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El «Quijote» en América

El hidalgo Cervantes y el hidalgo Quijano

Por Mirta Aguirre*

[...]

I

Él vive de 1547 a 1616. Nace bajo el signo del Concilio de Trento, del que salieron los Índices censuradores de libros y la reorganización intensiva de los procedimientos inquisitoriales. Muere en los días en que la Iglesia condena las teorías de Galileo. Tiene, pues, doce años cuando en Valladolid el muy católico Felipe II celebra su primer auto de fe. Un poco más viejos o un poco más jóvenes, vivos o ya desaparecidos, Erasmo y Rabelais, Bacon y Descartes son los hermanos de su pensamiento en un mundo en el que sobre los ecos de los lances medievales apunta una nueva sociedad de comercio y maquinarias.

Miguel de Cervantes, hidalgo cuyo linaje alcanza acaso altas raíces, es pobre. Y no se hace ilusiones. Las ilusiones se las hizo antes, «en la más alta ocasión que vieron los siglos», en la que peleando por la defensa de su fe católica perdió el uso de la mano izquierda; y se las hizo cuando portando cartas excesivas del bizarro don Juan de Austria, soñaba regresar a España y verse adornado con galones de capitán. Se las hizo, todavía, al demandar pías cruzadas argelinas. Y aun, tras ser rescatado de los infieles por el esfuerzo de unos nobles frailes trinitarios, al volver a la patria y pedir la añorada capitanía o un buen oficio —¿por qué no gobernador de las provincias de Soconusco, en Guatemala, o contador del nuevo reino de Granada o de las galeras de Cartagena, o corregidor de la ciudad de La Paz?— en el que emplearse en tierras del Nuevo Mundo.

Había sido un héroe en Argel, donde arriesgó la vida varias veces «por cosas que intentó para dar libertad a muchos». Pero España es rica en héroes, en realidad está harta de ellos. Y por eso hace con sus soldados viejos y estropeados eso que no está bien que se haga; eso que suelen hacer «los que ahorran y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y no pueden servir, que echándolos de casa con título de libres, los hacen esclavos del hambre».1

Desde sus minas americanas, la Península riega por Europa un río de metales preciosos entre los que el oro no escasea. Encarece el costo de la vida de un modo extraordinario y la ambiciosa locura de riquezas se extiende, destruyéndolo y corrompiéndolo todo. Se compran y venden los cargos, se compra y vende la administración de justicia y todo el mundo sabe que en la Corte «por medio del favor y de las dádivas, muchas cosas dificultosas se acaban».2 A la vez, la pobre y fiel tierra española se mira abandonada porque nadie quiere ir a arrancarle trabajosamente los tesoros que las minas de América ofrecen con liberalidad y porque los buenos labradores impíos han sido expulsados del país en aras de la pureza católica. La casta militar, la curia, la nobleza y el clero exprimen hasta la última gota las venas de España. La hidalguía rural, a quien la depreciación de la tierra arruina en masa, se refugia en un orgullo improductivo y terco que tiene a honor no remendar el traje roto. Y por debajo de las espadas y las togas, los carruajes, las bulas y las capas escondedoras de miserias, la picaresca crece con su turbio amasijo de desocupados.

En ese escenario se mueve Miguel de Cervantes. Soldado licenciado, hidalgo raído, español sin oficio y en ansia de beneficios, él reúne en sí todas las características externas del pícaro de blasones y si no llega a serlo es tan sólo porque lo impide su espléndida categoría humana. Pero es de los bien nacidos miserables que van dando pistos a su honra, comiendo mal y a puerta cerrada y haciendo hipócrita al palillo de dientes; de los infelices de honra espantadiza que piensan que desde una legua se les descubre el remiendo del zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y el hambre de su estómago.3 Y conoce tan bien lo que la escasez de dineros significa, que no puede evitar la frase que es como un manto de perdón para todos los Rinconetes y Cortadillos de España: «¡Ha de tener mucho de Dios el que se viniere a contentar con ser pobre!».4

Mucho. Tanto que quizás él no llegará a la medida. Porque monedas le embrollan la vida y le conducen a la cárcel. Hoy en Castro del Río, por indebida venta de trescientas fanegas de trigo; mañana por confuso paradero de siete mil reales correspondientes a cobros de alcabalas, tercias y retrasos de la provincia de Granada; de nuevo, en Sevilla, por cuentas mal sumadas. ¿Inocente? ¿Culpable? Nadie puede ponerlo en claro. Pero de todos modos, si ciertos, los hurtos no son tan jugosos que él pueda dar a censo ni fundar ningún mayorazgo; ni insólitos entre los que suelen cometer los funcionarios administrativos del rey.

Porque él es eso: proveedor de las flotas americanas y de la Invencible Armada que el mar se tragó de un solo golpe, y recaudador de contribuciones. El hombre dulce y justo que sabe que «no hay cosa que más fatigue el corazón de los pobres que el hambre y la carestía»5 ha ido por los caminos andaluces requisando víveres, haciendo cumplir a hierro y fuego las exigencias de Su Majestad, arrancando el pan de la boca de los hambrientos campesinos de su patria para abastecer los ejércitos que como plagas devoran la médula económica del reino. Y porque le ha dolido y porque cree que la ley ha de ser una misma para todos, no ha querido hacer excepciones, yendo a dar dos veces contra la Iglesia y comprándose otras tantas excomuniones.

Eso ha sido su vida desde el regreso de Argel. Una antiheroica sucesión de oscuros infortunios, de íntimas defraudaciones; una sórdida pelea contra escribanos y leguleyos. Y lo que es peor, un creciente cansancio en el que el héroe ha ido cediendo al pícaro. Tanto, que el hidalgo Cervantes no es hombre de buena fama. Tanto, que se sospecha que se ayuda a vivir con quien sabe qué actividades de las mujeres de su familia. Tanto, que cuando la primera parte de Don Quijote anda ya impresa y en alas del éxito, un juez osa encarcelar al autor y a los suyos como a reos de mal vivir a quienes es posible complicar en la muerte de don Gaspar de Ezpeleta.

Está lejos la más alta jornada vista por los siglos y la bravía entereza de los baños argelinos es apenas un recuerdo. Pero algunos de éstos pueden ser amargos por muy lejanos que sean. Duelen más, mientras más pasa desmintiéndolos el tiempo, aquellos que nos dicen lo que quizás pudo ser, lo que debió ser, lo que hubiera sido, si la vida no gustara de convertirse en trituradora de promesas.

¿Qué debía él al mundo en el que había vivido? Fracasos como soldado, fracasos como poeta, fracasos como autor dramático, fracasos como hombre de bien. Y sin embargo, en Lepanto, y sin embargo, en La Numancia, y sin embargo, en esa espontánea comparecencia como testigo de descargo de don Pedro de Isunza, algo había habido claro y límpido, puro, como de diamante.

Pero una abuela de pueblo lo diría, cuando él se decidiese a escribir el libro que le rondaba: «Dos linajes solos hay en el mundo, que son el tener y el no tener». Y un hidalgo loco completaría el aserto: «Quien es pobre no tiene cosa buena».

Él nació desnudo y desnudo se halla. Mas ha perdido. De los ímpetus heroicos a los antecedentes penales hay un largo camino. Y mientras lo hacía, quedamente, en el corazón algo se había helado. ¡Era tan grande la desesperanza en España! ¡Era tan dura el hambre...! Mucho tenía que tener de Dios el que se viniere a contentar con ser pobre. Lo sabía él que había conocido, en la suntuosa posada sevillana de Tomás Gutiérrez y en sus trabacuentas de burócrata, la podredumbre de los grandes; él, que no ignoraba que tal como andaban las cosas nadie podía ufanarse ya, consiguiéselos como los consiguiese, de ganar sus dineros haciendo usanza nueva en el mundo;6 él, cuyas aventuras habían llegado hasta el Patio de Monipodio y que había tuteado a Lazarillo, a Guzmán de Alfarache y al escudero Marcos de Obregón.

Primero había tenido cólera. Después, simplemente, había comprendido y, poco a poco, transigido.

Desde entonces la gente decía que era suya esa cultivada espuma de defraudaciones que se llama el humor. Él sabía que había perdido, en una desarmada compasión por sí mismo y por todos, la santa capacidad de indignarse. Porque al final de su vida, como otro gran iluso que nacería de su mano, ya no puede más. Y ni siquiera tiene odio para sustentarse porque se lo impide, junto a su fervorosa simpatía humana, su afilado sentido crítico, su sensibilidad de testigo. Él sólo puede ironizar porque se lo explica todo; porque se ve a sí mismo y mira a cuantos le rodean como a pobres títeres de retablo.

Y lo que resta no es más que una cosa: escribir El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Sólo eso. Un libro de burlas. El libro en el que un hombre se reiría implacablemente de sí mismo para castigarse por haberse permitido soñar una vez con la gloria de los héroes.

II

Finalmente, con dulce perspicacia, Jean Cassou nos ha desvelado el secreto: confesar lo que se ama es perderse. Es más fácil, en una rara facilidad amarga que el hidalgo Cervantes conoció muy bien, acomodarse a la vida haciendo burla de lo que se ama. Y cuando lo que se ama se ama de veras mucho, cuando no se puede reconocer ese amor porque hacerlo implicaría una angustia insoportable, queda el recurso de negar, de golpear, de escarnecer.

Por eso don Quijote tendrá que ser escarnecido y golpeado. Habrá de correrle por el rostro el zumo de los requesones de Sancho; habrán de saltársele los puntos de una media; habrán de seguirlo turbas de chiquillos; habrán de hollarle puercos. Nada se le ahorrará.

Pero ¿es que a él, al hidalgo Cervantes, le ha sido ahorrado algo? Si se le han reclamado a él reales y fanegas de trigo, ¿por qué no han de demandársele al Nerón Manchego las ligas de Altisidora? Don Quijote, flor de la cortesía, nata de la honestidad, tendrá que soportar que se le suponga malaficionado a la propiedad ajena y se verá precisado a pedir, casi humildemente, que se le tenga en mejor parecer: «Yo, señor Duque, jamás he sido ladrón, ni lo pienso ser en toda mi vida, como Dios no me deje de su mano».7

Pero Dios deja de la mano a veces. Y a veces el que tuvo fibra de caballero andante acaba haciendo la befa de los libros de caballerías, poniendo en la picota pública su carga de ilusión y de locura, vendiendo su secreto más amado. Porque el hombre, para poder vivir, tiene que matar al demonio en sí mismo. Y el demonio, ángel también, puede ser la sombra de Bayardo. Como si Bayardo no fuese ya inútil en un mundo que pertenece a los Barberos y a los Duques y a los Curas y a los Bachilleres.

¡Una celada de cartón es celada de cartón y no celada finísima de encaje, aunque nos abstengamos de hacer experiencia de ello! Y para quien quiera oírla, despejando su mente de las sombras caliginosas de la ignorancia, ahí está la verdad dicha a cuatro vientos: no hay Dulcineas en España. No las hay. Nunca las hubo.

Él, Miguel de Cervantes, va a barrer la magia. Va a decir que de ventas es que está llena, de ventas y no de castillos, la realidad. Y va a mostrar que España está repleta de venteros; y que los venteros no son sino pícaros metidos a negociantes después de haber rodado —y robado— por «Percheles de Málaga, Islas de Riarán, Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo». Es decir, después de haber aprendido sus artes en todos los monipódicos rincones del reino.

III

¿Qué es el heroísmo, o qué entienden por él los españoles? En un minuto de eléctrica sustancia, Francisco Pizarro traza una línea en el suelo: «Por aquí se regresa a Panamá; por aquí se va al Perú a ser rico». Y nacen con el episodio los Doce de la Fama. En otro instante, para impedirse a sí mismo toda debilidad de retirada, el cortesísimo Cortés quema sus naves.

¿Es esto el heroísmo? ¿Es la aventura? Cortés y Pizarro triunfaron. Pero si hubieran fracasado, ¿habría sido lo mismo? Porque lo heroico —y ahí está su diferencia con lo aventurero— es independiente de sus frutos. Victoria o derrota dan lo mismo. Y hasta quizás la derrota es un poco más adecuada, el final lógico.

Lo heroico parte siempre de una desigualdad de fuerzas en la que un débil se encara a un poderoso, un pequeño a un grande. Es David y Goliat, donde todas las probabilidades están del lado del gigante. Y lo heroico está en ignorarlo; o mejor, en saberlo y en proceder como si se ignorase, en hacer que la audacia tuerza el rumbo aparentemente fatal de los acontecimientos.

O en intentarlo. En intentarlo nada más ya está lo heroico, como cuando él, Miguel de Cervantes, conociendo que era casi imposible, trataba, una vez y otra, de evadirse de los baños argelinos.

Aquello había costado caro. Milagrosamente él había salido indemne siempre. Pero Juan el Navarro, el esclavo del renegado Hassan, había muerto asfixiado por su propia sangre, colgado por un pie de la rama de un árbol; y el moro que iba a Orán con cartas para Martín de Córdoba había sido empalado; y en el suplicio de los azotes habían perecido Pedro Soler y Juan Vizcaíno. Interesante sería saber lo que pensaban ellos —las víctimas inútiles— de los valientes intentos.

Complicado concepto el de lo heroico. ¿Sería heroico erigirse en abanderado de la Fe cuando para enviar soldados a exterminar herejes es preciso matar de hambre al propio pueblo, imponiendo tributos extraordinarios a la harina? En esa coyuntura un hombre, Francisco Antonio Alarcón, se había atrevido a salir públicamente por los fueros del estómago.8 Sonaba mal eso, tratándose de la defensa de la cruz cristianísima. Pero sonaba, también, muy razonable. Porque lo cierto era que España se moría de falta de pan, mientras, como si no lo supiese, continuaba echando sobre sus espaldas el peso de empresas titánicas.

Como esto ha hecho que las victorias escaseen, el heroísmo ha ido tomando matices singulares. Es la honra, la razón de honor, lo único que importa. Y poco da quedar molido, si no se queda afrentado.9 El impulso será tanto más hermoso cuanto más exceda las posibilidades de realización, porque lo esencial es el propósito y el querer hacer conforme a él, aunque la frustración sea inevitable y sobrevenga cada vez. Los gestos han ocupado el lugar de las gestas, y si la Armada Invencible…

¿La Armada Invencible? ¡Muy español haberle dado ese nombre! ¡Y qué formidable travesura de la Naturaleza al destruirla! ¡Y también qué altiva, qué solemne, qué hidalga, qué ajustada a las circunstancias la respuesta de Felipe II...! Teatro del bueno, del de mejor clase.

Miguel de Cervantes se da una palmada en la frente. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? «Ninguna comparación hay que más al vivo nos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los comediantes».10 Farsa y carátula. Pero tan hondas que llegan a ser algo más. Porque no se está jugando a ser quien no se es; se está creyendo —creyéndose, verdaderamente— que se es otro. Y quien olvidándose de sí mismo, suprimiendo su realidad, imagina ser César o Alejandro o Ruy Díaz, o Amadís, está tan loco como el que cree tener cuerpo de vidrio. Y es esa demencia, demencia heroica, la que padece España.

Amadís y don Quijote

I

Alguien tenía que hablar en nombre del interés colectivo, extrayendo agudamente los elementos cómicos de una obra, como Menéndez Pidal ha señalado con acierto, del choque de la perfección asocial del Caballero Andante con una vida estrechamente organizada entre fuertes instituciones de gobierno. Alguien tenía que hacer el análisis crítico de esas instituciones y, a la vez, de la exacerbación individualista que se andaba padeciendo. Alguien tenía que destruir para siempre el concepto de lo heroico como asunto privado de una sola criatura y como sueño escapista de la realidad.

Pero ¿quién puede escribir el libro que ha de ser la gran denuncia social de su tiempo a la vez que la despiadada vivisección del espíritu hispánico? Nadie sino Miguel de Cervantes. Porque nadie sabe en España como él que el héroe y el antihéroe andan siempre del brazo, en Lepanto unas veces y otras en esas cárceles «donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación». Porque nadie ha reunido en su entraña como él a Mio Cid y a Amadís con Lazarillo, ni nadie ha meditado tan profundamente sobre la trágica divergencia que existe entre las fantásticas aventuras extranjeras de las armas españolas y la atroz miseria íntima, material y moral, de la patria.11

Y porque nadie tiene su tolerancia, su comprensión infinita, su dialéctico espíritu de observación. Otros forman parte del drama, son elementos activos de él y aunque fustiguen bien, como en su día hará don Francisco de Quevedo y Villegas, dejan que se les transparente el corazón mojado de pasiones. Pero él, el manco sano, el escritor alegre que sobrevive al ciudadano melancólico, está ya al margen, en la perfecta actitud contemplativa —testificante— de quien a fuerza de desengaños ha renunciado a todo, si no es al humorismo, ese modo muy suyo de ser don Quijote sin locura y Sancho sin candor: al humorismo que, a fin de cuentas, puede ser el único camino apto para expresar ciertas cosas cuando la libertad anda amordazada.

Y porque en la hora del teatro, de la acción de farsa, él es un novelista.

La diferencia entre la tragedia y la novela [ha apuntado María Zambrano en su brevísimo ensayo La mirada de Cervantes] estriba en que la tragedia presenta escuetamente el delito de haber nacido, es decir, el conflicto de ser individuo, único. Mientras la novela más que la realidad de esa individualidad única, es su pretensión o su ensueño. Edipo, Hamlet, son el hombre único y sin par a quienes sucedieron sus desdichas. Al personaje de novela, más que sucederle piensa él que le sucede. La novela es el relato de lo que un hombre se figura que es; la tragedia nos dice lo que alguien pasó de verdad. […] La novela arrastra siempre consigo la novelería del personaje. […] En la novela está el doble juego del personaje que se inventa a sí mismo.

El teatro, en cambio, es trasvasamiento de la vida en presente filosófico, acción, hombre en dinámica, agonismo esencial: realidad objetiva. Algo inconcebible en soledad e irrealizable en ella. Mientras la novela es soliloquio de escritor o de lector, el teatro es siempre, en sí mismo y en su ejecución, diálogo intersocial. Y porque no es crítico, sino receptivo, el más grande autor teatral será, como Lope fue, síntesis de lo colectivo y expresión de mayorías, afirmación de valores y no negación de ellos, aunque el teatro que podría llamarse de pensamiento, el teatro crítico-negativo sea característico de los días presentes.12

La novela, así, está completa, acabada, realizada en sí misma cuando el autor termina, en tanto que el teatro no es tal, y ni siquiera puede sospecharse lo que es, hasta que se hace corpóreo, viviente cortejo de figuras de carne y hueso. Instante determinador en el que nace la verdadera criatura dramática, desconocida hasta entonces y hasta entonces ignorada por su propio padre. Porque en el teatro el hombre es, en tanto que en la novela está.

Por eso, novela había de ser —y por algo no surgió de la inmensa, formidable producción dramática de los Siglos de Oro— la pieza literaria capaz de brindar a las edades venideras el gran cuadro analítico de la realidad española de hace trescientos años.

Sólo en una novela podía la «circunstancia» adquirir tanta o mayor categoría que el hombre. Sólo en una novela podía recogerse, como recogió Cervantes, «la novelería de España, más aún que la tragedia de un singular Caballero de la Mancha».13 Y quien lo dude, que vea cómo la historia de El ingenioso hidalgo se desmorona en la escena, a pesar de toda la base de referencias previas en que la representación pueda asentarse, para dejar en pie sólo la Triste Figura, mientras se pierde del todo la substancia genérica y más honda de la ocurrencia inmortal.

Miguel de Cervantes, además, iba hacia la censura y la burla. Y no se toleraban en la escena española ciertas veleidades críticas o renovadoras. Iglesia y Rey defendían celosamente su intangibilidad y el propio público no admitía agresiones a sus puntos de vista en cuestiones de moral, religión o lealtad monárquica, como bien habían de aprender Rojas, por haberse atrevido a casar a un hidalgo con mujer deshonrada, en una de sus comedias, y Pedro Calderón, el silbado autor de Un castigo en tres venganzas.

Hombre que ha conocido la excomunión y los grilletes, Miguel de Cervantes no quiere dificultades con la cruz ni con el cetro. Hace novela de su obra para afrontar a sus compatriotas divididos, de uno en uno. Pero todavía después disimula, porque sabe con el viejo Mauricio de su Persiles que tal vez la disimulación es provechosa. Vive en la filipizante España y en ella no sólo no pueden decirse muchas cosas sino que aun es obligado decir otras, si se quiere que un libro multintencionado pueda ver el sol. Por ejemplo: que lo que con él se persigue es, exclusivamente, aplastar las novelas de caballerías.

Con ello se ganan de primera intención muy poderosas simpatías. Pese a las aficiones del Cura y del Canónigo, el clero no ve con buenos ojos los libros andanteriles. Entre otras cosas, porque debido a su existencia todos los ignorantes —como los indios americanos a quienes debe prohibirse su lectura—14 pueden perder la confianza en la veracidad de «la Sagrada Escritura y otros libros de Doctores» al ver que existen historias vanas que han sido compuestas «sin aver pasado ansí».

II

La novela andanteril no es de cepas hispánicas. «Ni la vida heroica de España en la Edad Media, ni la primitiva literatura, ya épica, ya didáctica, que ella sacó de sus entrañas y fue expresión de esta vida, fiera y grave como ella, legaron elemento ninguno [dice don Marcelino Menéndez y Pelayo] al género de ficción que aquí consideramos». Sólo a fines del siglo xv o principios del xvi, cuando lo caballeresco había hecho ya un largo camino extranjero, es cuando España se interesa por los libros de caballerías. «Los proscriptos castellanos que habían acompañado en Francia a Don Enrique el Bastardo; los aventureros franceses e ingleses que hollaron ferozmente nuestro suelo siguiendo las banderas de Duguesclin y del Príncipe Negro; los caballeros portugueses de la Corte del Maestre de Avís, que en torno de su reina inglesa gustaban de imitar las bizarrías de la Tabla Redonda, trasladaron a la Península, de un modo artificial y brusco sin duda, pero con todo el irresistible poderío de la moda, el ideal de vida caballeresca, galante y fastuosa de las cortes francesas y anglonormandas».15

Cuando su genio literario comenzó a expansionarse con la tremenda vitalidad que aposentaría las Centurias de Oro, España inició una nutrida producción nacional de índole caballeresca, devolviendo a toda Europa en traducciones italianas, francesas, inglesas, alemanas u holandesas, el espíritu andanteril de importación que la impregnaba. De ese modo, si los autores de libros de caballería fueron en España más numerosos que en cualquier otra parte, la grey de los lectores distó mucho de ser exclusivamente hispánica.

Como bien se ha señalado, «el influjo y propagación de los libros de caballerías no fue un fenómeno español, sino europeo». Mas lo cierto es que ningún pueblo como el de España transformó el espíritu animador de la novela andantesca en carne y tuétano de su carácter nacional.

Para Menéndez y Pelayo no deja de ser un enigma la enorme, aunque transitoria, acogida española a las novelas de caballerías:16

Lejos de creer yo que tan disparatadas ficciones sirviesen de estímulo a los españoles del siglo xvi para arrojarse a inauditas empresas, creo, por el contrario, que debían parecer muy pobre cosa a los que de continuo oían o leían las prodigiosas y verdaderas hazañas de los portugueses en la India y de los castellanos en todo el Continente de América y en las campañas de Flandes, Alemania e Italia. La poesía de la realidad y de la acción, la gran poesía geográfica de los Descubrimientos y de las Conquistas, consignada en páginas inmortales por los primeros narradores de uno y de otro pueblo, tenían que triunfar, antes de mucho, de la falsa y grosera imaginación que combinaba torpemente los datos de esta ruda novelística.

Aparte las razones de índole estrictamente literaria que podrían unírsele, el anterior es, en verdad, un argumento social convincente en cuanto a la rápida decadencia de la novela caballeresca. Como se sabe, ésta estaba prácticamente desaparecida en lo editorial —lo que indica que, cuando menos, colocar estos libros en el mercado había dejado de ser un buen negocio— cuando Don Quijote de la Mancha ve la luz. Pero ello en nada invalida el propósito que Miguel de Cervantes persigue con su libro.

España, enamorada primero de la invención de heroicidades fantásticas, se ha enamorado más tarde de una realidad tan fantásticamente heroica como la invención misma. Con la hazaña americana y las aventuras gloriosas de Carlos V en el Viejo Mundo, España ha creído que en su carne está lo andantesco extravasándose a la verdad y a la hora contemporánea. Nada es imposible para el caballero español del siglo xvi, como nada fue imposible para Amadís. Y si el caballero español está presente, paseando por el mundo su gloria de carne y hueso, natural es que Amadís y los de su linaje se amodorren en el polvo de las bibliotecas, cediendo el paso a los nuevos dueños de la invencibilidad.

Pero cuando los reveses comienzan, cuando el mito se hace trizas, España añade al proceso un nuevo eslabón. Y la serie comenzada con el protagonista andanteril y continuada por los sobrehumanos héroes que conquistan y colonizan un Nuevo Mundo va a terminar, conjugando elementos de literatura y de vida, en la actitud que Cervantes satiriza en su Alonso Quijano, un loco que es tal, antes que por cualquier otra cosa, por no ver —no querer ver— la desproporción entre sus empeños y sus fuerzas, y la caducidad del ideal que enarbola.

El Quijote [ha dicho Américo Castro] expresa el ocaso de la España heroica, erguida sobre su fiel creencia en el valor, idéntica a la infrangible conciencia de la personalidad voluntariosa […]. Cervantes personalizó y universalizó genialmente el tema del vacío angustioso del vivir español.17

Si las exóticas costumbres caballerescas introducidas en Castilla desde los días del advenimiento de la Casa de Trastamara no transcendieron al pueblo, la lectura de los libros de caballerías sí trascendió a él, según demuestra cualquier apresurada revisión literaria. Con lo que toda España, hasta esos pícaros o criminales que con frecuencia escapaban del hambre o de la horca pasando a las Indias, se contagió de la locura heroica, caballeresca también, esparcida por la jornada americana. De donde el quijotismo tuvo, antes de que Miguel de Cervantes haciéndole la caricatura le prestase un nombre, un ancho terreno nacional donde enraizarse.

No por ser ficticia, la supervivencia del mundo caballeresco dejaba de ser supervivencia. Y lo más grave, precisamente, estaba en que esa supervivencia era ficticia. Erasmo, quien no se callaría la alusión sarcástica a esos discursos «en los que se aconseja la guerra contra el Turco», apelaría a ese rasgo y no a otros, al querer pintar de un solo trazo a los hispanos en su Elogio de la locura: «Los españoles [dice] no se desprenden de sus glorias épicas».

Lejos de desprenderse de ellas, cuando ya esas glorias comenzaban a hundirse en el pasado, fue práctica unánime entre los españoles la de aferrarse ciegamente al eco de los milagros heroicos. Y por eso era posible calentar los cascos a cualquier honrado labrador de buen sentido, distraerlo y sonsacarlo y llevarlo por esos andurriales, si se sabía alzar antes sus ojos la promesa de una ínsula. Porque la grandeza española era un artículo de fe que no podía ser puesto en entredicho. Resquebrajada, empobrecida, convertida en una sombra de sí misma, España había de sentirse y de vivirse como si fuera siempre esa «España la noble, feroz y notable» que cantara en sus dodecasílabos robustos Juan de Padilla el Cartujano.

III

Según lo que confiesa, Miguel de Cervantes pretende «poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías».

Como hemos visto, quizás en rigurosa exactitud el ambiente literario no justifica el propósito. Quizás el pensamiento dominante en las letras de España en el alba del siglo xvii no está constituido por las historias caballerescas sino, como algunos creen, por el teatro nacional que se yergue vertebrado por Lope.

Pero de todos modos el enemigo posee una profunda vitalidad nacional. Porque si las rebuscas eruditas señalan que el género que Don Quijote de la Mancha confiesa combatir está declinante y en vías de completa muerte, el espíritu de la novela caballeresca sobrevive en España y trastorna a todos con sus vapores fantasiosos, reglamentando los cauces de la acción colectiva española.

Como desde Santa Teresa hasta Dorotea todo el mundo ha leído en España libros de caballerías, paso a paso el alma patria ha ido asimilándose las características de un género de muy hondas diferencias con la savia del romancero. Nadie piensa en el sentido colectivo, político, nacional, de las antiguas epopeyas, porque lo que ahora embriaga es la hiperexaltación individualista de los héroes andantes. Andantes: esto es, sin contenido específico de lugar ni de raza, sin afincamientos terrestres. Héroes peregrinos, de itinerario al azar, desvinculados de toda permanencia nativa, de todo sentido de solidaridad estatal. Lo que viene muy bien, pero muy bien, a hombres de un imperio fragmentado que pueden tener hoy el pie en Flandes y que pueden tenerlo mañana en Aragón sólo para colocarlo al otro día en las selvas amazónicas.

Porque nadie ha tenido un dominio como el disfrutado junto a Carlos V por los españoles: Austria, la Estiria, la Carintia, la Carniola, el Tirol; los Países Bajos, el Franco Condado, Flandes, el Artois; Cerdeña, los reinos de Aragón, de Sicilia y de Nápoles; el reino de Castilla, la corona imperial de Alemania; y por último, como una simple añadidura, la América.

¡Si el monarca, más que un monarca es un trotamundos y un políglota! Ha de entenderse con sus súbditos —a veces malamente— en alemán, en español, en francés, en italiano y en flamenco. Y en cuarenta años de su vida tendrá que haber estado nueve veces en Alemania, seis en España, siete en Italia, diez en Flandes, dos en Inglaterra, dos en África y cuatro en Francia. Siempre en un correr de campo en campo de batalla, desde el sitio de Mecieres, donde Bayardo el caballero sin miedo y sin tacha fuera uno de sus contrincantes, hasta la derrota de Metz.

Junto a este soberano, sangre de condottiero, de vagabundo y de explorador ha ido naciéndole, todo en uno, a España. Y ha ido naciéndole también la fanfarronería: «Cuando España se mueve, la tierra tiembla».

Mas los temblores —non tembles, terra, que non te fago nada, como remedará la ironía popular a costa de los portugueses— no duran mucho, por desgracia. Felipe, heredero de gran parte del imperio inmenso, hace en la Península la unidad territorial, la unidad política y la unidad religiosa a precios muy altos, mientras sumida en un incurable desorden su hacienda se desmorona. Y al final de su existencia es un rey muy pobre y un estratega fracasado que nada ha podido contra el gascón Enrique IV, ni contra la intrigante Isabel ni, en definitiva, contra sus levantiscos súbditos de los Países Bajos.

Tras él vienen Felipe III y Felipe IV. Miguel de Cervantes, que conoce a Lerma, presiente al Conde-Duque de Olivares. Y se da cuenta de que es preciso hacer reaccionar el espíritu nacional consiguiendo, como inicio indispensable, poner la herencia de Amadís en ridículo ante un pueblo con el culto enfático de la dignidad.

Porque está ocurriendo que lo ornamental importa más que la sustancia. Los encuentros gloriosos recogidos por las canciones de gesta, las crónicas y los romanceros, erigidos sobre poderosos motivos de honra nacional o familiar, atraen menos que los lances andanteriles cuya grandeza esté en razón directa de su sinrazón. Y en tanto que Ruy Díaz, culminación gigante de un ímpetu global, unitario y verdadero va alejándose, las simpatías se dirigen hacia los caballeros andantes, alzados como entes anárquicos, desasidos del mundo circundante, apartados del orden social a que pertenecen y hasta personalísimamente enemistados con él.

«Lo peculiar del siglo xvi español [ha recalcado Américo Castro] fue la atención prestada a la acción vital de la letra impresa sobre los lectores». Aunque en todas partes se perseguían en esa época los libros que por las doctrinas o ideas que encerraban eran juzgados perniciosos, esa persecución tenía efecto en España sobre todo en atención a la eficacia de esos libros “para infiltrarse en otras existencias […]. Los mancebos y doncellas […] desvanécense y aficiónanse en cierta manera a los casos que leen”, decían al Rey, como argumento supremo, las cortes de Valladolid, cuando en 1555 solicitaban la prohibición de los libros de caballerías. Por lo que Miguel de Cervantes no exageraba cuando hace de la lectura de esos libros, del propósito de traer sus fantasías a la vida real, el origen de la enfermedad de su Hidalgo, español-tipo […]. El Quijote debe su existencia tanto a una tradición de formas y géneros literarios, como a una tradición de maneras de ser vivida la literatura.18

Por virtud de la evolución literaria, y de esa tendencia hispana, acaso de procedencia orientalista, de conducir hasta lo real y cotidiano el hecho imaginativo, al esfuerzo heroico de las epopeyas ha sucedido en el alma española lo que Menéndez Pidal ha llamado el esfuerzo arbitrario de las narraciones andanteriles, proyectado principalmente hacia el engrandecimiento, ya material, ya espiritual del protagonista.

Por ese camino la campeadora resolución de reto se ha vuelto tanto más pura cuanto más absurda. «Volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias: el toque está en desatinar sin ocasión», dice una vez don Quijote. Porque la esencia de lo caballeresco estriba en la realización de la hazaña por la hazaña misma, independientemente de toda raíz a la vez que —¡cuán conforme el anhelo de la impotente España de la Invencible!— de todo resultado.

Lo importante no es realizar los grandes fechos sino «morir por acometellos». Y por otra parte, como cuando todo cruje y se bambolea y oscila hacia la duda, urge convertirlo a toda prisa en dogma indiscutible, España, enfrentada a una gran crisis de acontecimientos que amenaza pulverizar su autoestima, trasplanta a todos los aspectos de su vida la cuestión de la fe.

¿Mostrar a los mercaderes toledanos, conminados a declarar que es ella la más hermosa doncella del mundo, un retrato de Dulcinea, así fuese «tamaño como un grano de trigo»? Don Quijote se rebelará indignado: «Si os la mostrara […] ¿qué haríades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar, y defender: donde no, conmigo sois en batalla».

En la creencia que no demanda pruebas es donde reside la salvación. Porque el retrato de Dulcinea no puede mostrarse, puesto que Dulcinea no existe. Mas, sin la admisión de la existencia de Dulcinea, el hidalgo Quijano no tendría razón de ser.

Si las novelas de caballerías están ya muertas, España continúa extrayendo de ellas esos jugos alimentadores, cada día con más fiebre puesto que cada día es más imperativo construir de lo literario el andamiaje vital. Y lo que se propone Miguel de Cervantes, al decir que quiere poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias, es matar esa simiente.

Porque las cosas no andan bien, pero andan peor por la terca altanería y el delirio hazañoso que convierten al país decadente en una baladronada perpetua, eco risible del poderío de otros tiempos. ¿Qué mozo de mulas podrá resistir la tentación de romperle una estaca en las costillas a don Quijote cuando éste, largo a largo en el suelo, habla aún como un vencedor?:

Non fuyáis, gente cobarde, gente cautiva: atended que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido…

Llueven los estacazos europeos, piérdese en la sombra el resplandor de Carlos V, vanse a la trampa todas las riquezas y España, caída en tierra, increpa todavía y todavía amenaza. Y se niega a escuchar la voz de los espíritus lúcidos:

Es más fácil, oh España, en muchos modos
Que lo que a todos les quitaste sola
Te puedan a ti sola quitar todos…

¡Ya podrá cansarse, repitiéndolo, don Francisco de Quevedo! Caballeros o mercaderes nunca han escuchado. Unos y otros sólo oyen, sólo se avienen a razones cuando éstas, sostenidas por una lanza en su garganta, dejan de serlo. Sólo entonces, ya vencidos, prestan atención al llamamiento de la cordura. Y generalmente mueren de la experiencia.

IV

Cuando Cervantes escribe, aún evoca el ambiente las hazañas de los romanceros. Y aunque don Quijote, por ser hijo de Amadís, se diferencia ya mucho de Ruy Díaz,19 sobreviven en él algunas de las bellas cualidades peleadoras con que la tradición quiso adornar a los protagonistas de los épicos poemas. Cid y Doncel del mar a un tiempo, en cuanto a misterio y poesía, la silueta del Caballero, para quien la riqueza significa menos que la fama, parece bella cuando se recorta sobre el fondo de mercaderes y de prestamistas que opacan el horizonte. Pero el tiempo ha pasado y es difícil convertirse en desfacedor de entuertos cuando los briosos corceles de antaño han asumido ese aspecto «tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan ético confirmado» que muestra Rocinante.

Pretendiendo ignorarlo, en la España venteril que viene al mundo, un hombre se alza con su sueño. Pero su impulso es aislado, solitario. ¿A quién representa el hidalgo arruinado, al arrojarse por los caminos sin programa ni rumbo? ¿A los suyos, a esa nobleza feudal que se hunde irremisiblemente en los alegres mares de oro de la naciente burguesía europea? ¿A esos «menesterosos y opresos de los mayores» a quienes anhela favorecer? «Dime, Sancho amigo [indagará ansioso], ¿qué es lo que dicen de mí por ese lugar? ¿En qué opinión me tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué los caballeros? ¿Qué dicen de mi valentía? ¿Qué de mis hazañas y de mi cortesía? ¿Qué se platica del asunto que he tomado de resucitar y volver al mundo la ya olvidada orden caballeresca?».

Y Sancho responde, señalando al redentor su soledad:

El vulgo tiene a vuestra merced por grandísimo loco […]. Los hidalgos dicen que no conteniéndose vuestra merced en los límites de la hidalguía se ha puesto Don y se ha arremetido caballero con cuatro cepas y dos yugadas de tierra y con un trapo atrás y otro adelante. Dicen los caballeros que no querrían que los hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y tomas los puntos de las medias negras con seda verde.20

Nadie aprueba. Nadie se muestra satisfecho. Pero ninguna otra cosa es posible, porque él sólo expresa su propia fiebre, su íntima voluntad de locura. Cuando el conflicto es verdadero, todo empeora con su intervención.

Por amor de Dios, señor caballero andante [le pedirá el mozo Andrés] que si otra vez me encontrare, aunque me vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi desgracia, que no será tanta que no sea mayor la que me vendrá de su ayuda de vuestra merced. 21

La intención no lo es todo, y poco puede esperarse de un empeño en desajuste con las realidades. Cierto que «maguer que sandeces le tengan el cerebro en derrumbe», nadie podrá reprochar a don Quijote obras viles. Pero eso no basta. ¿Qué importa que el perseguido del sabio Frestón quiera hacer el bien, si de ello sólo obtienen las víctimas el agudizamiento de sus males? Mejor sería que el hidalgo pobre, reconociendo el territorio en que se mueve, tomase para sí la laboriosa porción que le corresponde en un mundo en el que el trabajo es ya la buena receta contra los encantadores.

«Yo apostaré [dice la Sobrina suelta de lengua] que si quisiera ser albañil, que supiera fabricar una casa como una jaula». Pero trabajar es verbo que no entra en el vocabulario de un hidalgo. Y la respuesta viene, con esa es-no-es irónica manera de Cervantes: «Yo te prometo, sobrina, respondió don Quijote, que si estos pensamientos caballerescos no me llevasen tras sí todos los sentidos, que no habría cosa que yo no hiciese, ni curiosidad que no saliese de mis manos, especialmente jaulas y palillos de dientes.

Con ironía o sin ella, lo que estorba a la realización de buenas, simples obras concretas, es la presencia de esos pensamientos caballerescos que intoxican al hombre hasta hacerle llegar en ocasiones a extremos increíbles. ¿No había sucedido en el sitio de Harlem que los «señores soldados» se negaron a hacer obras de atrincheramiento por considerar que se habían alistado solamente para combatir y que era indigno de hidalgos remover la tierra?

Sobre los estómagos vacíos, cerebros llenos de aire. De ahí vienen todos los males de España.22 El mundo es teatro; la vida es sueño, como sabrá reflejar en la gran pieza filosófica de la literatura dramática española ese Pedro Calderón que aún es un niño. Y si el teatro del mundo y el sueño de la vida son amargos, queda el refugio de la fantasía.

Es inútil que Huarte insista en que «la verdad no está en boca del que afirma, sino en la cosa de que se trata, la cual está allí, gritando y llamando al hombre para mostrarle el ser que naturaleza le ha dado y el fin para que ha sido creada». Frente a la prédica del Examen de ingenios, don Quijote erguirá la postura antiexperimental aprendida en su celada: «Yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada».

Y porque los españoles, huyendo de encararse con los hechos, prefieren refugiarse en lo utópico, durante mucho tiempo sus lecturas preferidas han sido las de las novelas de caballerías, «sueños contados por hombres despiertos, o por mejor decir, medio dormidos»; y las novelas pastoriles que permiten olvidar los campos estériles y abandonados bajo el sol. Quijotismo, también: alma sonámbula destinada a resolverse en esas aventuras de encrucijadas que nunca llegan a ser aventuras de ínsulas, y «en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos», cuando se cree que es posible acometerlas con oxidadas armas, sólo porque éstas sirvieron al abuelo Gutierre Quijada para vencer, en Borgoña, a los vástagos del conde de San Polo.

V

Alguna vez alguien comprendería la aventura audaz que había sido dar a la estampa Don Quijote de la Mancha y recordaría que al juzgar hombre y libro no es posible olvidar que los vínculos que obligaban al autor, como súbdito y como cristiano, aumentan el valor espiritual de su libertad y la densidad humana de su crítica.23

Sin las precauciones, todo se habría perdido. A pesar de ellas, y aunque no sean capaces de otearle al fustazo toda la dimensión, muchos resienten el ataque. Alguien, en el prólogo de la apócrifa continuación de la novela, tras arrojarle al rostro las estancias carcelarias, no vacilará en decir que el autor, el de las cicatrices de Lepanto, tiene «más lengua que manos». Y Lope escribirá en el pórtico de El desconfiado unas líneas venenosas, insinuando que Cervantes desprecia todas las gallardías morales:

Ríense muchos de los libros de caballerías […] y tienen razón si les consideran por la exterior superficie […] pero penetrando los corazones de aquella corteza, se hallan todas las partes de aquella filosofía, a saber, natural y moral. La más común acción de los caballeros andantes, como Amadís, el Febo, Esplandián y otros, es defender cualquier dama por obligación de caballería necesitada de favor, en bosque, selva, montaña o encantamiento. Y la verdad de esta alegoría es que todo hombre docto está obligado a defender la fama del que padece entre ignorantes que son tiranos, los monstruos de este libro de la envidia humana, contra la celestial influencia que acompañó al trabajo y el vigilante estudio de cuanto es honesto. 24

La corriente crecerá y marchará por el tiempo hasta llegar a la acusación de Byron, sin dejar de pasar por ese Juan Maruján o ese Pepe Carrillo que habría de dedicar al autor de Don Quijote un romance tan malo de intención como de forma, llamándole traidor a la patria:

Aplaudió España la obra
no advirtiendo, inadvertidos,
que era del honor de España
su autor verdugo y cuchillo.

Contando allí vilipendios,
de la nación repetidos,
de ridículo marcando
de España el valor temido
[…]
Y esta es la razón por qué
fueron tan bien recibidos
estos libros en Europa
reimpresos y traducidos…25

Al iniciarla, Miguel de Cervantes sabe que sólo el andar con pies de plomo puede salvar la obra escondida tras la sátira a los libros de caballerías. Y la construye de modo que pueda salir intacta de las cribas inquisitorias.

No le cuesta mucho trabajo, porque ha aprendido el esguince y hasta la brocha gorda de la adulación. Pero chasquea la lengua divertido mientras coloca bajo apariencias inofensivas el contrabando demoledor: los comentarios zorrunos sobre los ermitaños, las alusiones a los graves eclesiásticos que se sientan a la mesa de los príncipes, los vapuleos a la dignidad clerical, y las censuras a la justicia en compraventa y a la burocracia corrupta y la hedor moral de una sociedad en la que «tan necesario es el oficio de alcahuete» que por alcahuete limpio, como dice el capítulo maravilloso de los galeotes, nadie merecería ir a bogar a galeras «sino a mandallas y a ser general de ellas».

Aguza mucho el ingenio para dejar dicho lo que quiere porque, como le aconsejara Urganda la Desconocida, no escribe para entretener doncellas, sino para ganarse la posteridad aniquilando con un libro la actitud ante la vida que su pueblo simboliza en esa hora. Y de paso, como quien no quiere la cosa, para mostrar a los que vengan más tarde cómo se escribe la más grande novela social de todos los tiempos a la vez que se dona a una lengua el nombre propio.

Y si en esa tarea gigantesca silencia algo, eso no le menoscaba el mérito. Porque como uno de los perros famosos de sus Novelas ejemplares, si no se maravilla de lo que habla, espántase de lo que deja de hablar.

La aventura es difícil. Difícil por fuera, como bien pueden verlo todos. Pero también, como sólo él sabe, muy difícil por dentro.

«Hay un constante dualismo [dice Justo de Lara], un contraste extraño y único en la historia literaria, entre lo que Cervantes creía y lo que sentía, entre lo que realizaba despiadadamente su juicio y lo que sus sentimientos le arrastraban a escribir».

Es que algunas cosas duelen y no es posible dejar de sentir la nostalgia de ellas. Cuando se es un hidalgo enfermo, viejo y pobre como el que se pinta, cuando se es un español de los que se fustigan, cuando se hace la sátira del sueño propio, cuando se forma parte del mundo que se deshace, cuando la gloria que fue nuestra se nos cuaja deshecha entre las manos, es ya mucho verse y verlo todo con claridad, como con los ojos de un extraño. Pero no es posible dejar de sentir melancolía.

Miguel de Cervantes, además, no es un revolucionario. Él no ha roto amarras con lo que le circunda. Siéntese tan parte como juez y la suya es una dramática dualidad constantemente evidenciada: la dualidad que existe entre don Quijote y Sancho; la tallada en el propio don Quijote, quien al hablar es «concertado, elegante y bien dicho» mientras que al actuar es siempre «disparatado, temerario y tonto»; los dos puntos de vista que son posibles en cada personaje, en cada episodio del libro; el reniego de paternidad que encabeza la obra y el encariñamiento indudable que a lo largo de ella va experimentado el autor hacia su protagonista, a quien sin embargo no salva; la tristeza y la risa que pasan alternándose y fundiéndose, la ternura y la ira que mojan este libro entre los libros, son Lepanto y la muerte de Gaspar de Ezpeleta: esos dos destinos sin parentesco, esas dos horas de gloria y de miseria, esa dualidad vital que crucificó, hace tres siglos, una inteligencia clarísima, capaz de amar y de condenar con los ojos más veraces que ningún novelista haya poseído. Porque Balzac se le acerca, pero Balzac no es Cervantes. Ni por genio artístico, ni por hondura humana, ni por gracia, ni por bondad.

Supervivencia de Sancho

I

«Llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir», decía Cervantes cuando ya agonizaba.

Al final de su senda, don Quijote lleva la muerte sobre el deseo que tiene de morir. Sabe el hidalgo que los caballeros andantes y el mundo en que ellos fueron han perecido y así lo reconoce sin grandeza cuando, en lugar de volver por su honra a lo Amadís, pide a don Álvaro de Tarfe testimonios ante alcaldes.26 Es la admisión del ordenamiento social existente, su acatamiento; el oscuro, vencido final del luchador iluso.

No va el hidalgo vencedor de sí mismo, como Sancho cree, sino deshecho interiormente por la derrota. Y por eso comete esa, su última locura, la cuerda, la mayor de todas en las que puede incurrir un hombre: la de dejarse morir sin que nadie le mate ni otras manos le acaben sino las de la melancolía.

En un lugar de la Mancha un hombre débil, lleno de impulsos en frustración eterna, un hombre que por vuelto al pasado ha sido inepto para verificar su destino, se encuentra de golpe frente a la verdad: una verdad cruenta, de equivocación trágica, a la que sólo había sido posible escapar saliéndose por puertas de locura. Es el encuentro de don Quijote con la historia. Alonso Quijano se siente destruido por ella y sin fuerzas para abordarla con ficciones. «En trances como éste [dice] no se ha de burlar el hombre con el alma».

Con una profunda dulzura, con una mano tierna como de mujer, con una piedad infinita por el héroe de quien ha hecho un símbolo de la terrible dolencia patria, Miguel de Cervantes llega al desenlace.

El último capítulo del libro es como un crepúsculo. Fuera, llanos y silenciosos, se extienden los campos de la Mancha. Dentro, un hombre se retracta de la razón de su vida, reniega de su fe, arroja lejos su esperanza. Alonso Quijano, como alguna vez alguien le dijera en el palacio de los Duques, reconoce que no hay gigantes en España, ni malandrines manchegos. El hombre que no hubiese dicho una mentira así lo asaeteasen, confiesa haber vivido inmerso en una mentira gigantesca. Y sabe que en el fondo de sí mismo, nunca lo ignoró.

Es la verdadera entrega de sus armas, el definitivo rendimiento, la confesión que ha de hacer toda España para poder enterrar sus fantasmas delirantes: «Perdóname amigo [dice a Sancho el hidalgo] de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo».

Porque lo peor ha sido el poder contagioso de su locura. Se lo había dicho una vez un castellano en Barcelona: «Tú eres loco, y si lo fueras a solas y dentro de las puertas de tu locura, fuera menos mal; pero tienes propiedad de volver locos y mentecatos a cuantos te tratan y comunican.27 Lo que obliga a que la retractación tenga que ser pública y especialmente enderezada a los inficionados por su mal.

Pero al no haber caballeros, al no existir quienes se lancen a combatir por los fueros de la hermosura y de la justicia, ¿qué es lo que queda? Nada para los Alonso Quijano. Nada para la España quijotesca, sino la muerte. Porque los venteros han ganado la pelea y el mundo es ya de los mercaderes que comienzan a prestar dinero a los nobles y a condicionar la conducta de éstos, como don Quijote bien sabe.

Por eso fue él, él en persona, quien epilogó las bodas de Camacho aconsejando a Basilio que atendiese a granjear su hacienda por medios lícitos e industriosos, dejándose de ejercitar las habilidades que sabía, «que aunque le daban fama no le daban dineros». Por eso fue él, el declinante don Quijote de la segunda parte del libro, quien pagó cincuenta reales por una barca hundida, eludiendo la riña con sus propietarios.

Porque es mucho intentar varias veces el rescate del mundo y fracasar siempre. Es mucho salir a caballo con escudero y con lanza y regresar como un fardo sobre una carreta. Es mucho salir a desfacer entuertos y acumular molimientos y palos.

Ya tiempo antes de morir y de ser vencido, ventas y no castillos son las ventas para el hidalgo. Y cuando en una postrera ráfaga entusiasta las aceñas parecen fortalezas, es apenas como favor a cambio de paga como se demanda la libertad de los presuntos cautivos. Y Alonso Quijano baja la cabeza y sigue andando, cuando el enemigo rehúsa: «Amigos, cualesquiera que seáis, que en esa prisión quedáis encerrados, perdonadme, que por mi desgracia y por la vuestra no os puedo sacar de vuestra cuita».

Yo no puedo más, confiesa. Yo no puedo más.

Todavía entonces la ilusión se obstina en vivir: «Para otros caballeros debe estar guardada y reservada esta aventura». Mas la copa de acíbares se desborda cuando vence el de la Blanca Luna. Ya no es posible prometer salir a la defensa de los cristianos esclavizados en Berbería. Él es el vencido, el derribado, el que no ha de tomar las armas en un año. Nada puede ofrecer y de nada puede alabarse el caballero a quien más convendría usar la rueca que la espada.

Mejor habría sido morir, porque no es bien que la flaqueza del brazo defraude la verdad: Dulcinea del Toboso sigue siendo la más hermosa mujer del mundo, y el que no ha sabido sustentarlo así victoriosamente contra todos, es la más desdichada criatura de la tierra. «Aprieta, caballero la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra».

Pero ¿y si Rocinante hubiera sido más fuerte? ¿No tendrá Rocinante la culpa de lo acontecido? Pero ahí está Sancho, justo y lleno de ruda franqueza, el Sancho que no pudo contestar a Felipe II la frase famosa sobre la Armada Invencible y los elementos naturales: «La culpa del asno no se ha de echar sobre la albarda; y pues deste suceso vuestra merced tiene la culpa, castíguese a sí mismo, y no revienten sus iras por las ya rotas y sangrientas armas, ni por las mansedumbres de Rocinantes».28

Cada uno es artífice de su ventura. Y él no ha sabido tener la prudencia necesaria para construir la suya. Si se atrevió, si hizo lo que pudo, lo que supo, ni se atrevió ni pudo ni supo bien. Y será ley que se mortifique a sí mismo declarando que es adecuado castigo del cielo «que a un caballero andante vencido le coman adivas y le piquen avispas y le huellen puercos»29.

Miguel de Cervantes conoce lo que espera a la España del empecinamiento heroico y no escatima amarguras a su héroe. En su última hora, don Quijote, tras abominar de Amadís y de la infinita caterva de su linaje, llama a su lado al Bachiller y al Cura y al Barbero. Y muere de una triste muerte merecedora del elogio de un escribano.

Había salido de su patria, empeñado su hacienda, dejado su regalo y entregándose en los brazos de la Fortuna para que ésta lo llevase donde más fuese servida. Había querido resucitar la ya muerta andante caballería. Había andado muchos días tropezando aquí, cayendo allí, despeñándose acá, levantándose acullá 30. Había querido socorrer viudas, amparar doncellas y favorecer casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural oficio de caballeros andantes. Y de todo eso, por no haber sabido distinguir de sones y entender si eran de batanes o no, sólo quedaba polvo y frustración.

Disparates y embelecos toda la ilusión de una vida. Disparates y embelecos todo el titánico esfuerzo de una vida. ¿Qué, sino tenderse de largo a largo en el lecho y dejarse morir? Con ello, al menos, puede conseguirse algo en el último instante: evitar que alguien, contra todos los fueros de la muerte, le quiera llevar a tercera jornada y salida nueva.

No por Alonso Fernández de Avellaneda, natural de Tordesillas, harto minúsculo para marcar la clausura de un libro universal. No por esa muerte literaria por celos que Thomas Mann, en un increíble extravío de su sensibilidad finísima atribuye a Cervantes sólo porque este mismo parece sugerirlo así en su epílogo,31 sino por algo mucho más profundo: porque para que el quijotismo muera, don Quijote ha de morir.

De otro modo, habría aventuras pastoriles. Y al cabo de trescientos sesenta y cinco largos días de prohibición, acaso reincidencias caballerescas. Don Quijote tiene que recobrar la razón y que morir al recobrarla, porque don Quijote cuerdo nunca existió y porque es hora de que don Quijote loco deje de existir.

Es injusto dolerse de ello y hacer al autor reproches a lo Lope. Don Quijote de la Mancha, más que la pintura trágica del espíritu humano estrellado contra la realidad, es la explicación misma de ese hecho en función de un lugar y de una circunstancia. Y entiende mancamente la obra quien pierda esto de vista a pesar de haber construido Cervantes un cuadro de vida colectiva, nacional, tan vigoroso como el que construyó.

Por ese cuadro, verdadero protagonista, es que don Quijote tiene que morir. Porque la lanza del hidalgo constituye un anacronismo en él. Si Alonso Quijano fuese a secas el canto a las alas del corazón, la encarnación de la luz, el ímpetu justiciero en armas, el Cristo a la jineta de quien alguien hablara; si don Quijote fuese lo bello y lo noble, lo grande y lo verdadero concebidos en abstracción de todo tiempo y de todo territorio, al devolverle la cordura, al hacerlo retractarse en la hora de su muerte, Miguel de Cervantes habría escrito un libro reaccionario y desalentador.

Y si Cervantes lo hace retractarse y morir es por todo lo contrario. Para enterrar con él los ilusorios mirajes redentores, los rescates de vuelta al pasado; para esparcir en el viento el polvo de ideales sin vigencia histórica; para decir a un pueblo demasiado adicto a las Coplas de Jorge Manrique que no todo tiempo pasado fue mejor. O que lo mejor no está en intentar salidas de retorno a ese tiempo pasado.

II

Quien ha de sobrevivir es ese Sancho que Miguel coloca a la vera de su hidalgo como complemento indispensable, porque cada vez que el ideal ha hecho cruzadas en España, tras él se ha ido el pueblo con una credulidad sin límites.

Siempre fue así y ahora, cuando la catástrofe apunta, anda el pueblo creyendo en Eldorados, en la magia de Indias, en las tierras fantásticas donde hay fuentes de juventud eterna y donde las pepitas de mineral riquísimo se recogen del suelo como castañas maduras.

Con eso es con lo que se responde al pobre, cada vez que el pobre reclama en la España misérrima un pequeño sustento seguro. ¿Salario, Sancho? ¿Salario quieres, cuando se te promete una ínsula?

Vuelve las riendas o el cabestro al rucio, y vuélvete a tu casa, porque un solo paso desde aquí no has de pasar conmigo. ¡Oh pan mal reconocido! ¡Oh promesas mal colocadas! ¡Oh hombre que tiene más de bestia que de persona! ¿Ahora, cuando yo pensaba ponerte en estado y tal, que a pesar de tu mujer te llamaran señoría, te despides? ¿Ahora te vas, cuando yo venía con intención firme y valedera de hacerte señor de la mejor ínsula del mundo? 32

Sancho se queda, sintiendo que ha eludido milagrosamente el pecado de la más negra ingratitud. Todo lo que se le pide es fe y abnegación para el esfuerzo. La comida es poca, el vino escasea, los colchones son peñas, pero tras todo eso está la recompensa increíble: el condado en el reino de Micomicona o el gobierno de Barataria.

«Calla Sancho […] que las ínsulas están allá dentro de la mar, que no hay ínsulas en la tierra firme». Pero quien lo dice se equivoca. Cosas más imposibles han visto con sus ojos y han tenido en sus manos los que retornan de la América. España puede hasta descubrir Nuevos Mundos. Ciego será el labrador que no deje la azada para irse tras el señor invencible. Ese caballero tiene mil nombres que la historia ha registrado: Gonzalo Hernández de Córdoba, «el cual por sus muchas y grandes hazañas mereció ser llamado el Gran Capitán, renombre famoso y claro, y dél sólo merecido»; o Diego García de Paredes, «valentísimo soldado, y de tantas fuerzas naturales, que detenía con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia». 33 O también —¿por qué no?— Cirongilio de Tracia. O don Quijote de la Mancha.

Verdad y prodigio son una misma cosa. Y el Sancho de buen sentido y a quien la necesidad inclina a codicioso, no deja de ser hombre de vuelo lírico. Ama la bota de buen vino y la hogaza de pan. Pero hay también para él, en el cielo, cabrillas como alhelíes, como flores, bien diferentes a las terrenas: las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules, la una de mezcla… Y le atraerá tanto el espacio anchuroso de los sueños que, a un paso de esa recompensa por la que todo lo ha arriesgado, levantará su aspiración de desasimiento y poesía: «Si vuestra merced fuese servido de darme una tantica parte del cielo, aunque fuese más de media legua, la tomaría de mejor gana que la mayor ínsula del mundo». 34

Esto explica que siga al hidalgo. Como Turgueneff ha dicho, la esperanza de ganancias y de mejores ventajas no bastan a justificar su lealtad:

En Sancho Panza hay demasiado buen sentido, sabe muy bien que excepto palizas, el escudero de un caballero andante apenas nada puede esperar. La causa de su lealtad se debe buscar más adentro; está arraigada, si así puede decirse, en la feliz facultad de las masas para cegarse honradamente […]. Condición grande, universalmente histórica. 35

Harto mejor haría él en volverse a su casa y en sustentar a la mujer y a los hijos con lo que Dios fuese servido de darle, en lugar de andarse tras el caballero por caminos sin camino, bebiendo mal y comiendo peor. Pero algo se lo impide y lo ata y lo obliga a continuar. Después de todo él se merece una ínsula tan bien como otro cualquiera y Alonso Quijano es su única esperanza de hallarla.

Le sigue además porque el mensaje del caballero es generoso y porque en el amo no cabe la maldad: «Un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón y no me amaño en dejarle, por más disparates que haga». Sabe Sancho que su hidalgo lo necesita. Si Sancho desertase, ¿quién sería capaz de prestar oídos a quien habla de desfacer entuertos y enderezar agravios? Loco es don Quijote, pero loco bizarro; disparates hace, pero disparates desinteresados. Terrible sería su soledad si el escudero le dejara, como no dejó de sentir cuando Sancho se marchó a Barataria. Y por otra parte, ¿por quién puede Sancho dejar a don Quijote? ¿Por el Cura? ¿Por los Duques? ¿Por el Bachiller?

Sancho sabe bien que el mentecato de su amo tiene más de loco que de caballero. Pero en suma él y el hidalgo están tallados en una misma turquesa. Él no puede renegar de don Quijote. Y si por ir atenido a promesas vanas parece más loco, menguado y mentecato que su amo, hasta el punto de que otros sospechen que no es bueno para gobernar, bien pueden retirarle la ínsula ofrecida. Por discreto hará él que no se le dé nada lo que se le quita por tonto.36

Pensar en deserciones sanchescas es pensar en lo excusado. «Si yo fuere discreto, días ha que había haber dejado a mi amo; pero esta fue mi suerte y esta mi malandanza: no puedo más, seguirlo tengo, somos de un mismo lugar, he comido su pan, quiérole bien, es agradecido, diome sus pollinos, y sobre todo yo soy fiel...».37

Sólo que las cosas están llegando a mucho. Es Sancho y no el hidalgo el desfacedor de entuertos. La mala actividad de los encantadores se obstina en enderezarse contra el escudero. Sancho ha de subir a Clavileño y de andar volando por los aires para que se descañonen las mejillas de unas dueñas que ni le van ni le vienen y con las que, como con todas las dueñas en general, simpatiza muy poco. Sin que se le ofrezca a cambio ni una canasta de ropa blanca, han de ser sus azotes los que desencanten a Dulcinea. Y por último, sobre sus cardenales y pellizcos ha de ir la resurrección de Altisidora. «No tienen más que hacer sino tomar una gran piedra y atármela al cuello, y dar conmigo en un pozo, de lo que a mí no me pesaría mucho, si es que para curar los males ajenos tengo yo de ser la vaca de la boda».

Así ha tenido que pagar con su vino y con su trigo y con su propia piel los gloriosos preparativos, culminados en desastre, para el dominio del mundo; y las religiosísimas campañas extirpadoras de infieles, dentro o fuera de la Península: y el boato de la plaga de grandes que rodea al monarca; y las acaparadoras exigencias de la Iglesia. Como si todo lo bueno dependiese de la mortificación de su carne y como si fuese bueno cuanto redundase en su perjuicio.

Lo peor es que se da cuenta: «Si va decir la verdad, yo no me puedo persuadir de que los azotes de mis posaderas tengan que ver con los desencantos de los encantados».

Pero aunque de otro modo fuese, nada gana él con ello. Brega España y medran los favoritos. Mientras se habla de arremeter contra gigantes, Micomicona dispensa sus favores a don Fernando.

Si al cabo de haber andado caminos y carreras, y pasado malas noches y peores días, ha de venir a coger el fruto de nuestros trabajos el que se está holgando en esta venta, no hay para qué darme prisa a que ensille a Rocinante, albarde el jumento y aderece el palafrén, pues será mejor que nos estemos quedos y cada puta hile, y comamos.

Humildes son los villanos y muy convencidos viven de la superioridad de los caballeros. Pero las flaquezas de éstos comienzan a ser demasiado evidentes. «Los caballeros andantes huyen y dejan a sus buenos escuderos molidos como alheña o como cibera en poder de sus enemigos».38

Una vez, cuando el manteamiento, había podido discutirse si había habido o no encantos, si se trataba de fantasmas y cosa de otro mundo o de segovianos, cordobeses y sevillanos como los demás. Pero no hay duda posible en la aventura del rebuzno: cuando el valiente huye, la superchería está descubierta.

A la fe, señor nuestro amo [dice Sancho], el mal ajeno de pelo cuelga, cada día voy descubriendo tierra de lo poco que puedo esperar de la compañía que con vuesa merced tengo, porque si esta vez me ha dejado apalear, otra y otras ciento volveremos a los manteamientos de marras. 39

Sobre todo esto hay, como agravante, que el bálsamo de Fierabrás, los remedios sobrenaturales, sólo a los armados caballeros aprovechan. Y no se ve clara la razón por la que han de ser picados de moscas, comidos de piojos y embestidos por el hambre los escuderos de los caballeros vencidos. «Si los escuderos fuéramos hijos de los caballeros a quien servimos o parientes suyos muy cercanos, no fuera mucho que nos alcanzara la pena de sus culpas hasta la cuarta generación. Pero ¿qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?».40

¿Qué tiene que ver?

Es la más grave de todas las preguntas estampadas en el libro cervantino. Sancho todavía no lo comprende. Todavía no ve que su rucio sigue el itinerario que marca Rocinante. Aspira a los condados que el hidalgo anuncia y se queja de encontrar ladrillazos y palos. Cierto es que nunca le tomaron a don Quijote la medida de las espaldas que no se la tomasen a él de todo el cuerpo. Pero también dice verdad don Quijote cuando afirma que si Sancho fue manteado una vez, a él lo han molido ciento.41

Sin embargo, no corre por ambos una misma suerte, aunque amo y criado parezcan ser como cabeza y miembros de un mismo cuerpo. La cabeza puede estar tranquila detrás de las bardas, sin sentir dolor alguno, mientras que al escudero lo mantean como a miembro, haciéndolo volar por los aires. Cuando un cabrero osa poner las manos insolentes sobre el señor, Sancho debe y puede terciar en la pelea. Pero si el criado es agredido, tendrá que arreglárselas solo, porque el caballero no puede poner mano a la espada contra gente escuderil.

Una zanja se extiende entre los dos destinos. Una zanja que ha de ser cada día más ancha y más profunda. Para que Sancho llegue a descubrirlo, es que lo deja con vida Miguel de Cervantes.

Una honda transformación de las relaciones humanas asoma en el mundo en los instantes en que el ex soldado de Lepanto decide producir su obra maestra. Muchos años más tarde, más de dos siglos después, un alemán llamado Carlos Marx, devoto del Quijote, diría que «una de las características de la Revolución consiste en el hecho de que el pueblo, precisamente en el momento en que se dispone a dar un gran paso adelante y empezar una nueva era, cae bajo el poder de las ilusiones del pasado». Aunque Miguel no piensa exactamente eso, su intuición panorámica le dice que Sancho, tras irse en pos del jubilado ideal caballeresco, ha de buscar por sí mismo su ruta, ya sin los espejismos de locura de su amo, ya escarmentado de ínsulas regaladas por Duques, ya sin ansia de condados trepadores, ya sin codicias de negrero y sin ilusiones pastoriles.

¿Cómo? ¿Cuándo? Miguel de Cervantes no lo avizora, ni a pesar de ser tan grande inventor de fantasías puede sospecharlo. Él nace en 1547 y muere en 1616 y no sabe leer en los astros las señales de los tiempos futuros. Pero cree en el mañana, y sabe que lo mismo que tiene que ser enterrado don Quijote, para que los viejos sueños desaparezcan, Sancho ha de sobrevivir. Porque ya en los días en que él escribe, en el escenario de España —del mundo— don Quijote es un ocaso y Sancho un sendero. Crepúsculo y amanecer, tumba y nacimiento, despedida y arribo, fluir perpetuo y eterno renovarse de todo lo que vive.

Cuando Cervantes lo abandona a su suerte, Sancho cree aún, como los Duques quisieron que creyera, que no es bueno para gobernar, como no sea un hato de ganado. Pero está ya tocado por la gracia quijotesca que sólo en él podrá tener justas realizaciones. Con ella se echará a andar, esta vez por caminos con camino, para liberar a menesterosos y opresos de los mayores.

Y ya no se tratará de galeotes.

La Habana, abril, 1948.

  • (1) Don Quijote, II, XXIV. volver
  • (2) Don Quijote, II, XLV. volver
  • (3) Don Quijote, II, XLIV. volver
  • (4) Don Quijote, II, XLIV. volver
  • (5) Don Quijote, II, LI. volver
  • (6) Don Quijote, II, LXXIII. volver
  • (7) Don Quijote, II, LVII. volver
  • (8) Justo de Lara, «Cervantes y El Quijote», en El libro y la época, cap. III. Cuadernos de Cultura, Ministerio de Educación, Serie 7, n.º 2. volver
  • (9) Don Quijote, II, XV («No pienses que puesto quedamos de esta pendencia molidos quedamos afrentados, porque las armas que aquellos hombres traían, con que nos machacaron, no eran otra que sus estacas…»). volver
  • (10) Don Quijote, II, XII. volver
  • (11) Karl Vossler, Introducción a la literatura española del Siglo de Oro. Colección Austral, Buenos Aires, 1945. volver
  • (12) Valdría la pena ahondar en la cuestión, dada la reconocida crisis de los quehaceres dramáticos en los días que corren. volver
  • (13) María Zambrano. «La mirada de Cervantes», en Asomante, n.º 3, 1947, Puerto Rico. volver
  • (14) Una Real Cédula de 4 de abril de 1531 prohibió el envío de novelas caballerescas a América. En resolución de 29 de septiembre de 1543, la Real Audiencia de Perú recalcó y explicó los motivos de la prohibición. volver
  • (15) M. Menéndez y Pelayo, Cultura literaria de Miguel de Cervantes y elaboración de ‘El Quijote’. Colección Austral, Buenos Aires, 1942. volver
  • (16) «El Renacimiento había abierto nuevos rumbos a la actividad humana; se había completado el planeta con el hallazgo de nuevos mares y de nuevas tierras; la belleza antigua, inmortal y serena había resurgido de su largo sueño, disipando las nieblas de la barbarie; la ciencia experimental comenzaba a levantar una punta de su velo; la conciencia religiosa era teatro de hondas perturbaciones y media Europa lidiaba contra la otra media. Con tales excelsos motivos históricos como el siglo xvi presentaba, ¿cómo no habían de parecer pequeños en su campo de acción, pueriles en sus medios, destinadas en sus fines, las empresas de los caballeros andantes? Lo que había de alto y perenne en aquel ideal necesitaba regeneración y transformación; lo que tenía de transitorio se caía a pedazos, y por sí mismo tenía que sucumbir, aunque no viniesen a acelerar su caída ni la blanda y risueña ironía de Ariosto, ni la parodia ingeniosa y descocada de Teófilo Florengo, ni la cínica y grosera caricatura de Rabelais, ni la suprema y trascendental síntesis humorística de Cervantes». Duraban todavía en el siglo xvi las costumbres y prácticas caballerescas, pero duraban como formas convencionales y vacías de contenido. Los grandes monarcas del Renacimiento, los sagaces y expertos políticos adoctrinados con el Breviario de Maquiavelo, no podían tomar en serio la mascarada caballeresca. Francisco I y Carlos V, apasionados lectores del Amadís de Gaula uno y otro, podían desafiarse a singular batalla, para tan anacrónico desafío no pasaba de los protocolos y de las intimidaciones de los heraldos, ni tenía otro resultado que dar ocupación a la pluma de curiales y apologistas. En España los duelos públicos y en palenque cerrado habían caído en desuso mucho antes de la prohibición del Concilio Tridentino; el famoso de Valladolid en 1522, entre don Pedro de Torrelas y Don Jerónimo de Ansa fue verdaderamente el postrer duelo de España. Continuaron las justas y torneos, y hasta hubo cofradías especiales para celebrarlos, como la de San Jorge y Zaragoza; pero aun en este género de caballería recreativa y ceremoniosa se observa notable decadencia en la segunda mitad del siglo, siendo preferidos los juegos indígenas de cañas, toros y jineta que dominaron en el siglo xvii». La supervivencia del mundo caballeresco era de todo punto ficticia. Nadie obraba conforme a sus vetustos cánonces: ni príncipes ni pueblos. La historia actual se desbordaba de tal modo, y era tan grande y espléndida, que forzosamente cualquier fábula tenía que perder mucho en el cotejo» (M. Menéndez y Pelayo, ob. cit.). volver
  • (17) Américo Castro. «La palabra escrita y El Quijote», en Asomante, n.º 3, 1947, Puerto Rico. volver
  • (18) Américo Castro, ob. cit. volver
  • (19) «Hay un abismo profundo, insondable, entre las Gestas y las Crónicas, hasta cuando son más fabulosas, y el libro de caballerías más sencilla» (M. Menéndez y Pelayo, ob. cit.). volver
  • (20) Don Quijote, II, II. volver
  • (21) Don Quijote, I, XXXI. volver
  • (22) Don Quijote, II, I. volver
  • (23) Thomas Mann, Cervantes, Goethe y Freud. Losada, Buenos Aires, 1943. volver
  • (24) Adolfo de Castro, citado por Justo de Lara, «Cervantes y El Quijote», en El libro y la época, cap. IX. volver
  • (25) Justo de Lara, «Cervantes y El Quijote», en El libro y la época, cap. VII. volver
  • (26) Don Quijote, II, LXXII. volver
  • (27) Don Quijote, II, LXII. volver
  • (28) Don Quijote, II, LXVI. volver
  • (29) Don Quijote, II, LXVIII. volver
  • (30) Don Quijote, II, XVI. volver
  • (31) Thomas Mann, ob. cit. volver
  • (32) Don Quijote, II, XXVIII. volver
  • (33) Don Quijote, I, XXXII. volver
  • (34) Don Quijote, II, XLII. volver
  • (35) Turgueneff, Hamlet y don Quijote. volver
  • (36) Don Quijote, II, XLIII. volver
  • (37) Don Quijote, II, XLIII. volver
  • (38) Don Quijote, II, XXVIII. volver
  • (39) Don Quijote, II, XXVIII. volver
  • (40) Don Quijote, II, XLVIII. volver
  • (41) Don Quijote, II, II. volver
  • (42) volver
  • (*) Tomado de Mirta Aguirre, «El hidalgo Cervantes y el hidalgo Quijano», en Un hombre a través de su obra: Miguel de Cervantes Saavedra, Sociedad Lyceum, La Habana, 1948. volver
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