Por Víctor Sánchez Montenegro*
Si alguien da la magnitud del océano en su extensión y profundidad literaria es don Miguel de Cervantes y Saavedra. Su existencia es la de un pobre caballero andante que en sus guerras con los turcos y moros usaba lanza en astillero, adarga antigua y en la paz de su casa no contaba para su hogar sino de una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, lo que consumía la mayor parte de su hacienda, como el personaje inmortal creado por este mismo hidalgo y que responde al señor don Alonso Quijada o Quesada o Quijano el Bueno, ambos Caballeros de la Triste Figura, enamorados de un ideal inalcanzable, cuyos sueños de justicia se pierden en la montaña de la dura realidad. Pero el personaje de su libro inmortal, por obra y gracia del genio tiene más vida que su progenitor. Muy pocos personajes en la historia de la literatura pueden llegar a esa virtud de dioses. Únicamente los talentos superiores se dan el lujo de crear con su soplo de inteligencia los caracteres inmortales que se darán el lujo, entre otras cosas, de comunicar su propia virtud a sus progenitores. Don Quijote de la Mancha desde el año de 1605 vive su vida como en una verdadera corte de milagros y desde entonces no ha habido ingenio malo o bueno que no haya pretendido interpretarlo a su manera. Es que el noble don Alonso, con su suave locura, con su virtud inagotable de querer un imposible, es decir, desfacer agravios y enderezar entuertos en el mundo, es la imagen viva y acabada de la humanidad que como un río impetuoso corre por todos los sinuosos cauces que le trazara la geografía humana hasta dar la torrentera de sus aguas oscuras en el mar, que es el morir, como dijera otro inmortal cantor de las coplas, a la muerte de su padre, don Jorge Manrique.
Pero también don Quijote de la Mancha, nacido en un lugar de cuyo nombre Cervantes no quiso acordarse, tuvo sus crueles contratiempos, no relacionados con sus hazañas, que estas por sí solas son innumerables, sino propiamente contra su verdadera existencia, por obra y gracia de un tal licenciado Alfonso Fernández de Avellaneda. Ese lugar de la Mancha en donde vivía, óigase bien, ese otro don Alonso, y de cuyo lugar Cervantes no quiso acordarse, llámese Argamasilla, según aparece en el capítulo LII y último de su primera parte. Cuando después de la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la rara aventura de los disciplinantes a quienes dio feliz fin a costa de su sudor, don Quijote y Sancho Panza, su escudero, tornaron a su pueblo, ambos locos de aventuras, pero lo que admira en este caso es que también, el representante del sentido común, el zafio servidor también está contagiado del ideal caballeresco. También sueña hoy en la gobernación de unas ínsulas de ensueño que el duque le ofreciera. Mientras el amo vuelve enjaulado en un carro de bueyes porque se cree también encantado como su Dulcinea del Toboso y regresa flaco y amarillo sobre montones de heno, doña Teresa Panza acude solícita al encuentro, preocupada, como es natural. por el asno que se había llevado su marido. Sancho respondiole que venía mejor que su amo. Después de interesarse por el animal, por no dejar, pregunta por su persona y le dice que si algo ha sacado de sus escuderías y si le trae saboyanas y zapatos para sus hijos, a lo cual Sancho responde con aire de gran señor que presto lo verá conde o gobernador de una ínsula con señorías y vasallos. La pobre Juana Panza, que así se llamaba su mujer, se queda estupefacta y pregunta qué significan esas palabrerías desconocidas para ella, a lo cual respóndele: No es la miel para la boca del asno. Todo parece dar a entender que la novela inmortal habrá de terminar aquí, pues unos eruditos descubrieron una caja de plomo, dentro de la cual hallábanse unos pergaminos en donde estaba escrita la historia hasta la muerte del Ingenioso Hidalgo, en versos castellanos y en letra gótica, según la narración de Cide Hamete Benengeli. Allí estaban los epitafios a don Quijote y dábase noticia de la hermosura de Dulcinea, de la fidelidad de Sancho y hasta de la figura de Rocinante que tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela y que a don Quijote pareciole que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid con él se igualaran.
Digo, pues, que don Quijote conoció el contratiempo de que, un tal Avellaneda llegara al atrevimiento de calumniarlo, desfigurando las hazañas de su tercera salida, por los campos de Zaragoza e inventándole hechos que él jamás soñara, ni que los hubiese vivido, por ser contarios a la manera de ser de los verdaderos caballeros andantes. En realidad, en su tercera salida fuese por los lados de aquella ilustre ciudad donde se halló, como lo cuenta Cervantes, en unas famosas justas y en donde le pasaron cosas dignas de su valor y buen entendimiento. Cuentan los descubridores de los pergaminos citados, que las primeras palabras que allí se hallaron fueron los epitafios y elogios de los académicos de la Argamasilla, lugar de la Mancha en vida y muerte del valeroso don Quijote y exutos... por el Monicongo, el Paniaguado, el Caprichoso, discretísimo académico que cantó a Rocinante, el Burlador que elogia a Sancho Panza, el Cachidiablo, otro académico de Argamasilla autor del epitafio de don Quijote:
Sancho Panza, el majadero, yace también junto a él, el escudero más fiel que vio el trato de escudero.Aquí yace el caballero bien molido y mal andante a quien llevó Rocinante por uno y otro sendero.
Y por último, el académico Tiquitoc, puso estos versos en la sepultura de Dulcinea del Toboso:
Reposa aquí Dulcinea; y aunque de carnes, rolliza, la volvió en polvo y ceniza la muerte espantable y fea.Fue de castiza ralea, y tuvo asomos de dama. Del gran Quijote fue dama y fue gloria de su aldea.
Cervantes emplea aquí toda su ironía, que lo convierte en el señor de la sonrisa que paseó por el mundo haciendo más estragos que las lanzas llenas de orín y carcomidas por el tiempo, en manos de todos los estrafalarios Amadises, Florismartes, Galaores y Arturos de los ciclos bretones. «Estos fueron los versos que se pudieron leer —finaliza Cervantes-. Los demás, por estar carcomida la letra, se entregaron a un académico para que por conjeturas los declarase. Tiénese noticia que lo ha hecho a costa de muchas vigilias y trabajo y que tiene intención de sacarlos a luz, con esperanza de la tercera salida de don Quijote». Y termina la primera parte con estos versos italianos del Ariosto:
Forse altri canterá con miglior plettro.
Cervantes no se imaginó que el verso de Orlando Furioso habría de darle tan duros contratiempos después de algunos años. La cita del ilustre ferrarés era una especie de desafío a singular contienda, como los caballeros de la edad media. Pueda ser que otro cante las hazañas de don Quijote de la Mancha. Pues bien: Cervantes, debéis daros prisa a publicar la segunda parte de vuestro libro. No sea que otro venga con cualquier plectro, pues es imposible que con mayor, ni igual siquiera, a contar la tercera salida por campos de Zaragoza y a desfigurar a vuestro héroe, que bien descuartizado lo tienen sus propias embestidas, desde la primera aventura de la venta, en donde se armó caballero, veló sus armas y regresó molido a palos por los yangüeses de todos los caminos. Más le doliera, sin duda el que después del castigo, no estuviese allí la dama de su ensueño como es de lugar entre los nobles caballeros andantes. Por ello, don Quijote, trae a su fresca memoria los versos del romance de Valdovinos y del marqués de Mantua cuando Carloto lo dejó herido en la montaña:
¿Dónde estás, señora mía,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora,
o eres falsa y desleal.
He aquí, la tristeza del caballero, que se ve olvidado por su ideal legendario y en cambio solo recibe la decepción de la realidad ambiente en la venta cerca de Montiel, cuando el miserable mesón era para su fantasía nada menos que el castillo encantado, y las mozas de partido, las princesas obligadas de la andante caballería. No solamente le esperaban las peripecias de su segunda salida, como aquella arremetida a los molinos de viento, después del donoso escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro Ingenioso Hidalgo; la estupenda batalla del famoso vizcaíno, la maravillosa novela pastoril de Marcela y de Grisóstomo, las infamias de los desalmados yangüeses, las nuevas aventuras de la otra venta, confundida, como siempre con un castillo; la ganancia del yelmo de Mambrino, la libertad que dio a unos desdichados que los llevaban a donde no quisiesen ir; las maravillas de Sierra Morena, con la invitación que nuestro héroe hizo a la penitencia de Beltenebros; el comienzo de la escena picaresca, reminiscencia de los Guzmanes de Alfaraches, con los amores en aquella misma sierra; la novela intercalada de la dulce Dorotea, los sucesos de toda la cuadrilla de don Alonso, la famosa novela de El curioso impertinente, la famosa batalla con los cueros de vino, en donde don Quijote después de vencerlos, quedó casi vencido por el espíritu del licor, la leyenda de la famosa infanta Micomicona, después de lo cual pronunció su descomunal discurso de las armas y las letras, los cuentos del cautivo, la historia del mozo de mulas, la ferocidad de don Quijote en la escena de los cuadrilleros, cuando Sancho Panza se descompuso en improperios tan de su catadura y laya; el encantamiento del caballero andante y la nueva inquisición de los libros de caballería hecha con tanto buen sentido por el canónigo amigo, quien manifiesta que está escribiendo un libro de caballerías del cual tiene hasta cien páginas elaboradas y en donde el personaje citado hace un análisis completo de las costumbres literarias de aquellos tiempos, y se duele de que éstos ya estén cambiando tan de prisa, hasta el punto de que no se aplaudan: La Numancia de Cervantes, con otras obras de valía. Y añade el buen canónigo: «Así que no está la falta en el vulgo que pide disparates, sino en aquellos que no saben representar otra cosa». Esta alusión es directa a la pluma del máximo de los ingenios españoles. Me refiero al gran Lope de Vega y Carpio, quien había dicho en su defensa del drama nuevo, según aparece, en su libro Arte Nuevo de hacer comedias en este tiempo, en donde confiesa paladinamente que como el vulgo es necio hay que escribir en necio para darle gusto. Don Marcelino Menéndez Pelayo dice al respecto en la Historia de las ideas estéticas: «Llama bárbaro de mil modos al pueblo que, teniendo razón contra él, se obstina en aplaudirlo, y se llama bárbaro a sí mismo y hace como que se ruboriza de sus triunfos por contemplación a los doctos, y se disculpa con la dura ley de la necesidad, como si hubiese prostituido el arte a los caprichos del vulgo». De aquí surgieron las grandes diferencias entre los dos genios del ciclo de oro español. Pero mientras Lope iba por el mundo de triunfo en triunfo, protegido espléndidamente por el duque de Sessa, descendiente del gran capitán Fernández de Córdoba, quien lo ayudaba hasta en sus escandalosos amores, con tal de que le diera las copias de las cartas escritas para sus innumerables enamoradas, el ingenio de la Triste Figura como su hijo espiritual y literario, mendigaba un amargo pan a los condes de Béjar y de Lemos, a quien no pudo acompañar a Nápoles porque otro literato enemigo, Lupercio Leonardo de Argensola, se le había adelantado en la privanza y aun lo indisponía constantemente para que los auxilios lejanos no pudieran llegar.
He aquí en constante ejercicio el triste y doloroso de las envidias entre los profesionales de la pluma, del cual no se han escapado ni los grandes genios de la humanidad, como si se temiese la sombra que el otro proyecta, o mejor dicho, su luz que pudiera eclipsarlos. Es verdad que la pluma de Cervantes fue una de las más cáusticas de la lengua española pero en general la empleaba para combatir los vicios, para enderezar los entuertos como su caballero andante, hijo de su dolorida inteligencia, pero en general, su pluma fue empleada siempre para cantar a los nobles literatos de todos los tiempos, como lo comprueba El viaje del Parnaso, dedicado a don Rodrigo de Tapia, caballero del hábito de Santiago, en donde figuran en versos no muy pulidos todos, alabanzas excesivas a los escritores principales, y en donde hace precisamente el elogio de Lope de Vega, llamándola entre otras cosas, el «Monstruo de la Naturaleza», mas quién sabe si por escondida ironía o con preconcebido eufemismo, propio del Ingenioso Hidalgo, ya que el mismo autor de La estrella de Sevilla había dicho en versos mediocres su extraordinaria rapidez en escribir, lo que le impedía pulir sus obras:
Mil y quinientas fábulas admira
que la mayor el número parece;
verdad que desmerece,
por parecer mentira,
pues más de ciento en horas veinticuatro
pasaron de las musas al teatro.
En esa misma composición que pertenece a la Égloga a Claudio se lee otro pasaje en que también hace alusión a su vertiginosa manera de escribir con detrimento de la perfección a que tenía derecho tan grandioso talento y en donde se queja sin motivo de su fortuna que constantemente le sirvió en asuntos monetarios, sin reparar en que nadie podía igualarlo en gloria y admiración del mundo entero, especialmente de ese Madrid de los Madroños que hasta le perdonaba todos sus escándalos. El cortejo amatorio de Lope de Vega es interminable y ni siquiera fina con los hábitos talares. Pasan por los oleajes de su mar interior los nombres, de Marfina y de Elena Osorio, la Dorotea de su drama en prosa; Isabel Alderete, Micaela Luján, Ana de Trujillo, Juana de Guardo, Jerónima de Burgos, Lucía de Salcedo la fatal vampiresa que complacíase constantemente en atormentar sus celos y exhibirlo ya sacerdote por los teatros y corrales matritenses. La loca como la llamaba en sus cartas al conde de Sessa, no era parienta espiritual de esa otra «amable loca de Bolívar» que le salvó varias veces la vida. Aquella, era como una ventosa, aplicada al corazón del dramaturgo, quien escribía para ella, sus mejores comedias. Pérez de Montalbán era el pregón oficial de sus triunfos y el autor de un elogio excesivo del genial dramaturgo. Y por ello, entre otros motivos, la musa de Quevedo lo vapuló así:
El Pérez, tú te lo pones,
el Montalbán no lo tienes;
si te quitan Montalbán,
vienes a quedar Juan Pérez
Mas, a pesar de todos estos amores, la honda melancolía de la carne estremecía las entrañas del gran amador Lope de Vega. Su hija Antonia en Marta de Nevares había heredado las más bellas gracias de la madre. Era su propia vida y como tal la amaba. Era la nueva Amarilis de los más lindos versos del poeta. Pero la madre perdió la vista y más tarde la razón, cuando el amante era ya un septuagenario. Y la Amarilis de otros tiempos, tesoro de armonía y cofre de los más intensos afectos, según la descripción del propio Lope:
Aquella cuya voz, cuya armonía
cantando suspendió los elementos,
furiosa pitonisa parecía.
Después se quedaba absorta durante muchas horas:
El cuerpo en hielo, en éxtasis la mente.
Y un día murió la artista enamorada. Y Lope dice en un pareado inmortal:
Se despidió de mí tan tiernamente,
como si fuera para estar ausente.
Antonia Clara, toda ternura quedó representando a su madre en su devoción por el genio de España. Pero un día le llegó el amor audaz, en la persona de don Cristóbal Tenorio y Azofeijo, de Villalta, caballero de la Orden de Santiago y ayuda de cámara del rey. El apuesto donjuán tenía que vengarse del poeta porque una de sus antiguas amantes había sido burlada por éste. Y la pena del Talión cumplíase en el viejo dramaturgo. A la sombra de Lorenza, la criada de Lope, Antonia, la Clarilis de las dulces endechas paternas fue raptada, y el anciano quedó sumido en las tinieblas de la soledad más espantosa. El argumento de su drama: Las fortunas de Diana se habían hecho carne y dolor en su existencia. Entonces escribió aquellos versos que empiezan:
Tirsi, zagal del mayoral felino.
Tirsi era don Tenorio, ayuda de cámara de Felipe IV, el mayoral felino. Ni el mismo rey quedaba libre de su odio. Pero el amor paterno herido no sabía qué hacer y hasta llegó a negar su paternidad. Y en sus raptos de locura, ya ella no era su hija:
Hija de cuervo, hija de Roque Hernández.
Ay de paloma que de cuervo fía.
Don Miguel de Cervantes, no conocía la envidia, pues, como él mismo lo dice en el prólogo al lector de su Segunda parte, al quejarse del tal Alonso Fernández de Avellaneda, autor del falso Quijote, porque entre otros insultos lo llamaba envidioso, dice con despecho: «En realidad de verdad de dos envidias que hay, no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada, y siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote y más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio.He subrayado intencionalmente las últimas palabras porque precisamente aquí está una de las claves para descifrar el nombre del verdadero autor del Quijote apócrifo de Fernández de Avellaneday que ningún investigador hasta la fecha ha citado.
El viaje del Parnaso ya citado es una imitación de otro del mismo título del poeta italiano Cesare Caporali y destila veladas ironías como aquella dedicada al autor de La pícara Justina, pero es más interesante aún por los datos autobiográficos que encierra y por la relación que de sus obras hace, muchas de las cuales se han perdido. Paladinamente confiesa una gran verdad hoy no discutida, sobre el alcance de su estro:
Yo que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo.
Más tarde, en el capítulo VI de su novela pastoril La Galatea insertará también otro largo canto en verso para completar la lista de nombres de escritores españoles, a quienes les dedica algún elogio, muchas veces matizado de velada ironía, como era su costumbre. En El canto de Caliope que empieza:
Al dulce són de mi templada lira,
prestad pastores el oído atento.
dice del Monstruo de la Naturaleza:
No entraré con alguno en competencia
que contradiga una verdad tan llana,
y más si acaso a sus oídos llega
que lo digo por vos, Lope de Vega.
Esta forma de mutuos aplausos era muy común en aquellos tiempos dorados de las letras, como lo comprueba también el mismo Lope en su Laurel de Apolo, por donde pasea su altiva inspiración, prodigando los ramos sagrados del dios para cubrir las frentes consagradas.
Mientras que Cervantes alababa a su enemigo, éste escribía el 14 de agosto de 1604 a un amigo, entre otras cosas lo siguiente: «Ningún poeta hay tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a don Quijote. A primera vista cualquier crítico de pega saltará y dirá que esas frases de Lope son apócrifas, puesto que mal podría hablar de Don Quijote de la Mancha cuando la obra aún no había salido, puesto que apareció en enero del año siguiente, lo que es verdad, pero es que tal obra fue conocida manuscrita desde un año antes, como los eruditos lo han comprobado hasta la saciedad. La gloria se encargaría de contradecir al ilustre dramaturgo y a sus amigos, quienes compartían con él el odio mortal al pobre manco de Lepanto, como le decían falsamente, puesto que en la hazaña guerrera de 7 de octubre de 1571, cuando peleaba nuestro ingenioso hidalgo en la galera Marquesa, fue herido —como dice el parte de batalla- «perdiendo el ejercicio de la mano izquierda».
La vida de Cervantes es una verdadera novela de caballería. Fue siempre El Caballero de los Trabajos como diría al final de su obra Alonso Fernández de Avellaneda, en su Quijote. Pero como el fin principal de mi trabajo es otro que el simple de dar noticias biográficas, siendo estas imprescindibles en un trabajo de esta clase, voy a hacer una brevísima síntesis: Don Rodrigo Cervantes y doña Leonor de Cortinas bautizaron el 9 de octubre de 1547 en la iglesia de Santa María la Mayor a su hijo a quien se le puso el nombre de Miguel. El ilustre escritor Montiano y Luyando fue el primero en publicar esta partida de bautismo en 1753. Hoy se sabe casi con seguridad que el niño había nacido el 29 de septiembre de ese año día de San Miguel Arcángel de donde tomó ese nombre, como es costumbre aún en la raza española. De su juventud muy poco se sabe. Apenas se tiene conocimiento que estudió tal vez en Sevilla y en Alcalá de Henares, su tierra nativa, tal vez en Salamanca y en Madrid, según lo cuenta su maestro Juan López de Hoyos, quien llama a Cervantes, su «caro y amado discípulo». Pero es lo cierto que sus estudios, si los hizo, fueron completamente deficientes, pero en cambio se matriculó desde temprano en la universidad de la vida, en donde estudió la ciencia máxima de la incomprensión humana y del dolor, fuente inagotable de todas las inspiraciones.
En el capítulo IV del Viaje del Parnaso dice Cervantes:
Desde mis tiernos años amé el arte
dulce en la agradable poesía
y en ella procuré siempre agradarte.
Con lo cual se entiende que desde muy niño cultivó las bellas letras, pero las primeras producciones que de él se conocen, son unas redondillas y un soneto dedicados a la muerte de la tercera esposa de Felipe II, doña Isabel de Valois, muerta en 1569, y quien murió tan joven, meses después de la muerte del príncipe loco don Carlos, hijo de la primera esposa del rey Prudente y que Juan Cassous, pretende descifrar ese misterio de la historia. La redondilla que se debe citar, porque el soneto es francamente malo, es la siguiente:
Cuando dejaba la guerra libre nuestro hispano suelo, con un repentino vuelo, la mejor flor de la tierra, fue trasplantada en el cielo.Y al cortarla de su rama el mortífero accidente, fue tan oculto a la gente, como el que no ve la llama hasta que quemar se siente.
López de Hoyos dice al final de estos versos: «Estas redondillas castellanas a la muerte de su Majestad, en las cuales como en ellas parece, se usa de colores retóricos y en la última, se habla con su Majestad, son, con una elegía que aquí va, de Miguel de Cervantes, nuestro caro y amado discípulo». El poeta tenía entonces veintidós años. Más tarde Vitorio Alfieri y Federico Schiller deberían tejer con esa leyenda, libros admirables.
Como los personajes de la novela picaresca, Cervantes recorrió muchos pueblos de España, en donde conoció tanta gente de tan diferentes caracteres que después le sirviera para darles vida perdurable en sus novelas y entremeses. Él mismo se iba forjando su mundo, enmarcado en la geografía de la realidad ambiente que procuraba dorar con las lentejuelas dudosas de su fértil imaginación. En 1569, viajó a Roma como camarero del más tarde cardenal Acuaviva en donde había vivido años antes el famoso Torres Navarro, que trajo de las itálicas tierras, argumentos remozados de sus pasos de comedia. La estadía en Roma y en otras ciudades de la Península fueron nuevas fuentes de estudio realista de la vida que él supo atesorar como siempre. Pero este conocimiento se acrecentó cuando entró a servir bajo la dirección del general Marco Antonio Colonna que peleaba contra el imperio otomano. Paseó por Nápoles y Génova, por Sicilia y por Lucca que se complace en describirla dentro de su pequeñez, por su libertad hospitalaria, y en el valle del Arno, bebió todo el arte florentino. Allí se dio el profundo baño espiritual de la antigüedad clásica latina y de los artífices del renacimiento, pues conoció a Luciano de quien cogió muchas de sus leyendas y se inspiró en su obra, para transplantarla a algunos de los episodios de Don Quijote de la Mancha. Virgilio le infundió la mayor parte de las hazañas del libro inmortal, al parodiarlas genialmente desde las páginas de La envidia. Bocaccio, le enseñó en su Decamerón los cuentos picarescos, que el escritor español, también vertió con sus acostumbradas deformaciones en muchas de sus páginas imperecederas. Maquiavelo enseñó a don Quijote, el arte de gobernar una ínsula, de acuerdo con algunos preceptos de El príncipe, aunque la moral de nuestro genio se complacía en acomodar los preceptos del italiano, para no herir, la de su tierra inquisidora. Aminta supo darle la fuente da La Galatea, con su estilo renacentista pastoral, y Petrarca, le enseñó también junto al Nuevo Estilo, el lirismo insincero de sus endecasílabos sonoros. Cervantes comprendió que esa Roma ya no era la del fastuoso y guerrero León X, ni en Florencia esplendía como antes Lorenzo el Magnífico, pero la fe de la Península sacra se esparcía como un rocío celestial por todas las campiñas para hacer crecer el árbol de la gracia mientras que por los lados del Norte de África y por el Oriente, los hijos de Mahoma querían hacer naufragar las naves de Cristo. Las elegancias de los personajes italianos, cómo chocarían en el alma de Cervantes, hechura del realismo profundo de su raza, pero de esta mezcla de estas dos escuelas, enmarcadas en el misticismo clásico de su época, que dio tantos santos y escritores gloriosos, iba a salir una nueva escuela, cuyo padre sería Cervantes, un oscuro soldado de Andrea Doría y sobre todo de don Juan de Austria, hijo de Carlos V y de Juana de Blombert.
En El viaje del Parnaso, describe así la acción guerrera en tercetos notables:
Arrojóse mi vista a la campaña
rasa del mar que trujo a mi memoria
del heroico don Juan la heroica hazaña
donde con alta de soldados gloria
y con propio valor de airado pecho,
tuve, aunque humilde, parte en la victoria.Allí con rabia y con mortal despecho
el otomano orgullo vio su brío
hollado y reducido al pobre estrecho.
En el mismo poema, pone en boca de Mercurio este terceto, en donde se comprueba una vez más que a Cervantes no se le amputó la mano:
Bien se que en la naval dura palestra
perdiste el movimiento de la mano
izquierda, para gloria de la diestra.
El soldado no quiso descansar en sus faenas y así lo vemos después tomar parte en Corfú, Navarino, Túnez y la Goleta. Un día de fines de septiembre de 1575, junto al país de la leyenda sacra de Las tres Marías, en la costa francesa, en donde se dice que desembarcó la familia de Jesús fue apresada la goleta Sol en que venía Cervantes a su patria, por el pirata turco Arnate Mamí: El ilustre cautivo, en su epístola a Mateo Vázquez le dice:
En la galera Sol que escurecía
mi ventura su luz, a pesar mío
fue la pérdida de otros y la mía.
Cinco años duró su cautiverio en Argel, en donde tuvo hechos heroicos al pretender fugarse, cuando el infame compañero doctor Blanco de Paz (ironía del nombre) lo delató ante los jefes berberiscos. Pero esos años le sirvieron a Cervantes como el mejor estudio de la vida, porque aprendió a reconcentrarse y vivir el hondo misterio de sí mismo. Las actividades de su talento encontraron fuentes inagotables de inspiración que habrán de perdurar en muchas de sus obras. Esa experiencia de dolor fecundo, fue su mejor universidad que lo graduó con el mejor título: el de genio. Allí aprendió también a concentrarse para sacar de su mina interior el tesoro de sus mejores páginas. Allí supo contemplar la miseria de la vida y se hizo superior a la desdicha. Por ello, lo veremos después en todas las circunstancias adversas, sonreír y en ocasiones hasta reír a carcajadas. No otra cosa es su libro inmortal, sino el evangelio de la risa y de la ironía realista de su tiempo. Por esas páginas desfilan tantos personajes disfrazados con la parodias más admirables y nunca sabe llorar, tal vez porque sus fuentes se secaron, para dar paso al torrente de su clásico sarcasmo. Y también allí empezó prácticamente su carrera literaria, como lo comprueban sus Tratos de Argel, Los baños de Argel, y muchos de sus versos. Allí recopiló sus conocimientos y recogió sus recuerdos de Italia y pretendió remozar la nativa lengua, muy metida en su estructura señera y entregó al idioma miles de palabras toscanas castellanizadas, por lo cual lo combatieron en su época, diciéndole que era un bárbaro invasor de extranjerismos. El trinitario Fray Juan Gil lo rescató en 1580. Pero el guardián Baxí le había robado las cartas de recomendación que el soldado traía a España, firmadas por don Juan de Austria y el conde de Sessa, y llegaba a su patria frisando en los 33 años, más pobre y desvalido que nunca. Felipe II, le dio un cargo político que duró poco, por lo cual busco la subsistencia en el teatro. Los escenarios de Madrid, vieron veinte comedias suyas que «no merecieron, según propia confesión, la burla de los pepinos o de ser silbadas» doña Ana Franco de Rojas le da una hija natural y un año más tarde, es decir en 1584, casó con doña Catalina de Palacios, natural de Esquivias y de 19 años de edad. El ilustre cervantista italiano Paolo Savj-López dice que «en la dote de doña Catalina, figuran, entre otros pocos bienes, cuarenta y cinco gallinas con un gallo». La Armada invencible estaba lista a zarpar hacia la muerte y la derrota, y para ello era necesario abastecerla con toda clase de bastimentos y Cervantes obtuvo dicha ocupación, pero las compras se dificultaban y las cuentas andaban siempre mal y a esto se agregó el que tuviera que apoderarse de algunos granos pertenecientes a la Iglesia, por lo cual se lo excomulgó y encarceló. Al salir libre, pues todo era una injusticia, pidió al rey un puesto en los vacantes de América, ya en Soconusco de Guatemala o en Cundinamarca, del Nuevo Reino de Granada pero como se trababa de cargos de responsabilidad y de manejo, con algunos antecedentes de Sevilla, por lo que se dijo anteriormente y por el primer encarcelamiento en La Argamasilla, por asuntos de manejo, no le fue concedido tal favor. «En 1592, dice el mismo autor Savj-López, se comprometió a escribir seis comedias para un director de compañía, con la triste condición de no ser pagado si cada comedia no fuese juzgada como una de las mejores que se han representado en España». Después un nuevo encarcelamiento por cuestiones administrativas. En 1597, conoce otro encarcelamiento. Tal vez fue en esta fecha en donde empezó a escribir su Don Quijote de la Mancha, pues él mismo cuenta que fue concebido entre los barrotes de una prisión. Pero salió libre y empezó para el pobre hidalgo la peregrinación espantosa por campos y villas, en busca de sustento. En contacto con el pueblo y con los campesinos halló fuentes inagotables de la sabiduría de la raza. Era la época de la pobreza de los hidalgos de toda la España, que no sabía trabajar porque eso los denigraba y para vivir iban buscando cualquier empleo o los más se hacían a la mar en busca de aventuras de los dorados ilusorios de la brumosa América, por lo lejana y muchas veces inalcanzable. Ya he citado la carta de Lope de Vega escrita en 1604, en donde critica con saña Don Quijote de la Mancha. Al empezar el siguiente año publicó su libro inmortal que fue el comienzo de su fama pero no el fin de sus miserias. El fatum griego había llegado al solar castizo de nuestro ilustre literato y una noche de junio de 1605, cayó herido de muerte don Gaspar de Ezpeleta víctima de un marido ofendido. Cervantes lo recogió en su casa de Valladolid y su hermana le hizo, las curaciones caritativas, pero las autoridades sospecharon del noble caballero y encarceló a toda la familia: Catalina, su esposa, su hermana Andrea, Constanza la sobrina, su hija Isabel y hasta el amigo de ésta, un súbdito portugués. Bien pronto esas tristes almas se recogen en las cofradías religiosas de la Orden Tercera de San Francisco y del Santísimo Sacramento. Mueren después sus hermanas; el conde de Lemos pretende llevarlo a Nápoles pero le gana la mano Lupercio de Argensola. Empieza entonces la fiebre de escribir y publica en 1613 sus Novelas ejemplares, en cuyo prólogo se describe: «Este que veis aquí de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, las barbas de plata que no ha veinte años fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña. llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra». ¿No es verdad que si nos fijamos con detención, es la misma figura de su hijo don Quijote? Qué hondas subconciencias actuaron en ése triste espíritu para pintarse como otro caballero andante, sin fortuna ni medio de subsistencia a pesar de la riqueza extraordinaria de su genio, como la de todos los poetas que son pobres porque quieren, según la graciosa ironía de nuestro autor, ya que cuentan con tantas gemas preciosas, perlas y esmeraldas, perlas en los dientes de las amadas, oro en su cabellera, ambrosía en su aliento, el cielo en sus ojos y cascadas de diamantes en sus palabras de amor.
Después de publicar la maravilla picaresca de sus entremeses, viene el año de 1614 en que un ingenio español enemigo de Cervantes publica la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, que es —según dice el libro— el segundo tomo que contiene su tercera salida y es la quinta de sus aventuras, compuesto por el Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas. Esto produjo en nuestro hidalgo una de sus mayores amarguras. Su hijo más querido había quedado en manos extrañas. Un desconocido quería aprovecharse de aquel verso de Ariosto puesto por Cervantes en la parte final de la primera parte de su obra:
Forse altri canterá con miglior plettro.
El orgullo herido del hidalgo no tuvo límites. Recorrió todo Madrid, puso el grito en el cielo, apeló a todos los recursos. Muchos se compadecían del pobre autor, pero la mayor parte se burlaban al mismo tiempo de su desgracia. No encontraba por ninguna parte mano amiga que se compadeciera de sus desgracias y hasta con mayor razón que Valdovinos citado por don Quijote en una de sus aventuras, podría decir Cervantes dentro de la más cruel realidad, refiriéndose quizás a su soledad:
¿Dónde está, señora mía
que no te duele mi mal?
No contento el licenciado Fernández de Avellaneda con adelantarse por su cuenta a publicar esta segunda parte, ya que Cervantes no lo hacía, le dedica en el prólogo un sartal de improperios y de audaces invectivas con la adehala de que se goza en decirle que con este libro le quitará su ganancia. Dice que las Novelas ejemplares de su enemigo son más satíricas que ejemplares. Se burla infamemente de la manquera de su mano, y añade: «Como soldado tan viejo en años, cuanto mozo en bríos, tiene más lengua que manos. Pero quejarse de mi trabajo por la ganancia que le quito de su segunda parte, pues no podrá, por lo menos, dejar de confesar tenemos ambos un fin, que es desterrar la perniciosa lección de los libros de caballería, tan ordinaria en gente rústica y ociosa; si bien en los medios nos diferenciamos, pues él tomó por tales el ofenderme a mí y particularmente a quien tan justamente celebran las naciones más extranjeras y la nuestra debe tanto, por haber entretenido honestísima y fecundamente tantos años los teatros de España con estupendas e innumerables comedias, con el rigor del arte que pide el mundo y con la seguridad y limpieza que de un ministro del Santo Oficio se debe esperar. No sólo he tomado por medio entremesar la presente comedia con las simplicidades de Sancho, huyendo de ofender a nadie, ni de hacer ostentación de sinónimos y anagramas voluntarios, si bien supiera hacer lo segundo y mal lo primero». Más abajo añade: «Y pues Miguel de Cervantes ya de viejo como el castillo de San Cervantes, y por los años, tan mal contentadizo que todo y todos le enfadan y por ello está tan falto de amigos. Conténtese con su Galatea y demás comedias en prosa que eso son las más de sus novelas: no nos canse». Después de tratarlo de envidioso, dice: «Pero disculpa los yerros de su primera parte en esta materia, el haberse escrito entre los de una cárcel y así no pudo dejar de salir tiznada dellos, ni salir menos que quejosa, murmuradora, impaciente y colérica cual lo están los encarcelados».
Cuando salió el libro llamado El Quijote apócrifo, Cervantes estaba trabajando en su segunda parte y ya iba en el capítulo LIX, donde se cuenta del extraordinario suceso que se puede tener por aventura que le sucedió a don Quijote. A Cervantes no le quedaba sino su pluma para vengarse de su fatal enemigo. Y qué pluma y qué sarcasmos iba a esgrimir en adelante, hasta que llegó el perdón cristiano para no publicar el verdadero nombre del autor, pues aquél lo sabía de seguro, como lo demostraré más abajo. En el capítulo LXII que trata de la aventura de la cabeza encantada, con otras niñerías que no pueden dejar de contarse, don Quijote, en Barcelona llega a visitar una imprenta o editorial, como diríamos hoy. Después de conversar sobre algunos libros con el dueño, don Quijote pasó adelante y vio que asimismo estaban corrigiendo otro libro; y preguntando su título le respondieron «que se llamaba La segunda parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal vecino de Tordesillas —ya yo tengo noticias de este libro— dijo don Quijote, y en verdad y en mi conciencia que pensé que ya estaba quemado y hecho polvos por impertinente; pero su Sanmartín se le llegará como a cada puerco». En el capítulo LXXIV que es el último de la obra inmortal, se lee:
Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma: Aquí quedarás colgada de esta espetera y de este hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada, péñola mía, a donde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero antes que a ti lleguen, les puedes advertir y decirles en el mejor modo que pudieres:
Tate, tate, folloncicos,
de ninguno sea tocada;
porque esta empresa, buen rey,
para mi estaba guardada.Para mí sola nació don Quijote y yo sola para él; supo obrar y yo escribir, solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros, ni asunto de su resfriado ingenio, a quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fosa donde verdaderamente yace tendido de largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva.
A pesar de todo y sin disculpar jamásla fea acción del fingido Avellaneda, su obra tiene grandes bellezas, pero como dice don Marcelino Menéndez y Pelayo, jamás se puede comparar en ningún sentido con la obra cervantina. El Quijote apócrifo sepuede clasificar entre las novelas picarescas y tiene cuentos aislados de notable valor como las Aventuras de don Álvaro Tarfé, Don Dradamín de Tajayunque, La batalla con el rey de Chipre, el cuento del rico desesperado y el mejor de todos, el de los Felices amantes. Avelleneda termina su novela sin dar muerte a don Quijote, y comete la vulgaridad de meterlo en una nueva salida, llevando como escudero a una moza de soldada que halló junto a Torre de Londres, vestida de hombre y que había huido de su casa por algún percance definitivo. Cuando en medio del camino dio a luz aquella muchacha termina la obra diciendo: «La encomendó hasta que volviese a un mesonero de Valdestillas y él sin escudero pasó por Salamanca, Ávila y Valladolid, llamándose el Caballero de los Trabajos, los cuales no faltará mejor pluma que los celebre».
Ya vimos antes que Alonso Fernández de Avellaneda se queja de que Cervantes hubiera empleado sinónimos y anagramas para denigrarlo y agrega que él también es hábil para lo segundo. Y quién creyera que en los últimos renglones está contenido no sólo el nombre del verdadero autor del Quijote apócrifo, sino su oficio y su ciudad natal, como lo demostraré, para cuyo hallazgo me inspiré y di por casualidad con semejante descubrimiento, al leer detenidamente la más extraordinaria obra que sobre Cervantes se haya escrito recientemente. Me refiero a La invención del Quijote por Arturo Marasso, el glorioso y monumental crítico Argentino.
En esta documental obra se encuentra el siguiente capítulo: «El autor del falso Quijote»en donde demuestra hasta la saciedad quién es el verdadero autor de esta obra. La polémica para descifrar el enigma es interminable. Se han llenado decenas de volúmenes y hasta antes de Marasso no se había llegado a ninguna conclusión. Se han barajado los nombres de Fray Luis de Aliaga, Fray Andrés Pérez, probable autor de La pícara Justina, Blanco de Paz, el delator de Argel, Bartolomé Leonardo de Argensola, Lope de Vega u otro ingenio por influjo de éste, lo que es la verdad, como veremos; Ruiz de Alarcón, Alfonso Lamberto, según el eruditoestudio de Menéndez y Pelayo, Juan Martí, quien es, como dice Valbuena y Prat, «el Mateo Luján de Saavedra, continuador apócrifo del Guzmán de Alfarache, cuyo cuarto centenario acaba de pasar hace pocos días, completamente inadvertido; Fray Luis de Granada, Tirso de Molina, Guillén de Castro, y, por último, como refiere el citado Valbuena y Prat, «hasta no falta la peregrina idea de que fue el autor el mismo Cervantes». El notable crítico y escritor Cotarelo, dice que tal libro no fue escrito en Tarragona sino en Valencia. Cervantes lo sabía: «Que se dice que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona». Cervantes dice que tal autor andaba encubriendo su nombre y fingiendo su patria. Para tranquilidad de mi conciencia, y voy a hacer un extracto de las razones de Marasso, para que no se crea que las observaciones sonmías, pues a su tiempo diré lo que me pertenece por entero. Dice Marasso que el estilo del falso Quijote recuerda el del autor casi desconocido de El Caballero Venturoso, clérigo, presbítero de Córdoba, en donde traslada a lo divino el Guzmán de Alfarache y El peregrino en su Patria de Lope de Vega. En la familia antigua de este autor, se encuentran varios Alonsos Fernández de Valdelomar. En esa época se acostumbraban mucho los anagramas para, sus personajes o para ellos mismos, como el Salicio, anagrama medio de Garcilaso. En don Quijote, se pinta a este clérigo de Córdoba, quien es precisamente el Cardenio con todas sus locuras. Tuvo él ciertos amores desgraciados y se fue a Sierra Morena, precisamente al sitio de las locuras de Cardenio enamorado de la sin par Luscinda. Cardenio es de Córdoba y aparece como protegido del duque de Osuna, como lo fue el autor del Caballero Venturoso. En las Novelas ejemplares, especialmente en El coloquio de los perros está retratado el sacerdote de Córdoba, cuando describe al poeta, y al licenciado Sarmiento de Valladares. Un tal Alonso Álvarez Fernández en 1603 fue ahorcado por orden de un Bernardino de Avellaneda, pariente del cura que vamos a descifrar. La mezcla de estos nombres no deja de ser una profunda ironía contra Cervantes, como quien dice que él también merece la horca. Rodríguez Marín dice que el Loayza de El celoso extremeño es nada menos que Alonso Álvarez. El autor de El Caballero Venturoso no tuvo el placer de ver publicados sus libros por falta de dineros y por ello se dio a la infamia de apoderarse de la historia ajena con el fin, como lo dice en el prólogo el licenciado Fernández de Avellaneda, «de quitarle las ganancias a Cervantes». El cura en cuestión y el manco de Lepanto, pelearon juntos contra los turcos en esta descomunal batalla y desde entonces vinieron desavenencias por asuntos de recelos recíprocos. El falso autor era un poeta que escribía en esdrújulos altisonantes y malos. En El coloquio de los perros, escribe sus poemas en versos esdrújulos sin admitir verbo alguno, el poeta allí descrito. Aquel estuvo en Valladolid enfermo de gravedad y Cervantes pinta en la citada obra el hospital de esa ciudad con detalles precisos sobre su enemigo, quien tenía escrito un Manual de Exorcismos, que ahora que ya se conoce esta obra, se ve un notorio parecido con los que en la obra cervantina se describen. Alonso de Avellaneda dice que Cervantes lo ofendió a él y a Lope de Vega, y éste era amigo íntimo de aquél, como lo demuestra un prólogo laudatorio puesto a El Caballero Venturoso el 28 de abril de 1617. Este autor en el prólogo de su obra habla «de las ridículas y disparatadas fisgas de Don Quijote de la Mancha, que mayor la deja en las almas de los que la leen». Ya hemos visto que en el prólogo del falso Quijote habla de que el autor de la primera parte la escribió entre los hierros de una cárcel, por lo cual no pudo «dejar de salir tiznada de ellos». El arzobispo cardenal de Toledo Bernardo de Sandoval y Rojas fue gran protector y defensor de Cervantes, al mismo tiempo que noble amigo del supuesto Avellaneda quien le dice:
Bernardo sacro, por las cinco estrellas,
rojas de sangre que a la negra banda
de Sandoval.
Y aquí está la clave absolutamente segura del por qué Cervantes no publicó en los posteriores capítulos y en Persiles y Segismunda, su última obra, el verdadero nombre de su detractor. El procuró amistarlos y por lo menos consiguió que se echara un manto aunque lo fue aparente, de olvido a tan crueles resentimientos. El autor de El Caballero Venturoso se preparaba para partir a Barcelona para ver de publicar sus obras lo que no consiguió, y Cervantes hace visitar a Barcelona a su hijo predilecto, en donde conoce la famosa editorial y encuentra que se estaba publicando La segunda parte de don Quijote, por lo cual la condena a las llamas y a la ceniza. Cervantes afirma que su enemigo es aragonés y está en la verdad, puesto que lo conocía tan a fondo, y el falso Quijote está lleno de aragonesismos y descripciones precisas de esa tierra; conoce a fondo la religión, lo que da a entender que es perito en teología, es decir que no puede ser sino un sacerdote. El milagro de la aventura de los Felices amantes,es casi igual a un pasaje de El Caballero Venturoso y con el mismo estilo, como que eran del mismo autor. El Caballero Venturosoes un peregrino que va a Roma en busca de su salvación y pide limosnas, pero no de dinero sino de sentencias. Pero su autor también tenía escrita otra obra que se llama Flor de sentencias y lugares comunes en latín y en vulgar. Pero lo más asombroso y definitivo es la copia exacta del natural que hace Cervantes en su último libro: Los trabajos de Persiles y Segismunda. En su libro IV, capítulo I, aparece un peregrino religioso que no pide dinero sino sentencias y los demás compañeros escriben en su cartapacio exactamente igual al Venturoso. Esas sentencias son muy parecidas a las del libro comentado como que en realidad lo conocía Cervantes. En Persiles, el libro se llama también: Flor de aforismos peregrinos. Cada uno de los viajeros dejan su sentencia y el autor dice: «Luego firmó». Al final añade: «Esto fue lo que escribieron nuestras damas y peregrinos». Pero el personaje que más nos interesa, escribió: «No desees y serás el más rico hombre del mundo». En lugar de decir: «Y firmó», añade Cervantes: «Y la firma decía: Diego de Ratos Corcorvado Zapatero de Viejo en Tordesillas». Los críticos literarios de Cervantes se asombran de este esperpento que no tiene pies ni cabeza, lo que demuestra que allí encierra algún misterio. Probablemente como lo intuían Schewil y Bonilla, tiene que ver con el tal Avellaneda. Lo mismo apunta don Marcelino Menéndez Pelayo, pero nadie hasta la aparición del libro de Arturo Marasso había descifrado el enigma. Este ilustre crítico dice: «Las letras de Corcorvado, Zapatero de viejo en Tordesillas se convierten maravillosamente en: Coz de Juan Valladares, Presbítero de Córdoba. Después añade que cuando dice: «lugar en Castilla la Vieja junto a Valladolid», Cervantes insiste en el anagrama de Juan Valladares. «Junto a» encierra a Juan. Valladolid, nos da más de la mitad del apellido: «Vallad». Después nuestro autor se pierde en infinidad de conjeturas que van perdiendo el interés por convencionales y artificiosas, como cuando la m la sustituye por la n, lo que para Marasso es una clara alusión a la manquera de Cervantes. El capítulo termina así: «¿Aparece en el falso Quijote el nombre de Juan Valladares de Valdelomar? Al final se lee: Valdestillas. Y él sin escudero pasó por Salamanca, Ávila y Valladolid, llamándose el Caballero de los Trabajos. Sorprenden a primera vista «Valde» parte de Valdelomar y «Vallad», parte de Valladares. A la impresión visual la percibió Cervantes cuando escribe: «De Castilla la Vieja junto a Valladolid». El párrafo citado del Quijote apócrifo encierra el anagrama del nombre de su autor verdadero: «Don Juan Valladares de Valdelomar, Presbítero de la ciudad de Córdoba».
Sin embargo quien se proponga verificar tales anagramas, lo mismo que el anterior, los encontrará deficientes y acomodaticios. En cambio según mi trabajo, si se acogen las palabras seguidas de Cervantes en Persiles y Segismunda (libro IV casi al final del capítulo II): «Y la firma decía: Diego de Ratos Corcorvado, Zapatero de viejo en Tordesillas», sale el anagrama perfecto: « firma y dice: Todo esto es ciego atroz y la pierde Joan Valladares de Córdoba . En la parte final del Quijote de Fernández de Avellaneda se lee: «Y él sin escudero pasó por Salamanca, Ávila, Valladolid, llamándose el Caballero de los Trabajos» y si se le agregan las palabras inmediatamente anteriores: «A un mesonero de Valdestillas», admira que salga el nombre completo de Joan Valladares de Valdelomar, Presbítero de Córdoba, con el aditamento de que con algunas deficiencias sale también al principio: «El autor no es manco». Esto prueba entre otras cosas que hasta en estos juegos, Fernández de Avellaneda no le igualaba a su contendor, más sí se ve la intención notoria de buscar anagramas para dejar escondidos en ellos su oscuro nombre. En esos tiempos los literatos se entretenían haciendo pullas a sus enemigos como lo demuestran Quevedo, Calderón y otros. El mismo Cervantes en la segunda parte de su Quijote, echa tajos y mandobles contra ciertos dramaturgos, clara alusión a Lope de Vega a quien le dice entre otras cosas: «Lo ve de Pega».
El 18 de abril de 1616 Cervantes recibió la extremaunción. Al otro día aún tuvo fuerzas para escribir al Conde de Lemos la dedicatoria de su Persiles y Segismunda que fue publicada un año después de su muerte. «Aquellas coplas antiguas —dice el genio en la agonía— que fueron en su tiempo celebradas y que comienzan:
Puesto ya el pie en el estribo,
quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras la puedo comenzar... Ayer me dieron la extremaunción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y con todo esto, llevo la vida sobre el deseo de vivir.» Y el 23 del mismo mes, en el año de gracia de 1616, moría don Miguel de Cervantes Saavedra, la gloria más grande de la lengua española y el hombre que soportó como un Atlante casi todos los dolores del mundo.