Por Esteban Borrero Echeverría*
El hombre y el artista
Estudiar las bellas letras como una superfetación anómala, siquiera interesante, de la vida psíquica, colocándolas en un campo aparte de la vida moral, como pudieran ser estudiados los meteoritos por fuera del plano de la vida de la tierra (y cuenta que siempre sería forzoso incluirlos en el estudio de la vida cósmica): mirarlas y contemplarlas fría y curiosamente como eflorescencia heteromorfa de cierta propensión anímica singular, propia solo de un grupo restricto de inteligencias, es realmente la obra más desdichada de la incapacidad crítica humana.
Consuela de este grande error, que vicia a ese respecto el juicio del vulgo de las gentes, no ya el sentir más atinado de los hombres cultos perspicaces, sino el esfuerzo de superiores inteligencias que, como las de Guyau y Taine, y la del docto crítico español Marcelino Menéndez y Pelayo, plantean netamente en su verdadero terreno el problema del arte; y es signo más universal de salud a este respecto, para todo aquel que se interese por la verdad, ver cómo, sin acuerdo previo, cediendo a la poderosa acción sugestiva de una obra literaria se inclina el mundo ante ella, reconociendo plenamente la alta significación social del sentimiento artístico que la inspira.
Este fenómeno, hijo de la simpatía que despierta un libro, y que tiene lugar (no hay para qué decirlo) para un gran grupo de producciones de esta índole, culmina, en la vasta esfera de acción de las letras humanas, en el sentimiento de general, amorosa y convencida admiración que inspira, entre todas, una obra de amena literatura, una ficción esencialmente imaginativa, una fábula, una novela de costumbres: Don Quijote de la Mancha, única y sola por su no igualado mérito en la predilección del gusto artístico universal. Si se va, en cuanto al libro de Cervantes, a la raíz de estos sentimientos, encuéntrasela, sin duda alguna, en la trama psicológico-moral, profundamente humana de la obra, que parece tejida y hecha por singular acierto artístico, dentro de su género, con hilos vivos arrancados a la urdimbre moral del hombre: de aquella recóndita urdimbre en donde están en germen las sensaciones de placer y de dolor físico, de placer y de dolor moral más radicales, que constituyen en el fondo nuestra vida, y universalmente la llenan, la accidentan, la dramatizan y gobiernan: de donde arrancan el amor y el odio, y de donde, ascendiendo a las esferas de la vida moral más alta, en pugna con las grandes desarmonías de nuestro organismo, en pugna con las desarmonías del medio cósmico o con las del medio social, surgen, con los anhelos de la conciencia, todos sus conflictos interiores y todos los conflictos de nuestro ser, de manifiesto y patentes todos, mejor que en esfera alguna, en el campo del arte, que es campo de vida moral intensa, no menos genuina que la historia de la vida ordinaria, a la cual es superior, porque ha sido depurada por el dolor y por el ideal. Tiene, así, como obra artística el Quijote, una significación profundamente humana y trascendente en el campo de la vida moral plena, donde se mueve, de donde nace y en que vive y ha de vivir la obra; como en orden de ideas más restricto alcanza, dentro de la nación en que se produjo, y de cuya savia psicológica y social se nutrió, la más alta representación simbólica del sentimiento de individualismo heroico por el cual se caracterizó y perdura en la historia el alma nacional española. Y no, ciertamente por su puntualidad cronológica ni por soñado acabamiento técnico alguno (al modo académico consagrado), allí donde florecía una gran civilización, allí donde la superior, compleja y enigmática personalidad de un Mariana escribía con plenitud de suficiencia intelectual la historia del país, sino por virtud de las recónditas eficiencias de la sensibilidad artística que incluyen forzosamente los mil matices ideológicos y morales del alma, al genio solo perceptibles; como solo a él es dado comunicarlos por el contagio de la emoción con que los ve y los pinta. Y es así (y aquí estriba todo el secreto de las grandes eficiencias del arte), porque el fondo inmanente de nuestra personalidad es afectivo y no intelectual, y de él arrancan y a él van a parar, por un proceso psicológico más o menos perceptible, todos los aspectos de nuestra conciencia.
Estas consideraciones hemos creído necesarias para abordar el estudio del Quijote. El vasto lienzo en que está por tan maravillosa manera artística pintada esta visión singularísima del genio, necesitaba y pedía un marco tan amplio como los horizontes mismos de la vida psicológica y moral del hombre. ¡Lástima grande que por la limitación de su intelecto no pueda abarcarlo el que con tanta devoción tan temerosa reverencia aborda, en tiempo y en espacio por extremo breves, tan comprensivo y alto estudio! Tubino, que en el número sin cuento posible de los comentaristas y críticos del Quijote se señala por el sentimiento de candorosa y discreta admiración que el libro y su incomparable autor le inspiran, propone, en su modestia, como una condición esencial, no tocada en su tiempo, de la crítica del Quijote, un estudio concienzudo y reflexivo de la época a que la obra corresponde, y otro de la caballería andante, como institución influyente; apreciándola en sí, en sus derivaciones y en su decadencia, dentro de los libros que le estaban con especialidad destinados. Y la verdad es que esa crítica, para acercarse un tanto a la plenitud a que debe aspirar, en frente de un libro que la humanidad ha hecho suyo, cuya completa, total significación ha cuajado así en la ciencia universal, había de comprender muchos y muy variados elementos críticos además de los señalados. Innecesario cree el autor entrar aquí en una exposición minuciosa del argumento de la novela; asunto que cae ya por debajo de la cultura de toda persona capaz de leer estas líneas: ahorra, pues, la exposición esa en honor de la universalidad del conocimiento que de la obra se tiene, y en honor también de la inteligencia del lector.
Y abordemos, sin más preámbulo, el estudio de alguno de aquellos elementos, comenzando por los psicológicos y mentales del autor, como trascienden del libro, caracterizándolo en lo más esencial de él. El matiz moral, artístico y filosófico más elevado de la percepción cabal del mundo y de la vida parece ser, para el que los contempla en estas superiores condiciones de la mente, una suerte de desasimiento de la conciencia, que conserva, sin embargo, libertad bastante para contemplar las grandes imperfecciones y miserias de uno y otra (del mundo y de la vida) sin desesperación ni escepticismo; confortada en el fondo por la contemplación de un ideal, que, inasequible y todo, consuela, y presta al alma una gran serenidad casi impersonal. Puede hallarse este superior aspecto de la conciencia, asociado a la capacidad artística más exquisita, en Cervantes, dentro del Quijote, como se le halla en Shakespeare y en Goethe. Estos tres genios descienden al fondo trágico de la vida humana sin contaminarse de la inferioridad que tocan, y depurándola por la suma de intelectualidad suprema que sobre ella derraman. Y brilla esta capacidad con mejor luz que en otra alguna, en el autor del Quijote, que aparece más visiblemente humano por la benevolencia serena siempre del humour, que, como un ala maternal que sangrase, cobija la flaqueza moral que percibe y nos pinta con soberana, maestra libertad artística. Y todo eso, dentro de la alegría, fortaleza y vivacidad que, parece, constituyeron su temperamento, y que matizan en general su producción literaria, casi siempre, por ello, festiva, regocijada y sana. ¡Y fue grande y magnífico, como fue único el teatro social en que se movió con tan características energías y prendas mentales tan excelsas, el autor del libro! El valor y la independencia, que, como facultades iniciales del carácter español fomentaron en la Península el espíritu en que se engendró la familia del Cid y dieron de sí las behetrías y las uniones, se aliaron más tarde en la nación (que había culminado políticamente en un cesarismo democrático sin igual en la historia moderna) a la religiosidad, que en el siglo xvi alcanzó total vigor, produciendo, en lo artístico, el teatro místico de Calderón y la pintura de Murillo y de Ribera; animando a Santa Teresa, y provocando en lo dogmático la cristalización del carácter moral de Loyola. Si el ciudadano español reconoce en su monarca un jefe, al cual debe obediencia, siéntese, por otra parte su igual, dineros menos; en el fondo todos están allí penetrados, como de cosa propia, del sentimiento de la dignidad común: y la vida penitente, ascética, de los místicos, revela una tensión de ánimo casi divina, por donde su personalidad se toca y confunde con la de Dios. El molde es suficiente para que cristalice dentro de él, agrandada por el espíritu creador de un genio, y en una creación profundamente satírica, un personaje capaz de concebir que puede por sólo la acción de su voluntad y el esfuerzo de su brazo y por su audacia ingénita cambiar la faz moral del mundo. Y, eso, por fuera y por encima del espíritu aventurero que con matices idealistas muy distintos llenaba la acción histórico-novelesca de los libros de caballería, de que había estado plagado el mundo, y que ya caían en desuso. Esto, en el fondo más inconsciente, atávico, que, como sedimentación de la vida nacional yacía dormido (como duerme misteriosamente la herencia psicológica) en el alma del autor. Concíbese que los personajes de Shakespeare hayan podido nacer en Dinamarca, en Venecia o en Atenas, y que Goethe extrajese los elementos psicológicos de los suyos de un medio distinto de aquel en que produjo, y aún que los vivificase con el hálito inmortal del arte griego; pero don Quijote no pudo nacer sino allí donde halló cuna, y en una mente vaciada en aquel molde nacional. Era hidalgo, tipo exclusivamente español, Quijano, y había visto la luz primera, y se había criado en un lugar de la Mancha, que es ardiente, llana, extensa, árida, casi desierta y desolada; capaz de infundir también por su naturaleza geológica una visión uniforme, vasta, de la vida y del mundo; tal como de los desiertos de la Palestina la extrajo, en la realidad de la historia, y en sentido religioso más comprensivo, la mente ardorosa del Israelita. Actuaron de consuno también en la determinación de la obra los factores políticos, sociales y religiosos del medio, que importa bosquejar, siquiera, bajo ese aspecto; ya que no sea posible estudiarlos en su totalidad y por menudo. Porque no es un libro, y un libro como el Quijote, producción esporádica nacida de un ensueño sin raíz en una mente soñadora e imaginativa, sino en un documento moral; un testimonio, diríamos mejor, creado en el espíritu de un artista, que es un gran poeta, por la acción compleja de los gérmenes fecundantes que llenaban el ambiente total de su nación y el mundo, más amplio entonces por el descubrimiento trascendental de Colón. Así como Murillo no hubiera podido coexistir ni explicarse siquiera al lado de Apeles, Cervantes y el Quijote no son concebibles en la atmósfera en que coexistieron Platón y su mito Her el Armenio. Y esta afirmación, que pudiera parecer banal, entraña, nada menos, el problema y la solución del problema del arte que es emanación viva, la única, acaso, perdurable, de la existencia superior mental del hombre.
Ocho siglos de guerra incluyen el período realmente constitutivo de la nación española, que culmina, bajo el aspecto político en una vasta monarquía católica de carácter singularmente democrático. Y al hacer un alto, en la plenitud ya de la vida social, siéntese el hombre allí, por la fe, dueño de la eternidad, como por la suficiencia militar creada en tan largo conflicto bélico, dentro de aquellos variados elementos étnicos, nútrese, en orden a la vida terrena, de ambiciones y sed abrasadoras de riqueza y de dominio. Sus energías de toda índole se hacen visibles (como lo son los colores que lleva imbíbitos el rayo de sol, al refractarse en el prisma) en el cardenal Jiménez de Cisneros, asceta y soldado al mismo tiempo; como en Loyola, militar y asceta. En torno de ellos giran Camoens, Colón, Cortés, Vasco da Gama, Pizarro, Alburquerque, Calderón, Santa Teresa de Jesús, Lope, Cervantes, Murillo, Ribera, Torquemada, el duque de Alba... Felipe II; y, a la acción incontrastable de tanta energía religiosa, moral, política, artística, científica, como cuajó en tan amplios moldes, une el heroísmo nacional su apoteosis en Lepanto. Aquilatad todas estas energías, ponderadlas, estudiad todas esas fuerzas humanas en su acción general: estudiadlas en sus recíprocas influencias, en sus conjunciones morales y artísticas y en sus hondos antagonismos de todo orden, dentro de la nación, y fuera de la nación por el comercio del pensamiento en el campo de las letras; precisamente durante la crisis mental que la imprenta originó en el mundo: contagiad alguna de esas inteligencias del espíritu del Renacimiento y del que originó la Reforma, y Cervantes y su obra podrán cuajar en el árbol de esa vida, como un fruto natural de toda aquella savia; en el cual fruto, además, se insinuasen, para darle forma, color y esencia peculiares, el carácter y el genio de un hombre realmente único allí por sus energías mentales y morales distintivas. Extraigamos de aquel grupo, intelectualmente hegemónico, la personalidad de Cervantes; procuremos estudiar su temple moral, como carácter; la dirección de su genio en lo artístico, como escritor, y nos será más fácil llegar al Quijote. A este propósito los elementos personales del autor entran por mucho más en la obra que el mismo carácter nacional colectivo de ella; y en esos elementos nace la originalidad genial, que, sin divorciarse esencialmente de la psicología de la nación, aporta adquisiciones psicológicas personalísimas y nuevas a la obra que produce. Sucede a este respecto en el campo de la vida de las letras, dentro de una época cualquiera, lo que sucede en el campo de la Historia para la nación: las primeras manifestaciones de la actividad social o artística del hombre son anónimas; como si arrancasen del fondo divinamente inconsciente por donde confina con las fuerzas morales comunes, sin desasirse todavía de ellas; y, luego, por un proceso lento de diferenciación individual se personalizan y actúan desde el campo de una conciencia que asume cualidades representativas. De aquí la significación del héroe en lo nacional, y de aquí, en otro orden de energías creadoras, la representación del genio artístico dentro del campo intelectual. Ni uno ni otro pierden su significación y virtualidad característica porque arranquen del fondo común social o estético de un país.
Cómo y por qué el genio, un genio de acción o de pensamiento, aparece en algún instante de su vida, y aún durante toda ella, en pugna con su propia matriz moral o ideológica, es cosa que no se percibe claramente, sino en la esfera de acción original y más trascendente de la actividad humana, que, de dentro de un molde común, saca en determinadas épocas, en su proceso evolutivo más amplio, un tipo superior distinto; y, así, el vástago injertado, con vivir de la savia salvaje del tronco, da otro fruto y otro fruto mejor. Dante era realmente un florentino, como Cervantes era un español de su tiempo; medidlos a entrambos con el metro mental de su época: el exceso que le lleven dará la medida de su genio de ellos; y las eficiencias características de su lucubración artística serán la adquisición superior mental, que, por ministerio de esa capacidad, haya hecho la conciencia del hombre, sometida a lo que parece dentro de este campo de actividades superiores, como en todo, a una evolución ascendente. ¿Por qué no ha cristalizado de una vez para siempre la mente del hombre dentro de uno cualquiera de los grandes moldes en que con caracteres perfectamente definidos y, en su momento, armónicos y bellos, ha cuajado y vivido? ¿Por qué no han cristalizado así las civilizaciones: la de la India, la del Egipto, la griega, la romana, la misma síntesis político-religiosa colosal de España, bajo Carlos V? ¿Por qué no cristalizó la inteligencia en uno cualquiera de los grandes moldes del alma de los pensadores, poetas y moralistas de la historia? En el fondo de las actividades creadoras del talento y del genio y en la gran virtualidad anímica de aquel poder, en el fondo del cual hay siempre un conflicto, una pugna, un dolor, un sacrificio y una redención personal o colectiva, está el secreto de las evoluciones de las sociedades humanas, y el del espíritu, cuyo registro parece no tener límites ni medida. Así, en la aparente plenitud definitiva de la vida mental y de la producción literaria asombrosas de la península ibérica, aparece Cervantes y crea su obra. Dentro del medio en que surgió agregó un número infinito de matices y de colores al iris de las letras patrias, y en orden a sus eficiencias artísticas y morales más comprensivas, cayó de lleno en la conciencia artística y moral del mundo que lo incluyó en su glorioso patrimonio mental. Es cosa de todos sabida que Cervantes, como el príncipe de los poetas épicos de Iberia, Camoens (con el cual tiene en lo íntimo infinitas semejanzas morales) no extrajo su cultura (que fue sin eso vasta) del medio, porque se sometiese dócilmente a las rigurosas disciplinas universitarias, literarias, etcétera, de su época, en que tantos ingenios se formaron: sacó su personalidad toda ella de su fondo interno; y no fue amado ni estimado de veras en general, por sus coetáneos, que extremaron con él en más de un caso, si no siempre, los rigores de una animadversión, por decirlo así, instintiva. Éste, como el otro hubiera podido decir en su patria, y de ella: «A piedade humana me faltaba / ar para respirar se me negaba», y no hay para qué entrar aquí a ese respecto en pormenores biográficos a ambos referentes y de todo el mundo conocidos. Baste decir, como fue, que la vida artística, que fue toda la vida, para estos genios (en quienes por singular antinomia habían de reconocer más tarde ambas naciones la personificación más alta y gloriosa de su espíritu) culminó en un conflicto de todos los instantes con el medio; en donde, en la alteza del carácter (prenda que fue de ambos patrimonios) se vigorizaron, crecieron y estallaron sus energías nativas, y florecieron, dentro del campo moral libre del arte, como una protesta contra la adversidad, y como una reivindicación suprema de su derecho a la vida, en las dos grandes obras maestras que han hecho a entrambos inmortales. La protesta de Cervantes fue más comprensiva, y se planteó (por singulares coincidencias del genio con la historia de las letras, con la historia de su propio país y con la historia de la humanidad) en campo moral más vasto.
Trascienden de todo el Quijote una afirmación y un gusto artístico perspicaces y delicados, un concepto más cabal del arte en su soberana libertad moral espontánea y fecunda, un concepto más vasto de la vida mental, que rompe, en cuanto toca al autor en sus relaciones con su propio libro, los moldes en que cristalizó dentro de la conciencia y en las costumbres de la nación; allí, donde las letras, que buscaban el calor de los grandes, arrastraban vida parasitaria; y, eso, para explayarla en horizontes más luminosos y más humanos por la universalidad de los sentimientos que abarca. Despréndese de todo el libro, festivamente satírico, una suerte de filosofía inmortal, la única definitiva acaso, en que puede vivir sano el intelecto: «aquella que sabe mezclar a la desengañada sonrisa que provoca el conocimiento de las vanidades e ilusiones de la vida humana, el amor generoso y doliente que inspiran al ánimo recto los sentimientos ingenuos y fundamentalmente buenos del corazón del hombre». Esa filosofía que sabe aliar a la comprensión intelectual de la nulidad extrínseca de las cosas la comprensión moral de su excelencia intrínseca, tal como podría extraerla de la contemplación del drama eterno de la vida universal humana, y tal como pudo derivarla también de la inteligente, dolorosa y cívica contemplación del drama en que estaba la vida de la nación comprometida, quien como él tenía en el fondo del alma (saturada en lo más exterior de la vida meridional), un sentimiento de melancolía atávica: raíz psicológica de su dulce humorismo, del cual parece trascender toda la nostalgia y el matiz trágico de la sensibilidad del alma celta, que reivindica en Cervantes un fuero poético imprescriptible.
Parece envolver así el Quijote, y por ministerio del arte supremo que lo impregna, como una atmósfera melancólica de vida, del seno de la cual se desprenden sentimientos solemnemente tristes en alianza feliz con no se sabe qué gozo dulcísimo, y que parece nacer del inefable consorcio de la razón que sabe y del corazón que siente; por sobre todo lo cual nos penetra el espíritu de honda resignación que impregna el libro, y que se tamiza así por la inteligencia más serena del Renacimiento. Este sentimiento es esencialmente cristiano y raya mucho más alto que el aticismo y que todos los sentimientos de los estoicos: en vano se leería a Crisipo, a Epicteto, a Marco Aurelio, al mismo Séneca, buscándolo en ellos: esos libros son como un fruto seco, verdadero caput mortuum de aquellas civilizaciones. Una significación moral tan honda de esta índole no tendría tampoco cabida en una obra artificiosamente literaria o sabia. La acción de la novela (del Quijote se entiende) corre y se dilata por la Península e incluye todos los elementos que a su paso encuentra, o que halla; y es así, geográfica y moralmente pintoresca, con tonos y matices infinitos; con toda la luz y toda la sombra de su tierra; con toda la luz y la sombra del corazón de sus contemporáneos, habitadores del teatro en que con tan soberana libertad, se pasea la mente del inmortal, vidente e incomparable autor del Quijote. Esto, sin contar con que el libro, como conjunto léxico, es toda la lengua de Castilla, y es toda la psicología de la nación; así como por el estilo, es toda la perspicacia mental y toda la psicología artística de Cervantes, que incluye en él, por un milagro de genial generalización, toda la luz y la sombra del alma humana.
Nadie en mejores condiciones que él, por otra parte, para ofrecer al mundo un trasunto acabado de la vida y de las costumbres de la Península. Todo lo había visto en ella, lo había vivido todo también; y, como un espejo que tuviese la capacidad mágica de animar las imágenes que copiase, dándoles dentro del cristal la realidad viviente de forma y alma que en lo exterior alcanzan, su numen fecundo proyectó sobre el teatro en que espació su fábula todo cuanto le había impresionado: desde la árida caldeada llanura de la Mancha y las salvajes tenebrosidades de Sierra Morena hasta el fondo moral y mental de sus coetáneos; elaborando, con los elementos varios dispersos en el medio, sus tipos, y comunicando a todos una chispa de vida inmortal como sólo el intelecto artístico la elabora. Y allí están don Quijote y Sancho, el Cura y el Barbero, Dulcinea y Maritornes, en su radical oposición esencial, viviendo, para siempre, en fraternal convivencia; sin que puedan ni por un instante separarse. De donde quiera que tomase los elementos disímiles de esos personajes, contrajeron en la mente del autor un parentesco definitivo al animarlos el mismo hálito de vida artística que por igual los compenetra y sella.
Si el lugar, la topografía, como conjunto de energías variadas, no deja nunca de tener influencia sobre el ingenio del hombre, los medios sociales en que ha vivido la tienen mayor y decisiva en él. Cuando Lesage emprende la obra de describir las diversas condiciones sociales humanas imagina a Gil Blas, quien, cambiando a cada instante de profesión, se encuentra sin cesar en aptitud de estudiar una nueva clase de la sociedad de su tiempo. Por artificio semejante crea más tarde Beaumarchais su Fígaro, al cual hace contar en un monólogo célebre las peripecias de su vida. Estas condiciones imaginarias tuvieron encarnación real en Cervantes, durante el siglo xvii, por lo que toca a su vida, accidentada y aventurera; como más de medio siglo antes habían concurrido dentro de cierta medida en Rabelais. Pero Rabelais es un Gil Blas de genio: Cervantes y el Quijote no admiten, por su superioridad en las letras humanas, comparación alguna con personaje novelesco o real de los nombrados. Y, cosa singular: con tener como tienen las obras de esta índole las raíces que en el medio social les hemos descubierto y señalado, interesan menos a medida que son, en el sentido restricto de la palabra, más históricas. Así cautiva menos poéticamente el Cid en sus mismas gestas que Amadís de Gaula en la novela; si no es ya que la aureola heroica que ciñe la frente del marido de doña Ximena no se haya desprendido del luminoso sol de la leyenda, para dilatar así el campo moral de su personalidad, que arrancase, en lo biográfico, de un núcleo menos consistente, e históricamente discutible acaso. Por donde fácilmente se echa de ver cuán pueril y vano ha sido y es el empeño de los críticos que para hallarle todo su sabor trascendente al libro, han andado rastreando en él y en su intención más recóndita las facciones y la personalidad de un coetáneo cualquiera enemigo del autor; restringiendo, en este caso particular, la alta significación impersonal de la sátira, que se compone en su esencia de abstracciones, y reduciéndola a las mezquinas proporciones y a la significación casi doméstica y de vecindario de la invectiva. Con este carácter se desarrolla, sí, profusamente en las letrillas de Quevedo, padre, en ese terreno, del donaire y de las gracias, y al cual (dentro de su mediocridad artística, con todas las excelencias de sus variados talentos y suficiencias mentales doctas de todo orden) encadena la historia al poste de su época; y lo encierra, como en una cárcel dorada (de la cual no ha de salir jamás), dentro de su nación y de su gente. Y eso, por mucho que se asome de continuo a las rejas de su prisión y ojee a través del vidrio de sus antiparras, desde allí, el mundo, que, a su vez, le contempla con la gran simpatía que inspirará siempre el autor de Marco Bruto y del Buscón. Pero a ese precio, si se adquiere celebridad, no se compra la inmortalidad plena, que la conciencia del mundo sólo discierne a prendas más altas y perfectas de orden artístico y moral. Y volviendo, porque es fuerza hacerlo así todavía, al campo odioso y estéril de los supuestos personalismos del Quijote, digamos de una vez que enfrente de aquel intelecto soberanamente fecundo, impregnado de todos los hálitos del mundo que abarcó; y, en su sazón artística, ya el concepto de la obra, pudo caer y cayó dentro de ella, como cae un sarmiento seco dentro de una hoguera (cuya lumbre arrancaba sin él de la esencia divina del fuego), pudo caer, decimos, entre los tentáculos de la sátira desvaneciendo en ella su personalidad, uno cualquiera de los personajes insolentes, ridículos, imbéciles o malvados que, excitaron, irritaron o acaso hirieran cruelmente la susceptibilidad artística, o la misma dignidad moral del poeta.
¿Por qué no? Dante arroja con su terrible tridente dentro del infierno de sus tremendas cóleras teológicas y políticas, a todos aquellos que en torno suyo, o ya en el vasto campo de la historia, se mancharon a sus ojos con la tizne del pecado. El torbellino levanta y mueve el polvo, levanta y arrebata las aristas que se apilan sobre la tierra a su paso; pero no nace en el polvo, ni arranca de la resistencia del artista. En todo caso Cervantes empujó a todos ésos (¿para qué averiguar quiénes y cómo fueron?), los empujó si tropezó con ellos en su camino, y los empujó sin saña, por modo risueño, con el dorso de su blanda y dulcísima péñola, al piadoso purgatorio de su sátira; agua lustral, no encendida y humeante pez para tanto malvado. Si la sátira arranca de la raíz misma de la personalidad de aquel que la incuba, asciende en su proceso mental, y por virtud de su elaboración artística, a las cimas más altas del desinterés, y alcanza allí una suerte de impersonalidad tan dignificadora, que aparece impoluta siempre en su magnífica plenitud.