Por José Miguel Restrepo*
La mayoría de los aspectos humanos ha sido estudiada a través de la obra de Cervantes por autores que han sabido sacar siempre un saldo favorable para quien supo escudriñar todas las hondonadas de la personalidad humana con ilusiones de grandeza, con sueños de optimismo o con derrotas o fracasos ruidosos que conducen al pesimismo. Sin embargo, la situación del médico como profesional y la medicina como ciencia no han sido tratados por ninguno no solamente en la obra inmortal del ingenioso hidalgo ni en las novelas ejemplares, comedias, etc., etc. Llama la atención que el médico no es tan vapulado como lo es en la literatura francesa y que aunque sí encierra algunos conceptos depresivos y denigrantes, también los hay que lo enaltecen y lo ponen en niveles sociales superiores. Y en lo que atañe a asuntos de patología sorprende que se encuentren algunas referencias a entidades nosológicas en las que se ponen de presente cuadros de sintomatología que actualmente siguen enmarcando enfermedades y síndromes con los cuales tiene que habérselas el médico general, el que por razones de oficio tiene que atender a clientela que corresponde a diversos estratos sociales sometidos a la ondulación de la vida. Para individuos que como Cervantes tuvieron que estar en contacto con todos los sectores humanos, necesariamente conocieron las alternativas y vaivenes del hombre en su continua lucha por asegurar el pan de cada día y tener a disposición lo mínimo exigido para vivir, llegando a familiarizarse con los dolores y miserias de los que sufren y con la holganza y alegría de aquellos enriquecidos con bienes de fortuna o con bienes de la naturaleza. Los grandes escritores que han servido de guía y desempeñado el papel de baquianos en los caminos de la vida han sido siempre aquellos que han convivido con todos, enfrentados mano a mano y colocados frente a frente en la adquisición del diario sustento. Por esto no es raro que Cervantes haya trajinado todas las sendas que sigue el hombre desde que siente el imperativo de vivir.
En todas las obras cervantinas se encuentra una fuente rica en datos utilizables por el psiquiatra y el psicólogo que podrían servir de estudio a los aficionados a estas disciplinas mentales como ya le han servido a varios autores extranjeros que adentrándose en el alma de muchos de los personajes que figuran en ellas, sacaron conocimientos y pudieron trazar normas o pautas para el comportamiento del hombre en sus distintas actividades.
Empecemos dando a conocer los distintos conceptos con que es calificado el médico por boca de distintos personajes: En El licenciado Vidriera, éste, después de hablar criticando a diversos personajes sociales, dice: «Finalmente todas las personas con quienes de necesidad tratamos nos pueden hacer algún daño; pero quitarnos la vida sin quedar sujetos al temor del castigo, ninguno: sólo los médicos nos pueden matar y nos matan sin temor y a pie quedo, sin desenvainar otra espada que la de un récipe; y no hay cómo descubrir sus delitos porque al momento los meten debajo de la tierra». Concepto este semejante al de Montaigne que dice: «dichosos los médicos. Los rayos del sol iluminan sus triunfos; y sus fracasos se ocultan bajo tierra».
El concepto que a Sancho le merecían los médicos estaba de acuerdo con la preparación que a éstos les reconocía; oigámoslo en una de sus sentencias que como gobernador de la Ínsula tuvo que proferir: «Si no, voto al sol, que tome un garrote, y que a garrotazos, comenzando por el doctor Pedro Recio de Mal Agüero, no me ha de quedar médico en toda la Ínsula, a lo menos de aquellos que yo entienda que son ignorantes; que a los médicos sabios, prudentes y discretos, los pondré sobre mi cabeza y los honraré como a personas divinas. Y vuelvo a decir, que se vaya Pedro Recio de aquí: si no, tomaré esta silla donde estoy sentado y se la estrellaré en la cabeza, y pídanmelo en residencia; que yo me descargaré con decir que hice servicio a Dios en matar a un mal médico, verdugo de la República».
En el cap. LXXI del Quijote, al iniciar la conversación, Sancho dice: «En verdad Señor, que soy el más desgraciado médico que se debe hallar en el mundo, en cual hay físicos, que con matar al enfermo que curan, quieren ser pagados de su trabajo, que no es otro sino firmar una cedulilla de algunas medicinas, que no las hace él, sino el boticario, y cátalo cantusado; y a mí, que la salud ajena me cuesta gotas de sangre, mamonas, pellizcas, alfilerazos y azotes, no me dan un ardite. Pues yo les voto a tal que si me traen a las manos otro algún enfermo, que antes que le cure, me han de untar las mías, que el abad de donde canta yanta, y no quiero creer que me haya dado el cielo la virtud que tengo para que yo la comunique con otros de bóbilis bóbilis». Aquí se critican los honorarios altos, pero se reconoce la legalidad de las cuentas del médico.
En El rufián dichoso, por boca de doña Ana, dice; refiriéndose en general a los médicos: «la medicina yo alabo, pero los médicos no, porque ninguno llegó, con lo que es ciencia al cabo». Y más adelante: «pesado médico y necio, siempre cansa y amohína», amonestación que se debiera tener presente ante las personas que sufren para no atormentadas con la repetición de las mismas preguntas y con interrogatorios demasiado largos.
En el cap. XLVII, Sancho, atónito ante la noticia de que habían llegado espías a la Ínsula para matarlo, dice: «lo que agora se ha de hacer, y ha de ser luego, es meter en un calabozo al doctor Recio; porque si alguno me ha de matar, ha de ser él, y de muerte adminícula y pésima como es la del hambre».
Las referencias a asuntos o temas de medicina general son muy numerosas: obstetricia, ginecología, enfermedades de la piel, del sistema nervioso etc., etc. tienen cuadros descriptivos que hacen pensar que Cervantes tuvo grandes conocimientos sobre la patología conocida en esa época, bien por estudio o bien por haber estado en el hospital al lado de su padre que era médico.
En la novela ejemplar, La ilustre fregona, se encuentra un error de diagnóstico en obstetricia, que no se sabe si fue por ignorancia del médico o por uno de aquellos esguinces profesionales que a veces es preciso hacer para no descubrir la realidad que los pacientes necesitan ocultar por consideraciones de índole social o afectiva. La que fue madre de Constancia, conocida con el nombre de la Ilustre fregona, siendo viuda, rica y noble, hubo de aceptar, sin resistencia, la introducción en su alcoba y durante la siesta, de un amigo, visita de la que resultó un embarazo que fue necesario esconder; ya en los últimos meses, emprendió un viaje dizque para pagar una promesa a la Virgen de Guadalupe para que la aliviara de la hidropesía. Hizo llamar al médico de mayor fama que había en las ciudades por donde tenía que pasar y le indicaron a uno de apellido de La Fuente quien la examinó y la estuvo medicinando durante seis días, al parecer por los edemas e hinchazones que manifestó la señora, quien se hacía recetar para desviar la curiosidad sospechosa de las doncellas que la acompañaban. El parto no requirió asistencia ninguna y la señora supo disimular su cambio corporal ante sus acompañantes merced a la indumentaria especialmente confeccionada para ello. La criatura quedó en la hospedería con una buena dote que obligó al matrimonio propietario a velar por ella hasta llegar la época de ser reclamada. ¿Cuántas ilustres fregonas no habrá en la sociedad que desfilan ante la memoria del médico sin que esté en capacidad siempre de identificarlas? El secreto médico es base en que asienta la estabilidad de los hogares y por tanto de la colectividad. Es factor de grandeza de la profesión.
En el libro Los trabajos de Persiles y Segismunda,en el encuentro que tuvieron con Feliciana de la Voz, ésta les cuenta que estando en los días en que debía ocurrir el parto de su preñez disimulada, el choque moral que le produjo darse cuenta que esa noche se tendría que desposar con el novio que su padre le había buscado, hizo que el parto se verificara bruscamente, como de repente, porque no lo precedieron dolores ningunos. Su relato es preciso:
Dos días hacía que había entrado en los términos en que la naturaleza pide en los partos y, con el sobresalto y no esperada nueva, quedé como muerta, y diciendo que entraba a aderezarme a mi aposento, me arrojé en los brazos de una doncella, depositaria de mis secretos, a quien dije, hechos fuentes mis ojos: ay Leonora mía, y cómo creo que es llegado el fin de mis días, Luis Antonio está en la sala, esperando que yo salga a darle la mano de esposa. Mira si es este trance riguroso y la más apretada ocasión en que puede verse una mujer desdichada. Pásame, hermana mía, si tienes con qué, este pecho: salga primero mi alma de estas carnes, que no la vergüenza de mi atrevimiento. Ay amiga mía, que me muero, que se me acaba la vida. Y diciendo esto y dando un gran suspiro, arrojé una criatura en el suelo, el cuyo nunca visto caso suspendió a mi doncella, y a mí me cegó el discurso de manera que sin saber que hacer estuve esperando a que mi padre o mis hermanos entrasen, y en lugar de sacarme a desposar me sacasen a la sepultura [...]
En estos partos, que pudieran denominarse agudos, el choque moral hace que el organismo queme etapas para la dilatación y que la expulsión se ejecute como un disparo. En las mujeres en las mismas condiciones que han tenido que sufrir los horrores de la violencia, presenciando las muertes de seres queridos, han ocurrido partos semejantes, con brusquedad que sorprende y asusta.
Más adelante dice una de las mujeres que estaban con los peregrinos, que había dificultad de poner en camino a Feliciana por estar tan recién parida, a lo cual respondió el anciano pastor de la comarca, diciendo que no había diferencia del parto de una mujer que del de una res, y así, como la res, sin otro regalo alguno, después de su parto, se quedaba a las inclemencias del cielo, así la mujer, sin otro regalo alguno, acudir a sus ejercicios; si no que el uso había introducido entre las mujeres, los regalos y todas aquellas prevenciones que suelen hacer con las recién paridas... «Yo aseguro, dijo más, que cuando Eva parió el primer hijo, que no se echó en el lecho, ni se guardó del aire, ni usó de los melindres que ahora se usan en los partos...». Y pensar que estos conceptos se tuvieron como erróneos y atentatorios de la salud y de la vida de las parturientas hasta hace muy pocos años cuando se exigía como mínimo de cama doce días y en que se continuaba reputando a la puérpera como enferma de verdad. Hubo épocas en que las mujeres tenían que guardar cuarenta días de cama o por lo menos de inactividad porque se prescindía de toda labor. Ese período llamado «dieta»constituyó por mucho tiempo el motivo morboso para muchas mujeres que veían horrorizadas que otras tuvieran, por imperativos económicos, que emprender el ajetreo doméstico a las pocas semanas. Este período prolongado de puerperio data desde los tiempos de Moisés, quien, con fines eugenésicos, hacía que la mujer permaneciera los cuarenta días alejada del marido y sólo permitía las relaciones sexuales después del baño de purificación.
En el cap. XXXVIII de la Segunda parte del ingenioso hidalgo, cuando la dueña Dolorida cuenta la perdición de Antonomasia por el Caballero Clavijo dice lo siguiente, que es lo que acontece cada vez que se trata de esconder procesos fisiológicos cuya evolución va mostrando a los profanos, la causa verdadera que aún no ha salido a la luz del conocimiento público general: «Algunos días estuvo encubierta y solapada en la sagacidad de mi recato de esta maraña, hasta que me pareció que la iba descubriendo, a no más andar, no sé qué hinchazón del vientre de Antonomasia, cuyo temor nos hizo entrar en bureo a los tres, y salió del que antes que se saliese a luz el mal recado, don Clavijo pidiese al vicario por su mujer, a Antonomasia, en fe de una cédula que de ser su esposa la Infanta le había hecho, notada por mi ingenio, con tanta fuerza, que las de Sansón no pudieran romperla...». Estas ocurrencias se repiten día a día, cuando el médico no logra vencer la testarudez de la gestante y lo obliga a efectuar esguinces intelectuales que en muchas ocasiones ponen en tela de juicio su perspicacia profesional. Por esto son muchos los hijos que vienen al mundo después de haber disfrazado el estado de la paciente con el diagnóstico de fibromas, tumores en general, cirrosis y otros tantos recursos que las familias acobardadas por la vergüenza y el deshonor consideran como salvadoras de su posición y prestigio social.
En la comedia La gran sultana, Cervantes califica la amenorrea, como señal inequívoca de preñez en la mujer que ha tenido contactos sexuales. Afligida y triste la Sultana, ante los desmanes de su esposo, le dice lo siguiente: «Si por dejar herederos; estos y otros desafueros haces, bien podría ofreceros, que yo te los he de dar, y que han de ser los primeros, pues tres faltas tengo ya, de la ordinaria dolencia, que a las mujeres les da». Por prudencia, ante todo caso de amenorrea de varios meses, hay que pensar —pero sin decir nada al respecto— en la posibilidad de una preñez y hacer todo lo posible por esclarecerla apelando a las diversas pruebas biológicas que hoy tiene a su disposición el laboratorio. Sin embargo, en la memoria debe guardar sitio importante la amenorrea consecutiva a las violentas emociones como las que se observan en los grandes conflictos sociales, después de las primeras relaciones sexuales ilícitas o por engañosa seducción por temor al embarazo y la de las mujeres desesperadas por la consecución de un hijo cuando llevan ya muchos años de matrimonio o de compañerismo sin lograr que sean fecundas y que fácilmente entran en la sintomatología de la gestación imaginaria.
La vejez, con sus enfermedades y sus caprichos ocupa varias citas en las obras en estudio. La inquietud sexual en esta edad está claramente pintada en varios pasajes de Persiles y Segismunda. Hablando del deseo de casarse que se despertó en el rey Policarpo, sujeto de setenta años, viudo por añadidura, enamorado de una joven de veinte años, por boca de éste dice: «Se ha desconcertado el reloj de mi existencia, se ha turbado el curso de mi buena vida, y, finalmente ha caído desde la cumbre de mi presunción discreta hasta el abismo bajo de no sé qué deseos, que si los callo me matan, y si los digo me deshonran. No más suspensión, hija, no más silencio, amiga, no más; y si quieres que más haya, sea decirte que muero por Auristela [...] El calor de su hermosura tierna ha encendido los huesos de mi edad madura; en las estrellas de sus ojos han tomado lumbre los míos, ya oscuros; la gallardía de su persona ha alentado la flojedad de la mía...» Más adelante, otro de los personajes criticando la pasión amorosa del rey en mención dice: «así halagan y lisonjean los lascivos deseos las voluntades, así engañan los gustos imaginarios a los grandes entendimientos; así tiran y llevan tras sí las blandas imaginaciones a los que no resisten en los encuentros amorosos [...] Los ímpetus amorosos que suelen aparecer en los ancianos se cubren y se disfrazan con la capa de la hipocresía: que no hay hipócrita, si no es conocido por tal, que dañe a nadie, sino a sí mismo; y los viejos con la sombra del matrimonio, disimulan sus depravados apetitos [...]» Una de las hijas de Policarpo, aconsejando a la escogida como novia, aludiendo a los pocos goces que en el matrimonio puede proporcionar un viejo, tiene estas frases que pintan la realidad del cuadro: «Y si tus gustos en las canas de mi padre no te sobraren, sobrados habrá en los del mando y en los de los vasallos que estarán atentos a tu servicio». En casos semejantes es necesario buscar derivativos sexuales que hagan más llevadera la vida díganlo si no las esposas jóvenes de hombres viejos.
En el Coloquio de los perros y en boca de Berganza se encuentra la descripción que hace Cervantes de una vieja de setenta y cinco años, la bruja Cañizares que en la memoria de todos despertará los recuerdos semejantes que en el anfiteatro se grabaron para no borrarse jamás: «larga de más de siete pies: toda era notomía de huesos, cubiertos con una piel negra, vellosa y curtida, con la barriga, que era de badana, se cubría las partes deshonestas hasta la mitad de los muslos; las tetas semejaban dos vejigas de vacas, secas y arrugadas; denegridos los labios, traspillados los dientes, la nariz corva y entablada y los pechos sumidos; finalmente toda era flaca y endemoniada». Se muestra dolorosamente los cambios anatómicos que traen consigo la senectud, con la desaparición de todos los rasgos de belleza.
En El viejo celoso, la sobrina Cristina hablando de las dolencias del tío, dice: «¡Jesús! y del mal viejo: toda la noche: daca el orinal, toma el orinal; levántate Cristina y caliéntame unos paños que me muero de la ijada; dame aquellos juncos que me fatiga la piedra». Estas dolencias corresponden a muchos de los urinarios, sobre todo litiásicos, prostáticos, estrechos. Los juncos deben haber sido sondas destinadas al sondeo para aliviar la retención. En un caso angustioso de retención de muchas horas, el doctor Andrés Posada Arango, en un campesino, no vaciló en hacer el cateterismo con un popo de higuerillo dándole alivio inmediatamente. El catéter o sonda debe haber sido inventado muchos siglos antes de la venida de Cristo porque ya Hipócrates, 460 años antes de la era cristiana calificaba de torpe y de inhábil al médico que fracasa en el paso de la sonda a la vejiga. En un principio estos instrumentos eran metálicos: de bronce, cobre, plata y después fueron confeccionados de madera, peltre, cuero; algunos envolvían éstas en piel delgada, en caucho. En 1720 se mencionaba por primera vez la sonda flexible en una obra del médico Francesco Roncalli Parolimo, de Brescia, Italia. De manera que en casos apurados y de urgencia, sin tener a mano las sondas de actualidad, ante la necesidad de calmar el dolor angustioso de un retencionista, se puede apelar a este recurso primitivo por aquello que antes que la ciencia está la salud del paciente.
En la misma obra citada en las líneas que anteceden, en el diálogo de Cañizares con un compadre exclama: «señor compadre, señor compadre: el setentón que se casa con quince o carece de entendimiento o tiene ganas de visitar el otro mundo lo más pronto que le sea posible». Es alusión para los matrimonios de viejo con hembra todavía fecundable que hace muy apropiada la sentencia romana de pater semper incertus, porque en el débito conyugal, como en muchas otras actuaciones del hombre, los pocos años dan mucha ganancia y los muchos dan mucha pérdida.
En Elvizcaíno fingido, Brigida, hablando a Solórzano, dice de doña Cristina: «Que tiene las tetas como dos alforjas vacías y que no le huele bien el aliento porque se afeita mucho; y que con todo la buscan, la solicitan y la quieren». Aquí se señala el atractivo particular de cada persona, el hito que enseña la necesidad o conveniencia de la aproximación.
En Laentretenida y de labios de Muñoz se oyen estos conceptos sobre la personalidad mental de los viejos: «Vos veréis cómo echo el resto, en daros consejos sanos: advertid, hijo que son las canas el fundamento y la basa a dó hace asiento, la agudeza y discreción. En la mucha edad se muestra que asiste toda advertencia, porque tiene a la experiencia, por consejera y maestra: y estas canas no han nacido en aqueste rostro acaso [...]» Estos versos, ratifican el respeto que en otro tiempo se tuvo por las personas de edad avanzada: en un tiempo fue grande la reverencia por la cabeza encanecida: magna fuit quondam capitis reverentia canis lo expresó Ovidio.
El derecho de los viejos a sufrir perturbaciones urinarias, lo reconoce uno de los galeotes libertados por don Quijote cuando, respondiendo al interrogatorio que se le hacía responde: «Según me cargan los años y un mal de orina que llevo que no me deja reposar un rato». «Mea claro y vivirás» es sentencia de los médicos antiguos.
Uno de los grandes sufrimientos humanos en toda época y en cualquiera condición social lo ha constituido la angustia que abunda en la literatura universal y que en la obra cervantina se encuentra con mucha frecuencia. La han definido como la señal de un peligro interior del yo o de la vida, ante dos tendencias vitales en choque: impulso de vida, impulso de muerte. Es decir que se desea vivir por temor de la muerte y ésta se desea para no sentir los padecimientos presentes.
En Elrufián dichoso doña Ana hablando con fray Cruz, angustiada y dolorida exclama: «Muerte y vida me dan pena; no sé qué remedio escoja; que si la vida me enoja, tampoco la muerte es buena [...] Con todo es mejor vivir: que en los casos desiguales, el mayor mal de los males, se sabe que es el morir. Todos hemos tenido que tratar angustiados con nosofobia que padecen todas las enfermedades y que hasta le fijan plazo a su desaparición».
En LaGalatea, el pastor Elicio canta desesperado y presa de terrible angustia lo siguiente: «Yo ardo y no me abraso, vivo y muero; estoy lejos y cerca de mí mismo; espero sólo un punto y desespero; súbome al cielo, bájome al abismo; quiero lo que aborrezco, blando y fiero; me pone el amaros paroxismo; y con estos contrastes, paso a paso, cerca estoy del último traspaso». Aquí se ve claramente que se participa de dos sentimientos opuestos. Es la incertidumbre, la indecisión en que vacilan los seres tímidos de inestabilidad mental cierta.
En el cap. XVIII de la segunda parte del Quijote, en una de las glosas de don Lorenzo dice lo siguiente que traduce a las claras el estado de ánimo de los angustiados y de los inconformes: «Vivir en perpleja vida; ya esperando, ya temiendo, es muerte muy conocida, y es mucho mejor muriendo, buscar al dolor salida».
En el cap. XXXIII en la novela de El curioso impertinente, Lotario hablando de la impertinencia de Anselmo cita una poesía de Calderón por boca de Segismundo, grito de angustia y de dolor: «Busco en la muerte la vida; salud en la enfermedad; en la prisión libertad; en lo cerrado salida; y en el traidor lealtad; pero mi suerte, de quien jamás espero algún bien, con el cielo ha estatuido, que pues lo imposible pido, lo posible aún no me den».
En el cap. XXXVIII del Quijote se oyen quejas de angustia en labios de don Clavijo para la señora Trifaldi: «Ven muerte tan escondida, que no te sienta venir, porque el placer de morir, no me torne a dar la vida».
Las enfermedades de la piel figuran en muchas de las obras en estudio, naturalmente con la etiología tan elemental que se conocía en esa época: sífilis o bubas, lepra. Alopecia, etc., etc.
En Elrufián dichoso se hace alusión a la enfermedad que sufrió fray Cruz, que parece por la mínima sintomatología haber sido lepra: porque las lesiones terminaron por deformar las manos encorvándolas como en la forma clínica llamada gafedad, aunque, los dolores eran intensísimos y muchas de las lesiones eran rezumantes como si se tratara de una piodermitis.
En Elcasamiento engañoso en la respuesta que el alférez Campuzano da al licenciado Peralta, dice: «A las demás preguntas no tengo que decir sino que salgo de aquel hospital de sudar catorce cargas de bubas que me echó encima o a cuestas una mujer que escogí por mía, que no debiera». Más adelante dice: «Mudé posada y mudé el pelo dentro de pocos días porque comenzaron a pelárseme las cejas y las pestañas y poco a poco me dejaron los cabellos; y antes de edad me hice calvo, dándome una enfermedad que llaman lupicia y por otro más claro, pelarela. Si se analiza bien esta sintomatología se comprende que cuadra con la que corresponde a la alopecia producida por la sífilis que hubo un tiempo en que se confundió con bubas, a las que denominaron algunos como la sífilis de la edad de piedra. La alopecia sifilítica aparece en el período secundario, unas veces en forma de manchas irregulares, bien sea de calvicie completa, bien en zonas de cabellos menos tupidas. La pelada puede presentarse con caída del pelo totalmente en zonas circulares que es la que se denomina pelata areata, ya en el cuero cabelludo, ya también en las cejas, las pestañas y la barba; otras ocasiones, raras, es universal no respetando ni el cabello ni el pelo del tegumento. La etiología es muy oscura: que tiene que ver con las deficiencias o anomalías de endosecreción dicen unos; y con las alteraciones dentarias y las infecciones focales otros. En el caso que se menciona la circunstancia de haber estado precedida de un brote de bubas, que debemos tomar por sífilis de tipo papuloso, es verosímil que la lúe haya sido la responsable.
En Persiles y Segismunda hay varias alusiones al herpes común, en su relación innegable con brotes febriles de variada intensidad y con la inquietud o excitación sexual: «quejándose sabrá el mundo siquiera, cuán grande fue de amor la calentura, pues salieron señales a la boca...». En otra parte dice: «Mujer soy como tú, mis deseos tengo y hasta ahora, por honra del alma, no me han salido a la boca, que bien pudieran ser señales de calentura.». En el ejercicio profesional el médico seguirá oyendo la relación entre los fuegos y las fiebres aunque no lo comprueba en la mayoría de los casos. Y con respecto a la relación con asuntos genitales, en el molimen y a veces en el episodio catamenial, el herpes de los labios y de los genitales externos es de observación común y corriente.
En la segunda parte del Quijote, en la copla que Altisidora canta ante la estancia del Ingenioso Hidalgo, revela que la caspa o la seborrea siempre han sido motivos de prurito que invita a la rescazón: «Oh, quién me viera en tus brazos, o si no junto a tu cama, rascándote la cabeza o matándote la caspa.».
No le pasan inadvertidas las relaciones de la mala dentadura, con la halitosis y con algunas enfermedades de la piel, como se lee en diversos pasajes de las distintas obras. La palabra neguijnó, sinónimo de corrimiento o de absceso dentario, la usa Cervantes por boca de don Quijote, cuando después de la pedrea que le hicieron los arrieros de ovejas, al responder a Sancho cuántas muelas tenía antes de la lucha, le contesta que «son cuatro sino cinco porque en toda mi vida me han sacado muela de la boca ni se me han caído ni comido de neguijón ni de reuma alguna». Desde esa época se reputaba a la infección focal como responsable de la mala dentadura: La voz corrimento es tan castiza como la de absceso en el caso citado.
En Elrufián dichoso se hace mención de la influencia de la mala dentadura sobre la salud cuando hablando de La Pericona dice: «Neguijón debió ser o corrimiento, el que dañó las perlas de su boca; quiero decir sus dientes y sus muelas...». Y más adelante, al responder a Trampagos de qué había muerto, manifiesta: «¿De qué? de nada: los médicos dijeron que tenía malos los hipocondrios y los hígados, y que con agua de taráy pudiera vivir, si la bebiera, setenta años. Dícenme que tenía ciertas fuentes en las piernas y en los brazos». Para las gentes los exutorios cutáneos como llagas, piodermitis, fístulas de osteomielitis, eczemas rezumantes, constituyen verdaderas ayudas orgánicas para que la enfermedad no coja caminos de agravación o de muerte. Y efectivamente, las eliminaciones vicariantes tienen como resultado defender determinados órganos; por esto se explica que muchas diarreas crónicas al curarlas por completo, hacen que el riñón proteste y vengan edemas que claman a gritos que le devuelvan la fuente eliminatoria. Sobre todo en la vejez se necesita mucho tino y gran precaución para no alardear de aliviar más pronto de lo que permiten las defensas algunos procesos crónicamente rezumantes como eczemas, hemorroides destilantes, etc., etc.
En El juez de los divorcios se recuerda la influencia nefasta de la mala dentadura cuando hablando Mariana pide que la separen del vejete de su marido, porque, además de tenerle que prodigar cuidados en la noche como ponerle alta la almohada para que no se ahogue del pecho, darle jarabes lenitivos para evitar lo mismo, tiene que sufrirle el mal olor de la boca que le huele mal a tres tiros de arcabuz y por boca del Procurador añade que hay ley que dice, según le han contado, que por sólo el mal olor de la boca se puede descasar la mujer del marido y el marido de la mujer y hablando francamente, una de las torturas para el médico es soportar los malos olores o la fetidez de algunos enfermos entre los cuales los del mal aliento debieron figurar en los círculos de tormento que nos pinta El Dante.
En el cap. XXXXVIII de la segunda parte del Quijote, la dueña Rodríguez hablándole al Ingenioso Hidalgo le manifiesta que Altisidora «no está sana: que tiene un cierto aliento cansado, que no hay que sufrir al estar junto a ella un momento. Y aun mi señora la duquesa... Quiero callar, que se suele decir que las paredes tienen oídos. —¿Qué tiene mi señora la duquesa?», pregunta enojado don Quijote. «[...] no puedo dejar de responder a lo que se me pregunta con toda la verdad. ¿Vee vuesa merced, señor don Quijote la hermosura de mi señora la duquesa, aquella tez de rostro que no parece sino una espada acicalada y tersa; aquellas dos mejillas de leche y de carmín, que en la una tiene un sol y en la otra la luna, y aquella gallardía con que va pisando y aun despreciando el suelo, que no parece sino que va derramando salud donde pasa? Pues sepa vuesa merced que lo puede agradecer, primero a Dios; y luego a dos fuentes que tiene en las dos piernas, por donde se desagua todo el mal humor de quien dicen los médicos que está llena». En ese pasaje se ve la importancia que se le atribuye a estas eliminaciones aberrantes porque enderezan funciones metabólicas. Las lavativas frecuentes, las purgas repetidas, la sangría misma buscaban efectos depletivos, de dervación o exonerativos.
En el cap. X de la segunda parte, hablando don Quijote de la trasformación que los encantadores habían hecho en Dulcinea (que fue obra de Sancho) dice lo siguiente: «Y juntamente le quitaron lo que es tan suyo de las principales señoras, que es el buen olor, por andar siempre entre ámbares y flores. Porque te hago saber Sancho que cuando llegué a subir a Dulcinea sobre su hacanea (según tú dices, que a mí me pareció borrica) me dio un olor de ajos crudos que encalambrinaron y atosigaron el alma». Y en el cap. XVI, hablando de la misma transformación en una labradora zafia manifiesta que la vio con cataratas en los ojos y con mal olor en la boca... La fetidez que el cuerpo despide es una de las muchas causas para sostenerse la soltería. Díganlo sino las leucorreas, los eritemas de los pliegues, el sudor axilar, etc., etc.
La influencia de los tóxicos, las intolerancias alimenticias aparecen en varios de los pasajes de las diversas obras, con sintomatología igual a la que dan las descripciones clásicas. Así en la novela intitulada La española inglesa se cuenta que la camarera de Isabela, la prometida de Recaredo, la instó para que ingiriera un brebaje que tenía la virtud de cambiarle las ansias del corazón, es decir, hacerla olvidar el amor a este príncipe. Le dio un tósigo en una conserva y a poco de su ingestión «se le comenzó a hinchar la lengua y la garganta y a ponérsele denegridos los labios y a enronquecérsele la voz, turbársele los ojos y apretársele el pecho, señales conocidas de haberle dado veneno». Como secuela: quedó sin cejas, sin pestañas y sin cabello, el rostro hinchado, la tez perdida, los cueros levantados y los ojos lagrimosos, estragos estos que corresponden a un tóxico con predilección para el sistema piloso y el tegumento cutáneo; es el cuadro de una dermitis exfoliatriz. La sintomatología general del cuadro clínico es la característica de un edema angioneurótico o de Kuinke. Entre las muchas medicaciones que le propinaron no dejó de figurar el polvo de unicornio, rico en sales de calcio que tiene su acción benéfica en casos de alergia, intolerancia, etc., etc.
En la narración de la aventura de la venta se alude al estado de salud en que quedó el Ingenioso Hidalgo después de los golpes sufridos y de la ingestión del famoso bálsamo sanalotodo que compuso con romero, aceite, sal y vino, que le agregó al sudor copioso de la fatiga muscular, la de los esfuerzos repetidos del vómito que lo dejaron deshidratado, casi en estado de colapso. «Hecho el bálsamo quiso él mesmo hacer luego la experiencia de la virtud de aquel precioso bálsamo que él se imaginaba, y así, se lo bebió de lo que no pudo caber en la alcuza y quedaba en la olla donde se había cocido, casi medio azumbre (más de un litro); y apenas lo acabó de beber cuando comenzó a vomitar, de manera que no le quedó cosa en el estómago; y con las ansias y agitación del vómito le dio un sudor copiosísimo por lo cual mandó que le arropasen y lo dejasen solo. Hiciéronle así y quedóse dormido más de tres horas, al cabo de las cuales despertó y se sintió aliviadísimo del cuerpo y en tal manera mejor de su quebrantamiento, que se tuvo por sano, y verdaderamente creyó que había acertado con el bálsamo de Fierabrás y que con aquel remedio podía acometer desde allí adelante, sin temor alguno, cualesquiera ruinas, batallas y pendencias por peligrosas que fuesen».
Menos afortunado fue Sancho, que creyendo verdadera la curación de su señor quiso beberlo; y tomándolo en cantidad igual a la ingerida por don Quijote, la protesta gástrica no se hizo esperar, aunque era de suponer que su estómago era menos delicado que el de su amo:
[...] y así, primero que vomitase, le dieron tantas ansias y bascas, con tantos trasudores y desmayos que él pensó bien y verdaderamente que era llegada su última hora; y, viéndose tan afligido y congojado, maldecía el bálsamo y al ladrón que se lo había dado. Viéndole así don Quijote, le dijo: —Yo creo, Sancho, que todo este mal te viene de no ser armado caballero, porque tengo para mí que este licor no debe de aprovechar a los que no lo son.
—Si eso sabía vuestra merced —replicó Sancho—, ¡mal haya yo y toda mi parentela!, ¿para qué consintió que lo gustase? En esto, hizo su operación el brebaje, y comenzó el pobre escudero a desaguarse por entrambas canales, con tanta priesa que la estera de enea, sobre quien se había vuelto a echar, ni la manta de anjeo con que se cubría, fueron más de provecho. Sudaba y trasudaba con tales parasismos y accidentes, que no solamente él, sino todos pensaron que se le acababa la vida. Duróle esta borrasca y mala andanza casi dos horas, al cabo de las cuales no quedó como su amo, sino tan molido y quebrantado que no se podía tener.
Elestado descrito corresponde a quienes han sufrido una deshidratación aguda, tanto digestiva como cutánea, que si no se corrige da entrada al colapso cardiovascular que aniquila muchas vidas y requiere mucha actividad terapéutica.
Sobre el influjo del hambre en el estado de salud del hombre, se encuentran varias referencias, que en esa época como en la actualidad, indican que la falta de alimentos es base en que asientan las enfermedades: en El rufián dichoso, por boca de uno de los frailes se oyen estas quejas: «cuerpo ayuno y desvelado, fácilmente se empereza; y más que reza, bosteza indevoto y desmayado». Ya lo había dicho San Pablo que la Palabra Divina había que oírla estando satisfecho el apetito. Y los pedagogos de verdad saben que alumno hambreado y desnutrido jamás dará rendimiento de verdad, haciéndose notoria la injusticia de quienes en exámenes no tienen la reflexión cristiana de las condiciones en que estudió el alumno.
En la Segunda parte del Quijote, al pintar el Ama en qué forma y situación habían llevado a su Señor dice lo siguiente: «Venía tan triste, que no le conociera la madre que lo parió: flaco, amarillo, los ojos hundidos en los últimos caramanchones del cerebro; que para haberlo de devolver algún tanto en sí, gasté más de seiscientos huevos, como lo sabe bien y todo el mundo y mis gallinas, que no me dejarán mentir». Es un cuadro claro de la acción lenta y progresiva del hambre y de los sufrimientos de diversa índole como ocurre en épocas de conflictos sociales y de calamidades públicas.
En el cap. I hablando del estado de su señor don Quijote, el Licenciado loco que se creía cuerdo apunta lo siguiente, que indudablemente es dato que los alienistas persiguen y hallan con mucha frecuencia: «imagen de todas nuestras locuras proceden de tener los estómagos vacíos y los cerebros llenos de aire». Es asunto conocido por los médicos que la carencia sostenida de alimentos predispone a las ilusiones y alucinaciones de todos los sentidos, como acontecía cuando la dieta de los tifoidicos era de un rigor cruel e inhumano.
En el cap. I de Persiles y Segismunda hablando del mozo, que posteriormente figuró con el nombre de Periandro se lee: «Subió el mozo en brazos ajenos y no pudiendo tenerse en sus pies, de puro flaco, porque hacía tres días no había comido y de puro molido y maltratado por las olas, dio consigo un gran golpe sobre la cubierta del navío, el capitán del cual, con amor generoso y compasión natural, mandó que lo socorriesen. Acudieron luego, unos a quitarle las ataduras, otros a traerle conservas y odoríferos vinos con cuyos remedios volvió en sí de muerte a vida, el desmayado mozo, el cual poniendo los ojos en el capitán empezó a hablar».
Las modificaciones de la personalidad, su desdoblamiento se encuentran a veces en las obras analizadas: en El licenciado Vidriera,protagonistas de esta novela ejemplar y cuyo verdadero nombre era el de Tomás Rodaja parece haberse transformado su personalidad después de la ingestión de un tóxico que una dama italiana le hizo tomar dentro de un membrillo, tratando de ganar su amor, que era esquivo; tal tóxico era una mezcla probablemente de las sustancias utilizadas o de moda en esa época, entre las cuales era imposible que no entrara el cáñamo indio, la marihuana de hoy que se había propagado con el comercio en los países asiáticos y cuyo consumo fue uno de los factores que influyeron en el fracaso de las cruzadas.
En los capítulos finales del tercer libro de Persiles y Segismunda se encuentra un caso de simulación de locura furiosa, que en esa época fue reputada por médicos y sacerdotes como posesión del demonio y que fue motivada por la necesidad imperiosa en que se vio una joven de nombre Isabela de refugiarse en tal perturbación alarmante para evitar que la casaran con quien no lo deseaba y así dar tiempo suficiente para que llegara hasta ella el que había de ser su libertador del Maligno en que creían los que la acompañaban, y que para los enamorados era la potestad que sobre ella tenía que ejercer un su tío que hacía las veces de padre: se trataba de
[...] una muchacha hermosísima, de edad entre 16 y 17 años; tenía los brazos aspados y atados con unas vendas a los balaustres de la cabecera del lecho, como que le querrían estorbar el moverlos a ninguna parte; dos mujeres que debían de servirla de enfermeras, andaban buscándole las piernas para atárselas también, a lo que la enferma dijo: baste que se me aten los brazos: que todo lo demás, las ataduras de mi honestidad lo tiene ligado [...] Que mandéis que me desaten: que con cuatro o cinco bocados que me dé en el brazo, quedaré harta y no me hallaré más mal, porque no estoy tan loca como parezco, ni el que me atormenta es tan cruel que dejará que me muerda... Déjame sola con estos ángeles: quizá mi enemigo el demonio huirá de mí por no estar con estos ángeles. Decía en su desvarío fingido que la llegada de Andrea Marulo, personaje imaginario para los circunstantes, pero que respondía al nombre de su secreto prometido haría que todos los demonios salieran de su cuerpo. Y como aquel personaje, por correspondencia sigilosa que con Isabela había tenido, conocía la trama, entró de camino diciendo: afuera, afuera, afuera; aparta, aparta: que entra el valeroso Andrea, cuadrillero mayor de todo el infierno, si es que no basta una escuadra.
Después de frases cruzadas entre uno y otra, la mente de Isabela se despejó y pocas horas después se efectuaba el matrimonio con legalización sacerdotal... Es muy natural que en ese entonces todas las alteraciones de la mente se reputaran como consecuencia de la acción funesta del demonio que producía trastornos en el espíritu y hasta alteraba el cuerpo con modificaciones de la mímica que llamaban la atención; de ahí que abundaran los personajes que se calificaban como endemoniados o poseídos que solamente abandonaban a la persona mediante exorcismos y prácticas religiosas untadas de superchería.
La simulación continúa siendo un recurso seguro a que apela el hombre en situaciones difíciles y diferentes para librarse de muchos compromisos, para echar pie atrás en negociaciones perjudiciales, exonerarse de muchas obligaciones sociales y políticas y hasta para autoengañarse a fin de esconderse de todo aquello que pudiera hacerlo sufrir: desde el niño que temiendo el castigo por un daño efectuado, se refugia en dolores imaginarios, deja de comer y hasta se queja y llora sin decir por qué; el estudiante que convencido del próximo fracaso en la prueba final o decisiva acude al médico para que le atienda el cansancio cerebral y dé la certificación correspondiente para exonerarle de tal obligación; el obrero que para justificar el ausentismo frecuente a sus labores se hace el enfermo para obtener la incapacidad o al menos la excusa con que evite una suspensión o las repetidas cartas de advertencia, que presagian el licenciamiento definitivo; el comerciante que acosado por la mala situación económica, de miedo a una cercana quiebra, se esconde en el agotamiento nervioso para infundir piedad en sus acreedores; el político que por errores de los que pudieran denominarse adulterio político se ampara con la enfermedad para evitar la crítica y la censura de sus representados que reclaman cuando se comprenden burlados; en fin, conla verdad fingida, se trata de disfrazar la realidad de muchos desaciertos, de frecuentes errores y de las magnas equivocaciones.
Algunas, enfermedades o procesos invalidantes por su tendencia inexorable hacia la cronicidad tampoco pasaron inadvertidas para la sagacidad de Cervantes; efectivamente, durante el gobierno de Sancho en la Ínsula cuando trataba de resolver el sinnúmero de problemas que los vecinos sus gobernados le fueron presentando, se hace alusión a la perlesía con este nombre designaban los antiguos médicos toda parálisis que se acompañaba de temblor, que tullía a la persona y la inhabilitaba para la mayoría de sus quehaceres. En la audiencia que Sancho le concedió a un labrador de la familia de los Pelerines, dice que este nombre no es de abolengo ni de alcurnia sino parque todos los de este linaje son paralíticos. En la descripción que hace de la doncella que posiblemente será su futura nuera pinta el cuadro de síntomas que corresponde al de la artritis reumática:
[...] la doncella es como una perla oriental y mirada por el lado derecho parece una flor del campo; por el izquierdo no tanto, porque le falta aquel ojo que le saltó de viruelas; y aunque los hoyos del rostro son muchos y grandes, dicen los que la quieren bien, que aquellos no son hoyos sino sepulturas donde se sepultan las almas de sus amantes. Es tanlimpia, que por no ensuciar la cara, trae las narices comodicen, arremangadas, que no parece sino que van huyendo de la boca; y con todo esto parece bien por extremo, porque tiene la boca grande, y, a no faltarle diez o doce dientes y muelas, pudiera pasar y echar raya entre las más bien formadas. De los labios no tengo que decir: porque son tandelicados y sutiles, que si usara aspar labios, pudiera hacer dellos una madeja, pero como tienen diferente color de las que en los labios se usa comúnmente, parecen milagrosos, porque son jaspeados de azul, aberenjenados... Y digo, señor, que si pudiera pintar su gentileza y la altura de su cuerpo, fuera cosade admiración; pero no puede ser a causa de que ella está agobiada y encogida y tiene las rodillas con la boca, y, con todo eso, se echa bien de ver que si pudiera levantar, diera conla cabeza en el techo; y ya hubiera dado la manode esposa a mi bachiller, sino que no puede extender, que está añudada; y con todo en las uñas largas y acanaladas se muestra su bondad y su buena hechura.
Nadie puede dudar ante esta descripción clínica que se refiere a un caso de reumatismo deformante o de artritis reumática que ha llevado a la completa invalidez, siendo posible que las viruelas, la infección focal bucodentaria hubieran contribuido no solo a la etiología del proceso sino también a lamodificación estática de las encías: en la génesis de este tipo de artritis figuran varios factores cada uno de los cuales puede tener su influencia nefasta en la aparición de la sintomatología.
La epilepsia en sus diversas manifestaciones clínicas aparece en diversos capítulos del Quijote: así en el XXIII, en el relato que hace el cabrero sobre la personalidad de Cardenio, dice lo siguiente: «Y estando en lo mejor de su plática, paró y enmudeció, clavó los ojos en el suelo por un buen espacio, en el cual todos estuvimos quedos y suspensos, esperando en qué había de parar aquel embelesamiento, con no poco sentimiento de verlo; porque por lo que hacía de abrir los ojos, estar fijo mirando al suelo, sin mover pestaña gran rato, y otras veces cerrando, apretando los labios y enarcando las cejas, fácilmente colegimos que algún accidente de locura le habría sobrevenido». En este cuadro de síntomas se enmarca sin dificultad una de las tantas formas clínicas de epilepsia con aura inicial de tipo visual. Según el mismo cabrero pastor, había ocasiones, cuando el hambre lo acosaba, que le daban accesos de furor y tomaba por la fuerza y en lucha bravía lo que necesitaba para comer: era la impulsión de todos estos pacientes que llegada la necesidad saltan por encima de todas las consideraciones sociales para lograr su cometido. Por esta circunstancia las faltas de los mismos hechos delictuosos cometidos durante el acceso o en la crisis comicial no hay responsabilidades: los robos, los homicidios, los incendios, en estos casos no pueden ser castigados.
En la narración que más tarde hizo Cardenio en presencia de don Quijote, después de terminar uno de los monólogos de este último a aquel «se le había caído la cabeza sobre el pecho, dando muestras de estar profundamente pensativo. Y puesto que dos veces le dijo don Quijote que prosiguiese su historia, ni alzaba la cabeza ni respondía palabra: pero al cabo de un buen rato y dijo: No se me puede quitar del pensamiento ni habrá quién me lo quite en el mundo, ni quién me dé a entender otra cosa, y sería un majadero el que lo contrario creyese o entendiese, sino que aquel bellaconazo del maestro Elisabat estaba amancebado con la reina Madásima». Estas expresiones sobre el honor de la dicha reina despertaron la cólera en don Quijote quien trató de mentís y de bellaco a Cardenio, el cual como ya estaba loco y oyó tales denuestos contra su persona, «alzó un guijarro que halló junto a sí y dio con él en los pechos tal golpe a don Quijote que le hizo caer de espaldas. Sancho Panza que de tal modo vio parar a su señor, arremetió al loco con el puño cerrado y el Roto le recibió de tal suerte, que con una puñada dio con él a sus pies; y luego se subió sobre él y le abrumó las costillas muy a su sabor». Todas estas ocurrencias demuestran que los episodios de furia o de manía aguda que sufría el Caballero de la Mala Figura o el Roto eran precedidos de pérdida de conocimiento tal como acontece a los epilépticos; y si se piensa en la afabilidad con que atendió la súplica de que contara su historia y la serenidad con que hacía la narración, se puede afirmar que tenía el signo elocuente que ratifica esa perturbación síquica que es el de la bonhomía, de aparente suavidad de modales, sin asomos de peligrosidad. En estas ocurrencias fue un loco epiléptico.
En el cap. XXVII el mismo Cardenio manifiesta lo siguiente: «Pero como no saben que sé yo que en saliendo deste daño he de caer en otro mayor, quizá me deben tener por hombre de flacos discursos, y, aun lo que peor sería, por de ningún juicio. Y no será maravilla que así fuese, porque a mí se me trasluce que la fuerza de la imaginación de mis desgracias es tan intensa y puedo tanto en mi perdición, que, sin que yo pueda ser parte a estorbarlo vengo a quedar como piedra, falto de todo buen sentido y conocimiento; y vengo a caer en la cuenta de esta verdad cuando algunos me dicen y muestran señales de las cosas que he hecho en tanto que aquel terrible accidente me señorea y no sé más que dolerme en vano y maldecir, sin provecho ni ventura y dar por disculpa de mis locuras, el decir la causa dellos a cuantos oírla quieran; porque viendo los cuerdos cual es la causa, no se maravillarán de los efectos y si no me dieren remedio a lo menos no me darán culpa convirtiéndoseles el enojo de mis desventuras, en lástima de mis desgracias...».
En otra parte el mismo paciente cuenta que «entrando por estas asperezas, del cansancio y de la hambre se cayó mi mula muerta o lo que yo más creo, por desechar de sí tan inútil carga como en sí llevaba. Yo quedé a pie, rendido de la naturaleza, traspasado de hambre sin tener ni pensar quién me socorriese. De esta manera estuve no sé qué tiempo, tendido en el suelo, al cabo del cual me levanté sin hambre y hallé junto a mí a unos cabreros que sin duda debieron de ser los que mi necesidad remediaron porque ellos me dijeron de la manera que me habían hallado, y como estaba diciendo tantos disparates y desaliños que daba indicios claros de que había perdido el juicio; y yo he sentido en mí después acá que no todas las veces lo tengo cabal sino desmedrado y flaco, que hago mil locuras rasgándome los vestidos, dando voces por estas soledades, maldiciendo mi desventura y repitiendo en vano el nombre de mi enemiga sin tener otro discurso ni intento entonces que procurar acabar la vida voceando; y cuando en mí vuelvo, me hallo tan cansado y molido que apenas puedo moverme...». Este es el cuadro de una locura epiléptica en cuya génesis pudieran ser sindicados el choque emotivo por el desengaño amoroso, el hambre y las peripecias sufridas en sus correrías por la selva y quizá el traumatismo craneano cuando cayó de su cabalgadura.
En la misma audiencia que Sancho como gobernador concedió al labrador que representaba la familia de los Pelerines, éste hablando de su hijo bachiller que estaba para casarse manifiesta que «no somos desiguales en los bienes de fortuna ni en los de la naturaleza, porque para decir la verdad, señor gobernador, mi hijo es endemoniado, y no hay día que tres o cuatro veces no le atormenten los malignos espíritus; y de haber caído una vez al fuego, tiene el rostro arrugado como pergamino y los ojos algo llorosos y manantiales; pero tiene una condición de un ángel, y si no es que se aporrea y se da de puñadas él mesmo a sí mesmo, fuera un bendito». Este conjunto de síntomas corresponde al estado del mal epiléptico; las crisis atribuidas al demonio, las cicatrices de quemaduras propias y características de estos enfermos que caen en donde les da el ataque o ictus, las manifestaciones de las glándulas lagrimales, etc., etc., señalan claramente que se trata de un gran mal.
Los efectos de los choques emotivos con las grandes sorpresas gratas o infaustas, repercuten sobre el funcionamiento esfinteriano; lo sabía Cervantes y lo dijo por boca de Teresa Panza cuando en la carta que a su marido hubo de escribirle le dice que: «a Sanchica, tu hija, se le fueron las aguas de puro contenta», ocurrencia muy común en los estudiantes que presentan exámenes de prueba que sufren disuria y, a veces, incontinencia.
En el Quijote Cervantes pinta algunos episodios que denuncian la influencia de la imaginación, cuando está acicateada por algunos sentidos, sobre la inquietud sexual. Así, en el de la Venta, cuando Maritornes entró sigilosamente a cumplir la cita con el arriero concertada poco antes de acostarse, don Quijote se atravesó, guiándose por el olfato y el tacto, para expresarle toda su admiración. Y «era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que el tacto ni el aliento ni otras cosas que traía en sí la buena doncella, no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera el arriero: antes le parecía que tenía entre sus brazos a la diosa de la hermosura...». Cuando habla a su dama Dulcinea, la imaginación lo lleva a decir, lo que la mayoría de los amantes en ciernes no dicen pero sí se lo suponen: «y las partes que la vista humana cubrió la honestidad son tales, según yo pienso, y entiendo, que sólo la discreta consideración puede encomiarlas y no compararlas...». En los sujetos que llegan a la pubertad son estas suposiciones sobre determinadas mujeres las responsables de que la fantasía los haga terminar en prácticas masturbatorias.
En Rinconete y Cortadillo la descripción de la persona de Monipodio corresponde al tipo biológico de un acromegálico: «alto de cuerpo, moreno de rostro, cejijunto, barbinegro y muy espeso; venía en camisa y por la abertura de adelante descubría un bosque: tanto era el vello el que tenía en el tórax... Las manos eran gordas, pelosas y los dedos gordos y las uñas hembras y remachadas; las piernas no se le parecen, pero los pies eran descomunales, de anchos y juanetudos». Es este el tipo acromegálico con hirsutismo de sátiro.
En el cap. XXIII de la segunda parte del Quijote, el Ingenioso Hidalgo hablando de la señora Belerna dice:
Y que si me había parecido algo fea, o no tan hermosa como tenía fama era la causa las malas noches y peores días que en aquel encantamento pasaba, como lo podía ver en sus grandes ojeras y en su color quebradizo. Y no toma ocasión su amarilIez y sus ojeras de estar con el mal mensil, ordinario en las mujeres, porque ha muchos meses, y aun años, que no lo tiene ni asoma por sus puertas; sino del dolor que siente su corazón por el que de continua tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria la desgracia de su mal logrado amante; que si esto no fuera, apenas la igualaran en hermosura, donaire y brío la gran Dulcinea del Toboso, tan celebrada en estos contornos y aun en todo el mundo.
Las ojeras o sean esas manchas más o menos lívidas en la base del párpado inferior, a veces con abolsamiento que simula edema, se presenta en personas predispuestas con motivo de trasnochos, excesos en el trabajo nocturno y en las mujeres hace parte frecuentemente de la sintomatología rara y hasta extravagante del molimen menstrual.
Los conocimientos clínicos en la época, en que Cervantes escribió sus novelas cortas, eran apenas embrionarios y la sintomatología subjetiva podía a veces ser dominada por el práctico que a fuerza de observación lograba llegar al diagnóstico, tan sólo de presunción; sin embargo, en lo referente a entidades infecciosas de marcha rápida o aguda que quitaban la vida o por lo menos la ponían en las cercanías de la muerte, seguía imperando la sospecha de que obedecían a castigo de las deidades o a posesión de espíritus malignos, motivos más que suficientes para que prosperaran y se sostuvieran las doctrinas que la hechicería tenía parte muy principal en la alteración de la salud de los hombres. En el último libro de Persiles y Segismunda, hay un cuadro sintomático semejante al que le pintan al médico de provincia, enfermos que viven en el campo y a distancia considerable de la población o de la ciudad para que al conocerlo el práctico formule lo conducente de acuerdo con el concepto que se pueda formar al través de esas frases mal hilvanadas que traducen la alteración de la salud: son los diagnósticos que el médico tiene que hacer a distancia y tan sólo con la apreciación subjetiva de la persona. En el libro citado hay una narración de la enfermedad que estaba minando la salud de Auristela durante su permanencia en la ciudad de Roma que hace pensar inmediatamente en el influjo de enfermedad infecciosa: «Escalofríos al amanecer, desmejoramiento paulatino del estado general con enflaquecimiento, pérdida de las fuerzas, palidez de la cara y de los labios, marchitamiento de la belleza, ineficacia de los remedios y duración mayor de quince días».
El paciente se encontraba en Roma y es bien sabido que el sur de Italia y sobre todo la campiña romana fueron focos difíciles de apagar de la temida malaria que diezmó ejércitos cada vez que tenían que atravesarla en las horas de la noche o del amanecer...
Una descripción clínica como la anotada lleva a cualquier médico de provincia a instituir el diagnóstico de paludismo, tal como lo hace y lo tendrá que hacer mientras no haya la comodidad de examinar somáticamente cada paciente que solicita la intervención del médico del lugar mediante una comunicación mal hilvanada, pero que traduce el sufrimiento que está echando a perder la salud... Pocos días después de haber enfermado Auristela empezaron iguales dolencias para Persiles quien pasó por todas las que habían minado la salud de aquélla sin que fueran eficaces los esfuerzos que para corregírselas hacían los médicos llamados al efecto. En las condiciones anotadas y con los conocimientos reducidos de la época era natural que estos procesos morbosos se reputaran como efectos de posesiones diabólicas o de hechicería, máxime que en el caso o casos analizados fueron conocidas las prácticas de una famosa hechicera romana, por petición reiterada de la cortesana Hipólita, quien a todo trance deseaba la belleza de Auristela se menoscabara a ver si de esta manera conseguía el amor esquivo e inalcanzable de Persiles. A pesar de la ineficacia de las humildes medicaciones que debieron ser prescritas, los enfermos curaron porque muchas enfermedades y especialmente las infecciosas están destinadas a desaparecer porque en su ciclo biológico nacen, crecen o se desarrollan, efectúan todas sus acciones patógenas y mueren cuando la resistencia del sujeto no les permite terminar con la vida. Es esta la concepción de Ch. Nicolle que explica por qué muchas gentes siguen curándose de muchas enfermedades con medicaciones tan sencillas que rayan en lo ridículo, que a veces desconciertan al profesional: las fuerzas vivas del organismo despliegan toda su actividad y vencen a los agresores; la terapéutica popular sin raigambre científica, la botánica empírica, las oraciones mal rezadas siguen combatiendo muchas de las plagas que diezman y diezmarán al pueblo colombiano, a pesar de las costosas campañas para devolverle la salud a sujetos que por haberse criado con hambre recibirán muy poco beneficio.
Pensar que en la época a que nos referimos fuera conocida la acción del hematozoario y del mosquito transmisor es candoroso: el paludismo continúa siendo uno de los azotes más grandes de la humanidad que le ha pagado un crecido tributo en unidades humanas: en la primera cruzada murieron cien mil por malaria; en la segunda ochenta mil; en el canal de Panamá los franceses perdieron veinte mil hombres; y en el cementerio de Colón se hallan tumbas de cincuenta y seis mil que perdieron los norteamericanos; Alejandro Magno murió de fiebre perniciosa, los emperadores romanos Trajano y Marco Aurelio; Aníbal perdió la visión de un ojo por amaurosis palúdica; y el pintor Alberto Durero murió a consecuencia de un ataque malárico. En la historia de este flagelo universal no pueden olvidarse los nombres de los médicos que hicieron todo lo que estuvo a su alcance para esclarecer su etiología, su patogenia, su terapia y su propia sintomatología: Vans Wieten, holandés, hizo la primera descripción clínica; Laverán, francés, descubrió el parásito; es decir, el plasmodio o hematozoario; Donald Ross, inglés, y Grasi, italiano, demostraron su transmisión por el anófelo; los españoles se encargaron de divulgar las propiedades de la corteza de quina; Pelletier y Caventou, franceses, aislaron la quinina; Mayllot, también francés, generalizó el empleo de este alcaloide; y Roberto Koch, alemán, preconizó el empleo de la quinina como preventivo del paludismo. De modo que ha sido la acción conjunta de diversos investigadores de distintas nacionalidades los que sin desmayo ni egoísmos han luchado por salvar la humanidad de uno de sus mayores y temibles enemigos.
En el cap. XX hay una escena representada por Sancho en la cual se pinta el proceso fisiológico de la defecación como lo describen los fisiólogos:
En esto parece ser, o que el frío de la mañana, que ya venía, o que Sancho hubiera cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese cosa natural (que es lo que más se debe creer) a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que los otros no pudieran hacer por él; mas era tanto el miedo que había entrado en su corazón que no osaba apartarse un negro de uña de su amo. Pues pensar de no hacer lo que tenía gana, tampoco era posible; y así lo que hizo, por bien de paz, fue soltar la mano derecha, que tenía asida al arzón trasero, con lo cual, bonitamente y sin rumor alguno, se soltó la lazada corrediza con que los calzones se sostenían, sin ayuda de otra alguna, y en quitándosela, dieron luego abajo y se le quedaron como grillos; tras esto alzó la camisa lo mejor que pudo, y echó al aire entrambas posaderas, que no eran pequeñas. Hecho esto (que él pensó que era lo más que tenía que hacer para salir de aquel terrible aprieto y angustia) le sobrevino otra mayor, que fue que le pareció que no podía mudarse sin hacer estrépito y ruido; y comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros, recogiendo en sí el aliento todo cuanto podía; pero con todas estas diligencias fue tan desdichado que al cabo, al cabo vino a hacer un poco de ruido, bien diferente de aquel que a él le ponía tanto miedo. Oyólo don Quijote y dijo: —¿Qué rumor es ese Sancho?
—No sé, señor —respondióle—. Alguna cosa nueva debe de ser, que las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.
Tornó otra vez a probar fortuna, y sucedióle tan bien, que sin más ruido ni alboroto que el pasado se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado. Mas como don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como los oídos, y Sancho estaba tan junto y cosido con él que casi por línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo excusar de que algunos le llegasen a sus narices; y apenas hubieron llegado cuando él fue al socorro, apretándolas entre los dedos y con tono gangoso dijo:
—Paréceme, Sancho amigo, que tienes mucho miedo.
—Sí tengo, —dijo Sancho— mas, ¿en qué lo echa de ver vuesa merced ahora más que nunca?
—Es que ahora, más que nunca, hueles, y no a ámbar, respondió don Quijote.
—Bien podrá ser —dijo Sancho—, mas yo no tengo la culpa, sino vuestra merced, que me trae a deshoras y por estos no acostumbrados pasos.
—Retírate tres o cuatro pasos más allá, amigo y desde aquí adelante ten más cuidado con tu persona y con lo que debes a la mía; que la mucha conversación que pongo contigo ha engendrado este menosprecio.
¿Qué enfermedad produjo la muerte de don Quijote? Esta pudo ser la consecuencia de una fiebre de tipo infeccioso, quizá de temperatura muy alta que tuvo su repercusión en el aparato circulatorio; duró muy pocos días y tuvo como consecuencia inmediata la transformación de su estado mental con recuperación del juicio, lucidez de apreciación y desaparición total de la locura. Hoy la hipertemia química o por ondas cortas se aconseja en la terapia de perturbaciones cerebrales de psicosis. Pudo haber sido una fiebre tifoidea, que se aprovecha siempre de los organismos gastados por todo concepto; ajetreo, hambre por varias ocasiones, pudieron traducir la astenia del aparato cardiovascular.
¿Cuál fue la enfermedad que produjo la muerte de Cervantes? Por lo que se dice en el prólogo de Persiles y Segismunda parece haber sido una insuficiencia cardiorenal: en el desahucio que el estudiante le hizo de su enfermedad manifiesta lo siguiente:
[...] esta enfermedad es de hidropesía que no sanará toda el agua del mar océano que dulcemente bebiese. Vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará sin otra medicina alguna. Esto me han dicho muchos, respondió Cervantes; pero puedo dejar de beber a todo mi beneplácito, como si para eso sólo hubiera nacido. Mi vida se va acabando, y, al paso de las efemérides de mis pulsos, que a más tardar acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida.
Es decir un proceso morboso caracterizado por edemas o hinchazones de todo el tegumento cutáneo —que es la hidropesía— acompañado de alteraciones del pulso, que traducen el mal funcionamiento del miocardio, autorizan a suponer que no solamente el corazón sino también los riñones tuvieron su participación activa en la muerte de don Miguel de Cervantes Saavedra.
«La figura de la muerte, en cualquier traje que venga, es espantosa; y la que coge a uno desapercibido, en todas sus fuerzas y salud, es formidable... Uno de los efectos poderosos de la muerte es borrar de la memoria todas las cosas de la vida y pues llega a suprimir la pasión de los celos, téngase por dicho que puede lo imposible...». Por estas declaraciones que se encuentran en Persiles y Segismunda se comprende que Cervantes le tuvo el temor natural a la muerte, del cual son muy pocos los mortales que la han esperado con serenidad y con calma: algunos mártires, varios ascetas y de cuando en vez unidades de la vida mundana, ya reconciliados con Dios.
No pasaron inadvertidos para Cervantes los recursos que las gentes enfermas o con sufrimientos de otra especie encontraban en las oraciones, que en esa época como en la actual se las consideraba capaces de obtener lo que se deseaba, bien por petición directa al Sumo Dispensador de todos los bienes o por intermedio de sus santos, porque es precisamente en los momentos en que el hombre siente alterarse su salud cuando recuerda que hay un Ser Superior, omnipotente que puede conceder aquello que para los hombres ha sido imposible. En la segunda jornada de la obra teatral de Pedro de Urdemalas (el Pedro Rimales nuestro) al responderle al Ciego si sabía muchas oraciones, responde con lo siguiente:
Porque sé que sé infinitas, aquesto amigo, os respondo: que a todas las doy escritas; o a muy pocos las escondo. Sé la del ánima sola, y sé la de San Pancrasio, que nadie cual ésta viola; la de San Quirce y Acacio, y la de Olalla española, y otras mil, a donde el verso sotil, y el bien decir se acrisola; las de los auxiliadores, sé también, aunque son treinta, y otras de tales primores, que causo envidia y afrenta a todos los rezadores, porque soy, adonde quiera que estoy, el mejor de los mejores. Sé la de los sabañones, la de curar la tericia y resolver lamparones, la de templar la codicia en avaros corazones; sé, en efecto, una que sana el aprieto de las internas pasiones, y otras de curiosidad. Tantas sé que yo me admiro de su virtud y bondad.