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El «Quijote» en América

La justicia en el Quijote1

Por Mario Alario di Filipo

Señores académicos, señoras y señores: Dice D. Eduardo Guzmán Esponda que las Academias han cobrado fama de personificar la intransigencia, pero en medio de su apariencia conservadora saben ser liberales —en el sentido amplio de la voz— con las palabras y los hombres; que a veces se da entrada en el diccionario a palabras innecesarias o bárbaras y se dejan a la puerta otros vocablos más cultos y significativos, y que el papel que él desempeña en esta Corporación es el de aquellas voces registradas prematuramente en el inventario oficial, cuando otras de mejores títulos no han pasado el ático portal.

Yo sí que puedo hacer mías las frases que en el caso del ilustre D. Eduardo no son valederas, siendo de todos conocidos sus insignes méritos. Al ocupar este sillón que dejó vacante con su muerte D. Fernando Antonio Martínez, no puedo menos de sentirme confundido y de atribuir mi elección como individuo numerario más que a la evaluación de las virtudes del espíritu al anhelo de estimular mi humilde pero perseverante labor lexicográfica.

Fue D. Fernando Antonio Martínez, a quien inmerecidamente tengo el honor de suceder en esta Academia, varón que roturó profunda y perdurablemente los campos de la cultura. El solo enunciado de sus obras sería prolijo, mas es suficiente recordar que él fue el continuador del Diccionario de Construcción y Régimen, de Rufino José Cuervo y que sus aportes a la filología española son de valor permanente. Del filólogo vallecaucano cumple predicar lo que él escribió del sabio santafereño:

Para él los textos literarios, la obra de lenguaje concreta, su naturaleza individual y personal, su adherencia indisoluble a la vida y al espíritu del pueblo, constituyeron siempre la base, el fundamento de sus investigaciones; y en último término era la lengua hablada, a las formas populares, a los glosarios locales, en una palabra al dialecto, a donde iba a comprobar lo que la ciencia perseguía, y a veces no comprendía claramente, en la tradición escrita. Logró por eso aliar de manera realmente admirable lingüística y filología, lengua literaria y lengua popular, tradición y actualidad, pasado y presente. Y nada quiso tanto como reflejar en sus trabajos una más viva idea de la unidad de lengua y espíritu, a despecho de los particularismos geográficos y de las diferencias debidas a estilo o jerarquía social, por sobre las demarcaciones políticas y las denominaciones de raza o de pueblos, lejos de cualesquiera intereses que no fueran los de la común estirpe y los ideales comunes. Esta unidad, alcanzada en sus trabajos científicos y no atacada ni quebrantada por la acción de determinado método o escuela, se mantiene hoy intacta y es símbolo del esfuerzo del hombre y de las naciones a cuyo idioma consagró toda su vida.

El tema que voy a exponer esta noche fue materia de breve disertación hecha como trabajo reglamentario, cuando esta institución me honró con el título de miembro correspondiente suyo. Mas ahora lo he ampliado considerablemente. Trátase de un somero estudio sobre alguno de los aspectos del Quijote, pues no sería osado a ensayar una sistemática interpretación de la novela inmortal.

Desde los cautelosos comentadores que se han atenido a la letra para rastrear y poner en evidencia los designios y propósitos que guiaron a Cervantes en la composición de su obra, hasta los eruditos perspicaces que sorprenden abscónditos arcanos y esotéricas significaciones en la historia del ingenioso hidalgo, se dilata una teoría de exégetas, mejor o peor inspirados, para quienes el Quijote ora es la quintaesencia de la humana polimatía, ora una sátira de largo aliento tan poderosa a desfacer las malfetrías del pasado como a enderezar los tuertos del porvenir, ora la más audaz denuncia social, la más noble y sublime protesta contra la injusticia de los hombres y el más encendido canto a los valores humanos iluminados por la libertad. Y es de tan singular naturaleza este libro engendrado en una prisión, que a todos invita y a todos tienta con su inexhausta riqueza, a todos parece que halaga y saca verdaderos y gradúa de sagaces y a todos termina convenciendo de cómo no hay disquisición que lo apure ni especulación que lo reduzca. No recuerdo dónde leí que el Quijote es semejante, en lo que a exégesis se refiere, a la Gioconda de Leonardo, que con su enigmática sonrisa sigue desafiando victoriosamente la penetración de los críticos de arte más zahoríes y en la que cada cual descubre, o cree descubrir la expresión de cierto estado anímico, según su propia psique y personal temperamento. Así un escritor español de nuestros días afirma que el Quijote es una obra de profundo sentido humanístico que sólo puede ser clasificada en el materialismo dialéctico e histórico, ausente de toda especulación abstracta, en pugna con los eufemismos de axiologías y metafísicas que paralizan y desvían a la mente humana de la verdadera senda del progreso de la sociedad. En esta línea de interpretación don Alonso Quijano vendría a ser algo así como el abuelo o el padre de Carlos Marx.

Ni sé yo —como decía un egregio colombiano— si estrechado Cervantes en el  encerramiento de una cárcel —donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación— y oprimido por las malandanzas de la existencia, cobró su ingenio una capacidad incoercible de espaciarse por todos los ámbitos de la vida humana y logró de esta suerte compensar la dolorosa limitación en que la adversidad lo puso. Tal vez así hay que interpretar el desgarro con que Cervantes pone el Quijote en manos del «desocupado lector»: «No quiero —le dice— irme con la corriente del uso, ni suplicarte casi con lágrimas en los ojos, como otros hacen, que perdones o disimules las faltas que en este mi hijo vieres, pues ni eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa donde eres señor della, como el rey de sus alcabalas. Y así puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres della».

Así acogiéndome a la licencia de don Miguel de Cervantes, pienso que existen hombres e ideas grandes para la época que los vio nacer, pero que pierden poco a poco su vitalidad, porque están sujetos ineluctablemente a la decrepitud y a un lento aniquilamiento y que, al ser cubiertos por los aluviones de nuevas culturas, desaparecen bajo estas capas como las ruinas de las ciudades antiguas en las entrañas de la tierra. Otros hombres hay, en cambio, cuya vida está ligada indisolublemente a la de la humanidad entera; brotan y se acrecientan con ella, y no son nunca reliquia inanimada, sino árboles de vida eterna que crecen a medida que se levanta el nivel del suelo. Prometeo, don Juan, Hamlet y otros han venido a hacerse partes integrantes del espíritu humano, viven con él y sólo con él morirán. Don Quijote es uno de estos compañeros de camino de la humanidad. Es imposible agotar lo que contiene, porque aún no está agotado, porque continúa desarrollándose con nosotros y porque es tan imposible captarlo como a una sombra que nos sigue. En este tipo genial está encerrado el germen de lo que solamente puede ser inmortal en la tierra, bajo una gran idea inmortal.

Ciñéndome a un aspecto de la novela imperecedera, quiero hacer algunas consideraciones sobre la justicia en el Quijote, procurando ser breve para no fatigar a mis oyentes.

Cervantes, según observaba Martínez Silva, no podía desconocer, como político sagaz, la importancia que tiene en una república bien ordenada la recta y noble administración de justicia. «Sin ella —expresa el autor citado— no puede haber propiedad, ni honra, ni vida, ni hogar seguros; sin ella es vano nombre la libertad, imposible cualquier género de adelantamiento, tormento insoportable la existencia. Esfuércese un gobierno por acrecentar la pública riqueza, cubra todo el territorio de grandiosos y útiles monumentos, proteja espléndidamente las ciencias y las artes; haga todo esto y cuanto la más lozana y patriótica imaginación pueda concebir; —pero no asegure allí el imperio de la justicia—, y todas esas obras serán de todo punto estériles, serán, valiéndome de la enérgica expresión del Apóstol, como metal que suena o Campana que retiñe».

En prueba de la importancia que Cervantes concedía a la justicia, recuérdese lo que le sucedió a don Quijote yendo a Barcelona. Roque Guinart, capitán de bandoleros, después de distribuir con toda equidad entre los suyos los despojos robados desde la última repartición, con lo cual quedaron todos ellos contentos, satisfechos y pagados, se volvió al hidalgo manchego, que silenciosamente era testigo de la escena, y le dijo: «Si no se guardase esta puntualidad con éstos, no se podría vivir con ellos». Asimiló el astuto escudero la lección del capitán y la completó al punto diciendo, con exceso de indiscreción que casi le cuesta la vida, pero con mucha propiedad: «Según lo que aquí he visto, es tan buena la justicia, que es necesario que se use aún entre los mesmos ladrones».

Por cierto, parece que Cervantes no tenía buen concepto de la administración de justicia en la España de su época, pues en el capítulo XI, libro III de sus Trabajos de Persiles y Sigismunda, dice por boca de uno de los falsos cautivos: «Tal vez se hurta con autoridad y aprobación de la justicia: quiero decir que alguna vez los malos ministros de ella se hacen a una con los delincuentes para que todos coman».

Mas entremos ya propiamente en la materia propuesta.

Era don Quijote, a la manera de su creador, jurisperito y procurador práctico, cosa que le venía por tradición de su pueblo natío y por su propia cultura que es de presumir, dado el donoso y discreto escrutinio que de su librería hicieran el cura y el barbero. Sentía profundamente las injusticias sociales y anhelaba corregirlas; pero, para su infortunio y para entenebrecer la alegría de los lectores, nunca, ni una vez siquiera quizá, pudo hacer verdadera y cumplida justicia. ¿Cuál es el motivo de esta larga y dolorosa frustración?

Niceto Alcalá Zamora, en su obra «El pensamiento del Quijote visto por un abogado», anota, «los cuatro puntos cardinales en la flaqueza judicial de don Quijote: Reflejo inevitable sobre el fondo de su lógica extraviada. Intrusiones profesionales en la jurisdicción. Apasionado atropello del trámite, y coacción ilusoria». Si la justicia se imparte en función de silogismo —dice—, el hidalgo manchego, que era cuerdo para las premisas generales, se extraviaba con frecuencia respecto de las particulares y por ello respecto de las conclusiones, pues lo que a él se le obscurecía y le hacía perder la diritta via era el término menor, o sea, los hechos.

La llamada «intrusión profesional» es la ambición de sustituir «la justicia pública por la privada», defecto que pervive aún en quienes, de buena fe, se empeñan en recomendar sus causas a los jueces, como si no fuera suficiente el recto sentido de éstos para dar a cada uno lo suyo. Cuando va a dar libertad a los galeotes, don Quijote les dice a los guardas: «Me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres. Cuánto más, señores guardas, que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al malo, ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello». Y cuando Sancho, en conversación con el cura y el barbero de su aldea, disculpaba la participación que en aquella aventura de los galeotes había tenido su señor, éste le respondió: «Majadero, a los caballeros no les toca ni atañe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que encuentran por los caminos, van de aquella manera o están en aquella angustia por sus culpas o gracias: sólo les toca ayudarlos como a menesterosos, poniendo los ojos en sus penas y no en sus bellaquerías».

El tercer punto cardinal que anota Alcalá Zamora es el apasionado atropello del trámite, que inhibía a don Quijote para allegar probanzas objetiva y serenamente y hacía que le diera la razón a quien diputaba sin más como legítimo titular del derecho; y el cuarto, la «coacción ilusoria», que se ofrece palmar en las aventuras de Andrés y de Tosilos.

Si bien justas estas observaciones tan escrupulosas, tan nimiamente científicas, no captan el terrible problema humano que afronta el hidalgo manchego en la colisión de su ser con su hacer.

A este propósito cumple traer a cuento que, conforme al decir de D. Marcelino Menéndez y Pelayo, don Quijote oscila entre la razón y la locura por un perpetuo tránsito de lo ideal a lo real y que su heroísmo nunca resulta ridículo sino por la manera inadecuada y anacrónica con que quiere realizar su ideal, bueno en sí, óptimo y saludable, porque lo que le desquicia no es el idealismo, sino el individualismo anárquico; un falso concepto de la actividad es lo que le perturba y enloquece, lo que le pone en temeraria lucha con el mundo y hace estéril toda su virtud y su esfuerzo; y en el conflicto de la libertad con la necesidad, don Quijote sucumbe por falta de adaptación al medio; pero su derrota no es más que aparente, pues su aspiración generosa permanece incólume, y se verá cumplida en un mundo mejor, como lo anuncia su muerte tan cuerda y tan cristiana.

A la verdad, uno de los defectos o fallas de don Quijote, que es tal vez la raíz de los demás, estriba en la manera inadecuada y anacrónica como quiere realizar su ideal y particularmente su ideal judiciario. Y es que la idea es lo eterno y la acción lo temporal; la idea es lo absoluto, la acción lo relativo; la idea es lo necesario y la acción es lo contingente; la idea es lo divino y la acción es lo humano; la idea es lo único y la acción es lo múltiple; la idea es inmutable y la acción está sujeta al devenir; y en feliz connubio la idea y la acción constituyen ese fenómeno maravilloso de la vida que, con ser anhelo incontrastable e imperativo permanente de perfección, ha menester guarnecerse y recatarse, ora con el ropaje magnífico de las empresas heroicas, ora con los atuendos pulidos de la común actividad, ya con el sayo y estameña del quehacer humilde, ya con el áspero cilicio de la paciencia generosa. Sobre la idea trascendental las centurias y las épocas no tienen jurisdicción: tienenla, en cambio, y muy grande, sobre la acción, y lo que en un tiempo fue adecuado y convenible para traducir y sacar victoriosa la idea, en otro puede servirlo de óbice y embarazo que la interfieran y opriman. Y esta necesidad continua de atemperar la hábil movilidad de la acción con la perenne estabilidad de la idea, fue cabalmente lo que don Quijote no llegó a entender: extendió a la una los fueros y prerrogativas de la otra, reputó definitivo y perfecto lo que de suyo era transitorio, y creyó en fin que la soberana y ecuménica justicia que le rendía y amartelaba no podía expresarse ni ponerse por obra sino copiando e imitando servilmente lo que hicieron y ejecutaron los fantásticos arcontes de la andante caballería, como si la suprema regla deontológica residiera en la imitación. Ellos y sus proezas carecían de realidad; mas para don Quijote no existía nada en el mundo que se elevara por encima de la verdad libresca, quiero significar que no fiaba de su entendimiento para descubrir la realidad por sí mismo, sino que lo humillaba con íntima fruición e irrefragable convencimiento a esa autoridad perentoria que conforme a él se aposentaba en los libros y que por una especie de sugestión avasalladora y despótica le hizo pensar que la idea se vinculaba esencial y permanentemente a las acciones de linaje andantesco. Por eso los caballeros andantes representaban a sus ojos el modelo acabado y perfecto de la virtud. Hacia qué absurdo conduce esta servil imitación de la realización libresca de un ideal, bueno en sí mismo, se puede comprobar, por ejemplo, viendo las locuras que comete don Quijote en los riscos de Sierra Morena. Representa allí, para sí mismo, el papel de un hombre que muere de amor por Dulcinea, sencilla y complicadamente porque entre los caballeros andantes hay usanza de morir de amor. Con testarudez concienzuda y pedantería, imita hasta en los más nimios detalles las excéntricas manifestaciones de una loca pasión y de la desesperanza, tales como las conoció en los librotes de caballería. Cuando don Quijote, desnudo, brinca, da volteretas sobre las rocas filudas y anda sobre las manos, con los pies al aire, ante la mirada atónita de Sancho, él sólo piensa en no diferenciarse en nada de las disparatadas proezas del enamorado Amadís, como es consecuente y convenible a un verdadero teórico y pedante.

Y este afán de imitación se extiende a la manera de ejercer la justicia, sobre la cual escribió la Real Academia Española de la Lengua:

En los tiempos del gobierno feudal, en aquellos tiempos en que no había más ley que la fuerza, es cierto que podían ser útiles los desfacedores de entuertos. Pero Cervantes escribió en un siglo en que ya establecidas las monarquías, había en ellas leyes que prohibían estos desórdenes, magistrados que cuidaban de la observancia de estas leyes, y de proteger a los oprimidos, y finalmente, monarcas a quiénes apelar de los agravios que pudiesen hacer los mismos magistrados: siglo en que, según toda razón, debían ser no sólo inútiles, sino perjudiciales a la distribución de la justicia esos hombres que a fuerza de armas quisiesen desfacer tuertos. Porque supongamos que los magistrados faltasen a la distribución de la justicia, y que el Soberano engañado cerrase los oídos a las quejas. Si en este lance (que es el más estrecho que puede suponerse), saliesen esos hombres armados a restablecer la justicia, que no administraban ni los magistrados, ni el príncipe, el remedio de una injusticia particular produciría innumerables injusticias.

Es por tanto, este anacronismo de don Quijote, que anhelaba resucitar lo que ya era fábula y novela, polvo de siglos y ceniza de museos, una institución en que lo malo hacía ventaja a lo bueno y que sólo fue proficua a los pueblos cuando los gobiernos eran aún peores que ella y cuando se suplía la legalidad que faltaba con una idea informe de la justicia. Don Quijote quiso vivir la vida de un personaje de época pretérita, y esta vivencia lo invalidaba, a despecho de sus magníficos y nobles propósitos, para hacer justicia, como lo hacía inhábil para hacer bien cualquiera otra cosa.

Valga como ejemplo la aventura de Andresillo. Don Quijote toma la defensa de un joven contra un amo cruel que lo muele a azotes. Pero apenas el caballero ha vuelto la espalda el labrador Haldudo torna a golpear al infeliz criado y dos veces más fuerte, primero por la falta de la que era culpable y luego por la ofensa que don Quijote ha hecho al amo. Cervantes cierra este episodio con esta irónica epifonema: «Y desta manera deshizo el agravio el valeroso don Quijote». Algún tiempo después, el muchacho que ha sido azotado sin piedad gracias a la intervención del abnegado caballero, encuentra a don Quijote y dice a su presunto bienhechor estas amargas verdades: «Por amor de Dios, señor caballero andante, que si otra vez me encontrare, aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi desgracia; que no será tanta, que no sea mayor la que me vendrá de la ayuda de vuestra merced, a quien Dios maldiga, y a todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo». Duro golpe de realismo que acusa el carácter negativo del favor, pese a su carga de noble generosidad y sentido humanitario.

Don Quijote oye los mismos reproches de la boca de un bachiller transformado en inválido por obra del heroísmo del defensor de oprimidos: «... es mi oficio y ejercicio —dice con énfasis el Caballero de la Triste Figura— andar por el mundo enderezando tuertos y desfaciendo agravios». «No sé como pueda ser eso de enderezar tuertos —dícele el bachiller—, pues a mí de derecho me habéis vuelto tuerto, dejándome una pierna quebrada, la cual no se verá derecha en todos los días de su vida; y el agravio que en mí habéis deshecho ha sido dejarme agraviado de manera que me quedaré agraviado para siempre; y harta desventura ha sido topar con vos, que vais buscando aventuras» (Parte I, cap. XIX).

En la de los galeotes, don Quijote no procedió, en cuanto a sus percepciones sensoriales, como loco, pues su cerebro no recibió imágenes alteradas ni deformes, ni padeció alucinaciones: vio penados, vio comisarios y guardas, vio una bolsa con copias de las sentencias, oyó voces de hombres, se percató de que iban a galeras; por el contrario, no vio caballeros andantes, no trocó a los guardas en gigantes y endriagos, ni a sus espingardas en misteriosas armas; no intuyó encantadores a su alrededor, ni barruntó que los presos fueran encantados. Mas sólo amparándose en su calidad de loco, puede don Quijote negar al rey y a los tribunales su facultad punitiva. Cuando él hace balance de los pecados y delitos de los galeotes, osa decir: «... porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres...». Don Quijote tiene conciencia de que se trata de gente maleante, y no es admisible —aun en la línea de esquizofrenia paranoide en que Cervantes coloca a su personaje— que haya olvidado que los castigos son siempre impuestos por la fuerza y que resultan ineludibles en una sociedad organizada. Pero además, el manchego se aparta aquí de su pretensa acción caballeresca, ya que el «acudir a los miserables y deshacer fuerzas» no puede entenderse como un acto de servicio al delito, sino, por el contrario, como de justicia, cuando los débiles son maltratados injustamente. De todas formas el gesto de don Quijote es de nobleza seductora y va allende las convenciones sociales. Don Quijote, pleno de sensibilidad y grandeza, se aleja del equilibrio sociológico, creado en fin de cuentas por los hombres, y quiere ver en los galeotes, no a unos delincuentes, sino a seres infortunados que han sido víctimas del acaecer desastrado. Su gesto tiene una misión de protesta frente al poderoso. Sabe que los delitos no se hubieran perpetrado si aquellos galeotes hubiesen disfrutado de un nivel de vida menos bajo en el orden cultural y económico. Sabe por eso que la sociedad es más responsable que ellos mismos. Dice que los hombres nacieron libres y da a entenderse con ello que la sociedad es quien los hace esclavos. Unos por «no disponer a tiempo de diez ducados para untar la péndola del escribano, avivando el ingenio del procurador»; otros por ser débiles ante la tortura; otros por ser víctimas de los excesos sensuales, y todos por no haber sido plasmados como libres y cultos por la misma sociedad tan expeditiva en aplicar los castigos necesarios al propio equilibrio social.

Sin embargo, esta acción de don Quijote de libertar a los galeotes fue desastrosa para la justicia, y posteriormente le perjudicó y perjudicó a Sancho.

Su criterio personalísimo de la justicia se nos aparece todavía más patente cuando después de acuchillar al pobre vizcaíno y ante la indicación de Sancho, bien sensata por cierto, de que la Santa Hermandad puede intervenir en el asunto y reducirle a prisión, le contesta a su escudero, en forma categórica, que jamás se supo de un caballero andante encerrado en una cárcel. Es que la falla más grave de su personalidad —como ya se ha dicho— era la manera inadecuada y anacrónica de realizar su ideal y que le inducía a hacer lo que le parecía justo, creyéndose superior y arremetiendo contra los que consideraba perturbadores de la justicia, y a utilizar su regular fuerza y su extraordinario valor, así como las armas, en hechos oscuros conforme a las normas sociales. En una palabra, don Quijote, creyendo hacer el bien, no lo hacía. Por eso el buen licenciado Pedro Pérez, cura del lugar del ingenioso hidalgo y hombre de muy sano entendimiento, como dice Rodríguez Marín, aparentando ignorar que la hazaña de la libertad de los galeotes se debió al Caballero de la Triste Figura y refiriéndose a su autor, manifiesta: «Y sin duda alguna él debía de estar fuera de juicio, o debe ser tan gran bellaco como ellos, o algún hombre sin alma y sin conciencia, pues quiso soltar al lobo entre las ovejas, a la raposa entre las gallinas... Quiso defraudar a la justicia, ir contra su rey y señor natural, pues fue contra sus justos mandamientos; quiso, digo, quitar a las galeras sus pies...; quiso, finalmente, hacer un hecho por donde se pierda su alma y no se gane su cuerpo».

Con todo, como expresa Menéndez y Pelayo, en el fondo de la mente inmaculada de don Quijote continúan resplandeciendo con indeficiente fulgor las puras, inmóviles y bienaventuradas ideas. Por eso debemos seguir su ideal, aspirando a la justicia y a la libertad; mas para ello no debemos salir por la puerta falsa de un corral al campo de Montiel de la aventura, cabalgando en rocín flaco, con vieja lanza y celada de cartón y acompañados de rústico escudero. Todos los hombres de bien, cuando nace una idea, una necesidad de justicia y de progreso, tienen entonces que unirse bajo la sombra del Caballero de los Leones y juntos realizar su sueño inmortal: un mundo más feliz y más justo. De allí, según la expresión del Maestro Rafael Maya, que cuando don Quijote cae bajo los palos y las piedras, lamentamos sólo el quebranto físico que sufre el noble caballero y la aparente victoria de la canalla, pero sin que se nos ocurra pensar que su ideal ha sido vulnerado o manchado, sino todo lo contrario; la fe de don Quijote sale fortificada de estas pruebas y la idea caballeresca, en lo que tiene de trascendente, se depura en la medida en que pretenden deshonrarla los venteros y los yangüeses.

Y ahora unas pocas palabras sobre la justicia ejercida por Sancho Panza.

Dice D. Miguel Antonio Caro que la gobernación de Sancho, más bien que esforzada continuación de su carácter, parece un episodio independiente. Porque tal vez cuando Cervantes estampó el ofrecimiento que a Sancho hizo don Quijote del Gobierno de una ínsula, se prometió conciliar, por medio de este cebo echado a la simplicidad del escudero, su egoísmo ingénito y su constancia en seguir al amo, sin pensar en el desarrollo moral que dio luego a esta idea. La gobernación de Sancho —prosigue el señor Caro—, mal consiguiente, quizá, por su sabiduría, con la simplicidad del agente, envuelve una provechosa lección política y puede considerarse como un apólogo. Bajo este supuesto se disimula la exageración, como se perdona en las fábulas que hablen los brutos.

Sin negar del todo la incongruencia que apunta el señor Caro, pienso que la sabiduría de que da muestras Sancho en su quehacer gubernamental obedece a otras causas, tal vez más profundas. El sentido común del escudero campea y sobresale en las escenas que transcurren en el decamerón de su gobierno. Si en ciertos casos anteriores Sancho parece ingenuo y simple hasta la torpeza, ello procede, no de una insuficiencia espiritual, sino de su ignavia e inercia, de su costumbre de someterse a una autoridad exterior, costumbre que perderá al propio don Quijote. Sancho, sencillamente, no tiene el hábito de pensar en sus riesgos y peligros, y se esconde tras la espalda del caballero, en quien tiene una fe sin límites, tan ciega como la de don Quijote en sus disparatadas nóvelas de caballería. Pero, en su papel de gobernador, el escudero está obligado, a pesar suyo, a renunciar a su habitual pereza y a su sumisión intelectual, debe actuar él mismo y por sí mismo, y desde que la energía se despierta en él, su espíritu y su talento se manifiestan de modo sorprendente. Salido de la tutela de don Quijote, Sancho da muestras de tanta perspicacia y sabiduría, de tanto sentido común y finura en el gobierno, que sus súbditos no pueden volver de su asombro, como no volvemos nosotros al cabo de los siglos.

En los diez días que gobernó como señor de la ínsula de Barataria, tuvo oportunidad de ver y resolver casos extravagantes, todos ellos preparados y adobados por la socarronería de sus jacarandosos súbditos y ministros, para nuevo escarnio de la caballería de nuestro señor don Quijote.

Como apunta un autor, no se conocía aún la doctrina de la división de poderes o de órgano del poder público. Sancho gobierna y juzga y, sin embargo, no legisla, porque sobre eso sí que las ideas son claras: una cosa es dictar la ley y otra es aplicarla.

El poder reglamentario lo ejercita Sancho prodigiosamente en aquellas constituciones que, al final de su mandato, deja en la Ínsula y que se han conservado como Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza. Es oportuno recordarlas, porque son insuperables y conservan su actualidad: «Ordenó que no hubiese regatones de los bastimentos en la república, y que pudiesen meter en ella vino de las partes que quisiesen con aditamento que declarasen el lugar de donde era, para ponerle el precio según su estimación, bondad y fama, y al que lo aguase o le mudase de nombre, perdiese la vida por ello; moderó el precio de todo calzado, principalmente el de los zapatos, por parecerle que corría con exorbitancia; puso tasa en los salarios de los criados, que caminaban a rienda suelta por el camino del interés; puso gravísimas penas a los que cantasen cantares lascivos y descompuestos, ni de noche ni de día; ordenó que ningún ciego cantase milagro en coplas si no trujese testimonio auténtico de ser verdadero, por parecerle que los más que los ciegos cantan son fingidos, en perjuicio de los verdaderos; hizo y creó un alguacil de pobres, no para que los persiguiese, sino para que los examinase si lo eran; porque a la sombra de la manquedad fingida y de la llaga falsa andan los brazos ladrones y la salud borracha».

Cumple observar que Sancho en los juicios —como anota un autor— practica la inmediación, «entendida de la manera más perfecta, no sólo como relación verbal sino como intervención personal y directa en la práctica de diligencias probatorias».

En dos procedimientos dio pruebas de su asombrosa sagacidad, mediante métodos de investigación que Alcalá Zamora considera «medidas para mejor proveer», aunque no lo son en sentido propio, si bien guardan cierta analogía con dicha institución, por el aspecto de que persiguen la averiguación por el juzgador de hechos que no han sido probados por las partes litigantes, en la aspiración de consagrar la verdadera justicia. Son procedimientos similares —según observa un procesalista— al utilizado por el rey Salomón cuando aparentemente dictó sentencia que ordenaba cortar en dos al recién nacido, con el solo fin de estudiar las reacciones de las querellantes. El primer caso es el de dos hombres ancianos, uno de los cuales traía una cañaheja por báculo. El segundo caso de esta naturaleza, con empleo de astucia para descubrir la verdad, es la sentencia que profirió Sancho en el pleito entre el modesto ganadero y la mujer que se decía forzada y que resultó esforzada.

En el asunto de las caperuzas, tal vez el más extraordinario que resolvió Sancho, si esforzamos un poco la imaginación podemos relacionar el hecho con principios de derecho, interpretándolo como una crítica que hace el que fabricó los simulados litigios a quienes llevan ante los tribunales intereses que no son dignos de protección jurídica, y coligiendo que los contratos deben cumplirse de buena fe; y en la misma forma se han de ejecutar las obligaciones pactadas.

En la aporía o antinomia de la razón que, como a gobernador y persona principal del lugar, le planteó a Sancho un forastero en relación con el puente que estaba sobre un río caudaloso, límite arcifinio de dos términos de un mismo señorío, muestra una vez más el escudero su buen criterio, que debieran tener también algunos jueces que han abandonado el amor al prójimo, digno de prevalecer en el ánimo de quien ha recibido de la sociedad la delicada misión de administrar justicia en su rama más ardua: la de sentenciar a sus semejantes en el fuero criminal.

Es famoso el caso en que Sancho, ya fuera del gobierno, decide sobre la apuesta entre los dos desafiadores que pesaban el uno once arrobas y el otro cinco. El escudero resolvió la litis en el sentido de que debía cumplirse la apuesta igualándolos para la carrera, no por medio de un peso que se pusiera al flaco, sino de suerte que el gordo se escamonde, monde, entresaque, pula, rebane y atilde y saque seis arrobas de sus carnes.

En síntesis, si don Quijote es la sublimación del individualismo anárquico; si encarna el ejercicio de la ley personal, de la justicia individual, que prescinde y aún abomina totalmente de autoridad extraña, de imposición externa, de mandato ajeno, Sancho es la encarnación de la auténtica justicia y del buen sentido, aguzado en la piedra de los consejos de don Quijote, que sólo cojea del pie de su caballería. Anticipo de su sabiduría de juez es la admonición que hace a su amo en la aventura de los galeotes: «Advierta vuestra merced que la justicia, que es el mismo rey, no hace fuerza ni agravio a semejante gente, sino que los castiga en pena de sus delitos». Sancho, administrador de justicia, obra ciertamente por sí mismo, pero educado paradójicamente por don Quijote, quien de tal guisa, según la expresión de Menéndez y Pelayo, se educa a sí propio, educa a su escudero, y el libro todo de Cervantes es una pedagogía en acción, la más sorprendente y original de las pedagogías, la conquista del ideal por un loco y por un rústico, la locura que alecciona y corrige a la prudencia mundana, el sentido común ennoblecido por su contacto con el ascua viva y sagrada de lo ideal.

  • (1) Discurso pronunciado en la Academia Colombiana de la Lengua de Bogotá, el 6 de agosto de 1975, al tomar posesión como miembro numerario. volver
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