Por José María Chacón y Calvo*
En la sesión inaugural del curso de la Academia Nacional de Artes y Letras, celebrado el pasado 31 de octubre, se colocó en el salón de actos un retrato de Miguel de Cervantes, óleo excelente de un maestro de fina y firme personalidad: Mariano Miguel.
El ilustre artista ha tenido como modelo para su retrato, de tan fuerte y aun tiempo delicada tonalidad, la tabla famosa atribuida a Juan de Jáuregui, el clásico, traductor de La Aminta, el recreador en nuestra lengua de la Farsalia, el poema épico del cordobés Lucano, uno de los más claros nombres españoles en la historia de la literatura latina.
Empeñada ha sido la controversia respecto a la autenticidad atribuida a Jáuregui y a si realmente el grave personaje, con su golilla y su traje de época, es Miguel de Cervantes. La Real Academia Española, que recibió como magnífico y generoso donativo la pintura en cuestión, ha sostenido siempre la tesis afirmativa, y primero su antiguo director don Alejandro Pidal y Món, el elocuente tribuno, y más tarde el maestro del cervantismo, el insigne poeta, investigador y crítico don Francisco Rodríguez Marín, que fue también director de la corporación «que limpia, fija y da esplendor», mantuvieron con muy sobradas razones que la tabla donada a la Academia por José Albiol era, en efecto, el retrato a que alude Cervantes en el prólogo de sus Novelas ejemplares.
Antes, la propia Academia, en su edición del Quijote de 1780, había publicado como del máximo creador de las letras hispánicas el retrato que le fue donado en esa época, y que Menéndez Pelayo llamó «tiesa e insignificante efigie de estirada golilla, que venía en quieta y pacífica posesión de ilustrar los frontispicios de todas las ediciones y biografías de Cervantes». Casi un siglo después de este primer retrato académico del creador del Quijote, en 1864, don José María Asensio, cervantista tan docto como mesurado, rara excepción del cervantismo cabalístico de la España de su tiempo, quiso ver en una de las figuras de un cuadro de Pacheco —el suegro de Velázquez— que se conserva en el Museo Provincial de Sevilla, a Miguel de Cervantes, que vio pasar buena parte de su nada brillante carrera administrativa en la bellísima ciudad española, cuyo ambiente popular y picaresco ha inmortalizado en el prodigioso retablo de Rinconete y Cortadillo. Buenos valedores tuvo la interpretación de Asensio, aunque nunca convenciera «ni poco ni mucho» a críticos de la universal jerarquía de Menéndez y Pelayo. Un biógrafo ejemplar de Cervantes, don Miguel Santos Oliver, que representó con tanta dignidad a la gran generación humanista catalano-balear de las postrimerías del siglo xix, consideró la atribución del cervantista sevillano «como una piadosa fantasía», pues muy otro ambiente que el literario y artístico que refleja el cuadro de Pacheco fue el que frecuentó el príncipe de nuestras letras en sus años de Sevilla.
Descartada la pintura que reprodujo en grabado la Academia Española en su edición del Quijote de 1780, eliminada la atribución de Asensio, la tabla atribuida a Jáuregui ha tenido mucha más fortuna, aunque no le hayan faltado serios contradictores. Hay en su favor, en primer término, las claras y precisas palabras de Cervantes, que en el prólogo de sus Novelas ejemplares nos han dejado su insuperable autorretrato. Habla en esa página deliciosa de que si alguien «quisiera pintarme y esculpirme» como es uso y costumbre «en la primera hoja de este libro [...] le diera mi retrato don Juan de Jáuregui». Viene enseguida la maravillosa semblanza.
Este que veis aquí de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada, con barbas de plata que ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes y la boca pequeña; la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies, este digno […] llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra: fue soldado muchos años: cinco y medio cautivo en donde aprendió a tener paciencia en las adversidades: perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que aunque parece fea la tiene por hermosa por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan a ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del Rayo de la Guerra, Carlos V, de felice memoria.
Este no es sólo el retrato físico sino el auténtico retrato moral del grande hombre. La alusión al traductor español de Tasso es terminante: «pues le diera mi retrato el famoso don Juan de Jáuregui».
La tabla de la Academia dice en la parte superior: «Don Miguel de Cervantes»; en la inferior: «Juan de Jáuregui pinxit 1600». Las principales objeciones —recordemos ahora a uno de los principales contradictores, al eminente erudito don Julio Puyol Alonso— son las siguientes:
Don Francisco Rodríguez Marín respondió a estas objeciones en una monografía magistral, como suya, que publicó en 1917: El retrato de Cervantes. Estudio sobre la autenticidad de la tabla de Jáuregui que posee la Real Academia Española.
Sus principales razones son: un anterior poseedor del cuadro, el anticuario valenciano don Estanislao Sacristán, lo consideró siempre como de Jáuregui y como el retrato indudable de Cervantes. El uso del don comenzaba a perder su vigor en la época en que Jáuregui pintó su retrato. Además, es el tratamiento de respeto que da un artista muy mozo, Jáuregui no tendría entonces más de 17 años, a un escritor que ya tiene una obra considerable y está más cerca de la vejez que de la juventud. En cambio, el pintor, hijo de un caballero 24 de Sevilla, no se pone el don. Señal de respeto por una parte, de modestia por otra. Tampoco es grave la objeción de la ortografía del apellido: el gran cervantista alega testimonio documentales que prueban que Jáuregui se escribía así unas veces y otras Jáurigui.
¿Será en realidad la tabla de la Academia el retrato de Cervantes? ¿Lo será otra, de alta calidad artística, que posee el Marqués de Casa Torres, en su riquísima pinacoteca, y acerca de la cual se ha escrito una monografía sustentando su atribución a Jáuregui y defendiendo la tesis de que es el indudable retrato del Príncipe de los Ingenios españoles? Si este retrato es el auténtico, ¿qué importancia tiene el de la Real Academia Española? Quizá en este año del centenario se diluciden definitivamente estas cuestiones.
Por otra parte, no importa demasiado, como ya advertía Menéndez y Pelayo, tener «una adecuada y cabal idea de lo que fue la envoltura corpórea de Cervantes, cuando su alma vive y late en cada frase de su obra». Porque a lo largo de su producción imperecedera podemos construir otros retratos, de tipo moral principalmente, que completan el revelador de las Novelas ejemplares.
Algunos de estos retratos interiores vamos a examinar en un próximo artículo.
Afirma don Miguel Santos Oliver en su Vida y semblanza de Cervantes, una de las biografías más humanas y artísticas del creador del Quijote, que a medida que el escritor siente más la pesadumbre de los años, es decir, que va acercándose a la ancianidad, que en nuestro autor es la etapa de las obras supremas —la primera y segunda parte del Ingenioso Hidalgo, las Novelas ejemplares, sus Ocho comedias y ocho entremeses, los Trabajos de Persiles y Sigismunda—, los pasajes autobiográficos son cada vez más frecuentes en sus libros.
Pudo de esta suerte el más antiguo de los biógrafos de Cervantes, el erudito valenciano don Gregorio Mayans y Siscar (publicó su Vida en 1737), basar su meritorio trabajo en los lugares autobiográficos de la producción cervantina. Nada nos dice más de la grandeza moral del Príncipe de los Ingenios, que su prólogo de la segunda parte del Quijote, y la dedicatoria y el prólogo de Persiles. En el que escribe al frente de su teatro —las comedias y los entremeses— llega a una intimidad de pensamiento, a una emoción personal tan viva que el investigador y crítico señor Entrambasaguas, el eminente profesor de la Universidad de Madrid, en una reciente conferencia dictada en la Academia Española de Bellas Artes en Roma, no vacila en considerar que es el testamento de Cervantes como autor dramático.
La popularidad del Quijote al publicar su autor la primera parte fue súbita. En el mismo año en que aparece la primera edición, la de Juan de la Cuesta (1605), registra la monumental Bibliografía cervantina, de don Leopoldo Rius, no menos de seis ediciones. No sólo en España. Antes de la aparición de la segunda parte (1615), hay ediciones de la primera en Lisboa, en Bruselas, en Milán. La primera traducción es la inglesa, que aunque sin fecha, se considera anterior a la francesa de César Oudin, que ve la luz en 1614.
Ya preside un signo de universalidad la vida del Ingenioso Hidalgo. Cervantes puede seguir triste, pobre y olvidado: un aura de popularidad envuelve, en cambio, a su héroe. Cervantes puede ver que su hermana doña Magdalena, una religiosa laica, es enterrada gracias a la caridad de sus hermanos de la Orden Tercera de San Francisco, a la que él se acoge también en sus postreros días. En tanto que la miseria y el olvido eran sus inseparables compañeros, un embajador francés, M. de Siller, después de una larga plática con el arzobispo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas, y uno de los pocos amigos fieles de Cervantes, al inquirir noticias de un escritor estimadísimo en Francia, «como en otros reinos confinantes», al saber que el licenciado Márquez Torres (relator del caso en la Aprobación de la segunda parte del Quijote), que era viejo, soldado, hidalgo y pobre, hubo de exclamar: «¿Pues a hombre tal no lo tiene España muy rico y sustentado del erario público?».
En realidad España no pareció conocerle. Habíanse marchitado los laureles de Lepanto. ¿Quién se acordaba ya de don Juan de Austria, el valedor del hoy viejo soldado y del hidalgo pobre?
Y es entonces, cuando Don Quijote recorre el mundo entero, el preciso momento en que recibe su autor una nueva acometida de sus contemporáneos, tan en la sombra, tan en el misterio, que al cabo de tres siglos largos, es una de las grandes incógnitas de la historia de la literatura española. Si recordamos ahora el Quijote tordesillesco del pseudo Alonso Fernández de Avellaneda, impreso en Tarragona, con licencias de 1614, es porque el amaño literario, con un sentido de la narración realista pero de aplebeyado espíritu, da ocasión a Cervantes para escribir una página de incomparable valor autobiográfico, nuevo retrato moral del mutilado de Lepanto.
El falso Avellaneda había colmado de injurias al verdadero creador del Quijote: «Viejo como el castillo de San Cervantes y por los años tan mal contentadizo que todo y todos le enfadan y por ello está tan falto de amigos que nadie le ha de querer apadrinar sus obras». Y antes había hecho cruel burla de la herida que fue siempre para el escritor la más pura gloria de su vida: «Habían de aparecer las razones desta historia que se prosigue con la autoridad que él la comenzó, y con la copia de fieles razones que a su mano llegaren, y digo mano, pues confiesa de sí que tiene sólo una, y hablando tanto de todos, hemos de decir del que, como soldado tan viejo en años como mozo en bríos tiene más lengua que manos». Y por último, la referencia embozada a la emulación que sentía Cervantes por un personaje «a quien tan gratamente celebran las naciones extranjeras y es ahora Ministro del Santo Oficio».
Es clara la alusión a Lope de Vega.
¿Cómo reacciona el solitario escritor? Esta es una de las más grandes lecciones legadas por Cervantes a la posteridad. La novela del bachiller de Tordesillas era una obra a todas luces mediana: era además una acción vituperable. Cervantes debió conocer al Quijote espurio cuando andaba por el capítulo LIX de la segunda parte de su libro inmortal, pues en la sabrosa escena de la venta, protesta indignado el Caballero de la Triste Figura de que se pintara en el libro apócrifo a don Quijote olvidando a Dulcinea:
Quien quiere que dijere, que don Quijote de la Mancha ha olvidado ni puede olvidar a Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales que va muy lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso, ni puede ser olvidada, ni en don Quijote puede caber olvido: su blasón es la firmeza, y su profesión el guardarla son suavidad y sin hacerse fuerza alguna.
Y cuando el asombrado caballero abraza al verdadero don Quijote y le entrega el falso libro, el Ingenioso Hidalgo comenzó a hojearle «y de allí a un poco se volvió diciendo»:
En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; la otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos, y la tercera que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia, porque aquí dice que la mujer de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez y no se llama tal sino Teresa Panza y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podía temer que yerra en todas las demás de la Historia.
Pero es en el prólogo de la segunda parte donde Cervantes contesta con una elegancia espiritual insuperable a las injurias y a la baja acción del encubierto autor. Es una página serena y honda, que haría pensar a alguno en la tradición senequista española. Nosotros preferimos ver en ella la lumbre interior de un gran espíritu cristiano. Trataremos de sentir su luz beatífica, confortadora, en un artículo próximo.
Las primeras palabras del prólogo de la segunda parte del Quijote son una lección de serenidad. ¿No nos revelan las más puras esencias del espíritu de Cervantes?:
Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre, o, quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote, digo, de aquel que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona. Pues en verdad que no te he de dar contento, que puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla…
Así entra Miguel en el desigual combate: él lucha bajo el sol, bien levantada la visera, en el brazo la fardida lanza, en la boca la imperturbable sonrisa.
Recuerda enseguida Cervantes su vida de soldado y su fecunda edad provecta:
Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas al menos en la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga, y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera hallarme en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro, y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de desear la justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años. He sentido también que me llame envidioso, y que como a ignorante me describa qué cosa es la envidia: que en realidad de verdad, de dos que hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble, y bien intencionada; y siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo por quien parece que lo dijo, engañóse de todo en todo, que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa.
La última expresión, ironía sutil en un ingenio tan maltratado por la suerte (Lope andaba entonces y después en tristes tercerías cerca del Duque de Sessa), quizá sea la única en que no muestra Cervantes la bondad que mansamente fluía en su sereno corazón. Frisaba en los sesenta y ocho años. En su mismo hogar, junto a su esposa Catalina Palacios de Salazar, la novia de Esquivias que nunca sospechó la grandeza del escritor olvidado, hallaba el novelista una profunda soledad. Piensa en la obra inconclusa de su juventud, aquella fingida Arcadia de su Galatea. ¡Su juventud distante! Recordad el mundo pastoril de su primera obra extensa. Tened presente el momento en el que se escribe la novela bucólica; su autor ha servido con heroísmo a su patria, ha pasado años horribles en el cautiverio. Su alma está ahíta de la más amarga y dolorosa realidad. Surge entonces La Galatea. ¿Qué es La Galatea en esta vida militar y miserable, sino un contraste, una verdadera antítesis? Desdóblase la personalidad de Cervantes, y por un raro esfuerzo, el mundo fantástico y risueño de aquellos pastores del Renacimiento, que han leído a León Hebreo y han sido comensales del banquete platónico, viene a sustituir al pavoroso que le circunda. Por esto La Galatea tiene una propia representación de vida, de vida que se quiere vivir pero de vida al fin. Sus páginas, perpetua fiesta de los sentidos y del espíritu, expresan una aspiración, un deseo ferviente de quietud, de moderación, de templanza, en un espíritu turbado, a quien la fortuna siempre adversa dio una existencia dura, inquieta, casi aventurera. Su alegría ideal no es sino el triunfo momentáneo de la ilusión sobre una realidad inflexible.
Pasan muchos lustros. El alma de Cervantes está llena de despedidas. Ha producido, para decirlo con las palabras del agudo cervantista italiano Paolo Savj López, «su honda epopeya interior». Ha dado en las Novelas ejemplares y en el Quijote la visión definitiva de la realidad de su tiempo. La muerte pronto debe venir. ¿En qué obra trabaja con las claras esperanzas de la juventud? En una obra de maravillas y ensueños, en una complicada novela de aventuras, al modo bizantino, en Los Trabajos de Persiles y Sigismunda. Otra vez la antítesis, la antinomia extraordinaria que dio vida a don Quijote.
Las primeras páginas de Persiles, la dedicatoria al Conde de Lemos y el prólogo personalísimo, nos dan una nueva etopeya —perdonad la gastada figura retórica— del Príncipe de los Ingenios. No puede leerse esa dedicatoria a quien fue «mecenas más afortunado que espléndido de Cervantes», en frase de Menéndez y Pelayo, sin que se sienta latir el corazón sobresaltado. Una emoción muy honda nos envuelve cuando leemos estas palabras de postrera despedida: «Aquellas coplas antiguas que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: “Puesto ya el pie en el estribo”, quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras la puedo comenzar diciendo: “Puesto ya el pie en el estribo / con las ansias de la muerte / gran señor esta te escribo”».
«...ayer me dieron la extremaunción, y hoy escribo esta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir...» y nuevamente se habla de unas obras que ya no veremos nunca: la segunda parte de La Galatea, las Semanas del jardín… Serenidad. No diré, que según la mejor tradición estoica, senequista, sino conforme al purísimo linaje cristiano de su espíritu, Miguel de Cervantes Saavedra, esclavo del Santísimo Sacramento, hermano de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, esperaba serenamente a la muerte. Sentía la misma «voluntad placentera» de que habla el poeta de las Coplas inmortales al Maestre don Rodrigo.
Y en el diálogo con el estudiante, que le llamaba «el manco sano», «el famoso todo, el escritor alegre y finalmente el regocijo de las musas», ha de volver a decir: «mi vida se va acabando». Simplemente eso. Y después de agradecer sus extremos al señor estudiante ha de despedirse de lo que siempre le acompañó en la vida, aun en las horas más tristes y más adversas: «Adiós, gracias: adiós, donaires: adiós, regocijados amigos, que yo me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida».
Cuenta Miguel de Cervantes que cuando don Quijote fue huésped del Caballero del Verde Gabán, al llegar a aquella casa de vastos aposentos, que con sus grandes tinajas en el espacioso portal había renovado en el hidalgo la memoria de su encantada y transformada Dulcinea, haciéndolo repetir los versos del divino Garcilaso: «¡Oh dulces prendas por mí mal halladas, / dulces y alegres cuando Dios quería!» lo que más le impresionó fue el maravilloso silencio que había en ella, hasta tal punto de que la señorial mansión parecía «un monasterio de cartujos».
¡Silencio maravilloso! Aquí está todo el anhelo, toda la esperanza, toda la ansiedad profunda del creador y de su héroe. ¡Silencio maravilloso que en la solitaria muerte, la muerte inadvertida por su España de entonces, había de acompañar al más alto creador de las letras hispánicas en su indefectible ascensión al cielo más puro y resplandeciente de la inmortalidad!