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El «Quijote» en América

El ingenioso hidalgo don Miguel de Cervantes1

Por Alberto Charry Lara

Don Quijote, personaje real. Cervantes, dramaturgo y poeta. El Quijote es la obra más seria y la que más hace reír. Don Quijote. España.Las novelas de caballería. Grandes lectores de libros de caballería: San Ignacio de Loyola y Santa Teresa de Jesús.

Ha hecho bien el Instituto de Filología y Literatura de la ilustre Universidad de Antioquia, al que expreso mi gratitud por el señalado honor de invitarme a participar en este certamen de la inteligencia, en promover, con ocasión del centenario del natalicio del ingenioso hidalgo don Miguel de Cervantes Saavedra, el estudio del genio, la más alta figura de la raza, la gloria imperecedera, orgullo de una lengua en cuyos dominios no se pone elsol, en quien se cumple cabalmente el apotegmade Emerson: «No hay azar en las reputaciones literarias». Porque, y estas palabras parecen escritas especialmente para el Quijote, «quienes pronuncian sobre cada libro el veredicto final, no son los espíritus prevenidos y ruidosos que lo leen al salir de las prensas, sino una corte semejante a la de los ángeles: un público al cual no se puede intimidar, ni subyugar, ni implorarle nada, decide de los títulos de cada hombre a la gloria. Los únicos libros que sobreviven son los que merecen durar. Así, el Quijote, la obra de la cual tal vez se han hecho más ediciones, en todos los idiomas, después de la Biblia, desafía la inmortalidad, será el libro de todas las generaciones, aunque se sucedan las modas literarias, y la sensibilidad, en su constante movimiento de péndulo, evolucione permanentemente hacia nuevos planos».

Honrar a Cervantes, por cuanto él significa, es un ineludible deber nuestro, el cumplimiento de una cita orgullosa con las más preciadas tradiciones y el mejor homenaje a un idioma que, según Arturo Capdevila, se extiende como un mar inmenso que no tuviera término ni orilla.

Es el Quijote el más alto libro de la lengua castellana, que como el más rico tesoro, nos legara la madre nutricia. Cuánto vale una lengua, lo dijo en palabras armoniosas don Rufino José Cuervo, quien, en su sentir, encontraba en ella el símbolo exacto de la patria, porque «en ella se encarna cuánto hay de más dulce y caro para el individuo y la familia, desde la oración aprendida del labio materno y los cuentos referidos al amor de la lumbre, hasta la desolación que traen la muerte de los padres y el apagamiento del hogar: un cantarcillo popular evoca la imagen de alegres fiestas y un himno guerrero la de gloriosas victorias; en una tierra extraña, aunque halláramos campos iguales a aquellos en que jugábamos de niños, y viéramos allí casas iguales a donde se columpió nuestra cuna, nos dice el corazón que si no oyéramos los acentos de la lengua nativa, deshecha toda ilusión, siempre nos reputaríamos extranjeros y suspiraríamos por las auras de la patria».

Para Miguel Antonio Caro, quien consideró a España como el pueblo más original del mundo, el Quijote —la epopeya hispana—, por ser el libro de nuestra raza «es también el libro de nuestros pueblos de América».

Por demás estaría hablar de la influencia de España en este continente, descubierto por un caballero andante del mar conquistado y colonizado por gentes que vinieron como aquel don Gonzalo que llevaba también el apellido del hidalgo de la Mancha a quien hicieron perder el juicio los libros de caballería, leídos «con tanta afición y gusto», en busca de Dorados y aventuras, quizá de la «dichosa edad y siglos dichosos» donde el oro, tan estimado en su edad de hierro, se iba a conseguir con fatigas y dolores sin cuento, pero donde podrían vivir con la ansiada esperanza de ignorar, cuando en España la vida era de pobreza y de sobresaltos, «estas dos palabras de tuyo y mío»; de que hablara el caballero huésped de los alelados cabreros, con un puñado de bellotas en la mano, después de satisfacer su estómago en la compañía democrática del escudero.

Todo, en nuestra América morena, habla de España. Somos los herederos de sus virtudes y de sus defectos. Amamos todo lo de España, su literatura y su arte, y estamos satisfechos, aunque lo contrario piensen algunos desagradecidos, de que en las carabelas de 1492 ondeasen, y no otros, los pabellones de Castilla y de León, y de que el grito del vigía insomne al divisar tierra, tan alborozado como el de los diez mil griegos cuando alcanzaron el mar, hubiera sido una palabra en el idioma de Cervantes.

En una respuesta a un español que le preguntara si había existido en América interés por el Quijote, Rafael Heliodoro Valle publicó una larga lista de las obras que sobre la creación cervantina se han escrito en este hemisferio. Entre los autores citados figuran Rufino José Cuervo, Miguel Antonio Caro, Rubén Darío, José Vicente Castro Silva, Germán Arciniegas, José Santos Chocano, Enrique José Varona, Francisco A. De Icaza, Rufino Blanco Fombona, Salvador Díaz Mirón, Joaquín García Monje y otros notables escritores americanos.

«En Colombia, país hispánico por excelencia, es difícil saber dónde termina España y dónde comienza América», dijo en excelente frase el escritor antioqueño Javier Arango Ferrer.

Sobre el influjo del Quijote en nuestro país disertó amenamente el señor Caro en su interesante estudio sobre la creación inmortal. Oigamos al ilustre hispanista:

Siendo el Quijote el libro más genuinamente español y no teniendo los americanos un poema nacional y popular, sigue aquél copiando, por anticipación, nuestras costumbres y caracteres con más exactitud que ningún otro. Varias ciudades nuestras se disputan la sepultura de don Quijote; tenemos Sanchos de carne y hueso, y picarones que les roben los rucios; ni faltan curas, barberos, bachilleres y sobrinas o por lo menos recuerdos de estos personajes, y cualidades dispersas heredadas de aquellos tipos. Algunos se van anticuando, pero viven en la memoria sin que esa pérdida parcial nos enajene del todo la obra, como no nos quitan el gusto a su lenguaje los arcaísmos de que para nuestros oídos abundan: cuando más que lo antiguo en las cosas cede a veces en majestad, y si es en el lenguaje da agradable sabor de vetustez a lo que se lee, cuando el que escribió supo hacerlo magistralmente. Y, es lo más curioso que la verdad del Quijote no sólo la hallamos en casas de pura extracción y fieles tradiciones españolas, sino también en tribus y costumbres que se dijeran naturales de estas regiones. ¿Quién, en nuestros polvorosos caminos, cuadrillas sabaneras y ventas alborotadas no ha tenido ocasión de recordar los cuadros agradables; cosas de gusto y pasatiempo, y sucesos quijotescos de felice recordación? Refundidas las cosas del Quijote en la corriente vulgar de la lengua castellana, van adondequiera que se hable el español, y son herencia común de la familia ibérica. Nuestros rústicos hablan la lengua de Cervantes, conservan muchos de sus arcaísmos, repiten los refranes de Sancho y, quizá por su mismo alejamiento de la civilización moderna, pertenecen más a los tiempos del cervantino Rodríguez Freile que no a los de Cervantes la España moderna demasiado contigua a la Francia propagandista; cruzada ya por ferrocarriles británicos.

Entre las ciudades nuestras que, al decir del señor Caro, se disputan la sepultura del Caballero de la Triste Figura, está Popayán, la españolísima urbe, que inmortalizara Guillermo Valencia en versos impecables. En la «fecunda ciudad maternal», según una hermosa leyenda, yace don Quijote, armado de todas sus armas, y su espíritu inspira muchos payaneses insignes, poetas y guerreros, como Julio Arboleda, el de Carhi, y el General, Tomás Cipriano de Mosquera, el de Cuaspud:

Y vives de imposibles. Al óptimo, audaz caballero,
Señor de la Mancha, de escuálida triste figura,
sepulcro le diste, bajo un roble de añosa virtud.
¡Patético Hidalgo! De prez tus armas brillan:
Dos veces tus pares probaron al orbe su temple:
En trágico golfo, tu yelmo; tu lanza en Cuaspud.

Sobre aquella leyenda, y con motivo de la llegada a Popayán de la primera locomotora, escribió Alberto Lleras una página ágil que bien podría llamarse un poema: «Oración para que don Quijote no huya».

De Argamasilla de Alba, una teoría fantasmal trasladó hasta el Nuevo Mundo las cenizas de don Quijote. «Carabelas con popas labradas en madera por solícitos artífices, carabelas en las cuales dio el viento en gemir entre jarcias y trinquetes, carabelas veloces, hundieron en silencio sus quillas cortantes por sobre el mar verde y enorme, y tus huesos iban en aquellas carabelas. Recibiéralos una ciudad de hidalgos. Por sus calles españolas hubo una procesión de hombres de golas engomadas, de capillas de terciopelo fúnebre, de palabras sutiles y de gestos que parecían inmortalizarse, como los gestos de todos los retratos antiguos».

«Y en la plaza mayor, bajo un árbol que arañaba el cielo impasible, quedaron tus huesos, colocados allí por las manos recias de los fantasmas. Estaban muy bien allí, porque el ambiente de la capital del Cauca "respiraba caballería andante". En las rutas españolas, sólo recibieras palos y sólo sandeces oyeras, y en la derrota desde Argamasilla hasta Zaragoza, todo fue un amargo vía crucis. Allí, en la villa que tus pensamientos escogieron para cubrir tus huesos de respeto y veneración, sólo voces de aliento hubieran recibido tus locuras, y tu idealizar incansable sólo cálidos elogios hubiera merecido. Como tú, desfacedora de agravios; como tú, enderezadora de entuertos; como tú, noble e hidalga; como tú, señora, la ciudad payanesa era la única que merecía tus cenizas, así como para engendrarte sólo era digno el pueblecito manchego. El rayo acariciaba las cúpulas de esa ciudad, y el rayo era hecho para ti, que no lo sentiste, porque en la Mancha los cielos eran impecablemente académicos. Un tormentoso río baña la ciudad, el río tormentoso hecho para que en él enredara sus piernas escuálidas tu Rocinante maltrecho. Y en cada casa respirase el amoroso olor de las bibliotecas que tú respiraste, que respiraras siempre, de no haber el ama y la sobrina arrojado tus libros a una hoguera, que seguramente las manos de los hidalgos de Popayán no hubieran encendido jamás.»

La influencia del libro de Cervantes en Colombia y América sería tema de nunca acabar, digno de un documentado y sagaz estudio para el cual se requerirían el tiempo y la versación que a nosotros nos faltan. Sólo añadiremos que el Quijote, —que pudo tal vez escribirse en nuestra patria si los olvidados y olvidadizos poderosos de entonces hubieran atendido la petición que de un modesto empleo en Ultramar les hiciera el cesante incesante—, es también nuestro y lo reclamamos con los títulos saneados de la sangre y el espíritu.

Sobre Cervantes y su obra señera, la crítica de todos los tiempos y de todos los países se ha ocupado extensamente. Los más altos escritores y artistas se han inspirado en ella. Don Quijote ha sido tema de hombres de letras, de filósofos, de sociólogos, de científicos, de pintores, de músicos y de políticos. Y objeto de las más diversas y encontradas interpretaciones, lo cual movió a alguien a dar, como un severo centinela, una voz de alerta para que, en el afán de la búsqueda, del escudriño entrañable, no se desfigure el personaje diáfano, prístino, no se le pretenda mostrar distinto de cómo lo concibió, en las horas de pesadumbre, de una cárcel, «donde toda incomodidad tiene su asiento», y adonde lo llevara uno de los tantos contratiempos de su vida agitada, el autor desengañado que no hallaba ya, porque la juventud y los sueños se habían marchado inexorablemente, aves canoras en los nidos del ayer; cuando, sobre una nave en el golfo de Lepanto, o sobre un tablado en desafío con el genio dramático de Lope de Vega, cortejaba a la gloria esquiva, que tenía para él, amante desafortunado, nombre de mujer.

Tremenda responsabilidad: la de pretender una crítica del Quijote, en cualquier campo que ella fuese, que no asumiría un modesto y nada prometedor aprendiz de mago, por el riesgo inminente de fracasar en el intento de hallar razones a la creación artística, de arcanos tan insondables como el Génesis. Resignémonos a una discreta visión panorámica, a un viaje de romero emocionado por los caminos del libro inmortal, a pensar por qué, con el hábil recurso de ridiculizar un género literario ya suficientemente combatido y desacreditado, Cervantes escribió el poema que cada siglo admira más, porque la perspectiva del tiempo, como la lámpara maravillosa de Aladino, va descubriendo en él nuevas excelencias, va iluminando paisajes y jardines que no alcanzaron a ver las generaciones miopes de antaño.¿Por qué no decir que don Miguel San Segundo escribió con la diestra gloriosa, agilizada y más honrada por la parálisis de la izquierda, «en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros», la mejor autobiografía que se conozca en la literatura universal? Si don Quijote de la Mancha existió, don Quijote fue don Miguel de Cervantes Saavedra, el mismo que nació, de humilde familia, el año de 1547, «el autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y quizá sin el nombre de su dueño»; y murió «pobre y solo» en 1616, al tiempo que se apagaba en Inglaterra la vida terrenal de ese otro sol de la literatura que fue Shakespeare.

Don Quijote, personaje real

Don Quijote, personaje de una excelsa creación literaria, es un personaje real, de carne y hueso, como también Sancho. Tanta fuerza humana le dio su autor, tanta vida le infundió que el Caballero triste y enamorado se escapa de las páginas del libro para convivir con nosotros, para estar presente a toda hora, con más presencia espiritual y hasta corpórea que la de muchos seres que un día pasan por nuestra vida, fugazmente, sin dejar estela alguna en nosotros, absolutamente desconocidos, porque no hubo para ellos sino una mirada indiferente, jamás el diálogo que todos los días de nuestra vida, en la próspera y adversa fortuna, en los momentos de dicha y de desolación, en las horas de júbilo y de inmensa tristeza, cuando el hombre es para el hombre hermano o lobo, o en los días en que, como en el poema de Barba Jacob, somos tan plácidos que hasta las propias penas nos hacen sonreír, o tan lúgubres que acaso ni Dios mismo nos pueda consolar, entablamos con nuestro amigo don Quijote, de quien las gentes dicen que está loco y a quien vemos confundir ventas con castillos, labradores con princesas y molinos de viento con terribles gigantes, pero que dice cosas tan cuerdas y tan profundos pensamientos, que nos aconseja sabiamente y nos indica rumbos certeros, como un guía perspicaz, avizor, prudente y experimentado. ¿Quién fue nunca más sabio y más humano y más noble que el loco don Quijote?, pregunta uno de sus biógrafos más avisados. «Le tengo por un hombre de mejor compañía que Rabelais, Montaigne, Shakespeare, más gentilhombre, más elegante, noble, discreto en el sentido que se daba a esta palabra en el castellano de aquel tiempo —discreto— y que implica todas las delicadezas del corazón y del juicio».

Ameno y útil dialogar asiduamente con don Quijote, hombre docto y bueno a quien inspira sólo la justicia; que ama la libertad, porque ella «es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos»; celoso de su reputación porque, nos ha dicho, «más vale el buen nombre que las muchas riquezas». Cuán placentero escuchar siempre al delicioso fantaseador que ofreciera al oído a Sancho creerle el relato de lo que había visto en su aventura por la región del fuego, jinete en Clavileño el alígero, si Sancho a su turno le creía a don Quijote lo que éste vio en la cueva de Montesinos.

Don Quijote «parla como un arroyo cristalino», cantó Rubén Darío, el escritor más cervantista de la lengua castellana, el que más sintió a Cervantes y halló en él la principal fuente de su poesía, según opina Arturo Marasso en su libro Cervantes. La invención del Quijote.

Jean Cassou nos habla, en un penetrante ensayo, sobre el placer musical de leer a Cervantes. Su sonrisa, dice, «es la sonrisa de la inteligencia», y al referirse al realismo de don Quijote asevera que el «raro inventor» tenía «una imaginación poseída de lo real».

Pero este realismo no es apenas la observación de la realidad circundante, sino que implica «una relación constante del poeta y de la realidad un constante sumergirse del poeta en la realidad». Esta cualidad extraordinaria del genio cervantino se ha sintetizado en dos palabras: realismo lírico. Y Ramiro de Maeztu completa este concepto cuando afirma que el Quijote es una novela realista escrita por un idealista.

Cervantes se preció de ser un escritor realista. Refiriéndose a su novela ejemplar El coloquio de los perros,dijo al editor Francisco de Robles: «He escrito una novela que he arrancado de la realidad y de la vida, como todas las que hice».

Américo Castro, al hallar en la obra de Pirandello Seis personajes en busca de autor la influencia del Quijote, sienta la tesis de que «la literatura moderna debe a Cervantes el arte de establecer interferencias entre lo real y lo quimérico, entre la representación de lo sólo posible y la de lo tangible», y afirma que «se halla en él por primera vez el personaje que habla de él como tal personaje, que reclama para sí existencia a la vez real y literaria y exhibe el derecho a no ser tratado de cualquier manera».

«En el Quijote los personajes tienen conciencia de poseer como entes reales una vida plena, y lo que les inquieta es conocer si el autor interpretó o no exactamente sus realidades respectivas». Por eso, exteriorizan su disgusto al enterarse de que figuran en una historia apócrifa.

—Callad —dijo don Quijote—, y no interrumpáis al señor bachiller, a quien suplico pase adelante en decirme lo que se dice de mí en la referida historia.

«Desde el final del capítulo II de la segunda parte —añade Ramiro de Maeztu—, los personajes capitales del Quijote comienzan a mostrar ante nosotros la doble personalidad de seres reales, que viven y andan de acá para allá.»

Esta doble condición de personajes literarios y personajes reales se establece claramente en el libro genial. No desde la segunda parte, como afirma el escritor antes citado, sino desde las páginas iniciales. En su primera salida, cuando aún no había sido armado caballero ni tenía a su servicio un escudero, como era de usanza en la Orden de Amadís de Gaula, don Quijote, el personaje que encontró su autor, pensaba ya en su historia y se decía: «¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera?». Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió a su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel. Y era la verdad que por él caminaba. Y añadió diciendo: «Dichosa edad y siglo dichoso aquél donde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronce, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas, para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quien quiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina historia! Ruégote que no te olvides de mibuen Rocinante, compañero eterno mío en todos sus caminos y carreras».

Al comenzar del capítulo IX de la primera parte, Cervantes —mago de la variedad— interrumpe el relato de «la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron», a quienes deja «con las espadas altas y desnudas, en guisa de descargar dos furibundos fendientes», para referimos el hallazgo que hizo estando un día en la alcaná de Toledo, cuando un muchacho llegó a vender papeles viejos, los cuales llamaron la curiosidad de Cervantes, aficionado a leer, desde pequeño, «aunque sean los papeles rotos de las calles». Se mencionaba en esos papeles a la amada ideal del ingenioso hidalgo, y, escribe Cervantes:

Cuando yo oí decir Dulcinea del Toboso, quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote.

En el capítulo II de la segunda parte, después de la pendencia que Sancho tuvo con la sobrina y el ama, quien lo motejara de «saco de maldades y costal de malicias» y lo invitara a gobernar su casa y dejarse de pensar en ínsulas, hay un sabroso diálogo entre don Quijote y su escudero, en el cual los personajes literarios hablan como entes reales.

—Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y digas que yo fuí el que te saqué de tus casillas sabiendo que yo no me quedé en mis casas; juntos salimos, juntos fuímos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una misma suerte ha corrido por los dos: si a ti te mantearon una vez, a mí me han molido ciento, y ésto es lo que te llevo de ventaja.

—Eso estaba puesto en razón —respondió Sancho—, porque, según vuesa merced dice, más anejas son a los caballeros andantes las desgracias que a sus escuderos.

—Engañaste, Sancho —dijo don Quijote—, según aquello, quando caput dolet, etc.

No entiendo otra lengua que la mía —respondió Sancho.

—Quiero decir —dijo don Quijote— que cuando la cabeza duele, todos los miembros duelen; así, siendo yo tu amo y señor, soy tu cabeza, y tú mi parte, pues eres mi criado; y por ésta razón, el mal que a mi me toca o tocare, a ti te ha de doler, y a mí el tuyo.

—Así había de ser —dijo Sancho—: pero cuando a mí me manteaban, como a miembro, se estaba mi cabeza detrás de las bardas, mirándome volar por los aires, sin sentir dolor alguno; y pues los miembros están obligados a dolerse del mal de la cabeza, había de estar obligada ella a dolerse dellos.

—¿Querrás tu decir agora, Sancho —repuso don Quijote—, que no me dolía yo cuando a ti te manteaban? Y si lo dices, no lo digas ni lo pienses, pues más dolor sentía yo entonces, en mi espíritu que en tu cuerpo. Pero dejemos ésto aparte por agora, que tiempo habrá donde lo ponderemos y pongamos en su punto, y dime, Sancho amigo: ¿qué es lo que dicen de mí por ese lugar? ¿En qué opinión me tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué los caballeros? Qué dicen de mi valentía, qué de mis hazañas y qué de mi cortesía? ¿Qué se plática del asumpto que he tomado de resucitar y volver al mundo la ya olvidada orden caballeresca? Finalmente, quiero, Sancho, me digas lo que acerca desto ha llegado a tus oídos; y ésto me has de decir sin añadir al bien ni quitar al mal cosa alguna; que de los vasallos leales es decir la verdad a sus señores en su ser y figura propia sin que la adulación la acreciente o otro vano respeto la disminuya; y quiero que sepas, Sancho, que si a los oídos de los príncipes llegase la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían, otras edades serían tenidas por más de hierro que la nuestra, que entiendo que de las que ahora se usan es la dorada. Sírvate éste advertimiento, Sancho, para que discreta y bien intencionadamente pongas en mis oídos la verdad de las cosas que supieres de lo que te he preguntado.

—Eso haré yo de muy buena gana, señor mío —respondió Sancho—, con condición que vuesa merced no se ha de enojar de lo que dijere, pues quiere que lo diga en cueros, sin vestirlo de otras ropas de aquellas con que llegaron a mi noticia.

—En ninguna manera me enojaré —respondió don Quijote—. Bien puedes, Sancho, hablar libremente y sin rodeo alguno.

—Pues lo primero que digo —dijo— es que el vulgo tiene a vuesa merced por grandísimo loco, y a mí por no menos mentecato. Los hidalgos dicen que, no conteniéndose vuesa merced en los límites de la hidalguía, se ha puesto don y se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos yugadas de tierra, y con un trapo atrás y otro adelante. Dicen los caballeros que no querrían que los hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquéllos hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y toman los puntos de las medias negras con seda verde.

Continúa la rápida conversación, y Sancho refiere a don Quijote que, según le ha revelado un bachiller venido de Salamanca, «andaba ya en libros la historia de vuesa merced, con nombre de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha: y dice que me mientan a mí con mi mesmo nombre de Sancho Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que, pasamos nosotros a solas, que me hice cruces de espantado como las pudo saber el historiador que la escribió».

Don Quijote recibe la noticia tranquilamente, como un hecho natural, no sin curiosidad. Las vidas de los caballeros andantes son para ser escritas y la historia de la suya no podía faltar. Pero, fiel a su costumbre y a sus lecturas, añade que, en su concepto, «debe de ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia: que a los tales no se les encubre nada de lo que quieren escribir».

En el capítulo siguiente, don Quijote pregunta al bachiller Sansón Carrasco si es verdad lo de su historia, lo cual confirma el socarrón. don Quijote expresa su alegría porque, dice: «Una de las cosas que más debe dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa».

Es verse «viviendo» motivo de una historia. Don Quijote, personaje real, recalca sobre su condición de hombre vivo, y se alboroza de que el relato de sus hazañas haya sido escrito en vida de él, que el historiador no se haya esperado a la muerte del héroe —muerte precedida por la cordura— para referir al mundo sus famosas aventuras. Le placía a don Quijote que la gloria no fuera para él lo que algún escritor habría de llamar siglos más tarde «El Sol de los Muertos».

Cuando, tras de haber sido atropellados por un tropel de toros bravos a los que quisieron detener, Sancho abre sus alforjas y empieza a comer, sin esperar a que lo haga don Quijote, éste le dice:

—Cóme, Sancho amigo, sustenta la vida que más que a mí te importa, y déjame morir a mí en manos de mis pensamientos y a fuerza de mis desgracias: yo, Sancho nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo, y porque véas que te digo verdad en esto, considérame impreso en historias, famoso en las armas, cometido en mis acciones, respetado de príncipes, solicitado de doncellas; al cabo, cuando esperaba palmas, triunfos y coronas, granjeadas y merecidas por mis valiosas hazañas, me he visto esta mañana pisado y acoceado, y molido de los pies de animales inmundos y soeces.

Don Quijote es, pues, un personaje real cuya historia se ha escrito en vida de él. «Los niños la manosean —dice Sansón Carrasco al caballero— , los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen: “allí va Rocinante”».

—Decidme, hermano escudero: este vuestro señor ¿no es uno de quién anda impresa una historia que se llama de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que tiene por señora de su alma a una tal Dulcinea del Toboso? —pregunta la Duquesa a Sancho.

—El mesmo es, señora —respondió Sancho—, y aquél escudero suyo que anda, o debe de andar en la tal historia, a quien llaman Sancho Panza, soy yo, si es que no me trocaron en la cuna; quiero decir, que me trocaron en la estampa.

Al final del capítulo XXXI de la segunda parte, cuando don Quijote, Sancho y los Duques hablan del encantamiento de la señora Dulcinea, escribe Cervantes:

El eclesiástico, que oyó decir de gigantes, de follones y de encantos, cayó en la cuenta de que aquél debía ser don Quijote de la Mancha, cuya historia leía el Duque de ordinario, y él se lo había reprendido muchas veces, diciéndole que era disparate leer tales disparates; y enterándose ser verdad lo que sospechaba, con mucha cólera, hablando con el Duque, le dijo:

—Vuestra excelencia, señor mío, tiene que dar cuenta a Nuestro Señor de lo que hace este buen hombre. Este don Quijote, o don Tonto, o como se llama, imaginó yo que no debe de ser tan mentecato como vuestra excelencia quiere que sea, dándole ocasiones a la mano para que lleve adelante sus sandeces y vaciedades.

Y volviendo la plática a don Quijote, le dijo:

—Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha encajado en el cerebro que sois caballero andante y que vencéis gigantes y prendréis malandrines? Andad enhorabuena, y en tal se os diga: volvéos a vuestra casa, y criad vuestros hijos, si los tenéis, y curad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagando por el mundo papando viento y dando qué reír a cuantos os conocen y no conocen.

Y cuando don Quijote llegó a Barcelona y vio el mar:

En esto llegaron corriendo, con grita, lililíes y algazara, los de las libreas adonde don Quijote suspenso y atónico estaba, y uno dellos, que era el avizado de Roque, dijo en alta voz a don Quijote:

—Bien sea venido a nuestra ciudad el espejo, el farol, la estrella y el norte de toda la caballería andante, donde más largamente se contiene. Bien sea venido, digo, el valeroso don Quijote de la Mancha; no el falso, no el ficticio, no el apócrifo que en las falsas historias estos días nos han mostrado, sino el verdadero, el legal y fiel que nos describió Cide Hamete Benengeli, flor de los historiadores.

No respondió don Quijote palabra, ni los caballeros, esperaron a que la respondiese, sino, volviéndose y revolviéndose con los demás que los seguían, comenzaron a hacer un revuelto caracol al derredor de don Quijote, el cual, volviéndose a Sancho, dijo:

—Estos, bien nos han conocido: yo apostaré que han leído nuestra historia, y aún la del aragonés recién impresa.

En el último capitulo de la obra, don Quijote, libre ya de su locura y con «las ansias de la muerte», convertido nuevamente en el Alonso Quijano a quien sus costumbres le dieron renombre de Bueno, cierra su testamento con esta cláusula:

Item, suplico a los dichos señores mis albaceas que si la buena suerte les trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente se pueda, perdone la ocasión que, sin yo pensarlo, le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe; porque parto désta vida con escrúpulo de haberle dado motivos para escribirlos.

Exánime, el ingenioso hidalgo que vivió loco y murió cuerdo —según el epitafio de Sansón Carrasco— el cura «pidió al escribano le diese por testimonio cómo Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente don Quijote de la Mancha, había pasado desta presente vida y muerto naturalmente; y que el tal testimonio pedía para quitar la ocasión de que algún otro autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase falsamente, e hiciese inacabables historias de sus hazañas. Este fin tuvo el ingenioso hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero».

Y, en el último párrafo de la historia inmortal, Cervantes dice: «Para mí sólo nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir».

Cervantes, dramaturgo y poeta

Estamos, claro está, en presencia del genio, de un escritor excepcional; capaz de comunicar vida a sus personajes, de crear; de convertir un truco literario, un secreto del oficio, en la más humana realidad.

Pero es que en el formidable novelista había también un gran autor dramático, que si no pudo descollar en ese género fue porque la naturaleza había producido por ese entonces un monstruo: el fecundo Lope de Vega.

El Cervantes del Quijote hace olvidar al Cervantes dramaturgo, como también al Cervantes poeta. «Contra lo que han sostenido y repetido autores que sin duda no las leyeron con atención —dice Navarro Ledesma— afirmamos que las obras teatrales de Cervantes son el antecedente necesario de las de Lope, y que el inmortal autor del Quijote es el mayor y más ilustre dramaturgo anterior a Lope y uno de los más grandes dramaturgos del mundo. Es Cervantes el primer dramaturgo moderno, que ha sabido manejar las muchedumbres, moverlas en el teatro».

Cuando Cervantes creó a don Quijote, había creado ya, en sus obras dramáticas, personajes reales. Los hay en su tragedia La Numancia, en el soldado Buitrago de El gallardo español y en los judíos del drama Los baños de Argel.

Hemos aludido a Cervantes poeta, y vale la pena de que nos detengamos unos momentos en este aspecto, porque muchos, que quizá no conocen su obra lírica, le han negado a priori sus altas calidades de cantor. El propio Cervantes afirmó, en un instante de pesimismo, que la naturaleza no le había concedido el don de la poesía. «La gracia que no quiso darme el cielo» y probablemente de allí ha tomado pie alguna crítica para desterrar a Cervantes del Parnaso o al menos para presentarlo como un bardo bastante mediocre.

—¡Ay, desdichada de mí —dijo la sobrina—, que también mi señor es poeta!

Menéndez y Pelayo, al citar unos endecasílabos de don Miguel, que califica de «lozanísimos», afirma que ellos son suficientes «para reducir a la nada la absurda y perezosa opinión de los que suponen mal versificador a Cervantes». Y, añade Navarro Ledesma, «no han leído este bellísimo soneto los hombres de pésimo gusto que niegan a Cervantes el título de gran poeta»:

A María

Por Ti Virgen hermosa, esparce ufano
contra el rigor con que amenaza el cielo
entre los surcos del labrado suelo
el pobre labrador el rico grano.

Por Ti surca las aguas del mar cano
el mercader en débil leño a vuelo
y en el rigor del sol, como del hielo,
pisa alegre el soldado el risco y llano.

Por Ti, infinitas veces, ya perdida
la fuerza del que busca y del que ruega,
se cobra y se promete la victoria.

Por Ti, báculo fuerte de la vida,
tal vez se aspira a lo imposible, y llega
el deseo a las puertas de la gloria.

Deplorables versos escribió sin duda Cervantes en su adolescencia, como les ha sucedido a todos los poetas y a todos los que «cantamos en la edad primera», según Gutiérrez González. Sus primeros versos —a la princesa Isabel de Valois— fueron malos, pero también por ésa época, como lo anotó un critico, escribía versos mediocres nada menos que Fray Luis de León.

Un personaje real, don Quijote, y algo más: un personaje nuestro. Todos tenemos algo de él, llevamos un Quijote en el corazón, en vigilia, o dormido, como toda mujer un niño, según el poeta. Somos también Quijotes, porque hemos sido locos, soñadores, utopistas, cortejadores de la quimera. Porque hemos querido hacer un mundo a nuestra manera y nos disgusta que el real no se acomode a nuestros deseos. Somos locos cuando creemos estar cuerdos. Y, somos Sanchos Panzas que se contagian de la locura del caballero y van tras de una ínsula ilusoria, y se ríen del caballero y lo aman y respetan, y se duelen cuando llega para él la hora de la cuarta salida sin regreso.

«Donde quiera que alguien se pone de parte de los galeotes, contra la Santa Hermandad —escribió Eduardo Caballero Calderón—; de Andresillo el criado contra el labrador rico, su amo; de la princesa Micomicona contra Pandafilando el de la Fosca Vista; de la desvalida Marcela, contra sus importunos amantes: allí está el Quijote. Está allí dondequiera que alguien ve Dulcineas del Toboso donde no hay sino Aldonzas Lorenzos, y castillos donde no hay sino ventas, imaginaciones deslumbrantes donde no hay sino la obscuridad de una cueva. Finalmente, está allí donde, en persecución de una divina quimera, ésta voltea las aspas con furia y derriba al hombre sobre el duro suelo. Allí está el Quijote, en el corazón de todos los que sueñan, de todos los que se indignan contra la injusticia y de quienes no aman sino la lucha heróica, la vida dura y la gloria venidera. Donde quiera que un hombre pone la mejilla, allí está Cristo, y donde quiera que alguien vuelve por él contra el agresor, y lo desenmascara ante el mundo, y se constituye en oficioso defensor de viudas, doncellas y desvalidos, allí está el Quijote. ¿Y cuál mayor gloria que ésa?».

Es don Quijote la juventud, «divino tesoro», y cuando ella se va «para no volver», cuando advertimos que está haciendo testamento, rodeada del ama y la sobrina, del cura y el barbero, del bachiller y el escribano, le pedimos inútilmente, como Sancho, que no se muera y viva muchos años, y lo invitamos a ir al campo vestidos de pastores, donde talvez hallaremos, desencantada, en toda la plenitud de su belleza, a la ideal Dulcinea del Toboso.

Montesquieu dijo de los españoles, en una frase que Emilio Faguet calificó de ingeniosa pero injusta: «Sólo un libro bueno tienen: el que se burla de todos los demás» Miguel Antonio Caro diría después que «El Quijote es la obra más seria y la que más hace reír».

Aceptamos en gracia de discusión —como el más alto elogio del Quijote— y porque la controversia estaría ahora fuera de lugar, el concepto del autor del Espíritu de las Leyes. Digamos apenas que una literatura no vale por la cantidad sino por la calidad. Desaparezca toda la literatura española, bórrese a Lope de Vega a Quevedo y Gracián, a Garcilaso y a Góngora, a Santa Teresa y a los dos Luises, y bastaría Cervantes con su Quijote para la gloria indeficiente de un pueblo que si no tiene un poema nacional propiamente dicho, posee en cambio un libro universal, el más humano de todos. Don Quijote, dijo Taine en su Filosofía del Arte, «es uno de los personajes eternos de una historia humana, el idealista histórico».

Don Quijote es ciudadano del mundo. Fue concebido por un hijo del pueblo al cual es apenas justo reconocer más pasión, más atributos de humanidad. Así, el personaje de Cervantes no tiene par en la literatura. Don Miguel sin Segundo, para quien «El hombre es un mundo en miniatura», como lo dijo en La Galatea, produjo a don Quijote sin Segundo. Personaje completo, cabal, sin limitaciones, de una literatura que puede exhibir otros dos personajes reales aunque menores: don Juan y la Celestina.

En ninguna otra literatura se hallará un personaje tan universal, que sea cifra y compendio de la humanidad, porque todos los demás son parciales, abarcan menos, son apenas el trasunto de una pasión determinada. Shakespeare creó el ambicioso, el avaro, el celoso, el amante, el que duda. Moliere creó el misántropo, el hipócrita, el avaro, el burgués, el enfermo imaginario, la mujer ridícula. Cervantes, en su creación, los abarcó a todos y fue más allá, porque don Quijote es él mismo, es la España de aquellos siglos y la España eterna, y es la humanidad de todos los tiempos.

Las cualidades de don Quijote han sido analizadas minuciosamente por los más autorizados críticos, que han hallado en él, entre las más sobresalientes, la imaginación, el realismo, la naturalidad, la magia de los caracteres, la variedad, la gracia y buen gusto, el humor, la originalidad, la observación sagaz, el conocimiento zahorí del corazón humano, la riqueza millonaria del lenguaje, la propiedad y belleza de estilo. Todo ello podría sintetizarse con la afirmación de que Cervantes es un genio literario.

Cervantes es un artista, y no perdamos el tiempo ni nos quebremos la cabeza en querer hallar en él otra cosa, como lo han pretendido tantos con más o menos suerte. Menéndez y Pelayo, en su Historia de las ideas estéticas en España, al combatir severamente lo que él llama «el fetichismo cervantista» dice que «Cervantes es grande por ser un gran novelista, o, lo que es lo mismo, un gran poeta, un gran artífice de obras de imaginación, y no necesita más que esto para que su gloria llene el mundo».

No poseía una cultura universal, no era un sabio ni sus ideas eran superiores a las de los hombres cultos de su tiempo. No eraun vidente, sino un escritor muy de su tiempo.

Don Quijote, España

Y aquí llegamos a uno de los aspectos más interesantes de la obra genial. Don Quijote es España de su tiempo, la España cansada y decadente del siglo xvii. De libro decadente lo calificó alguien, no en el sentido peyorativo de la palabra sino, con un riguroso criterio histórico.

Admirable escritor de costumbres, porque el sagaz observador proveedor de galeras, cobrador de impuestos, pobre, lleno de deudas y huésped de las cárceles, tuvo oportunidad de sobra de conocer a su gente, de saber las vidas humildes: posaderos, mesoneros, arrieros, soldados, galeotes, frailes, mercaderes ambulantes, campesinos; de estar en contacto con todos los tipos populares, inclusive con el pícaro, al cual pintó magistralmente, en Rinconete y Cortadillo.

Este conocimiento le abrió las puertas de la sabiduría popular. Don Quijote es la mejor antología del refranero. Sancho Panza habla siempre en refranes, y el Ingenioso Hidalgo —aunque se los censura a su escudero— suele emplearlos de vez en cuando para dar mayor fuerza a su expresión.

Bien conocidas son las ideas de Taine sobre la influencia preponderante del medio ambiente en la creación literaria y en la artística, pero es oportuno recordarlas cuando se habla del Quijote, porque vienen como anillo al dedo. Taine habló de la fuerza con que actúa «la temperatura moral» sobre las obras de arte, sobre el influjo del clima, y de que «las desgracias que entristecen al público entristecen también al artista». Para Taine, «La obra de arte es determinada por un conjunto, que es el estado general del espíritu y de las costumbres circundantes».

Cervantes pintó maravillosamente  la España de su época, porque fue, como dijera Cassou, «un hombre en toda su plenitud que ha vivido la vida de su tiempo, que se ha fundido hasta la médula en la realidad de su tiempo».

España estaba fatigada y quería descansar, como también Cervantes. Había sostenido guerras en todos los frentes y descubierto un mundo. Había puesto una pica en Flandes. Los héroes y los mártires se encontraban a cada paso, eran cosa común y corriente. España quería descansar. El lector asiduo del Quijote —el Quijote es de los libros que se deben leer siempre— seguramente habrá observado cuántas múltiples veces Cervantes emplea las palabras «sosiego, sosegado». Volvió muchas veces sobre ellas Cervantes como un verdadero Leitmotiv, como un ritornelo, como una obsesión, porque la España desengañada de Felipe II, la que vio sobrecogida, cómo el mar —y no los ingleses— destruía la Armada Invencible, anhelaba sosiego, vivir sosegadamente. No deseaba más héroes, no quería más aventuras, sino tener la fiesta en paz, como aconseja la sabiduría popular: «¡Doble llave al sepulcro del Cid para que no vuelva a cabalgar!», gritó con angustia Joaquín Costa. Ya no quería más España porque «Quiso demasiado». Y, completando éste pensamiento de Nietzsche, Ángel Ganivet escribiría que la decadencia de los españoles «era irremediable, porque habíamos abarcado mucho más de lo que nuestras fuerzas lo permitían».

España se había empobrecido por su espíritu heróico y caballeresco, por su ausencia de sentido práctico, por ver gigantes en molinos de viento. Sin las constantes guerras que sostenía en Europa —dijo Gracián en su Criticón, el coetáneo que con Lope de Vega calificara al Quijote de una «necedad»— las ciudades españolas pudieran estar «muradas de plata y enlozadas de oro». Azorín, en su artículo «La decadencia de España» también cita la opinión de otro escritor del siglo xvii, Saavedra Fajardo, para quien las guerras eran causa primera de la ruina nacional. «La religión se muda, la justicia se perturba, las leyes se desobedecen, la amistad y el parentesco se confunden, las artes se olvidan, la cultura se pierde, el comercio se retira, las ciudades se destruyen y los dominios se alteran».

Y el oro americano, otro molino de viento. En busca del oro del nuevo mundo, por los caminos de la aventura, marcharon los españoles, y los campos y las industrias de la patria se quedaron haciendo penitencia en Sierra Morena. Todo lo alteró la utópica abundancia, la búsqueda de El Dorado de Ultramar.

Con la promesa del oro y la plata de Las Indias, no se trabajan más las minas en España y sus dominios europeos. Viene la inflación. Suben los salarios y el costo de la vida. El crédito entra en crisis y las bancarrotas se suceden. «La abundancia de oro y plata ha encarecido todas las cosas diez veces más de lo que valían hace cien años», escribió Jean Bodín en 1578. Los gobernantes fracasan en sus esfuerzos por estabilizar la moneda y apelan a nuevos impuestos que, según anotó alguien, soporta especialmente Castilla, precisamente Castilla.

La guerras lo habían trastornado todo, y contra ese complejo de heroísmo y aventura reaccionaban todos los españoles, que deseaban la paz, el trabajo, la riqueza. Que los campos volvieran a ser cultivados y el comercio se intensificara. Que el español se quedara en su casa, cuidando de sus hijos y de sus bienes —como le pidiera el eclesiástico a don Quijote—, en vez de irse por todos los caminos de la tierra en busca de gigantes que combatir, de nuevos reinos que conquistar, de desgraciados a quienes proteger. No más quimeras ni fantasmagorías. No más fiebre. Había que colgar de la panoplia, y para siempre, los aceros relumbrantes. Había que domeñar el espíritu heróico y exigirle, como el Caballero de la Blanca Luna al vencido don Quijote —la España que en el siglo xvii perdió la iniciativa histórica— que dejara las armas y se abstuviera de buscar aventuras, que se recogiera y retirara a su lugar, por un tiempo que pusiese fin a su locura, «donde has de vivir sin echar mano a la espada, en paz tranquila y en provechoso sosiego, porque así conviene al aumento de tu hacienda y a la salvación de tu alma».

Cervantes sentía la tragedia colectiva en su propia carne, porque su patria y él, que habían cabalgado en Clavileño, estaban en decadencia. «España y yo somos así, señora». La hora del desengaño y el reposo se anunciaba con claros resplandores y había que consolarse de la locura y de la tristeza. «Vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco y ya soy cuerdo: fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno».

Y, como «hay un instante del crepúsculo en que las cosas brillan más», en el espíritu de Cervantes fue surgiendo su España, su Quijote, su propio ego. «En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme —comenzó a escribir— no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor».

No quiso acordarse dónde había nacido el Caballero de la Triste Figura, el cincuentón melancólico y desengañado, y prosiguió la historia «para consolarse de sus amarguras» o, como lo dijo en su Viaje al Parnaso, para dar «pasatiempo al pecho melancólico y mohíno». Había leído, en sus ratos de ocio de las armas, el cautiverio, la cárcel y la cesantía, muchas novelas de caballeros andantes, y se sabía de memoria la vida de don Amadís de Gaula, el caballero enamorado, el héroe fantástico de los portugueses por cuya muerte se lloró en los hogares españoles como si se tratara de un duelo propio.

«Se daba a leer libros de caballería con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aún la administración de su hacienda: y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballería en qué leer, y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos.»

Había descuidado España «La administración de su hacienda» por andar en libros de caballería.

Y el hidalgo «se enfrascó tanto en su lectura que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro de tal manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquélla máquina de aquéllas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo».

«En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su República, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravios, y poniéndose en ocasiones en peligros dónde, acabándolos, cobráse eterno nombre y fama.»

Y Alonso Quijano el Bueno se convirtió en don Quijote de la Mancha. Fue escarnecido y ridiculizado, sufrió golpes y cuchufletas. Para impartir justicia, creó un mundo sui generis. Vio lo que los demás no veían... «Eso —confiesa don Quijote a Sancho—, que a ti te parece bacía de barbero me parece a mí el yelmo de Mambrino, y a otro la parecerá otra cosa». Pero el mundo no era como él lo había leído, como él lo había imaginado y quería que fuese. El ideal fracasaba ante la realidad, y entonces el hidalgo, en alas de su locura, creaba para sí una realidad que se acomodase a su febricitante fantasía.

Es inútil que Sancho, el ladino y aprovechado, el sentido común, que le lleva la idea al fantaseador, cuando así le conviene, como en la oferta de la ínsula Barataria, quiera abrirle los ojos a su amo para que vea la realidad, diciéndole, que todo eso de caballerías, de alcanzar reinos e imperios, son cosas de «viento y mentira». Porque don Quijote habrá de reprocharle al escudero su corto entendimiento, su incapacidad para darse cuenta, porque no había leído, de que si todas las cosas de los caballeros andantes parecen quimeras, necedades y desatinos, y son todas hechas al revés, es porque anda entre ellos una caterva de encantadores, que todo lo mudan y truecan y lo vuelven a su gusto y capricho.

El mundo de don Quijote no es como él lo sueña, por obra y gracia de los encantadores, gentes sin Dios ni ley, enemigas de la justicia y envidiosas de la gloria de los caballeros andantes. El mundo no es como lo quiere don Quijote por culpa de seres sin escrúpulos y sin imaginación, empeñados en que siga siendo un mundo sobre medidas, rutinario, monótono, prosaico, donde no pasa nada, sino únicamente lo que debe suceder, lo que está previsto y organizado por la cordura, la ambición y los intereses creados.

Don Quijote se entregó por completo a su peligrosa profesión y vivió su extraña vida, sin que la torva realidad indiscreta le importase un ardite. Agreguémonos al grupo de los burlones duques ante quienes, para contestar al eclesiástico que lo invitara inoportunamente a regresar a la cordura, don Quijote hacía un voto de fe en la andante caballería, y escuchémoslo:

Caballero soy, y caballero he de morir, si place al Altísimo. Unos van por el ancho campo de la ambición soberbia; otros, por el de la adulación servil y baja; otros, el de la hipocresía engañosa; y algunos, por el de la verdadera religión: pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra. Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado insolencias, vencido gigantes y atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no más de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean; y siéndolo, no soy de los enamorados viciosos sino de los platónicos continentes. Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno: si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata merece ser llamado bobo, díganlo vuestras grandezas, duque y duquesa excelentes.

Las novelas de caballería

¿Escribió Cervantes, burla burlando, una novela de caballería para reírse de las novelas de caballería? La escribió para reírse de él mismo, porque él era un Quijote, don Quijote, como habremos de verlo más adelante y un humorista que, en vez de escribir un libro terrible y detonante, un panfleto con rayos y centellas, escribió un libro sonriente y delicioso.

Hubo alguna vez, caballeros andantes, y su aparición, en la Edad Media, fue oportuna y benéfica. «La caballería, prohijada por la Iglesia —dice Octavio Méndez Pereira en su Historia de la literatura española— tiene su origen en el feudalismo, establecido en el Gran Imperio Germánico en la época de Carlos el Calvo. Destruyó el feudalismo el poder real y lo sustituyó por el particular, a tal grado que a veces el señor de un reducido feudo era más poderoso que el rey. No existía, por consiguiente, una verdadera sociedad constituida, ni se podían hacer respetar los derechos a la vida y a la propiedad humanas, no siempre de acuerdo con los intereses de los grandes feudatarios. El pobre, el débil, estaba a merced del más fuerte, porque no había fuerza suficientemente grande para obligar a un señor feudal a permanecer en sus dominios sin cometer toda clase de depredaciones en la vida y en la propiedad de sus enemigos de menos poder. En medio de esta tristísima situación, surgió en algunos espíritus generosos la idea de salir a proteger a los débiles y a reparar las injurias, para lo cual desafiaban en singular combate a los caballeros feudales».

Esos señores feudales, que desafiaban el poder real para hacer su ley del embudo, han sido tema de muchas comedias españolas, en las cuales el pueblo hace causa común con su soberano y viceversa. En Fuente Ovejuna, en El mejor alcalde el rey, de Lope de Vega, y en El alcalde de Zalamea, de Calderón de la Barca, hallamos variaciones de este motivo.

Don Quijote, como hemos visto, quiso ser uno de esos caballeros andantes. Salió a proteger a los débiles, pero, en vez de ampararlos, los perjudicaba en ocasiones, como en el pasaje del muchacho golpeado por el labrador. Don Quijote hizo cesar el castigo y obtuvo la promesa de que el amo pagaría a su sirviente el dinero que le adeudaba. Pero una vez que don Quijote se marchó, para proseguir su misión de justicia, el rico labrador redobló entonces con más fuerza sus golpes al protegido por la caballería andante, quien hubo de renegar de ella en un nuevo encuentro que tuvo con su oficioso defensor. En otras ocasiones, las gentes no sólo no agradecían sus beneficios sino que se burlaban de don Quijote.

Esos caballeros andantes tuvieron su historia, pero más que todo su leyenda. Fueron convirtiéndose en héroes, y de héroes, en mitos. La imaginación popular los divinizó, como sucede con los héroes. Les atribuyó poderes sobrenaturales, fuerza descomunal, y la virtud de ejecutar hazañas imposibles para los humanos. Ya no sólo vencían a los señores feudales sino a los dragones y toda clase de monstruos. Eran esforzados y puros y en ellos el espíritu superaba a la materia. Amaban con un amor casto, platónico, incapaz de una traición, «amor más fuerte que la muerte», como amó don Quijote a Dulcinea del Toboso. Un amor que daba todo, sin limitaciones ni reservas; «amor acabado y perfecto —dice don Miguel de Unamuno— que no corre tras deleite egoísta y propio», y que no se va de galán, como el tenorio, a cortejar a la mujer, sino que se lanza al mundo a conquistarlo para el ser amado. Un amor como el de la vetusta leyenda oriental, cuando un alma llamó a las puertas del Paraíso. «“¿Quién eres?” preguntó la amada, y el alma respondió:  "abre, soy yo”. No se abrieron las puertas del Paraíso y el alma tornó a la tierra por muchos siglos. Un día regresó al Cielo, llamó nuevamente, pero entonces, al preguntar la amada quién era, no dijo: “soy yo”, sino “yo soy tú”, y la puerta divina se abrió musicalmente de par en par».

La literatura se pobló de esos seres fabulosos, capaces de todo. Era tan grato al débil, al desposeído, soñar en la grandeza y en la justicia. Dulces y embriagantes cuentos de hadas donde la vida transcurre en una forma tan feliz, donde no hay hambre ni sed, donde se premia a los buenos y se castiga a los malos.

Amó el pueblo a esos seres legendarios, y se, complacía en leer los relatos ingenuos de sus aventuras. Los leía a toda hora y en todas partes, porque lo que el pueblo necesitaba era evadirse de la realidad. Un Concilio prohibió leerlos durante el Santo Sacrificio de la Misa. Los leían cultos e ignorantes, señores y siervos, ricos y pobres, hombres y mujeres. Los leyó don Miguel de Cervantes Saavedra. Sus proezas y amores les eran familiares. El pueblo vivió en función de la caballería andante. También el español, que adquirió el vicio con El caballero de Dios que avía per nome Cifar y que humanizó al fantástico Amadís de Gaula hasta convertirlo en un personaje viviente del cual se hablaba como algo propio, cesados los afanes y fatigas del día prosaico, en las veladas hogareñas.

Leyeron libros de caballería San Ignacio de Loyola y Santa Teresa de Jesús, dos idealistas y seres de acción. Hasta comenzó a escribir una novela de ese género la Doctora de Ávila, quien soñó con su hermano Rodrigo marcharse por el mundo en busca de aventuras.

Hubo buenos libros de caballería andante, como el Amadís perdonado en el donoso y grande escrutinio del cura y el barbero. Pero como el pueblo quería más aventuras, por irreales que ellas fuesen, y como también la literatura es víctima del comercio, se produjeron detestables novelas escritas por imitadores que copiaban los defectos, ya que no las excelencias.

Cervantes no escribió el Quijote contra las buenas novelas de caballería sino para burlarse de las malas, para ridiculizar una literatura llegada a menos y prevenir a los incautos contra los excesos de una manera de escribir que pervertía el gusto y hasta las buenas costumbres.

Pero, ¿únicamente para eso ideó Cervantes su personaje estelar? Indudablemente, el genio fue más ambicioso y fecundo. No perdamos de vista que, en tiempos de Cervantes, las novelas de caballería habían pasado ya de moda y que por otra parte, ese artificioso género literario había sido atacado pugnazmente, con exceso, con sevicia, por la Iglesia y por los escritores de mayor influencia en el público; calificado con los peores epítetos, condenado por todos como un esperpento, digno de la hoguera —¡Placía tanto a las gentes de entonces entregar libros a las llamas!— como la que se levantó en el corral de la casa solariega de don Alonso Quijano cuando don Quijote había regresado de su primera salida.

Hubo un móvil de más entidad, y trataremos de explicarlo. No se leían ya los libros de caballería, se los consideraban anacrónicos e infantiles, pero los libros de caballería, como el Cid Campeador, seguían ganando batallas después de muertos. Estaban en el ambiente, ejercían una acción funesta en el alma popular, sobre la manera de pensar y de obrar de muchas gentes de la época. España no leía ya relatos de caballeros andantes, que vivieron tres siglos antes, pero actuaba como ellos, o, más propiamente, como el hidalgo de la Mancha. Y para eso lo ideó Cervantes. Para combatir esa influencia. Para borrar, amando y ridiculizando a su héroe, toda huella de un espíritu, de una manera de ser que condujo a España a la locura y que, ya en la decadencia, al apagarse el Medievo y surgir el Renacimiento que venía como un fanal vivísimo de la Italia luminosa, persistía en las conciencias de gobernantes y súbditos como una herida que no se cicatriza.

La caballería que Cervantes critica es esa, y no la de Amadises y Esplandianes. Así lo confirma Oliveira Martins en su Historia de la civilización ibérica, con esta frase exacta y rotunda: «Lo que ataca es la tenacidad loca de un heroísmo ya sin significado y alcance».

Quería Cervantes una España nueva, fénix que resurgiera de las cenizas calientes de su aventura frustrada, y para ello mataba una época, aunque él fuera también un Quijote. «El hombre mata lo que más ama». Quería una España que recobrara el juicio, no ya para morir, como don Quijote, sino para comenzar una vida nueva. Había que matar muchas ideas, muchos sueños utópicos, muchos prejuicios abisales, y el humorista genial sabía que no hay arma más demoledora que el ridículo.

Hay un momento en que Cervantes lo dice todo, se descubre en designios, muestra el juego, y es cuando hace decir a don Quijote estas palabras claves:

Hemos de matar a los gigantes, a la soberbia, a la avaricia y envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud de ánimo; a la gula y el sueño en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos.

«Hemos de matar a los gigantes». Ahí está el loco don Quijote llamando a su pueblo a la cordura. Pero, preguntaría alguien, ¿a qué escribir una epopeya burlesca cuando se tienen tan respetables propósitos? Arcanos del genio, podría responderse para salir del atolladero. Sin embargo, el carácter español, tan dado a la burla, gusta de reírse de lo severo y mayestático, de aquello que se da mucho postín. Y así lo hizo con los engolados poemas épicos el travieso Lope de Vega, al relatar en dos mil quinientos versos solemnes de todas las medidas, como si se tratase del tema más serio y transcendental, con todo el atuendo presuntuoso de quien escribe con la vanidosa creencia de estar partiendo en dos la historia de la humanidad, los devaneos nocturnos de la gata Zapaquilda, cuyos favores se disputan valerosamente, en duelo reñido, sus enamorados Micifuz y Marramaquiz.

Igual hizo, con el mismo alarde épico, José de Villaviciosa en La Mosquea,donde un Homero guasón se ocupa de una guerra entre insectos.

Con poemas épicos, los poetas españoles se reían de las epopeyas, y con un poema caballeresco escrito en prosa el español genial se burló de todos los libros de andantes caballeros y de la influencia por ellos ejercida sobre los incautos peatones de la vida peninsular.

  • (1) (1) Publicación de la Universidad de Antioquia, Medellín, 1947, 30 págs. volver
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