Por Emilio Gaspar Rodríguez*
Dedico este «ensayo» al doctor Ramón A. Catalá, a cuya generosidad debo su publicación. ¡Ojalá que mi ilustre amigo pueda decir, cuando llegue a la última página de estas meditaciones sobre Nuestro Señor don Quijote, que le he pagado en placer espiritual tan noble favor!
E. G. R.
Agosto de 1922
Estas páginas no tienen un interés cervantista, meramente: he pretendido, al buscar el oculto significado de algunos capítulos de El ingenioso hidalgo —con preferencia del pasaje en que aparecen los duques— exponer, desde un punto de vista histórico, las causas que debieron mover al escritor a retratar a personajes que de cierto vivieron en la sociedad española y actuaron en la vida pública del reino durante la época que precedió a la publicación de su gran novela satírica. En la elaboración del Quijote, Miguel de Cervantes incluyó las notas escritas al margen de las crónicas contemporáneas, es decir, del acontecimiento, no depurado aún en historia, que se había desarrollado a su vista a partir de la segunda mitad de la decimosexta centuria. Es positivo, en mi sentir, que en esas páginas de su obra maestra, se propuso atacar, y en efecto atacó, a personajes de su siglo en muchos pasajes. Éste de la estancia de don Quijote y Sancho en la casa de los duques, tiene una importancia singularísima y en el capítulo «Cervantes y el siglo xvi español», de mi obra Los conquistadores, he procurado valorar esta apreciación.
Queda por decir, no obstante, qué motivos en lo íntimo pudo tener Cervantes para tratar tan mal a los linajudos duques de Villahermosa, y yo, por mi parte, nada he encontrado que me lleve a afirmar concretamente la existencia de agravios entre el ilustre y desgraciado escritor y el castellano que en esas páginas da espléndida hospitalidad a don Quijote y a su escudero cuando van, camino de Zaragoza, para hallarse en las justas del arnés.
¿Tropezaría, algún día triste de su vida, el noble autor de las Novelas ejemplares con el magnífico castillo en que tenía su heredad el duque de Villahermosa, y acaso no acudió éste a su llamado de templar su sed y mitigar su hambre? Miguel Santos Oliver ha escrito hermosamente: Cervantes pisó todos los caminos, descansó en todas las ventas, codeóse con toda suerte de andariegos...
Motivos de seriedad profesional me impiden, desde luego, levantarle falsos testimonios al desventurado escritor que pleno dolor tuvo con la aciaga estrella de su vida: la manquedad en la batalla, los hierros en el cautiverio, el dolor en la prisión, el menosprecio de los hombres de letras, y la pobreza, en la paz de su vejez.
La historia y la sociología de esta época de España —además de la crítica y la bibliografía de Cervantes— habrían de ganar, seguramente, si ese y otros pasajes no menos admirables de su obra se aclaran y quedan en su punto. No cabe duda que en el de los duques, bajo la risa peculiarmente generosa de su espíritu, se ataca a la nobleza española al pintarnos su incapacidad para comprender y aquilatar el contraste y la superioridad de lo soñado sobre lo transitorio y mezquino de la vida o, si se me permite usar mi frase favorita, para interpretar las cosas del espíritu cuando se enfrentaba con ese mundo del sentimiento de que no tenía noticia.
Si esos duques representaban la clase más privilegiada de la sociedad española, puede imaginarse el grado de sensibilidad y cultura de las otras inferiores. Ese pueblo, por superabundante animalidad, se lanzó a la conquista y colonización de veinte naciones de América. Y lo más doloroso es que somos lo que teníamos que ser.
Pero esta página tan sugestiva y tan interesante de la historia del hidalgo de la Mancha merece, ciertamente, un comentario y que ensayemos un poco de justicia histórica:
Es, pues, el caso, señor don Quijote [decía la dueña doña Rodríguez, cuando en la casa de los duques le refería al caballero sus cuitas] que aunque vuesa merced me ve sentada en esta silla y en la mitad del reino de Aragón, y en hábito de dueña aniquilada y asendereada, soy natural de las Asturias de Oviedo, y de linaje que atraviesan por él muchos de los mejores de aquella provincia…
¡Hola! ¿De suerte que Cervantes fijaba las posesiones del duque «en la mitad del reino de Aragón»? Bien: ya habrá ocasión de llamar a juicio y sentenciar a este buen duque a quien sobraba el tiempo para reír de los que hospedaba en su magnífico castillo. Le haré cabal justicia: hablaré en estas páginas de «Puntos sutiles» del infortunio de su esposa, María de Aragón; de las turbulencias del Condado de Ribagorza, en vida de su señor padre; de las correrías del bandolero Lupercio Latras, que tan pronto andaba andrajoso en Calais como vestido de seda en Londres, y al que Cervantes llevó, con el nombre de Roque Guinart, a las páginas finales del segundo Don Quijote; de los amores de la princesa de Éboli y de Antonio Pérez y su huida a Aragón; de los amores del rey con doña Ana; de las intrigas que buscaban una corona para las sienes heroicas de don Juan de Austria; del crimen alevoso de Escobedo; y he de hacer también el retrato moral de Carlos de Borja, conde de Ficallo y luego duque de Villahermosa por su matrimonio con la hija de don Hernando, criminalmente ajusticiado por el señor rey don Felipe II a la hora infausta en que cayeron para siempre las libertades de Aragón...
Cervantes estuvo en Aragón. Acaso un día tristísimo de hambre, mientras a pleno sol andaba en el cobro de alcabalas para el erario público, vio pasar a los cortesanos hacia la fiesta de la caza; estuvo en la imperial Toledo, escenario admirable de una de sus novelas; estuvo en Sevilla, durante la gran época de Rinconete y Cortadillo. Pasó por la aldehuela del rebuzno y murió en la ínsula grande que salvan los Pirineos de las olas del mar.
Sigamos ahora a Sancho, camino de su gobierno. Mas, ese admirable escudero, ¿qué hace en la casa de los duques? Pues va tras la Quimera y sin percatarse de ello y por servirla, duerme en ventas malintencionadas donde le dan de golpes o lo mantean. Y hombre así, tan sencillote, ¿tiene el derecho de comer? ¡Qué duda cabe! Y de comer opípara y graciosamente, una vez que el duque le hubo hecho merced y le honrara con el gobierno de la ínsula. Es la porciúncula que todos merecemos y nos ganamos, con sólo vivir, de la mano noble del pobrecito hermano de Asís que está en los cielos. Por eso no tuvo razón el celebérrimo doctor Pedro Recio de Agüero, natural de Tirteafuera, cuando puso a Sancho, durante su breve estancia y gobierno en las posesiones del duque, rigurosísima dieta; y el flamante gobernador la tuvo toda de su parte cuando renunció bonitamente al honor de mandar a los insulanos, con tal de no acomodarse a la extemporánea y peregrina imposición.
Si en la lucha que desde luego se verificó en el alma de Sancho entre lo que es y representa la parte torpemente material de nuestro espíritu y aquella que presta alas y luz para la ascensión serena y gloriosa que acaso nos hará inmortales; si en esa lucha hubiesen tenido más fuerza vital las cualidades que ennoblecen, Sancho habría ganado el pleito y el gobierno de la ínsula, y quién sabe si mejor fama de la que conquistó con las curiosas, justas y sabihondas decisiones que tuvo que dar en los pleitos de sus gobernados. Pero Miguel de Cervantes quiso que triunfase el espíritu y que el alma de Sancho —alma pedestre— quedase a flor de tierra.
El doctor Pedro Recio de Tirteafuera, sin quererlo —y sin saberlo, tal vez— ennoblece dulcemente la vida con su actitud frente a Sancho: imponer una dieta a quien resume su paso por la tierra en mascar a dos carrillos, y que tiene como la mejor y más alta página de la historia de su espíritu aquella que le habla del día en que asiste a las suculentas bodas de Camacho, es ofrendar a lo más noble de nuestro ser un poco de la gloria que el mundo le niega.
Pero Sancho se rebela, y frente al doctor Tirteafuera da muestras de una energía de que no era ciertamente capaz en ningún momento de su vida.
Si el doctor Tirteafuera sólo representa, en esos instantes, una nobleza de alma que puede considerarse transitoria y obediente a otros estímulos, no muy dignos por de contado, de todos modos su actitud tiende a desatar en Sancho el lazo que más fuertemente le une a la vida. La hora es solemne para el escudero del Caballero de la Triste Figura: la comida, hasta entonces escasa, pobre y catada algunas veces, y ahora abundante y propia de todo un gobernador, se le escapa por tal insigne majadería de Tirteafuera, y ante el porvenir, asaz trágico, que amenaza quitarle fuerzas, y en último término la vida, tiene un gesto de héroe: renuncia al gobierno.
El gesto era esperado si atendemos, naturalmente, a la peculiar psicología del gobernador, y así pondría fin a su mandato en las tierras, no muy pacíficas, del buen duque.
Sancho tiene, en ese paso, una cualidad encantadora y que, en cierto modo, lo ennoblece también: la de saber mantener sus convicciones con fe entera y carácter enérgico.
Es la única vez, en el curso tranquilo y monótono de su vida —y si se exceptúa cuando se rebela contra don Quijote, que quiere azotarlo para desencantar a Dulcinea— que le interesa la lucha, porque lo que ha de perder en ella constituye su más alto motivo de idealidad: la comida. Sancho es, en esa ocasión, de la madera de los grandes hombres y asombra contemplar en él esas cualidades propias de espíritus de más pureza y alcurnia. Si ellas hubiesen podido echar perdurables raíces, aún en ese mismo informe montón de carne que se llama Sancho, ¿quién podría predecir el preeminente honor a que estaba en potencia propincua de llegar?
Todos los burladores pasaron, entre risas, sin dejar huella ninguna de sus almas: éste, en cambio, que vive amorosa y gentilmente en el recuerdo de todos, no tuvo más que un cuerpo flaco y enteco, capaz, eso sí, por la irradiación de su espíritu y por la heroicidad virtuosa de sus obras, de sobreponerse a esas otras grandezas, infecundas y nulas para la realidad de la historia, cuando se trata de precisar los vuelos positivos y el acervo de luz que debemos a los soñadores.
Ese duque representa, íntegramente, a la clase más alta de la sociedad española de su tiempo: es un héroe epónimo. Como al magnate le sobraban las tierras, cualquiera de ellas podía dar con tal de llevar a término una broma. Entretanto, el Estado español no se movía en ningún sentido de progreso —como el Clavileño de la escena del jardín— gracias a la acción reaccionaria de esa misma nobleza. Y don Quijote aconsejaba a Sancho que gobernara la ínsula del modo como nunca había sido gobernado el reino.
Así, con insigne gesto y admirable honra, Sancho renuncia al gobierno que no le da de comer. Ábsit, decía Tirteafuera cada vez que Sancho se disponía a gustar alguno de los manjares que los sirvientes, socarronamente, le ponían delante. Pero enfrentémonos con la época y comprenderemos el sentido cabal de esa palabra, no según Tirteafuera la aplicaba en el banquete de Sancho, sino como Miguel de Cervantes la escribió después de meditar y llorar amargamente ante la España de sus días.
Siglo xvi. Henos aquí frente a España. Pongamos al insigne espectador ante el espectáculo. Vivamos su obra creadora e íntima, la hora terrible de Argamasilla de Alba en que se prepara para dar vida al señor don Alonso Quijano, que ahora se sale, a hurtadillas de los vulgares vecinos de su aldea, por la puerta del corral…
El monasterio Jerónimo ensombrece la tierra de los paladines de Roncesvalles, la tierra noble que un día dio la flor de la sonrisa dulcísima y el optimismo creador de las cosas heroicas. El claroscuro de tristeza mantiene las almas en perenne melancolía que las invalida para la lucha y hace que sólo produzcan frutos de decadencia. La mole gigantesca del Escorial —con su nota de agonía crepuscular— ha penetrado en los corazones; de su ingénita sobriedad monumental, sólo podrán aprender la vida de contemplación, mas no la de la acción heroica que nace de mirar hacia lo verde del mar y de las tierras, dentro del calor de la realidad que las templa y enardece para las empresas que se realizan sobre las ondas de Lepanto, contra la enorme corriente de las esclusas en el solar flamenco, frente a la fiereza patriótica de pueblos a quienes no rinden ni la guerra ni el hambre terribles… Y esa mole austera representa, sin embargo, un hecho de luz, una victoria: ¡son piedras que perpetúan un triunfo!
El héroe pasará a ser tipo de libros que provoquen la risa: paladines sin calor ni luz de sol. Los corazones, oreados por el soplo de rígido misticismo, dejarán la cota de malla de Íñigo López de Recalde para vestir el hábito de San Ignacio de Loyola. Todos reirán al ver al hidalgo que recorre, sobre Rocinante escuálido, las ventas y castillos, y que busca, de un lado a otro de la desolada llanura manchega, un motivo sentimental que lo impulse a probar su espíritu de justicia en los filos de la equidad y del bien. Y muchos Andresillos encontrará, atados al árbol de la esclavitud, en su peregrinación tediosa, seguido de Sancho y del asno rucio. Mas también querrá probar el valor de su brazo que guía y sostiene un corazón idealista «que vivió en un lugar de la Mancha», cuando en la Mancha había héroes que embarcaban a Tierra Santa o a Italia, o a Flandes, a rescatar el cuerpo de Cristo o a conquistar la gloria de una lucha contra los hombres armados de iguales armas. Ahora los capitanes de Pavía han muerto en vida en sus casas solariegas, desterrados por el rey sombrío, y ese don Quijote y esa tierra por viejos y por incomprendidos, tienen todas las señales que para el nuevo espíritu son motivos de mofa y de escarnio…
Si en la realidad de la historia don Juan, bastardo del ínclito emperador, dirigirá la última batalla sangrienta y levantará a lo alto de la gloria de su tierra con el valor y el esfuerzo de su alma troquelada en jornadas fecundas, todo eso es polvo de cosas que fueron. Ahora, los molinos del campo de Montiel, que mueven sus aspas en la quietud tristona de un cuadro sin líneas y sin color, son el acicate de las grandes empresas: de suerte que el héroe medita, mientras requiere la lanza, si los vencerá, porque no deja de comprender que allí hay trasmutación que rebaja y menoscaba su amor a la proeza insigne, en lides que de cierto fijarían su nombre, inmortalmente, en las crónicas de los días por venir.
Y el caballo del Cid subraya esta frase de amarga ironía en el coloquio con Rocinante: «metafísico estás…», «es que no como…» —responde el bruto del héroe de la última hornada.
Y luego, el duro y único amor a Dios, bajo las sotanas negras y grises, y bajo el ferreruelo: el amor que por estar consagrado a prototipos de humildad y de martirio que tuvieron un escenario lejanamente cierto y que pasaron como pasa un soplo de aire a través de la realidad circundante, no contienen la potencial aptitud de crearlos para la vida de la acción.
Miguel de Cervantes fue el mejor y más diligente glosador de su época. Como ciertamente los gobiernos y los hombres no han gustado nunca de comentaristas capaces de descubrir el verdadero fondo moral de las instituciones y de los espíritus, la glosa tenía por fuerza que reducirse a las páginas inofensivas de las Novelas ejemplares —aun cuando en ellas presentase la sociedad tal cual era y él declarase que tenían de satíricas— y a las ficciones del corral de la Pacheca, no menos inofensivas. Las Novelas describían a lo vivo costumbres y tendencias de la sociedad en que se desarrollaban, pero esto solo no podía intentar contra esa misma sociedad ni contra el estado, que no lo consideraba peligroso, ya que era cierto cuanto allí se pintaba y ellos no habían visto nunca otro pueblo de más grandeza moral. Cervantes sí. El autor del Quijote había residido en Italia, que si bien en el orden moral no le iba a la zaga a España, en lo espiritual se hallaba noblemente depurada y había lanzado sobre los otros pueblos gérmenes de admirable y penetrante cultura. La depuración intelectual ha de permitir, al menos, presentir un estado real de belleza moral. Cervantes, viajero que emula a los grandes caminantes, había observado en Italia y en Portugal la agilidad intelectual que precede a toda grandeza moral y a todo progreso material. En Italia, el pueblo, al par que realizaba el esfuerzo de su unidad política —que se retardó en siglos por causas ajenas a la voluntad de los hombres que la preparaban— encendía la hoguera fecunda del renacimiento de las ciencias y las artes. Este modelo que tenía ante los ojos era demasiado vivo para escapar a entendimientos serenos y reflexivos como el suyo. Pero volvamos a España.
Cuando el proceso famoso de Antonio Pérez y de la princesa de Éboli se convirtió en un escándalo a los cuatro vientos del mundo, Cervantes tuvo que anotar al margen de semejante acontecimiento, porque tales notas habrían de servirle, como ya he dicho, para la elaboración de su gran obra. ¿Cervantes iba a ignorar que la viuda de Ruy Gómez de Silva, el antiguo favorito del rey, venía sosteniendo relaciones ilícitas con el monarca, cuando Catalina de Médicis le recomendaba a la reina de España, Isabel de Valois, su hija, que se llevase bien con la princesa? ¿No vio, además, que el rey procedió en todo aquel asunto como quien está bajo la influencia de una venganza pasional?
Antonio Pérez era hombre indispensable al rey y su secretario de mayor confianza; además, el intermediario de sus amores con doña Ana de Mendoza.
Un hombre de tan bajo nivel moral representa, sin embargo, en la lucha establecida entre la fuerza absolutista del monarca y el espíritu de libertad de los viejos pueblos españoles, la dignidad de la nación que se concentra toda en el hijo humilde del arcediano don Gonzalo. Antonio Pérez representa, cabalmente, el espíritu del último comunero: del último castellano que protesta de la autocracia de un monarca que atenta contra los derechos del pueblo, y los viola inicuamente, después de haberlos jurado.
Los monarcas de la casa de Austria son los grandes conculcadores en la historia: Carlos I termina en Villalar, sangrientamente, con las comunidades de Castilla, y las germanías de Valencia, y en Mühlberg con el espíritu de libertad religiosa; Felipe II acaba con los fueros y privilegios de Aragón, y su nieto, mientras duerme en el regazo de la Calderona, ordena al conde-duque que arrase con las libertades de Cataluña... El secretario del rey conoce al pie de la letra los procedimientos, supuesto que muchas veces los ha inspirado; y al acogerse, como manifestado, a las leyes de Aragón, sabe que ese es un paso previo pero no definitivo, y así inspira la protesta más formidable que haya prendido en pechos españoles y es, por tal modo, un precursor de los Concelleres en Cap que habían de preferir perder su última gota de sangre antes de ver caer las libertades del pueblo catalán.
La princesa de Éboli alienta siempre los planes de Pérez, las ambiciones de don Juan de Austria, las intrigas de Escobedo a favor del insigne vencedor de Lepanto; y engaña al rey sombrío con el secretario que lleva sobre sus hombros el gobierno del mundo. Una noche, en una calleja, casi a la luz pálida del Cristo, cae herido de muerte Escobedo; don Juan muere en Flandes en el albor de la vida, de enfermedad súbita y desconocida; la princesa es reducida a prisión y Antonio Pérez se evade de ella y pone el pie en territorio de Aragón. Contra las libertades de un pueblo que no se opone al castigo, pero sí a la injusticia y a la intromisión del rey en los asuntos de sus tribunales, lanza un ejército. Pérez, que posee el secreto de medio siglo de intrigas y de crímenes, escapa a Francia para publicar su defensa. Mientras tanto, la sombra enorme y fatídica del Escorial pone una nota tediosa y triste en todos los corazones… En Cervantes la risa estalla, y si descendemos a la cueva de Montesinos, veremos a un caballero encantado durmiendo un sueño de muerte sobre la dura piedra, con el puñal clavado en la carne…
Las flotas de la carrera parten para Indias y, a bordo de los galeones imponentes, van los capitanes y los frailes, los encomenderos, la chusma. Es que van a colonizar los pueblos de América.
Las crónicas del tiempo de Felipe III de Austria no mencionan a la duquesa de Villahermosa. Cuando Cervantes nos presenta, por vez primera, en el capítulo XXX de la Segunda Parte del Quijote, a «su» duquesa, dice de ella que era gallarda y que iba vestida, bizarra y ricamente, de verde. La duquesa, al responder a la embajada que en nombre de su amo le lleva Sancho le dice que ya tiene «mucha noticia» del Caballero de la Triste Figura. Agrega el autor del Quijote que al levantarse del suelo el escudero quedó admirado de la «hermosura de la buena señora».
A más de esto, debió haber sido la duquesa inteligente y de natural afable y simpático.
En las páginas primeras de este ensayo mencioné la real incapacidad de la nobleza española —de fines del siglo xv, del siglo xvi y de principios del xvii— para interpretar las cosas del espíritu. La psicología moral de los nobles españoles, a quienes Beatriz, la Latina y Pedro Mártir de Anglería —por expresa disposición de Isabel la Católica— inician y estimulan en los estudios de las ciencias y las letras, está magistralmente representada en los duques que Cervantes muestra en las páginas del Ingenioso hidalgo. Hay en ellos no sólo la incomprensión de los altos intereses espirituales que simboliza, mejor que nadie, don Quijote, sino la ineptitud moral de poseer y de reconocer en quien las tenga, las virtudes que yo llamaría de heroísmo creador. De suerte que no vacilé en atribuir a la duquesa las cualidades negativas que —en mayor grado, desde luego— caracteriza Cervantes en el duque, aun cuando sea preciso reconocer que doña María de Aragón no fue de tan vulgarísima catadura como su marido. Concretando, de una vez, mi pensamiento: tenía doña María de Aragón cierto refinamiento espiritual, pero que no era la excepcional delicadeza de alma o el temple fuerte de mujeres que por su vida de acción o de pensamiento han llegado hasta nosotros con gloria: Isabel de Castilla, Beatriz Galindo, María de Pacheco, Santa Teresa de Jesús…
Cervantes debió conocer, muy prolijamente, la vida triste de la hija de don Hernando y la lucha de Aragón contra el viejo rey que dio al traste con sus libertades. En cuanto a su linaje, en alguna página del Quijote lo cita como de los más ilustres y altos de España. La duquesa descendía, por línea paterna, del rey don Juan II, padre de Fernando el Católico que, como se sabe, unió su reino al de Castilla por su casamiento con Isabel al consumarse el despojo de doña Juana la Beltraneja.
Había sido doña María despojada también de sus bienes por el Escurialense, a raíz de la agitación de Aragón en defensa de Antonio Pérez, o por mejor decir, de la inviolabilidad de sus leyes y privilegios. Después de procesos tan semejantes —por lo ignominiosos— con los de los condes de Egmont y de Horn y del barón de Montigny, en Flandes los primeros, en España el último, hizo caer la cabeza de su padre y la del conde de Aranda, su comprovinciano y compañero. La juventud de la duquesa fue, pues, un martirio, y sólo pudo gozar de la amable paz de la vida cuando Felipe III hubo de aprobar el informe de don Diego de Covarrubias, licenciado en ambos derechos, que aconsejaba su rehabilitación y la restitución de sus propiedades. Vivía en sus tierras montañosas y fértiles de Aragón, cuando don Quijote, que se dirigía a Zaragoza para hallarse en las justas del arnés, topó en un recodo del camino con la alegre comitiva de los cortesanos que iban de caza.
Pero recordemos y vivamos, una vez más, la hora amarga, sobre toda ponderación, en que escribió el Quijote.
Estamos en Madrid. Calle de las Huertas, o acaso en la del León. Año del señor de mil seiscientos catorce. El licenciado Alonso Fernández de Avellaneda acaba de dar a la estampa en Tarragona, la Segunda Parte del Quijote apócrifo, incitando a Cervantes, que aún no ha ido a Esquivias para dilatar su vida, a que apresure la publicación de su Segunda Parte, ofrecida desde 1613 en el prólogo de las Novelas ejemplares. Entre la publicación de uno y de otro no ha de mediar un año, y esta circunstancia, en mi sentir, hace que Cervantes eche mano, para las páginas finales de su obra, de «motivos» que no son los que propiamente constituyen la obra artística. Además, la apreciación de Avellaneda sobre la índole oculta del primer Quijote ha de hacerle decir, en el prólogo de su Segunda Parte, que en el otro no había aludido a nadie, y que le agradecía al licenciado que hubiese afirmado que sus novelas eran más satíricas que ejemplares, pero que eran buenas. Ahora bien: ¿qué cosa fuerza a Cervantes a declarar en 1613, en el prólogo de las Novelas ejemplares —donde ya anunciaba, dilatadas, las hazañas de don Quijote y donaires de Sancho Panza— que Dios le daba paciencia para llevar bien el mal que «han de decir de mí más de cuatro sotiles y almidonados»? En 1613 no había Avellaneda publicado aún el segundo Don Quijote. En 1605, fecha de la publicación del Ingenioso hidalgo, no pensaba Miguel de Cervantes, ciertamente, continuar las hazañas de don Quijote —a quien definitivamente da por muerto— ni los donaires de Sancho Panza. Cuando, en 1605, Cide Hamete Benengeli invoca el verso de Ariosto, declara que se sabe por boca de la fama, mas no por testimonios de documentos, que don Quijote, «la tercera vez que salió de su casa, fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas que en aquella ciudad se hicieron», circunstancia que prueba que en ese año de gracia no pensaba Cervantes en la publicación de una Segunda Parte, aun cuando también cabe afirmar que la pintura de las justas del arnés —escena semejante, en el sentido artístico, a casi todas las que presenta en la Primera Parte— era un «motivo» que había dejado para otra obra. Pero queda esta afirmación por incontrovertible: el motivo artístico de las justas del arnés —que no llegó a desarrollar en las páginas del segundo Don Quijote— fue sustituido, en 1614, por el «motivo» satírico de la pintura de don Quijote y Sancho en la mitad del reino de Aragón y en la casa solariega de los duques. Se comprende que Cervantes varió el plan de su obra, orientándola hacia el género satírico —no obstante su defensa en el prólogo de la Segunda Parte— impulsado por el mismo Avellaneda, por su impaciencia y por el mal que habían dicho ya de las Novelas ejemplares «más de cuatro sotiles y almidonados». Sobre si hay alguna que otra sátira contra Lope de Vega en la Primera Parte, ya he dicho, en trabajos anteriores, lo que pienso: soy de los que están por la afirmativa. La crítica, pues, del encubierto autor del Quijote sobre el suyo y su opinión de las Novelas, debieron inspirar a Cervantes el fondo satírico del Quijote de 1615. Bellamente pudo recoger en sus páginas los escándalos de la corte, y lo hizo. Las figuras de doña María de Aragón y del duque le vienen al recuerdo, cuando Felipe III rehabilita a la hija de don Hernando, y la corte evoca la sangrienta rebeldía de Aragón, el asesinato de los próceres, y el infortunio de la joven duquesa, el cual ha hecho el rey que escolle en la dulce paz de su casa solariega.
Las turbulencias del condado de Ribagorza en los tiempos del Escurialense son el pretexto que invoca el conde de Chinchón, enemigo, por inspiración de su mujer, de los Villahermosa, para obtener del rey que lleve la desolación a las casas ilustres del viejo reino, cuando el asunto de Antonio Pérez le hace concebir la idea de acabar con sus fueros y privilegios. Un historiador contemporáneo ha hecho notar que el monarca, por la primera vez de su vida, se inclinaba a la demencia; pero el duque de Villahermosa tenía encima el peso enorme del odio de Chinchón.
Los anales de la época refieren esta lucha de familias: doña Inés de Pacheco, mujer del conde de Chinchón, era hermana de doña María, casada con don Juan de Gurrea y Aragón. Don Juan la había muerto a puñaladas por sospecharla adúltera con Pedro de Silva, de ilustre familia de Toledo: huyó el parricida a Italia y hasta Milán fue a buscarlo la venganza de Chinchón y su mujer, que le vieron morir en la horca en Madrid. Pero esto no satisfizo plenamente a los Pacheco: su enemistad se extendió a todos los Villahermosa.
En el viejo condado de Ribagorza habían tenido su cuna los duques: don Alonso, bastardo del rey de Aragón don Juan II, robó una noche a María Junques —hija del alcalde del castillo donde se hospedaba en el Ampurdán, a la sazón que combatía con los franceses— y la llevó a su solar. De María Junques descienden los duques de Villahermosa.
Cuando Antonio Pérez y Gil de Mesa ponen el pie en Aragón, ya el condado de Ribagorza, que había pedido ser incorporado de nuevo al dominio real, es decir, disgregarse del de los duques de Villahermosa, se encuentra agitado y combatiendo. Los tribunales de Aragón confirman la legitimidad de la posesión al duque —supuesto que su heredad era una donación del rey don Juan a su bastardo— y contra esta decisión se levantan los pueblos del condado. Chinchón inspira al rey el modo de despojar a Villahermosa y encomienda el asunto al Santo Oficio. Se investiga, para justificarlo, la descendencia de esta rama de la casa de Aragón: es fama que don Alonso tuvo de manceba a Estenga Conejo, hija de un judío de Zaragoza. Este es asunto grave, dado el prejuicio religioso de la época, porque si se comprueba que el duque desciende de la Conejo y no de María Junques, está a mano el pretexto para consumar el despojo.
Para la interpretación filosófica de la historia, en todo esto no hay sino la lucha establecida en los pueblos entre el poder real y el poder de los nobles en quienes se afianzan y robustecen las libertades populares. En Inglaterra, el rey Juan Sin Tierra es desposeído de las suyas por los barones que le imponen la Carta Magna, que no es otra cosa que el reconocimiento de los derechos de la nobleza, aun cuando ella establezca y afirme en el derecho los latifundios que todavía imperan.
En España las comunidades de Castilla y las germanías de Valencia levantan bandera de rebelión contra el poder real, y se apoyan para esto en la nobleza.
Cuando los nobles vuelven la espalda al pueblo y se unen a Carlos I, mueren definitivamente los derechos populares, pero, en última instancia, la nobleza es despojada de su poder, que durante siglos regula y contiene el de los monarcas.
Este es el dolor de los pueblos en lucha, sin guías y sin apoyo, contra los reyes. En la nobleza, es la torpe visión que le inspira su incultura y un sentimiento mediocre de su responsabilidad en la historia.
El bandolero real —capitán de tercios y caballero también— que sólo buscaba, según el testimonio de Delgado, «obligar a Su Majestad a servirse dél» (1582, 25 de octubre, y también en «Alteraciones de Aragón», de Pidal), y el bandolero fingido de las páginas del Quijote, que merodea en Cataluña, es decir, al este del condado en Ribagorza, escenario de las fechorías de aquel cuando las turbulencias, son en realidad, uno solo. Baltasar de Hortigosa comunicaba al rey en diciembre 9 de 1589, desde Londres, que sabía se «paseaba» por allí Lupercio Latras. El duque de Villahermosa tuvo a sueldo a este bandolero Latras y el rey lo utilizó como espía en alguna época de su larga lucha encaminada a asegurarse el dominio del mundo.
Lupercio Latras llegó a tener a sus órdenes, en las montañosas comarcas donde merodeaba, cerca de dos mil hombres, y es fácil comprender que al rey Felipe debió interesarle mantener vivo ese estado de agitación y de anarquía en territorio de Aragón, aun cuando en realidad Latras sirviese los propósitos del duque de Villahermosa, opuestos a los del Escurialense. Contra los propios pueblos de su heredad, el duque de Villahermosa enviaba a Latras con orden de saquearlos, para forzarlos a que acataran su autoridad, y el rey y el conde de Chinchón favorecían también la acción del bandolero, pero para invocarla como pretexto que sirviese para intervenir en apoyo de su idea fundamental: agregar las propiedades del duque al dominio real.
En las páginas del Ingenioso hidalgo, Roque Guinart tiene en la ciudad de Barcelona un bando adicto y otro contrario, y ambos pertenecen a las mejores familias de la vida sede de los condes. Recuérdese que Guinart no quiere dar gusto con las locuras de don Quijote, sino a la parte que, desde luego, le es adicta y comparte con él el producto de sus robos. Es hombre principal e influyente, y ensaya a presencia de don Quijote y Sancho, real justicia en la querella del casorio.
En la realidad histórica, ¿qué hace y qué significa Lupercio Latras?... Pues es un agente que contribuye a fortalecer la idea del monarca, aun sirviendo los intereses contrarios. Cuando le sirve de espía en Calais y en Londres, ¿no coadyuva a los planes imperialistas del rey? El Escurialense no vacila en aceptar cualquier agente, con tal de que le sirva: un día es Baltasar Gerard, cuyo fanatismo religioso estimula, quien hunde el puñal homicida en el pecho valeroso de Guillermo de Orange, y esta muerte del Taciturno sólo le aprovecha a él; otra vez, paga asesinos para Escobedo y para Antonio Pérez; y cuando el puñal no le sirve, es el oro, que muchos magnates de Francia reciben, quien los lleva a contrarrestar la política nacionalista de sus propios pueblos que toma cuerpo y se agita frente a sus planes de expansión.
Esta es la época en que germina la flor de la decadencia, la flor que se mostrará salpicada de color de la sangre que corrió a raudales cuando el espíritu de los hombres de esta centuria busca en la empresa aventurera y heroica, una gloria perdurable del otro lado del mar. El ideal místico dicta pragmáticas de crueldad: el ideal guerrero lo fía todo al choque brutal de los campos de batalla y no deja un solo resquicio por donde penetre y prospere el principio moral, capaz de escudar la obra que adviene en las tierras de la Conquista, una vez que vuelve la paz a enseñorearse de los corazones…
Lupercio Latras está dentro de la realidad de este crepúsculo que agoniza bellamente. Es hijo del ambiente que está hecho para que vivan y se adapten almas congeniales a la suya.
Cervantes palpa en las últimas horas de la vida el abismo que separa a esta raza de hombres, de la que un día aportó su insigne esfuerzo a los altos intereses espirituales del mundo y apunta, dolorosamente, cuando le hiere el vituperio: «lo que no puedo pasar es que se me tache de viejo y de manco»…
Cuando Sancho está en la ínsula Barataria recibe a un criado del duque que le lleva cabal noticia de que unos enemigos de Su Excelencia, que rondan sus posesiones, preparan un ataque. La estratagema se encamina a poner a Sancho en un aprieto. Sancho renuncia, mas no por temor de la guerra, sino por el ayuno implacable a que lo somete la ciencia del doctor Tirteafuera. Los nobles han de reír cuando se les refieran los lances del ataque y los temblores de Sancho, a la vista de sus enemigos, y el duque llevará en ello gran contentamiento.
En páginas atrás dijimos que el duque del Quijote era un héroe epónimo. En efecto: nada hay de tanto interés para el sociólogo, si es que quiere fijar concretamente el valor de esta clase de la sociedad española, que esta figura de hombre en quien Cervantes también realza las virtudes de hospitalidad y de llaneza que caracterizan a la nobleza, juntamente con las máculas de su chocarrería, de su índole maliciosa, de su ignorancia y de su ineptitud para la vida del espíritu.
El duque reirá cada vez que se enfrente con el heroísmo y con la alteza de miras de los caballeros andantes y no andantes. Al revés de don Diego de Miranda, el del Verde Gabán, que viene de una estirpe para quien la gloria bien vale una batalla y que nunca se decidirá a afirmar que don Quijote está cuerdo, pero tampoco que está loco, el duque, de sólo ojear al hidalgo, le tendrá por un mentecato y a Sancho por un simple, aun cuando sepa de pasos como el del abandono de la ínsula…
La tradición va formando el alma de las multitudes y de cada una de las clases sociales que parten de ella y que son ennoblecidas más tarde; tradición que crea hábitos y que moldea sentimientos; que lleva a la aristocracia a la conquista de las libertades públicas, asociado al elemento de que proviene, o que la hace caer en el rebajamiento moral que durante siglos la ha mantenido contrariando las altas y generosas empresas de los pueblos.
El calor de simpatía humana que palpita en el pecho de todo hombre bien nacido, cuando contempla el hecho que toma sentido de realidad y que atiende a elevarlo a la altura condigna, determinando así los grandes movimientos de la historia, no hallará cabida en el duque, que es vástago degenerado de una raza épica, que realiza su misión en el mundo y desaparece incontinente, sin que vuelva a dar razón de sí en los largos siglos de estancamiento intelectual y de inaudito desprecio del derecho y de la libertad, que también en América imperan, infortunadamente, hasta el día en que Bolívar ciñe a su cinto la espada que quedó colgada en el triste aposento de Argamasilla de Alba...
En la epopeya a que da vida la pluma sin par de Galdós —no me refiero a las páginas de los Episodios, precisamente, sino más bien a las que forman la historia moral del pueblo español— un descendiente del prestamista don Francisco de Torquemada, en quien el maestro representa toda la amarga degeneración de virtudes ancestrales, y de Cruz del Águila, que procede de una noble casa venida a menos, corretea, como por su natural patrimonio, los salones del palacio de Gravelinas, que guarda como preciadas reliquias las armaduras y las espadas de los Córdoba y de los Requesens… «¡Triste fin de una raza!», escribe Galdós.
Cuando leemos las duras palabras que se dicen en la mesa de los duques don Quijote y su reprensor, instintivamente volvemos los ojos del recuerdo hacia el gran comediógrafo del siglo xvi. Y es que esta alusión a fray Lope es tan marcada, que no cabe duda que la hace por mortificar al autor de La estrella de Sevilla. Cervantes —está probado de una manera concluyente— luchó en su carrera de escritor con la hostilidad de un grupo de intelectuales a cuya cabeza se hallaba Lope de Vega. Dícese que en público se guardaban consideraciones, pero verso y prosa confirman este criterio de las relaciones entre los dos grandes representativos de las letras españolas
Lope se sumó a los que con Baltasar Gracián, el humanista de El Criticón, le atacaron injusta y desconsideradamente con ocasión de las Novelas, y era natural que en la Segunda Parte de El ingenioso hidalgo le devolviese Cervantes, zahumados, los insultos, en el tono que la índole del libro se lo consentía. Aun más: las palabras del prólogo confirman que atacó a aquel familiar del Santo Oficio, de quien, no obstante, decía que «admiraba las obras y la ocupación continua y virtuosa».
Cuando don Quijote se pone en pie, a presencia de los duques, para responder al agravio que acaba de recibir y oímos la réplica, enérgica y concisa, nos parece como si fray Lope estuviese allí sentado escuchando también las palabras viriles y nobles, que van a poner término a una larga y enconada rivalidad de escritores, que no será la última en la historia literaria.
La causa esencial de esta rivalidad se encontraría en el superior designio de sus obras: en el superior designio, también de sus vidas
Cervantes pretende fundar un teatro que se desvincula —y por eso fracasa— del ambiente maltrecho de la patria suya: quiere suavizar lo bárbaro de las costumbres, idealizando y embelleciendo la vida; elevar el sentimiento caballeresco que él alcanzó, por tierras extrañas, en la agonía de un gran pueblo; crea, por lo que vale al porvenir, un honor que sólo es esporádico en la realidad de la vida que le circunda, mientras que fray Lope busca, removiendo los bajos fondos sociales de su pueblo y desde la tranquila celda en que lanza por minutos a todos los vientos las comedias que iniciarán verdaderamente el teatro español, busca, digo, el gusto del público, y en la raíz enferma y decadente de su gloria encuentra, y los desnaturaliza, sentimientos e ideas que a la sazón sólo tienen un valor histórico y que antaño hicieron de España la nación más influyente del continente; el uno sale a la lucha contra el enemigo común por tierras de Italia y de Argel, sobre las ondas del golfo inmortal en que se abate definitivamente el poder de la Media Luna, y el otro embarca en una empresa de fatal propósito y de odioso recuerdo, supuesto que quiso abatir la libertad única que imperaba en el mundo; uno es el héroe que puede presentar los brazos mutilados; el otro el fraile que persigue la libertad del pensamiento desde el tribunal tenebroso del Santo Oficio; el uno lucha a brazo partido contra la adversidad que de continuo le persigue, y el otro vive vida fastuosa y espléndida, sirviendo siempre a algún magnate, bien al obispo de Ávila, o al duque de Alba, o al de Sessa, desempeñando, a las veces, misiones que le deshonran; Cervantes crea una familia, que mantiene su honra por encima de la saña del destino y de la pobreza, y el otro engaña cada día a una dama que pone en él su amor; el uno se bate bravamente por el honor de su tierra y de la civilización desde la galera Marcuesa, mientras que el otro hiere en un desafío a un adversario ocasional que encuentra a su paso, quién sabe si en una aventura de amor que mancha sus hábitos, y luego huye; el uno escribe los libros más nobles que quepa esperar del entendimiento humano, mientras que el otro envidia y epigramiza cada obra que imagina le usurpa su gloria; Cervantes trabaja en la amable quietud —no obstante la miseria que le hace insoportable la vida— de su hogar intachable, mientras que el otro busca el aplauso del zapatero que lo dirige en el Corral de la Pacheca…
Pero, a la postre, la historia fija cada labor: el libelista gana la inmortalidad de haber creado un teatro en que están los gérmenes del futuro, que en el siglo xvii alcanza su cabal preponderancia; y Miguel de Cervantes obtiene lauros que son sólo propios de arquetipos humanos: triunfa en los corazones de todos los siglos…
Quien conozca el periodo en que se inicia la decadencia de la monarquía española, no puede menos de confesar que Clavileño es la representación del Estado, inmóvil y fanfarrón. La aventura de la Trifaldi es la aventura de España durante tres siglos: es la aventura guerrera que termina por desangrarla y reducirla a la impotencia por siglos larguísimos, y a la abyección, en épocas como las de Carlos II el Hechizado, o de Carlos IV y de Fernando el Deseado.
Esta es la desorientación que adviene después de momentos de tumultuosa influencia, cuando la plétora de sangre lleva a la conquista y al abuso de la fuerza, ensayados en pueblos débiles e inermes, que ni siquiera fían al derecho su causa, porque el siglo es impropicio a respetar las ideas en que fundan su vida las pequeñas nacionalidades.
Este espíritu de justicia que falta al siglo sólo puede hallarse en algunas obras maestras: es decir, en el alma de unos cuantos hombres de superior capacidad intelectual, que son los trasmisores de nuestra libertad, y de la dignidad individual en que descansa.
Clavileño representa, pues, al estado español de una época, asaz oscura en lo moral, que cree justiciero el ataque a los otros pueblos, imposibilitados de oponer la fuerza a la conquista de los ejércitos; de una época que considera el derecho del hombre a procurarse su propio bienestar una utopía, un sueño de almas desquiciadas; de una época en que el Estado es pirata de profesión; de una época en que el amor que debe sentirse por el esfuerzo que realizan las otras naciones y el acervo que aportan a la obra de la civilización común está contenido, y lo invalida el concepto de que careciendo de fuerza guerrera el pueblo que sustenta tal obra, nada vale ella para la realidad de la historia y puede destruirse impunemente; de una época que celebra cada día la feria de lo mediocre y distribuye honores y aplausos a los triunfadores, no menos vulgares; de una época que se complace en tender su manto trágico para estrangular el espíritu libre de los pensadores; de una época que aherroja, como sistema político, el pensamiento, la libertad de conciencia; de una época que tiene, como altísimo galardón, levantar el tablado y encender la hoguera para los que sueñan, para los que inventan, para los que investigan, para los que anhelan y sufren por un mundo mejor y más cabalmente justo...
Y luego, la propia tierra indefensa, en el instante en que se ensaya la destrucción de las otras; y la torpe política que no sabe poner en orden sus cosas y pretende dominar a los otros pueblos, y los invade cruelmente, para servirles de modelo; tal es la escena del jardín en que Clavileño trae el reto del gigante al paladín cuyo valor y cuya impetuosidad se contienen en el respeto que debe a los otros, con tal de que no subviertan, en su presencia, el concepto verdadero de la justicia y del honor.
Dura es la edad en que vive Clavileño, como la madera de su cuerpo, que toma por carne don Quijote; y exangüe está el corcel fantástico, como el corazón de los hombres de un siglo en que se inicia y consuma la decadencia.
Por algo Sancho, espíritu hecho a contemplar la realidad, teme subir sobre el lomo en que va a hallarse, según barrunta, en la aventura más peligrosa que acometió su señor, el Caballero de la Triste Figura...
Sansón Carrasco es quizá el más avisado de los vecinos de Argamasilla de Alba, y el más generoso amigo del hidalgo, a quien admira y compadece en términos tales, que sale a los campos a retarlo —Caballero del Bosque o de la Blanca Luna— con tal de reducirlo a la realidad, si es que la victoria le brinda la ocasión de imponer sus condiciones. No es que busque el marco estrecho y vulgar para aprisionar el heroísmo; no, es que quiere que el heroísmo actúe y dé sus frutos en el silencio, sin que la acción que, por preclara, no cabe en el escenario de la tierra, lo coloque en el ridículo, siempre vencido por el mayor número que no atiende ni acata a caballeros andantes. Sansón Carrasco sabe —cuando vuelve, invitado por don Quijote a su mesa para renovar la plática pasada— que el hidalgo está loco; pero sabe también que el género de locura suyo ganó batallas y descubrió mundos y conquistó las tierras donde impuso su fe y su idioma. ¿De dónde nace el amor y la simpatía de Sansón? Del reconocimiento de la superioridad de don Quijote. El estudiante de las aulas de Salamanca penetra la sutil mentalidad del estudiante insigne de las aulas del mundo, y acata no tan sólo esto, sino también la noble idealidad que alienta en el corazón del soñador. Es el triunfo del héroe sobre las almas sanas y buenas que propenden al mejoramiento de las cosas del mundo. Sansón Carrasco se consume también en el calor de anhelos irrealizables. La topografía de la aldea marca un límite terrible a la acción de las almas que vuelan, porque de sus ámbitos no puede salir cosa que no sea humilde y mediocre. Y por salvar a don Quijote de la afrenta del vencimiento a manos de arrieros y mozos de mulas, busca aliados, como el compadre Sancho, Tomé Cecial —a quien estimula la simpatía de la común mediocridad—, para hacerlo volver sano y glorioso al cuidado de su hacienda y a la dulce paz de su hogar.
Sansón ha sentido la nostalgia de no ser Sancho. El amor de la aventura, la gloria de la batalla, si las batallas que don Quijote empeñase fuesen con ejércitos reales, hubiesen sido acicates invencibles para el Caballero de la Blanca Luna. Alma generosa, la quietud a que le fuerza el espíritu de época y de la tierra en que vive, es tedio que la consume y la aniquila porque al paladín en ciernes y sin arrojo le faltan el escenario propicio y el agravio, que lo sea para el concepto de todos, y que mueva su brazo, para irse también por el camino en que va, sobre Rocinante, don Quijote…
Un día, para vengar la afrenta que todos hacen al Caballero, sale de la aldea con su escudero, que lleva en las faltriqueras la enorme nariz, y lo reta a singular combate. En su amor por el insigne soñador cabe también el sacrificio. Y expone la vida, con tal de restituir a don Quijote y a su escudero a la aldea que aguarda con amor a los hijos que la abandonaron para llevar a cabo un loco y bello pensamiento.
Sansón Carrasco, sobre el campo triste de su vencimiento, derrama una lágrima y sigue las huellas del Caballero para presentarle una nueva batalla. Y cuando rueda por los suelos el jamás vencido paladín de Dulcinea, el Bachiller siente con la alegría de realizar el pensamiento que lo lleva a la lucha, la tristeza de ver caer al mejor de los hombres de su siglo...
Seguido de Sancho, que va erecto y tristón sobre el asno rucio, don Quijote ha entrado a su aldea, de donde no permitirá el cielo que salga jamás. El escudero siente la nostalgia de aventuras que no llegaron a realizarse y mata el hastío contemplando los lugares, caldeados del sol, que conoce de la primera niñez; el hidalgo, vencido, triste y mudo ante el recuerdo que le suscita cada piedra del camino, cada venta y cada árbol de los que vio de Barcelona a tierras de la Mancha en la forzada quietud a que le obliga su vencimiento, fija la mirada, que irradia la luz de una esperanza muerta, en cierto recodo que lleva al corral donde trasuda en la faena Aldonza Lorenzo.
La Habana, Imprenta El Fígaro, 1922.