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El «Quijote» en América

El castellano en el Quijote1

Por Luis Flórez*

En El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha Cervantes critica de diversas maneras el estilo afectado, común entonces en los libros de caballerías y las novelas de pastores. Veamos algunas muestras de esa crítica.

Acaba de salir don Quijote en busca de aventuras y ya está imaginando en voz alta cómo describirá el futuro historiador los hechos de esa su primera salida. Será así:

Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel.

y Cervantes comenta:

Con éstos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje.

La burla del estilo afectado alcanza rasgos más altos en la descripción del lago encantado. En el capítulo L de la primera parte don Quijote aconseja al canónigo que lea los libros de caballerías:

Léalos, y verá el gusto que recibe de su leyenda. Si no, dígame: ¿hay mayor contento que ver, como si dijésemos, aquí ahora se muestra delante de nosotros un gran lago de pez hirviendo a borbollones, y que andan nadando y cruzando por él muchas serpientes, culebras y lagartos, y otros muchos géneros de animales feroces, y espantables, y que del medio del lago sale una voz tristísima que dice: «Tú, caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago estás mirando, si quieres alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se encubre, muestra el valor de tu fuerte pecho y arrójate en mitad de su negro y encendido licor; porque si así no lo haces, no serás digno de ver las altas maravillas que en sí encierran y contienen los siete castillos de las siete fadas que debajo desta negrura yacen» y que apenas el caballero no ha acabado de oír la voz temerosa, cuando, sin entrar más en cuentas consigo, sin ponerse a considerar el peligro a que se pone, y aun sin despojarse de la pesadumbre de sus fuertes armas, encomendándose a Dios y a su señora, se arroja en mitad del bullente lago, y cuando no se cata ni sabe dónde ha de parar, se halla entre unos floridos campos, con quien los Elíseos no tienen que ver en ninguna cosa? Allí le parece que el cielo es más transparente y que el sol luce con claridad más nueva; ofrécesele a los ojos una apacible floresta, de tan verdes y frondosos árboles compuesta, que alegra a la vista su verdura, y entretiene los oídos el dulce y no aprendido canto de los pequeños, infinitos y pintados pajarillos que por los intrincados ramos van cruzando. Aquí descubre un arroyuelo, cuyas frescas aguas, que líquidos cristales parecen, corren sobre menudas arenas y blancas pedrezuelas, que oro cernido y puras perlas semejan; acullá vee una artificiosa fuente de jaspe variado y de liso mármol compuesta; acá, vee otra a lo brutesco adornada, adonde las menudas conchas de las almejas con las torcidas casas blancas y amarillas del caracol, puestas con orden desordenada, mezclados entre ellas pedazos de cristal luciente y de contrahechas esmeraldas, hacen una variada labor, de manera que el arte, imitando a la naturaleza, parece que allí la vence.

La descripción del lago sigue en este modo afectado, que muchos han tomado como modelo del auténtico estilo de Cervantes y lo han imitado, sabiendo o ignorando que, como dice Ángel Rosenblat, ha sido precisamente el estilo que Cervantes adoptaba para burlarse de ese estilo. El estilo típico de Cervantes es el de la narración realista y el diálogo familiar.

Muchas de las descripciones afectadas que se encuentran en el Quijote producen un efecto cómico por el empleo de formas de expresión que ya no se usaban y sólo tenían cabida en la literatura caballeresca y pastoril. El uso de la lengua arcaica es una de las formas de la afectación misma, y Cervantes lo remeda humorísticamente. En la época clásica la f inicial se había perdido completamente en castellano, pero don Quijote dice a cada paso fazer, fazaña, fasta, desfazedor, feridas, etc. O usa palabras ya envejecidas como vegadas por veces, afincamiento por apremio, congoja, etc. En el diálogo es donde mayores efectos cómicos produce el empleo de formas arcaicas. Cuando, en su primera salida, llega don Quijote a la venta que cree castillo, ve dos mujerzuelas a las que toma por hermosas doncellas o graciosas damas, y se dirige a ellas en los términos siguientes:

—Non fuyan las vuestras mercedes, ni teman desaguisado alguno; ca a la orden de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran.

Mirábanle las mozas, y andaban con los ojos buscándole el rostro, que la mala visera le encubría; mas como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la risa, y fue de manera, que don Quijote vino a correrse, y a decirles:

—Bien parece la mesura en las fermosas, y es mucha sandez, además, la risa que de leve causa procede; pero non vos lo digo porque os acuitedes ni mostredes mal talante; que el mío non es de ál que de serviros.

El lenguaje, no entendido de las señoras, y el mal talle de nuestro caballero acrecentaba en ellas la risa y en él el enojo...

Las pronunciaciones non fuyan, fermosas, facerle, los imperativos acuitedes, mostredes, las formas ca 'porque', acuitarse 'afligirse', ál 'otra cosa', etc., presentan en seguida a don Quijote como un hombre de otros tiempos, salido de los libros de caballerías.

Si en los pasajes anteriores hay un remedo, una caricatura, una crítica indirecta del lenguaje afectado, en otros, Cervantes se burla expresamente de la afectación:

1) Maese Pedro está representando la historia de don Gaiferos y Melisendra en la venta de Maritornes donde se encuentran el cura, el barbero, Dorotea, don Fernando, Cardenio, Luscinda y el cautivo. El muchacho que mueve los títeres dice (segunda parte, capítulo XXVI):

—Veis también cómo los relinchos del caballo dan señales que va contento con la valiente y hermosa carga que lleva en su señor y en su señora. Veis cómo vuelven las espaldas y salen de la ciudad, y alegres y regocijados toman de París la vía. Vais en paz ¡oh par sin par de verdaderos amantes! ¡Lleguéis en salvamento a vuestra deseada patria, sin que la fortuna ponga estorbo en vuestro felice viaje! ¡Los ojos de vuestros amigos y parientes os vean gozar en paz tranquila los días —que los de Néstor sean— que os quedan de la vida! Aquí alzó otra vez la voz maese Pedro, y dijo:

—Llaneza, muchacho; no te encumbres, que toda afectación es mala.

2) Cuando Sancho va a hacerse gobernador de la Ínsula, don Quijote le da consejos como éstos (parte segunda, capítulo XLIII):

Anda despacio; habla con reposo; pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo; que toda afectación es mala.

Cervantes critica el estilo afectado, ampuloso, altisonante. Frente a éste, la prosa cervantina es sencilla, fluida, suelta, rápida y garbosa.

Por afectación y pedantería había en el Siglo de Oro español quienes exaltaban la lengua latina y despreciaban el castellano, «lengua vulgar». Don Quijote, en su diálogo con don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán, defiende el romance castellano, la «lengua vulgar» de España frente al latín (segunda parte, capítulo XVI):

A lo que decís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía de romance, doime a entender que no anda muy acertado en ello, y la razón es ésta: el grande Homero no escribió en latín, porque era griego; ni Virgilio no escribió en griego porque era latino. En resolución: todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las extranjeras para declarar la alteza de sus conceptos; y siendo esto así, razón sería se extendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no se desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el castellano, [...] que escribe en la suya.

Cervantes tuvo la preocupación constante de su lengua, preocupación que era resultado de la conciencia de que estaba contribuyendo a hacerla. De un lado, satirizaba la lengua afectada, ampulosa y arcaizante; de otro, criticaba la vulgaridad. Este es el sentido que tiene la frecuente exhibición de gazapos lingüísticos de Sancho y otros rústicos. Don Quijote no es un maestro purista que corrige los disparates del habla vulgar, sino un enemigo de la degradación de su idioma y un campeón de su belleza y ennoblecimiento. Don Quijote conoce el castellano: hace atinadas disquisiciones, explica palabras, justifica usos, propone etimologías y hasta se jacta de sus conocimientos del árabe. Frente al habla vulgar y campesina, don Quijote defiende siempre la justeza del lenguaje. Cuando defiende las formas eclipse (en vez del rústico cris), dictado (en vez de litado), sarna (en vez de sarra), personaje (en vez de presonaje), dócil (en vez de fócil), fiscal (en vez de friscal), etc., don Quijote proclama su ideal de exactitud lingüística, su ideal de lengua culta y refinada.

Cervantes da una idea pintoresca del habla rústica española con las sartas de refranes que pone en boca de Sancho. Cuando don Quijote le da consejos a Sancho para ser gobernador y se lamenta de que éste no sepa ni firmar, Sancho dice (segunda parte, capítulo XLIII):

[...] —Fingiré que tengo tullida la mano derecha y haré que firme otro por mí; que para todo hay remedio, si no es para la muerte; y teniendo yo el mando y el palo haré lo que quisiere; cuanto más que el que tiene el padre alcalde... Y siendo yo gobernador, que es más que ser alcalde, ¡llegaos, que la dejan ver! No, sino popen y calóñenme; que vendrán por lana y volverán trasquilados; y a quien Dios quiere bien, la casa le sabe; y las necedades del rico por sentencias pasan en el mundo; y siéndolo yo, siendo gobernador, y juntamente liberal, como lo pienso ser, no habrá falta que se me parezca. No, sino haceros miel, y paparos han moscas; tanto vales cuanto tienes, decía una mi agüela; y del hombre arraigado no te verás vengado.

—¡Oh, maldito seas de Dios, Sancho! —dijo a esta sazón don Quijote—. ¡Sesenta mil satanases te lleven a ti y a tus refranes! Una hora ha que los estás ensartando, y dándome con cada uno tragos de tormento. Yo te aseguro que estos refranes te han de llevar un día a la horca; por ellos, te han de quitar el gobierno tus vasallos, o ha de haber entre ellos comunidades. Dime, ¿dónde los hallas, ignorante, o cómo los aplicas, mentecato, que para decir yo uno y aplicarle bien, sudo y trabajo como si cavase?

—Por Dios señor nuestro amo —replicó Sancho—, que vuesa merced se queja de bien pocas cosas. ¿A qué diablos se pudre de que yo me sirva de mi hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno sino refranes? Y ahora se me ofrecen cuatro, que venían aquí pintiparados, o como peras en tabaque; pero no los diré, porque al buen callar llaman Sancho.

—Ese Sancho no eres tú —dijo don Quijote—; porque no sólo no eres buen callar, sino mal hablar y mal porfiar; y, con todo eso, querría saber qué cuatro refranes te ocurrían ahora a la memoria, que venían aquí a propósito; que yo ando recorriendo la mía, que la tengo buena, y ninguno se me ofrece.

—¿Qué mejores —dijo Sancho— que «entre dos muelas cordales nunca pongas tus pulgares», y «a idos, de mi casa, y qué queréis con mi mujer, no hay que responder», y «si da el cántaro en la piedra, o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro», todos los cuales vienen a pelo? Que nadie se tome con su gobernador, ni con el que le manda, porque saldrá lastimado, como el que pone el dedo entre dos muelas cordales; y aunque no sean cordales, como sean muelas, no importa; y a lo que dijere el gobernador, no hay que replicar, como al «salíos de mi casa, y qué queréis con mi mujer». Pues lo de la piedra en el cántaro un ciego lo verá. Así, que es menester que el que vee la mota en el ojo ajeno, vea la viga en el suyo, porque no se diga por él: «espantóse la muerta de la degollada»; y vuesa merced sabe bien que más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.

—Eso no, Sancho —respondió don Quijote—; que el necio en su casa ni en la ajena sabe nada, a causa que sobre el cimiento de la necedad no asienta ningún discreto edificio.

No sólo Sancho ensarta refranes; también Teresa, su mujer, y Sanchica, su hija. Oyéndolos dice el cura (parte segunda, capítulo L):

Teresa hablar,

—Yo no puedo creer sino que todos los deste linaje de los Panzas nacieron cada uno con un costal de refranes en el cuerpo; ninguno dellos he visto que no los derrame a todas horas y en todas las pláticas que tienen.

Frecuentemente don Quijote tiene que contener el ímpetu refranero de Sancho (parte segunda, capítulo LXXI):

—No más refranes, Sancho, por un solo Dios —dijo don Quijote—; habla a lo llano, a lo liso, a lo no intricado, como muchas veces te he dicho; y verás cómo te vale un pan por ciento. —No sé qué mala ventura es esta mía —respondió Sancho—, que no sé decir razón sin refrán, ni refrán que no me parezca razón; pero yo me enmendaré, si pudiere.

Don Quijote le enmienda a Sancho las incorrecciones y vulgaridades y quiere que hable a lo llano, a lo liso. No censura el empleo de refranes sino el abuso y el uso inoportuno. Por esto, para el gobierno de la Ínsula, le aconseja (parte segunda, capítulo XLIII):

—No has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de refranes que sueles, que puesto que los refranes son sentencias breves, muchas veces los traes tan por los cabellos, que más parecen disparates que sentencias.

—Eso Dios lo puede remediar —respondió Sancho—; porque sé más refranes que un libro, y viénenseme tantos juntos a la boca cuando hablo, que riñen, por salir, unos con otros; pero la lengua va arrojando los primeros que encuentra, aunque no vengan a pelo; mas yo tendré cuenta de aquí en adelante de decir los que convengan a la gravedad de mi cargo; que en casa llena, presto se guisa la cena; y quien destaja, no baraja; y a buen salvo está el que repica; y el dar y el tener, sesoha menester.

—¡Eso sí, Sancho! —dijo don Quijote— ¡Encaja, ensarta, enhila refranes; que nadie te va a la mano! ¡Castígame mi madre, y yo trómpogelas! Estoite diciendo que excuses refranes, y en un instante has echado aquí una letanía dellos que así cuadran con lo que vamos tratando como por los cerros de Úbeda. Mira, Sancho, no te digo yo que parece mal un refrán traído a propósito; pero cargar y ensartar refranes a troche moche hace la plática desmayada y baja.

Sancho se defiende de las reprimendas de don Quijote enrostrándole que también éste ensarta refranes de dos en dos. A lo cual responde don Quijote (parte segunda, capítulo LXVII):

Mira, Sancho; yo traigo los refranes a propósito, y vienen cuando los digo comoanillo en el dedo; pero tráeslos tan por los cabellos que los arrastras y no los guías; y si no me acuerdo mal, otra vez te he dicho que los refranes son sentencias breves, sacadas de la experiencia y especulación de nuestros antiguos sabios; y el refrán que no viene a propósito antes es disparate que sentencia.

El humanismo dignificó la lengua popular, exaltó el refranero, y dentro de esta corriente se situó Cervantes.

Don Quijote no tiene una actitud negativa ante el habla de Sancho, sino activa. Cuando Sancho estropea palabras no sólo lo reprende sino que lo educa. Le explica además pacientemente las voces que Sancho ignora: arabismos como albogues, latinismos como longincuos o como erutar. A propósito de este último, don Quijote expresa su ideal de ennoblecimiento y enriquecimiento de la lengua (parte segunda, capítulo XLIII):

—Erutar, Sancho, quiere decir regoldar, y éste es uno de los más torpes vocablos que tiene la lengua castellana, aunque es muy significativo; y así, la gente curiosa se ha acogido al latín, y al regoldar dice erutar, y a los regüeldos, erutaciones; y cuando algunos no entienden estos términos, importa poco; que el uso los irá introduciendo con el tiempo, que con facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso.

Poco a poco Sancho adquiere otro estilo, quijotiza su propia habla, como puede verse bien en el diálogo con su mujer, antes de la tercera salida de don Quijote. Teresa le dice (parte segunda, capítulo V):

—Mirad, Sancho: después que os hicistes miembro de caballero andante, habláis de tan rodeada manera, que no hay quien os entienda.

—Basta que me entienda Dios, mujer —respondió Sancho—; que Él es el entendedor de todas las cosas, y quédese esto aquí.

Sancho trata de mentecata e ignorante a su mujer, y le corrige los disparates. Dice Teresa:

—Yo no os entiendo, marido; haced lo que quisiéredes, y no me quebréis más la cabeza con vuestras arengas y retóricas. Y si estáis revuelto en hacer lo que decís.

—Resuelto has de decir, mujer —dijo Sancho—, y no revuelto.

—No os pongáis a disputar, marido, conmigo —respondió Teresa—. Yo hablo como Dios es servido, y no me meto en más dibujos.

Tan bien ha aprendido Sancho las lecciones de don Quijote en materia de lengua castellana, que cuando es gobernador se burla de la manera con que la doncella disfrazada de muchacho cuenta su salida nocturna (parte segunda, capítulo XLIX):

Por cierto, señores, que ésta ha sido una gran rapacería, y para contar esta necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas ni tantas lágrimas y suspiros; que con decir: «Somos fulano y fulana, que nos salimos a espaciar de casa de nuestros padres con esta invención, sólo por curiosidad, sin otro designio alguno», se acabara el cuento, y no gemidicos y lloramicos y darle.

Sancho, dice Ángel Rosenblat, se ha convertido en maestro de estilo, de naturalidad, llaneza y concisión.

El ideal lingüístico de Cervantes, observa el mismo autor, se manifiesta en el diálogo entre don Quijote, Sancho y el Licenciado, cuando se dirigen a las bodas de Camacho. Sancho se queja de que don Quijote es friscal de sus dichos, y aun de sus hechos, y don Quijote corrige (parte segunda, capítulo XIX):

—Fiscal has de decir; que no friscal, prevaricador del buen lenguaje, que Dios te confunda.

—No se apunte vuesa merced conmigo —respondió Sancho—, pues sabe que no me he criado en la Corte ni he estudiado en Salamanca, para saber si añado o quito alguna letra a mis vocablos. Sí, que ¡válgame Dios! no hay para qué obligar al sayagués a que hable como el toledano, y toledanos puede haber que no las corten en el aire en esto de hablar polido.

—Así es —dijo el licenciado—; porque no pueden hablar tan bien los que se crían en las Tenerías y en Zocodover como los que se pasean casi todo el día por el claustro de la Iglesia Mayor, y todos son toledanos. El lenguaje puro, el propio, el elegante y claro, está en los discretos cortesanos, aunque hayan nacido en Majalahonda: dije discretos porque hay muchos que no lo son, y la discreción es la gramática del buen lenguaje, que se acompaña con el uso. Yo, señores, por mis pecados, he estudiado Cánones en Salamanca, y pícome algún tanto de decir mi razón con palabras claras, llanas y significantes.

Desde el siglo xiii, cuando Alfonso el Sabio se estableció en Toledo con su Corte, se pensaba que en esta ciudad se hablaba el mejor castellano de España. Todavía en el siglo xvii Toledo simbolizaba el habla culta y refinada, marcaba la norma superior de lenguaje. El sayagués era el rústico. Sancho sabía eso, pero también sabía que no todos los toledanos, por el mero hecho de serlo, hablaban bien. El lenguaje puro, el propio, el elegante y claro, está en los discretos cortesanos, aunque no hayan nacido en Toledo. En los discretos, porque hay cortesanos que no son discretos, y entonces coinciden con el vulgo ignorante:

—No penséis, señor, [dice don Quijote] que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo.

Don Quijote critica a Sancho cuando habla mal; pero también en una ocasión admira su lenguaje, cuando Sancho hace el elogio del sueño (parte segunda, capítulo LXVIII):

—En tanto que duermo, ni tengo temor, ni esperanza, ni trabajo, ni gloria; y bien haya el que inventó el sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita la hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto. Sola una cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia.

—Nunca te he oído hablar, Sancho —dijo don Quijote—, tan elegantemente como ahora; por donde vengo a conocer ser verdad el refrán que tú algunas veces sueles decir: «No con quien naces, sino con quien paces».

—¡Ah, pesia tal —replicó Sancho—, señor nuestro amo! No soy yo ahora el que ensarta refranes; que también a vuesa merced se le caen de la boca de dos en dos mejor que a mí, sino que debe de haber entre los míos y los suyos esta diferencia: que los de vuesa merced vendrán a tiempo, y los míos a deshora; pero, en efecto, todos son refranes.

Es decir, que Sancho, por la compañía de don Quijote, llega a hablar con elegancia, y don Quijote matiza su lengua caballeresca con refranes populares. La lengua culta y el habla del pueblo se funden en una realización superior: el castellano del Quijote.

El ideal de Cervantes es un idioma sencillo, claro, elegante y puro, culto sin afectación, alimentado por la savia de la lengua popular.

Gramáticos y comentaristas demasiado escrupulosos han señalado numerosos descuidos e incorrecciones en la lengua del Quijote. Don Francisco Rodríguez Marín, por ejemplo, ilustre comentarista de Cervantes y más comprensivo que otros, encuentra descuidos a cada paso. Veamos algunos de ellos:

1) Don Quijote, en su primera salida por el campo de Montiel, se da cuenta de que no lo habían armado caballero y por lo tanto no podía entrar en batalla. Y dice Cervantes (parte primera, capítulo II):

Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas no pudiendo más su locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del primero que topase.

Al final del mismo capítulo II vuelve Cervantes a decir:

Mas lo que más le fatigaba era el no verse armado caballero.

Y en el capítulo LI:

Mas lo que le hacía más dichoso...

Rodríguez Marín cree que hay ahí «descuidadas repeticiones del mas, ya conjunción, ya adverbio», y propone pero en lugar de la conjunción: «pero no pudiendo más su locura», «pero lo que más le fatigaba», «pero lo que le hacía más dichoso». Don Ángel Rosenblat no cree que sean descuidos de Cervantes sino repeticiones intencionales suyas. El mas conjuntivo es inacentuado, el adverbial acentuado, de modo que no había cacofonía.

Repeticiones deliberadas hay también en el siguiente pasaje (parte primera, capítulo XXVI), que Rodríguez Marín considera como prueba clarísima de que Cervantes no pulió o pulió muy poco la mejor de sus obras. Don Quijote, que se ha quedado haciendo locuras en la Sierra Morena, ha compuesto unos versos:

Mas los que se pudieron hallar enteros y que se pudiesen leer después que a él allí le hallaron no fueron más que estos que aquí se siguen...

2) En el capítulo VII de la primera parte escribe Cervantes:

Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje.

Rodríguez Marín ve en camino que el que él había tomado, una repetición meramente mecánica, y corrige: camino que él había tomado. Rosenblat opina que ahí no hay tal repetición mecánica, y que se trata, por otra parte, de una construcción normal en prosa española. Agrega que Rodríguez Marín se dejó llevar por la vista y no puso atención al oído: que el que él se pronuncia con un solo acento: quelquél.

El final del capítulo VII de la primera parte dice:

—Encomiéndalo tú a Dios, Sancho —respondió don Quijote—, que Él le dará lo que más le convenga; pero no apoques tu ánimo tanto, que te vengas a contentar con menos que con ser adelantado.

—No haré, señor mío —respondió Sancho—, y más teniendo tan principal amo en vuestra merced, que me sabrá dar todo aquello que me esté bien y yo pueda llevar.

Afirma Rodríguez Marín que Cervantes escribió con mucho desaliño estos renglones porque hay seis ques. Rosenblat comenta que los seis ques no chocan al oído porque son inacentuados y pasan enteramente inadvertidos dentro de la llaneza de la expresión cervantina.

3) Atención especial merecen los casos de que redundante, pleonástico o expletivo que ha dado mucho que hacer a los comentaristas. Fitzmaurice-Kelly había censurado a Cervantes sus frases recargadas de relativos inútiles: «Hase de entender también que andando lo más del tiempo de su vida por las florestas y despoblados y sin cocinero, que su más ordinaria comida sería de viandas rústicas...» (I, capítulo X); «a fe que si yo pudiera hablar tanto como solía, que quizá diera tales razones» (I, capítulo XXI); «y en Dios y en mi ánima que, como yo en mi niñez fui en mi tierra cabrerizo, que así como las ví [las cabrillas] me dió una gana de entretenerme con ellas» (II, capítulo XLI).

Para Rodríguez Marín esos ques repetidos estorban en algunos casos, sobran a veces para la buena gramática, pero dice que les han sobrado también a todos los que han escrito en castellano desde antes del siglo XIII, como sobran en el habla vulgar de nuestro tiempo, en la cual aparecen con frecuencia. Esos ques parecen a Rosenblat un rasgo del estilo conversacional, que Cervantes respeta con toda razón.

Muchos de los descuidos que se atribuyen a este autor, opina el filólogo que estamos siguiendo aquí, son recursos deliberados del humorismo de Cervantes o usos de la lengua de su tiempo. Los presuntos errores en el empleo de los relativos, de la preposición de, de la negación, del que copulativo, los solecismos, etc., están bien dentro del contexto y dentro del estilo de Cervantes. Unos son erratas de imprenta, dice Rosenblat; otros se salvan con una buena puntuación; otros reproducen la llaneza del lenguaje hablado. Sin embargo, hay efectivamente descuidos o distracciones de lenguaje en el Quijote. Pero son ellos expresión normal del descuido hispánico, del culto español por la espontaneidad, por la improvisación, por el desenfado y la exuberancia.

Cervantes mismo se justifica en el diálogo que sostienen don Quijote y el Bachiller Sansón Carrasco sobre la primera parte. Dice don Quijote (parte segunda, capítulo III):

—Muchos teólogos hay que no son buenos para el púlpito, y son bonísimos para conocer las faltas o sobras de los que predican.

—Todo eso es así, señor don Quijote —dijo Carrasco—; pero quisiera yo que los tales censuradores fueran más misericordiosos y menos escrupulosos, sin atenerse a los átomos del sol clarísimo de la obra de que murmuran; que si aliquando bonus dormitat Homerus, consideren lo mucho que estuvo despierto, por dar la luz de su obra con la menos sombra que pudiese; y quizá podría ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a las veces acrecientan la hermosura del rostro que los tiene; y así, digo que es grandísimo el riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de toda imposibilidad imposible componerle tal, que satisfaga y contente a todos los que le leyeren.

  • (1) Este trabajo es un resumen y adaptación del de don Ángel Rosenblat, La lengua de Cervantes, publicado en el libro Cervantes. Caracas, 1949, págs. 47-129. volver
  • (*) En Lengua  española, Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1953, págs. 77-90. volver
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