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El «Quijote» en América

Cervantes y el Quijote

Por Alfonso Robledo*

El día 23 de abril de 1616 moría cristianamente en España, anciano ya, un hombre a quien la lucha hizo fuerte, y el dolor hizo grande. Su Patria no creyéndole un genio, le honró en su muerte como a un escritor eximio. Al sepultarle en el convento de las monjas trinitarias, muy pocos hubieron de comprender que el eclipse de aquella inteligencia era como el anuncio de las sombras que cobijarían a España. A ese hombre, como a casi todos los predestinados, la vida le dio sus heces, la pobreza sus torcedores, la lucha sus amarguras, y la amistad sus desengaños. Pero una fuerte voluntad, que es a menudo compañera del genio, sosteníale en sus horas de desfallecimiento. Él triunfaría; él, a falta de Colegio, aprendería en la escuela del mundo; a falta de Maestros, tomaría el de férula rabiosa, el que mejor enseña: el sufrimiento. No sabía él cómo escombraría el camino, si con la pluma o con la espada, pero tenía la seguridad de los fuertes, pensaba que a la gloria llegaría, aunque fuese con el alma herida, con las velas de la ambición ya rotas, con el cansancio del que gana la playa de la vejez serena. Y el éxito hubo de sonreírle. Diole honores, aunque no todos los que merecía; diole dinero, aunque no holgura decorosa. Aquel hombre que hizo reír, cuando reír era un crimen, y sólo en la muerte se pensaba; aquel hombre que en el seno de una sociedad agonizante, hizo nacer, consoladora y bella, la flor de la alegría; aquel hombre que supo dar calor y vida, regocijo y entusiasmo, a una literatura llorosa y desencantada, fue Cervantes.

Tanto se ha dicho del más glorioso escritor de España, tanto se ha investigado en orden a los más menudos hechos de su vida, que ya parece estar desentrañado lo más oculto, y dicho cuanto hay que decir, con datos rigurosamente comprobados, acerca del príncipe de los escritores castellanos. Y pensamos que, si aún hay lagunas, y es dable llenarlas, tal tarea ha de corresponder al señor Rodríguez Marín, eminente cervantista que varios años lleva ya de rebusca paciente, de aplicar todas sus facultades al estudio de la vida y obras de Cervantes, estudios cuyos resultados hemos de conocer en breve, con ocasión de la gran fecha que se aproxima. ¿Qué podríamos añadir a lo que han dicho ya Rodríguez Marín o Fitzmaurice-Kelly? Ellos, y otros muchos, comentaristas modernos, convencidos de que el Cervantes que antiguos escritores nos pintaban, deificado e intachable, no corresponde a la realidad, nos presentan otro personaje más simpático, más humano, más nuestro, que vivió como viven ordinariamente los mortales, un hombre que acaso corrió la tuna en sus mocedades, que no siempre hizo buenos versos, que se equivocó en ocasiones, que a las veces fue escritor incorrecto, que ha podido morir, como tantos genios ocultos, sin gloria ni nombre, a causa de una circunstancia baladí, como, vaya por caso, si hubiese podido realizar su viaje a América. Así, reducido a sus justas proporciones, el héroe nos resulta en extremo simpático. Loados sean estos comentaristas que hacen decir a Cervantes lo que él dijo; que cuando no saben lo que él quiso decir, callan; que cuando en su vida de él hay un vacío, no lo llenan con ficciones.

Si su obra hace reír, su vida hace llorar. Niño, apenas si puede educarse, pues era hijo de un médico, tan escaso de ciencia, como abrumado de necesidades; joven, lleno de ambiciones, combate en Lepanto, y es herido; esclavo, cuando de regreso a España piratas moros le capturan, cárgasele de cadenas y sufre cinco años de cautiverio; hijo, perdido ya su padre, por sostener a su madre lucha con desesperación, escribe sin éxito, busca renombre en vano, y es lo más si logra que un librero de Alcalá le ofrezca unos pocos reales por su Galatea; comisario de galeras, puesto tan reñido con sus aficiones, lleva mal sus cuentas, se le acusa, se le encarcela, y en tal oficio se desespera, «como Sansón dándole vueltas al molino en la prisión de Gaza», viejo ya, escondido en un rincón de Valladolid, escribe su inmortal novela, fruto de un espíritu fertilizado por los dolores, obra de la vejez, que, al decir de Chanfort, son las obras más hermosas, como son más fértiles las tierras cuando ha pasado el volcanismo.

En lucha, pecho a pecho, con la fortuna adversa; en contacto con hombres sin entrañas, con trujamanes que no aprecian sino el talento que mercadea y sabe hacer dinero; conocedor de todas las debilidades humanas y de todos los engaños sociales; amigo de estudiar al hombre, estudio que dispone a la melancolía y envenena el carácter, Cervantes, a pesar de todo, conservó hasta el fin su abundante, natural y encantadora benevolencia. Dijérase que de este minero, inexhausto y escondido, sacaba él la tranquila resignación que oponía a los duros golpes de la vida. Su misma ironía es fina y misericordiosa; para los hombres tiene un juicio indulgente; para sus extravíos una palabra amorosa; en casi todos sus personajes hay algo de lo que en él abunda. Habiendo corrido el mundo y palpado sus maldades, acabó por reírse de todo, hasta de sus propios dolores, con la risa fresca de un alma sana y fuerte.

Y aquel hombre tan benévolo, tenía una fortaleza y un valor admirables. Sorprendido en el momento en que iba a fugarse de su prisión con algunos compañeros, se declara único responsable de aquel acto ante el implacable Azán; otra vez, habiendo podido salvarse él solo, prefirió no hacerlo por evitar un peligro cierto a sus camaradas, que en él confiaban; apremiado para que revelase el nombre de sus cómplices en esta misma tentativa, no le conmueven las amenazas, e impasiblemente calla, con una intrepidez, con una lealtad, que a sus mismos jueces sorprende. Y aún le admiramos más al verle ya en Madrid trabajando inútilmente por abrirse camino con sus escritos; en Andalucía haciendo provisiones de aceite y en bajos oficios que le proporcionaban remuneración escasa; viéndole aprisionado en Castro del Río por descuidos y trabacuentas en el manejo de fondos públicos, y haciendo esfuerzos por probar su inocencia en la muerte de Gaspar de Ezpeleta; en tanto que, uno a uno, le iban abandonando los seres queridos que eran objeto de sus afanes; en todas estas circunstancias el ánimo de Cervantes se mantuvo firme, quizá fortalecido por sus cristianos sentimientos.

En cuanto es lícito juzgar las cualidades de un hombre por sus obras literarias, recurso impropio de la crítica seria, por ser ocasión de dislates sin cuento, bien puede asegurarse que en el pecho de Cervantes había una gran piedad, una extrema simpatía por los humildes, por los desvalidos, acaso por haberlo sido él mismo, quizá por reconocer, como casi todos los que han trajinado conciencias, que en estas gentes de ruda costra se albergan las más nobles virtudes y las más bellas abnegaciones. De aquí su empeño en dar nobleza al lenguaje, tenido hasta entonces por plebeyo; de aquí que tanto respetase la socarrona ingenuidad de Sancho, y que los más bellos discursos de don Quijote, vehementes y cálidos, fuesen dirigidos a los hombres de la hampa, a los seres que en el mundo son ordinariamente menospreciados. No es don Quijote el que delante de los sencillos sabe estar serio, atento y respetuoso: es Cervantes, que para ellos tiene ternuras exquisitas y solícitos cuidados.

Nunca olvidó el autor del Quijote los servicios de aquellas personas que en horas precarias le favorecieron. Es natural, dado que la modestia es terreno harto propicio para la semilla del agradecimiento. Bien sabido es que pocos días antes de su muerte, recordando a los poderosos amigos que en días difíciles le dieron largamente un pan para su madre y un aliento para sus tareas, de ellos habla con tal cariño, con tal amor, que apenas sí puede uno contener las lágrimas cuando al conde de Lemos dice que la enfermedad podría acabar con su vida, «mas no con su agradecimiento». Tan bellas palabras han debido recibirlas el conde de Lemos yel noble Arzobispo de Toledo, como monedas de gloria con que su favorecido quería que ellos mismos comprasen su propia gloria, a la par que la gratitud de la posteridad.

Dos reflexiones nos sugiere siempre la vida atormentada de Cervantes. Es la primera el considerar que el autor del Quijote a punto estuvo de morir desconocido, sin que el mundo supiese que en aquel cerebro tan maravillosas creaciones se ocultaban. Llegado a los sesenta años, lleno de angustias yquebrantos, ha podido pensar que no lograría ya con su pluma lo que alcanzar no pudo en los mejores años de su vida. El sosiego que echaba menos; el hambre que le asediaba; la natural desconfianza del que ya creía su imaginación marchita; cualquiera de estos motivos ha podido impedir esa obra que ya estaba, sin embargo, preparada en la mente de aquel desconocido ingenio. Y estas consideraciones nos llevan asimismo a pensar en los muchos genios obscuros que habiendo preparado un descubrimiento o una obra maestra, merced a una serie de esfuerzos, a la cual serie sólo el último escalón faltaba, mueren ignorados, e ignorando ellos mismos el valor de su tarea. Tal ha sucedido y sucederá siempre. Si Ehrlich logra llegar al 606 en sus penosas investigaciones para la curación de la sífilis o al 418 para combatir la enfermedad del sueño, se le honra y se le ensalza; pero sólo con 605 experimentos para la una, o 417 para la otra, en los cuales el principal mérito radica, no se le habría llorado en su muerte, como llora hoy la humanidad al gran bienhechor, que al fin de su carrera hubo de ver robadas por la guerra las muchas, muchísimas vidas que él salvó con su prodigioso descubrimiento. ¡Cuán bien estaría que todo hombre pudiese numerar sus esfuerzos, como el microbiólogo sus fórmulas, y que no sólo por el último, antes por los primeros que permanecieron ocultos, se le honrase!

Al leer la vida de los grandes creadores que, como Cervantes, han dado vida eterna a sus obras, nos persuadimos de que lo que más hondo se graba en el mármol de la historia es lo que se hace con el buril del arte. El Arte y la Acción, he aquí las dos grandes fuerzas que a hombres y pueblos eternizan. Los que a la ciencia se dedican con loco empeño, anhelosos de fórmulas definitivas, de correr el misterioso velo de las cosas, a menudo acaban decepcionados, y diciendo las frías palabras de Víctor Hugo: La verdad de hoy, fue desconocida ayer, y será la mentira de mañana. Salvo unos pocos hombres que con sus descubrimientos lograron desviar los rumbos de la humanidad, casi todos los investigadores agotan su vida en el estudio, sin lograr otra cosa que saber lo que otros dijeron. Un erudito, cuando muere, del todo muere. Quien ha hecho obra, por modesta que sea, en provecho de la sociedad, deja un hito en su camino, deja algo duradero: quien hace obra de arte, obra de fantasía, escribe su nombre en la roca viva de los tiempos, a todos habla, porque los grandes esfuerzos de la fantasía son siempre definitivos. ¡Cuántos hombres de ciencia tuvo España durante el reinado de los Felipes, de los cuales apenas queda rastro en la Historia; y Cervantes, ya en el término de su vida, en un instante feliz, su inmortalidad asegura! Esta consideración encarece la obra de la nación española: de su acción, enérgica y valiente, habla América; de su arte, hablan los poetas y novelistas, habla Cervantes, cuyo nombre gloriosamente habrá de perpetuarse.

Y vengamos al Quijote.Con el respeto con que se pisa el umbral de un templo magnífico, al cual acuden peregrinos de todas las naciones; con la honda emoción que despierta la vista de un santuario donde mil devotos dejado han su ofrenda votiva, en señal de reverencia; con ese respeto, con ese temblor vamos a hablar de esa obra prócer sobre la cual han escrito los más calificados escritores, especie de templo literario al cual han ido los más nobles espíritus de los últimos siglos, anhelosos de comprender su estructura, de admirar su magnificencia, de alabar al artífice que tal obra levantó sobre cimientos eternos. Leyendo el Quijote, aquél a casquillo quitado ríe; éste, como Byron llora en silencio; cada cual goza con un aspecto de los mil que ofrece aquella obra que junta los dos polos de la vida, y refleja cuanto hay de grande y de pequeño en el corazón humano.

Quiso Cervantes con esta obra «poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías». Nada más, nada menos. La crítica moderna no acepta ese sentido oculto que algunos cervantistas han querido ver en el Quijote. Y de guilla le salió su intento. No sólo dio al través con aquella actividad enfermiza, sino que dejó escrito un libro inimitable, colocado, al decir de Valera, entre una literatura que muere y otra que nace, y es de ambas el más acabado y hermoso modelo. Hombre de buen sentido, pero de escasas letras, no hay que juzgarle un sabio en todo género de disciplinas por el solo hecho de hablar atinadamente en orden a ciertos puntos científicos. Tampoco debe admitirse que tuvo él plena conciencia de lo que su obra significaba. Para él valía más Persiles y Segismunda que el Quijote. Pero hay más: el verdadero escritor es descontento, nunca queda satisfecho de lo que hace, quisiera muchas veces romper las cuartillas que escribió con ansiedad, con fatiga, con el calor de la fiebre inspiradora. Esta natural desconfianza del artista, del escritor genuino, hácenos barruntar que Cervantes no comprendió toda la trascendencia que la posteridad ha dado a su libro. Con frecuencia el escritor ha menester que se le diga que ha hecho una obra maestra. Y ni él supo probablemente todo lo que la suya valía, ni los mismos contemporáneos, en el primer momento encarecerían bastante aquello cuyo mérito aún se les ocultaba. Cuando el hombre de genio corona una obra, no está contento, consuélase sólo pensando que otra mejor hará. Y muere deplorando que no le fue dado hacerla. Por lo demás, los grandes escritores, cuando publican una obra, como a hija sin recato, ordinariamente la desprecian.

¿Y por qué el extraordinario interés que a todos el Quijote despierta? Porque allí está, viva y real, la comedia humana; porque allí cada cual se observa a sí mismo en uno de sus múltiples anhelos; porque allí se siente palpitar, sordo y atormentado, el corazón de la humanidad. Quien hace de su vida una continua inmolación, un sacerdocio, en favor de sus semejantes, confiando en la gratitud, es don Quijote, objeto de burlas, a quien dan picón los duques; quien cree que la gloria es la única ambición digna de hombres levantados, es don Quijote, de quien Sancho, amigo sólo del garbanzo, se ríe; quien cree que en su hidalguía lleva un escudo impenetrable para pelear las batallas de la vida, es don Quijote, por los yangüeses pisoteado; quien acaricia ideales reñidos con la realidad, bellos, pero fantásticos, es don Quijote en lucha con los molinos de viento, o viendo convertida en Aldonza Lorenzo su bella Dulcinea. ¿Y quién no se mira en ese Sancho simpático y glotón, picotero y sencillo, que con sus refranes y dichos pone lastre a los sueños del ilustre manchego? Cuando el amo busca gloria, él va tras la pitanza; cuando don Quijote habla solemne y gravemente, él ríe a hurtadillas; cuando el gran aventurero busca la lucha, él apetece el descanso; cuando el amo cree en la bondad humana, él desconfía, él no comprende que por los hombres deban hacerse tantos sacrificios, él mira sólo a su propia holgura.

Don Quijote y Sancho son en aquella narración admirable, como los dos cabos de un hilo que Cervantes junta para cerrar el circuito de la vida humana; como las dos puertas por donde el dolor y el desengaño hacen su entrada en el mundo. Profundas e incurables son las heridas del hidalgo; ligeras, como a flor de piel, son las del escudero; sufre aquél con la derrota, porque deslustra su nombre; éste, más filósofo, de los manteas se burla si tiene llena la andorga. Cuánto goza el lector siguiendo, absorto y embebecido, el viaje de aquellos dos hombres, que parecen tan reales como los personajes históricos. Ríe uno, pero también sufre; agrada la simplicidad de Sancho, pero torturan las malandanzas de don Quijote; encanta ver a aquél, rollizo y sano, jocoso y práctico, incapaz de coserse la boca; pero duelen los artificios con que Altisidora engaña al casto y noble caballero; duelen los irrespetos y ultrajes que recibe el sublime loco, el de clara locura, que tan a lo serio toma la vida; atormenta esa tenacidad que fracasa siempre, esa lucha inacabable de un gran corazón que equivocó las armas, ese salir, cada vez con más brío, refugiado en la cumbre de su ideal, pálido y enjuto, en busca de los necesitados; ese morir al fin, decepcionado y abatido, morir que los idealistas perdonamos a Cervantes, sólo por creer que del todo no ha muerto, que en la mejor hora tornará a levantarse el mejor caballero, el más generoso luchador que ha conocido el mundo.

Cuando el ilustre manchego departe amigablemente con Sansón Carrasco acerca de una historia que con próspero viento por el mundo corre, historia que, al decir de Carrasco, «los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran», habla con acierto, con extraordinaria lucidez, tocante a los deberes del historiador, al cual, cuando miente, juzga tan funesto, tan malvado, como a un monedero falso. ¿Y quién podría con él ladearse cuando censura el vicio o la virtud elogia? El mejor moralista no hablaría con tanto calor, con lenguaje tan bello y persuasivo, de lo que es el amor, de lo que es la gratitud, de lo que es la libertad. Sancho mismo, con ser tan poco escrupuloso, admírase a las veces del buen juicio de su amo, y piensa que un hombre de tan atusado ingenio, de alma tan bizarra, mejor fortuna mereciera. Loco, cuando recuerda que Amadís de Gaula, enamorado de Oriana, hizo penitencia en la Peña pobre, como él por su Dulcinea debía hacerla en Sierra Morena; loco, cuando toma a los rufianes por nobles paladines, lleva hasta el sumo posible su cordura cuando redacta el Estatuto a que su escudero debe someterse en el gobierno de la ínsula Barataria. Tan hermosos consejos aleccionaron sobremodo a Sancho, quien, como los políticos honrados, hubo de ver a vista de ojos a qué precio se compra el aparente brillo de las dignidades, esos gobiernos de que con tanto entusiasmo hablaba a Carrasco en otra época, esas Señorías «que se sirven con plata», por él tan anheladas, esa Ínsula que le sacaba de quicio delante de su mujer, haciéndole pensar en un príncipe para casar a Sanchica, todo lo cual resulta vano cuando se sabe lo que son rondas, y artimañas, y adulaciones, y sobresaltos, como lo supo el buen escudero, quien, cansado de todo aquello, vase ocultamente al lugar donde su fiel Rocín lo espera, lo abraza con cariño, y prorrumpe en aquellas exclamaciones dolorosas e inolvidables, con que celebra y canta la vida tranquila, los bienes de la libertad, la profesión modesta, el sueño apacible, el trabajo independiente, el buen nombre, en fin, que tanto estiman los que con manos puras manejan públicos caudales.

Para comprender todo el encanto del Quijote, una sola lectura no es bastante. Importa leerlo varias veces, procurar uno desentenderse un poco de los principales personajes, para apreciar los secundarios, y sacar de la lectura frescas y nuevas emociones. El cura y el barbero tienen especial atractivo; Sansón Carrasco, maleante y cuerdo, nos seduce; Teresa Panza nos admira cuando, usando las armas de Sancho, pulveriza los proyectos ambiciosos de éste respecto de su hija, con aquello de Al vecino, límpiale las narices y mételo en tu casa; La doncella modesta, el hacer es su fiesta; La mujer honrada, la pierna quebrada y en casa. Esta Teresa, bien hallada con su humilde posición, no obstante haber tenido hijos de grandeza cuando el paje de los duques le habló del insular gobierno; esta mujer, como todas las del Quijote, según observa Hartzenbusch, róbase el cariño de los lectores por su discreción y donosura. Ello es honroso para Cervantes, demostrativo del gran respeto que la mujer, cualquiera que fuese su condición, le inspiraba.

Pero donde debe buscarse el principal encanto de aquel libro, que Valera llamó la última de las epopeyas y la primera de las novelas; donde el lector ilustrado se deleita y se desespera, es en su estilo de belleza insuperable, en su casticismo de buena ley, en su sencilla y fresca galanura. Al mérito literario de tal obra, a la influencia que ha ejercido, débese en mucha parte lo poco que de entonces acá ha variado el castellano. Las grandes obras son como diques poderosos que en ciertas épocas contienen el río del lenguaje, haciendo como un lago tranquilo, que se ensancha, pero que no pierde esas corrientes parciales que se llaman los dialectos, esas derivaciones que ocasiona la rapidez de la carrera morfológica. Mientras un gran escritor cautive y atraiga, todos, a lo menos por algún tiempo, tómanle por modelo, procurando no apartarse del rumbo que aquél señala. Las Partidas, y otras pocas obras, empujaron el castellano desde Alfonso X hasta Cervantes; éste, a su turno, renovó la fuerza conservadora a tal punto, que aún hoy día los escritores se preocupan de escribir con el mismo léxico, con el mismo atildamiento del insigne manco.

Esta «Biblia profana» de los tiempos modernos, a todas las lenguas traducida, ha sido no sólo obra de esparcimiento y solaz, sino materia de serios estudios, dado que en ella cuentan éstos las palabras, admiran aquéllos la riqueza de giros, y esotros estudian por menudo su gramática. Prestantes ingenios han dedicado su vida a la explotación de tan rico minero, sin agotar, con todo, sus múltiples filones. Obra admirable aquélla, que sin tener la unidad debida, sin estar exenta de faltas gramaticales, sin ser la más atildada creación de Cervantes, es el más rico florón de la literatura española, el áureo vaso en que el escritor complutense quiso verter el expresivo lenguaje del pueblo, para ennoblecerlo, para dar nuevo limo a la tierra ya medio infecunda, para mostrar todo el oro que en esa ganga despreciada se escondía.

Cuando Cervantes no cede a la influencia del arcaísmo, ni se encariña con la escuela italiana, que harto bien conocía, su estilo ostenta una pulcritud, una limpieza, una sonoridad incomparables. Para Cervantes el verbo es rey del lenguaje, y no gusta de verlo atrás, sino delante, empenachado y valiente, tras el cual van a la sirga las restantes palabras de la oración. Tan al propio vienen los epítetos, que parece no haber sino uno, exclusivamente uno, para templar la fuerza ruda del sustantivo. Rigurosa propiedad en las palabras; naturalidad en la expresión; garbo y soltura en la frase ondulante; ritmo y majestad en el período; elegancia en las trasposiciones; vigor en las hipérboles y elipsis; belleza en las antítesis; movimiento y facilidad en el diálogo; fuerza en las reduplicaciones; vida en la narración, he aquí lo que se admira en el estilo del Quijote, estilo flexible como un junco, lleno como una espiga, suave como un céfiro, juguetón e inquieto como un río que aquí se remansa en un diálogo, y allá en serias reflexiones se atormenta y se desborda. Sorprende, a la verdad, ese perfecto dominio del idioma, ese llevar engallado el período brillante, ese jugar hábilmente con el infinitivo y el gerundio, esa innata elegancia y propiedad suma, en un hombre que de poco tiempo disponía para el estudio, que escribía para distraer el hambre, que pensaba durante las pocas treguas que el sufrimiento le dejaba. Pero ello no debe admiramos: bien sabido es que las grandes inspiraciones ordinariamente solicitan al escritor, cuando éste, trafagón e inquieto, de poco tiempo dispone, y ha menester un gran esfuerzo para inquietar su corazón angustiado. La comodidad y holganza no son las condiciones más propicias para despertar las fuerzas del espíritu y engendrar las obras maestras.

Bien está que España y América se dispongan a honrar debidamente al gran monarca que más fuerza recibe cuanto más su dominio en dos hemisferios se dilata. Lo que no pudieron conservar reyes poderosos, con ejércitos y caudales, domínalo hoy el humilde alcabalero a quien los grandes olvidados despreciaban, el almacenador de aceites que escondido en su tabuco hacía de la lengua castellana un manto, amplio y majestuoso, con el cual habría de cubrirse cuando, caídos tronos y reyes, fuese el único emperador espiritual de aquellas tierras, siempre ufanas de tener por suya la hermosa lengua de Castilla. Con España debemos estar todos en este conmovedor y nacional homenaje. A la casa solariega donde Cervantes reunirá en breve su gran familia, acudirán las jóvenes repúblicas de América, las independientes y las que no lo sean, como Filipinas y Puerto Rico, ni exceptuar siquiera a los hispanojudeos, que lejos de la Patria y a pesar de todo, aún se esfuerzan por conservar en sus palabras el sabor de aquella lengua que les recuerda sus cunas, que les vuelve a los campos hermosos de su niñez.

América y España deben abrazarse de nuevo, como se abrazaron el 27 de noviembre de 1820 Bolívar y Morillo, en la célebre entrevista de Santa Ana; como se abrazaron cuando Sucre firmó las capitulaciones de Ayacucho; como Colombia, mi Patria, en 1881, se unió con nudo fuerte y sincero a la vieja madre, en el tratado que lleva las firmas del doctor Luis Carlos Rico y del embajador español. Como a nuestra casa, allá iremos todos para hacer juntos la Fiesta de la Lengua, y en hora tan solemne pedir la fe que nos aliente, la fuerza que nos empuje, el norte que nos corresponda y el derrotero que hemos de dar a la España nueva, grande y renaciente. Tras las soberbias embajadas que los pueblos de América enviarán ese día a la Madre Patria, irá la humildísima Embajada de este libro, el cual dirá a nuestros hermanos de allende el mar, nuestro amor profundo a una raza que nos enorgullece, a una religión que endulza nuestras amarguras, a una lengua «imperial» en la que para veinte pueblos escribimos.

  • (*) En Una lengua y una raza,Ofrenda a España en el III Centenario de la muerte de Cervantes, Bogotá, 1916, págs. 29-48. volver
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