antagónicas posiciones filosóficas (y políticas) en conflicto, esta polémica filosófica aporta un elocuente indicador de la medida en que Cervantes y su Quijote están orgánicamente insertos en la cultura de la Isla, y se expresan e imbrican en todas sus esferas y niveles.

II
Los estudios cervantinos en Cuba y su ritmo histórico

En la década de 1880 comienzan a aparecer, crecientemente, estudios cervantinos en las publicaciones periódicas y las actividades culturales, que precisamente en el contexto de la posguerra se van multiplicando. Es en esa década cuando se producen en Cuba las primeras piezas notables sobre Cervantes y su obra: en 1881 Tristán de Jesús Medina publica su «Cervantes y Calderón», Varona pronuncia su famosa conferencia en 1883, y enseguida aparecen los primeros textos cervantinos del joven Armas y Cárdenas.

Tras el advenimiento de la República de Cuba en 1902, cambian las condiciones de la producción de textos cervantinos, que crecen en ritmo y en volumen. Pero lo que durante el régimen colonial español fuera un producto espontáneo, se ve en buena medida institucionalizado bajo la República. Y aunque no dejan de existir intelectuales de vocación cervantina que mantienen su dedicación al tema en toda circunstancia, la mayoría de los intelectuales cercanos a la temática operan acorde a ciertas regularidades, en especial al ritmo de las efemérides y toda la barahúnda de eventos académicos y otros, celebrados en Cuba y en otros polos de cultura hispánica.

A los tres años de inaugurada la República de Cuba, la conmemoración de los 300 años del Quijote (1905) trajo consigo la mayor producción numérica de piezas cervantinas que se había conocido en Cuba, que ocuparon transitoriamente un lugar de privilegio las páginas de la prensa periódica y entre los libros publicados. En 1916, la conmemoración de los 300 años de la muerte de Cervantes trajo una reactivación de aquel fenómeno, aunque en menor escala.

Como era previsible, el subsiguiente acercamiento cervantino en Cuba se registra en 1947, en que se conmemoraban los 400 años del nacimiento de Cervantes. Aunque, en general, toda la década de 1940 asistió al crecimiento, sobre todo cualitativo, de la producción cervantina de la Gran Antilla.

Y ya dentro de la Cuba actual, este 2005, en que el Quijote arriba a sus 400 años de existencia, también ha traído consigo la elaboración, presentación y publicación de un considerable número de textos cervantinos.

La tradición cervantista en Cuba. El cervantismo auténtico y el ocasional

Aunque es preciso admitir que todos los que han producido trabajos relacionados con la temática o promovido su divulgación se insertan en el transcurrir de esa tradición única, es indudable que existen diferentes categorías de cervantinos. Lo son por antonomasia, sin duda, los especialistas en los estudios hispánicos que se han dedicado sistemáticamente a cultivarla, produciendo como consecuencia una serie de obras en que se plasma la continuidad de su investigación y de su reflexión al respecto. En Cuba, tal sería el caso de José de Armas y Cárdenas, de José María Chacón y Calvo, de Mirta Aguirre, de Jorge Mañach y de Roberto González Echevarría, por citar solamente algunos de los más connotados exponentes de diferentes generaciones.

Ahora bien, por obra y gracia de la docencia de nivel medio y universitaria, han existido multitud de hispanistas, en el amplio sentido de la palabra, que eventualmente producían textos sobre Cervantes y su obra, quedando automática y generosamente registrados en la categoría de cervantistas.

La categoría más abundante entre nosotros es, sin embargo, la de los cervantistas ocasionales, que incluye todo un conjunto de escritores que, en el contexto de las circunstancias creadas por las conmemoraciones cervantinas, son compelidos a producir textos cuyo brillo literario no alcanza a difuminar la condición de legos de sus autores. Esta ocasionalidad, no obstante, ha generado alguna que otra vez textos memorables, producto de un talento y una cultura inusitadas, y sobre todo de una percepción entrañable de las esencias de la obra cervantina. Tal es la conjunción que explica, desde nuestro punto de vista, escritos como los de Gastón Baquero y Beatriz Maggi, que honran nuestra pequeña antología.

Nuestra selección

Esta selección presenta una pequeña muestra de textos ilustrativa de lo sostenido y variado de los estudios cervantinos en Cuba durante poco más de dos siglos, y de los alcances que puede atribuírseles.

Los intelectuales cubanos que han realizado aportes en este campo a través de sucesivas generaciones muestran una rica diversidad de orientaciones filosóficas y metodológicas, sociopolíticas e ideológicas, de la misma manera que radican en la actualidad dentro o fuera del territorio de la Isla. La breve muestra de piezas cervantinas que presentamos se ha reunido aplicando el criterio de la calidad e interés de los textos examinados, sobre la base de la aceptación de la diversidad que nos conforma, y del respeto y de la tolerancia de la diferencia que estamos aprendiendo a practicar.

La muestra incluye estudios académicos, corporizados en monografías, aunque predomina el género ensayístico, los textos interpretativos de una factura estilística acabada y portadores de reflexiones personales (Gastón Baquero), que arrojan en algunos casos notables saldos de originalidad y de hondura de ideas (J. J. Remos), aunque sólo unos pocos trasciendan los marcos del pensamiento establecido en esa esfera, como lo hicieran en la primera etapa de la producción cervantina cubana Enrique José Varona, en 1883, y José de Armas y Cárdenas en 1905. O como ocurrió en la década de 1940 con la ensayística cervantina de José María Chacón y Calvo, Mirta Aguirre, Jorge Mañach. Y más recientemente con los trabajos de Roberto González Echevarría y con el sorprendente «Falstaff y Sancho» de Beatriz Maggi.

III
La conferencia sobre Cervantes pronunciada por Varona el 23 de abril de 1883 en el Nuevo Liceo de La Habana tiene harto merecido el derecho a figurar, e incluso a encabezar, cualquier antología de la producción de los cervantistas cubanos. Es el primero de los grandes intelectuales que se ocupó de valorar rigurosamente la vida y la obra de Cervantes; el primero también en formular una profunda apreciación sobre su Don Quijote. El texto de referencia constituye, por otra parte, una pieza de calidades muy notables, que puede someterse a la más exigente revisión actual, que reconocerá previsiblemente que la vitalidad y la riqueza intelectual que configuran el «Cervantes» de Varona convierten su lectura en un quehacer placentero, fecundante y pleno de sugestiones. El juicio de Cintio Vitier al respecto es terminante:

Por la armonía de sus partes, el dominio de la historia de España, la sagacidad de los enjuiciamientos críticos y la nobleza de la prosa, esta conferencia es una de las piezas magistrales de nuestras letras [...] como trabajo breve. Puede hombrearse con los mejores aportes cervantinos de todas
las épocas.
10

En tiempos de casi absoluta hegemonía mundial del positivismo, este pensador camagüeyano se definió como «evolucionista convencido», seguidor de Spencer y contradictor de metafísicas y ontologías; pero el positivismo fue «su escuela formativa, no su dogma».11 Varona lo flexibilizó y aplicó de manera más libre y creadora de la que lo hacían otros pensadores de la América Latina. Así, en su Cervantes se ciñe parcialmente al método crítico de Hipólito Taine para estudiar al genial autor del Quijote en relación con el estado político y social de la España que le fue contemporánea.

En magistral síntesis, Varona caracteriza las condiciones que, por una parte, conducían a la corrupción del pueblo y la nación española, impidiendo, por otra, la percepción de los crecientes síntomas de decadencia, raíces para una suerte de quijotización colectiva:

...el pueblo, incapaz de discernir los síntomas de decadencia y ruina entre las muestras de tanta grandeza y tanta prosperidad, continuaba endiosado en la engañosa certidumbre de su incontrastable poderío. En sus concepciones, en sus proyectos, en sus deseos, todo era desproporcionado; sobre una base real se edificaban mil desvariadas quimeras; y de aquí la exageración permanente de todos los sentimientos, aceptada como indicio de grandeza de animo; la hinchazón como norma de la sublimidad de las ideas, y la violencia como signo seguro de fuerza.12

Varona se ocupa finalmente del libro donde Cervantes

...reconcentró [...] cuanto había visto y sentido, el mundo que habían mirado sus ojos y el que había conformado en su mente: el Quijote. Al apreciar los valores múltiples de esa obra, Varona destaca como definitorio el que configuraba su universalidad: la gran novela era mucho más que la auténtica expresión artística de la vida del propio escritor, de la de su pueblo, y época, porque «el summum del arte estriba en plantear de alguna suerte el problema humano, e interesar en su resolución a los hombres de todos los tiempos y de todos los países». 13

En ese sentido Varona nos dice:

No busquemos más lejos que en nosotros mismos los originales eternos de sus dos maravillosas figuras; aquí están, en el fondo de toda conciencia, pugnando siempre y siempre unidos, contradiciéndose incesantemente e incesantemente de acuerdo, viendo a la par el doble aspecto de las cosas y engañándose a la par seducidos por el deseo. Los admirables diálogos del caballero y el escudero han resonado con voz más o menos queda en todo corazón, pues siempre ha habido una quimera hermosa que alguna vez y en alguna forma seduzca al de temperamento más frío y positivista; y alguna vez y de algún modo la experiencia descarnada ha posado su mano glacial sobre las sienes del mas ardoroso perseguidor de la belleza ideada. Las aventuras de Don Quijote y Sancho son un símbolo transparente de la vida humana [...].14

Esa es, sin duda, «la clave última del Quijote, más allá de su también indiscutible condición, tan bien captada por Varona, de testimonio de un pueblo y una
época».15 Creemos encontrar en los finales de esta magistral pieza una resonancia personal, o más concretamente, la resonancia en el texto de Varona de una angustia y una aspiración patriótica. Lo advirtió José Martí cuando escribió que la unidad de sus conferencias radicaba en el «amor a la patria» que trasuntaban.16 Esa resonancia se plasma en la secuencia final del «Cervantes» que, no por casualidad, será reiteradamente retomado hasta convertirse en componente significativo en el discurso de las mejores aspiraciones de la intelectualidad patriótica.

Y no se acuse a Cervantes de pesimista: devolvía al mundo las lecciones que del mundo había recibido, y puso más adentro de su obra la enseñanza superior que le dictaba su espíritu. Si queréis encontrarla, buscadla en esa escena admirable, con que termina verdaderamente la obra cuando, derribado en tierra don Quijote por el Caballero de la Blanca Luna, que le pone su lanza a los pechos y le ofrece perdonarle la vida si confiesa el error en que ha vivido, si reniega del ideal de su existencia, y declara que Dulcinea no es la más hermosa dama del orbe, el indomable caballero le responde: «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado
la honra».17

Veamos la significación y el sentido trascendente que Varona atribuye a ese dramático episodio. Se trata naturalmente de una enseñanza universal, pero pensada (y sentida) en y para Cuba, que apenas tres años atrás había asistido al fin de una prolongada guerra de independencia que debió concluir sin haber conquistado su objetivo. Es en esta «derrota» (cubana) en la que piensa en primer término, y tal es la manera de valorarla que propone:

¿Qué importa caer vencido si se pugna por la verdad, adorada en el santuario de la conciencia? No hay golpe, ni revés, ni dolor, ni amenaza, ni certidumbre de muerte, que pueda imponer una convicción al pensamiento, que se levanta libre y resplandeciente del campo de la derrota, y afirma y proclama su derecho a tener por bueno y hermoso y santo lo que como tal contempla y reverencia.18

Es así —concluye Varona— «cómo se templa el ánimo y se le prepara para las grandes luchas de la vida». Hombres como Cervantes (o Dante, o Swift) fustigan a «los pueblos indolentes o dormidos», llamándolos «al único puesto digno del hombre, a lo más recio de la pelea, porque, si no a todos es dado conseguir la victoria, deber de todos es disputarla y mostrarse dignos de mecerla»; en la contienda «para ir a la conquista de un estado más perfecto», guiándolos «hacia la tierra de promisión, donde el hombre ha de habitar en paz un día, respetando el derecho y ejercitando la justicia [...]».19

El segundo ensayo que presentamos, «El hombre y el artista», de Esteban Borrero Echevarría, forma parte de su libro Alrededor del ‘Quijote’. Este texto difiere sustancialmente del de Varona que preside esta muestra, y es preciso reconocer que la inclusión del mismo responde fundamentalmente al propósito de ilustrar la presencia en nuestras letras de la tendencia critico-filosófica que representó, aunque desde el punto de vista actual sólo reviste un interés histórico cultural. El texto cervantino de Borrero Echeverría ilustra el doble influjo de las corrientes críticas representadas por Marcelino Menéndez Pelayo, de una parte, y por Guyau, de la otra. No obstante su raigal independentismo político, la impronta del tradicionalismo hispanista de don Marcelino lo marcó profundamente.

En la crítica de Borrero Echevarría —médico de profesión— confluyen criterios procedentes de las ciencias naturales y de las sociales y humanistas, aplicados mecánicamente. De ahí que las posibles virtudes del ensayo, producto de su profundo conocimiento de la obra cervantina y de su fina sensibilidad de artista, quedan prácticamente sofocadas.

En «El hombre y el artista» —escribe Nilda Blanco— Borrero Echevarría «resalta la significación humana y trascendente del Quijote en el campo de la vida moral. Consecuente con su tesis de que el arte tiene su origen en una capacidad moral irreducible, en su esencia psicológica específica y de que se dirige principalmente a lo afectivo, sitúa la obra maestra de Cervantes como documento moral, como testimonio». Entre los factores que posibilitan la excelencia de la novela cervantina, Borrero enfatiza «la capacidad de Cervantes para percibir el matiz, moral, artístico y filosófico de un estado superior de la conciencia», sin olvidar los factores políticos, sociales, religiosos,
geográficos, etc.20

José de Armas y Cárdenas (Justo de Lara) cultivó «la critica humanista y ancilar en su más amplio y noble sentido. [...] Ningún critico cubano trató con tanto saber y tanta familiaridad los grandes temas del clasicismo europeo», y Cintio Vitier se inclina a considerar que «fue el mejor crítico profesional de nuestras letras».21

Seguidor de la escuela crítica comparada de la que fuera jefe Marcelino Menéndez Pelayo, en su obra están presentes, efectivamente, la hispanofilia y la revalorización de los aportes medievales, aunque en Armas y Cárdenas no estén lastradas como en su maestro «por un catolicismo oficial, militante e incluso intransigente».22 Fue en ese y otros sentidos un discípulo original de Menéndez Pelayo, a quien dedicó su Cervantes y el Quijote (1905), convirtiéndose en uno de los más notables cervantistas, no solo de Cuba, sino en la amplia esfera cultural hispanoamericana.

Ya en Cervantes y el Quijote Armas y Cárdenas revela plenamente los alcances de su capacidad crítica y su total conocimiento del tema en sus facetas literaria e histórica, sobre la base de una erudición sin par en la historia de nuestra crítica literaria. Todo ello encontraba su vehículo de expresión idóneo en un estilo sobrio, elegante y equilibrado.23 Es esta la misma obra que, luego de una cuidadosa revisión, Justo de Lara publicó nuevamente en 1915, con el nombre de El Quijote y su época (1915),24 y de cuya segunda parte, «El Quijote y su tiempo», hemos tomado algunos capítulos que ilustran el brillantemente legítimo magisterio cervantino de Armas y Cárdenas.

En la obra de referencia, el gran crítico cubano despliega su exhaustiva erudición, su sagacidad crítica y su prosa hermosamente equilibrada. A través de la misma se expresará también inevitablemente su frustración y su pesimismo histórico por el saldo arrojado por el pasado nacional reciente.

Particularmente atractivos resultan capítulos como el VII («Cervantes y el Quijote»), donde Justo de Lara busca la génesis del gran personaje en la vida y la personalidad de su creador. Cervantes pudo poner tanto de su propia alma en la de don Quijote porque él también «fue caballero andante, que no lidió contra encantadores ni malandrines, pero sí contra el sórdido y frío egoísmo de los hombres, sufriendo la miseria, el dolor y la injusticia, en un mundo donde no se le comprendía». Para el crítico, la gran novela era precisamente el producto de esa dolorosa experiencia vital, transfigurada por el portentoso talento de Cervantes.

Corta es la vida, y cuando se gastan sus mejores años en lo que llaman desvaríos y quimeras los muchos curas, barberos, duques, duquesas y Carrascos que existen en la sociedad humana, quedan sólo los tristes recuerdos de un pasado infructuoso y la burla despiadada de los juveniles desvaríos. Si todos los vencidos como Cervantestuvieran su genio, lanzarían también sus libros al mundo desde el triste rincón de sus desengaños. 25

Armas observa sagazmente que, aun cuando nunca se manifieste prácticamente, en todo hombre alentaba «un pequeño Quijote», que lo hacía reaccionar con indignación ante la lectura de los vejámenes y apaleamientos que sufría el caballero. Era entonces cuando en «el pequeño Quijote que hay en nosotros» surgía el deseo de «haberse visto en la refriega para con razón o sin razón, por ley o contra ley, empuñar también tizona o estaca y tomar parte por el buen caballero». Y cuantos sentían de esa manera podían llegar a convertirse en víctimas de aquellos «desvaríos y quimeras» que conducían inevitablemente a la derrota. (Porque «¿acaso no es el quijotismo grave y a la vez ridícula falta que puso en evidencia Cervantes para ejemplo de los españoles y del género humano?»).26

Quizás el más profundo y hermoso de los capítulos seleccionados sea el XI («Don Quijote»), donde nos dice que existen pocas páginas tan desgarradoras en la historia de la literatura como las que describen la muerte de don Quijote y las palabras que dirige a Sancho pidiéndole perdón por haberle hecho parecer loco como él mismo, haciéndole compartir su errónea creencia «de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo». Es esta para Justo de Lara «la frase más amarga que se ha escrito»:

¡Triste y horrible desengaño el suyo, pero triste y horrible verdad! El humano egoísmo puede raras veces engendrar quijotes de carne y hueso, y para buscar tanta grandeza de corazón , es preciso recurrir a la fantástica historia de un loco. 27

El crítico proyecta su personal manera —desengañada, pesimista— de reflejar el proceso revolucionario cubano del siglo xix, y su saldo, en su interpretación del Quijote. Para él la lectura de la obra conduce a dos conclusiones: que «es una injusticia de la vil realidad» que el mundo no sea tal y como lo soñó el desequilibrado cerebro del Alonso Quijano;

...y que al fin y al cabo, el desinterés ilimitado [...] el sacrificio de la propia hacienda y de la propia sangre por defender a los caídos y castigar a los indignos poderosos, no sean más que palabras vanas en el mundo, que usan los falsos quijotes.

En uno de los mejores momentos del texto, Armas precisa en qué consiste, o mejor, dónde radica la locura del Quijote —definición en la que localiza «el nervio central» del libro—. Subraya que su locura no consiste en amar un ideal y dedicar consecuentemente toda su vida a realizarlo. Por el contrario:

Su locura consiste en suponer que puede reparar las injusticias, defender a los débiles y castigar a los malvados, siendo un hombre solo, viejo, sin más auxilio que su jamelgo escuálido y unas armas antiguas. Esta desproporción en lo que consiste, por decirlo así el nervio central del libro, es lo que convierte en alucinaciones las ideas de don Quijote. 28

He aquí el gran error para Armas y Cárdenas: tratar de forzar los límites de la realidad, y no admitir el imperativo de adaptarse a sus leyes inflexibles. Esta idea por cierto ha de ser retomada y desarrollada prolijamente por Jorge Mañach en su Filosofía del quijotismo.

Cintio Vitier ha sido el primero en observar que la concepción de Armas sobre la locura del Quijote esta íntimamente conectada con la que tuvo sobre «el destino histórico de su país». Para él la historia era una esfera donde la fuerza se imponía inexorablemente. Tratar de rebelarse contra sus férreas leyes era «tan sublime como inútil, empresa de locos, destinada al desastre». Era quijotismo. Armas y Cárdenas, que había conocido y tratado con José Martí, lo consideraba un auténtico Quijote, es decir, «un sublime iluso» por haber aspirado a conquistar la república independiente para Cuba. Y quijotismo era sobre todo, después de 1898, rebelarse contra la realidad que desde su punto de vista imponía a Cuba la anexión o el protectorado de los Estados Unidos, a cuya defensa se consagró consecuentemente Armas y Cárdenas. El amor a las causas justas y los elevados ideales, la eticidad, quedaban relegadas «al plano íntimo o a la dimensión imaginaria del arte».29

Resultan de interés los paralelos que Armas establece entre el propio Cervantes y Velázquez, y entre don Quijote y Hamlet, por una parte, y Sancho Panza y Falstaff, por otra. Paralelos que, como se sabe, son lugares comunes en la literatura cervantina mundial. Incluso en el contexto de esta pequeña muestra se expresan sugerentes oposiciones en el planteamiento de los referidos paralelos.

Para Armas y Cárdenas, don Quijote es la antítesis de Hamlet. Pero estima que existe menos parecido aún entre las figuras de Sancho Panza y Falstaff, cuya mera comparación estima totalmente desacertada.

Entre Falstaff y Sancho no hay otra semejanza que la del enorme vientre, pero en su aspecto moral la distancia que los separa es inmensa. Falstaff es un mal hombre: fanfarrón, estafador, cobarde, lujurioso, calumniador, sin el menor destello de generosidad y nobleza. 30

Suscribe, además, la tesis de la «quijotización» de Sancho: de la elevación de sus miras y sentimientos por el contagio con los del caballero. En el ensayo de Beatriz Maggi, «Falstaff y Sancho», por cierto, se expone y se argumenta sólidamente una visión y un enfoque diametralmente opuesto a las ideaciones de Justo de Lara al respecto.

Puntos sutiles del Quijote (1922) lleva el sello del cervantista original y apasionado que fue su autor, Emilio Gaspar Rodríguez, cuya producción en esta especialidad se sitúa en los antípodas de la de Armas y Cárdenas. Hombre de cultura muy vasta pero asistemática, privilegió como investigador y ensayista las temáticas cervantinas, que abordó fundamentalmente desde el punto de vista del historiador y del sociólogo.

Sus trabajos, que aparecieron inicialmente por lo general bajo la forma de artículos de prensa y sólo después se refundieron en sucesivos libros, imprimieron en su escritura la impronta periodística, la amenidad, la variedad y la ligereza como tónica.

Tales rasgos se aprecian en Puntos sutiles del ‘Quijote’, cuyo contenido el autor definió con propiedad dándole el subtítulo de «Acervo histórico-sociológico de algunos pasajes». Aborda, en efecto, diversos episodios y personajes de la gran novela para esclarecer cuestiones muy variadas, pero que usualmente revisten un carácter histórico y a veces sociológico. Y aunque divide el libro en tres partes, y trata de singularizarlas, en cada una de ellas, en realidad, se desarrollan los mismos componentes fundamentales.

Emilio Gaspar Rodríguez presenta sus Puntos sutiles del ‘Quijote’ como una «meditación sobre Nuestro Señor don Quijote», adhiriendo la formula codificada por Rubén Darío en su famosa «Letanía», revelador de la especial jerarquía que atribuía al héroe cervantino. En sus palabras iniciales Gaspar Rodríguez enfatiza la dirección histórico-sociológica de su búsqueda al definir la finalidad del libro:

...he pretendido, al buscar el oscuro significado de algunos capítulos de El ingenioso hidalgo [...] exponer, desde el punto de vista histórico, las causas que debieron mover al escritor a retratar a personajes que de cierto vivieron en la sociedad española y actuaron en la vida pública del reino durante la época que precedió a la publicación de su gran novela satírica.

Para Gaspar Rodríguez era incuestionable que Cervantes, «en esas páginas de su obra maestra se propuso atacar, y en efecto atacó, a personajes de su siglo en muchos pasajes».31 Y él se ocupa muy especialmente de determinar la verdadera identidad de las personalidades históricas que Cervantes inserta en su fabuloso mural, y en primer término, la de los ducales anfitriones de don Quijote, reconocidos por él como los linajudos duques de Villahermosa. Tiene también el propósito de aproximarse a las posibles causas que indujeron a Cervantes a satirizar a aquellos prominentes personajes.

El autor posee un amplísimo conocimiento de la vida y obra de Cervantes y una minuciosa información sobre la historia y la sociedad española en que se insertan. Para dilucidar aquellos puntos cuyo esclarecimiento estima necesario para la comprensión del Don Quijote, se sirve de un voluminoso caudal de datos sobre personas, hechos históricos, localidades, tradiciones, etc. Y cumple, sin duda, en buena medida, los objetivos que se propuso. Abundan en su exposición datos e ideas sugerentes, como el momento en que nos presenta a Cervantes como «el mejor y más diligente glosador de su época», y explica las complicaciones que ello podía acarrearle, habida cuenta que «los gobiernos y los hombres no han gustado nunca de comentaristas capaces de descubrir el verdadero fondo moral de las instituciones y de los espíritus», apuntando por último la función que desempeñaron esas glosas en la producción literaria cervantina.32

No faltan al libro ni la sal ni la pimienta, porque narra intimidades escabrosas y escándalos de entonces. Así, en «el proceso de Antonio Pérez y la princesa de Éboli». Trasmite, en fin, información muy sustanciosa sobre la geografía, la historia y la sociología del Quijote, configuradas por las perspectivas personales del autor, que se formulan eventualmente a través de reflexiones subyacidas por la «filosofía» sentimental y moralizante, típica del momento y la sociedad en que vivió.

José María Chacón y Calvo escribe Retratos de Cervantes en 1947. La reciente colocación en el salón de actos de la Academia de Artes y Letras de Cuba de un retrato de Cervantes le sirve como punto de partida para elaborar este interesante texto, en el que se concentran las virtudes del gran hispanista. El pintor cubano Mariano Miguel había realizado ese retrato teniendo como modelo «la tabla famosa atribuida a Juan de Jáuregui», antigua posesión de la Real Academia Española. Esta respetable institución validaba su autenticidad, que era controvertida por otras ilustres autoridades cervantinas. Esto basta a Chacón y Calvo para aplicar su impresionante acervo cultural y rigurosa metodología al examen y la dilucidación del problema de la autenticidad de los supuestos retratos de Cervantes, teniendo con referente el preciso autorretrato legado por el autor del Quijote.

El autor trasciende esa cuestión para aproximarse a otras facetas de la vida y la obra cervantina. La sobriedad y la delicadeza de su estilo, que aúna la erudición con la emotividad, se adecúan atinadamente al carácter de cada tópico abordado, conduciendo el texto hasta el hermosísimo final que habla sobre los días postreros de Cervantes, tristes como los de su héroe inmortal.

¡Silencio maravilloso! Aquí está todo el anhelo, toda la esperanza, toda la ansiedad profunda del creador y de su héroe. ¡Silencio maravilloso que en la solitaria muerte, la muerte inadvertida por su España de entones, había de acompañar al más alto creador de las letras hispánicas en su indefectible ascensión al cielo más puro y resplandeciente de la inmortalidad!

En el profundo y magistral ensayo Tres expresiones literarias del conflicto renacentista, se expresa el infinito saber de Camila Henríquez Ureña sobre la sociedad renacentista; saber que subsume igualmente la literatura y la filosofía, la historia y las ciencias naturales, revelando la medida en que la crisis del viejo mundo y la quiebra de cosmovisión tradicional desarticula tanto la sociedad política como la psicología de los pueblos y los individuos.

Hamlet, don Quijote y el Segismundo de La vida es sueño se nos presentan como tres expresiones en la literatura del conflicto renacentista, cada una de ellas matizada por especificidades nacidas del cambiante contexto. Los más finos matices son aprehendidos con sutileza por la escritora, que deja abierto ante el lector un inquietante espectro de interrogantes

En el libro Examen del quijotismo (1950) Jorge Mañach amplía su célebre conferencia Filosofía del quijotismo, pronunciada en 1948 en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana. En esta obra aborda el tratamiento de la gran novela cervantina desde un punto de vista definidamente filosófico, que Jorge Mañach puntualiza desde un primer momento con su acostumbrada precisión conceptual y metodológica. Estaba en curso la conmemoración del cuarto centenario del nacimiento de Cervantes, y el ensayista opta por examinar las problemáticas filosóficas que derivan para él del Don Quijote.

Pero no se propone hablar de «la filosofía del Quijote», sino de la «filosofía del quijotismo», entendiendo por filosofía «una búsqueda amorosa de esencias». El autor opta por concentrar su atención en la figura del hidalgo, y prioriza el objetivo de definir en qué consiste «eso del quijotismo, que dio cuajo verbal a una noción ya tan generalizada en nuestra habla, y qué sentido histórico y normativo pueda tener el quijotismo en relación con nuestra experiencia y nuestras posibilidades como pueblos hispánicos». Se trata, pues, de una cuestión de largo alcance cuya solución el autor propondrá en la parte final de su extenso ensayo, desde perspectivas que, bien a su pesar, se imbrican con lo que el propio Mañach bautiza como quijotidad.

En el desarrollo del texto, el escritor de estilo depurado y el pensador se conjugan con el profesor de historia de la filosofía, incurriendo en eventuales ejercicios retóricos. Percibe una diferencia entre «el fantaseo de estilo heroico, y los motivos éticos que puedan asistirlo: entre quijotismo y quijotidad, valga la palabra. El primero es esencialmente activo [...]. La quijotidad sería la actitud moral ante la vida que podemos atribuirle al caballeroso Alonso Quijano en su tranquila soledad manchega».

Pero la quijotidad se convirtió en quijotismo cuando a don Alonso no le bastó con sustentar contemplativamente su ideal ante la vida, sino que se resolvió a realizarlo en ella. Mañach subraya el hecho de que para que este tránsito se efectuase fue necesario que don Alonso enloqueciera. Para él, la locura sobreviene precisamente cuando un ideal se hace absoluto «hasta el extremo de no cuadrar con las posibilidades de la vida misma».

La inviabilidad de los valores de don Quijote (y de cualquier otra persona o entidad que los tenga semejantes), nos dice, radica en «la perfección» de los mismos, porque «el mundo, en cambio, no es perfecto, ni promete llegar a serlo».

En el desarrollo de su discurso Mañach retoma las posiciones de Armas y Cárdenas, aunque nutridas por opuestas y distantes fundamentos filosóficos. El «absolutismo quijotesco», escribe, procura sacar los valores del «quicio de lo justo, que es un concepto de experiencia, de humana relatividad». El quijotismo tiende a proyectarse «más allá de todo límite social o histórico».

Preside el pensamiento del crítico en este ensayo el determinismo psicológico y factual de la «raza». Porque Mañach ve en lo quijotesco la «esencia latente en lo español». Que el nórdico es dubitativo, proclive a «la afirmación mesurada y acatadora de lo empírico», mientras que «el meridional tiende a ser categórico y a poner detrás de sus afirmaciones rotundas todo el peso de su personalidad y el aliento de su fantasía». Esos rasgos los ve impresos en toda la historia española. Por eso también, para Mañach, el Quijote es «profundamente equívoco», en cuanto expresión de la contradictoriedad del propio Cervantes. En su gran novela, caballero y escudero traducen la tragedia de lo español: «Amo y escudero se juntan, conviven, pero no acaban de coincidir nunca, no pueden coincidir, y la muerte consagra su separación. Tal es, a mi parecer, el fondo emocional español del libro».

La interpretación que propone está muy lejos de ser «objetiva», y proyecta las propias posiciones, a la altura de sus 50 años —distante ya de los extremos que frecuentara el joven Mañach—, cosa que, en definitiva, nadie deja de hacer en alguna medida.

La desfiguración de las posibilidades de la realidad, la ignorancia voluntariosa de sus límites, debió parecerle tan descabellada como vil era la sumisión total a lo inmediato y práctico […]. Pero a su buen sentido tampoco se le ocultaba que hay una manera de frustrar el ideal que es querer impulsarlo mas allá de lo que la realidad permite.

Desde este ensayo, Mañach hace la apología del «idealismo cuerdo», que no consiste para él «en querer violentar con absolutos la realidad que se resiste, sino en apoyarse sobre ella para irla superando».

Mirta Aguirre ocupa un lugar relevante en la historia de los estudios cervantinos en Cuba, y consecuentemente, los tres capítulos de su libro Un hombre a través de su obra: Miguel de Cervantes Saavedra (1948), resultan sin duda ilustrativos de una de las modalidades de su amplia producción: el ensayo que conjuga la solidez de su base erudita y el rigor analítico con la elegancia y la amenidad de la exposición. La autora poseía una escritura magistral, y nunca permitió que el componente erudito de su obra le cortara sus vuelos ensayísticos.

La rigurosa fidelidad a las fuentes no está nunca reñida en Mirta Aguirre con la aplicación creadora de un enfoque marxista enriquecida por la sagacidad crítica y el hábil empleo de los más eficaces recursos estilísticos.

Monólogo con don Quijote (1940), de Gastón Baquero, ilustra una modalidad del ensayo poético, re-creador, que promovió el originismo, llevado hasta sus límites extremos. El bello texto de referencia es, en efecto, un poema, en el contexto del cual el gran poeta cubano dialoga con el caballero, y también con su parigual, don Miguel de Unamuno: agonistas ambos, o quizás los tres, si les sumamos al poeta que tan desde el interior los interpreta y asume. Para Baquero, Unamuno escribió la propia autobiografía fingiendo que era la historia de don Quijote y Sancho. Piensa además que el caballero de Vida de don Quijote y Sancho, más que de Cervantes tiene de don Miguel, que le había rescatado «para su quijotismo lo que su autor concediera a los fariseos».

¡Cuánta poesía hay en estas páginas donde Baquero escribe: «Porque el hombre de una sola pieza, como el río, o la muerte, apunta siempre al pleno corazón de quien le rodea, mirándole como símil suyo, teniéndole por su noble igual: hijo, y amigo, y hermano»!

Al tiempo que despliega el triple diálogo —intenso, dramático—, el poeta se desplaza de uno a otro lugar, de uno a otro personaje o situación de la gran obra cervantina, para hallar e interpretar los referentes necesarios.

Monólogo con don Quijote es también un texto sincero, dolorosamente sincero, en que se habla de «locura», de la que santifica, y que Baquero, de buen grado, comparte con don Quijote y con don Miguel. («¿Y qué puede hacer un hombre sino volverse loco?», se había preguntado unos años atrás el quijotesco León Felipe).

En el mismo centro de este ensayo poético (o poema ensayístico) se incrusta la tragedia de España. La de la humanidad, la de la historia. La de las fuerzas que nos mueven y conmueven, nos elevan o nos aplastan, y que se agitan aquelárricamente en este Monólogo con don Quijote.

Falstaff y Sancho (1998) es una pequeña obra maestra, engendrada por el talento y la sensibilidad artística, trasunto de la poderosa personalidad intelectual de Beatriz Maggi. Poseedora de un estilo personal y autora de textos memorables por la profundidad del calado y la originalidad de su lenguaje, incisivo y poético. La clave fundamental para el descifre de su escritura radica en la especial correlación entre la ensayista y el texto literario. Para Maggi, la literatura es componente esencial de la propia existencia, como es vital la relación que establece con la obra literaria y sus criaturas. La escritora sólo «se precia de leer con candor»; de no pensar sistemáticamente ni en términos académicos, sino «en meandros de intuición». Para acercarse a una cabal y viva comprensión del Quijote, de Sancho Panza y de Falstaff, le basta «sólo escucharlos en las voces mentales de la escritura».

Ensayista por excelencia, no se busque en las páginas de Falstaff y Sancho apoyatura erudita, ni referencia a autoridades en la temática, aunque su lectura denote de inmediato el inmenso caudal de saber cultural que las subyace.

No importa que su autora se considere meramente como una cervantista «ocasional»; el lector no podrá menos que reconocer en el ensayo de Maggi el carácter excepcional de su aproximación a los inolvidables personajes de la genial novela de Cervantes, y lo entrañable de su aprehensión de Falstaff, todos dramáticamente incrustados en un momento histórico convulso; ni de sentir el inequívoco placer que proporciona la lectura de un texto magistral.

El poeta César López dialoga en su ensayo poético, «Del lineal linaje de la línea» con los certeros dibujos trazados por el pintor cubano Juan Moreira. A tres voces —Cervantes, Moreira y César López— se abre un sugerente coloquio.

Roberto González Echevarría, considerado el más importante cervantista de su generación, muestra en «El prisionero del sexo. El amor y la ley en Cervantes» (2003), la creatividad y lucidez de un intelecto original y sintetizador. Su profundo conocimiento histórico, literario-filológico y jurídico del Quijote y su tiempo le permite interrelacionar todos los niveles de la realidad y descubrir mucho de lo que la crítica ha mantenido en el misterio. Así, pone de manifiesto la decisiva incidencia del fortalecimiento del sistema penal y de la burocratización estatal sobre la historia literaria, y la medida en que esta fue alimentada por los conflictos que la nueva legislación generaba. «La colisión entre el amor y el derecho —escribe— se encuentra en el propio centro de la literatura española de los siglos xvi y xvii».

En su multilateral análisis del texto cervantino, González Echevarría aporta perspectivas muy novedosas. Revela, por ejemplo, que «el tono legalista» del Quijote queda fijado ya en el capitulo 22 de la Primera Parte, cuando el caballero y su escudero liberan a los doce galeotes. Este episodio, observa, «también enfrenta el amor y la ley, aunque esto se ha observado pocas veces o acaso nunca», haciendo evidente las ocultas realidades del sexo y del deseo sexual, apenas entrevistas o admitidas por la exegética tradicional hasta el presente. Don Quijote deviene, en este contexto, un verdadero «prisionero el amor y la ley».

Dos acuciosos representantes de generaciones diversas, nos permiten reconstruir la trayectoria de la exegética cervantina. Juan J. Remos y Rubio, con el exhaustivo y amoroso recuento que encierra en su «Tradición cervantina en Cuba» (1947), y más de medio siglo después, José Antonio Baujín, con su doble aporte a esta selección: «De la cabalgata cervantina por los caminos de la cultura cubana» (2005), y «Bibliografía cervantista cubana» (2005),33 actualiza y complementa la investigación del profesor Remos desde perspectivas contemporáneas, entregándonos una rica y profunda perspectiva histórica del desenvolvimiento de los estudios cervantinos en Cuba.

En nuestra muestra solo hemos incluido un exponente de la variedad de textos cervantinos que incursiona en las confluencias e intertextualidades del Quijote con la obra de otros grandes (o pequeños) ficcionadores de los siglos xix y xx. Tal es el caso del atractivo texto de Rogelio Rodríguez Coronel, «Tres aventuras americanas del Quijote» (2005), que traza una sugestiva estructura donde imbrica al héroe cervantino con las ficciones en que lo involucró Jorge Luis Borges, y con las ideaciones que sobre él concibieron dos escritores del xix: el ecuatoriano Juan Montalvo y el cubano Esteban Borrero Echeverría, cuya obra asoma a los albores del siguiente siglo.

Por esos derroteros, Rodríguez Coronel pone de manifiesto la vitalidad del Quijote y los alcances de su apropiación con ojos americanos, siguiendo la evolución que esa apropiación ha tenido en tres momentos distintos del juego intertextual suscitado por el héroe de Cervantes.

No es casual que una parte sustancial de los textos seleccionados aborde las problemáticas que involucra el Quijote en su relación con los problemas nacionales del cubano y de su identidad. Son los problemas de Cuba y del cubano los que subyacen la reflexión de Varona. Y lo mismo ocurre, a su pesar, con José de Armas y Cárdenas. Y al avanzar en el siglo xx idéntico fenómeno se proyectará a través de las ideaciones cervantinas, particularmente en las etapas críticas. Así, y por otros vasos comunicantes y vías colindantes, don Quijote penetra poderosamente en el discurso social y político, siendo naturalmente objeto de manipulación por las tendencias en pugna, que tratarán de apropiárselo y asociarlo a su proyecto.

Pero don Quijote permanece como símbolo viviente de un ideal humano siempre enfrentado y siempre en lucha contra los bachilleres y los barberos fraudulentos, contra unos duques oligárquicos, contra los que no cesan de conducir galeotes por los polvorientos caminos.

  • (1) José Martí, «Discurso pronunciado en la velada en honor de Centroamérica de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, en junio de 1891». José Martí, Obras completas, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963, t. 8, pág. 114. volver
  • (2) José de Armas y Cárdenas, «El Quijote y su tiempo», El ‘Quijote’ y su época, Renacimiento, Madrid, 1915, pág. 2. volver
  • (3) Rine Leal, La selva oscura, Editorial Arte y Literatura, ICL, La Habana, 1975, T. II, págs. 107-111. volver
  • (4) José Agustín Caballero, «Discurso filosófico, Obras, Estudio introductorio, compilación y notas , Edelberto Leyva Lajara, Biblioteca de Clásicos Cubanos, Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz, Universidad de La Habana, Imagen Contemporánea, La Habana, 1999, Segunda Parte, Escritos filosóficos, pág. 164. volver
  • (5) José de la Luz Caballero, «Aforismos», Selección de textos, Ed. de C. Sociales, La Habana, 1981, pág. 174. volver
  • (6) José de la Luz y Caballero, «El Señor P.P. medido por su mismo pitipié» por Filolezes (Diario de la Habana, abril 19 de 1840). En La polémica filosófica cubana, 1840, Impugnación a Cousin, (Volumen II), Biblioteca de clásicos cubanos, Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz, Imagen Contemporánea, La Habana, 2000, pág. 670. volver
  • (7) José de la Luz y Caballero, pág. 671. volver
  • (8) El Frenólogo [Manuel González del Valle], «Fábulas contra el sensualismo», Diario de la Habana, junio 7 de 1840. La polémica filosófica, 1840, pág. 736. volver
  • (9) «La maraña. Por El Ontólogo» (La Aurora de Matanzas, junio 7 de 1840. Ibidem, pág. 762. volver
  • (10) Cintio Vitier, «Prólogo», La critica literaria y estética en el siglo xix cubano, Prólogo y selección de Cintio Vitier. Biblioteca Nacional José Martí, Departamento Colección Cubana, La Habana, 1970, t. II, pág. 28. volver
  • (11) Cintio Vitier, Ibidem, II, págs. 25 y 30. volver
  • (12) Enrique José Varona, Cervantes, La critica literaria y estética en el siglo xix cubano, t. II, págs. 237-238. volver
  • (13) E. J. Varona, Ob. cit., págs. 243-245. volver
  • (14) Idem, págs. 245-246. volver
  • (15) Cintio Vitier, Ob. cit., pág. 28. volver
  • (16) José Martí, «Seis conferencias por Enrique José Varona», El Economista Americano, Nueva York, enero de 1888. Obras completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, T. 5, pág. 122. volver
  • (17) E. J. Varona, Ob. cit, pág. 246. volver
  • (18) Ibidem, págs. 246-247. volver
  • (19) Ibid, págs. 247-248. volver
  • (20) Nilda Blanco (selección y prólogo), Vision cubana de Cervantes, Letras Cubanas, La Habana, 1980, pág. 4. volver
  • (21) La critica literaria y estética en el siglo xix cubano, Prólogo y selección de Cintio Vitier, Biblioteca Nacional José Martí, Departamento Colección Cubana, La Habana, 1974, t. III, «Prólogo», pág. 60. volver
  • (22) Cintio Vitier, Ob. cit., págs. 43-45. volver
  • (23) Ibidem, págs 53-55. volver
  • (24) José de Armas y Cárdenas (Justo de Lara), El ‘Quijote’ y su época, Renacimiento, Madrid, 1915, pág. 267. volver
  • (25) José de Armas y Cárdenas, Ob. cit. , «El Quijote y su tiempo», VII. volver
  • (26) Ibidem. volver
  • (27) José de Armas y Cárdenas, Ob.cit., cap. XI. volver
  • (28) Ibidem. volver
  • (29) Cintio Vitier, Ob. cit., págs. 57-58. volver
  • (30) José de Armas y Cárdenas, Ob. cit., cap. XII. volver
  • (31) Emilio Gaspar Rodríguez, Puntos sutiles del ‘Quijote’, Imprenta de El Fígaro, La Habana, 1922. Primera Parte. volver
  • (32) Emilio Gaspar Rodríguez, Ob. cit., Segunda Parte. Interpretaciones, «Notas de Cervantes: Antonio Pérez, la princesa de Eboli, el rey». volver
  • (33) Esta bibliografía ha sido preparada por el colectivo de investigadores que trabajó en la preparación del volumen en proceso editorial, Del donoso y grande escrutinio del cervantismo en Cuba (José Antonio Baujín —coordinador—, Julián Ramil, Haidée Arango y Leonardo Sarría), del cual forma parte. volver
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