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El «Quijote» en América

La Pedagogía del Quijote

Por Blanca Toro*

En el Quijote cada uno ve lo que le gusta según las disposiciones de su espíritu.

B. Ibeas

Es un libro para todas las edades, condiciones y países; se adapta a todas las mentalidades. Y si se comparan las circunstancias en que fue escrito, la admiración aumenta pues tuvo como horizonte un calabozo y por autor un preso, hubiera éste podido escribir una obra pesimista, llena de quejas contra los hombres y la fortuna. ¿Por qué este contraste? Shakespeare su contemporáneo hizo pasar su amargura y las vicisitudes personales, en su obra. El carácter español es optimista porque está basado en el gran optimismo que se llama el cristianismo. Es pues la alegría sana que despierta la que lo hace adaptarse a todas las disposiciones del espíritu, pero uno de los aspectos, y no el menos interesante bajo el que puede considerarse es el pedagógico.

Fernán Estrella en su tratado de Literatura Española dice: «El Quijote es también una obra que enseña a vivir», y cita estas palabras de Menéndez y Pelayo: «Don Quijote, se educa a sí mismo, educa a Sancho y el libro entero, es una pedagogía en acción, la más sorprendente y original de las pedagogías, la conquista del ideal por un loco y por un rústico, la locura aleccionando y corrigiendo a la prudencia mundana, el sentido común ennoblecido por su contacto con el ascua viva y sagrada de lo ideal».

Los lectores todos del Quijote pueden no solamente aprender algo o mucho según su grado de cultura, sino también mejorar en algo o en mucho según su atención.

I. Don Quijote no es un simple maestro, es un educador

No se contenta con instruir a su discípulo en las diferentes ciencias que a éste le conviene conocer, sino que lo forma aprovechando de todas las oportunidades para hacerlo mejorar en todo sentido y esto por diferentes razones:

1. Por su carácter

Don Quijote tiene un ideal, condición primordial para ser verdadero educador. Será tanto mejor educador cuanto más elevado sea este ideal y con cuánta mayor firmeza crea en él pues será el que lo sostendrá en las dificultades y sinsabores de su misión. Ideal que tiene que estar basado en el completo olvido de sí por el bien que se persigue. Veamos cómo el de don Quijote tiene estas características.

Después de explicar a unos caminantes qué era lo que se proponía, agrega: «Quiero decir que los religiosos con toda paz y sosiego piden al cielo el bien de la tierra; pero los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden, defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras espadas, no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blanco de los insufribles rayos del sol en el verano y de los erizados hielos del invierno. Así que somos ministros de Dios en la tierra, y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia» (cap. XIII, 1.ª parte).

Y más tarde al capellán de los duques: «Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno» (cap. XXXII, 2.ª parte).

Y cuando la dueña Dolorida vino a pedirle que la ayudara a volver por la fama de su hija: «El remedio de las cuitas, el socorro de las necesidades, el amparo de las doncellas, el consuelo de las viudas en ninguna suerte de personas se halla mejor que en los caballeros andantes; y de serlo yo, doy infinitas gracias al cielo, y doy por muy bien empleado cualquier desmán y trabajo que en este honroso ejercicio pueda sucederme» (cap. XXXVI, 2.ª parte).

a) Es optimista. Conrespecto a las circunstancias exteriores, siempre está dispuesto a creer que haciendo lo que deben, el éxito llegará tarde o temprano y es lo que repite a Sancho continuamente: «Sábete Sancho que no es un hombre más que otro, si no pace más que otro; todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo, y, han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables; y de aquí se sigue que habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca» (cap. XVIII, 1.ª parte). Estos eran los consejos que daba don Quijote a Sancho después de la lucha con los carneros que tan caro les había costado.

Es también optimista con respecto a su discípulo. Cree en los progresos futuros y por la misma razón los adelanta. Este optimismo lo hace ser:

b) Paciente. Unoentre muchos aquel pasaje en el que queriendo enseñar a Sancho a hablar bien, éste le dijo: «Una o dos veces, si mal no me acuerdo, he suplicado á vuesa merced que no me enmiende los vocablos si es que entiende lo que quiero decir en ellos, y cuando no los entienda diga: "Sancho, o diablo, no te entiendo" y si yo no me declarare, entonces podrá enmendarme; que soy tan fóci1» y don Quijote con gran paciencia: «No te entiendo Sancho pues no sé que quiere decir tan fócil.

c) Es asequible. Puedehacerle Sancho cuantas pregunta necesita pues por una parte lo anima a que le consulte lo que no sabe. «Pregunta lo que, quisieres, hijo Sancho, que yo te satisfaré y responderé a toda tu voluntad» (cap. XLVIII, 1.ª parte), y por otra le contesta satisfactoriamente: «Di en buena hora, que yo responderé lo que supiere», agrega cuando Sancho quiere averiguar lo relativo a la honra de esos «julios o agostos, y de todos los caballeros añosos ya muertos» (cap. VIII, 2.ª parte).

Como se ve tampoco tiene la pretensión de hacerle creer a su discípulo que todo lo sabe: «Yo responderé lo que supiere», lo que no le hace perder en absoluto el prestigio, pues la admiración de Sancho por la ciencia de su amo se trasluce, en exclamaciones como éstas: «¡Válgame el diablo por caballero andante que tantas cosas sabe! Yo pensaba en mi ánima qué sólo podía saber aquello que tocaba a sus caballerías, pero no hay cosa donde no pique y deje de meter su cucharada» (cap. XXII, 2.ª parte). Y más tarde después de que don Quijote trató de calmar a los del pueblo del rebuzno: «El diablo me lleve, si este mi amo no es tólogo; y si no lo es, que lo parece como un huevo a otro».

d) Es un gran psicólogo. Tomaa su discípulo tal como es para llevarlo a lo que debe ser, como lo revelan las palabras a los duques, al hablar de Sancho: «Por otra parte, quiero que entiendan vuestras señorías que Sancho Panza es uno de los más graciosos escuderos que jamás sirvió a caballero andante; tiene a veces unas simplicidades tan agudas, que el pensar si es simple o agudo causa no pequeño contento; tiene malicias que lo condenan por bellaco, y descuidos que lo confirman por bobo; duda de todo, créelo todo; cuando pienso que se va despeñar de tonto sale con unas discreciones que lo levantan al cielo. Finalmente yo no lo trocaría con otro escudero, aunque me diesen de añadidura una ciudad; así estoy en duda si será bien enviarlo al gobierno que vuestra grandeza le ha hecho merced; aunque veo en él cierta aptitud para esto de gobernar, que atusándole un tantico el entendimiento se saldría con cualquier gobierno como el rey con sus alcabalas» (cap. XXXII, 2.ª parte).

No exige esfuerzos que en el momento dado él podría dar, pero lo lleva a darlos casi espontáneamente. Algunas veces le pone delante la excelencia del ideal que persiguen: «Las heridas que se reciben, en las batallas antes dan honra que la quitan» (cap. XV, 1.ª parte). Otras le habla de la ínsula que tanto desea, o de algo mejor todavía: «Ya te he dicho Sancho que, no te dé eso cuidado alguno, que cuando faltare ínsula, ahí está el reino de Dinamarca o el de Sobradisa, que te vendrán como anillo al dedo, y más que por ser en tierra firme, te debes más alegrar» (cap. X, 1.ª parte). Otras le muestra claramente que puede pasarse sin él más bien que contravenir las órdenes de la caballería: «Mira Sancho, yo bien te señalaría salario si hubiera hallado en alguna de las historias de los caballeros andantes ejemplo que me descubriese y mostrase, por algún pequeño resquicio, que es lo que solían ganar cada mes o cada año; pero yo he leído todas o las más de sus historias y no me acuerdo haber leído que ningún caballero andante haya señalado conocido salario a su escudero; sólo sé que todos servían a merced y cuando menos se lo pensaban, si a sus señores les había corrido bien la suerte, se hallaban premiados o con una ínsula, o con otra cosa equivalente, y por lo menos quedaban con título y señoría. Si con estas esperanzas y aditamentos, vos, Sancho, gustáis de volver a servirme sean en buena hora; que pensar que yo he de sacar de sus términos y quicios la antigua usanza de la caballería andante es pensar en lo excusado; así que Sancho mío, volveos a vuestra casa y declarad a vuestra Teresa mi intención; y si ella gustare y vos gustareis de estar a merced conmigo, bene quidem y si no tan amigos como antes» (cap. VII, 2.ª parte). Otras en fin le ofrece pagarle inmediatamente para que se marche si no quiere seguir en su compañía: «Y si tanto deseáis volveros a vuestra casa con vuestra mujer e hijos, no permita Dios que os lo impida; dineros tenéis míos; mirad cuanto ha que esta tercera vez salimos de nuestro pueblo y mirad lo que podéis y debéis ganar cada mes y pagaos, de vuestra mano» (cap. XXVIII, 2.ª parte).

2. Por su sistema

a) Mezcla de fuerza y de dulzura. Practicólo que más tarde expresó con estas palabras a Sancho en vísperas de irse para la ínsula: «No seas siempre riguroso, ni siempre blando, escoge el medio entre estos dos extremos; que en esto esta el punto de la discreción» (cap, LI, 2.ª parte).

Cuando la autoridad no está comprometida es de una complacencia sin igual. Así por ejemplo cuando Sancho le pide que le ayude a subirse a un alcornoque para presenciar mejor su lucha con el Caballero de los Espejos, don Quijote hace esperar a su adversario para complacer a su escudero (cap. XIV, 2.ª parte).

Y otra vez que Sancho quería dormir: «Acomódate tú donde quisieres; que los de mi profesión mejor parecen velando que durmiendo» (cap. XI, 1.ª parte).

Cuando Sancho necesitaba desahogarse, lo comprendió don Quijote y así le dijo: «Ya te entiendo, Sancho, tú mueres porque te arde el entredicho que te tengo puesto en la lengua; dalo por alzado ydi lo que quisieres, con condición que no ha de durar este alzamiento más de en cuanto anduviéramos por estas sierras» (cap. XXV, 1.ª parte).

Pero cuado es preciso reprender lo hace con firmeza, sin embargo de manera a no desanimarlo. Por ejemplo, cuando en casa de los duques Sancho pidió al ama que le llevase su asno al corral y que ella rehusó teniendo que intervenir la duquesa para calmar la disputa entre ama y escudero, don, Quijote esperó a estar a solas con él para reprenderlo. «Y viéndose solo con Sancho le dijo: "Dime truhán moderno ymajadero antiguo; ¿parécete bien deshonrar yafrentar a una dueña tan venerada y tan digna de respeto como aquélla? Tiempos eran aquellos para acordarte del rucio o señores éstos para dejar mal pasar a las bestias tratando tan elegantemente a sus dueños. Entrena la lengua, considera yrumia las palabras antes que te salgan de la boca yadvierte que hemos llegado a parte donde, con el favor de Dios yvalor de mi brazo, hemos de salir mejorados en tercio y quinto en fama yen hacienda"» (cap. XXXI, 2.ª parte).

Por otra parte sabe disimular y pacientar cuando se da cuenta que la represión no sería bien recibida y por lo tanto contraproducente, chancea, aunque la impertinencia de Sancho hubiera merecido otra cosa, lo que no deja de producirle muy buenos resultados. Cuando después de haber sido apaleado por los del pueblo del rebuzno, dice Sancho: «... pero no he dejar de decir que los caballeros andantes huyen y dejan a sus buenos escuderos molidos como alheña o como cibera en poder de sus enemigos». Y más adelante: «... que quemado vea yo y hecho polvo al primero que dio puntada de la andante caballería, o a lo menos, al primero que quiso hacer escudero de tales tontos, como debieron ser todos los caballeros andantes pasados». Y don Quijote le contesta: «Haría yo una buena apuesta con vos, Sancho, que ahora que vais hablando sin que nadie os vaya a la mano, que no os duele nada en todo vuestro cuerpo. Hablad, hijo mío, todo lo que os viniere al pensamiento y a la boca; que a trueque de que a vos no os duela nada, tendré yo por gusto el enfado que me dan vuestras impertinencias». Como resultado, dolor y propósito de parte de Sancho. Miraba Sancho a don Quijote de hito en hito, en tanto que los tales vituperios le decía, y compungiéndose de manera que le vinieron las lágrimas a los ojos y con voz dolorida y enferma le dijo: "Señor mío, yo confieso que para ser del todo asno no me falta más que la cola; si vuestra merced quiere ponérmela, yo la daré por bien puesta y lo serviré como jumento todos los días que me queden de mi vida. Vuestra merced me perdone y se duela de mi mocedad, y advierta que sé poco, y que si hablo mucho más procede de enfermedad que de malicia; mas quien yerra y se enmienda a Dios se encomienda"» (cap. XXVIII, 2.ª parte).

Con severidad, don Quijote no hubiera obtenido esto en momentos en que Sancho estaba irritado. Sin embargo lo castiga cuando ve que es necesario, como la vez en que Sancho se burló de él porque había tomado por aventura extraordinaria un ruido producido por seis mazos de batán. Pero cuando confuso reconoce su falta y pide perdón, el educador sin volver a hacer alusión al pasado sigue como antes, generoso y complaciente, deseoso del bien de su discípulo: «... fue Sancho cabizbajo y pidió la mano a su señor, y él se la dio con reposado continente, y después que la hubo besado, le echó la bendición y dijo a Sancho que se adelantasen un poco, que tenía que preguntarle y que departir con él cosas de mucha importancia» (cap. XXX, 1.ª parte). Y eso después de haber dicho que no conocía a Dulcinea, cuando no hacía mucho había asegurado a don Quijote haberle llevado un recado de su parte.

Y aún más, varias veces en que se dejó llevar de su carácter, no vacila don Quijote en pedir perdón a su escudero: «... perdona lo pasado, pues eres discreto y sabes que los primeros movimientos no son en mano del hombre» (cap. XX, 1.ª parte). Eso después del castigo por la burla que había hecho de don Quijote. Y poco tiempo más tarde como lo había llamado traidor y blasfemo: «Ahora te disculpo y perdóname el enojo que te he dado, que los primeros movimientos no son en manos de los hombres» (cap. XXX, 1.ª parte).

No tolera en Sancho falta de energía o miedos sin razón, quiere en su discípulo virilidad, condición indispensable para hacer algo grande en la vida. Cuando subidos en un barco «encantado», se preparaba don Quijote para una de sus grandes hazañas, Sancho «comenzó a llorar tan amargamente que don Quijote, mohíno y colérico le dijo: "¿De qué lloras, corazón de mantequilla? ¿Quién te persigue, o quién te acosa, ánimo de ratón casero?"» (cap. XXIX, 2.ª parte).

Pero cada vez que tiene razón Sancho, don Quijote se la concede, no deja pasar ocasión para hacer resaltar lo que hace de bueno, y elevándolo a sus propios ojos lo hace ser mejor. Una vez que don Quijote le había explicado lo honroso que era para una dama el tener muchos caballeros andantes que la sirvieran por ser ella quien era, repuso Sancho: «Con esa manera de amor, he oído yo predicar que no se ha de amar más que a Dios. [...] Válgate el diablo por villano, dijo don Quijote, y qué de discreciones dices a las veces. No parece sino que has estudiado» (cap. XXXI, 1.ª parte). Y cuando Sancho se ofreció a ir a buscar a la hermosa Dulcinea: «Has dicho, Sancho, mil sentencias encerradas en el círculo de breves palabras; el consejo que ahora me das lo apetezco y recibo de bonísima gana» (cap. IX, 2.ª parte).

Y después de las disertaciones de Sancho sobre la muerte «Dígote Sancho, que si como tienes buen natural, tuvieras discreción, pudiera tomar un púlpito en la mano e irte por ese mundo predicando lindezas» (cap. XX, 2.ª parte).

b) El sistema de don Quijote es además práctico. Aprovecha las oportunidades para hacer comprender mejor las enseñanzas. Cuando quería darse de cabezadas para que Sancho fuese a contárselo a doña Dulcinea, el escudero compadecido le prometió repetir a su señora lo que no había visto y don Quijote que tantas veces le había hablado de rectitud quiso mostrarle prácticamente en que consistía: «Yo te agradezco tu buena intención, mas quiérote hacer sabidor de que todas estas cosas que hago no son de burlas sino muy de veras; porque de otra manera sería contravenir a las ordenes de caballería, que nos mandan que no digamos mentira alguna, pena de relasos; y el hacer una cosa por otra lo mesmo es que mentir, (pues Sancho le había propuesto que se las diese en el agua o en alguna cosa blanda como el algodón) así que mis calabazadas han de ser verdaderas, firmes y valederas, sin que lleven nada del sofistico ni del fantástico; y será necesario que me dejes algunas hilas para curarme, pues que la ventura quiso que nos faltase el bálsamo que perdimos» (cap. XXV, 1.ª parte).

En fin, puede decirse que don Quijote es educador.

3. Por lo completo de la formación

Ningún punto es dejado de lado.

Es una formación religiosa. Le enseña a esperar en Dios. Cuando perdieron las alforjas yno les quedaba nada que comer: «sube en tu jumento, Sancho el bueno, y vente tras de mí; que Dios que es proveedor de todas las cosas no nos ha de faltar (y más andando tan en su servicio como andamos) pues no falta a los mosquitos del aire, ni a los gusanillos de la tierra ni a los renacuajos del agua, yes tan piadoso que hace salir su sol sobre los buenos y los malos yllueve sobre los justos e injustos» (cap. XVIII, 1.ª parte). Y cuando el titiritero les hacía creer que tenía un mono que le hacía conocer el presente ypasado de las personas que se lo consultaban: «Mira, Sancho, yo he considerado bien la extraña habilidad deste mono yhallo por mi cuenta que sin duda este Maese Pedro su amo, debe de tener pacto tácito o expreso con el demonio; y háceme creer esto el ver que el mono no responde sino a las cosas pasadas o presentes y la sabiduría del diablo no se puede extender a más; que las por venir no las puede saber sino es por conjeturas y no todas veces; que a sólo Dios está reservado conocer los tiempos y los momentos, y para Él no hay pasado ni por venir que todo es presente» (cap. XXV, 2.ª parte). Y también por su respeto al sacerdote cuando en casa de los duques al capellán que negó la existencia de la caballería andante, ofensa la mayor que se podía hacer a don Quijote, éste le dijo: «El lugar donde estoy y la presencia ante quien me hallo, y el respeto que siempre tuve y tengo al estado que vuestra merced profesa, tienen y atan las manos de mi justo enojo», (cap. XXXII, 2.ª parte).

Es una formación moral. Cuando después de privaciones sin cuento en la Sierra Morena encontraron una valija provista de dinero, le dijo que era preciso buscar a su dueño y devolvérsela y que sólo en caso de no encontrarlo podían guardársela (cap. XXII, 1.ª parte). Le enseña también a perdonar las injurias. Cuando Sancho repasaba en presencia de su señor; la lista de calamidades por las que había pasado, inclusive el manteamiento que le había llegado tan al corazón, don Quijote le dijo: «Mal cristiano eres, Sancho, porque nunca olvidas la injuria que una vez te han hecho; pues sábete que es de pechos nobles y generosos no hacer caso de niñerías» (cap. XXI, 1.ª parte).

Trata de inspirarle horror al vicio cuantas veces se le presenta la ocasión. Cuando comentaban la publicación de sus hazañas y ante el temor de que hubieran sido desfiguradas: «Si por ventura ha sido su autor algún sabio mi enemigo, habrá puesto unas cosas por otras, mezclando con una verdad mil mentiras, divirtiéndose a contar acciones fuera de lo que requiere la continuación de una verdadera historia. Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes. Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo; pero el de la envidia, no trae sino disgustos y rabias» (cap. VIII, 2.ª parte). Le pone delante la nada de las glorias transitorias del mundo, tomando como comparación los actores de teatro. «Lo mismo acontece en la comedia y trato de este mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y finalmente todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura» (cap. XII, 2.ª parte).

Es una formación intelectual. Quiere fijar la atención de Sancho y que una vez que ha empezado a desarrollar una idea la siga hasta el fin sin digresiones inútiles. Para esto escucha con atención sus cuentos: «Digo, pues, prosiguió Sancho, que en un lugar de Extremadura había un pastor cabrerizo, quiero decir, que guardaba cabras, el cual pastor o cabrerizo, como digo de mi cuento, se llamaba Lope Ruiz, y este Lope Ruiz andaba enamorado de una pastora que se llamaba Torralba; la cual pastora llamada Torralba, era hija de un ganadero rico... y este ganadero rico... ». «Si, de esa manera cuentas tu cuento, Sancho, dijo don Quijote, repitiendo dos veces lo que vas diciendo no acabaras en dos días, dilo seguidamente y cuéntalo como hombre de entendimiento; y si no, no digas nada» (cap. XX, 1.ª parte).

Es una formación social. Le enseña a tratar con los demás, a ser cortés, a comer bien, a ser sobrio: «No andes, Sancho, desceñido y flojo; que el vestido descompuesto da indicios de ánimo desmazalado, si ya la descompostura y flojedad no cae debajo de socarronería, como se juzgó en la de Julio César» (cap. XLIII, 2.ª parte). Le enseña también la prudencia, virtud tan necesaria en el trato con los demás: «Con todo eso, dijo don Quijote, mira Sancho, lo que que hablas, porque tantas veces va el cantarillo a la fuente... y no te digo más» (cap.XXX, 1.ª parte).

En una palabra, los capítulos XLI y XLIII de la segunda parte son como resumen de las doctrinas de don Quijote.

Pero para mejor apreciar las enseñanzas del maestro es preciso examinar los progresos del discípulo.

II: Sancho, primer discípulo, hace honor a su maestro

1. Su retrato al encontrarse con don Quijote

«En este tiempo solicitó don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien, pero de muy poca sal en la mollera. En resolución tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió que el pobre villano se determinó de salir con él y de servirle de escudero» (cap. VII, 1.ª parte).

A poco de salir, tropezó don Quijote con la aventura de los molinos de viento de la cual salió muy herido. Habiéndole explicado a Sancho que los caballeros andantes no se quejaban, éste respondió: «De mí sé decir que me he de quejar del más pequeño dolor» (cap. VIII, 1.ª parte ). Y al poco rato: «Díjole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondió su amo que por entonces no le hacía menester, que comiese él cuando se le antojase. Con esta licencia se acomodó Sancho lo mejor que pudo sobre su jumento; y sacando de las alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando y comiendo detrás de su amo muy de su espacio y de cuando en cuando menudeaba la bota con tanto gusto, que lo pudiera envidiar el más regalado bodeguero de Málaga» (cap. VIII, 1.ª parte).

Como se ve es el realismo más completo al lado del idealismo más elevado. Pero no se pasa mucho tiempo sin que el discípulo empiece a hacer progresos.

2. Sus primeros progresos

a) En la manera de habla. Ya se sabe la importancia del lenguaje sobre los sentimientos y el esfuerzo de don Quijote para lograr este progreso de Sancho. Pues bien al cabo de algún tiempo lo encontramos educando a su mujer en este sentido: «Yo no os entiendo, marido, replicó Teresa; haced lo que quisiéredes y no me quebréis más la cabeza con vuestras harengas y retóricas; y si estáis revuelto en hacer lo que decís... —Resuelto, has de decir, mujer, dijo Sancho, y no revuelto» (cap. V, 2.ª parte). Este un caso entre muchos, a tal punto que hay autores que consideran este capítulo como apócrifo. «Llegando a escribir el traductor de esta historia este quinto capítulo dice que lo tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con otro estilo del que se podía esperar de su corto ingenio, y dice cosas tan sutiles, que no tiene por posible que él las supiese (cap. V, 2.ª parte). Y sin embargo en el capítulo VII de la segunda parte, se muestra todavía superior: «Quiero decir, dijo Sancho, que nos demos a ser santos, y alcanzaremos más brevemente la buena fama que pretendemos; y advierta, señor, que ayer o antes de ayer, (que según ha poco, se puede decir de esta manera canonizaron o beatificaron dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora a gran ventura el besarlas y tocarlas, y están en más veneración que está, según dije, la espada de Roldán en la armería del Rey nuestro señor, que Dios guarde. Así que, señor mío, más vale ser humilde frailecito de cualquier orden que sea, que valiente y andante caballero; más alcanzan con Dios dos docenas de disciplinas que dos mil lanzadas, ora las den a gigantes, ora a vestiglos o a endriagos» (cap. VIII, 2.ª parte).

b) Se notan también los progresos en el respeto debido a su señor. Cuando ya Sancho empezaba a admirar la doctrina de don Quijote, éste le dijo: «Cada día, Sancho, te vas haciendo menos simple y más discreto». «Si que algo se me ha de pegar de la discreción de vuestra merced que las tierras que de suyo son estériles y secas, estercolándolas y cultivándolas vienen a dar buenos frutos; quiero decir, que la conversación de vuestra merced ha sido el estiércol que sobre la estéril tierra de mi seco ingenio ha caído; la cultivación, el tiempo que ha que lo sirvo y comunico; y con esto espero dar frutos de mí que sean bendición, tales, que no desdigan ni deslicen de los senderos de la buena crianza que vuestra merced ha hecho en el agostado entendimiento mío» (cap. XII, 2.ª parte).

c) En el desinterés. Está resuelto a renunciar al gobierno de la ínsula si don Quijote no lo cree capaz de hacerla para el bien de sus súbditos: «Señor, replicó Sancho, si a vuestra merced le parece que no soy de pro para este gobierno, desde aquí lo suelto; que más quiero un solo negro de la uña de mi alma, que a todo mi cuerpo» (cap. XLIII, 2.ª parte).

Y cuando al volver de la ínsula Barataria, tan pobre como antes, se encontró con su amigo Ricote, tuvieron el siguiente diálogo: «... y así, si tú, Sancho, quieres venir conmigo, y ayudarme a sacarlo y a encubrirlo, yo te daré doscientos escudos, con que podrás remediar tus necesidades, que ya sabes que sé yo que las tienes muchas. —Yo lo hiciera, pero no soy codicioso, —respondió Sancho-, que a serlo, un oficio dejé yo esta mañana de las manos, donde pudiera hacer las paredes de mi casa de oro, y comer antes de seis meses en platos de plata; y así por esto como por parecerme haría traición a mi rey en dar favor a sus enemigos, no fuera contigo, si, como me prometes doscientos escudos, me dieras aquí de contado cuatrocientos» (cap. LIV, 2.ª parte).

d) En la sinceridad. Confiesa a la duquesa todas las burlas hechas a don Quijote, y esto en vísperas de recibir la prometida y anhelada ínsula, confesión, que él lo comprendía, hubiera podido hacerlo considerar en menos por los duques. «Me atrevo a hacerle creer (a don Quijote) lo que no lleva pies ni cabeza, como fue aquello de la respuesta de la carta, y lo de habrá seis u ocho días, que aun no está en historia, conviene a saber: lo del encanto de mi señora doña Dulcinea, que le he dado a entender que está encantada, no siendo más verdad que por los cerros de Ubeda» (cap. XXXIII, 2.ª parte).

e) En la manera sobrenatural de juzgar. SiDios le ayuda y él hace lo que debe, seguro que sabrá gobernar la ínsula, dice él al duque. «Letras pocas tengo, porque aún no sé el abc; pero bástame tener el Christus en la memoria para ser buen gobernador. De las armas manejaré las que me dieron hasta caer, y Dios delante». (cap. XLII, 2.ª parte). Y su programa de gobierno: «Pienso favorecer a los labradores, guardar sus preeminencias a los hidalgos, premiar los virtuosos, y sobre todo, tener respeto a la religión y a la honra de los religiosos» (cap. XLXIX, 2.ª parte).

3. El gobernador de la ínsula Barataria

Este fue el gran triunfo de los esfuerzos de don Quijote, por la manera como Sancho gobernó, y por la manera como dejó el gobierno.

a) Su manera de gobernar. Su deseo de hacer bien a sus súbditos le inspiraba una paciencia de la que se admira todo el que lo había conocido antes. Renuncia al sueño, a la tranquilidad, a la buena mesa (aunque esto con más dificultad) y a todo lo que antes lo hacía feliz. Su manera de juzgar no es menos admirable como lo prueba el episodio de los dos ancianos de los que uno decía haber prestado una suma de dinero al otro, quien aseguraba haberla pagado. Y cómo la observación de Sancho supo descubrir la verdad. Y más tarde su respuesta en el asunto del hombre que pasó por el puente jurando que iba a morir a la horca. «Venid acá, señor buen hombre, respondió Sancho; este pasajero que decís, o soy un porro, o él tiene la misma razón para morir que para vivir y pasar el puente; porque si la verdad lo salva, la mentira lo condena igualmente; siendo esto así, como lo es, soy de parecer que digáis a esos señores que a mí os enviaron, que está en un filo las razones de condenarlo o absolverlo, que lo dejen pasar libremente, pues siempre es alabado más el hacer bien que el mal». Lo que hizo exclamar al mayordomo: «Tengo para mí que el mismo Licurgo, que dio leyes a los lacedemonios, no pudiera dar mejor sentencia que la que el gran Panza ha dado» (cap. LI, 2.ª parte).

Su justicia consulta a cada una de las partes, como se ve en cada uno de los juicios que le presentaron. Exige explicaciones claras y después da un fallo adecuado. Lejos de él la palabrería sin razón: «Por cierto, señora, que ésta ha sido una gran rapacería, y para contar esta necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas ni tantas lágrimas y suspiros; que con decir: «somos fulano y fulana, que nos salimos a espaciar de casa de nuestros padres con esta invención sólo por curiosidad, sin otro designio alguno, se acabara el cuento y no gemidicos y lloramicos y darle» (cap. XLIX, 2.ª parte). Así concluyó el asunto de la joven que vestida de hombre se salió con su hermano, de noche para conocer la ciudad, pues sus padres la tenían en un encierro excesivo.

b) Su manera de dejar el gobierno. Cuandose dio cuenta de que no estaba a la altura de su cargo, renunció a él lo que supone un talento no pequeño. Lo dejó de la manera más desinteresada, no aceptando más que un poco de cebada para su Rucio y medio pan y medio queso para él. En seguida fue a dar cuenta al duque de su gobierno: «Antes que diese conmigo al través el gobierno, he querido yo dar con el gobierno al través; y ayer de mañana dejé la ínsula como la hallé, con las mismas calles, casas y tejados que tenía cuando entré en ella. No he pedido prestado a nadie, ni metídome en granjerías; y aunque pensaba hacer muchas ordenanzas provechosas, no hice casi ninguna, temeroso que no se habían de guardar; que es lo mismo entonces hacerlas que no hacerlas» (cap. LV, 2.ª parte).

Don Quijote puede por lo tanto estar orgulloso de su primer discípulo, pero la importancia de su obra le merece tener otros.

Don Quijote pedagogo: gloria eterna al genial Cervantes.

  • (*) En Revista Javeriana, n.º 162, Bogotá, marzo de 1950, págs. 108-117. volver
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