Por Cecilia Hernández de Mendoza
Cogito, ergo sum, dijo Descartes, y colocó así el Yo en el centro del problema filosófico. «Vivo como sueño, luego existo» parece decirnos don Quijote, y con ello sitúa el Yo en el centro del problema vital. Para Descartes la prueba de la existencia reside en el pensamiento; para don Quijote, en el ensueño hecho acción. Pero tanto en el filósofo francés como en Alonso de Quijada se determina y concreta la idea renacentista del individuo humano como eje del mundo; la que en el uno es un sistema, en el otro es un sentimiento.
Don Quijote es la realidad del mundo interno cambiando la realidad de lo externo. Nada es en él apariencia lógica, porque en nada se acomoda al mundo en torno; posee, empero, un fondo plenamente racional: el de seguir el propio impulso, el de obedecer a la propia voz. No ve las cosas como son sino como quisiera que fueran, lo que hace que su mirada se desfigure: lo objetivo es para él aquello que cree necesario para realizarse a sí mismo.
Y así como su locura consiste en cambiar a su antojo cuanto le rodea, el centro principal de esa locura es el de todo hombre viviente: el amor. Si transformó la realidad, también transforma a la mujer amada hasta ver en ella a una alada princesa de las cortes caballerescas.
Por ese su amor puede llegarse al fondo de su psicología, ya que responde a una necesidad de su vida, es un servicio que presta a otro ser y es una ilusión que lo sostiene en sus campañas. Amó a Dulcinea como se ama la gloria, como un reflejo de lo eterno, de lo indestructible, de lo permanente; con fidelidad y con desinterés, y por ella y en ella jamás se acobardó en el camino ni rebajó ninguno de sus pensamientos.
Por eso Dulcinea noposee una biografía diferente de la de su creador y en ella llega a personificarse la sutil esencia del amor, esencia de amor que es la coronación del caballero.
¿Qué importa a don Quijote que sean sus aventuras andanadas y fracasos si él en cada una se está realizando? ¿Si cada una es la materialización de un sueño? Soñó con obrar milagros y con conquistar mundos por la sola fuerza de su brazo, con defender y amparar al débil, proteger al desvalido y hacer triunfar la justicia en el mundo, y creyó conseguirlo. Cuerdo se le juzgó mientras no habló u obró como andante caballero, y el creyó en su cordura cuando se refirió a sus hazañas o cuando las realizó.
Al niño producen risa sus aventuras y también a los hombres de su época. A través de la historia han producido lágrimas, como que reflejan el esfuerzo humano tantas veces deshecho ante la realidad brutal, el fracaso tras el deseo de avance, y la eterna sed de lealtad y de desinterés.
Mientras don Quijote se realiza a sí mismo, sus aventuras se vuelven contra él, y de ninguna sale triunfante. Pero, ¿qué le importa que el león no se abalance sobre él si ha tenido el valor de enfrentársele? ¿Y que los prisioneros de galeras le roben y le insulten si él pudo darles libertad? Sí; todas sus aventuras se vuelven contra él, menos una: la de su amor a Dulcinea, que no lo hirió jamás, porque el ideal sólo tiene como misión ennoblecer y dignificar a la persona humana.
Dulcinea del Toboso, la amada del Quijote, lejana y fantástica, encierra en ella otros tipos femeninos: el de Aldonza Lorenzo, y el de la moza aldeana, en la cual fuera convertida por un encantamiento. Para entenderla, pues, debemos recorrer con Cervantes, los trazos de estas tres personas que resaltan con un único fondo.
Aldonza Lorenzo. «Y fue a lo que se cree [dice Cervantes en el capítulo I del libro I] que en un lugar cerca del suyo, auía una moza labradora de muy buen parecer, de quien en un tiempo anduvo enamorado (aunque según se entiende ella jamás lo supo ni se dio cata dello). Llamábase Aldonza Lorenzo, y a éste le pareció bien darle el título de señora de sus pensamiento».
Elemento indispensable para su vida de andante caballero fue la dama: es decir, amó primero el ideal de una vida y ornolo con las condiciones a él inherentes. Así, aparentemente, no el amor le llevó a la aventura, sino la aventura le llevo al amor. El hallazgo de la señora de sus pensamientos fue bien sencillo: recordó a «una moza labradora de quien en un tiempo anduvo enamorado». No le era pues desconocida Y, aún más, no había fenecido del todo en él aquel amor de antaño, pues que eligió a Aldonza para servirla y hacerla señora de los vencidos por su loca fantasía y de los librados —también en su imaginación— del atropello y de la insidia por la fuerza de su brazo.
Pero es solamente en el capítulo XXV del libro I cuando, tras haber realizado muchas hazañas don Alonso, venimos a percatarnos de la personalidad real de esta labradora:
Bien la conozco dixo Sancho, y se dezir que tira tan bien una barra como el más forzudo zagal de todo el pueblo. Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha, y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo cualquier caballero andante o por andar que le tuuiere por señora ... que rejo tiene y que voz: se dezir que se puso un día encima del campanario del aldea, a llamar unos zagales suyos, que andauan en un barbecho de su padre, y aunque estauan de allí más de media legua, así la oyeron como si estuuieran al pie de la torre y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa porque tiene mucho de cortesana, con todos se burla y de todo hace mueca y donayre. Aora digo, señor cauallero de la Triste Figura, que no solamente puede y deue vuesa merced hazer locuras por ella sino que con justo título puede desesperarse, y ahorcarse, que nadie aurá que lo sepa que no diga que hizo demasiado bien: y querría ya verme en camino sólo por verla, que ha muchos días que no la veo, y deue de estar ya trocada porque gasta mucho la faz de las mujeres andar siempre al campo, al sol y al ayre. Y confieso a vuestra merced vna verdad, señor don Quixote, que hasta aquí he estado en una grande ignorancia que pensaba bien y fielmente que la Señora Dulcinea deuia de ser alguna princesa, de quien vuestra merced estaua enamorado, o alguna persona tal, que mereciesse los ricos presentes que vuestra merced le ha enuiado: assi el del Vizcaíno como el de los galeotes, y otros muchos que deuen de ser muchas las victorias que, vuestra merced ha ganado y ganó en el tiempo que yo aún no era su escudero. Pero bien considerado, ¿qué se le ha de dar a la señora Aldonza Lorenzo, digo a la señora Dulcinea del Toboso, de que se le vayan a hincar de rodillas delante della, los vencidos de vuestra merced enuia y ha de enuiar? Porque podría ser que al tiempo que ellos llegasen, estuviese ella rastrillando lino, o trillando en las eras y ellos se corriesen, de verla y ella se riesse y enfadasse del presente.
La plástica descripción de Sancho nos revela a la moza de «pelo en pecho», varonil, tostada por el sol, fornida y morena con el contacto de la naturaleza y el trabajo del campo, de potente voz: el tipo de mujer admirado por el escudero, más cercano a Teresa Panza que a la princesa Oriana. Y Sancho quería entregarle la carta por volver verla: hay un hilo de simpatía y atracción entre los dos, que en el fondo, está dispuesto que Aldonzas y Sanchos se hermanen para rodear a los caballeros andantes del mundo. ¿Y qué de raro tiene que con don Quijote marchen éstos, si todo hombre busca en el mundo los seres que le complementan y si ha de apoyarse por un fatal destino en quienes no sólo no le comprenden sino tantas veces le desprecian, pero que le proporcionan paz y reposo al indicarle sendas distintas de las propias al realizar lo que él ni puede ni sabe? ¿Y no es ésta la tragedia de la soledad humana?
Evocamos a Aldonza Lorenzo sudorosa y sonrosada, inclinada sobre el surco y tirando bien la barra, consagrada a su trabajo como moza de «chapa» que es, responsable y ya formada o «hecha y derecha», ora respondiendo con vivacidad a las burlas puesto que es «de rejo» o de correa, como diríamos nosotros, de toscas maneras, como nos lo indica el «no es melindrosa» de Sancho, y haciendo gracejos picantes de todo y de todos. Es la campesina franca y alegre que se da totalmente en su ignorancia, de pie grande y mano ruda, desenfadada en su ingenio primitivo y ajena a la flexibilidad refinada de las mentes palaciegas. Es la anti-cortesanía, la anti-caballería andante: desembarazada y decidora, capaz de defender sus derechos más por la fuerza de las obras que por la lógica del pensamiento. Por ella puede sacar la barba del lodo «cualquier caballero» andante, esto es, que por servirla bien podría salir un hombre de la humillación de la vergüenza y la pobreza. Pero en cambio, piensa Sancho, no merece los presentes que se le han enviado, que no pueden ni los galeotes ni el vizcaíno ir a presentar sus homenajes a una trabajadora del lino y de las eras, porque ellos habrían de correrse al verla y ella se reiría de sus ofrendas.
Hasta aquí Aldonza Lorenzo, y de ella ni una palabra más en la historia. Pero tras este retrato bien comprendemos cómo don Alonso de Quijada, antes de tomar las armas, pudo amar en ella la gracia y la vida y la naturaleza que nunca entreviera en la mediocre ociosidad de su retiro.
El trazo de Sancho nos deja, como siempre sus palabras, la sensación de lo real y, más aún, de la prosa común de la vida.
Dulcinea. De este peregrino material, surge para don Quijote de la Mancha la alada imagen de Dulcinea del Toboso.
Comprendió el caballero la importancia del nombre en la humana personalidad: trocó el suyo al emprender la jornada de sus sueños Y trocó el de su dama.
¡El nombre! Parece algo tan insignificante, y, sin embargo, en él está latente todo el yo; es en la vida de cada cual la síntesis de su historia; lo diferencia de los demás, le da carácter propio, lo limita y circunscribe: en el nombre está cada uno materialmente y espiritualmente, en él parecen reunirse sentimientos, pasiones, pensamientos, ideales.
Un nombre despierta en nosotros la imagen sucinta de un ser con su peculiar modalidad, única y propia. Por un nombre, símbolo de ideales, la humanidad lucha y se desencadena la guerra, la humanidad ama y se desenlazan heroicas acciones.
El nombre nos trae recuerdos ya extinguidos o nos revela los seres amados, o nos abre caminos de desprecio, rutas de odio o sendas de altruismo. El hombre se conoce por sus obras las cuales están en su nombre. «Dejar un nombre ilustre», o un «nombre sin mancha», se nos dice, porque en éste quedaremos y en él habrá de reconocérsenos como buenos o malos, en él estaremos presentes aunque queramos evitarlo. Hay artistas que buscan un pseudónimo como si quisieran reflejar en un nombre distinto del propio, una diferente personalidad de la habitual en el comercio humano; y hay criminales que lo cambian porque saben que en él reside la infamia y la deshonra. El nombre es parte integrante del individuo, y cuando obramos bien nos satisfacemos por haber dado a ese nombre algo de mejor, y cuando obramos mal, quisiéramos borrarlo para no humillarlo. Lo embellecen nuestras acciones o lo afean; nuestra belleza externa, también; y cuántas veces se da el que un nombre fonéticamente feo nos parece bello porque en él residen las cualidades de su poseedor.
Don Quijote cambió el nombre a Aldonza Lorenzo y al variarlo, varió con él la personalidad de la moza. Como por la vara mágica de genios y encantadores, desapareció de Aldonza la rudeza. Dulcinea del Toboso, princesa lejana, compañera eterna del caballero, fue quintaesencia de belleza, de idealidad y de bondad. El cambio del nombre obró el milagro.
Cuenta Cervantes (libro I, capítulo XIII) cómo don Quijote describió a Dulcinea, a insistencia de Vivaldo, mientras se dirigían al entierro de Crisóstomo el pastor enamorado de Marcela:
Aquí dio un gran suspiro don Quixote; y dixo: yo no podré afirmar si la dulce mi enemiga gusta, o no, de que el mundo sepa que yo la sirvo; sólo sé dezir (respondiendo a lo que con tanto comedimiento se me pide) que su nombre es Dulcinea, su patria el Toboso, un lugar de la Mancha: su calidad por lo menos ha de ser de princesa, pues es Reyna y Señora mía. Su hermosura sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos, atributos de belleza que los poetas dan a sus damas. Que sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad, son tales, según yo pienso y entiendo, que sólo la discreta consideración puede encarecerlas y no compararlas. El linaje, prosapia y alcurnia querríamos saber, replicó Vivaldo. A lo cual respondió don Quixote: no es de los antiguos Curcios, Gayos y Escipiones Romanos, ni de los modernos Colonas Vrsinos; ni de los Moncadas y Requesenes de Cataluña; ni menos de los Rebellas y Villanouas de Valencia; Palafoxes, Nucas, Rocabertis, Corellas, Lunas, Alágones, Urreas, Fozes y Curreas de Aragón; Cerdas, Manriques, Mendozas y Guzmanes de Castilla; Alencastros, Palias, y Meneses de Portugal: pero es de los del Toboso de la Mancha, linaje aunque moderno, tal que puede dar generoso principio a las más ilustres familias de los venideros siglos. Y no se me replique en esto, sino fuere con las condiciones que puso Cerbirio al pie del trofeo de las armas de Orlando que dezía: «Nadie las mueva que estar no pueda con Roldán a prueba».
Dice el Hidalgo que sólo sabe que su nombre es Dulcinea y su patria el Toboso: he ahí la magia del nombre que con sólo ser pronunciado basta para una total descripción; he ahí la magia de la creación del personaje cuyo solonombre evoca las cualidades excelsas. Su calidad ha de ser de princesa; no afirma categóricamente el que lo sea, pero debe tener tal rango, puesto que es su señora. En la hermosura de la dama se hacen realidad los imposibles atributos de la belleza: comoen nuestros sueños sonverdad nuestros anhelos y se nos entregan los más lejanos ideales. Viene luego aquella afectadísima descripción de las partes de la dama en la cual, a fuerza de comparar su belleza con la naturaleza, queda en blanco el diseño de su real presencia. Pero ahí entrevemos el ideal de belleza femenina del Siglo de Oro: rubio el cabello, arqueadas las cejas, amplia la frente, grandes los ojos, rosado el color, rojos los labios, blancos y pequeños los dientes y blanquísima la piel como el alabastro o el mármol. ¿Blanquísima la piel de Aldonza?, ¿grandes y soñadores sus ojos?, ¿amplia su frente?, ¿arqueadas sus cejas como los arcos del cielo? Aunque la lógica responda que no puede ser, así lo afirman las supremas razones del señor don Quijote, ya que su mirada supo embellecer la realidad y encontrar en ella sólo cuanto quiso hallar.
¿Y su linaje? No ignora el caballero las grandes familias romanas, italianas y peninsulares; no es pues por ignorancia que se refiere al ilustre nombre de los Tobosos de la Mancha: si el sabe que no es antiguo, tan reciente y tan moderno que su imaginación lo ha concebido pocos días atrás; empero, es un linaje que se inicia. Esta es una de las ideas más democráticas de Cervantes, dicha quizá para producir risa, dado el contraste entre la antigüedad de las nobles familias nombradas y la modernidad de la otra, pero de un incontestable realismo; que sólo los hechos propios nosennoblecen, y vale más el principio vigoroso, la raíz fecunda, que la flor endeble y muerta cuya vida reside en un pasado y es incapaz de fecundar la estirpe con los nobles hechos. Don Quijote no admite réplica a su afirmación; en verdad, nada que más le hiera que el que se ponga en tela de juicio la belleza o la nobleza de su dama: como nada hay que pueda ofendernos mayormente que el quese desvirtúe lo que en nuestro interior amamos como más perfecto, como que se haga burla y mofa de lo que para nosotros es más sagrado por ser creación propia, por llevar sangre de nuestras venas y sudor de nuestro rostro.
En el capítulo XXXII del libro II, hallamos una nueva descripción de Dulcinea, hecha para aquella Duquesa que a costa del hidalgo se divirtiera en grande. Dice don Quijote:
¡Si yo pudiera sacar mi corazón y ponerle ante los ojos de vra. grandeza!, aquí sobre esta mesa y en un plato, quitara el trabajo a mi lengua de decir lo que apenas se puede pensar, por q vra. excelencia la viera en él toda retratada: pero, ¿para q es ponerme yo aora a delinear y descriuir punto por punto, y parte por parte, la hermosura de la simpar Dulcinea, siendo carga digna de otros hombros que los míos, empresa en quien se deuia ocupar los pinceles de Parrasio, de Timates y de Apeles, y los buriles de Lisipo, para pintarla y grauarla en tablas, en mármoles y en bronces y la retórica Ciceroniana y la Demostina para alabarla?
Si Dulcinea sólo tiene existencia en el interior de don Quijote, si sólo allí tiene vida por ser creación personal, únicamente contemplando la intimidad del caballero podrían los demás darse cuenta cabal de la dama; «apenas se puede pensar», porque la palabra humana no puede llegar a copiar exactamente el ideal hondamente concebido y acariciado y engrandecido. Dulcinea, como tal, no ocupa lugar alguno en el espacio, vive en una imagen, en un sentimiento, en un sitio oculto a las miradas, en lo más recóndito del Yo, pero en la parte más bella de ese Yo que necesita de sus ídolos propios para hacerse digno de ellos.
El ideal amoroso puede de tal manera ser alto que llegue el hombre que lo ha creado a juzgarse incapaz de expresarlo. Ahondando en la psicología del caballero de la Mancha por este camino del amor, nos explicamos su locura: ¡que a fuerza de pensar en grandezas puede el hombre llegar a sentir una inmensa pequeñez!
No encuentro cómo describirla, sugiere don Quijote; son menester los artistas del pincel y del buril y de la palabra para realizar cabalmente lo que yo veo. Y, en verdad, ¿cuál es la tarea del artista sino la de penetrar con visión poderosa el corazón humano y sacar las inquietudes y ocultos anhelos a la luz?, ¿cuál, sino la de mostrar en forma objetiva lo que en todos reside vagamente soñado? Objetivar, concretar los sueños: he ahí la labor de aquellos dotados de poderosa intuición que rompen las murallas entre dos mundos: el mundo recóndito y el mundo externo.
En el citado diálogo, dice don Quijote:«Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, y si es fantástica o no es fantástica: y estas no son cosas cuya averiguación se ha de llevar a cabo . que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa entre todas las del mundo, como son hermosura sin tacha, graue sin soberuia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y finalmente alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con más grados de perfección que en las hermosas humildemente nacidas».
Y como el Duque aceptara la existencia de Dulcinea pero no su linaje, pues según el mismo caballero no corría parejas con «las Orianas, las Alastrajanas, las Madacinas», etc., dijo don Quijote:
[...] a esto puedo responder que Dulcinea es hija de sus obras y que las virtudes adoban la sangre, y que en más se ha de tener un humilde virtuoso que un vicioso leuantado, quanto más que Dulcinea tiene un jirón que la puede llevar a ser Reyna de corona y cetro, que el merecimiento de una mujer hermosa y virtuosa a hazer mayores milagros se entiende y aunque no formalmente, virtualmente tiene en sí encerradas mayores venturas.
Trata aquí del ideal de la personalidad femenina del Siglo de Oro. Dulcinea es grave sin soberbia, es decir, seria sin altanería, discreta en el gesto, tranquila en el ánimo, reservada sin orgullo, en una palabra, controlada en los actos y en las miradas y en los movimientos, control que da por resultado aquel no sé qué que sabe imponer doquiera admiración y que podemos apellidar elegancia del ánimo. Porque hay sin duda dos clases de elegancia: una externa y vana, dependiente de la atención de los demás, aprendida con reglas y adquirida por hábito meramente externo, y otra, natural y espontánea, que es la resultante de la personalidad y responde en cada gesto; en cada actitud, en cada palabra, a un movimiento del espíritu; la verdadera elegancia es ésta, que en lo externo refleja una actividad interna, que emana no de lo superfluo sino que es manifestación de la vida del espíritu. De ahí la gravedad sin soberbia de Dulcinea y el que no hubiera en sus maneras la altanería del que se cree superior, sino la suave severidad del que está consigo mismo, sin la prodigalidad vulgar de quien no tiene nada que guardar, o del que con su generosidad tonta cree que en la ostentación reside el respeto ajeno. El adjetivo grave (latín, gravis) significa, etimológicamente, 'pesado'; aplicado a una cualidad del espíritu tiene el sentido de grande pues un ánimo que pesa, que tiene magnitud y profundidad tiende a ocupar, digámoslo así, un mayor espacio interior; cuando el ánimo pesa hay gravedad en la expresión y cuando no, ligereza y banalidad. Ser grave por soberbia es ser ligero porque sólo la gravedad que emana de la dignidad personal, de la alteza de miras y de la virtud, es verdadera.
«Amorosa con honestidad» fue Dulcinea: amorosa con ternura, con delicadeza, con aquella continencia, fruto no de la pasión desenfrenada sino de la dulce consagración que aspira no al placer de un día sino a aquel permanente y hondo que iguala dos vidas y las refunde en una sola.
«Agradecida por cortés»: cortés en su primordial significado es aquel que tiene las condiciones del cortesano, del hombre de la corte. Una de ellas y de las principales es la gratitud.
«Cortés por bien criada»: una dama de verdadera calidad debía levantarse —criarse— con el mayor esmero. En nuestro vocabulario común la llamaríamos hoy bien educada. Bien criada era para esa época, y aún lo es para nosotros, aquella que en la soledad o ante los grandes en el arrabal o en la corte, tiene la misma gentileza. La cortesía no nace de pronto: de ahí que las damas del Siglo de Oro debían ser corteses por haber sido convenientemente educadas. Subsisten entre nosotros las expresiones buena crianza y mala crianza con el adjetivo malcriada.
Insiste finalmente don Quijote en el linaje porque toda aquella hermosura brilla más en el noble que en el humilde. Para el caballero importa más el que deba ser noble que el que lo sea y en este punto es el único en que no hace afirmaciones claras; defiende, como ya vimos, la nobleza de su estirpe que apenas en ella se inicia, pero no asegura, como lo hace con las demás partes, que lo sea. Dice que es «hija de sus obras», que «las virtudes adoban la sangre», que sus merecimientos alcanzan mayores milagros, que «virtualmente tiene encerrada mayores venturas». ¿Qué le costaba al caballero imaginar para su amada una altísima nobleza? ¿Por qué esa insistencia en la estirpe preclara de una mujer humilde cuando tal implicaba, dada la época, una imperfección? Cervantes, muy disfrazadamente; sí que parece aquí lanzar una bofetada a los nobles torpes y soeces, a los perezosos, a los incontinentes, a los haraganes, al colocar como condición inherente a la perfecta Dulcinea el no poseer títulos de nobleza: que vale infinitamente más quien no habiendo una tradición de honor y de hidalguía llega a ser «hijo de sus obras». La mayor perfección de Dulcinea es, pues, no nacer nadie y sin embargo llegar a ser alguien por su propio esfuerzo: a sus antepasados no concurren los hechos heroicos pues no sirvieron a reyes, ni reconquistaron a España, ni sirvieron en las Cruzadas, y ella sin embargo parece ser descendiente legítima de héroes.
He ahí, a grandes trazos, la imagen de la más amada de las mujeres, de la más impalpable de las creaciones literarias.
La moza aldeana. La mujer protagonista del Quijote tiene otro aspecto: el de la más ruda y vulgar moza que pueda concebirse. Tuvo Sancho la ocurrencia (libro II, capítulo X) de engañar a su señor de la misma manera que éste tantas veces lo había engañado enseñándole molinos de viento como gigantes y mulas de religiosos como dromedarios y manadas de carneros como ejércitos enemigos, y, al efecto, aseguróle ser Dulcinea una de tres mozas aldeanas que por el camino del Toboso venían. Así describió a las mozas: «Todas mayorcas de perlas, todas son diamantes, todas rubíes, todas telas de brocado de más de diez altos; los cabellos sueltos: por las espaldas que son otros tantos rayos de sol, que andan jugando con el viento, y sobre todo vienen a cauallo sobre tres cananeas remendadas que no hay más que ver». Al acercarse éstas, Sancho hincóse ante una de las sorprendidas labradoras: le imitó don Quijote pero se aterró de no ver en ella sino «una moza aldeana, y no de muy buen rostro porque era "carirredonda y chata"».
Carirredonda y chata: signo de fealdad en aquel siglo; el autor no nos habla de los ojos, de la piel, de la boca, le basta para describirla con anotar estas dos características que la definen.
Las tres labradoras, jinetas en sus borricos, estaban atónitas y dijo la supuesta Dulcinea: «apártense nora en tal del camino y dexennos pasar, que vamos de priesa». Ante las palabras de amor del caballero, convencido ya por el escudero de ser aquella su amada: «toma que mi agüelo, respondió la aldeana: amiguita soy yo de oír resquebraxos: apártense y dexemos ir y agradecérselo hemos».
Las rudas respuestas de la moza, su indiferencia, la ausencia total de aquel suceso, contrastan violentamente con la pena del caballero y con su desilusión.
Pero es Sancho quien nos hace el retrato, de la moza, al imprecar a los magos por haber realizado tan cruel encantamiento: «Bastaros deuiera vellacos, auer mudado las perlas de los ojos de mi señora en agallas alcornoqueñas, y sus cabellos de oro purísimo en cerdas de cola de buey bermejo, y finalmente todas sus facciones de buenas en malas, sin que le tocaredes en el olor, que por él, siquiera, sacáramos lo que estaba encubierto debaxo de aquella fea corteza, aunque para dezir verdad, nunca yo vi su fealdad sino su hermosura...» La única vez que el caballero vio a su dama o creyó verla durante su portentosa historia de caballería andante, fue bajo aquel aspecto de moza baja, muy más baja que la sana y fresca Aldonza Lorenzo. ¡Oh dolor del amor!, parece decir Cervantes, que cuando se le cree más alto llega tantas veces a lo más bajo, que cuando se le cree conseguir plenamente se presenta como la aldeana del borrico con caballos de cerda de cola de buey bermejo y con los ojos como agallas alcornoqueñas.
Vista la enorme diferencia entre la Aldonza real y la Dulcinea imaginaria, y entre esta y la aldeana del borrico, sepamos cómo entendía el caballero la existencia de la dama y cuáles relaciones psicológicas hay entre tal creación y la personalidad de don Quijote.
A pesar de invocarla continuamente, de enviarle presentes, de obligar a los vencidos en sus fantásticas aventuras a ir hasta ella para rendirle sus homenajes, hace el Caballero de la Triste Figura clarísimas afirmaciones que revelan su vacilación acerca de la real existencia de Dulcinea. Una es la ya transcrita, en el diálogo con los duques. Recordémosla: «Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo y si es fantástica o no es fantástica: y éstas no son cosas cuya averiguación se ha de llevar a cabo». No sabe si la dama existe o no, pero tampoco permite que esto se averigüe, con lo cual niega su realidad. En cambio, dice que no la engendró porque la contempla como a una dama. Al hablar de contemplar, nos abre un camino: si fuera en verdad creación tan sólo de su fantasía no la contemplaría, es decir, no la miraría como, algo externo, distinto de sí mismo; no la engendró, luego es real; pero no sabe si ese ser es Dulcinea porque tanto la ha transformado con su imaginación que quizá no corresponda al original. En el capítulo XXV del libro I, cuando Sancho se sorprendió de que la princesa Dulcinea fuera la moza que él había conocido en el Toboso, dice el Hidalgo:
Assí que Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas que alaban a sus damas, debaxo de vn nombre que ellos a su aluedrío les ponen es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Siluas, las Dianas, las Galateas, y otras tales de q los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueran verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquéllos que las celebraron? No por cierto sino que las más se las fingen por dar sujeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y hombres que tienen valor para serlo. Y assí bástame a mí pensar y creer que la buena Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta: y en lo del linaje importa poco, q no han de yr a hazer la información del, para darle algún habito y yo me hago cuenta, q es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber Sancho, si no lo sabes que dos cosas solas incitan a amar más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en su hermosura, ninguna la yguala, y en la buena fama, pocas lallegan. Y para concluyr con todo yo imagino que todo lo que digo es assi, sin que sobre ni falte nada. Y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad: y ni la llega Helena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mujeres de las edades pretéritas, Griegas, Bárbara o Latina. Y diga cada vno lo que quisiere, q si por esto fuere reprehendido de los ignorantes, no seré castigado de los rigurosos.
En estas palabras está toda la personalidad del Caballero de la Triste Figura. Dulcinea tiene valor de alta princesa por la única razón de que él la ama, como sus aventuras tienen inconmensurable valor por la única razón de que él las ha soñado, como su vida de caballero andante guiada por su ideal, iguala a las más grandes, porque él así la concibió.
Todo lo que el hombre ama, proclama orgullosamente, tiene un infinito valor: rompe así a las claras con la razón y con la lógica ya que para él la medida de las cosas y las personas sólo puede darla el yo. Y bien puede el hombre sentirse atraído por lo más absurdo y menos bello, que por ese hecho las cosas mudan su realidad. De tal manera claramente sitúa el problema romántico y se acerca a la nueva filosofía que Descartes iniciara conel postulado «Pienso, luego existo».
Relaciona luego la creación artística con la vida real, e invirtiendo los términos juzga que si los poetas y artistas crean sus ficciones, el hombre tiene derecho a hacer lo mismo en su vida propia; en una palabra, que si el arte es la obra del hombre, la vida misma, los hechos diarios, son también; y aun deben ser, obra del hombre. Que éste no se debe conformar con los acontecimientos como se le ofrecen sino que, a manera del poeta, ha de hacer de esos acontecimientos un reflejo de sí mismo. Ver las cosas como quisiera que fuesen y no como son: ver en Aldonza una princesa y en los carneros ejércitos enemigos, y en los sucesos contrarios, la obra de los encantadores y no de la fatalidad.
Pero en lo que a don Quijote se refiere, esta perpetua transformación de las realidades en quimeras le trae como consecuencia la perenne alegría: por el contrario el hombre romántico lanza quejas desesperadas cuando advierte el choque violento entre sus sueños y la realidad, y llega aun hasta la muerte, herido por los golpes del destino. Don Quijote sabe que lo que él considera verdad lo es tan sólo en parte, que la magnitud de sus hazañas es relativa, comprende que lo que cree ver no es lo que es: pero en cada aventura se realiza a sí mismo, y el golpe brutal que recibe carece a sus ojos de importancia. Si el romántico quiere cambiar el mundo y no puede, don Quijote ve el mundo como le parece y ello le satisface: de ahí su placidez y contentamiento, rotos tan sólo cuando le llega la cordura de la muerte.
Según el Hidalgo las ficciones de los poetas tienen como fin dar sujeto a los versos y, además, el que se considere a los autores como enamorados que tienen el valor de serlo. El hombre moderno extraña aquí el pensamiento del caballero: ¿es necesario valor para estar enamorado?, ¿acaso así se concibe el amor en los tiempos actuales? y es que, tras esta afirmación reside la tradición platónica, en verdad alta y grande del amor, por la cual este es un camino de perfección hacia hermosuras infinitas. De ahí el valor para estar enamorado, no sólo para realizar en nombre de una mujer hazañas increíbles sino para adquirir un permanente control de sí mismo y colocar la vista más alto, más arriba, que no en el mero instinto; valor para hacer frente a la propia pasión y permanecer fiel a aquel ser por quien se vive, quien apenas sí se puede contemplar lejanamente, y cuando se lo contempla apenas si se le puede hablar, cuando no se le habla jamás, como ocurrió con Aldonza Lorenzo. Valor para vivir con la imagen idealizada de un ser con quien no hay más puntos de contacto que el propio pensamiento y conocer que existe. Valor, y heroico, para llegar a la plena realización de sí mismo con la vista en ese ser lejano; valor como el del Quijote de estar enamorado en nombre de algo irreal para todos pero cierto y verdadero para él mismo: valor de todo hombre grande para enfrentarse a todo y a todos y realizar sus sueños.
Para amar a Dulcinea le basta al caballero que posea dos cualidades: hermosura y buena fama. Los dos ideales del Siglo de Oro: la belleza formal y la moral, reflejada: en la honra. En cuanto al linaje, carece de importancia el que lo tenga o no, que él lo imagina nobilísimo. Pero en todas las razones del Quijote que venimos comentando, hay una que sobresale por ser Leitmotiv de su vida; «y para concluir con todo, imagino que todo lo que digo es assí». He aquí el por qué supremo de su locura, de la locura de tantos genios y santos que creyeron en sus sueños y les dieron existencia antes de realizarlos. Imaginar que lo que se dice es así: forjar los sucesos y entenderlos como ciertos: ¿cuál otra fue la vida del Hidalgo? Si las aventuras no llegaron a él, él les dio vida en su mente; y siempre estuvo listo para el combate sin importarle el contendor. Creó el mundo de los caballeros andantes y lo realizó a cabalidad, sin las princesas, sin el resplandor de las armas, sin los hechos verídicos, sin los castillos, sin las hazañas de Orlando o el heroico combate de Rolando. y todo ello, porque cuanto dijo creyó que así era.
Y en vez de soñar para escribir y hacer poesía, en vez de soñar para dominar el mármol con el poder de su fantasía y vestirlo con la túnica del ideal, soñó para obrar sobre el mundo. Entregose a la obra sin desmayo ni cansancio, cuando ya la curva de la vida se inclinaba ante él. Loco en la acción y cuerdo en el pensamiento: extraño género de locura que permite que lo que es mofa para otros, sea el centro sobre el cual gira la existencia entera. Porque está escrito que cada vida humana trae consigo un eje como trae un destino; porque está escrito que vivir de acuerdo con ese eje vital es objeto de risa para todos aquellos que no tienen el mismo valor, valor de estar enamorados, como diría nuestro Alonso de Quijada.
«Y píntola en mi imaginación como la deseo», dice. En verdad, y con mayor razón, si cuanto dice es así, la dama ha de ser como la desea aunque no concuerde con la realidad.
Lo que en el romántico es un choque -imaginar la vida como la quiere y hallar una muy otra- en don Quijote es íntimo regocijo, ausencia de amargura y de dolor. Para éste la transformación de lo objetivo se opera según su querer y para el romántico el hallar en lo objetivo algo diferente a la personal concepción del mundo, trae como consecuencia la honda pena del impotente. Espíritu fuerte en verdad el de aquel que se complace en embellecer acá y allá con sus propios elementos los que se le ofrecen, espíritu sutil y profundo y finísimo el que a través de la vida, como al conjuro de notas armoniosas, da ser y gracia a todo aquello en que no encuentra la perfección anhelada. Y espíritu fuerte en verdad, aquel que, conformándose con el objeto como se le entrega, es capaz de sacar de él notas de luz, de grandeza humana: el que lejos de encenegarse en la bajeza, la aparta suavemente para dejar al descubierto lo que de grande en toda realidad existe. Por estas locuras, piensa el caballero, habrán de castigarle los ignorantes, y con cuánta razón: que la ignorancia es cobarde e incomprensiva; pero no habrán de castigarle los rigurosos, es decir, no los severos, no los serios, no los que viven de acuerdo con su propia conciencia.
Resumiendo, tenemos que don Quijote no creyó en que Dulcinea fuera verdadera, sino que la creyó y le dio realidad ante el mundo, con plena conciencia; que esa locura suya de saber la verdad diferente de como la imaginaba y sin embargo creer sinceramente en sus ficciones, trajo como consecuencia su eterno regocijo y satisfacción, su gracioso heroísmo, su fácil desinterés, su ausencia de tragedia.
Como creación personal, Dulcinea pertenece a don Quijote, está en él, es una parte de sí mismo. Al forjarla, a su albedrío, ella permanece siempre grande y siempre distante, impulsándolo a realizar sus hazañas; es la parte mejor y más noble de su yo, símbolo de lo levantado y alto de su personalidad. Cuando invoca la protección de Dulcinea apela a su propio valor, a su propia voluntad y así la nombra «Señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío» (libro I, capítulo III). Si el hombre busca en el verdadero amor aquello que ha de impulsarle a la perfección, a la realización plena, y hace del ser amado el símbolo de lo grande y lo bueno, en el fondo el esfuerzo y vigor del corazón que se espera del impulso de otro, no es sino al anhelo de ver en él lo que el ideal busca y la certeza de que ese otro ser quiere permanecer como fundamento e impulso de la progresiva elevación.
Dulcinea no es sólo el valor sino el socorro. «Acorredme», le pide cuando en la venta, mientras vela las armas, el arriero las arroja lejos de sí y el caballero lo ataca ofendido (libro I, capítulo III); le pide auxilio cuando se lanza contra los molinos de viento (libro I, capítulo VIII); socorro, cuando la aventura del Vizcaíno ya que «por satisfacer a vuestra mucha bondad, en este riguroso trance se halla», y en toda ocasión en que tiene que hacer un superior esfuerzo para cumplir sus fines.
Esta petición de ayuda a Dulcinea, acorde con la caballería andante, ¿no es la muchas veces desesperada con que llamamos a lo mejor que en nosotros existe para que nos preste auxilio en los más difíciles problemas? Esta dama, colocada entre el hombre y Dios, como un puente de perfección, como intermediaria ante la Divinidad, ¿no es acaso el íntimo anhelo del hombre —tantas veces inútil— de encontrar alguien seguro en quien confiar, alguien mejor en quien reposar, a través del cual se vislumbre lo Infinito, alguien que sea mensajero del Supremo Ideal, un camino a la Belleza, la Verdad, la Bondad? Consciente o inconscientemente es la búsqueda de Dios lo que lleva al hombre a crear ídolos, bien para adorarlos como dioses cuando no cree en lo eterno, bien para que le enseñen de cierto una vía cuando confía y espera. Ese invocar continuamente a la dama, ese querer hacerla prevalecer sobre todas las damas del mundo, presentes y futuras y pasadas, es la voluntad del hombre de hacer surgir su eje vital, su centro de gravedad espiritual por sobre todos los demás, para alcanzar sus fines. Porque Dulcinea, como gran concepción humana, es sólo un medio para coronar la altura.
Así el hombre concibe un ideal y a él se dirige (creación de Dulcinea) pero ha de buscar la fuerza que le aliente para llegar a él en el fondo de sí mismo (persona de Dulcinea). Fórmase una dualidad entre el yo que busca lo mediato y el yo que anhela lo inmediato, entre el yo que quiere alcanzar lo que ve y el yo que va ansiosamente tras lo que no ve. Uno y otro yo vienen a ser dos distintos y opuestos entes que luchan: la conciencia humana coloca en el uno lo mejor, hasta llegar a delimitar los dos campos. Y cuando la tentación de los inmediatos se hace más fuerte, cuando la tentación de lo fácil se acentúa, el hombre vuelve sus ojos desesperadamente a ese otro yo, formado por tantos trozos de su propia historia, simbolizado en tantos esfuerzos realizados ya, que le apremia para que le engrandezca, y le pide auxilio, y le pide socorro. Y esa parte noble y perfecta del caballero se llama Dulcinea del Toboso.
Según se dijo, Dulcinea fue convertida en una moza aldeana, simple y palurda. Es decir, ese yo de don Quijote, hecho de lucha, de esfuerzo y sacrificio, fue trocado y cambiado por las malas artes. Desde entonces sus hazañas tuvieron un doble carácter: alcanzar la gloria y desencantar a Dulcinea. Pero desde entonces don Quijote no fue el mismo: ya no podía implorar a su amada con tanta fe ni con la misma alegría porque se la habían trocado, le habían desfigurado la razón de su ideal, como tantas veces ese yo decidido y valiente se trastrueca y vacila, se empequeñece y cambia porque los ofensivos detalles y las incomprensiones pretenden ver en él apenas a una palurda rastrera. Pero hemos de creer en él aunque se nos aparezca un tanto miserable como pareciole a don Quijote: en él debemos pensar, tener la certeza de que existe, y esperar confiadamente en su desencantamiento hasta nuestros últimos días, si es necesario y porque sólo teniéndolo seguro hemos de ser nosotros mismos, no hemos de ahorrar esfuerzo alguno en alcanzarlo de nuevo. Volveremos a verlo a plena luz, a contemplarlo tal como un día le entrevimos, porque es él, de todo nuestro ser, el único que merece el nombre de yo, ya que ha sido amasado con nuestros anhelos, testigo de nuestra historia, modelado día a día con nuestra lucha, perfeccionado día a día con nuestro propio dolor.
Desde aquel terrible encantamiento, comenzó para don Quijote el camino de su cordura, de una cordura más alta y más noble que la vulgar y pequeña de este mundo y que había de trocarlo de caballero del ideal en caballero de la eternidad: «yo fui loco y ya soy cuerdo», fueron en efecto, sus últimas palabras. Y en el fondo esa cordura no fue otra cosa sino el saber que su yo iba a ser plenamente desencantado allá, en el mundo donde sólo la verdad reside.
Vencido por el Caballero de la Blanca Luna, desilusionose de su valor y de su heroicidad, y halló por primera vez dolor y hondo dolor: desilusionose de sus proezas, del valor de su brazo, pero no de Dulcinea; dejó de esperar en todo su mundo aparente menos en su mundo real, como en nuestras grandes caídas en todo podemos perder la fe menos en nuestra propia compañía.
Desarmado ya y triste por la pérdida de la andante caballería, acercábase con Sancho a su aldea. Había éste terminado, engañosamente, los azotes que debiera prodigarse para desencantar a Dulcinea; iba don Quijote lentamente en Rocinante, recogiendo sus pasos de aventuras, Y pensaba. pensaba en Dulcinea «y esperaua el día por ver si en el camino topaua ya desencantada a Dulcinea su señora y siguiendo su camino topaba mujer ninguna que no yua a reconocer si era Dulcinea del Toboso» (libro II, capítulo LXXII). Evocamos al caballero oteando el horizonte ansiosamente y contemplando con avidez cada uno de los rostros que por allí pasaban. Era su última ilusión la de encontrar, tal y como él la creara, a la siempre lejana, a la siempre bella amada, de la cual jamás fuera herido, ni burlado, ni vencido. ¡Pobre caballero que así coronaba su peregrinación, herido por todas las miserias del destino, y sólo confiaba en encontrar —al fin— a aquel ser por quien luchara, por quien tuviera gloria, a quien coronara con sus hazañas y que sólo viviera en el fondo de su corazón! Todo lo había perdido y con ello se iba descorriendo ante sus ojos lo invisible, pero aún quedaba para él ese trozo de cielo azul y límpido de su amor ideal, que se extendía ya muy claro como un puente tendido a lo infinito: en él aún quería reencontrarse a sí mismo sin embrujamientos, sin trastrueques; en aquella princesa lejana a quien esperaba ver, le quedaba su amor y con él todavía su tesoro. y era tanta su preocupación por hallarla y tanto su afán -que es la tristeza cuando el espíritu busca perdurable compañía- que le parecía ver (libro II, capítulo LXXIII) en todos los sucesos que acaecían a medida que llegaba a su aldea, premoniciones tristes: ya no la veré más, ya no la veré más, se repetía, y el eco de su tierra castellana que habría de darle final albergue, parecía contestar con las palabras de Poe: «Nunca más, nunca más...».
He ahí el verdadero gran dolor del señor de la triste figura: el desvanecimiento de su última ilusión mientras al acercarse a su patria chica, se acercaba a la despedida suprema.
Empero, si estaba turbia su mirada al contemplar la torre de la iglesia de aquel lugar de la Mancha por causa de la derrota por él reconocida sólo una vez, si estaba turbia la mirada ante la realidad del vencimiento, debido por la primera vez a la fuerza de un hombre y no a la intervención de los malos magos, si estaba turbia la mirada por haber aceptado la verdad de los hechos, y por la infinita tristeza de no ver más a su amada, aún en sus ojos quedaba una luz de alegría porque continuaba amando. Es decir, que si Dulcinea fue creada ante la necesidad de buscar una dama a quien servir como caballero andante, al deponer las armas no murió con ellas en su corazón, fue más fuerte que sus aventuras, tan poderosa que sólo con él murió: el yo íntimo, en ella simbolizado, únicamente desapareció ante la eternidad.
En la apariencia de Aldonza Lorenzo, don Quijote había amado a Dulcinea antes de su vida de aventuras y continuaba amándola, depuestas las armas. ¿Cuál fue entonces la verdadera y real vida de don Quijote de la Mancha: aquella comprendida durante cinco meses de su vida, según lo hace notar Monseñor Castro Silva en su Epílogo de don Quijote, o aquella que se prolongó durante doce años en que amó a Aldonza Lorenzo? Y no es que pretenda medir una vida por su extensión antes que por su intensidad: Bien me sé que la existencia depende del impulso que lleve, de la consciente aplicación en un momento dado de toda la personalidad, que no de vegetar en la inercia, sin sentimiento, sin inteligencia, sin pasión; que depende de la entrega total a una obra y no de la pasividad sin visión; de la aplicación libre de nuestras energías encauzadas al bien en la medida de nuestra vocación y de nuestro deber y no de la negación perezosa que entraña la ausencia de la plena actividad de nuestro yo.
Empero, si la coronación de toda la gran aventura de nuestro caballero fue su amada, si fue ella la razón de sus acciones y la fuerza de su brazo, si hasta el momento del supremo reposo la busca y la sirve, ¿por qué no suponer que ella le infundió vida varios años antes de emprender su primera salida?, ¿por qué no suponer que mientras el Manchego leía apaciblemente todas aquellas fabulosas historias no colocaba in mente a las Orianas muy por debajo de su Aldonza? En síntesis, que si el amor a una mujer fue antes que el amor a la vida caballeresca, ha de ser cierto que don Quijote antes de Caballero de la Triste Figura y Caballero de los Leones fue amante de Dulcinea. Y por ahí podemos darnos cuenta de que la vida de Alonso de Quijada fue vida de amor, primero por causa de una sencilla labradora y luego por una transformación fantasiosa de esa labradora, a quien no viera jamás. En esa vida del caballero se pueden observar sus dos fases: la que precedió a sus salidas de aventurero ideal y la del caballero loco que frisaba ya en los cincuenta años.
De ahí el que en un principio afirmara que la biografía de Dulcinea no es sino la biografía ideal de don Quijote: que por estar en el presente nunca aparece en la historia como persona real, independiente, distinta y diferenciada: símbolo de su vida, de sus sueños, de sus ideales, fuerza y amparo, belleza clara y claro entendimiento: ya libre, ya encantada ella, no es sino la entraña misma e impalpable de su caballero.
Pedro Salinas en su conferencia Lo que nos queda del Quijote, pronunciada en Bogotá hace pocos meses, afirmaba que don Quijote y Sancho forman un todo inseparable, un claro binomio, una sola persona. Yo afirmaría que en el gran libro existe un trinomio simbólico integrado por un solo personaje cuya denominación podría ser Sancho-Quijote-Dulcinea: el hombre de la realidad, el hombre del ensueño, la resultante del ensueño. Vaga resultante esta última para el lector, para el hombre extraño, pero clara y concreta para quien en ella coloca sus mejores atributos; casi desconocida para el lector a cuya vista nunca aparece, pero plenamente palpable para quien la realiza; risible para quienes lejos de ver en las mujeres Aldonzas hechas Dulcineas, pretenden trocar a las Dulcineas en mozas aldeanas y vulgares; perfecta para quienes no ven las Aldonzas sino las Dulcineas; mujer, finalmente, para quienes en ella perciben la unidad maravillosa de Aldonza, Dulcinea y la moza aldeana.
En otro aspecto si don Quijote tiene su Sancho, Dulcinea tiene su Aldonza: en esa vida suya lejana e indefinible, Aldonza es lo real, Dulcinea lo ideal y la labradora tosca, la prosa ruda y ordinaria. Fúndense en este personaje también la prosa y el ensueño; en ella también están la perfección y la imperfección, con una diferencia: don Quijote va a realizar sus ideales, y Dulcinea es el ideal mismo, Sancho acompaña en sus aventuras al caballero, admirándolo sin comprenderlo y ostentando cobardía cuando aquél hace gala de valor, mientras Aldonza y la rústica, mujer no son seres distintos de Dulcinea sino transformaciones de ella misma. Cervantes coloca al hombre integral en dos personalidades, a la mujer en una sola trocada mediante encantamientos. ¿No nos está hablando claramente de la diferencia psicológica entre el hombre y la mujer? ¿El hombre que puede ser parte prosa y parte ideal al mismo tiempo y la mujer que es unas veces integralmente prosa y otras integralmente ensueño? Porque, ¿no es la mujer armónica unidad y el hombre diversidad? Aquella está toda donde está y el hombre puede estar sólo en parte. La mujer en su trabajo o en su hogar es ella con sus sentimientos, sus pensamientos, sus, reacciones, sus instintos; el hombre puede ser unas veces el padre, otras el profesional, otras el hijo o el amante, y en cada una de estas circunstancias da de sí lo que necesita para realizar su cometido. De ahí el que desde tiempo inmemorial radique en la mujer la belleza, la armonía, la variedad en la unidad, y en el hombre la razón, el análisis, la separación intelectiva.
Porque Dulcinea es imposible de limitar, como es imposible de limitar la personalidad humana, porque jamás la vemos sino la adivinamos a través de la descripción de Sancho en la prosa y de don Quijote en el sueño. No es posible compararla con ninguna de las creaciones femeninas de la literatura mundial: con Helena, ni Penélope, ni Antígona, ni Dido, ni Ofelia, ni Desdémona, ni Margarita, ni María. Pero es todas ellas, es lo eterno femenino: es Helena por quien se lucha en Troya, es Penélope que espera pacientemente el fin de la aventura. Ofelia con su dulzura triste, Desdémona la ofendida, es Margarita la embrujada por el poder de Fausto, o Dido la gran Dido hecha fuego de amor por la rendida admiración del teucro, o es María, nuestra María, la triste compañera romántica del Valle del Cauca.
El personaje Sancho-Quijote se completa totalmente con el de Dulcinea en quien no sólo reside el ensueño sino el arquetipo de la humana mujer. Sancho-Quijote-Dulcinea: ¿no se oye al pronunciar este trinomio el rumor de la humanidad?