Por José de Armas y Cárdenas*
No ha de extrañar la amarga hiel que se descubre en medio de los divertidos episodios del Quijote. Cervantes, a pesar de la grandeza de su alma, era hombre, y la época en que compuso este libro fue la más dolorosa de su vida, aun si incluimos la de su largo y duro cautiverio. Cautivo halló consuelo en sus briosas esperanzas, y como lo prueba su admirable Epístola a Mateo Vázquez, concibió el plan fecundo de que abandonara su patria por las estériles empresas de América para cimentar, extendiéndose por el África, un poderío inexpugnable. En cambio, cumplidos ya los cincuenta y siete, cuando publicó la primera parte y cercano a los a los sesenta cuando la segunda, «con todos sus años a cuestas», como él mismo decía, y «tan versado en desdichas», ni una sola esperanza conservó de las que animaron su juventud heroica, ni un solo amigo que le brindara algo más que las limosnas de Sandoval y de Lemos, ni otro consuelo que su pluma para dirigirse a una posteridad menos ingrata.
El éxito grande del mismo Quijote, aquella popularidad tan extraordinaria que apenas veían las gentes un rocín flaco cuando decían «allá va Rocinante», las doce ediciones de la primera parte desde 1605 hasta 1611, compitiendo con las prensas de Madrid, Valencia y Lisboa, las de Bruselas y Milán; la traducción inglesa de Shelton en 1612 (completada con la segunda parte, muerto ya Cervantes, en 1620); la estimación de su libro en Francia y el aplauso general de los extranjeros, motivos fueron, sin duda, de satisfacción para su ánimo, pero de ningún modo aumentaron siquiera el prestigio personal entre los españoles. Falsa es la popular anécdota según la cual el rey don Felipe III, asomado una tarde a un balcón de palacio, exclamó al ver que un estudiante leyendo un libro reía a carcajadas: «aquel estudiante está loco o lee la historia de don Quijote». Don Felipe no tuvo nunca el buen gusto ni la suerte de ocuparse de Cervantes, aunque ordenó la representación en Palacio de una comedia de Lope y admiraba a Jorge de Montemayor hasta el punto de colmar de dádivas a una mujer sólo porque le dijeron que era la heroína de la Diana. Echaron a volar esta anécdota sobre el rey y el Quijote Mayans y Pellicer, atribuyéndola a Baltasar Porreño en su Vida y hechos del Rey don Felipe III, y como de Porreño sigue circulando en casi todas las obras cervantinas. Pero observa Fitzmaurice-Kelly, en su Vida de Cervantes, que el hecho no es cierto. En efecto, he leído todo el libro de Porreño, incluido en las Memorias ya citadas que recopiló Fajardo y Monroy y no existe en él ni la más leve mención de Cervantes ni del Quijote, y tampoco está la anécdota en el otro historiador de don Felipe, Gil González Dávila. En cambio, Faria y Sousa, en su Comentario a las Lusiadas, publicado en Madrid en 1639, refiere que don Felipe y su esposa doña Margarita dieron audiencia en Valderas en 1603 y colmaron de dádivas a la que había sido amante de Montemayor e inspiró a Diana. Aunque Faria y Sousa no es digno de gran crédito, esta historia no parece ser una de las muchas mentiras que contiene su libro.1
El pobre Cervantes parece que careció siempre de la facultad de ganar dinero, que tan alta tuvo su gran rival Lope de Vega; y entonces como ahora, semejante condición era más estimada entre los hombres que la de poder escribir el Quijote. Espíritu, además, independiente en grado sumo, resistióse hasta los últimos años de su vida a entrar en la Iglesia para asegurar un pedazo de pan, ya que su carrera de soldado había sido tronchada por la desgracia de caer cautivo y sus años no le permitían emprenderla de nuevo. Cuando vino a tomar los hábitos, fue «puesto ya el pie en el estribo», y mientras tanto, arrastró la triste vida del hombre cargado de familia y necesidades, y sin bienes de fortuna. Su falta de influjo y de prestigio social eran tan grandes, que sin contar las veces anteriores en que se dice fue injustamente encarcelado, entre ellas la muy notable en que se engendró el Quijote, en aquel famoso año de 1605, el indigno juez don Cristóbal de Villarroel, rehuyendo, como ya hemos visto, dirigir la investigación de la muerte de don Gaspar de Ezpeleta por donde pudiera encontrar procesados poderosos, dictó orden de prisión contra las personas más desamparadas e infelices que pudo hallar en una casa posada de la propia ciudad de Valladolid, y entre ellas contra Cervantes y su familia.2 ¡Bien ajeno, por cierto, estaría el prevaricador alcalde, de que su inicua sentencia habría de leerse como un documento infame en los siglos venideros! Aunque a su pobreza, que se ha hecho tan proverbial, hubo de resignarse Cervantes con cristiana mansedumbre, tan hondas decepciones, sufrimientos tantos, tan crueles injusticias, ¿dejarían de reflejarse en las páginas del Quijote? Pero no con la amarga envidia del que odia a los más afortunados, no con el veneno rencoroso del libelista indigno que muerde, como la víbora, desde el suelo a que su propia vileza le condena, sino con la triste y compasiva mirada del coloso, que mereciendo más honra por su genio que ninguno de sus contemporáneos, con excepción, tal vez, de don Francisco de Quevedo, se encontraba tan alto sobre los demás, tan lejos del alcance de su vista, que ni podían ellos comprenderlo, ni siquiera darse cuenta de su grandeza.
Por eso tras de aquella risa surge la dolorosa amargura que convierte el Quijote, a pesar de su alegría, en un libro profundamente triste, según la observación de Sismondi. La risa de Cervantes parece algo así como la burla de su propio destino, la resignada burla del que cae ante crueles espectadores, incapaces de tenderle una mano de auxilio ni de restañar la sangre de sus heridas, y se levanta, sin embargo, sonriente, para unir también su carcajada al coro general. No es la risa cínica y socarrona de Rabelais al contemplar a los hombres como un enorme rebaño de imbéciles, ni tampoco la despiadada ironía de Swift, que diseca el corazón para probar que ni en el fondo se encuentra un sentimiento de ternura. En Cervantes hay lástima para los que ríen y al final de cada escena de palos y puñaladas, cuando mana la sangre de la piel de don Quijote y termina el divertido asombro que causan las desventuras a que su manía le arrastra, todo noble corazón ha de cerrar el libro con honda melancolía, mientras protesta indignado el pequeño quijote que hay en nosotros y que quisiera haberse visto en la refriega para con razón o sin razón, por ley y contra ley, empuñar también tizona o estaca y tomar parte por el buen caballero apaleando yangüeses o estúpidos agentes de la Santa Hermandad y hasta rompiendo lanzas por Dulcinea, a presencia de toda Barcelona, contra el adversario terrible de la Blanca Luna.3
¿Por qué inspira don Quijote simpatías tan hondas? ¿Por qué el ánimo se contrista cuando le vemos caer en aquella página cruel y sombría, donde se eleva el buen hidalgo a la más noble y sublime altura del heroísmo, la que arrancó lágrimas a Heine, la que cierra para siempre sus proezas disparatadas de andante caballero? ¿Por qué cuando le vemos luego en su lecho de agonía, quisiéramos todos que el sanote y simplón de Sancho pudiera detener su fin al gritarle: «no se muera vuestra merced, siga mi consejo y viva muchos años», y detendría también nuestra mano la pluma implacable de Cide Hamete Benengueli? ¿Acaso no es don Quijote el tipo más acabado de un loco? ¿Acaso no es el quijotismo grave y a la vez ridícula falta que puso en evidencia Cervantes para ejemplo de los españoles y del género humano? La respuesta es sencilla. Cervantes no censuró a España, si acaso fue esta su idea, con ojos de enemigo, pues no pudo olvidar que, ante todo, él mismo era un español, que amaba a su patria con honda ternura. Y tampoco pudo olvidar, por lo que puso tanto de su propia alma en la simpática figura de su manchego, que él fue, también, un caballero andante, que no lidió contra encantadores ni malandrines, pero sí contra el sórdido y frío egoísmo de los hombres, sufriendo la miseria, el dolor y la injusticia, en un mundo que no le comprendía, y henchido sin embargo el corazón de generosos sentimientos, de amor a los demás y de sublimes ideales. Corta es la vida, y cuando se gastan sus mejores años en lo que llaman desatinos y quimeras los muchos curas, barberos, duques, duquesas y Carrascos que existen en la sociedad humana, quedan sólo los tristes recuerdos de un pasado infructuoso y la burla despiadada de los juveniles desvaríos. Si todos los vencidos como Cervantes tuvieran su genio, lanzarían, también, sus libros al mundo desde el triste rincón de sus desengaños y conmoverían la posteridad con el eco formidable de sus carcajadas.
Es el Quijote la obra de una desconsoladora experiencia, el noble producto de una vida fracasada en otros empeños más efímeros, el libro melancólico de un viejo, en quien ni los infortunios ni los sufrimientos pudieron apagar la generosidad del alma, ni el amor a los sacrificios bellos y desinteresados. Detrás del gran burlón de los quijotes, está don Quijote mismo, defendiendo su causa con sublime elocuencia, en discursos que sólo pueden salir del corazón. Detrás del censor de las locuras españolas está el español arrogante y lleno de alientos, irguiéndose, no obstante el peso de los años y las desdichas, para soltar la pluma y tomar otra vez la espada que ciñó airoso en los tercios de Figueroa o empuñó tinta en sangre en la gran jornada de Lepanto. Hay en todo el libro un constante dualismo, un contraste extraño y único en la historia literaria, entre lo que Cervantes creía y lo que sentía, entre lo que realizaba despiadadamente su juicio y lo que sus sentimientos le arrastraban a escribir en las sentencias inspiradas y majestuosas de su héroe.
«El Quijote —ha dicho admirablemente el escritor francés Émile Montegut— es la obra de un patriota lleno de tristeza, cuya razón pugna con su corazón y que no puede dejar de amar lo mismo que maldice». Por esto ha sido siempre un enigma tan grande para la crítica, que no acierta a darse cuenta cabal de si es don Quijote un tipo de burla o de admiración, si es la caricatura grosera de un personaje del tiempo o el mismo Cervantes que nos habla inspirado por su boca. Cuando le vemos rechazar con tan viril entereza las censuras que se le dirigen, cuando le vemos decir con noble jactancia:
Caballero soy y caballero he de morir, si place al Altísimo; unos van por el ancho campo de la ambición soberbia, y otros por el de la adulación servil y baja, otros por el de la hipocresía engañosa y algunos por el de la verdadera religión; pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra […].
¿No es verdad que no parecen éstas locuras despreciables y dignas de risa, sino las palabras, por el contrario, más propias de un hidalgo?
Cervantes deslindó admirablemente lo que es de censurar en don Quijote, lo que se ha llamado en todas las lenguas quijotismo, y la verdadera inclinación caballeresca de socorrer a los que han sed de justicia. El deseo de hacer bien cuando está erróneamente encaminado o cuando no se ponen para alcanzarlo los medios debidos, acarrea peores consecuencias, a veces, que el mismo daño que deliberadamente se produce. «Quiero que sepa vuestra reverencia —dice don Quijote al bachiller Alonso López, después de echarlo al suelo y quebrarle una pierna— que yo soy un caballero de la Mancha llamado don Quijote, y es mi oficio y ejercicio andar por el mundo enderezando entuertos y desfaciendo agravios». «No sé cómo pueda ser eso de enderezar tuertos, dijo el bachiller, pues a mí de derecho me habéis vuelto tuerto, dejándome una pierna quebrada, la cual no se verá derecha en todos los días de su vida: y el agravio que en mí habéis deshecho ha sido dejarme agraviado de manera, que me quedaré agraviado para siempre». La misma lección recibe del muchacho Andrés, el primero de sus protegidos, a quien creyó librar de los azotes del cruel Haldudo y hacer que éste le pagara hasta el último real de su salario, logrando sólo que, apenas vueltas sus espaldas, Haldudo duplicara el castigo y Andrés maldijera luego, a presencia del mismo don Quijote, «a todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo». El desastroso fin que tuvo para el caballero la aventura de los galeotes y en general sus demás empresas, unas acometidas con propósitos laudables, otras hijas de su trastornado cerebro, prueba que el deseo solo no basta para alcanzar la victoria; que debe estudiarse, ante todo, si la causa que se defiende es realmente justa, y que deben ponerse medios más efectivos en la contienda que la voluntad, un rocín hambriento y un viejo lanzón olvidado en una venta.
Si hubo crítica contra España en la obra, como tantas veces de ha dicho, es aquí donde ha de hallarse y no en el fondo de los sentimientos del pueblo español, tan dignos y honrados como los del propio don Quijote.4 Proporcionar nuestro empeño a nuestras fuerzas podrá ser la moral del libro, ha dicho Prescott, y fue, quizás, el punto débil de la política española que comprendió Cervantes con profundidad superior a su tiempo.
Patrimonio de los españoles no fue entonces, ni lo ha seguido siendo en el mundo, dejarse arrastrar por la fantasía y acometer empresas disparatadas que pugnan con la realidad y se estrellan contra los hechos. En 1616, un año después de la publicación de la segunda parte del Quijote, se realizó el acto de quijotismo más grande que conoce, tal vez, la historia, comparable tan sólo a las esperanzas del hidalgo manchego de verse coronado emperador en un buen día, y no lo llevó a término ningún español, sino un inglés, caballero andante, también, tanto de la espada como de la pluma. En aquel año, con efecto, Sir Walter Raleigh, el gran escritor y colonizador de Virginia, salió en su segundo viaje a la Guayana para hallar El Dorado, dando por tan cierta la existencia de ese rey fantástico y de su región maravillosa, en que el oro y las piedras de valor eran tan comunes, como don Quijote sus princesas enamoradas y sus palacios encantados. La expedición de Raleigh, acometida con la circunstancia agravante de un primer fracaso que no pudo desengañar al iluso caballero ni a su protectora Isabel, llenó, sin embargo, de locas esperanzas toda la corte de Jaime I. El terrible desastre de la disparatada aventura contribuyó no poco a la impopularidad del gran explorador y hasta a su muerte en el cadalso, en 1618, con el pretexto de que la ejecución agradaba al entonces amigo rey de España.
¿Quién no recuerda, además, la corte caballeresca de Isabel, anterior a la de Jaime I, en que Raleigh mismo desempeñó papel tan importante y la figura del Conde de Essex, que había de inspirar más tarde una romántica comedia al español Felipe IV? En la gran novela histórica de Charles Kingsley Westward Ho!, donde tan admirablemente se describe el espíritu de los ingleses en aquel tiempo, sus luchas contra los españoles y el odio entre los dos pueblos, se observa el singular fenómeno de que los más exaltados y románticos no son los españoles, sino los ingleses. No fueron, pues, los españoles los únicos que tenían entonces los «cerebros llenos de aire», que diría Maese Nicolás el barbero, ni sentían ellos solos el impulso de las andantes aventuras. Lo que hubo fue que España echó sobre sus hombros la realización de empresas que hubieran sido abrumadoras aun para pueblos más pujantes y prósperos. La escasa población de la Península no era bastante para conquistar y poblar el Nuevo Mundo y mantener la supremacía militar en el Viejo, ni las estériles tierras de Castilla y Aragón, las dos provincias dominadoras, suficiente para llenar las necesidades del vasto tesoro que tales empeños requerían.
Con Carlos V comenzó la hacienda española su interminable serie de quiebras, y así le vemos, cual le pinta Robertson, sosteniendo sus campañas a fuerza de habilidades y expedientes, mientras su falta de recursos le proporcionaba más de una derrota; y finalmente, sin dinero hasta para terminar la última de sus locuras: su viaje al retiro de Yuste. Nada de extraña tiene, pues, la creencia de que tuvo Cervantes en la mente al terrible Emperador cuando concibió la figura de don Quijote. Era Carlos V, en verdad, casi tan amigo como don Quijote de proezas caballerescas; y lo prueba su célebre desafío con Francisco I, no efectuado por faltar a la cita el rey de Francia, lo que siempre hizo constar Carlos con arrogante vanidad. En las fiestas caballerescas de Blins con que la reina de Hungría festejó al propio Carlos V y a su hijo, después Felipe II, hubo motes curiosos de caballeros andantes que recuerdan algunos de los que don Quijote usó, o aparecen en su historia, como El Caballero Triste, el del León, el de las Estrellas y otros varios. Refiere también Vera y Zúñiga, en su Epítome de Carlos V, que éste en sus primeros años arremetía espada en mano contra las figuras armadas de los tapices de las paredes, y en más de una ocasión tuvieron que apartarlo mientras llevaba a la práctica la aventura más formidable entre todas las de don Quijote, y fue irritar por entre las barras de una jaula a los leones que había en ella, hasta el punto de tenerse que tomar grandes precauciones para evitar una catástrofe. Finalmente, la mención que hace Cervantes en la escena del escrutinio de «La Carolea y León de España con los hechos del Emperador compuestos por don Luis de Ávila que sin duda debían de estar entre los que quedaban» y el epitafio de don Quijote escrito por Sansón Carrasco, se han aducido como indicaciones de que sirvió el más famoso de los Austrias de modelo para el no menos ilustre don Quijote.5 Pero en lo que más se parecen uno y otro es que acometieron empresas muy superiores a los recursos de que podían disponer, con la diferencia de que don Quijote no hizo mal a nadie (si acaso a su propia hacienda y a sus herederos, que ninguno tenía directo) y Carlos V comenzó la ruina de España y de su familia.
La apurada situación financiera de los españoles que hemos visto descrita por Cervantes en tiempo de Felipe III fue la misma en que dejó el emperador a su hijo don Felipe II. Llegaron a faltar a éste una vez hasta 400 reales de vellón, que fue cuando se cuenta que exclamó desesperado: «ganas tengo de ver el día en que me acueste sabiendo los recursos con que al siguiente podré contar». ¿Podían de esta manera los españoles fundar estables y duraderas colonias en América, mantener en todo el mundo, por las armas, el privilegio de la fe católica, combatir, en una palabra, contra el mundo entero? Indudablemente que no. Cuando se estudien con imparcialidad las causas de la decadencia de España, se habrá de ver que su origen fue principalmente económico, y que la pobreza de los españoles, o mejor dicho, la desproporción entre sus fuerzas y sus acometimientos, tuvo la culpa principal de todos sus grandes desastres. Lanzados ya por la pendiente equivocada a que los empujó Carlos V, después de ahogado en Villalar (con la personalidad naciente de las municipalidades) el último grito de sensatez del pueblo que comprendía su ruina, tuvieron que atenerse, en el vértigo de la caída, como sus escasos recursos les permitieron. Que no eran flojos ni menguados lo prueba el tiempo larguísimo que sostuvieron contra los ataques de todas las demás naciones la obra sobre tan débiles cimientos fundada, desplegando tan indomable energía, tantos alientos y tanta entereza, que llenan de asombro las páginas de la historia. Fácil es para los que juzgan cómodamente de las empresas humanas por el éxito de las derrotas finales, hablar de superioridad de razas y de cerebros, como si fueran lo mismo unas circunstancias que otras; o si el pueblo que tenía por punto de apoyo para dominar la tierra los áridos y despoblados pedregales de Castilla estuvo nunca en el mismo caso de los que primero, y no por virtud sino por necesidad, consolidaron su riqueza interior, desarrollaron sus monopolios naturales, favorecidos por la fertilidad y abundancia de sus tierras, y luego, con las espaldas bien guardadas y sin necesidad de remediar estrecheces de hogares abandonados en la patria, ni de sostener gobiernos en quiebra, se lanzaron a repartirse las tierras del mundo que los españoles no habían adquirido, o arrancar a éstos uno a uno los pedazos de su corona.
Cervantes, desde luego, no se propuso analizar las causas de la decadencia española, ni mucho menos proponer remedios a la nación. Si acaso fue su intento poner en evidencia faltas de sus compatriotas, señaló también las suyas, si faltas pudieran llamarse, y observó con tristeza, que no puedo ocultar bajo la máscara de su risa, el extraño contraste que resultaba entre el valor de aquéllos y su debilidad nacional. Pero lejos estoy de creer que ni en ésta ni en ninguna otra de sus ideas tuvo un deliberado propósito de simbolismo moral y filosófico a la usanza más moderna de Goethe. El Quijote carece, excepto en sus detalles como la primera de las novelas realistas y en sus desahogos de carácter más personal que trascendental, de lo que llamaba «sentido oculto» el entusiasta cervantómano don Nicolás Díaz de Benjumea.6 No es un libro esotérico ciertamente el Quijote, ni propone doctrinas trascendentales para la salvación de España o la reforma del género humano.
Cervantes fue un gran artista y como tal un gran crítico, porque la facultad de crear no puede existir sin la de juzgar honda y atinadamente; fue, aunque se le estima pobre versificador, el primer poeta de España, y si Shakespeare no hubiera existido, quizás el primero del mundo; pero no un arbitrista, ni siquiera un filósofo, a no ser en el sentido de gran observador de la naturaleza humana. Ante todo fue, si así es permitido decirlo, un genio eminentemente gráfico, y reprodujo los hombres y la naturaleza tal como los comprendía su mirada penetrante. El único gran español que puede comparárselo bajo este aspecto, gloria tan preclara como la suya y como él legítimo orgullo de la raza nuestra, fue el insigne pintor don Diego de Velázquez, porque aunque parezca una extraña paradoja, Cervantes pintaba con la pluma y Velázquez escribía con el pincel. La primera vez que se detuvieron mis ojos ante lienzos de Velázquez surgieron en mi mente recuerdos del Quijote. Aquellos retratos famosos, más que retratos son biografías. En ellos se ve el rostro y el alma de los modelos, y la verdad, sólo la verdad, tanto en el rostro como en el alma, ya sea el rey don Felipe IV, fino, nervioso, delicado, con su quijada angular de Austria, ya el almirante Parejo, rudo, cuadrado, con su bigote borgoñón y su mirada de lobo. Así también en el Quijote palpita la verdad, y como no siempre los personajes retratados tienen en sus páginas su exacto nombre, de aquí que el pueblo, con curiosidad sencilla, buscara los originales por España.
Pero el arte literario es superior al de la pintura en que su escena es más libre, pudiendo el artista mover su observación en un más amplio panorama. Cervantes hubiera podido describir todos los cuadros de Velázquez, pero Velázquez no hubiera podido pintar todo el Quijote. Cervantes, además, como ha dicho Klein, no bosquejó los rasgos observados en la naturaleza a la manera de un retratista, sino que convirtió los tipos del día «en figuras colectivas de clases sociales enteras, sin que a pesar de todo su simbolismo dejen de ser figuras individuales de la vida». Hizo algo más de lo que Klein observa, y que Velázquez no pudo hacer en los estrechos límites de cada retrato; porque creó cada uno de sus personajes con toda la apariencia de la realidad, estudiando en diversos hombres las múltiples cualidades que podían formar uno solo. De sus caracteres puede afirmarse, por tanto, que son grandes síntesis, y de aquí su asombrosa universalidad, que ha hecho popular el Quijote y admirados sus protagonistas, aun donde no se conozca a los españoles ni se haya oído el acento de la lengua castellana. Sólo Shakespeare y Goethe han podido obtener éxito igual, aunque por rumbos diferentes: el primero como Cervantes, sin deliberado propósito de alcanzar el simbolismo, al que llegó por espontánea producción de su genio; el segundo con meditada preparación, como si hubieran salido sus personajes del mismo gabinete de estudio del Doctor Fausto. Por esto ocupa Cervantes tan alto puesto entre los grandes escritores del mundo y por esto el Quijote no es un libro español, sino de todas las naciones. Ni siquiera puede afirmarse como Klein que sus figuras representen clases sociales enteras: algo más que eso, representan sentimientos e ideas que laten en todos los pechos y surgen, aunque sea una sola vez, en todos los cerebros, porque no hay clase social ni grupo humano, de un extremo a otro de la tierra, en que no se encuentre algún don Quijote y a su lado uno o varios Sancho Panzas.
Don Quijote no puede ser, pues, el Duque de Lerma, ni el emperador Carlos V, ni siquiera el modesto hidalgo de Esquivias a quien se ha querido honrar con tanta gloria.7 Podrá de todos ellos tener algo, especialmente en su aspecto ridículo y su locura; pero del mismo Cervantes tiene la sublime bondad del alma, la sentenciosa elevación de los admirables pensamientos y aquel sincero amor a la justicia, aquel sacrificio de todo lo terreno por ideales nobles e intangibles que lo ha hecho superior a Amadís de Gaula, más heroico que Bayardo y más digno del respeto de los hombres que todos los caballeros andantes que forjó la fantasía y hasta que todos aquellos que nos cuentan que de verdad calaron yelmo y ciñeron espada. «Muchos son los andantes, dijo Sancho. Muchos, respondió don Quijote, pero pocos los que merecen nombre de caballeros». Entre esos pocos, soñáralos la imaginación de los poetas o vieran ellos en la realidad, don Quijote es el más preclaro, el más intachable; y a pesar de su locura y de sus desaciertos parece, a quien lee su historia, que es una injusticia de la vil realidad inflexible que el mundo no sea tan hermoso como lo creyó su destemplado cerebro, y que al fin y al cabo, el desinterés ilimitado, el altruismo, según se dice hoy día, el sacrificio de la propia hacienda y de la propia sangre por defender a los caídos y castigar a los indignos poderosos, no sean más que palabras vanas en el mundo, que usen los falsos quijotes, como usan los falsos profetas de que habla la Escritura las del amor cristiano y la resignación divina.
Con su pluma arrancó Cervantes la máscara de tanta hipocresía como se cubre en el mundo con nombre de nobleza, y en aquel cuadro desgarrador de la muerte de don Quijote puesta fue la sentencia sobre la frente de los hipócritas. «Perdóname amigo (dice en aquel instante sublime a Sancho Alonso Quijano el bueno) de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo». Ésta es la frase más amarga que se ha escrito y salió del alma de Cervantes como un grito de dolor. ¡Triste y horrible desengaño el suyo, pero triste y horrible verdad! El humano egoísmo puede raras veces engendrar quijotes de carne, y para buscar tanta grandeza de corazón, preciso es recurrir a la fantástica historia de un loco. Cuando consideramos bajo este aspecto el sublime personaje de Cervantes, comprendemos que haya podido atravesar las fronteras de España y recorrer el mundo montado en su flaco rocín y seguido de su rechoncho escudero. Ya don Quijote no es solamente un español, porque sus nobles y generosos principios y el desastre a que le conduce la creencia de que tratando de llevarlos a la práctica seguía un camino trillado por otros muchos, encierran una lección dolorosa que la humanidad ha comprendido y que no es exclusiva de ningún pueblo. Don Quijote no es ridículo para nadie que lea su historia, porque su grandeza de alma redime su locura y la sátira no consiste en combatir, como se ha creído, lo que hay de generoso y desinteresado en los libros de caballerías, sino precisamente lo que hay de menguado y bajo en la naturaleza humana, hasta el punto de ser tan pocos los caballeros y convencerse don Quijote de esta espantosa realidad, cuando ya se cerraban para él las puertas de la vida.
No tuvo razón Byron para decir que Cervantes se burló de la caballería española y derribó de una carcajada el brazo derecho de su nación, ni han comprendido la verdadera esencia del Quijote los que haciendo alarde más o menos fingido de pudicia caballeresca, lamentan que el gran escritor haga reír al mundo a costa de los héroes desinteresados y admirables que desfacían entuertos y vengaban agravios.8 Ante todo hay que notar que los libros de caballerías están muy lejos de ser códigos de moral perfecta y que con excepción, tal vez, de Amadís de Gaula, aunque el origen de su nacimiento nada tiene de edificante, ni otros incidentes de su libro tampoco, los demás caballeros, castos y valientes en su mayoría, tenían no poco de bandidos, como aquel buen don Galaor, de quien el mismo Cervantes recuerda «que no era un caballero melindroso», o el famoso Reinaldos de Montalbán que salía de su castillo «a robar cuanto topaba». En lo del valor, que más pudiera llamarse a veces crueldad, hay mucho que decir también, si tenemos en cuenta los filtros maravillosos y las protecciones sobrenaturales con que contaban aquellos esforzados adalides en sus más dificultosos lances. Los caballeros que en caterva siguieron a Amadis, vienen a ser, proponiéndose todo lo contrario sus creadores, parodias ridículas del ideal caballeresco, lo que con juicio tan admirable indicó ya Cervantes en su relación del escrutinio de la librería de don Quijote. «En don Quijote —dice Menéndez y Pelayo— revive Amadís, pero destruyéndose a sí mismo en lo que tiene de convencional, afirmándose en lo que tiene de eterno». Por ese convencionalismo, que el gran crítico señala, habían casi desaparecido los libros de caballerías a mediados del siglo xvii, y en cambio el Quijote vivirá en todas las épocas. Los nobles ideales no fueron destruidos en la novela inmortal, sino al contrario, conservados y defendidos en sus páginas con elocuencia casi sobrehumana. El último de los caballeros andantes fue el más noble y el más puro, y no salió de Galia ni de Grecia para que asombrara al universo su carácter inmaculado, sino de aquel lugar de la Mancha de cuyo nombre Cervantes no quiso acordarse.
Así como Amadís combatió por defender a «la sin par Oriana», dueña, en verdad, de su corazón, que le ofrecía la recompensa de sus brazos en amorosas caricias de mujer, el buen hidalgo manchego combatió por la que nunca vieron sus ojos, ni quiso jamás él de otra manera que con el platónico amor que tienen al ideal más puro de su vida, aquellos pocos que fundan la razón de nuestra existencia en algo más que los goces materiales, los placeres que proporciona la rica hacienda y la satisfacción de una pasajera vanidad en las falsas y mentidas glorias que el vulgo ambiciona y admira. Dulcinea es la verdadera «sin par», porque ni fue la ruda labradora que pintó groseramente Sancho, ni la hija de reyes y prometida de caballero andante que se describe en Oriana. Ni mujer fue siquiera, porque no puede la perfección encarnarse en forma humana y concíbese al ver cómo la describe don Quijote con tan inspirado fuego, que haya llegado a sospecharse el disparate de que Cervantes quiso poner en ridículo en esa figura nada menos que a la Purísima Concepción.9 Aldonza Lorenzo, fue, según parece, para don Quijote un pretexto, forma humana de representar ante los hombres un ideal; y él mismo, temeroso de que pudiera deshacerse a un contacto impuro, renunció a que tuviera realidad tangible. ¡Desgraciado de aquél que no haya tenido alguna vez su Dulcinea y que jamás haya volado a esas regiones donde suenan clarines que llaman a la gloria y se escuchan los ecos de la fama! Allí, en el más alto de los tronos de oro, servida por princesas, adorada por santos y poetas y sabios y guerreros, está la hermosa Dulcinea, sin que puedan verla otras miradas que las de sus nobles servidores, mientras en vano la busca por el mundo la manada inmensa que sigue la marcha monótona de la vida, sin alzar los ojos, ni elevar un instante el pensamiento. Para ellos no existe, ni existirá nunca más que Aldonza Lorenzo, montada sobre el borrico o a horcajadas en las bardas de su corral. Las naturalezas groseras tienen cerrados los ojos del alma y con éstos únicamente en el mundo se puede percibir la realidad de las Dulcineas.
Don Quijote no es loco porque ama un ideal y dedica toda su vida a realizarlo con firme entereza. Su locura consiste en suponer que puede reparar las injusticias, defender a los débiles y castigar a los malvados siendo un hombre solo, viejo, sin más auxilio que un jamelgo escuálido y unas armas antiguas. Esta desproporción (ya antes señalada) en lo que consiste, por decirlo así, el nervio central del libro, es lo que convierte en alucinaciones las ideas de don Quijote. Suprimida aquélla, haciendo a la obra unas pocas alteraciones de detalles, pero dejándola en todo lo demás tal cual es, con sus peregrinos discursos y sus profundos pensamientos, resultaría entre las novelas serias, una de las más hermosas e inspiradas que se han escrito. Raro resultaría en verdad don Quijote sin molinos de viento, sin carneros y sin batanes, pero ¿qué otra cosa es, después de todo, Amadís de Gaula?
La locura de don Quijote, es, sin embargo, uno de los más admirables rasgos del genio de Cervantes. Inútil será repetir ahora lo que tantas veces se ha dicho sobre la enfermedad del hidalgo, que constituye un caso clínico descrito tan exactamente que encaja a maravilla dentro de las clasificaciones de la ciencia. Hernández Morejón, el erudito historiador de la medicina española, y recientemente Pi y Molist, han agotado este aspecto del libro de Cervantes con autoridad de especialistas. Lo que sí cabe decir es que tanto en el mismo Quijote como en otras de sus obras, el ilustre autor demuestra que los locos llamaron su atención notablemente. En la primera parte del gran libro, la manía furiosa y pasajera de Cardenio, motivada por grave desazón de amores, es pintura no menos admirable que la alucinación del protagonista. Los cuentos de locos en el prólogo y primer capítulo de la segunda parte no pueden ser más gráficos. Fuera del Quijote, tenemos, también, los arbitristas del Coloquio de los perros y la admirable creación del licenciado Vidriera, especie de don Quijote en miniatura.10 Se ha dicho, con mucha verdad, que Shakespeare, únicamente, ha pintado la locura en sus varias manifestaciones con tanta exactitud como Cervantes, y al notar los muchos escritos que se han dado a luz descubriendo, lo mismo en Cervantes que en Shakespeare, ya maravillosas doctrinas filosóficas y sociales, ya nomenclaturas botánicas, ya raros conocimientos de navegación, observa con no poca gracia Fitzmaurice-Kelly que esa atención a los locos de los dos escritores insignes les ha sido devuelta por aquéllos con muy cumplida cortesía.
Ocurre a menudo recordar a Hamlet cuando se menciona a don Quijote, tal vez por ser la figura más prominente del teatro de Shakespeare que por otra razón. Hamlet ha dado lugar a tantos comentarios como don Quijote; pero no son muchas las semejanzas que pueden establecerse entre ellos. Hamlet no acaba de ser un loco, en el franco sentido que el hidalgo manchego. La aparición de la sombra de su padre, que comienza el drama y es la causa impulsora de todas las acciones del héroe, resulta vista por varios otros antes del príncipe y no puede, por consiguiente, tomarse como una alucinación. Aunque para aquellos que no conocen las revelaciones hechas a Hamlet por la sombra del rey sobre las trágicas circunstancias de su muerte, el príncipe es un loco, para él y su amigo Horacio su fingida locura tiene por único objeto llegar más pronto al descubrimiento del crimen. Tan lejos está Hamlet de ser un alucinado, que duda de sus propios sentidos y de las palabras del difunto rey, tratando de buscar por otros medios comprobaciones de carácter más positivo que la mera afirmación de un fantasma. El terrible golpe moral que recibe la flor de sus años le convierte en melancólico y pesimista. No existe para Hamlet más que el lado negro de la existencia; para él ha terminado el amor, cuando debía comenzar; para él ya no hay alegrías, que apenas ha tocado, y como en su propia madre ha descubierto la bestia humana, hombres y mujeres inspíranle asco igual y desprecio la vida, que considera como un paso horrible hacia la región inconmensurable y misteriosa de las sombras. ¡Contraste grande con el casi infantil optimismo del hidalgo español! Para don Quijote el mundo fue en el pasado un jardín de venturas, en aquella Edad de Oro que pintó con tan hermoso entusiasmo, y en su tiempo, si no fuera por las violencias de algunos follones, encantadores y gigantes, castigados, sin embargo, por los caballeros, que, como ángeles de salvación, acuden en el punto y hora que las injusticias se cometen, deslizaríase el resto de la existencia sin más querellas que las de castos enamorados, en ricos palacios, entre reyes y princesas o en medio de poéticas escenas pastoriles. Para don Quijote el mal nunca es perdurable sobre la tierra, y aun en los lances más desgraciados redobla sus energías una risueña, fecunda y consoladora esperanza. Don Quijote, en suma, es la antítesis de Hamlet. Mientras éste, lleno de juventud y de poder, heredero de una corona, sólo distingue en el mundo su aspecto mas sombrío, el generoso manchego, acercándose al término de su carrera, pobre y sin más galardones que la interminable sucesión de palos y burlas que va recibiendo por el camino, contempla, sin embargo, la vida a través de cristales color de rosa.
Menos parecido existe, si cabe, entre la cínica figura de Falstaff y la del prudente Sancho Panza, a quienes tan desacertadamente se ha querido comparar. Entre Falstaff y Sancho no hay más semejanza que la del enorme vientre, pero en su aspecto moral la distancia que los separa es inmensa. Falstaff es un mal hombre: fanfarrón, estafador, cobarde, lujurioso, calumniador, sin el menor destello de generosidad y nobleza. El pobre Sancho, aun cuando amigo de comer y dormir, y pasar materialmente la vida del modo mejor posible, es buen padre, buen marido, buen amigo; y a pesar de su natural ambición por las recompensas extraordinarias que le ofrece don Quijote, servidor leal del mismo, y, a veces, verdaderamente desinteresado. En su rústico y práctico caletre no caben todas las maravillas que el hidalgo le cuenta, y cuando la realidad echa abajo los castillos en el aire y el pobre labrador comprende, a raíz de un manteo o de una paliza, que mejor estaría en su casa que siguiendo la suerte de un loco, pocas palabras del amo bastan para volverle a la sumisión y la esperanza. La superioridad social de don Quijote, la del hidalgo sobre el humilde labrador, se le impone con fuerza irresistible; luego, también, su superioridad intelectual le admira y rinde la voluntad constantemente. Este reconocimiento franco y sin reservas del talento de don Quijote demuestra la buena inteligencia natural de Sancho, y a pesar de su crasa ignorancia, le hace superior, casi siempre, a los demás personajes del libro.
Cuando llega la hora, como ha observado Menéndez y Pelayo, prueba también que tiene su alma en su armario y sabe meter mano a la espada para defender a su señor o trabar batalla a puño limpio contra uno o contra muchos, a fin de rechazar agresiones injustas o defender lo que él considera su derecho. Evita el lance hasta donde le es posible, pero no vuelve las espaldas una vez metido en él, aunque su carácter pacífico y su condición de buen cristiano le llevan a sentir instintiva aversión por la crueldad y la violencia. Nada tiene, en verdad, de cobarde Sancho, aunque tal se le haya creído. Asústale de noche el ruido espantoso de los batanes, pero también nos cuenta la historia que era capaz aquél de poner miedo en el ánimo más esforzado. En general no existe en el Quijote ningún cobarde, porque hasta las mujeres, cuando llega la ocasión, dan testimonio elocuente de la energía de la raza.11
Así como la figura de don Quijote se agranda en la segunda parte del libro, la de Sancho, también, aparece más simpática y noble. A pesar de que no creo que Cervantes tratase de caricaturar a ninguna persona determinada, ni en don Quijote ni en Sancho, tal vez tuvo razón Mr. Rawdon Brown al suponer que algunos rasgos del escudero, especialmente los del egoísmo y la avaricia, parecen enderezados a censurar al secretario don Pedro Franqueza. Pero sólo puede aceptarse esta proposición en la primera parte de la obra, pues según consta en los documentos con él relacionados, en la Biblioteca Nacional de Madrid y en el Museo Británico, así como en las Relaciones ya citadas de Cabrera, Franqueza murió en la cárcel en 1607, ocho antes de publicarse la segunda parte del Quijote; y ni Cervantes era capaz de ofender la memoria de un muerto, ni la opinión pública, distraída ya con otros sucesos, se acordaba del Conde de Villalonga. Sancho Panza, por consiguiente, ya no era el mismo, y la pluma de Cervantes fue aumentando las buenas cualidades del escudero, del propio modo que la sublime grandeza del alma del hidalgo.
Beranger se equivocó al recoger en estos versos una idea vulgar, que corre desde mucho tiempo hace, como interpretación del supuesto simbolismo del Quijote: «Connais-tu pas Don Quichotte? / C’est l’esprit pur lance au poing; / Son ecuyer boit, mange et rote, / C’est la chair en grossier pourpoint».
Si don Quijote pudiera representar el espíritu, Sancho no representa siempre la carne en su aspecto más grosero y repugnante. Aparte su glotonería, que fuerza es conceder, Sancho, sin pretenderlo ni darle importancia de virtud, es tan casto como don Quijote. Las fáciles mujeres a su alcance que halla en las ventas, no le mueven a turbar siquiera un instante su plácido reposo, para competir en amores con ningún arriero.
Hay un momento crítico en la vida de Sancho, hábilmente pintado, y es aquél en que pierde todas sus ilusiones cuando oye a don Quijote referir que en la cueva de Montesinos había encontrado a Dulcinea encantada en forma de la labradora que ambos hallaron a la salida del Toboso. Como Sancho sabía muy bien que la labradora no era Dulcinea, pues él mismo fue quien inventó que lo era para engañar a su amo, quedó allí tristemente convencido de que don Quijote mentía o estaba loco rematado. Síguele ya con muy pocas esperanzas de la realización de sus promesas y no vacila en expresar sus dudas a la Duquesa misma, en la escena admirable que el pintor inglés Smirke ha sabido reproducir con tanto acierto. Pero cuando a poco se ve con el gobierno de la ínsula entre las manos, humilde y casi confuso, recibe los consejos y la bendición de su señor. Aquí es principalmente donde Sancho demuestra su gran fondo de elevación y nobleza y donde se ve que no sólo la carne y el grosero apetito inspiran sus acciones. Aquel tragón, aquel egoísta, que parece no seguir a don Quijote por otro móvil que la recompensa, próximo a tocar la meta de todos sus ensueños, nombrado ya gobernador, tiene un rasgo sublime de renunciación y conformidad, mezclado con una profunda y cristiana filosofía, ante la sola idea de causar un desagrado al hombre a quien debe su fortuna. La ingratitud (la más abyecta de las faltas humanas, y por desgracia, una de las más frecuentes) no es propia del leal escudero.
Señor, responde noblemente, si a vuesa merced le parece que no soy de pro para este gobierno, desde aquí le suelto, que más quiero un solo negro de la uña de mi alma, que a todo mi cuerpo; y así me sustentaré Sancho a secas con pan y cebolla, como gobernador con perdices y capones; y más, que mientras se duerme todos son iguales, los grandes y los menores, los pobres y los ricos, y si vuesa merced mira en ello, verá que sólo vuesa merced me ha puesto en esto de gobernar, que yo no sé más de gobiernos de ínsulas que un buitre, y si se imagina que por ser gobernador me ha de llevar el diablo, más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al infierno.
Bien hace don Quijote en contestarle que por solas estas razones merecía el gobierno de mil ínsulas y en aplaudir su buen natural.
Y si como estando yo loco (repite después en su testamento) fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino, se lo diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece.
Todas las faltas de Sancho se le perdonan y tenemos que amarlo más tarde, cuando vemos su generosa conducta con Ricote, la presteza con que acude a declarar a favor suyo y de su hija, y sobre todo, aquellas nobles palabras, rehusando por segunda vez los doscientos escudos que el morisco le ofrece por ayudarlo a sacar y encubrir el tesoro que tiene escondido en su pueblo. «Ya te he dicho, Ricote, que no quiero: conténtate que por mí no serás descubierto y prosigue en buen hora tu camino y déjame proseguir el mío, que yo sé que lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su dueño».
Vulgar y trillada observación es la del buen juicio de Sancho en su corto y burlesco gobierno de la ínsula. Todos conocemos sus justas y hábiles sentencias, sus discretas palabras, su conducta ejemplar, tan extraña para los que sólo esperan del rudo labriego disparates, sandeces y rasgos de egoísmo desenfrenado. Sancho no sólo demuestra aquel buen natural «sin el cual no hay ciencia que valga», según la frase de don Quijote, sino también que no ha sido en vano para él su trato familiar y constante de un hombre tan superior como su amo. Reflejo de la sabiduría de don Quijote es la de Sancho en el gobierno y prueba la más concluyente de que era un digno compañero del sublime alucinado. En ninguna ocasión podría mejor aplicarse aquel viejo refrán: «dime con quién andas y te diré quién eres». Siguiendo a don Quijote en sus locuras, Sancho, también, pierde el seso, pero sus sentimientos se purifican, sus ideas se agrandan y adquiere, como su amo, en todo lo que no se relaciona con los dislates de la andante caballería, la asombrosa experiencia y la elevación de criterio, que convierte a los dos en hombres tan superiores.
Cervantes, ya se ha dicho, no copió sus personajes a la estricta manera de un pintor, sino mezclando de diversos seres las múltiples cualidades, defectos y aventuras, con los que formaba tipos imaginarios, pero de tan notable realidad como los mismos de existencia verdadera. Sin duda que no se pintó a sí propio, como creyó don Vicente de los Ríos, en el capitán Rui Pérez de Viedma, el famoso cautivo. Tuvo éste una existencia real; hasta cierto punto, su historia poco tiene de inventada, pero ¿qué duda puede haber de que Cervantes, como hizo en otro episodio de El amante liberal y en algunos de La Galatea, mezcló sucesos de su propia vida en la dramática relación de Viedma? El mismo procedimiento siguió con otras personas, a quienes hubo de conocer y cuyo carácter y sucesos llamaron su atención. Su alférez Campuzano de la novela ejemplar El casamiento engañoso fue realmente el alférez don Alfonso Campuzano que conoció por 1587 y 1588.12 El Isunza y el Gamboa de La señora Cornelia fueron amigos de Cervantes con esos mismos nombres, y lo propio don Juan de Avendaño, a quien menciona en La ilustre fregona, y que probablemente llevó amores con la sobrina del autor doña Constanza de Ovando.
Sospéchase hoy, también, que personajes verdaderos figuran en todo el incidente de la historia de Dorotea en la primera parte del Quijote. El seductor don Fernando, se dice que es nada menos que el Fénix de los Ingenios Españoles, Lope de Vega; Dorotea, doña Isabel de Alderete, una de las varias amantes de Lope; Cardenio, don Cristóbal Calderón, uno de sus rivales, y Luscinda, doña Elena Osorio, famosa ya por ocupar en la larga historia de los devaneos del gran autor dramático un puesto importantísimo.13 Y desde luego que si documentos fehacientes de la época no hubieran venido a dar cierta verosimilitud a esta explicación de la trama de la novela que con tanta habilidad entretejió Cervantes en las páginas del Ingenioso hidalgo, no reconoceríamos hoy aquellos personajes, porque no tienen todos los rasgos de su carácter que por otros conductos han llegado a nuestra noticia.
De Lope, por ejemplo, no tiene don Fernando más que un aspecto, el de amante seductor y gallardo caballero. Por lo demás, difícil es reconocer en ese personaje al gran poeta. Y no tuvo razón Lope para dolerse de la pintura, si, como ahora se cree, tomó a mal que Cervantes le incluyera en el Quijote. En primer lugar, ¿no usó él mismo igual procedimiento en su Arcadia, refiriendo los amores desgraciados de su amigo don Antonio, duque de Alba? En las novelas pastoriles, especialmente, usábase de esta libertad por casi todos los escritores de la época. Lleno de alusiones a personas y sucesos contemporáneos está El pastor Filida, de Gálvez de Montalvo, costumbre que parece estableció Montemayor contando sus propios amores en La Diana. Lope mismo llevó el procedimiento al teatro y a otros géneros de novela. En La Dorotea lo proclama abiertamente y reconoce que Cervantes en La Galatea hizo lo mismo. Además, nadie tendría derecho a quejarse porque lo retrataran en don Fernando, que al fin y a la postre, repara sus yerros caballerosamente, arreglándose todo de la mejor manera posible. A pesar de que Cervantes no fue buen amigo de Lope, en lo que no hizo otra cosa que responder a las injurias de éste, nada encuentro en la historia de Dorotea y don Fernando que pudiera en justicia tomarse a agravio. El Quijote es una novela y no un libelo, una obra de arte y no una obra de venganza.
Ningún gran novelista ha dejado de observar los caracteres de la realidad para reproducirlos en forma más o menos directa, como ningún gran pintor ha podido prescindir del modelo. En la aventura del «cuerpo muerto» que se describe en el cap. XIX de la Primera Parte (y que, según Navarrete, se inspiró en el suceso verdadero de la traslación de los restos de San Juan de la Cruz) observa Clemencín lo siguiente: «Repárese la especie de afectación con que las personas, al dar cuenta de sí en el Quijote empiezan comúnmente por expresar el lugar de su nacimiento, que no parece sino que hablan delante de un juez y que contestan a las generales de la ley». Si pudiéramos trasladarnos a aquel tiempo y seguir a Cervantes por España, hallaríamos, sin duda, los originales de su obra, sin que ninguno tuviera razón de sentirlo, porque en todos hizo resaltar el lado bueno. Hasta las mujeres de vida airada que pintó son compasivas y de buen carácter, como la Tolosa y la Molinera, que armaron caballero a don Quijote; y la misma Maritornes, que trajo el vino a Sancho después del manteo «y lo pagó de su mesmo dinero, porque en efecto, se dice della, que aunque estaba en aquel trato, tenía unas sombras y lejos de cristiana». Hasta Ginesillo de Pasamonte parece más un tunante que un malvado. El cura y el barbero, el ama y la sobrina, descritos siempre como de paso, pero con rasgos tan vigorosos que graban en la memoria su personalidad, son personajes que seguimos encontrando hoy en todas las aldeas de España. El arte de Cervantes como pintor de caracteres es tan extraordinario, que una sola frase, escrita en apariencia sin intención de describir a un personaje, lo coloca ante nuestra vista de cuerpo entero. Por eso el Quijote ha sido, de todas las grandes obras de imaginación, aquella que han podido ilustrar los artistas más fácilmente, sin que en la gran variedad de cuadros, grabados y láminas que circulan sobre motivos del libro pueda notarse mucha discrepancia en cuanto a la concepción de los personajes. Nadie podrá confundir a don Quijote ni a Sancho, ni dejar de reconocer al Duque, a la Duquesa o a Sansón Carrasco. Hay en el libro un personaje incidental que es una maravilla de realidad y vigor como pintura, el caballero del Verde Gabán, que casualmente es testigo de la feroz hazaña de don Quijote con los leones. Su hogar y su familia, modelos son también de esas hospitalarias casas españolas de viejos hidalgos de provincias, no contaminados aún por las impurezas de la Corte. En cambio, no resultan tan atrayentes el Duque y la Duquesa, que tan despiadadamente, a veces, se burlan de los héroes, y consienten que su servidumbre realice con ellos actos de refinada crueldad. En casa de los Duques, todas las figuras que aparecen son igualmente naturales. La burlona Altisidora, modelo de doncella divertida, no puede olvidarse nunca, y la dueña doña Rodríguez y el incidente de la venganza que quiere tomar por medio de don Quijote llenan algunas páginas de la obra no superadas en el mundo por su naturalismo y donosura. Con esa facultad de describir un carácter en pocos rasgos, como si fueran unas cuantas pinceladas de aquéllas con que supo Velázquez dar bulto y vigor a sus figuras, más vivas y reales a distancia que cerca de ellas, muévense a nuestra vista, como en perfecto panorama, don Antonio Moreno, el Virrey, Ricote, su hija y todos los habitantes de Barcelona. Mucha tinta y papel gastó Avellaneda en presentarnos a don Álvaro Tarfe, uno de los personajes de su Quijote. Con gracia y oportunidad lo introduce también Cervantes en su Segunda Parte para hacerle reconocer que el verdadero don Quijote no era aquél con quien se le hace tropezar en el libro de Avellaneda; y bástale una pincelada para que veamos a don Álvaro como si realmente estuviera hablando con nosotros. España entera desfila, en una palabra, ante los ojos del lector. Para encontrar en la literatura universal un cuadro tan vasto y a la vez de tan gráficos detalles, preciso es salir del campo de la novela y traer otra vez a la memoria el nombre augusto del Dante.
No cabe estudiar todos los caracteres del Quijote más que llenando un grueso volumen, pero no he de concluir esta rápida enumeración de ellos sin mencionar al que ha motivado comentarios más diferentes, llegándose a creer, como pretendió probarlo Benjumea, que es el tipo odioso del libro, la antítesis moral de don Quijote y del propio Cervantes. El Bachiller Sansón Carrasco, a quien toca desempeñar, con efecto, el papel poco simpático de vencer a don Quijote, no puede creerse, sin embargo, que sea un mal hombre. Aunque en su batalla con el último disfrazándose de Caballero de la Blanca Luna le impulsa, en cierta medida, el amor propio picado por su primera derrota como Caballero de los Espejos, en el fondo de Sansón, y ésta es la única causa de su primera intentona, existe solamente el deseo de que don Quijote vuelva a su pueblo, se cure, y cuide de sus abandonados intereses. ¿Y no es esto un rasgo de caballero andante y hasta, bien mirado, de verdadero quijotismo? Exponer un hombre su vida ante la furia de un loco y gastar su tiempo y hasta su hacienda en seguirlo por España, en selvas y caminos, nada más que por el deseo de volverle a la razón, sin que le venga por ello ningún interés ni ventaja, revela no poca generosidad y buenos deseos, y dado lo extraordinario de la aventura y los peligros que encierra, hasta indica también sus puntas de enajenación y romanticismo. Tampoco se ensaña Sansón con don Quijote cuando lo vence, ni pretende insistir en que confiese la inferioridad de Dulcinea. Quiere sólo curar al loco llevándole a la realidad por el mismo camino de su extravío, y lo cierto es que de no guardar a don Quijote en su aldea atado y dentro de una jaula, lo que hubiera sido tan contraproducente como lo fue el encantamiento que ideó el cura para llevarlo en la Primera Parte, y, además, inhumano y violento, la única manera de obtener el fin de que reposara un año en su casa, hasta ver si le pasaba el delirio, era la de obligarle como caballero por la fuerza de su palabra. Si Cervantes quiso pintar a un enemigo suyo en el Bachiller Sansón Carrasco, no lo hizo, en verdad, con el odio que se ha supuesto. El Bachiller, después de todo, es un tipo de estudiante alegre y zumbón, pero bueno en el fondo, como hay tantos en las universidades de España y en las de todo el mundo.
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La falta que el mismo Cervantes notó de haber incluido en la Primera Parte la larga novela del Curioso Impertinente no lo es en realidad si tenemos en cuenta el mérito de esa composición, inspirada, según se ha observado, en un cuento de aquél a quien más parece que admiró entre los italianos: «el cristiano poeta Ludovico Ariosto».14 La dificultad de sostener el interés de la narración con dos personajes solamente, le movió, también, a incluir la historia de Marcela, la del Capitán Viedma y el mismo largo incidente de Dorotea, aunque en éste, con gran habilidad, hizo figurar a don Quijote y Sancho casi constantemente. En la Segunda Parte trató de evitar este escollo y salió airoso en su empresa, porque la historia de las bodas de Camacho el rico y el casamiento de Basilio el pobre está entrelazada con tal maestría con los actos de don Quijote y Sancho, que no parece un incidente, ni lo es propiamente considerado. Esta superioridad de la Segunda Parte, ya observada por todos los críticos del Quijote, se nota también no sólo en el plan de la obra, sino hasta en el estilo, que resulta más elegante y cuidado. Y no ha de creerse que fue, teniendo en cuenta los diez años que mediaron entre una y otra parte, porque dedicó mayor tiempo y trabajo a escribir la Segunda. Es indudable que Avellaneda supo algunas de las ideas que tenía Cervantes, entre ellas la de hacer que don Quijote tomara parte en unas justas que se efectuaron en Zaragoza, y con gran malignidad se adelantó en su libro a referir las mismas aventuras. Cervantes tuvo que cambiar precipitadamente el plan del suyo y sin duda se le ocurrió a última hora la muerte de don Quijote, para evitar, como él mismo indica, que continuara repitiéndose el caso de Avellaneda ya que la popularidad del libro había sido tan grande.
Cuando se reflexiona que la vida de Cervantes fue tan preñada de infortunios que no encontramos en ella una página de felicidad en medio de sus rudos y constantes trabajos, no podemos dejar de admirar la sabiduría de la ley que rige nuestros destinos y que ofrece siempre alguna compensación a las amarguras de la existencia, ya en el carácter o ya en las facultades del intelecto. Desventaja mayor que la de ser siempre desgraciado es la de carecer de la dulce resignación que templa el ánimo al infortunio y es el rasgo principal de todas las naturalezas verdaderamente superiores. Cervantes poseía esta gran cualidad y, por encima de ella, el levantado espíritu de justicia que descubre el error y la falta de uno mismo, al revés de la masa vanidosa y despreciable de los ególatras, para quienes siempre lo que ellos hacen, piensan y dicen es lo más admirable, justo y sensato y, por consiguiente, tiranía del destino, infame arbitrariedad de la suerte, cuando no resulte a satisfacción de su capricho, a medida, como se dice, de sus deseos. Aquel anciano sublime que tanta razón tenía para quejarse era el primero en reconocer «que cada uno es artífice de su ventura», en escribir mansamente este verso, tan digno de un alma cristiana: «Con mi corta fortuna no me ensaño», en proclamar que la «humildad es la base y fundamento de todas las virtudes y sin ella no hay ninguna que lo sea» y finalmente, en agradecer como dones generosos los breves ratos de dicha que pudo haber tenido y que la historia desconoce, atribuyendo a su propia culpa su escasa duración y no a la parquedad de los hados: «Tú mismo te has forjado tu ventura, / Y yo te he visto alguna vez con ella, / Pero en el imprudente poco dura».
¡Ejemplo admirable y digno del autor del Quijote, de ese libro maravilloso que siendo la sátira en su fondo más amarga que se ha escrito, es la más generosa, la más llena de compasión para las flaquezas humanas! Libro sublime y único que ofrece constante deleite a quien lo lee, porque cada vez que se abren sus páginas se encuentran en ellas algo que parece nuevo, como manantial inagotable de profundidad, ingenio y donaire. ¿Y qué mayor recompensa que haberlo escrito pudo ofrecer a Cervantes su fortuna? ¿Qué dicha mayor que el firme convencimiento de que su nombre sería repetido por la posteridad admirada, y su obra aplaudida por los siglos venideros? La conciencia de su inmortalidad es la recompensa mejor del genio, y por esto Cervantes, pobre y lleno de sufrimientos, pudo contemplar desde el pedestal de su gloria, con risa y a la vez con lástima, las pequeñeces y locuras de sus contemporáneos.