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El «Quijote» en América

Las teorías poéticas de don Quijote1

Por Isabel Lleras de Ospina*

Sólo la quijotesca terquedad del doctor Mario Fernández de Soto ha podido incluir mi nombre en este ciclo de conferencias sobre temas cervantinos, organizado por la Sociedad de Amigos de Cervantes para honrar su memoria. Cuando el doctor Fernández de Soto fundó en Bogotá esta Sociedad de Amigos de Cervantes y generosamente me nombró para formar parte de ella, le advertí con toda honradez que yo no tenía la pretensión de creerme amiga de Cervantes, que apenas si era medio conocida. Sin embargo él insistió en estrechar mis relaciones con don Miguel y resolvió también que viniera esta tarde a demostrar aquí que esa amistad era verdadera. Pero no he venido a hacer esa demostración ni mucho menos, he venido porque soy amiga de los amigos de Cervantes y porque, como lo dije ya, el doctor Fernández de Soto entre sus muchas y excelentes cualidades, posee una terquedad muy semejante a la de don Alonso Quijano.

Estos llamados amigos de Cervantes, que nos reunimos de vez en cuando a charlar un rato muy agradablemente, nos proponemos realizar una labor cultural que ya ha comenzado y que se irá ampliando con el tiempo, en la medida que lo permitan nuestras fuerzas y la oposición que a menudo despiertan estas labores. Esa oposición es de dos clases: la de los indiferentes, para quienes la cultura se reduce a la cultura física, hoy tan en boga, y la de los intelectuales que se oponen invariablemente a la realización de toda idea que no haya tenido la fortuna de nacer en sus propios cerebros. No pienso explicar en esta ocasión todos los proyectos de la Sociedad de Amigos de Cervantes, algunos de los cuales son de grande envergadura y es probable que no se realicen jamás; pero sí quiero participar a ustedes unos pocos relativamente sencillos, y en los cuales podrían colaborar muchos de los que aquí me están escuchando. Se nos ha ocurrido que no sería difícil fundar en las Embajadas y Consulados de Colombia en el exterior pequeñas bibliotecas bien seleccionadas en donde estuvieran presentes nuestros próceres que, gracias a Dios, manejaban las letras lo mismo que las armas, y donde los interesados por cosas distintas de las Memorias de los Ministros de Hacienda, pudieran leer a Pombo, a Silva, a Valencia; y se dieran cuenta de que tuvimos un Caro y un Cuervo; y de que en Colombia se escribieron la María y La Vorágine y las obras de Carrasquilla, para no nombrar sino unos pocos de los muchos que merecen ser conocidos y que darían un prestigio bien cimentado al país. Una biblioteca en donde hubiera siquiera un pequeño texto de Historia Patria, una Geografía Colombiana; y en donde no faltara por ningún motivo, la Historia de la Literatura, de Gómez Restrepo.

Claro que estas bibliotecas deberían estar establecidas hace mucho tiempo, por el Gobierno de Colombia; que los agregados culturales se hubieran debido preocupar por formarlas, pero como no ha sido así, los Amigos de Cervantes vamos a tratar de que esa aspiración no sólo útil sino necesaria, se convierta en realidad.

Uno de estos Amigos de Cervantes, bastante Quijote él, ha lanzado una idea que nos entusiasmó a todos: la de levantar en algún sitio del país, una estatua de don Quijote que fuera como un símbolo de lo que ha sido nuestro espíritu, como una lección para la juventud de Colombia, coma una protesta del alma colombiana. Yo confío en que a la suscripción que abre la Sociedad de Amigos de Cervantes con este objeto, contribuirán todos los que sientan el orgullo de nuestro pasado y esperan que no se haya extinguido del todo entre nosotros la Andante Caballería. ¿En dónde se debe colocar la estatua del Quijote? Juan Lozano, quien fue el autor del proyecto, propuso que se colocara a la entrada de Cartagena; esta escogencia tiene su significado: no solo porque Cartagena es la verdadera ciudad española de Colombia, sino parque así los ojos del visitante que llegara al país lo primero con que tropezarían sería con la estampa del Ingenioso Hidalgo. Pero yo creo que don Quijote no se acomoda en la Costa. Yo lo colocaría en uno de los pueblos del sur de la sabana, en donde el paisaje es el mismo que lo vio salir en busca de aventuras; en mitad de una plaza donde crezca la hierba. Como hace mucho que no voy por esos lados, no sé si todavía quede alguna sin asfaltar, en un pueblo donde haya barbería y venta de tipo manchego y donde el Cura no sepa mucho de liturgia. ¿Que estaría un poco como escandido, como abandonado? Tal vez. Pero ese inconveniente se podría suprimir si logramos hacer algo digno de la idea que queremos significar y de la importancia del personaje que la encarna. La visita a don Quijote podría figurar entonces entre los paseos interesantes, y los maestros podrían organizar excursiones a este sitio, para despertar en sus alumnos la curiosidad por conocer las innumerables aventuras del Caballero de la Mancha. Además, tengo entendido que la carretera del Sur tiene ahora, por razones especiales, un gran movimiento, y no está mal que los que por ella transitan conozcan a don Quijote y se enteren de la intención que allí lo colocó.

Don Alonso Quijano: tú que saliste un día
sobre el buen Rocinante, por el ancho sendero,
con peto, con celada, con lanza y escudero
como mandan los libros de la Caballería,

a mostrar ante el mundo tu valor, tu hidalguía,
tus nobles ideales de andante caballero,
tu famosa locura, genial aventurero,
que todos desdeñaban y nadie comprendía.

Vuelve: yo te lo pido, por favor, a la vida;
que el mundo está esperando, la fe desvanecida,
el valor agotado, los ideales muertos,

que te salgas de nuevo por la escueta llanura,
¡oh, sublime Manchego de la Triste Figura!
«A desfacer agravios y enderezar entuertos».

Hemos querido que la primera salida de los Amigos de Cervantes se haga dentro de un ambiente cervantino; por eso tenemos aquí al muy ilustre caballero andante don Miguel de Cervantes Saavedra y al no menos ilustre don Quijote de la Mancha, rodeados de todos los personajes que Cervantes inmortalizó y que se asoman en las páginas de las ediciones aquí reunidas, algunas de las cuales pertenecieron a los maestros de nuestra literatura.

En este pequeño álbum de fotografías que ustedes podrán ver dentro de algunos momentos, están el pozo donde veló las armas don Quijote, el patio de la casa de Dulcinea y los escudos del portal, el interior de la venta, y los molinos de viento, y las calles del Toboso, y los personajes del Quijote, rodeando a uno de los más ilustres y entusiastas cervantinos colombianos: el doctor José Joaquín Casas. Siendo ministro de Colombia en España, el doctor Casas visitó la tierra de Dulcinea, y al salir del Toboso escribió un soneto magistral como todos los que salieron de su pluma. Nadie como Casas para describir en sonetos los paisajes campesinos, los tipos de pueblos, los ambientes rurales. El que quiera saber cómo eran los pueblos de Colombia hace quince o veinte años, antes de las Escuelas Radiofónicas, no tiene sino que abrir las Crónicas de Aldea y allí encontrará retratados los gamonales, los curas y los sacristanes de Boyacá, de Santander o de Cundinamarca. En solo un verso de estos sonetos está reflejado el ambiente de las poblaciones colombianas: «Cerró la tienda doña Ester Barbosa».

A mí me parece genial. En todos los pueblos de Colombia tenía tienda doña Ester Barbosa y la cerraba siempre al caer de la tarde, y el abrirse y cerrarse la tienda de doña Ester era el acontecimiento diario más importante de la vida pueblerina. La tienda, como es lógico, estaba situada en la plaza, en esas plazas de entonces donde «manaban paz los chorros de la pila».

Me tocó oír recitar al mismo doctor Casas su Soneto del Toboso y se me quedó grabado en la memoria. Claro está que este soneto cobraba más carácter cuando él mismo lo decía, con su pronunciación a la española, pero no resisto a la tentación de incluirlo en esta lectura, porque es un soneto muy de Casas, muy cervantino y muy para el Toboso.

El polvo que me cubre los zapatos
es del Toboso. ¿Sacudirle intento?
Es del lugar de la beldad asiento
que dio al amor supremos arrebatos.

Aquí el gran loco en sus ociosos ratos,
que eran los más, sutilizó el talento
y urdió ese idilio de pureza invento,
etérea forma de amorosos tratos.

Hoy he visto. ¡La he visto! A Dulcinea:
una ojigarza toboseña industre,
que humilde granza, como antaño harnea.

Aunque nuevos, quedádvos en reposo:
quedádvos con el polvo que os da lustre,
zapatos que anduvisteis el Toboso.

Uno de los principales objetivos de esta Sociedad, naturalmente, es el de vulgarizar entre nosotros la obra de Cervantes. El Quijote es uno de los libros más conocidos y también uno de los menos leídos. Muchas gentes se imaginan que para leer el Quijote es necesario ser intelectual, haber estudiado textos complicadísimos cuyos solos títulos ponen la carne de gallina: «Tratado del participio», «El uso del gerundio», «El que galicado», etc.; fuera de poseer una gran dosis de paciencia. Por eso se contentan con saber lo que todo el mundo sabe sobre el Quijote, esto es, lo que han oído decir; y con colocar en sitio muy visible de sus bibliotecas una edición más o menos costosa de la obra cervantina. Pero si se arriesgaran a abrirla se convencerían de que para leerla no es necesario ser académico, ni siquiera tener paciencia. Verían que el Quijote es un libro tan profundo como fácil de leer, que sus capítulos son capítulos de vida, y que cada uno de nosotros encuentra en los personajes de la obra algo de su propia personalidad y mucho de las ajenas. Resulta tan divertido encajar en los personajes del Quijote a las personas que conocemos. La clasificación de los Quijotes y los Sanchos es cosa muy común en el mundo, pero no hay una estadística muy segura porque los segundos se disfrazan con frecuencia de los primeros, aunque tarde o temprano se los conoce por aquello que pinta tan bien Casas en otro magnífico soneto:

Murió el señor. Cesante el escudero,
de la flébil pariente solicita
que unas horas ponerse le permita
las armas del difunto caballero.

«Si llevándolas puestas, probar quiero»,
curioso Sancho para sí medita,
«Se me pega lo hidalgo, y se me quita
este amor a la alforja y al puchero».

Púsose, pues, las armas. La conjunta,
mujer al fin, calando en su deseo,
«¿Qué sentís con llevarlas?», le pregunta.

Y él, tal respuesta de su vientre saca:
«Que a pesar de lo hidalgo del arreo,
la gana de comer no se me aplaca...»

Entre los personajes del Quijote hay uno: don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán, que según los más atinados comentaristas representa el papel que Cervantes hubiera querido representar en la vida. Don Diego es una especie de poeta práctico; es decir, un poeta que, sin hacer versos, conoce la poesía de las cosas, y sabe y puede colocar su vida en un ambiente de poética tranquilidad, en donde florece un poeta teórico en la persona de su hijo don Lorenzo. Pero prefiero que el mismo don Diego se presente a ustedes como se presentó a don Quijote:

Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere, servido. Soy más que medianamente rico Y es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida con mi mujer, y con mis hijos, y con mis amigos; mis ejercicios son el de la caza y pesca; pero no mantengo ni halcón ni galgo, sino algún perdigón manso o algún hurón atrevido. Tengo hasta seis docenas de libros, cuáles de romance y cuáles de latín, de historia algunos y de devoción otros: los de caballerías aún no han entrado por los umbrales de mis puertas. Ojeo más los que son profanos que los devotos, como sean de honesto entretenimiento, que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con la invención, puesto que destos hay muy pocos en España. Alguna vez como con mis vecinos y amigos, y muchas veces los convido; son mis convites limpios y aseados, y no nada escasos; ni gusto de murmurar, ni consiento que delante de mí se murmure; no escudriño las vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los otros; oigo misa cada día; reparto de mis bienes con los pobres, sin hacer alarde de las buenas obras, por no dar entrada en mi corazón a la hipocresía y vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del corazón más recatado; procuro poner en paz los que sé que están desavenidos; soy devoto de Nuestra Señora, y confío siempre en la misericordia infinita de Dios, nuestro Señor.

Esta presentación es un modelo de equilibrio, de sinceridad, de conocimiento. Por ella nos damos cuenta exacta no sólo del personaje sino de su vida. Es una especie de retrato velazqueño trasladado a la literatura. No hay en ella ni jactancia ni modestia; da la sensación de un espíritu perfectamente equilibrado que logra, por medios naturales, que las personas y las cosas que lo rodean contribuyan a la conservación de ese equilibrio. A mí me ha tocado muy de cerca un personaje que tiene muchos puntos de contacto con don Diego de Miranda, pero le faltan dos cosas que forman parte muy esencial de la personalidad del Caballero del Verde Gabán: el sentido de la limitación sobretodo en materia de libros, y el gabán.

Ustedes dirán que hasta ahora no han asomado por ninguna parte las teorías poéticas de don Quijote. Precisamente llegamos en este momento a la casa de don Diego de Miranda; y de lo que más se contentó don Quijote cuando vivió allí fue «del maravilloso silencio que en ella había y que la asemejaba a una casa de cartujos».

El silencio es uno de los principales ingredientes de la poesía; la poesía es hija del silencio. Debe ser por eso que: en los tiempos actuales la verdadera poesía es tan escasa. En algunos poetas modernistas se adivina el ruido de los motores, del jazz, de todo este tejemaneje de la época actual tan diferente y tan lejana de aquélla en que le tocó vivir a don Lorenzo de Miranda. Mucha parte de esta poesía modernista pudiera calificarse de atómica, por la falta de cohesión en las ideas, de armonía en la forma, por la ausencia del sentimiento. Trata de destruir lo pasado y sólo consigue destruirse a sí misma. Y lo mejor es que toma clandestinamente buena parte de ese pasado, y a veces ni siquiera de los originales sino de copias insignificantes. Hay muchos versos actuales en que vemos asomar a don Luis de Góngora y Argote desfigurado por las sucesivas transformaciones, Y otros en que aparecen poetas mucho más cercanos, porque se confía tanto en la fragilidad de la memoria, que se desvalija sin escrúpulo aun a los contemporáneos. A García Lorca, por ejemplo, le roban continuamente sus querubines, y sus nardos, y sus puñales, y cualquier día un poeta original y revolucionario escribirá un poema «a las cinco en punto de la tarde».

Halló don Quijote la casa de don Diego de Miranda «ancha como de aldea», y al leer esta frase, imaginamos sus enormes habitaciones, sus largos corredores, sus patios iluminados de sol y arropados de sombra; y, sigue diciendo Cervantes, «muchas tinajas a la redonda que por ser del Toboso le renovaron las memorias de su encantada y transformada Dulcinea». Entra aquí otro elemento esencial de la poesía: el recuerdo. Y así como el silencio al convertirse en poesía pierde su naturaleza, el recuerdo que se hace verso, lejos de perderla la conserva, aumenta y perfecciona. Ya he visto seres que en apariencia son completamente ajenos a toda manifestación artística o literaria, prosaicos y prácticos hasta el extremo, incapaces de apreciar un paisaje, una estatua o un trozo de música, que se entusiasman y conmueven al escuchar un verso. El verso es, sin lugar a dudas, el agente más universal de la emoción, de esa emoción que se asocia directa o indirectamente con algún momento decisivo del corazón o de la inteligencia.

En esa casa ancha como de aldea y silenciosa como la cartuja, don Lorenzo de Miranda concibió las estrofas que tanto entusiasmaran a don Quijote, ejecutadas en el estilo gracioso y alambicado que se usaba entonces, pero que, sin embargo, parecen actuales porque su tema es el eterno tema de la recordación.

Si mi fue tornase a es,
sin esperar más será,
o viniese el tiempo ya
de lo que será después...

Al fin, como todo pasa,
se pasó el bien que me dio
Fortuna, un tiempo no escasa,
y nunca me lo volvió
ni abundante, ni por tasa,
siglos ha ya que me ves,
Fortuna, puesto a tus pies;
vuélveme a ser venturoso;
que será mi ser dichoso
si mi fue tornase a es.

No quiero otro gusto o gloria,
otra palma o vencimiento,
otro tiempo, otra victoria,
sino volver al contento
que es pesar en mi memoria.

Si tú me vuelves allá,
Fortuna, templado está
todo el rigor de mi fuego,
y más si este bien es luego,
sin esperar más será.

Cosas imposibles pido,
pues volver el tiempo a ser
después que una vez ha sido,
no hay en la tierra poder
que a tanto se haya extendido.

Corre el tiempo, vuela y va
ligero, y no volverá,
y erraría el que pidiese,
o que el tiempo ya se fuese,
o viniera el tiempo ya.

Vivir en perpleja vida,
ya esperando, ya temiendo,
es muerte muy conocida,
y es mucho mejor muriendo
buscar al dolor salida.

A mí me fuera interés
acabar; mas no lo es,
pues, con discurso mejor,
me da la vida el temor
de lo que será después.

El ambiente de poética tranquilidad que reinaba en la casa de don Diego no se componía solamente, como hemos visto, de cosas abstractas como el silencio; que la poesía también necesita de las cosas materiales, aunque a veces la ausencia de ellas ha hecho brotar mucha y verdadera poesía.

Sancho y el mismo don Quijote se encontraban muy a gusto en la casa del Caballero del Verde Gabán, que a juzgar por todos los datos, era una casa muy bien organizada. Doña Cristina, la esposa de don Diego, debía de ser una señora de las que antiguamente se apellidaban hacendosas —ese término como que ha desaparecido-; no da la sensación de que fuera una mujer brillante, apenas se la menciona, pero debía ser maestra en las artes de la cocina, y poseía sin duda una de esas suavidades que nacen de la insignificancia que hacen la felicidad de muchos hombres inteligentes.

Cuando don Quijote habla con don Diego acerca de la poesía y de los poetas, dice que la poesía, a su parecer:

Es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo extremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio; hala de tener el que la tuviera a raya, no dejándola correr en torpes sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera, si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias, o en comedias artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer y estimar los tesoros que en ella se encierran. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, pues y debe entrar en el número de vulgo; y así, el que con los requisitos que he dicho tratare y tuviere a la poesía, será famoso y estimado su nombre en todas las naciones políticas del mundo.

A primera vista, estas teorías poéticas de don Quijote no son ni muy originales ni muy luminosas; son de una sencillez casi banal, pero encierran la verdadera teoría poética de todos los tiempos, y no han perdido ni su frescura ni su actualidad, porque tienen la fuerza que les da la personalidad de quien las enuncia.

La voz del Quijote es una voz tan masculina, de timbre tan sonoro, que su eco repercute indefinidamente en el mundo de los sentimientos y de las ideas. Y no es que esa voz, repito, diga cosas extraordinarias, no; dice por lo general cosas sencillas y naturales; precisamente por eso no se apaga ni se disminuye; porque nos parece a todos que es un reflejo de nuestra propia manera de pensar y que, en circunstancias iguales, habríamos dicho y pensado exactamente lo mismo. Don Quijote, si lo examináramos a la luz de los métodos modernos, no sería un superdotado; sería un supercuerdo, en el que el tino, la discreción, el aplomo, predominaban sobre la inteligencia.

Cuando don Quijote expresa sus opiniones o dicta sus consejos, no dice nada más de lo que debe decir, y no enigmáticamente, sino con una claridad meridiana.

Esta nueva empresa de publicaciones oficiales que funciona en Colombia, y que hace ediciones tan preciosas, sin economías de mal gusto, debería hacer una edición de los «Consejos de don Quijote a Sancho» cuando partía a gobernar la Ínsula, para obsequiar un ejemplar de ella a todos los ciudadano que de una u otra forma llegaran a gobernar el país.

Los consejos de don Quijote en materias poéticas, como en muchas otras, no son escuchados por aquellos que más debieran escucharlos. Todavía hay quien pretende fabricar poesía a base de inteligencia y de estudio, y también quien naciendo poeta desdeña el estudio indispensable para toda creación de belleza. Los dos están errados, como lo dice don Quijote, pero los primeros más que los segundos. En lo que sí ha sido más cierta y constante la profecía de don Quijote es en aquello de que «la poesía no ha de ser vendible en ninguna manera». Que lo digan si no los poetas y los lectores (no compradores). No hay mayor ingenuidad que pretender agotar la edición de un libro de versos, vendiendo. Los que hemos intentado esta hazaña, nos convencemos al cabo de algún tiempo de que don Quijote tenía razón: la poesía no es vendible.

Antes de partir don Quijote de la casa de don Diego, aconsejó al joven Lorenzo que si quería ser famoso como poeta se guiara más por el parecer ajeno que por el propio porque, dijo don Quijote, «no hay padre ni madre a quien sus hijos le parezcan feos; y en los que lo son del entendimiento, corre más este engaño». En esto sí no estoy completamente de acuerdo con don Quijote. Yo creo que ninguno puede conocer más que el mismo poeta la verdadera intención de su poesía. El sabe mejor que nadie el significado de una estrofa o de un verso, que, para los demás, pueden no tener importancia, pero que para él representan un instante precioso de su corazón o de su espíritu. Esa especie de iluminación interior que precede a la verdadera creación poética, no es una simple casualidad, ni el resultado de una forzada meditación, sino una conjunción de la sensibilidad y de la mente que en un momento dado logran expresarse, a veces con claridad perfecta, a veces con sugerencias veladas, a veces con inexplicable misterio.

Pero podría ser que don Quijote, al dar este consejo al de Miranda, lo hiciera precisamente en tono irónico —que mucho lo acostumbraba-, para significarle que el que quiere ser, o más bien parecer, gran poeta, debe amoldar su poesía al gusto del público en general; no escribir lo que le dicte el corazón, ni adornado como su gusto le aconseje, sino repetir lo que dicta el parecer de la mayoría y revestido de acuerdo con lo que esta mayoría considera belleza. Este consejo, si en este sentido lo dio don Quijote, ha sido uno de los más acatados, no sólo en el campo de la poesía sino en el de todas las artes. A veces al ojear un libro de versos encontramos algunas muestras que prueban que su autor siente como poeta, y que, además, conoce las reglas de la poesía. Pero estas muestras, que no se resigna a sacrificar, están rodeadas de extravagancias y disparates como es de uso en nuestro tiempo, y sucede que aquellos poemas que interpretan el verdadero espíritu del poeta, pasan inadvertidos y hasta despreciados, y los otros se comentan entusiásticamente por los llamados críticos. La uniformidad que encontramos en estos comentarios y en los versos que se comentan, se explica en el hecho de que los unos y los otros escriben dirigidos por una misma tendencia y los domina el temor de parecer anticuados o poco comprensivos.

Sé que estas opiniones no me van a traer popularidad ni mucho menos; todo el que se atreve a disentir de la opinión general, en arte, en literatura, en política, se convierte en un ser a quien los más benévolos califican de exagerado y hasta de loco, y los demás de ignorante, de apasionado, de vanidoso o de estúpido. La sinceridad levanta una gran oposición, especialmente entre los que tienen las mismas opiniones, pero que por una u otra razón se guardan mucho de expresarlas.

En las exposiciones de pintura contemporánea es en donde más se puede apreciar lo que he venido sosteniendo. La gente se extasía ante un cuadro que, muy a menudo, es una especie de figura geométrica de color anaranjado o verdoso, con protuberancias inexplicables, colocado sobre algo que no se sabe si es una botella, un árbol, una nube o un animal. Estoy segura de que si el catálogo no existiera, ninguno de los admiradores del cuadro sería capaz de adivinar qué representa. Sólo después de cerciorarse del número con que está marcado, se sabe que esa figura es la de una mujer desnuda. Cada vez que yo veo uno de estos desnudos femeninos me viene a la mente la misma reflexión: ¿Cómo haría este pintor para encontrar o para imaginar una mujer así?

Espero que no vayan a creer ustedes que para mí la obra de arte consiste en la copia fotográfica del modelo. El arte no puede ser una simple copia; cuando lo es, pierde su esencia de creador; pero en la verdadera creación artística, el modelo no debe desaparecer, pasa a segundo plano. Cuando contemplamos los famosos caballos de Marly que abren la Avenida de los Campos Elíseos, se llega a la convicción de que éstos son los verdaderos caballos, los caballos de la realidad, y que los que monta la Guardia Republicana son apenas una débil copia del extraordinario modelo.

Nadie sabe, ni a nadie le importa saber, quién era el Caballero de la mano al pecho, y, sin embargo, este ilustre desconocido es uno de los personajes más conocidos y admirados, y aunque el ademán que lo inmortalizó no haya sido sino un capricho genial del Greco, todos lo recordarán en esa actitud que probablemente no adoptó nunca.

Yo no vacilo en afirmar, sin temor a contradecirme, que estoy de acuerdo con los que sostienen que la poesía no es, como algunos imaginan, lo irreal, la ficción, lo inexistente. La poesía es la única realidad, y esta afirmación puede extenderse a todos los campos del arte.

Entre los personajes del Quijote, Dulcinea es el único integralmente real porque es el único integralmente poético. ¿Pertenece esta poesía a Cervantes o a don Quijote? Yo creo que tan personas y tan poetas son el uno como el otro. Y aquí cabría preguntar a don Quijote qué tal poeta le parece Cervantes. «Poeta fue, y altísimo poeta», nos dijo el doctor Fernández de Soto en su magnífica conferencia del viernes pasado. Estamos de acuerdo; pero no creo que el título lo ganara en su Viaje al Parnaso; la poesía de Cervantes está en el trasfondo del Quijote. ¿Y la poesía de don Quijote? Cuenta Cervantes que cuando don Quijote se retiró a la peña de Sierra Morena a hacer el papel de amante desgraciado, escribía y grababa sobre las cortezas de los árboles y por la menuda arena muchos versos, todos acomodados a su tristeza, y algunos en alabanza de Dulcinea; mas los que se pudieran hallar enteros, y que se pudiesen leer, después que a él allí le hallaron, no fueron más que estos que aquí se siguen:

Árboles, yerbas y plantas
que en aqueste sitio estáis,
tan altos, verdes y tantas,
si de mi mal no os holgáis,
escuchad mis quejas santas.
Mi dolor no os alborote,
aunque más terrible sea;
pues, por pagaros escote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.

Es aquí el lugar adonde
el amador más leal
de su señora se esconde,
y ha venido a tanto mal
sin saber cómo o por dónde.
Tráele amor al estricote,
que es de muy mala ralea;
y así, hasta henchir un pipote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
de El Toboso.

Buscando las aventuras
por entre las duras peñas,
maldiciendo entrañas duras,
que entre riscos y entre breñas
halla el triste desventuras,
hiriólo amor con su azote,
no con su blanda correa;
y en tocándole el cogote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.

Yo tomo esta poesía como una advertencia de don Quijote contra los versos de ocasión, o de temas forzados, advertencia que, por lo demás, no sirvió de nada, sobre todo en el siglo xix, cuando todos los amantes, desgraciados o no, se creían en la obligación de hacer versos. Todos nuestros antepasados sintieron esta obligación, y los que perpetró mi ilustre abuelo don Lorenzo María Lleras son de tal calibre, que, cuando mi marido y yo discutimos sobre política y la discusión empieza a acalorarse, él me amenaza con publicarlos nuevamente, y ante esta amenaza reniego de todas las ideas.

También hay que tener en cuenta el grado de enamoramiento de don Quijote, antes de calificar los versos de la peña. Su estado no era el más a propósito para reflexionar sobre las exigencias de la poesía, aquéllas que aconsejaba a don Lorenzo de Miranda no olvidar jamás. De donde se puede deducir que una cosa es la teoría y otra la práctica, y que no basta saber cómo se hacen los versos para hacerlos.

Sin embargo, don Quijote, como Cervantes, fue poeta, y altísimo poeta; pero la verdadera poesía del Ingenioso Hidalgo, la que reúne la teoría y la práctica, es la creación de Dulcinea, la entrega que hace a la humanidad de un ideal poético que tiene su origen en el amor y que va desde la fácil Aldonza hasta la inaccesible Dulcinea. Cada uno, en un Toboso, no imaginario sino verdadero, como el pueblecito de la Mancha, fabrica una Dulcinea de acuerdo con sus gustos y aspiraciones, y esta Dulcinea no es sólo un sueño individual, sino un sueño colectivo de la humanidad. ¿Qué otra cosa si no, son los caudillos, y las musas, y los héroes? Dulcineas que, pasados los años, se vuelven a convertir en Aldonzas, pero que para algunos seguirán siendo siempre la «señora doña Dulcinea», transformada por virtud de algún encantamiento en la vulgar e insignificante Aldonza Lorenzo.

La humanidad necesita tener siempre delante de los ojos una Dulcinea, por la cual sea capaz de correr riesgos, y de sufrir agravios, y de realizar locuras. Y es curioso, pero ha existido una Dulcinea universal, que, a través de las distintas épocas, ha sido encarcelada y transformada sin que ninguno de los Merlines que con ella se ensañan haya logrado destruirla. Por esta Dulcinea siguen luchando los caballeros andantes, pero cada día es mayor el número de los que no recuerdan su belleza, ni comprenden sus virtudes, ni lloran sus desgracias; de los que se resignan a contemplarla sucia y desfigurada porque consideran locura luchar contra los mercaderes y los yangüeses y los leones y hasta contra los molinos de viento.

El Quijote es una visión de la vida tan extraordinaria y tan completa que abarca todos los puntos de vista humanos. Cuando se nos ocurre releer algunos de sus capítulos, nos sorprendemos al reconocer que la visión de la vida que en él habíamos encontrado es ya muy diferente. Sería curioso que los lectores empedernidos de Cervantes anotaran las diferentes transformaciones que encuentran en el Quijote, a medida que sus propias vidas se van transformando. Esto prueba —si ya no estuviera probado— que el Quijote es inagotable, y que a medida que en él se ahonda, se van encontrando nuevas ideas y sentimientos que, por lo demás, no se sabe si son un reflejo del espíritu del lector sobre el libro o del espíritu del libro sobre el lector. Que el literato encontrará nuevas perfecciones del estilo, el hombre práctico nuevas muestras de sentido común, y el poeta nuevos milagros de la poesía. Porque la poesía, lo dijo don Quijote es una ciencia milagrosa: realiza prodigios que ninguna otra puede ni siquiera intentar. Convierte la insignificancia en grandeza y la grandeza en sencillez, y milagrosa sobre todo porque tiene caracteres de eternidad.

Me tocó recorrer las llanuras de Castilla bajo un sol de agosto que me presentaba la realidad de una tierra descarnada y rojiza, cubierta por un cielo invariablemente luminoso. La soledad reinaba en el paisaje y en las pupilas que lo contemplaban; pero cayó la tarde, y la sombra, ese sutil auxiliar de la poesía, al oscurecer el escenario, lo fue poblando con los personajes que lo están recorriendo desde hace más de tres siglos.

¿Y esta es la Mancha? ¿Dónde el caballero
cabalgando el famoso Rocinante?
Miro hacia atrás y miro hacia adelante;
soledad y silencio en el sendero.

Ni un pollino que sirva al escudero
para seguir al Caballero Andante.
Ni siquiera un molino que en gigante
pudiera convertir el caballero.

En una venta duerme Sancho Panza;
pero a medida que la sombra avanza
muere la realidad, surge la idea.

Don Quijote recorre los caminos,
resucitan gigantes los molinos,
y Aldonza se convierte en Dulcinea.

  • (1) En Estampas arbitrarias, editorial Antares, Bogotá, 1960, págs. 113-134. volver
  • (*) Lectura hecha en la Sociedad de Amigos de Cervantes de Bogotá, el 27 de abril de 1956. volver
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