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El «Quijote» en América

Don Quijote

Por Marco Fidel Suárez*

Ha querido la Academia Colombiana conmemorar por medio de la presente festividad el tercer centenario de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, y entre los números de su programa ha puesto el discurso que voy a pronunciar. El contrastará por su aridez con la otra pieza de esta velada, en la cual han corrido los primores de la forma a porfía con la belleza y sublimidad de las ideas. De esta suerte me quedará siempre la satisfacción de haber contribuido para el follaje de la corona ofrendada por la Academia a una de las primeras glorias de la literatura española y universal.

Para cumplir mi cometido, no he podido hacer otra cosa que recurrir a la obra maestra de Cervantes, y volver a leerla atentamente, a fin de admirar una vez más su inimitable estilo, su lengua castiza y abundante, su filosofía profunda y su inmenso poder como obra de entretenimiento. Autores tan competentes como imparciales, especialmente de raza anglosajona, ponen el Don Quijote de Cervantes al lado de los libros más insignes de todos los tiempos y naciones, considerándolo no sólo como sobresaliente obra nacional, sino como una de las obras pertenecientes al género humano, y apareando a su autor con el que escribió la más grande de las epopeyas antiguas, con el autor de la Divina comedia y con el primero de los trágicos modernos. Este dictamen de la crítica tiene en favor de Cervantes un lado que lo enaltece de manera singular, aun respecto de esos otros ingenios gigantescos, pues si bien es cierto que su libro cede el paso, en muchos sentidos, a las obras maestras de Homero, Dante y Shakespeare, las vence y supera en punto de popularidad.

Para probar esta tesis no es menester someterla al crisol de una refinada crítica. De otros libros podrá discutirse el mérito y la perfección, y podrá ponerse en balanza su superioridad o inferioridad, comparándolos con otros monumentos de la literatura. Pero la popularidad del Quijote es asunto de simple observación, pues en tanto que Áyax y Andrómaca son conocidos apenas de los iniciados en las lecturas clásicas, y en tanto que no todos pueden admirar los retratos de Ugolino o de Francisca de Rimini, y mientras que Otelo y Hamlet conmueven solamente los corazones de aquellos que contemplan sus tragedias, don Quijote de la Mancha es tal vez tan conocido de las gentes como Napoleón y Sancho Panza parece que anduviera por la historia tan vivo como Julio César.

Se ha cumplido, pues, a este respecto, lo que el mismo Cervantes anunció, cuando Sancho decía a don Quijote que antes de no mucho tiempo no habría bodegón, venta, ni mesón o tienda de barbero donde no anduviese pintada la historia de sus hazañas; o cuando al bachiller Sansón Carrasco se le traslucía que no habría nación ni lengua donde esa historia no fuese traducida; o cuando el héroe manchego informaba así a don Diego de Miranda: «Treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia».

Así no hay duda de que entre todas las fábulas, la del Ingenioso Hidalgo es la más popular, a lo menos en los tiempos modernos. Los letrados la estudian, los eruditos la escudriñan y comentan, las lenguas la adoptan, el teatro le abre sus puertas, las bellas artes la ilustran, los filósofos rastrean sus recónditos significados, todos saborean sus donaires y todos admiran sus vivas pinturas y sus ingeniosas enseñanzas. Sus figuras principales, así como sus principales dichos y sucesos, se han apoderado de la imaginación del hombre civilizado. Hasta los niños aplican la imagen del Caballero de la Triste Figura y del gobernador de laBarataria a ciertos tipos de la vida real y cotidiana, y todos sabemos de Rocinante, de la sin par Dulcinea, de los molinos de viento, de lacueva de Montesinos, del manteamiento de Panza, de las bodas de Camacho, y de otros cuadros, episodios, lances y ocurrencias que hormiguean en la novela más sencilla y más complicada, más idealista y más real de cuantas ha forjado el ingenio.

¿Cuál será la causa de esta popularidad extremada, inaudita, vencedora y universal, que confiere a Miguel de Cervantes en cierto modo el cetro de la fama literaria? ¿Por qué una fábula cuyos personajes principales son dos locos aquejados de opuestas manías, está más alta que el Olimpo en que se mueven y destellan los dioses de Homero, y que los campos de dolor en que peregrinan los muertos inmortalizados por el inmortal gibelino? ¿Por qué vence y supera las figuras que contemplamos con estremecimiento en los dramas escritos por el pintor sublime de Yago y de Desdémona?

No nos atreveremos a afirmarlo; pero sí sospechamos que este señorío que ejerce el libro de Cervantes sobre la imaginación de una gran parte de los hombres, provienen de ser el libro que mejor retrata la vida humana en las varias formas de su psicología y de su actividad, con sus pasiones ruines o levantadas, con sus nobles virtudes o sus vicios despreciables, con su sabiduría práctica o literaria, con la experiencia acumulada por el estudio, los viajes, las tribulaciones, todo en un consorcio de verdad y de hermosura, y formando el perenne contraste de que procede el fenómeno de la risa. De aquí el manantial de emociones que produce el Quijote, pues en él se mezclan lo satírico, o patético y lo cómico, con la filosofía de las costumbres, con el arte del gobierno, con las alusiones literarias, con los episodios del amor y el infortunio, todo ello bordado y esmaltado sobre latela de una especie de mitología exprimida de la caballería andante, y todo ello saturado de sentimientos de alegría y al mismo tiempo de tristeza.

El libro de Cervantes parece, pues, ser el más popular, por ser el más variado en sus pormenores, el más natural y real en sus pinturas, el más profundo en su significado y el que pulsa con más acierto las fibras del corazón, no bajo la forma de una poesía más o menos artificial, sino bajo la forma de lo que diariamente vemos y sentimos. Mientras que los inmortales de Grecia, Italia, Inglaterra, hacen descender los dioses del cielo a la tierra, o trasladan las almas de la tierra al infierno, o convierten en ambas cosas el corazón poseído de intensísimas pasiones, este inmortal de España, este soldado estropeado, este poeta más versado en desdichas que en versos, este modesto terciario y este agente corredor de negocios que solicita una plaza de contador en Santafé de Bogotá o en Cartagena de Indias, pone en su libro toda la vida real con sus vaivenes y amarguras, con sus exaltaciones y caídas, que degeneran unas veces en locura sublime y otras en vulgar locura.

Escogió Cervantes como personaje principal de su leyenda a un hidalgo ingenioso, esto es, juicioso y entendido, como lo define él mismo en varios lugares de la historia, pero aquejado de la manía de practicar la caballería andante. De esta manera, desde el título de la fábula se percibe la idea del contraste o contraposición y la intención que tuvo Cervantes de hacer de ella una obra singularmente cómica, pues el héroe al mismo tiempo que se presenta sabio se presenta loco. Llámalo don Quijote, nombre explicado en la misma historia, especialmente en la disputa que tuvo el caballero con el canónigo de Toledo, y en que se declaró descendiente por línea recta de varón del valeroso Gutierre Quijada, quien junto con Pedro Barba desafió y venció en Borgoña a los hijos del conde de San Polo.

La caballería andante o aventurera, a que se entregó Alonso Quijada el Bueno, fue degeneración fantástica de la verdadera caballería que durante siglos prevaleció en Europa. Su origen y desarrollo es objeto de prolijos estudios; pero a los no iniciados en los secretos de la erudición nos basta observar que ella fue propensión espontánea en aquellos tiempos, pues satisfaciendo la necesidad de lo maravilloso que tienen el espíritu y el corazón del hombre, reemplazó la mitología griega y septentrional con el poder sobrehumano de la personificada injusticia de los bárbaros, combatida por el heroísmo del valor y de la generosidad. Ese heroísmo suplía con una idea informe de justicia la legalidad que faltaba en aquellos tiempos, y por eso obraba sin sujeción a leyes ni autoridades. Con ese esfuerzo se mezclaba el concepto exagerado del honor como un culto a lo bueno y se unía igualmente el entusiasmo religioso en la época en que la cruz y el creciente se disputaban el imperio del mundo y en que las expediciones cruzadas confundían la fe, la poesía y el amor en los torneos y en las batallas.

La caballería verdadera, no la fantástica, tuvo adeptos que combatían en defensa de la religión, de los desvalidos y necesitados, de los gobiernos y de las sociedades que formaban algo como el embrión de los estados modernos. Seguidores de ella fueron ilustres campeones, especialmente en España, donde quedó imperecedera la memoria de héroes como Rodrigo Díaz, Fernán González, Alonso de Guzmán, Suero de Quiñones, Manuel Ponce de León, Diego de Paredes, Gonzalo de Córdoba y tantos otros cuya espada y cuyo esfuerzo echaron las bases o causaron los aumentos de la nacionalidad española.

Pero las exageraciones de la fantasía reemplazaron esa caballería efectiva y patriótica con otra disparatada y fantástica, en que la tiranía y la arbitrariedad recibían la forma de gigantes, monstruos, endriagos y encantamientos, contra quienes luchaban los héroes de un modo sobrehumano, viniendo a ser mutuos enemigos y a ejecutar las más inverosímiles hazañas. De aquí provinieron los Orlandos y Amadises, los Palmerines y Esplandianes, cuyas sergas y empresas formaron un ramo especial de la literatura, particularmente de España, en que todo era un atentado seguido contra la verdad y la verosimilitud, tan pernicioso para las letras como para las costumbres.

Contra esos libros se desató el ingenio de Cervantes, por medio de la sátira más brillante y poderosa. En concepto de don Quijote, la caballería era el valor puesto al servicio de los oprimidos y menesterosos y en obsequio de la propia fama y buena reputación, pero dejando aparte la justicia, «¿Dónde has visto tú o leído jamás —decía el caballero a Sancho, cuando éste le recordaba el peligro de la Santa Hermandad, después de la aventura del vizcaíno—, dónde has visto tú que caballero andante haya sido llevado ante la justicia, por más homicidios que haya cometido?». Cuando iba a dar libertad a los galeotes, les decía a los guardas: «Me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres; allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo que no se olvida de castigar y premiar, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello», y cuando Sancho en conversación con el cura y maese Nicolás, disculpaba la parte que en aquella aventura había tocado a su amo, éste le respondió: «Majadero, a los caballeros no les toca ni atañe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que encuentran por los caminos, van de aquella manera o están en aquella angustia por sus culpas o gracias: sólo les toca ayudarles como a menesterosos, poniendo los ojos en sus penas y no en sus bellaquerías».

Para el héroe de Cervantes, la caballería era una especie de religión, que convertía a sus adeptos en hombres virtuosos y perfectos. «De mí sé decir, decía don Quijote, que después que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos». Y considerando la caballería como ciencia universal, que encierra todas las demás, pues el caballero tiene que ser jurisperito, teólogo, médico, astrólogo, matemático, y ha de estar adornado de las virtudes teologales y morales, y nadar como el peje Nicolao, y saber herrar un caballo y aderezar una silla y un freno, torna a describirlo así: «Ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos, y finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida el defenderla».

Estas ideas trastrocadas e invertidas que formaban, como se dice hoy, el criterio de don Quijote de la Mancha, son la base de su carácter, que no pudo ser más firmemente delineado, más íntegro ni más constante. Al entrar en un breve análisis de esa noble índole, observad, señores, cuánta es la verdad literaria de la fábula de Cervantes, pues a veces olvidamos que no se trata sino de un personaje fingido, y lo consideramos como un sujeto que respiró en realidad en el mundo, y cuyo corazón alentó realmente para la virtud sobre esta tierra de malandanza y de miseria. Tracemos uno que otro rasgo de esa singular fisonomía, que en cierta manera puede servir de ejemplo, de reproche y de atractivo a los mortales.

Cuando Dorotea, haciendo de princesa de Etiopía e hija de la reina Jaramilla, decía al licenciado y al barbero que las nuevas de don Quijote la habían movido a buscarlo para fiar su causa en el valor de su invencible brazo, el héroe replicó: «No más; cesen mis alabanzas, porque soy enemigo de todo género de adulación, y aunque ésta no lo sea, todavía ofenden mis castas orejas semejantes pláticas».

Si don Quijote se muestra enemigo de la adulación en este lugar, en otros da pruebas de su liberalidad extremada. Aunque el rucio pareció, no por eso revocó él la cédula de los tres pollinos, que en reemplazo de aquél había mandado a Sancho. Después de hacer trizas los títeres de maese Pedro, se condenó él mismo en costas por lo que pidiese el agraviado, a quien pagó en buena y corriente moneda castellana. Cuando Sancho, después de concertar su salario en dos ducados por mes, alegaba que la promesa de la ínsula tenía veinte años de data y que desde esa fecha tenía que liquidarse la cuenta, el caballero le respondió: «¿Dices, Sancho, que ha veinte años que te prometí la ínsula? Yo digo que quieres que se consuma en tus salarios el dinero que tienes mío; y si esto es así, y tú gustas de ello, desde aquí te lo doy y buen provecho te haga, que a trueco de verme sin tan mal escudero, holgareme de quedarme pobre y sin blanca». Llegó día en que Sancho se resolvió a desencantar a Dulcinea, mediante los tres mil y trescientos azotes, y entonces don Quijote le declaró que todo el tesoro de Venecia y las minas de Potosí fueran poco para pagarle, y le facultó para que, tomando el tiento a los dineros que llevaba, propios del amo, pusiese el precio a cada azote. «Ellos, respondió Sancho, son tres mil y trescientos, que a cuartillo cada uno, hacen ochocientos y veinticinco reales. Estos desfalcaré yo de los que tengo de vuesamerced, y entraré en mi casa rico y contento, aunque bien azotado». «¡Oh, Sancho bendito, oh, Sancho amable, respondió don Quijote, y cuán obligados hemos de quedar Dulcinea y yo a servirte todos los días que el cielo nos diere de vida!».

No menos brillaba su probidad. Camino de la cueva de Montesinos y disertando con el primo, preguntó Sancho cuál era el primer volteador del mundo, y no pudiendo los otros atinar al acertijo, él mismo lo resolvió con decir que había sido Lucifer, cuando cayó a los abismos dando vueltas, a lo que observó don Quijote, volviendo por los derechos literarios contra el plagiario Sancho Panza: «Esa pregunta y respuesta no es tuya, a otro la has oído decir». Al salir del castillo, y estando Altisidora dirigiéndole la amorosa canción en que por broma le reclamaba ciertos tocadores y ligas, don Quijote no para mientes en los requiebros, sino que mirándola como distraído, vuelve el rostro a Sancho para preguntarle: «Dime una verdad: ¿llevas por ventura los tres tocadores y las ligas que dice esta enamorada doncella?».

La historia del Ingenioso Hidalgo es un espejo de patriotismo y de lealtad política, como cuando dice el mancebo que iba a la guerra: «Tenga a feliz ventura el haber salido de la corte con tan buena intención, porque no hay cosa en la tierra, más honrada ni de más provecho, que servir a Dios, primeramente, y luego a su rey y señor natural». A Dorotea, que de rodillas le pedía el don de favorecerla, le respondió: «Yo a vos le otorgo y concedo, como no se haya de cumplir en daño o mengua de mi rey, de mi patria y de aquella que de mi corazón y libertad tiene la llave». Y ponderando el denuedo de los valientes, dice que, llevados en su vuelo de las alas del deseo de volver por su fe, por su nación y por su rey, se arrojan por la mitad de mil contrapuestas muertes que los esperan.

La honestidad del héroe se ostenta cuando ruega a los duques que en la ausencia de Sancho dispongan que él mismo se sirva y que otra persona no entre en su cuarto; cuando dice a las claras que quiere huir de las tentaciones porque al cabo de los años no venga a caer donde nunca ha tropezado; cuando, hablando del Quijote contrahecho por Avellaneda, declara que de las cosas obscenas y torpes, los pensamientos se han de apartar, cuanto más los ojos; y cuando prorrumpe contra los requiebros: «Fugite, partes adversae: dejadme en mi sosiego, pensamientos malvenidos».

De su veracidad da idea lo que respondió a Panza, que le aconsejaba darse las calabazadas no contra los árboles, como don Roldán, sino en el agua o sobre algodones: «El hacer una cosa por otra es lo mismo que mentir». Para ponderar el candor de don Quijote, respondió Sancho al escudero del Bosque: «Mi amo tiene una alma como un cántaro; no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos; ni tiene malicia alguna; un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día, y por eso lo quiero como a las telas de mi corazón».

«Mal cristiano eres, dice a Sancho, porque nunca olvidas la injuria que una vez te han hecho», lo cual prueba la virtud de la religión en el ánimo piadoso de don Quijote. Platicando con Sancho sobre el deseo de alcanzar fama, que es activo en gran manera, le enseñaba: «Los cristianos católicos y andantes caballeros más habemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la fama que en este presente y acabable siglo se alcanza». Su teología y religión campean en su modo de pensar acerca del mono de maese Pedro, pues observando que no responde sino a cosas pasadas y presentes, lo atribuye a influjo del diablo, cuya sabiduría no se extiende a más, pues a sólo Dios está reservado conocer los tiempos y momentos, y se admiraba por eso de que aquella bestezuela no hubiera sido presentada al Santo Oficio. «La ley que profesamos, dice hablando con los dos pueblos del rebuzno, que iban a reñir, nos manda que hagamos bien a nuestros enemigos y que amemos a los que nos aborrecen: mandamiento que aunque parece algo dificultoso de cumplir, no lo es sino para aquellos que tienen menos de Dios que del mundo, y más de carne que de espíritu: porque Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nunca mintió, ni pudo ni puede mentir, siendo legislador nuestro, dijo que su yugo era suave y su carga liviana; y así no nos había de mandar cosa que fuese imposible el cumplirla».

El honor más subido, el amor de la fama y de la gloria, son el móvil y el fin de las hazañas del Ingenioso Hidalgo. Por eso cuando el desabrido y severo capellán de los duques lo baldona, llamándole de alma de cántaro y don Tonto, él responde, refrenando con el respeto el enojo: «¿Por ventura es asunto vano, es tiempo mal gastado el que se gasta en vagar por el mundo, no buscando los regalos dél, sino las asperezas por donde los buenos suben al asiento de la inmortalidad?». Y cuando el maleante y burlador don Antonio Moreno lo sacó a pasear por las calles de Barcelona con su nombre en un rótulo que, leído por todos, arrebataba de todos las miradas, él decía: «Grande es la prerrogativa que lleva en sí la andante caballería, pues hace conocido y famoso al que la profesa por todos los términos de la tierra; y si no, mire vuesamerced, señor don Antonio, que hasta los muchachos de esta ciudad sin nunca haberme visto me conocen».

Una de las virtudes que más enaltecen a don Quijote es la del reconocimiento, como puede verse en las palabras que dirigió a las pastoras de las redes del bosque: «No es otra la profesión mía que mostrarme agradecido y bienhechor con todo género de personas»; y en pago de las mercedes y buen acogimiento que le hicieron, salió al camino, y desafiando a todos los viandantes retó a singular batalla a todo el que negase que, exceptuando a Dulcinea, aquellas pastoras se llevaban la palma de la hermosura y de la discreción. Alzados los manteles de la comida en la misma aventura, alzó también la voz don Quijote para decir: «Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, ateniéndome a lo que suele decirse que de los desagradecidos está lleno el Infierno». Cuando el duque confiere a Sancho la gobernación, el amo le manda que se hinque de rodillas y bese los pies a su excelencia por la merced que le ha hecho; y se colgó del cuello de Sancho dándole mil besos en la frente y en las mejillas, cuando el socarrón escudero aceptó la penitencia de los tres mil azotes para el desencanto de Dulcinea.

El valeroso caballero, en cuyo pecho jamás tuvo entrada el miedo, era tan humilde cristiano, que en su vida se pueden hallar edificantes ejemplos de aquella santa virtud. Escribiendo al gobernador Panza, dícele que Dios sabe levantar de la basura a los pobres y de los tontos hacer discretos. «Haz gala, le aconsejaba antes que Sancho partiera para la ínsula, haz gala de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores». Pide perdón al escudero por el enojo que le ha dado y se humilla diciéndole que los primeros movimientos no son en manos del hombre, y volviendo Sancho a hablar del disgusto pasado, le ruega con ternura: «No tornes a esas pláticas, Sancho, por tu vida, que me dan pesadumbre».

Un gran sentido moral guiaba al héroe y le hacía excelente consejero, como cuando persuadía a Panza de que no hiciera caso de los maldicientes, con estas palabras: «No te enojes ni recibas pesadumbre de lo que oyeres, que será nunca acabar; ven tú con segura conciencia y digan lo que dijeren, y es querer atar las lenguas de los maldicientes lo mismo que querer poner puertas al campo». Al oír a Roque Guinart el buen deseo de salir de su rota y desastrada vida, le responde: «Señor Roque: el principio de la salud está en conocer la enfermedad; el cielo, o Dios, le aplicarán medicinas que le sanen, las cuales suelen sanar poco a poco y no de repente y por milagro, y más que los pecadores discretos están más cerca de enmendarse que los simples; y pues vuesamerced ha mostrado en sus razones su prudencia, no hay sino tener buen ánimo y esperar mejoría de laenfermedad de su conciencia».

Cervantes pone en ridículo la caballería andante en la persona del virtuoso don Quijote; pero pinta a éste con tal colorido de virtudes mezcladas de locura y lo exalta con tan nobles prendas, que la desventura en que coloca al caballero para mostrar vencida la caballería, hace que de lo cómico resulte lo patético, y que los hombres, en lugar de ver al héroe con el desprecio que merece su profesión, lo miren con verdadera simpatía.

Así parece como si el público de los siglos dijera a Cervantes: ¿Por qué a un modelo de valor y de generosidad lo habéis convertido en un Edipo perseguido por el más cruel infortunio? La venganza se ceba en él por medio de los palos de los yangüeses, de las pedradas de pastores, galeotes y comediantes, y de los golpes del ventero y de los cuadrilleros. La burla y el escarnio lo persiguen cuando doña Tolosa y doña Molinera le sirven en la venta, cuando la moza asturiana le da tormento suspendiéndolo de aquella mano tan vigorosa como honrada, cuando los ociosos duques y su servidumbre hacen aparatosas fiestas divirtiéndose con el noble hidalgo, cuando don Antonio lo hospeda para deshonrarlo, y siempre que Panza le hace objeto de sus engaños y mentiras. Hasta la beneficencia se convierte para él en negra fortuna, pues por curarle lo denuesta el eclesiástico del castillo, lo encierran en una jaula tirada por bueyes el licenciado Pedro Pérez y maese Nicolás, y le da batalla y lo rinde el bachiller Sansón Carrasco. El muchacho Andrés y el galeote Ginés de Pasamonte le pagan los beneficios con ingratitud, acíbar que destila sobre el corazón una amargura que aceda la miel de la beneficencia. El mismo Sancho, aquel a quien él llama Sancho bueno, Sancho amigo, Sancho hijo, lucha con su señor y lo pone bajo sus pies; y hasta la fatalidad sirve de instrumento a su desgracia, burlándose de él naturaleza por medio de los batanes, de los molinos de viento y de la locura de Cardenio. Finalmente, la pobreza, que es la piedra que más pesa sobre los hombros del bueno, lo aflige en el castillo avergonzándolo con la ruina de sus medias y obligándole a calzarse las botas del ausente gobernador. ¿Por qué, por qué a tanto valor y a tanta virtud no les dais más premio que el de despertar a la razón al cerrar los ojos a la vida?

Contrapuesto al carácter de don Quijote es el de Sancho Panza, lo cual explica por qué el libro de Cervantes es un minero de gracias y donaires, pues según muchos filósofos, lo esencial del ridículo es siempre cierto fondo de oposición y de contraste. Aunque tampoco es cierto que los dos personajes están siempre animados de sentimientos opuestos, personificando el uno el ideal de las nobles aspiraciones y el otro la realidad del egoísmo con todas las pasiones que de él nacen. No, porque Sancho es a veces capaz de bondad, caridad y hasta valor, y su corazón siente también el aguijón de la fama. Lo más exacto en este punto sería decir que hay oposición entre don Quijote, cuyo carácter es el sumo posible de la constancia, la sinceridad, la rectitud y la firmeza, y Sancho que, aunque distinguido siempre por ciertas inclinaciones vulgares, es versátil, sin embargo, y simboliza por eso a los que el mundo suele llamar hombres sin carácter.

Gran malicioso se muestra el señor gobernador y muy perspicaz en varios lugares de la novela. «Para estar tan herido este mancebo mucho habla», decía en la escena en que Basilio desempeña la farsa de herirse con un estoque que en realidad no podía herirle, en las bodas de Camacho. ¡Y cómo nos admira Panza al mostrarse prelombrosiano en aquella ocasión en que disculpándose con su amo, alega suplicando: «Vuesamerced me perdone y se duela de mi mocedad y advierta que si hablo mucho, ¡más procede de enfermedad que de malicia!».

Sus embustes y mentiras son la ocasión principal de la parte cómica del libro. Persuade a su amo de que vio a Dulcinea y al cabo de algún tiempo, olvidando la mentira, asegura que jamás la ha visto, a lo cual responde el caballero: «¿Cómo que no la has visto, traidor blasfemo? ¿Pues no acabas de traerme un recado de su parte? Digo que no la he visto tan despacio que pueda haber notado particularmente su hermosura y sus buenas partes punto por punto». Más refinado fue el engaño que empleó con su amo en el hallazgo de la señora Dulcinea, pues en seguida de un soliloquio en que pondera los peligros que correrá si los del Toboso saben que anda sonsacándoles sus princesas, dice para sí: «Siendo mi amo loco, como lo es, y de locura que las más veces toma unas cosas por otras, no será muy difícil hacerle creer que una labradora, la primera que me topare por aquí, es la señora Dulcinea, y cuando él no lo crea, juraré yo, y si él jurare, tornaré yo a jurar, y si porfiare, porfiaré yo más, de manera que tengo de tener la mía siempre sobre el hito, venga lo que viniere». Sus facultades mentirosas suelen ser el colmo del desenfado, y así se ve cuando jura y perjura que no puso los requesones en el yelmo de Mambrino, cuando describe puntualmente las siete cabrillas en el viaje celeste de Clavileño, diciendo que las dos son verdes, las dos encarnadas, las dos azules y la una de mezcla, y cuando engaña al bueno de don Quijote dándose de seguida tres mil azotes que reciben los troncos de las hayas: en vano el caballero trata de disuadirlo de prolongar tanto su martirio, porque Sancho le responde: «A dineros pagados brazos quebrados, no ha de decirse por mí: apártese vuesamerced y déjeme dar otros mil azotes, que a dos levadas de estas habremos cumplido la partida». Condesciende luego en suspender cuando apenas le faltan unos pocos, diciendo: «Sea en buena hora y écheme su ferreruelo sobre estas espaldas, que estoy sudando y no quiero resfriarme». Con lo cual queda don Quijote desnudo por abrigar al azotado.

El escudero es hombre goloso de suyo y más aún a causa de las fatigas del oficio. Así en el episodio del cabrero Eugenio dice y hace de esta manera: «Saco la mía, que yo a aquel arroyo me voy con esta empanada, donde pienso hartarme por tres días, porque he oído decir a mi señor don Quijote que el escudero de caballero andante ha de comer cuando se le ofreciere hasta no poder más». No menos valiente en esta materia se mostró en el banquete improvisado sobre la verde hierba por el escudero del Bosque, a quien dijo: «Vuesamerced sí que es escudero fiel y legal, moliente y corriente, magnífico y grande, como lo muestra este banquete, que si no ha venido aquí por arte de encantamiento, perécelo a lo menos, y no como yo, mezquino y malaventurado, que sólo traigo en mis alforjas unpoco de queso tan duro, que pueden descalabrar con ello a un gigante». Se desvive por las ollas podridas, particularmente en el gobierno de la Barataria, cuando el doctor Pedro Recio de Agüero, natural de Tirteafuera, lo pone a desesperante dieta: «Aquel platonazo —dice— que está más adelante vahando me parece que es olla podrida, que por la diversidad de sus cosas no podré dejar de topar con alguna que me sea de gusto y provecho». Y otra vez dijo: «Lo que el maestresala puede hacer es traerme de estas que llaman ollas podridas, que mientras más podridas son mejor huelen, y en ellas puede embaular y encerrar todo lo que él quisiere, como sea de comer».

Con su gula corre parejas su codicia, por más que él diga lo contrario, respondiendo a Ricote cuando lo invita a ir a buscar el tesoro: «Yo lo hiciera, pero no soy nada codicioso, que a serlo, un oficio dejé esta mañana de las manos, donde pudiera hacer las paredes de mi casa de oro y comer antes de seis meses en platos de plata». Los desengaños y desventuras del gobierno se le mitigan con el bolsito de doscientos escudos que le dio el mayordomo para suplir los menesteres del camino. Ya vimos cómo negoció con su amo los tres mil y trescientos azotes, que a cuartillo cada uno montaron ochocientos veinticinco reales. Casi pone pleito a su amo por su salario, pues poco o mucho, sobre un huevo pone la gallina, y en caso de recibir la ínsula prometida, él no será ingrato para impedir que se aprecie la renta y se descuente del salario. Cuando su amo le manda por albricias o el primer despojo de la primera aventura, o las próximas crías de las tres yeguas, dice Sancho: «A las crías me atengo». Halla por su cuenta, conversando con don Fernando, que no le está bien que don Quijote llegue a ser arzobispo, porque Sancho es inútil para la Iglesia siendo casado, y concluye: «Andarme ahora a traer dispensaciones para poder tener renta por la Iglesia sería nunca acabar». En la aventura de los frailes benitos y de la señora vizcaína, Panza arremete al religioso caído y le comienza a despojar de los hábitos a fuer de botín de guerra. Y después de oír a don Quijote ponderar los maravillosos efectos del bálsamo de Fierabrás, dice resueltamente: «Si eso hay, yo renuncio desde aquí el gobierno de la prometida ínsula, y no quiero otra cosa en pago de mis muchos y buenos servicios, sino que vuesamerced me dé la receta de ese extremado licor, que para mí tengo valdrá la onza a dondequiera más de a dos reales, y no he menester yo más para pasar esta vida honrada y descansadamente: aunque es de saber primero si tiene mucha costa el hacelle».

Cree Sancho a pie juntillas en la ínsula, y sin embargo, se burla de lo que cuenta don Quijote acerca de sus visiones en la cueva de Montesinos: «De todo cuanto aquí ha dicho vuesamerced, lléveme Dios, que iba a decir el diablo, si le creo cosa alguna». Cuando habla don Quijote de que vio en la cueva a Dulcinea encantada en la misma forma en que Sancho se la mostró saliendo del Toboso, el escudero piensa perder el juicio o perecerse de risa, pues está seguro de que todo aquello fue fruto de una de sus más grandes mentiras; y sin embargo, la duquesa le persuade de que esa mentira es verdad, como sucede con ciertos mentirosos que de tanto repetir sus embustes les dan cabida en su propia convicción.

A pesar de sus codicias y mentiras, y a despecho de su egoísmo, Sancho era caritativo y limosnero, como lo mostró en el lance del triste viejo que lloraba de enfermo y lacerado cuando iba en la cadena de los galeotes y a quien Panza le ofreció un real de a cuatro. A maese Pedro, a quien le oía lamentarse de la ruina de su hacienda, fincada en el retablo de los títeres y en el mono adivino, Sancho le decía: «No llores, maese Pedro, ni te lamentes, que me quiebras el corazón, porque te hago saber que mi señor don Quijote es tan católico y —escrupuloso cristiano— que te pagará con ventaja». Cuando la duquesa le encargaba que mirase bien por sus leales vasallos, le respondía él: «Eso de gobernar bien no hay para qué encargármelo, porque yo soy caritativo de mío y tengo compasión de los pobres». Finalmente, Cide Hamete Benengeli, a quien Cervantes endosa a título gratuito su propia gloria, dice que Panza era caritativo además, y que al regresar de la gobernación, sacó de sus alforjas medio pan y medio queso de que venía proveído y se los dio a los moriscos disfrazados de peregrinos.

Panza no deja de sentir afición a la fama, si bien mezcla ese mismo gusto con algún grano de egoísmo, y así dice: «Desnudo nací, desnudo me hallo, ni pierdo ni gano, aunque por verme puesto en libros y andar por ese mundo, de mano en mano, no se me da un higo que digan de mí todo lo que quisieren». Y en otra parte explica el mismo afecto diciendo: «Pues que tengo buena fama, y según oí a mi señor, que más vale el buen nombre que las muchas riquezas, encájenme ese gobierno, y verán maravillas».

Sancho es quien hace el principal gasto de las gracias y donaires en la novela más donairosa y graciosa del mundo. Dejando emboscado a su señor, éste le observa que parece estar menos cuerdo que el mismo don Quijote, a lo cual Sancho replica: «No estoy tan loco, pero estoy más colérico», y cuando el andante iba a acometer a los leones, lo cual dio lugar para que el Caballero de lo Verde dijese que don Quijote era loco, el escudero le responde: «No es loco, sino atrevido». A Sansón, que le trataba de averiguar el paradero de los cien escudos de la maleta, le observa que cada uno debe meter la mano en su pecho y no ponerse a juzgar por blanco lo negro y lo negro por blanco, porque cada uno es como Dios le hizo y a veces peor. Observa a los duques que si no les parece bien la carta por él dictada para su mujer, no hay sino rasgarla y hacer otra nueva que podría ser que fuese peor, si se dejaba a su caletre. «Denme de comer, clamaba en el gobierno, o si no tómense su gobernación, que oficio que no da de comer no vale dos habas», y tornaba a lo mismo diciendo: «Denme de comer y lluevan casos y dudas sobre mí, que yo las despabilaré en el aire». En el asalto de sus dominios exclamaba todo atribulado e impedido: «¡Ah, si mi señor fuese servido que se acabase ya de perder esta ínsula y me viese yo o muerto o fuera de esta grande angustia!». «¿Qué es esto, quién me toca y desencinta?», exclamó despertándose cuando a su amo le vino en voluntad ir a suplir la falta de Sancho y a aplicarle mal su grado los tres mil azotes necesarios para desencantar a Dulcinea, y teniendo a su amo en el suelo en virtud de una oportuna zancadilla, respondía a sus denuestos: «Ni quito rey ni lo pongo, sino ayúdome a mí mismo que soy mi señor».

Dijimos que el gobernador propiamente no era el reverso del carácter de don Quijote, sino más bien un carácter versátil y variado, tanto de atributos bien definidos. Ahora promete seguir a su amo hasta los términos del mundo si ello es necesario, para quitar las barbas de las dueñas, pero en vista del Clavileño declara que busquen ellas otro modo de alisarse. Él, como su mujer, vacila y fluctúa en cuanto al condado de Sanchica, asegurando aquella que ese condado no será de su consentimiento; pero después, en la misma plática, Teresa dice a Sancho que lleve consigo a su hijo para que desde luego le vaya enseñando a tener gobierno. Esta versatilidad del genio de Sancho Panza era lo que hacía decir a don Quijote: «Tiene a veces unas simplicidades tan agudas que el pensar si es simple o agudo causa no pequeño contento: tiene malicias que le condenan por bellaco y descuidos que le condenan por bobo; duda de todo y créelo todo; cuando pienso que se va a despeñar de tonto sale con unas discreciones que le levantan al cielo».

De aquí la especie de mancomunidad que presentan los dos personajes en su locura, que es lo que hacía pensar al discreto licenciado que los dos estaban forjados en una misma turquesa y que las locuras del uno sin las necedades del otro no valían un ardite. El mismo Sancho informaba a su señor que el vulgo tenía a don Quijote por grandísimo loco y a él por no menor mentecato. Todos hallaban que el hablar de don Quijote era concertado, elegante y bien dicho, y que aquello que hacía era de un disparatado, temerario y tonto. En resolución, don Quijote era entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos, como decía don Lorenzo de Miranda, y Sancho era más loco y más gracioso, como sentía la duquesa, aunque el mismo Sancho, en su correspondencia con Teresa Panza, aseguraba que don Quijote era un mentecato gracioso y un loco cuerdo, de suerte que sus obras desacreditaban su juicio, y su juicio sus obras. Lo peor era que la aureola de gracia que rodeaba la locura del caballero influía sobre el genio positivo del escudero, y la locura de ambos casi daba al traste con el genio de don Antonio Moreno y de los duques, que no estaban a dos dedos de parecer tontos cuando disfrutaban de la dolencia espiritual de aquellos dos hombres.

Esta común locura despertó en el uno un constante flujo de ufanía y vanagloria, y en el otro la ambición de mando y de poder. «Yo soy don Quijote de la Mancha, aquel que de sus hazañas tiene lleno el orbe», decía a los salteadores de Barcelona; y cuando el gato le tenía asido de las narices él exclamaba: «Déjenme mano a mano con este demonio, con este hechicero, que yo le daré a entender quién es don Quijote de la Mancha». Después de limpiarse cabeza, rostro y barbas del suero de los requesones, se afirma en los estribos y mirando al carro del leonero que se aproxima, prorrumpe en estas palabras: «Ahora venga lo que viniere, que estoy con ánimo de tomarme con el mismo Satanás en persona». Cuando Sancho, atándole, pugna por hacerlo desistir de la bajada a la cueva, él le responde: «Ata y calla, que esta empresa para mí estaba guardada». Sancho en ocasiones, no obstante su ordinaria pusilanimidad, saca también fuerzas de flaqueza y se torna atrevido y valiente, como cuando el barbero del yelmo de Mambrino trata de arrebatárselo. Don Quijote, a su turno, sabe también templar su vanagloria con una sana filosofía y con verdadera humildad, como cuando dice a la asturiana: «Podéis llamaros venturosa por haber alojado a mi persona, que si yo no la alabo, es por lo que suele decirse, que la alabanza propia envilece». Y al Caballero del Verde Gabán le advierte que aunque las propias alabanzas envilecen, le es forzoso decir las suyas por no hallarse presente quien las diga.

Una de las causas que hacen regocijada sobre modo la novela de Cervantes es el frecuente empleo de baldones, denuestos e improperios en que prorrumpen los personajes de la novela cuando viene la ocasión de amenazar, reprender o zaherir a otras personas. «Gente endiablada y descomunal, decía don Quijote a los frailes benitos, dejad a la princesa o recibiréis presta muerte en castigo de vuestras malas obras». Como Sancho hiciera notar a los pastores que su amo no podía ser loco, pues tantas cosas ingeniosas sabía decir, don Quijote le interrumpió con estas voces: «¿Es posible, Sancho, que haya persona que diga que no eres tonto aforrado de lo mismo con no sé qué ribetes de malicioso y de bellaco? ¿Quién te mete a ti en mis cosas y en averiguar si soy discreto o majadero?». A maese Nicolás el barbero, que junto con el señor cura se afanaba por reducir a juicio a don Quijote, lo apodaba éste con los términos de señor rapista y señor bacía. Entre el ama y Sancho Panza ocurre un diálogo en que ella lo llama mostrenco y él le responde ama de Satanás, en el momento en que alterna la sobrina diciéndole: «Malas ínsulas te ahoguen, Sancho maldito, golosazo y comilón». Al leonero lo denuesta don Quijote así: «Voto a tal, don bellaco, que si no abrís luego las jaulas, que con esta lanza os he de coser con el carro». El pobre de Sancho entra temblando en el barco encantado y entonces escucha estas palabras de su amo: « ¿De qué temes, cobarde criatura?, ¿de qué lloras, corazón de mantequilla?, ¿qué te persigue o acosa, ánimo de ratón casero?». Y cuando se excusaba de azotarse, escuchó éstas: «Tomaros he, don villano, y amarraros he a un árbol, y no tres mil y trescientos sino seis mil y seiscientos azotes os daré, bestión indómito». Al empezar la refriega con los cueros de vino, exclama don Quijote: «Tente, ladrón, malandrín, follón, que aquí te tengo y no te ha de valer tu cimitarra».

Uno de los improperios más frecuentes en la novela es el de ladrón, que suele tomarse en un significado genérico en cierto modo, cual sucede con otros adjetivos de significado penal. Así dice el andante a Sancho Panza: «Dime, ladrón vagabundo: ¿no me acabas de decir que esta princesa se había trocado en una doncella llamada Dorotea?». Al mismo don Quijote le decía el ventero: «¿No ves, ladrón, que la sangre no es otra cosa que el vino que nada en este aposento?». Y cuando Sancho agonizaba de ansias y bascas, trasudores y desmayos, por haber bebido el bálsamo de Fierabrás, preparado por su amo, maldecía el bálsamo y al ladrón que se lo había dado. Aplícase, pues, el nombre de ladrón en el Quijote, como otros nombres de significado infamatorio, tales como cautivo, en aquellos tiempos, y como condenado y bandido, en la actualidad, en un sentido que no cuadra con el propio y que es lo mismo que observamos hoy cuando oímos a ciertos muchachos llamar ladrón a la acémila que sirve fiel y silenciosa, y cuando leemos que uno de los más famosos coroneles del mundo llama de bandidos a aquellos a quienes ha cercenado su tierra.

Uno de los campos en que más luce la gracia del libro de Cervantes es el campo de la política. Disertando Sancho sobre su futuro gobierno con el canónigo de Toledo, éste le advertía: «En eso entra la habilidad y buen juicio y principalmente la buena intención de acertar, y así suele Dios ayudar al buen deseo del simple como desfavorecer al malo del discreto». «Si Dios me ayuda y hago lo que debo con buena intención, sin duda que gobernaré mejor que un jerifalte», decía Sancho a los duques. La buena intención es tema repetido frecuentemente por Cervantes como condición primera del gobierno, por lo cual dice que a los que mandan, aunque sean unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus juicios, y por eso se observa, según aquella intención falta o asiste, que los oficios y cargos graves o adoban o entorpecen los entendimientos. Con estas reflexiones aludía Cervantes al tino y agudeza, asombrosos ciertamente, con que Sancho resolvía por el estilo de juez salomónico los casos y dudas que se le presentaban de repente y que él soltaba con tanta presteza y habilidad como si fuera hombre avezado a las dificultades más ingeniosas y a los rompecabezas más difíciles del sofisma y de las abstracciones lógicas. En ese número pueden contarse, ante todo, el dilema formidable del puente y de la horca y las dudas referentes al sastre de las caperuzas, al negociante de los cerdos, al viejo del báculo y a otros semejantes.

No se escapó de la sátira de Cervantes la costumbre de entonces y de ahora de alertar o alarmar a los hombres políticos con avisos de conspiraciones, dados a veces por verdadero celo en favor de ellos, pero otras por efectivo celo en favor de quien los da. A esto mira la carta dirigida por el duque al gobernador de la Barataria, concebida en estos términos: «A mi noticia ha llegado, señor don Sancho Panza, que unos enemigos míos y desa ínsula la han de dar un asalto furioso no sé qué noche: conviene velar y estar alerta, porque no le tomen desapercibido. Sé también por espías verdaderos que han entrado en ese lugar cuatro personas disfrazadas para quitaros la vida porque se temen de vuestro ingenio: abrid el ojo y mirad quién llega a hablaros y no comáis de cosa que os presentaren».

Vengamos ya a contemplar, siquiera sea superficialmente, las condiciones literarias del libro de Cervantes. Aunque su objeto principal es el descrédito o menosprecio de la caballería andante, el autor no pierde ocasión de satirizar otras cosas censurables. A él mismo se critica cuando advierte que en la segunda parte de la historia ha evitado ingerir novelas sueltas y pegadizas, como El curioso impertinente y El cautivo, que publicó en la primera parte y que valga la verdad, aunque interesantes e ingeniosas, interrumpen el hilo de la historia y quitan interés a la fábula principal. Advierte, pues, que sólo se ha permitido algunos episodios nacidos de los mismos sucesos, de suerte que se le deben alabanzas no por lo que escribe sino por lo que ha dejado de escribir. Rondando la ínsula, habló Sancho de limpiarla de las casas de juego, que se le traslucían como muy perjudiciales; pero entonces le observó un escribano que aquella que acababan de ver no podía ser cerrada por tenerla un gran personaje que perdía más él jugando que lo que sacaba de los naipes. Lamentábase Sancho cuando con todo y asno cayó en el subterráneo que salía del castillo, y entonces decía al rucio: Perdóname y quiera la fortuna sacarnos de este trabajo, que yo prometo de ponerte una corona de laurel en la cabeza de modo que no parezcas sino un laureado poeta». Hablando del gobierno y de las ocasiones que brinda para prevaricar, decía: «Bueno soy yo para encubrir hurtos, pues a quererlos hacer, de paleta me había venido la ocasión en mi gobierno». «Traed dineros, marido, decía Mari Gutiérrez a Sancho, sean ganados por aquí o por allí, que como quiera que los hayáis ganado no habréis hecho usanza nueva en el mundo». Hablando con un joven poeta respecto de la glosa que éste traía entre manos y que podía entrar en justa literaria, o en concurso, como ahora se dice, le aconsejaba el ingenioso hidalgo que procurase llevar el segundo premio, porque el primero se lo llevan siempre el favor o la calidad de la persona, de forma que el segundo es primero y el tercero es segundo. Al mozo que iba a la guerra le decía que aunque la vejez lo llegara a coger en el honroso ejercicio y aunque se viera herido, estropeado o cojo, siempre lo cogería con la honra y le evitaría la pobreza, «cuanto más que ya se va dando orden —agregaba el caballero— de cómo se han de mantener los soldados viejos, pues no es bueno que con ellos se haga lo que hacen los que ahorran a sus negros, echándolos de la casa libres y haciéndolos esclavos del hambre».

Las pinturas del libro de Cervantes son a veces maravillosas, como ésta del león enjaulado: «Pareció de grandeza extraordinaria y de fea y espantable catadura. Lo primero que hizo fue revolverse en la jaula donde venía echado y tender la garra y desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio y con casi dos palmos de lengua que sacó fuera se despolvoreó los ojos y se lavó el rostro; hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad. Sólo don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase del carro y viniese con él a las manos, entre las cuales pensaba hacerlo pedazos; pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías ni de bravatas, después de mirar a una y otra parte, volvió las espaldas y enseñó las ancas».

Pero nada tan vivo, nada tan cómico y natural como la descripción de la reyerta que acerca de la albarda se armó en la venta entre los cuadrilleros y don Quijote, en torno de los cuales se forma la riña más complicada entre los personajes más varios y de más diversas condiciones. Ni nada tan hermoso y pintoresco como la descripción de los dos ejércitos en que se convirtieron los carneros y en que se enumeran con incomparable belleza y colorido los primeros personajes de la fama, las razas y pueblos más notables del orbe y los lugares más afamados de la geografía.

Las descripciones son a veces tan acabadas que embargan la atención hasta casi confundirse con la realidad, debido a su espontaneidad extraordinaria. Así sucede con aquella que tiene por objeto la riña entre don Quijote y el cabrero Eugenio, cuando encontrándose los dos asidos en furiosa y sangrienta lucha, suena de repente una triste trompeta que alborota al caballero y le hace creer en una nueva aventura. Entonces hay un momento en que al lector le parece que la lucha ha sido cierta y que en pos de ella se comienza una aventura ilusoria.

La naturalidad de ciertas observaciones pone a lo vivo las personas y los objetos. En la aventura de los comediantes que representan las Cortes de la muerte, el demonio bailador sube sobre el rucio, le sacude con las vejigas y entonces el animal despide volando por la campaña: «Miraba Sancho la carrera de su rucio y al mismo tiempo veía la caída de su amo con quien Rocinante había venido a tierra, y no sabía a cuál de las dos necesidades acudiría primero». Cuando don Quijote estaba listo para descender a la cueva, dijo: «Inadvertidos hemos andado en no haber traído un esquilón pequeño que fuera atado junto a mí en esta misma soga con cuyo sonido se entendiera que todavía yo bajaba y estaba vivo, pero, pues, ya no es posible, a la mano de Dios que me guíe». Curioso don Quijote y amigo de saber, no se le cocía el pan hasta oír una historia que le había de contar el hombre conductor de ciertas armas, quien acosado de preguntas, le dijo: «Déjeme vuesamerced, señor bueno, acabar de dar recado a mi bestia, que yo le diré cosas que le admiren. No quede por eso, respondió don Quijote; yo os ayudaré a todo, y así lo hizo, echando la cebada y limpiando el pesebre».

Lo natural del asomo de envidia recíproca que despiertan en los corazones de don Quijote y de Panza el gobierno del uno y las fortunas amorosas del otro, es incomparable. Respecto del gobierno, dice don Quijote: «Infinitas gracias doy al cielo, Sancho amigo, de que antes que yo haya encontrado con alguna buena dicha te haya salido a recibir y encontrar la buena ventura; yo me veo en los principios apenas, y tú te ves ya premiado en tus deseos»; y respecto de las fortunas amorosas, dice Sancho: «¡Crueldad notoria! Desagradecimiento inaudito. Yo de mí sé decir que me rindiera y avasallara la más mínima razón amorosa de Altisidora. ¡Qué corazón de mármol! Pero no puedo pensar qué es lo que vio esa doncella en vuesamerced que así la rindiera y avasallara». En este antagonismo de sentimientos en medio de la amistad, está pintado el corazón humano.

¡Con cuánta delicadeza están descritas algunas escenas del Quijote! Alborozadas la mujer y la hija de Sancho con la carta del gobernador y con los presentes de la duquesa, dice Sanchica: «Mire, madre, que me ha de dar la mitad de la sarta de corales, que no tengo yo por tan boba a mi señora la duquesa, que se la hubiera de mandar toda a ella»; y Teresa, a fuer de madre, le responde: «Toda es para ti, hija, pero déjamela traer algunos días al cuello». Al descubrir Sancho a su aldea, se hinca de rodillas y dice: «Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza tu hijo». La ventera, enojada, juraba que le habían de pagar los cueros de vino, en cuyas amenazas le ayudaba la moza de Asturias, y agrega el autor: «La hija callaba y de cuando en cuando se sonreía».

De la elocuencia de la obra son muestras acabadas el discurso sobre la edad de oro que dijo don Quijote la noche en que le albergaron los cabreros, y el discurso sobre las armas y las letras que corre en la mayor parte de las antologías. Al encontrar el morisco a la prenda que buscaba, exclama: «¡Oh Ana Félix, desdichada hija mía, yo soy tu padre que volví a buscarte por no poder vivir sin ti, que eres mi alma!». Y viendo don Quijote la imagen de bulto de san Pablo, que le enseñaron los labradores cuando la llevaban con otras a su pueblo, exclama de esta manera: «Este fue el mayor enemigo que tuvo la Iglesia de Dios nuestro Señor en su tiempo, y el mayor defensor suyo que tendrá jamás: caballero andante por la vida, y santo a pie quedo por la muerte, trabajador incansable en la viña del Señor, doctor de las gentes, a quien sirvieron de escuelas los cielos y de catedrático y maestro el mismo Jesucristo».

El autor del Quijote revela, sin quererlo, grande erudición, dejando deslizar alusiones tácitas a las grandes obras, entre ellas la divina escritura. «Dime, Sancho amigo: ¿qué es lo que dicen de mí por esos lugares? ¿En qué opinión me tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué los caballeros?», palabras que hacen recordar las que emplea el Evangelio hablando de nuestro Señor y del Bautista. Tratando don Quijote y Sancho de la segunda salida, relinchó Rocinante, cuya voz tomó el caballero por agüero felicísimo, lo cual hace recordar lo que dicen las historias acerca de Darío o de Alejandro. Refiriendo la aventura de la cueva de Montesinos, donde vio encantado a Durandarte y a Belerna, cuenta cómo vio del mismo modo a Dulcinea y a sus compañeras, en la propia figura en que Sancho se las había señalado: «Habléla, dice, pero no me respondió, antes me volvió las espaldas; la llamé y se fue huyendo con priesa», palabras que recuerdan el encuentro de Eneas con Dido en el libro VI de La Eneida. Sin esfuerzo alguno y sin traer las cosas por los cabellos, parece recordar Cervantes sus estudios teológicos, mencionando de paso y como quien no lo quiere, el canon si quis suadente y las gracias gratis datas. En el escrutinio de los libros hecho en casa del manchego por el cura, maese Nicolás, el ama y la sobrina, se muestra Cervantes gran conocedor de la literatura castellana, condenando al fuego casi todos los libros de caballerías, pero salvando a Amadís de Gaula, a Palmerín de Inglaterra y a Tirante el Blanco; y en el otro escrutinio de los libros del ventero, salvó las verdaderas historias de Gonzalo Fernández y Diego García, héroes humanos y realmente históricos.

El canónigo personifica en el Quijote la ilustración clásica que defiende las tres unidades contra las comedias que en una escena presentan a un niño en mantillas y en otra lo sacan hombre hecho y barbado, y contra los libros de caballerías, que relatan aventuras tan desordenadas e inverosímiles como las del lago encantado que el hidalgo manchego relata al señor canónigo. Pero aunque Cervantes no puede ocultar su gran saber y erudición, no por eso los ostenta haciendo gala de ellos y fastidiando al lector con citas inoportunas; antes por el contrario, destinó el prólogo de su libro a criticar la erudición vanidosa y ridícula, que se cubre de acotaciones, dedicatorias y listas alfabéticas de los autores citados. En esto se muestra el talento satírico del autor, cuyo libro no sólo se mueve por la intención principal de zaherir la disparatada caballería andante, sino que censura otras muchas cosas criticables en la literatura, en la política y en las costumbres.

Es distintivo de la lengua de Cervantes el ser figurada y pintoresca, en lo cual conviene con la de las otros grandes escritores de los siglos xvi y xvii, cuyo lenguaje es opuesto al lenguaje abstracto e inanimado de muchos autores modernos y especialmente al habla artificial y culterana de los modernistas. «La temerosa visión remató el ánima de Sancho Panza», quiere decir que lo acobardó del todo. Para significar el desaliento, dice: «Como la codicia rompe el saco, a mí me ha rasgado las esperanzas». En vez de decir que no se le olvidarán las burlas, afirma que no se le caerán de la memoria. «No hay que dejar pasar la ocasión que ahora nos ofrece sus guedejas», equivale a decir «que se nos presenta». Para significar que su amo anda laco, asegura que está lastimado de los cascos, y la misma idea expresa Eugenio cuando asegura que el gentil hombre debía de tener vacíos los aposentos de la cabeza. Para dar a entender que una idea se le ocurrió, afirma don Quijote que le cayó en las mientes. «Renovaron la república de suerte que parecían haberla puesto en una fragua para sacarla otra de la que habían puesto», significa que dos políticos hablaban y discutían, censuraban y levantaban falsos testimonios, tratando, de reformas y modo de gobierno. «Todos los designios de Sancho se destroncaran y borraron de allí a dos días con el gobierno», quiere decir que se acabaron. «Venid al punto, sin rodeos ni callejuelas, ni retazos ni añadiduras», decía Sancho al socarrón que le pedía dote para la hija, y con esto le mandaba que evitara digresiones.

Este lenguaje figurado de Cervantes no es el compuesto de metáforas y demás figuras retóricas, sino aquel en que abundan las frases hechas, los modismos y refranes, que son notas del castellano castizo. En la primera parte de la novela la crítica de refranes no se presenta sino rara vez, mientras que en la segunda es tan abundante, que forma uno de las recursos principales de que se valió Cervantes para armar la contraposición frecuente entre el caballero y el escudero. Sancho ensarta y enhila refranes sin cuento, vengan o no a él; pero don Quijote los repele y zahiere con furia y denuestos, aunque hay ocasiones en que, llevado de su característica curiosidad, ruega a Sancho que le diga los dos refranes que el socarrón ha dejado en el tintero. Sería interesante descubrir por qué la segunda parte de la historia, y no tanto la primera, es fertilísima en esta preciosa flor del idioma castellano.

Sin darse humos de preceptista hace Cervantes, en forma festiva y ligera y sin abandonar la naturalidad que le distingue, observaciones que lo gradúan de gran conocedor de la literatura y sus reglas. Entre los consejos que da a Sancho Panza para su gobierno está el de procurar que su lenguaje no sea grosero y villano, y a propósito del vocablo «erutar», le advierte que aunque algunos no entiendan ciertos términos, el uso irá haciendo que con facilidad se comprendan, lo cual enriquece la lengua, sobre quien tienen poder el vulgo y el uso. En otra parte observa que el lenguaje puro, el propio, el elegante y claro está en los discretos cortesanos, aunque hayan nacido en Majalahonda, advirtiendo que deben ser discretos, porque la discreción es la gramática del buen lenguaje que se acompaña con el uso. El docto Clemencín, con todo el mérito que le granjean sus admirablemente eruditas notas al Quijote, aplicó a la obra un criterio no siempre atinado en materia de lengua, que después ha sido muy rectificado merced a los adelantos de la crítica gramatical, sobre todo en manos de los señores Cejador y Rodríguez Marín insignes entre los más ilustres comentadores de Cervantes. Este adelanto, en vez de desfavorecer la pureza del lenguaje del libro inmortal, saca casi siempre ileso su mérito, tal que se cuentan en los dedos los solecismos que él contiene, como aquellos de «hablara yo más bien criado si fuera que vos» y «en este tiempo no he visto que el sol del cielo de día y la luna y las estrellas de noche».

Respecto de traducciones decía don Quijote en su visita a la imprenta de Barcelona: «Me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que aunque se ven las figuras, son llenas de hilos que las oscurecen y no se ven con la lisura y tez de la haz», comparación brillante que después han repetido grandes escritores, entre ellos quizá un moderno autor italiano de estudios sobre historia universal.

De la poesía expresa Cervantes en el Quijote una idea tan exacta como original y que concuerda con la de aquellos que han considerado aquel arte como una profesión y como la profesión más digna de los hombres a quienes el cielo concedió el don de expresar la belleza por medio de la música de las palabras. «La poesía —dice— es hecha de una alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio; el que la tuviere la ha de tener a raya, no dejándola correr en torpes sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias o en comedias alegres y artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se encierran».

El estilo del Quijote se distingue, ante todo, por ciertas enumeraciones llenas de eufonía y riqueza, como cuando refiere que el ingenioso hidalgo hacía gran falta en el mundo según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar y abusos que mejorar y deudas que satisfacer. Del pastor Grisóstomo dice que fue único en el ingenio, solo en la cortesía, extremo en la gentileza, fénix en la amistad, magnífico sin tasa, grave sin presunción, alegre sin bajeza. Cuando Sancho despierta y halla menos el rucio, exclama: «¡Oh hijo de mis entrañas, nacido en mi misma casa, brinco de mis hijos, regalo de mi mujer, envidia de mis vecinos, alivio de mis cargas, y finalmente, sustentador de la mitad de mi persona porque con veintiséis maravedises que ganabas cada día mediaba yo mi despensa!». En uno de sus soliloquios decía así don Quijote: «¡Oh Dulcinea del Toboso, extremo de toda hermosura, fin y remate de la discreción, archivo del mejor donaire, depósito de la honestidad y últimamente idea de todo lo provechoso, honesto y deleitable que hay en el mundo!». «Hallela —dice también— encantada y convertida de princesa en labradora, de hermosa en fea, de ángel en diablo, de olorosa en pestífera, de bien hablada en rústica, de reposada en brincadora, de luz en tinieblas, y finalmente de Dulcinea del Toboso en una villana de Sayago».

El pleonasmo se le perdona al estilo de Cervantes en la inmortal novela, en gracia de la riqueza y sales del lenguaje, como cuando dice que las cartas de Sancho y Teresa fueron solemnizadas, reídas, estimadas y admiradas; que el gobierno de Panza se acabó, se consumió, se deshizo, se fue como sombra y humo; o que a don san Diego Matamoros le han visto visiblemente en las batallas derribando, atropellando, destruyendo, desbaratando y matando los agarenos escuadrones; o que la apuesta entre los dos desafiadores que pesaban el uno once arrobas y el otro cinco, debía cumplirse igualándolos para la carrera, no por medio de un peso que se pusiera al flaco, sino, como dijo Sancho, de suerte que el gordo se escamonde, monde, entresaque, pula, rebane y atilde y saque seis arrobas de sus carnes.

La elegancia de algunos pasajes consiste precisamente en aquella redundancia en que Cervantes hace lucir su dominio o imperio sobre la lengua que por eso se llama suya, y así se observa en pasajes como estos: «Quedó pasmado, don Quijote, absorto Sancho, suspenso el primo, atónito el paje, abobado el del rebuzno, confuso el ventero y finalmente espantados todos los que oyeron las razones del titerero. Pasmose el duque, suspendiose la duquesa, admirose don Quijote, tembló Sancho Panza, y finalmente hasta los mismos sabidores de la causa se espantaron. La historia de Carloto y Valdovinos es sabida de los niños, no ignorada de los mozos, celebrada y aun creída de los viejos, y con todo y eso no más verdadera que los milagros de Mahoma».

Otra fuente de elegancia en el estilo del Quijote es la forma de frases que da Cervantes a los epítetos, como cuando dice: «¡Oh sobre las bellas bella Dulcinea del Toboso! El siempre vencedor y jamás vencido timonel de Carcajona. La sin ventura hasta que tú quieras y desdichada Dorotea. La por mí y no por él engañada Antonomasia». Y otra es el hipérbaton con que comunica al castellano algo de flexibilidad de las lenguas clásicas, y en cuya virtud nuestro romance brilla a veces con tornasol de belleza y ostenta juegos parecidos a las aguas de una piedra preciosa, cual se ve en estas expresiones: «Así era discreta como bella y era la más bella de todas. Los consejos y la compañía del maestro le fue y le fueron de singular provecho. No es otra mi desgracia ni mi infortunio es otro. Os juro por aquella enemiga dulce mía. ¿Pues qué cuando prometen el fénix de Arabia, la corona de Ariadna, los cabellos del sol, del sur las perlas, de Tíbar el oro y de Pancaya el bálsamo?

Con crítica de taracea, como la de aquel que tiene que suplir con la paciencia la falta de ingenio, hemos probado a delinear los caracteres de los dos principales personajes del querido libro de Cervantes, así como su literatura, lengua y estilo. Ahora, para concluir, séanos lícito agregar dos palabras sobre la persona del autor, esto es, sobre su ingenio literario, sobre su genio moral y sobre las acciones que más brillan en su vida pública.

Así como el Quijote ha sido objeto de exageradas alabanzas, atribuyéndole algunos un significado oculto y maravilloso y considerándolo como cifra de todos los conocimientos, así Miguel de Cervantes Saavedra ha sido calificado como hombre de ciencia infusa y de virtudes de santo. Estas opiniones, tan perjudiciales al crédito del libro como a la gloria del autor, pues toda exageración provoca reacciones en sentido contrario, felizmente están hoy reemplazadas por la sentencia de una crítica ilustrada, justa y tranquila.

El Quijote no es la suma ni el talismán de todas las ciencias, sino la primera de las novelas que posee la literatura universal; y Cervantes no fue el sabio inspirado ni el santo canonizable que algunos piensan, sino simplemente un hombre de bien, un sujeto ilustrado, un gran patriota, un buen cristiano y un republicano benemérito, en el sentido que los antiguos daban a esta palabra, usándola como sinónimo de amigo y servidor de la causa pública.

La figura de Cervantes tiene, sin embargo, tanto en lo intelectual como en lo moral, lados que lo presentan como héroe extraordinario por sus virtudes y por los talentos de su ingenio sublime. Estuvo en Navarino y asistió a la batalla de Lepanto, levantándose del lecho donde yacía postrado de fiebres para ir a pelear cuerpo a cuerpo en el esquife de un navío, donde perdió una mano y recibió dos arcabuzazos en su noble pecho. Ejecutó durante cinco años la hazaña seguida de conspirar casi constantemente por la libertad de sus hermanos y compañeros de cautiverio, y desafiando las iras de los más crueles tiranos y exponiéndose, él sólo, al suplicio y a la muerte. Como escritor produjo entre varias obras de fama imperecedera, una que se califica como la primera entre todas las de su clase y que forma las delicias de las naciones cultas.

De este modo Cervantes ha merecido y conquistado un lugar entre los pocos ingenios que ocupan la cumbre del Parnaso, lugar que nadie le disputa y que le reconoce la verdadera crítica después de una observación de tres siglos. Su reputación se acrecienta y enaltece, en vez de rebajarse y disminuir, pues no sólo subsistirá para siempre en el Quijote, sino que se halla físicamente vinculada a un hecho que puede durar indefinidos siglos. Ese hecho es un fenómeno material y espiritual que constituye el medio de que se sirven muchos millones de hombres para expresar sus ideas y sentimientos en una grande extensión de la tierra: ese hecho es una lengua no nacional, sino imperial; esa lengua es quizás la segunda entre todas las que hablan los hombres civilizados, la lengua castellana, de cuyo raudal opulento es uno de los principales ingresos la obra maestra de Miguel Cervantes Saavedra.

La fama y la gloria de Cervantes están fincadas en su libro, pero lo están de un modo especial y mucho más vivo en esta rica y majestuosa lengua y subsistirán mientras ella se agite en el ambiente que bulle y discurre por los montes y valles de la noble España, por la tierra que dominan y riegan las cordilleras y ríos gigantescos de América, y por muchas de las islas que tachonan las llanuras de ambos océanos. Trescientos años han corrido ya después de la muerte de Cervantes, y cada sol que durante este tiempo ha pasado sobre el mundo, ha echado de menos el sepulcro del grande hombre; pero en compensación ha hallado su gloria cada día más firme y más luminosa.

  • (*) Discurso pronunciado en la sesión solemne de la Academia Colombiana de Bogotá, el 20 de mayo de l9l6, para conmemorar el tercer centenario de la muerte de Cervantes, publicado en Anuario de la Academia Colombiana, t. IV, Bogotá, Escuelas Gráficas Salesianas, l937, págs. 90-ll. volver
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