Ya estás, mi pobre don Quijote —escribías, Miguel de Unamuno, en el capítulo XXIX de tu Vida de don Quijote y Sancho—, hecho regocijo y períndola de barberos, curas, bachilleres, duques y desocupados de toda laya. Empieza tu pasión, y la más amarga, la pasión por la burla». Decías esto, en aquella tu autobiografía que fingiste como no tuya, sino de don Quijote y Sancho, viendo que por siempre hay gentes dispuestas a poner cruz y escarnio en el alma del hombre. Aquel Quijano, más tuvo que de Cervantes, muchísimo más, puesto que le rescataste para su quijotismo lo que su autor concediera a los fariseos, se encontraba ahora en punto de su mayor trabajo: que es el que se sostiene con los que vienen simulando alumnidad y simpatía, y tienen su estampa muy recosida de postizos e injertos. Porque el hombre de una sola pieza, como el río, o la muerte, apunta siempre al pleno corazón de quien le rodea, mirándole como símil suyo, teniéndole por su noble igual: hijo, y amigo, y hermano.
Locura es, locura tuya, muy tuya, que da pavor a quien la contempla, porque no quiere ver, porque le duele en conciencia de hombre, dar asentimiento al horror de bastedad, de ignorancia, de bachillería, que habita corazones y corazones, largamente, por doquier sin otra pasión que la de provocar pasión vergonzosa y farisaica en el hombre de honda pasión central, de la desligada de pasioncilla y remiendo. Pasión de eternidad, teológica y humana pasión.
Burla, como sabes, es no sólo el reír abierto, ni el sotorreír. Burlar a un hombre es tergiversarle el alma a fuerza de ignorar su verdad. Cuando los duques hacen jolgorio del buen Quijano, no está la burla en que se rían o permanezcan serios, la burla está en que sin saber cuál es el alma briosa del Caballero, lo rebajan a su mezquino sentir; y creyéndole espejo de aquel su espíritu enteco, ríen lo que ignoran. La ignorancia jactanciosa es la madre de la burla. Y si alguien, conociendo la intimidad de otro alguno, hace burla de éste, ya no es burlón sino impío. Los duques, ¡vaya nobleza!, son tan sólo ignorantes: buenos y totales ignorantes: de los que por ser tales, rendidamente, ignoran hasta que ignoran lo que ignoran. Don Quijote les sube mil codos en nobleza porque les toma en serio. No les hace caminos ni estancias de pasión. Ellos no serán crucificados, no pueden serlo, porque les faltan caminos de amor en el corazón; porque les falta tragedia. Pero tú, don Quijote, don Miguel de Cervantes, don Miguel de Unamuno, estallabas de ti mismo en ti. Eras —¿por qué del tiempo pasado?— eres, digo, toda la España, agria y viril, conflictiva, y tenaz y heroica. A uno y otro lado de ti como hay uno y otro ventrículo en el corazón, viene y reviene el alto mareaje de lo histórico. Los tiempos saltan por encima de la sangre, sedientos de hombres. Un fiero dolor, un enhiesto brazo de héroe, navega insensata, heroicamente, de Castilla a las rías, de Castilla hacia el mar. Y junto a ello, tú. Tú, en ello, al modo del bravo Escorial y de la dulce Granada. Sin que se sepa cómo, Sancho duda de ti. Van los aires ensordecidos de odio y desesperación. Mira cómo revientan de pronto los viejos dolores de España. El cura, el bachiller, el barbero, el duque, lanzan a la cabeza de Sancho —que tú habías visto quijotizada ha tiempo— su más odioso venablo. La pobre tierra hispana se descalabra por los miembros de Sancho. Por toda Castilla, cobrando aire levantino, mediterráneo, se desahoga una sombra. De una vez, y el rencor, la injusticia, la ciega corriente de grandeza y miseria que es tu España —hija y madre tuya— estalla. Con nombres diversos; con rótulos que esperan sustituir el viejo encuentro de la España bifronte: se dicen ismos de lenguas extrañas, se suponen doctrinas ajenas a la tierra española, pero tú sabes, lo sabemos todos, que esta sangre vertida no es sino la teatralización en muchedumbre de aquel capítulo LXIV que pone Cervantes en la parte segunda de su libro. Porque no hay sino dos doctrinas, que son una sola: la de don Quijote, con su sombra negra, rebelde arcángel de anti-Dios, asesina de sí. No hay más que don Quijote y Sansón Carrasco. En medio de ellos, junto a don Quijote, Sancho.
Recuerda, Miguel de Unamuno, que fuiste tú quien comprendiera cómo habíase efectuado una recíproca vitalización entre el caballero noble y el labrador. Veías que a la par que don Quijote quijotizaba a Sancho, Sancho sanchificaba a don Quijote. Hay un momento del sol manchego, en un lugar cualquiera de la vasta Castilla, en que de las dos sombras, caballeras que avanzan destino español al trotecillo de sus jamelgos, no se ve sino una sola. Sombra de amor y conjugación, de síntesis, que siendo un pavés de la España, llega, como en el capítulo LXI, a las playas de Barcelona y gana el mar. ¿Recuerdas el Buque Encantado que don Quijote viera allá en las quietas aguas del Ebro? ¿Sabes qué playas y puertos son estos que tiene ante sí ahora aquí en Barcelona y qué barco era aquel durmiente del río? Un puerto es una choza del mar, es el sitio en que éste penetra y descansa un poco sus fatigas tocando tierras firmes con sus temblorosas aguas. Un puerto es el puente entre una tierra cualquiera y la mar océana. Mira cómo llega hasta aquí una poca de agua azulosa, espumeante, que habla un eco de voz lanzada en distante costa. Son las aguas, anchas, pero unidas, las que separan ante Dios a los hombres. Pero mira, don Quijote, don Miguel de Unamuno, mira, que está aquí un barco. Y un barco es un libro que anda; un mundo que va al encuentro de otro; un ideal que quiere conmover y contagiar de su locura a los cuerdos, despertar a los que, estando vivos, duermen semipodridos entre los muertos. Ya está don Quijote en el mar, que es decir como que está en todas partes. Pero hoy, en un hoy que es un negro torrente de exigencia y denuedo, don Quijote está perplejo y entristecido en su grave dolor de Castilla.
Nada, nada de nuevos nombres para las viejas heridas. Tiene tu patria en ti el vivo espejo de su Destino y no es cosa de que se conturben más los entendimientos por la mixtificación y arropamiento de lo que anda y debe andar desnudo. España, la tierrahombre, la más humana de las tierras porque es la que mejor representa el extraño e indefinible corazón del ser humano, es, como se te hizo claro a ti, granseñora y fregona, rapaz y manisuelta, noble y bastarda. Y todo, a un tiempo; todo a un golpe de sangre. La plaza de toros ofrece a la vez que el valor de imponer destreza a la bestia, la vergüenza de colocar al hombre en condición de asesino. Hay pedazos del territorio en que puede reconocerse todavía la huella de cuando el Ángel Tal moraba en ello. Otros son resecos, polvorientos, horros de verdor y frescura como el corazón despiadado del comerciante infeliz que sólo aspira al duro y respira números. Justo es, pues, que en el subterráneo de esta espléndida y áspera vivienda de hombres luzcan un Quijote y un Bachiller. Justo es que nazcan aquí, por una parte, Santa Teresa y San Juan, glorias y supremo gusto de lo humano, y, por otra parte, bandidos, avaros y crueles hombres. La tierra de Alvar González y del Cid, de Velázquez, hijo de la luz, y de los hurdetanos, es demasiado humana, suma en sí demasiados elementos hominales (que tú dirías), para que no tenga, porque humano es que así sea, como todo lo viviente, un andar que va, quiéralo o no, sépalo o ignórelo, rumbo a don Quijote, camino de un mejor destino —de una luz definida, camino de Dios—. Como todo lo humano, o, si lo prefieres, como todo lo hombre. España ha de entrar, a rastras o muerta, por aquella ley de cambio que tu veías como lo único incambiable. ¿Quién se queda? ¿No has sido tú quién más y mejor ha dicho que todo queda porque pasa todo? Que pase, que pase todo, Quijote del estar y del quedar, Miguel del pasar, Unamuno del irse. Que pase, sobre todos y todas, la historia brutal, mezquina, pequeña, para que no pasemos nosotros, para que no seas tú un gramatical tiempo pasado, sino un duro y vivo tiempo presente. Para que yo no lo sea nunca, como he de serlo, cuando estos años míos que son ahora mínimos de contar sean mañana horrible fardo y venga tras este fardo, cabalgando en él, el supremo pasar para quedarse que es la Muerte... Quiero poner y pongo aquí esos puntos suspensivos, que son los puntos que lo suspenden a uno en el punto en que se le queda suspenso el corazón, porque he de continuar pensándote los pensamientos de este conversar contigo, que bien sé yo no es sino un breve recuerdo de lo mucho que has dialogado conmigo en las letras tuyas. Quiero seguir, porque aún me acuden cosas que mi voluntad repudia y mi gusto desprecia, pero que han de ser dichas para poder decir luego lo que más me mueve a hablarte hoy como si tuvieras ocasión de oírme vivamente la palabra o de leer esto con tus ojos. Porque no se me acomodan los ánimos con esa anécdota que cuentan de que te quedaste muerto en Salamanca. Hay aquí algo secreto que no entienden las gentes ni yo entiendo tampoco, pero que tú sí sabes ahora mejor que nadie. A ese punto de las cosas apunto. Y, como tú decías, ¡Dios dirá!
Estos tiempos de la España —prosigo, que proseguir es seguir en pos de y eso es prueba de que vivo— se perderán mañana en el Tiempo. Pero hay un alma de lo hispano, un raigón de ese cúmulo de vidas, que ha de sobresalir renaciendo de entre los muertos, eternamente, para confundirse, para fundirse de una vez —si Dios lo quiere, y Dios quiera que Dios lo quiera— con la sombra vagarosa de don Quijote. Llegará un día en que todo el dolor fructificará en sonrisa. O si es que la sonrisa definitiva es un amargo gesto de espanto ante la nada, llegará el día en que los hombres dispondremos de tiempo —no tiempo histórico, sino tiempo tiempo— para espantarnos como nos sea pedido, para tener la sonrisa final, la definitiva sonrisa del espanto.
Acaso lo que imponen credos de humanidad, de amor, es no añadir una palabra más sobre la tragedia de tu pueblo. Hay siempre la presencia del riesgo espantable, del riesgo que es ahondar más, aun cuando no sea sino un centímetro más, la llaga que es el odio en cada corazón. Mas, Miguel de Unamuno, no eres tú cosa distinta de España. Y cuando se va en busca de un hombre es inevitable y acaso imprescindible ojear primero ese arnés de historia que es nacer en el pueblo tal y en hora precisa. Nadie podrá nunca escribir una historia de tu patria sin intercalar en ella la biografía tuya. Y digo biografía y no historia tuya, porque los hombres no tenemos historia, sino biografía tan sólo. Historia tienen las cosas; los hombres, biografía. Eso sí, la Historia, que tiene ella en sí biografía y no historia (porque hay biografía de la historia pero no historia de la historia), nos impone historia a nosotros —nos historia o historiza— y esto es su biografía, su vivir, que a fuerza de biográfico se hace histórico, como nos pasa, ¡y tan nos pasa!, a nosotros. ¿No será en último término que la Historia no es sino la biografía pública y nada más? Pero lo que decía o quería decir por esta vez es que no veo como posible el mirar a España quitándote de en medio de ella o mirarte a ti prescindiendo de España. No se puede hablar de ti si no es a la luz entera de tu España. Sobre todo, ahora que por ser tú tan Miguel de Unamuno, la tragedia secular de España hase preocupado especialmente de ti. Los del bando aquel —¡y qué dolor esto de que hayan bandos, pero los hay!— dicen que tú eres de los suyos; los de éste afirman lo propio. Estás, otra vez, dentro del mecanismo histórico y por mor de él, dentro de dos bocanadas de aire desigual, entre dos senderos, en un conflicto. Yo sé que tú no eras derechista o izquierdista, o no eras, a lo menos, lo que generalmente se entiende por una u otra cosa, que es, para los derechistas, no ser más que derechistas y, para los izquierdistas, no ser más que izquierdistas. Si hemos de hablar de esto —y para no soslayar un hecho que tanta sangre lleva dentro de sí, hemos de hablar algo—, yo diría que tú eras izquierdoderechista y derechoizquierdista. Pienso que cuando Dios hace política se les aparece como Gran Derechista a los izquierdistas, a fin de que moviéndoles a pugna y persecución de enemigo salgan a buscarle y le encuentren: a fin de que dejen de ser nada más que izquierdistas. Y a la recíproca, o a la inversa, con los derechistas hace: asómase a la conciencia de esto como Gran Izquierdista, y les promueve encono y furor hasta que se le lanzan en pos. Tócanse de este modo en su corazón y ganan por dimensión de vida mayor un ser que es algo más del que hasta entonces fueran. Porque a los que Dios teme es a esa mezcla del nada con el más que da por suma la nulidad, el no avanzar. Así Unamuno, así fuiste tú del modo éste que era no ponerse al brazo una insignia, que representa la marca de fábrica o amo que se tiene, sino el de socratizar o unamunizar a unos y a otros. Tu política era ir contra la política que sume a los hombres en un nada más que derechistas o izquierdistas. Querías para España un mañana que fuera un definitivo mañana: hecho con la hechura única del todo español; pedías España eterna, eternización de la momentaneidad hispana, para que en este aguaje de ser permanente permanecieras tú, eternamente. Eras —¿vamos a decirlo ya?— un poeta. Poeta eras, en el sentido hondo y real (guiñemos los ojos a esta palabreja) que la palabra tiene y que va entramando, como metáfora que lleva en sí el menester de designar a un tipo de hombre capaz para deshistoriar, o sea, para pasar por encima de la Historia, de lo formal y dado hecho, construyendo un mundo ideal, una realidad que no le es dada, sino que él da. Pero esto no importa nada al ciego hecho de una guerra. La guerra es la ocasión suprema en que la Historia se hace sentir como señora de los hombres, porque la tal Historia es el constante foetazo del Tiempo y del Espacio sobre el espíritu humano. Y como guerra quiere decir muerte, y muerte es esto que termina o acaba aquí y ahora, dentro de unos minutos, cuando esta bomba estalle o cuando aquel enemigo acierte, viene la razón furiosa de estar vivo, de realizar vida viva, inmediata, continuada y velozmente: hay que amar la mujer que no se había amado, engendrar el hijo que no se había engendrado, comer lo que no se había comido, pecar de una vez, ¡por última vez!, los últimos pecados. En la guerra, digo, la Historia se hace péndulo de reloj, tiempo contado para el hombre. Que nadie venga, pues, a decir, bajo el terror de muertes y muertes, bajo la avalancha del odio irracional, cosas de un tiempo futuro. ¿Tiene futuro el hombre que está en una trinchera? Deshistoriar, libertarse de la Historia, es el supremo signo de cultura. Pero la guerra es exactamente lo contrario de la cultura, y no porque en las operaciones de ella sean destruidos el monumento este o la ciudad aquella, sino porque la guerra atosiga de historia al hombre, lo embrutece al reducirle al momento en que vive, a la angustia del tiempo presente y fatal.
Pero hay aquí unos hechos —o lo que las gentes llaman así— en los que vienen a apoyarse unos y otros beligerantes para ponerte de su parte. Tanto se ha distraído de ti con esta tremenda tergiversación que se te hace póstumamente de la vida, que quien como yo viaja por los mares tuyos desde hace ya más de un lustro, se ha visto obligado a invertir horas y andanzas largas en revisar cuanto le ha sido dable obtener en relación con esto que denominan tu experiencia histórica. Españoles, americanos, holandeses, franceses, ¡etcétera!, han escrito sendas justificaciones de sus prejuicios. Sales de unas como un prisionero de determinado bando y de otras sales como un traidor a viejos ideales. Y es a esto a lo que llamo burla y a lo que me refería cuando puse las primeras letras que llenan estas páginas, tomándolas de tu propia voz. Burla es, Miguel de Unamuno, porque quieren, unos y otros, que des como saldo de acción, como resumen de vida, el ser de un hombre estereotipado en un ismo cualquiera. Burla es, porque no hay incomprensión mayor de ti, porque no hay otra negación más fuerte de tu vida, que esta de ponerte en el mismo renglón de los que no son más que nada más que. Y quien crea que puede encasillarte porque en el día tal dijeras esto o lo otro sobre determinada cosa o secta, bien poco o nada sabe de ti. Sólo los tontos afirman de cuajo. Pero los tontos lo son porque no dudan, porque no escogen, sino que aceptan. Y tú, don Miguel, decías y contradecías, dudabas, porque tenías siempre los caminos de la mente pobladísimos de estancias en que descansar o agitarte. Sé que mucha de esta historicidad manca en que se te quiere encarcelar prodúcese por cariño, por terror que sienten algunos de que vayas a caer entre los que ellos consideran como enemigos del género humano. Pero por encima de la bandería, y aun del amor que se te tenga, si es preciso, hay que poner los pedazos de verdad que son tu vida. Quisiera olvidar por un instante mis propios prejuicios para preguntarte, ¿de quién eras tú, Miguel de Unamuno, en esta trágica hora en que se nos obliga a ser de alguien y no de nosotros mismos? Sé, por lo pronto, que eras el primer español de España, el más español de los españoles. Pero además —y es esta de además la palabra más importante— ¿qué eras tú? Y hablo aquí sólo de un ser político, ¿quién eras, realmente, es decir, fantasticarrealmente? ¿Puede ser cierto esto de que tu palabra impuso alguna vez sentido parcial, disociador en el alma de España? No y mil veces no. Creo, si se quiere, si en ello se empeñan los que toman empeños tan tontos como estos, en un desconcierto. Creo en una fugaz y turbada apreciación anticipada de hechos recientes. Creo en cualquier cosa que se me diga, menos en que tú, tú, has sido alguna vez anti-hombre, anti-España, enemigo de la tradición española, de la tradición humana y universal. Toda tu vida estuvo al servicio de la tradición: de la honda y verdadera, de la única posible tradición bajo los cielos, que es el hecho angustiador y grandioso de la presencia del hombre.
Dije alguna vez que eras un hombre sin partido, y mentía al decirlo. Porque tenías filiación a un serio partido, al más riguroso y serio que es posible codificar y sostener por los hombres. No eras fascista —o como lo escribías, fajista—, ni comunista eras: tu ismo consiste paradójicamente en no ser ista alguno, puesto que para las gentes esta terminación quiere decir que el bautizado con ella es enemigo de todos los que tengan un ista distinto detrás de su nombre; quiere decir en definitiva, sin circunloquios, que el ista, sea cual sea, es un enemigo del hombre puesto que aborrece a determinados hombres. Pero tu partido era, llana, españolamente dicho, el partido de los hombres: tú eras hombrista, que es lo mayor que el hombre puede ser en la tierra. Por todos nosotros, por todo el género humano, libraste la gran batalla. La batalla que se pierde sin humo pero con niebla, sin estallidos pero con muertes. El día en que viniste al mundo, una guerra civil asordaba los contornos de tu tierra bilbaína. Y quedaste muerto, o lo que decimos así —o lo que sea— otro día en que tu gran patria española, y con ella el mundo, sufrían el dolor de ver que lo que hasta entonces había sido guerra civil se hacía en aquellos instantes, y en tu tierra de Salamanca, guerra internacional. Entre estas dos monstruosidades del odio, entre dos guerras, incorporaste un ser español de incansable batallar; diste vida a un español de recia sangre, de concluyente fisiología, que hubo de encontrarse con la más crecida conciencia de nuestro tiempo navegando por su sangre. Y conciencia es tragedia: ¡qué gran hazaña trágica, consciente, fue tu vida! Luchabas contra lo que nadie lucha, contra lo que todos aceptan como natural, y cambian por una lucha mezquina en que se persigue tan sólo cambiar los nombres de quienes mandan en el país. Y el país puede ser el que se llama así en política, o país del arte, de la religión, etcétera. Fuiste revolucionario de entraña, de corazón y dolor humanísimo, por el advenimiento de un régimen que no tiene nada que ver con afanes mercantiles ni odiosos, sino con Dios, la muerte y el cielo. Con la primera y última realidad de nuestra vida. Y ahora, como decimos, estás muerto…
La gran lección que nos dejas, maestro de Salamanca, maestro de los hombres, es la de enfrentarnos abiertamente con la muerte como única salvación ante su invencible presencia. Hay que saber morirse cada minuto; hay que estar dispuestos cada segundo, cada latido del corazón, para que aquel segundo y este latido sean los últimos que vivamos. Otrora, en ocasión de cumplirse el primer aniversario de tu muerte, hube de escribir dos breves capitulillos, «El hombre del séptimo día» y «La muerte en el árbol», que fueron publicados bajo el rubro de «Unamuno en su primer año de vida» (y las buenas gentes dijeron que eso no era sino paradoja y juego de palabras, ¡menuda cosa!) y en todo lo cual hube de esforzarme en destacar que el gran símbolo de tu estancia terrestre, la magna doctrina de tu saber, fue la de haberte hecho un maestro de la vida y de la muerte. Decía entre otras cosas y después de haber explicado —o lo que fuera aquello— que el hombre del séptimo día era aquel que luchaba abiertamente con la muerte, a diferencia del hombre histórico o de los primeros seis días de la Creación, decía, digo, finalizando aquel trabajo: «Unamuno está ahora en su primer año de vida total, de experiencia sumada en más y en menos. (La tabla de multiplicar, como él hubo de demostrarnos, sólo sirve para acortarnos la vida. ¡En cambio la de restar!). Ahora está cobrándole a la muerte las cartas triunfadoras que barajara en vida. ¿Para qué si no bajó de nuevo al hontanar de Montesinos y oyó claramente la orden de los misterios, ¡paciencia y barajar!? Para esto erigió el soliloquio, continuo de su vida, frente al espejo de la muerte, ingente espejo». «Volvía a encontrar lo que años antes había llamado la disnea cerebral, acaso la enfermedad X de Mac Kenzie, y hasta creía sentir un cosquilleo fatídico a lo largo del brazo izquierdo y entre los dedos de la mano. En otros momentos se decía: En llegando a aquel árbol me caeré muerto y después que lo había pasado una vocecita, desde el fondo del corazón, le decía: acaso estás realmente muerto. Y así llegó a casa». (Cómo se hace una novela).
Entró en su casa, la muerte por delante, no detrás. Revés de la inmortalidad, que es el sacrificio de la persona. Sombra de un árbol cualquiera, depósito de muerte, contravoz y signo pleno de la vida. Porque el maestro no se acaba, pero termina; mientras que la lección ni termina ni acaba. No termina la lección. Húndese en la superficie del séptimo día, desgajada de un árbol cualquiera. Y ese día, y ese árbol, están ante todos nosotros vueltos señales visibles de la gran claridad que lidia y derrota oscuridades. La vida no es sólo estar vivo. «Un primer año de vida para Miguel de Unamuno, sabio de lenguas y decires, pero más sabio todavía, ¡todavía!, del secreto y espejo de la muerte, espejo y secreto de la vida».
Esto decía, Miguel de Unamuno, y se me quedaba un leve rastro de inseguridad entre los dedos. No por lo de tu maestría, sino por lo de la muerte misma. ¿Quién me dice a mí que esta idea de que la muerte es una forma de la vida es cosa cierta? Distinta, muy distinta, es la experiencia diaria e histórica de ello. ¿Es que vive la muerte su estar muerta, que es su vida? O, como todos sentimos, ¿no es que la muerte muere a la vida y ésta se queda muerta, que esto es muerte? Ese de morir es el hecho que con llevarnos —o dejarnos— ante la gran duda, no deja lugar a duda ninguna. Ignorancia mía será, o insuficiencia de penetración cósmica —llamado sea como se quiera llamarlo— pero no entiendo, no, doctrina ninguna que quiera explicarme la muerte desde el punto de vista de la propia muerte. Yo estoy vivo, o lo que llamamos así, o lo que sea. Y mientras estamos vivos no podemos hacer otra cosa que sentirnos vivos y nunca muertos. Queda en pie, más que como panacea, como alivio, aquella tu enseñanza que he mentado arriba. Ya que la muerte es una brava cosa que ha de tocarnos inexorablemente, seamos nosotros inexorables con ella aprendiéndonos a morir. Esto, Miguel de Unamuno, como lo supiste tanto, no quita ni borra, sino que acrecienta el punto más fuerte de la vida, la neuralgia máxima del existir, que es la angustia. Y a lo que el hombre ha de resignarse sin resignación, a lo que ha de entregarse sin vencimiento, es a la suprema operación de mirarse vivir, de sentirse, con-sintiéndose, en la creación que hace con todo esto de lo que llamamos conciencia. Tener conciencia, con ciencia, es con saber que se siente. Y sentir que se siente es vivir, y angustiarse, y morir.
Muerto ya, Quijote del vivir, don Miguel de Unamuno, rector y señor y padre, entregas ahora íntegramente todo lo que fuera tu destino y tu hacer, tu hazaña y tu empresa. Si de todo ser humano puede decirse otro tanto, acaso sea de este ser que tú fuiste de quien haya que decirlo con mayor rigor y certidumbre. Vida más viva, ardor más sostenido y peraltado, no animó jamás la carne de un hombre. Lo que en el francés Pascal rezumaba angustia dulce y como de mansedumbre, era en ti un volcán. Porque lo más tuyo, la sangre hispana, su pathos biológico, injertáronte para siempre —que dijeras con Tucídides— en tu cuerpo mortal, aquello que no está en el Norte ni en el Sur, sino que pervade lo cardinal y vuela por cima de ello hacia lo esencial y eterno.
A este destino, vida y pensamiento tuyos, quiero acercarme ahora con especial e interesado interés. Lo quiero, porque siento como propia —recojo lo que me pertenece— la tragedia general de nuestra vida humana en lo que ahora vive. Y no hay, según yo lo veo, aporte mayor a este trastorno y turbulencia de los tiempos que la luz de una conciencia cual la tuya; que el ejemplo titánico de tus tareas excepcionales. Volver la cabeza hacia las estrellas cuando el barro nos gana ya el corazón, es nuestra gloriosa ventaja sobre las bestias. Fuiste hombre de problemas fundamentales en la edad en que el problema fundamental del hombre es el de su vida histórica, en el peor sentido de la palabra, fuiste de los que toman en sus manos el hecho tangible de su vida y hacen con él un incendio, una profusión de luces ansiosas de penetrar los cielos. Al revés de lo que hacemos los que no somos ni santos ni héroes, erguiste, Miguel de Unamuno, con todo el pecho, con toda tu luz bajo la desolación del cielo y de los astros, la caña de angustia y sentimiento del hombre —tragedia que fuiste, clamando por todo el género humano, por la salvación del hombre, eternamente—.
Descansan —o mejor, reposan— tus huesos, ya en la recia Castilla, y has de tener, como lo pedías, los ojos abiertos. Róndanme la memoria, o el sentimiento, aquellos versos de la espera desesperada:
Logre morir con los ojos abiertos
Guardando en ellos tus claras montañas,
—Aire de vida me fue el de sus puertos—
Que hacen al sol tus eternas entrañas
Mi España de ensueño!
[…]
Se hagan mis ojos dos hojas de hierba
Que tu luz beban, oh sol de mi suelo;
Madre, tu suelo mis huellas conserva,
Pone tu sol en mis huellas consuelo,
Consuelo de España!
Árbol y raíz de la España, de tu España, descansa, niño de la muerte, en la cuna del suelo. Duerme, Quijote de una Mancha mayor que es toda la tierra, en tu esperanza de eternidad que es la larga espera de la resurrección. Duerme y sueña tu sueño sin muerte y espera en él: que todo espera sobre la superficie de la tierra: esperan las estrellas, y el Sol, y los astros todos esperan también. ¿A quién esperan las estrellas, clavadas sobre la faz de la noche, llenas de fidelidad y amor? ¿A quién espera el alba, día a día, en la diana de su hora, que viene plena de gozo cada vez? Duermes ahora, y en ello —sea lo que sea— esperas. Duerme tu pecho titánico y fatigado sobre el que la Historia, toda fragor y turbión, como una hostia incendiada, enfureciera más crudamente que en parte alguna sus aherrojantes designios. Queda insomne, viva, cálida, la gruesa llama de tu Voz. Como lo quisiste, el canto sucede al cantor. Como fue soñado por tu alma, una obra perdura sobre unos débiles latidos de sangre y vida. Tu voz nos llega, mayor, tan defendida heroicamente por todo el trayecto de su permanencia en la tierra, que lanzada hacia adelante afanosamente, en soledad, en pureza, en verdad, bebió las fronteras de tu pueblo y de tus gentes haciéndose grito del corazón humano. Ganaste universalidad, Miguel de Unamuno, don Quijote, no porque dejaras de ser lo que eras disolviéndolo en la esencia de lo universal, sino porque en ti, dentro del recinto que Agustín nos dona, en el hombre que eras, fijaste a tu ser verdadero las señales todas del Universo. Ahora, defensor nuestro, sacrificado por nuestra salvación, viejo héroe cristiano, hombrista, tienes, como don Quijote que eres también, el sepulcro enturbiado de fariseísmo e impiedad. ¿Qué menos pedir para ti, por agradecimiento de hombres, por veneración de hijos humildes, por justicia, que un poco de justicia para ti? Que no se te haga burla el presente de tu inmortalidad: que no se continúe sumiéndote el alma en senderos que no fueron los íntimos y reales tuyos. Que seas para todos, como lo quisiste ser y como lo fuiste, un Hombre.
Porque todo esto tiene que ser así, para que en algo lo sea, vengo, Miguel de Unamuno, a poner en letras —pobres, imprecisas, tardas letras— una débil cantidad de todo ese mundo de pasión, sentimiento y grandeza que fuera tu pensamiento en la tierra. Otros vendrán, más profundos y avisados, más cercanos a ti en la medida del saber. Pero sabes, don Quijote, amigo mío, y padre y madre mía, sabes, que no soy en las tierras tuyas un hombre de esos que llaman de fríos estudios y razonada visión. No me he acercado jamás a ti como a un bello espectáculo de hombre excepcional e impar. He querido siempre llegar hasta el corazón tuyo, hasta lo que era la fuente de tu ser, por una inexplicable atracción que sobre mí has tenido desde mi más fresca mocedad. Y con esta turbación de Historia que nos rodea y ahoga a todos, los ánimos se me desesperan por decir cosas y cosas sobre ti, para que todo mi cariño sea, entre quienes me rodean y viven, un puerto o remanso —choza del mar— en que seas brevemente huésped y maestro y paz.
Con todo este decir mío contravengo, lo sé, aquello que tú pedías de que no se hicieran prólogos o programas de las cosas que iban a hacerse o estaban hechas. Mas, tú sabes que nada es tan imposible de determinar ni más fácil de comenzar que un monólogo. En tanto que hablamos, vivimos. Pero este que me ha nacido ahora, ajeno en mucho al puro intento de mi dedicación hacia ti, y forzado ahora por la Historia, por los otros, es ya en él un primer paso de la tarea que desarrollaré luego. Porque ya veo aquí cómo la tragedia de la conciencia humana comienza en que no es posible monologar, en que nadie puede quedarse hablando consigo mismo, nada más que consigo, radicalmente. Pues cuando creemos estar hablando solos, nos estamos oyendo. Estamos ya pluralizándonos en el yo que habla y el yo que escucha, con el yo que ha echado a andar a los yos que hablan y escuchan. ¿Y este yo no tiene también un yo que también tiene otro que a su vez tiene? Mira cómo del monólogo se pasa al diálogo y es entonces el diálogo quien monologa y no nosotros. ¡Que no hay soledad suficiente es lo que nos lleva el alma a negra encrucijada! ¡Que estamos aquí abajo, en la sima, ligados a las cosas, sin soledad desnuda y pura para hablar con Dios es el trampolín de la angustia! Diálogo, diálogo eterno de una noria preñada de Historia es lo que hay. Hablando con las cosas y con nosotros mismos, desmedidamente, no oímos a Dios. Los hombres estamos condenados a diálogo perpetuo, como si dijéramos, que es el delito mayor / del hombre el haber nacido, que decía, como sabes, el español de La vida es sueño. Ya que nuestro grillete y nuestra ala es el diálogo, dialoguemos. Dialoga tú por mí, pues dialogar es vivir el sueño del diálogo, el sueño que nos vive sueño de vida, en el soñar que vive el diálogo soñando que vive lo que sueña —que es vida, y diálogo y sueño—. Diálogo es lo que hay: diálogo con ente humano, real, o con ente ideal, fantástico.
Y aquí, como termino, veo que guiñas los ojos, búho de Salamanca, por si alguien sueña creer que lo humano y lo ideal son cosas opuestas; por si alguien cree —sueña— que lo fingido en ficción de idea, en sueño de idea, no es la misma y única cosa que esto fingido como real, sueño y ficción de realidad, así llamada...
Paso —por quedar— a lo que no ha de pasar de ti: al mundo de tu vasto sufrimiento hominal, a la trágica lidia de tu pensamiento. Es mi voluntad que ello sea algo en el viaje hacia ti, en el que será emprendido, creo y espero, cuando se trate de amar lo grande y no lo mezquino. Yo soy también —suprema lección de tu cátedra viviente— de los que esperan, llenos de angustia y de fe, las esperanzas del alba.
1937