Por Germán Arciniegas
Pocas veces la protesta ha sido tan radical y profunda, tan elocuente y razonada como en el siglo que va de la Reforma a Cervantes. Una Iglesia que llevaba catorce siglos de estar unida se desgarró, se denunció en términos de vehemencia no superada la corrupción del pontificado, se cambiaron los términos de la ciencia y la filosofía, se desconocieron las autoridades veneradas por una tradición de siglos. Savonarola doró las piedras de Florencia con la luz de las hogueras en que ardían libros y obras de arte en medio de cantos y oraciones, echando simbólicamente al fuego el espíritu de una época considerada podrida por la corrupción de las clases dominantes. Lutero, clavando su edicto en las puertas de la iglesia, denunciaba un sistema que hizo crisis en los términos que sabemos. Pero si una denominación de la Iglesia tomó como suya la palabra protestante. no hay que pensar en la protesta como privilegio de unos pocos. Protestaba Santa Teresa contra la corrupción de los conventos, San Ignacio montaba su milicia como un Savonarola en dirección diferente a la del florentino, y cuanto ocurría en el campo religioso se reproducía en todos los demás órdenes de la vida intelectual y social.
En este proceso la aparición del Nuevo Mundo viene a dar en tierra con la autoridad de muchos siglos. Copérnico encuentra en las noticias de Américo Vespucci tierra firme que le permite probar lo que nadie antes pudo. Aristarco de Samos, mil setecientos años antes, se había movido en planos de ciencia ficción cuando habló de un sistema en que resultaba el sol como un centro en torno al cual giraría la tierra, pero la falta de conocimiento de la tierra le dejó sin bases. En Copérnico, por la presencia de América, se produce el fenómeno opuesto. Entonces, quienes quedan sin bases vienen a ser Aristóteles, Santo Tomás, San Agustín, y quienes con ellos no podían aceptar los antípodas, ni la existencia de tierras habitables en la otra cara del globo. La protesta lleva al desconocimiento de la ciencia medieval, de la filosofía metafísica. Galileo tiene que sufrir el más dramático enfrentamiento con la Inquisición, de cuya experiencia quedó flotando en el mundo occidental una frase que vino a ser como el Leitmoti. de la inteligencia: E pur si muove.. La condenación de Galileo fue el mayor estímulo que movió a Descartes para conformar la filosofía esencial de la protesta. El francés eleva el derecho a dudar sistemáticamente como principio de la dignidad del hombre. Del hombre que piensa. «Pienso; luego existo» es el grito más ardiente de protesta que jamás se haya dicho por hombre alguno. Y el drama consiste en que esta pasión de libertad, este gesto de emancipación tiene al frente el poder de la Inquisición, conlleva el riesgo de la hoguera, de la cárcel, de la tortura. El establecimiento, como se dice hoy, estaba en peligro, y se defendía con procedimientos bárbaros que, sacados de la Edad Media, subsistían en los tiempos que todos ellos vivían, y se prolongaban en tiempos de Cervantes.
Al Quijote hay que verlo surgir dentro de estas circunstancias. Don Quijote va a ser el personaje que sale a la palestra a protestar contra todas las injusticias, en defensa de la libertad y la dignidad del hombre. Es el loco fabuloso que se mueve empujado por los más puros ideales. Don Quijote de la Mancha entra en la corriente de esas rebeldías profundas del siglo. Es la culminación de una lucha secular en que los hombres se mueven entre la libertad y el miedo. Cervantes encuentra la fórmula ideal, haciendo de su personaje un loco. Había que hacerse el loco para decido todo. El mecanismo elemental de la novela lo hemos conocido a través de los siglos. Hay que hacerse el loco hoy como ayer. Lo explica muy bien la clave del más hermoso prólogo, y el más profundo, que se haya escrito para introducir el libro de Cervantes. Ese prólogo, paradójicamente, jamás se ha publicado dentro del mismo volumen en que se narran las aventuras de don Quijote. Cualquiera puede ver que estoy hablando del Elogio de la locura. Este elogio, hecho por Erasmo un siglo antes de la publicación del Quijote, viene a ser como el discurso del método empleado por Cervantes. Erasmo tenía que destrozar los embelecos de las escuelas de su tiempo, hacer con el mayor disimulo los más sangrientos sarcasmos, poniendo su discurso en boca de la estulticia. A su amigo Tomás Moro, el de la Utopía. le explicaba su método: «Nada hay más necio, sin duda, que hablar en serio de lo que es pura necedad, ni nada más divertido que hablar en broma de aquello que no se sospecharía que lo fuera». El truco permite al de Rotterdam hacer las del de la Mancha con tan regocijada fortuna que ese prólogo del Quijote ha pasado a ser una de las obras ejemplares de todos los tiempos. Dejando hablar a la estulticia, Erasmo despotricó contra los oradores de la academia que desembuchaban una oración elaborada durante treinta años «y a veces ajena», asegurando que, como por juego, la habían compuesto o dictado en tres días... Denunciaba las barbas de los estoicos «atributo de sabiduría que comparten con los machos cabríos», para explicar sus tonterías o calaveradas: «Hablando en plata, a mí, a la estulticia, y nada más que a mí, tendrá que acudir el sabio si alguna vez se le ocurre ser padre...» y así, así, Erasmo fue llevando sus burlas hasta hacer este elogio de la locura que debió encantar a Cervantes: hay una locura «que por todos es apetecida con ansia excepcional; manifiéstase ordinariamente por un cierto alegre extravío de la razón que a un tiempo mismo liberta al ánimo de sus cuidados angustiosos y devuelve el perfume de múltiples deleites, y tal extravío es el que, como verdadera merced de los dioses, pedía Cicerón, para perder la conciencia de muchas adversidades. Tampoco lo consideró como un mal aquel argivo que había estado loco hasta el punto de ir todos los días a un teatro vacío donde él solo tomaba asiento, y allí reía, aplaudía y se divertía creyendo ver representadas comedias admirables, lo cual no era obstáculo para que fuese muy cuerdo en todos los demás menesteres, alegre con los amigos, bondadoso con su mujer e indulgente con los criados, a quienes jamás castigó porque le hubiesen destapado una botella... Este, pues, gracias a los cuidados de los suyos y a los medicamentos que le propinaron, hubo de recobrar el juicio, y cuando ya se halló completamente sano, se lamentaba así: "Vive Polux, compañeros, que me habéis matado por no pensar que, haciendo lo que hicisteis, me arrebatabais un placer, quitándome, a viva fuerza, una gratísima ilusión"».
Tenemos muchos ejemplos de la necesidad de recurrir a la locura en nuestro tiempo que ilustran la permanencia y universalidad del método aconsejado por Erasmo o por Cervantes. Basta recordar a Ezra Pound, oficialmente declarado loco para sacarlo de las garras de la justicia norteamericana, o el sistema normal en la Rusia soviética de enviar a hospitales psiquiátricos a cuantos se atreven en alguna forma a provocar una confrontación entre su verdad y la verdad del establecimiento.
La imposibilidad de decir la verdad en forma directa conduce a presentar como ficción la realidad. Tomás Moro hizo la novela de Utopía. para denunciar la injusticia social de su tiempo en Inglaterra, como Platón había hecho la invención de la Atlántida para mostrar una situación semejante en Atenas. El disimulo puede ser tan grande que el lector de una obra de ficción parezca como retardado, no descubriendo la verdad disimulada sino al cabo de muchos años. La crítica de Cervantes a los sistemas de su tiempo pasó desapercibida por más de un siglo. Todos reían de las locuras del Quijote sin llegar al fondo de su protesta escondida. Académicamente se dice que la novela es una obra literaria en que se narra una acción fingida, en todo o en parte, con el fin de causar un placer estético a los lectores. Esto no es exacto. En la novela latinoamericana de los últimos tiempos, el fin que buscan muchos autores es la denuncia de situaciones que solo pueden presentarse como pura invención. Esa necesidad de la mentira era más que justificada en los tiempos de Cervantes. En América tenemos un caso colectivo y elocuente en la transformación del carácter indígena. Los primeros cronistas están acordes en decir que los aborígenes eran veraces e ingenuos, pero cuando se dieron cuenta de que, si decían su verdad, estaban perdidos, se convirtieron en maestros del encubrimiento, el disimulo y la mentira. Hoy no hay indio que diga la verdad. Y no hay que pensar que esta prueba de buen sentido e inteligencia sea privilegio suyo, ni que esté motivada solo por la antigua experiencia. Hoy mismo decir la pura verdad produciría trastornos universales. Dentro de los regímenes más libres, donde la prensa o la tribuna aparentemente están hechas para gozar de una libertad completa, se puede decir todo, absolutamente todo, menos la verdad. Dentro de las mejores condiciones para inspirar confianza se le puede decir al hombre: Diga usted lo que piensa. Y el interlocutor obra al revés: piensa lo que va a decir. Lo mide. Calcula.
Cervantes escribió un libro de pura ficción, de locos, con todo el encanto de la gran mentira, para decir su verdad... Así nació la quijotada.
Cien años antes de haber salido don Quijote a vivir la vida de aventuras que todos conocemos, ya andaba él, como un loco, por España y América. Las tres edades de don Quijote están a la vista: primero fueron sus aventuras de un siglo antes de que Cervantes tomara la pluma para escribir «su historia», es decir: su pasado. Luego viene el Quijot. que se publica entre 1605 y 1615; es su segunda edad. Por último, el Quijote se sale del libro, de la Mancha, de las manos de Cervantes, y empieza su tercera edad, ya eterna, universal.
Los primeros locos hay que verlos dentro del marco de la vida española. El primero entre los primeros, debía venir de orígenes hebreos. Tenía la cabeza llena de fábulas y fue de oscuro nacimiento. Acabó codeándose con reyes y llamándose Almirante del Mar Océano y Visorrey y gobernador general de las Indias. Se llamaba Cristóbal Colón. De la misma manera como ocurrió al de la Mancha, que, «puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote». Colón decidió llamarse don Cristóbal. Tan exacto es lo del quijotismo de Colón que casi no hay biografía suya que no lo registre. Para muestra, estas líneas en la de Madariaga: «El espíritu quijótico de Colón inspira todas estas páginas históricas. El descubridor andante se describe a sí mismo desde el principio como do. Cristóbal Colón, antes de que nadie le haya autorizado a llamarse así. La primera condición que registra el documento es que sus Altezas habrán de hacer "al dicho don Cristóbal Colón su Almirante en todas las islas e tierras firmes que por su mano o industria se descobrieran o ganaren en las dichas mares oceanas"... La segunda condición que impone don Quijote Colón es la de ser Visorrey y Gobernador General».
A Colón no le habían movido los mapamundos, según dijo alguna vez. No la ciencia. La fábula, los «espejos del mundo», las enciclopedias medievales, fueron su alimento predilecto, hasta que decidió sumergirse en las profecías del Viejo Testamento. Su experiencia con los sabios de Salamanca fue desastrosa para la ciencia. Quedó convencido de que con papeles como la carta de Toscanelli —el sabio florentino que demostraba la posibilidad de viajar hacia Occidente para llegar al Oriente— no sacaba nada. Salamanca le convenció de que España no había salido aún de la edad mágica. Engañándose a sí mismo fue maravilloso simulador. Obraría como los cristianos conversos, ocultando sus orígenes con las más extremadas manifestaciones de la nueva religión, para abrir los caminos del poder, la gloria y el triunfo. No solo defendió su proyecto de navegación sin insistir en la ciencia, sino que después de haber descubierto la tierra que buscaba, se empeñaba en encontrar los monstruos de los libros fabulosos. Llegando a Cuba averiguó la existencia de hombres de un ojo y otros con hocico de perro que comían hombres. Averiguó dónde estaba la isla de las mujeres, de las amazonas. Llegó al Paraíso. En sus conversaciones directas con el Padre Eterno aprovechó la lengua del Criador para clavar palabras durísimas a los reyes de Castilla y Aragón. Y en carta dirigida a doña Juana de la Torre, cuando llegado a Cádiz con cadenas esperaba en la justicia de Dios, le hablaba en estos términos, dignos de su lejano descendiente el de la Mancha: «como capitán que de tanto tiempo fasta hoy trae las armas a cuestas sin las dejar una hora, y de caballeros de conquista y del uso, y no de letras, salvo si fuesen de Griegos y de romanos...».
El gran escenario de los primeros Quijotes viene a ser América. No es en España sino en el Nuevo Mundo donde enloquecen los hombres con la lectura de los libros de caballerías. Si Colón recurrió a unos pocos libros que desde los tiempos de Marco Polo venían a poblar la hipotética tierra desconocida de monstruos, los conquistadores tuvieron en sus manos una biblioteca más abundante: la gran colección de caballería, que comienza a publicarse en España a partir de 1508, el año de Amadís de Gaula. El siglo de los libros de caballería se abre entonces, y entre ese año y el de 1602 hay cuando menos cuarenta y dos libros que son el fondo en que vienen a hundirse las manos del cura y el barbero para explorar de dónde pudo salir la locura del Quijote.
Todos esos libros salían para América en cantidades inmensas para la época. Uno de los grandes mercados era el de México. En seguida, el de Lima. Los conquistadores llegaban a América graduados en caballería. Hernán Cortés envió a su pariente Francisco Cortés a buscar la isla de California, de que hablaban las Sergas de Espladián. vecina al paraíso terrenal, poblada solo por mujeres. El nombre de California vino a quedar en la geografía de América designando una península, un mar, un estado, una bahía. El nombre de las Amazonas se dio al gran río de Sur América. Cervantes dudó entre darle al Ingenioso hidalgo su verdadero nombre o un nombre ficticio. «Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana...» y luego: «se vino a llamar don Quijote; de donde como queda dicho, tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir...». Pues bien: el más quijotesco de los conquistadores fue don Gonzalo Jiménez de Quesada. De cómo Cervantes tuvo noticia de él es asunto muy. curioso.
Había muerto el Quesada americano en tierras de Nueva Granda, la colonia por él descubierta y conquistada. Había hecho tres salidas fabulosas en busca de El Dorado, mostrando temerario valor; él, que antes que soldado había sido hombre de letras, lector empedernido y dueño de una biblioteca que pudo ser la mejor en la naciente Santafé de Bogotá. Sus mejores discursos fueron el que dirigió al pueblo convenciéndolo de que debía acompañarlo a la ciudad empedrada de oro —y lo logró llevándolo a la fatal conquista de Guayana— y el que dirigió al rey de España clamando por los indios —los humildes, los desamparados— víctimas de corregidores y encomenderos. Este Quesada o Quijada, pero más exactamente Quijote de la Nueva Granada muere declarando que ya está curado de locuras... y lega a su sobrina el derecho a la gobernación de El Dorado.
Dos cosas ocurren el año de 1580: los padres trinitarios rescatan a un tal Cervantes que estaba cautivo en Argel, y la sobrina de Quesada se informa de que el Quesada de la Nueva Granada ha dejado a su marido la gobernación de El Dorado. Mientras la sobrina anda en las diligencias que acabarán confirmando su gobernación, Cervantes hace las mismas antesalas en busca de empleo. El cuento de Quesada y lo de El Dorado están en ese ambiente. Una circunstancia lugareña hace de Quesadas y Cervantes gentes muy cercanas. Quesada como sus hermanos, nació en Córdoba. Don Gonzalo pasó allá su juventud, y siendo licenciado fue abogado del Ayuntamiento antes de partir para América. Los ascendientes paternos de Cervantes, de su padre hacia arriba, por cinco generaciones que sepamos, eran de Córdoba. Para hacer el cuento breve, la sobrina y su marido salieron al fin para la Nueva Granada... y Cervantes acabó solicitando que le hicieran o contador en esa Nueva Granada del Quijote americano gobernador, de Soconusco en Guatemala, contador de las Galeras en Cartagena donde Quesada había sido gobernador, o corregidor de La Paz...
Como estoy escribiendo dentro del año lascasiano, sería imperdonable no mencionar a este otro gran quijote nacido hace cuatrocientos años y cuya singularidad como lengua sin freno de la protesta encendida está en la circunstancia de que no disfrazó la verdad sino que la puso a arder como fierro en la forja. Cuando Cervantes piensa en ser gobernador de Soconusco en Guatemala no habla como un Cervantes sino como un Quijote. Ese nombre lo ha recogido de Bartolomé de Las Casas. A Guatemala fue el fraile para darle vida a un experimento sacado de la Utopía. de Tomás Moro. Había ido a luchar por la dignidad de la naturaleza humana, y si de esa quijotada sale vencido, el vencimiento es como el de don Quijote en cualquiera de sus desgraciadas aventuras: no le sirve sino para alentarlo a nuevas empresas. El violento debate con Sepúlveda en Valladolid, diez años después de los de Guatemala, lo demuestra. Pedro de Castañeda, al relatar el viaje de Francisco Vásquez de Coronado, decía estas palabras que Lewis Hanke pone como pórtico a su libro sobre la lucha por la justicia en la conquista de América (la lucha de Las Casas): «Yo no estoy escribiendo fábulas, como algunas de las cosas que ahora leemos en los libros de caballerías. Si no fuese porque estas historias contenían encantamientos, hay algunas cosas que nuestros españoles han hecho en nuestros días en estas partes, en sus conquistas y encuentros con los indios, que como hechos dignos de admiración sobrepasan no solo a los libros ya mencionados, sino también a lo que se ha escrito sobre los doce Pares de Francia...».
Don Quijote y Sancho entran en la escena universal el año de 1605 cuando Cervantes publica la historia de sus vidas. Son ellos, así, contemporáneos de Hamlet, Otelo, Macbeth, Ofelia, Shylock... Parece increíble que en el espacio de cinco o seis años hayan venido al mundo estos personajes. Pero aún más sorprendente es comprobar cómo de todos ellos, los dos únicos que se salen del libro o el teatro para mezclarse con el resto del mundo son don Quijote y Sancho. Para ver a Hamlet o a Ofelia es necesario ir al teatro. Es posible que mezclemos sus nombres en la conversación, que aludamos a ellos, pero siempre como dejándolos entre las páginas del libro o en la escena del teatro. Don Quijote y Sancho, no. Están confundidos con nosotros en la vida cotidiana, se mezclan con todo el mundo, han dejado de formar parte de la literatura para ser compañeros de nuestra vida. No existe otro ejemplo en todo lo que ha salido de la literatura. En 1605 comenzaron a saberse sus aventuras por haberse publicado la primera parte del libro, y en 1615 se supo el final con la publicación de la segunda. Pero ya antes de 1615 —en 1607— don Quijote y Sancho eran tan conocidos en Lima que en unos carnavales o Juego de Sortija, vistieron los de una comparsa con sus trajes, salieron a la plaza en el Rocinante y el Rucio, los seguía la princesa Micomicona, y fueron recibidos con estrepitosos aplausos y una carcajada colectiva. Todo el mundo los reconoció, y sabía más de ellos que de los funcionarios del virreinato o los notables de la ciudad. Para la fecha en que viene la segunda parte habían aparecido ya otras figuras shakesperianas: Ariel, Calibán, el rey Lear... Ninguna de ellas cruzó entonces el Atlántico. La invasión de Quijotes a América de la que habla Irving a Leonard en Book of the Brave. fue increíble. El libro caminaba hacia su segunda patria con más rapidez que Rocinante por las llanuras de Castilla. El propio año de 1605 Juan de la Cuesta despachó tres Quijotes a Juan de Guevara, a Cartagena; y doscientos sesenta y dos a Clemente de Valdés, a San Juan de Ulúa; y el mismo año, cien Quijotes Diego Correa a Antonio de Toro, a Cartagena. Esto continúa en progresión continua para esas ciudades y Santa Marta, Río Hacha, Puerto Rico, Santo Domingo, Panamá, La Habana... Puertobelo era el centro a donde llegaban los comerciantes de Lima que distribuían para el resto de Sur América Quijotes y Quijotes y Quijotes.
Y así, don Quijote y Sancho se le escaparon de las manos a Cervantes, se convirtieron en los personajes más populares del mundo, entraron a la buena compañía de los analfabetos. No hay analfabeto que ignore la pelea con los molinos de viento, el manteamiento de Sancho, las escenas con Maritornes en la Venta, lo ocurrido en la cueva de Montesinos..., don Quijote es una realidad que supera a la de Cervantes. Hay en el mundo muchas más estatuas de don Quijote que de Cervantes. Y no ya monumentos públicos de aquellos que tienen el aire de consagraciones oficiales, sino bronces, mármoles, maderas, tapicerías, pisapapeles, para el ámbito del hogar. No hay computadora capaz de decir el número de veces que se han reproducido las escenas de don Quijote y Sancho en ceniceros, manteles, vajillas, carteles, y cuanto en el mundo exista para adornos y decoración. Hay ciudades de locos, como Popayán en Colombia, donde todo el mundo jura que allí está enterrado don Quijote, o Guanajuato en México que celebra todos los años un multitudinario festival cervantino. Tan es Guanajuato otra de las tantas patrias del Quijote que el pueblo llena las plazas cada noche que se anuncia su llegada y a las efigies del manchego y su escudero han desalojado en las tiendas los juguetes mexicanos o las reproducciones del calendario azteca.
El más encumbrado de cuantos caballeros han pasado a la inmortalidad ha sido don Quijote de la Mancha, y el más aldeano de los escuderos, Sancho Panza. Y lo más extraordinario de ellos dos, es la amistad que los unió. Que durante la totalidad de su historia mantuvieran un diálogo constante es maravilla que no podría ocurrir sino en España. Sería inconcebible una situación semejante ni en Inglaterra, ni en Alemania, ni en Francia. Un señor tan alto y un peón tan bajo cambiando ideas, hablando de igual a igual, es el más democrático de todos los ejemplos.
Se hace más visible el caso por sus cabalgaduras. Le costó trabajo a don Quijote hallar en todas las historias conocidas de caballeros la de ninguna que llevara a su escudero montando un burro. El destino le llevó a inaugurar tan inusitado suceso en la orden de la caballería. Hasta gramaticalmente se ve la diferencia, cuando se dice montar a. caballo, y montar en. burro. El caballo marca la jerarquía. Etimológicamente el caballero viene del caballo. En las Siete Partidas. se puntualizaba: «En España llaman caballería, no por razón que andan cabalgando en caballos, mas porque bien así como los que andan a caballo, van más honradamente que en otra bestia, otrosí los que son escogidos para caballeros, son más honrados que todos los otros defensores. De donde así como el nombre de caballería fue tomado de compaña de hombres escogidos para defender, otrosí fue tomado el nombre de caballero de la caballería».
El movimiento del caballero que va a montar asciende a ocupar el rango social en que se viene a colocar, «monta a caballo», y decimos rango por caballo en ese sentido. El que se coloca sobre un burro, monta en. Queda difícil la relación entre los dos niveles, el de don Quijote y el de Sancho, para el estilo democrático, pero no solo lo simplifica y allana el diálogo mano a mano, sino que simbólicamente en dos ciertos instantes cruciales de la historia, una vez don Quijote entre a su pueblo en burro, y otra Sancho va a caballo en misión extraordinaria. Todos recordarán lo primero: don Quijote cayó de Rocinante en una arremetida contra el mercader que no se plegaba a reconocer la hermosura de Dulcinea, y quedó más que maltrecho en el suelo gritando «¡Non fuyáis, gente cobarde!». El mozo de las mulas le arrebató entonces la lanza y se la partió en las costillas... Un conocido se llegó a don Quijote y viendo que no podía moverse, le dijo: «Señor Quijana, ¿quién ha puesto a V. M. de esta suerte? Procuró levantarlo del suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su jumento por parecer caballería más sosegada», y así llegó de regreso a su casa al final de la primera desgraciada aventura. A contrapelo, cuando don Quijote queda haciendo penitencia entre las rocas solitarias y debe enviar a Dulcinea su epístola famosa, a Sancho le han robado el burro y don Quijote lo despide en Rocinante.
Aun gramaticalmente, Cervantes interviene alguna vez para que no todo sea para el hidalgo montar a caballo, y para el escudero en burro. Aquello sucede cuando a causa de haber rebuznado Sancho mejor que todos los burros del mundo, le castigan los del pueblo de los rebuznadores moliéndolo a palos, y llueven como granizo pedradas sobre don Quijote.Los malheridos a duras penas pueden moverse, y dice Cervantes: «En esto, ya estaba a caballo Sancho (en el burro), ayudado de don Quijote, el cual asimismo subió en. Rocinante...».
Fue Sancho la única sociedad, la única corte, el único ministro que tuvo en toda su vida don Quijote, y anduvo así hablando siempre con el pueblo. Dialogaban con la más ruda franqueza, diciéndose mutuamente las cosas más desagradables. El tratamiento no fue para ellos, en ningún caso, compromiso formal. Don Quijote trataba de idiota a Sancho, Sancho, de loco a don Quijote. Hay instantes en que todo acuerdo parece derrumbarse, y sin embargo don Quijote acaba hallando en Sancho un amigo, y amigo le dice con toda el alma. Este diálogo entre señor y escudero se había roto desde hacía más de cien años en la forma más dramática, cuando la revuelta de los comuneros de Castilla. Entonces se llegó el pueblo a Carlos V, para obligarlo al coloquio establecido por la costumbre tradicional española. El emperador tenía que plegarse a escuchar al pueblo, y si el común no oía de él la promesa de respetar sus fueros, no le confirmaba su calidad de rey. La altanería de la fórmula aragonesa llegaba al extremo que todos conocemos: «Nosotros en que cualquiera de nosotros vale tanto como vos, y unidos valemos más que vos...», Carlos V no soportó el atrevimiento. Los comuneros fueron sojuzgados y Padilla y su mujer murieron castigados. Se rompió en esta forma el contrato social de la vieja democracia española. Don Quijote decía: «Uno de los mayores trabajos que los reyes tienen, entre otros muchos, es el estar obligados a escuchar a todos, y a responder a todos...». Con esto, dicho por quien tenía la autoridad de toda una vida democrática, puso don Quijote en la picota al emperador.
Sancho introdujo en sus pláticas con don Quijote el tema central del gobierno democrático: «No todos los que gobiernan vienen de casta de reyes...». Se curaba en salud: iba a ser gobernador. Y don Quijote, sujeto a oírlo, confirmó bellamente sus palabras: «Innumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria... La sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale».
Dentro del contrato social establecido entre el caballero y el escudero ya estaba, desde el comienzo, establecido que Sancho llegaría a gobernar su isla... Lo fue, y haciendo un recuento de todos los jefes de gobierno que ha tenido España por siglos, Sancho Panza ha sido tal vez el mejor. Su profundo sentido de la justicia, su buen sentido, la Agudeza de que dio muestras en todos los instantes de su, por desgracia, corta administración, lo demuestran.
A prueba se puso la amistad entrañable que unió a los dos protagonistas de la verdadera historia por la experiencia del diálogo. Había momentos en que el quebradizo humor de don Quijote parecía romperse ante las impertinencias de Sancho: «¡Oh, bellaco villano, mal mirado, descompuesto, deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente! ¡Vete de mi presencia, monstruo de la naturaleza, depositario de mentiras, armario de embustes, silo de bellaquerías, inventor de maldades, publicador de sandeces, enemigo del decoro que se debe a las personas reales!» Inútil. Cuantas veces trató de silenciar al escudero tuvo que plegarse a su propio reconocimiento de que el primer deber del soberano es oír, escuchar a su pueblo. Sancho acababa por iluminarlo con la luz de la razón:
—Es recia cosa y que no se puede llevar con paciencia, andar buscando aventuras toda la vida y no hallar sino coces y manteamientos, ladrillazos y puñadas y, con todo esto, nos hemos de coser la boca, sin osar decir lo que el hombre tiene en su corazón, como si fuera mudo.
—Ya te entiendo, Sancho: tú mueres porque te alce el entredicho que te tengo puesto en la lengua. Dale por alzado y di lo que quisieres.
La izquierda se originó, cuando la revolución francesa, en la distribución de los puestos que ocupaban los diputados a la Asamblea Nacional. Los radicales ocuparon entonces las curules de la izquierda: esto quiere decir que para que haya izquierda, tiene que haber derecha.
En un régimen totalitario la idea no puede concebirse. Eliminada el ala derecha, no hay izquierda. El totalitarismo de cualquier color es totalitarismo a secas, y punto. Un poder armado y vociferante que descarga todo el peso de su puño de fierro sobre un posible interlocutor reducido al mutismo e inerme, viola el principio del diálogo contradictorio, origen de la izquierda. En los diccionarios no hay acuerdo sobre el particular. El de la academia española tiene un marcado sabor político reaccionario. Dice: «Izquierda. Hablando de colectividades políticas la más exaltada y radical de ellas, y que guarda menos respeto a las tradiciones del país». En un país siempre hay dos tradiciones: la oficial y la popular. Suele ser visible la que dispone de mejores medios de expresión y publicidad; invisible la otra. En el caso de España, tomando como punto de partida, el rompimiento del diálogo cuando Carlos V y los Comuneros, quedaron enfrentadas las dos tradiciones, a la exaltada y radical de los del común se opuso la que fundó «su» autoridad en el cadalso que marcó el fin de Padilla. Pero la tradición popular no sólo no se extinguió sino que prosperó en América y en España, y para muchos es la mejor. Don Quijote estuvo por esta última. Su pasión de libertad, su constante ejercicio en el diálogo contradictorio sobrevivió a las pruebas más duras. En un diccionario francés aparece esta definición de izquierda que le hubiera venido mejor a don Quijote: «Dícese de lo que cae o mira al lado en que tiene el hombre el corazón». Cómo habría dolido a su izquierdismo —conviniendo en que su exaltado radicalismo lo fuera— la doble presentación que hacía la academia en la muy esmerada séptima edición de 1824: Izquierda. s. f. Siniestra. Izquierdo. zurdo.
Fiel el diccionario a la posición asumida y mencionada, define izquierdea. de esta manera: «Apartarse de lo que dictan la razón y el juicio», y en este sentido maese Pedro hablaba de que don Quijote izquierdeaba cuando el embrollo de los títeres. El tema es intrincado y difícil. El truco de la locura queda involucrado en todas las aventuras del Quijote, aprovechadas por Cervantes para darle forma disimulada a la protesta. Y sobre la protesta misma, el mejor ejemplo lo dan las violentas expresiones de don Quijote contra la Santa Hermandad. La Santa Hermandad lo atropellaba todo a nombre de una justicia que solo existía de nombre. Salteador de caminos, le decían los de la Santa Hermandad a don Quijote, cuando arremetió contra ellos en la famosa liberación de los galeotes. Y don Quijote: «¡Venid acá, gente soez y mal nacida! ¿Saltear de caminos llamáis al dar libertad a los encadenados, soltar los presos, socorrer a los miserables, alzar los caídos, remediar los menesterosos?! ¡Venid acá, ladrones de caminos, que no cuadrilleros, salteadores de caminos con licencia de la Santa Hermandad!».
Cervantes, que en sus propias carnes había sufrido los atropellos, volvía por la dignidad humana «locamente», y, ante todo, defendía la libertad. Todos recordamos, y nos sabemos de memoria las palabras de don Quijote a Sancho: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo».
Ahí está la clave de la protesta en el Quijote. La explicación de su heroísmo. La pasión de libertad: la libertad es el espíritu santo de la historia.
No hay ningún bien nacido que en algún momento de la vida no se haya inclinado a hacer alguna quijotada. Don Quijote es un loco que convence y anima a hacer los imposibles: su espíritu penetra en lo mejor que tiene el hombre. Bastó que comenzara a caminar por el mundo para que hiciera escuela, y los dos primeros sujetos a su mágico dominio fueron dos personas de la más diversa condición. El uno era un rústico analfabeto salido de la más oscura entraña del pueblo y el otro un escritor desgraciado, humanista genial, conocedor de muchas tierras. Cualquiera sabe que estoy hablando de Sancho Panza y de don Miguel de Cervantes. De cómo le fue imposible a Sancho Panza, a pesar de su buen sentido común, sustraerse a los argumentos falaces de don Quijote, es asunto que requiere la atenta lectura de todo el libro. Lo de Cervantes es igual. A medida que escribe el libro va rindiéndose a las invenciones de su propia imaginación, y llega un momento en que el héroe se lo devora. Cuando Avellaneda sale a continuar la historia, Cervantes se indigna como un Quijote y vuelve por su héroe hasta dejarlo muerto. Que nadie más se atreva a atribuirle cuentos. Pero ya entonces don Quijote era más personaje que Cervantes, y en cierto modo Cervantes queda como escudero de relevo.
Había encontrado don Quijote ciertas claves de la democracia que coincidían con las que Cervantes mismo hubiera querido publicar, pero que sólo dichas por el loco podían gozosamente difundirse. «Si a los oídos de los príncipes llegase la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían, otras edades serían tenidas por más de hierro que la nuestra». ¿Cuál era el fin de las letras humanas? «Poner en su punto la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo».
Como Luis Vives, como Tomás Moro, volvía don Quijote la mirada hacia un atrás increíble de bienestar: «dichosa edad y siglos dichosos», y pensando en que todas las cosas sean comunes y no haya ni tuyo ni mío, le hacía eco a Vasco de Quiroga, aquel fraile apasionado por el comunismo cristiano, y las palabras le fluyen como un poema encantado. Pero cuando pasaba de tan celestiales utopías a la dura realidad que le exaltaba, su profesión declarada era «perdonar a los humildes y castigar a los soberbios, socorrer a los miserables y destruir a los rigurosos». Irónicamente, en una batalla naval, dejaron a Cervantes manco de la izquierda. Entonces, encargó a la derecha el escribir estas sentencias de protesta que obligaban a maese Pedro a pensar que don Quijote izquierdeaba, y había que contarlo en sus locuras.